La vida de Fortuny es tan fascinante corno una
novela y tan cálida como la luz del sol. Fue su vida noble y grata, sin sombras de
bajeza. Fortuny era uno de esos seres que son dichosos en el esfuerzo sostenido de la
inteligencia y en el uso discreto de los impulsos del corazón. A la felicidad se llega a
través del trabajo y de la prudencia, que merecen, como este pintor, la superior
recompensa del morir feliz.
Este niño genial era valiente, laborioso y modesto. No tema gran abolengo: de la
mañana a la noche sus antepasados tuvieron que trabajar como obreros en los teatros de
provincia. Sufrió las penas que hacen viejo a un niño: quedó huérfano, supo de la
pobreza -útil amistad- y su pobre abuelo nada pudo hacer por él; pero Fortuny dibujaba
con tanto fervor y con tal acierto que le enviaron a la Academia. Allí trabajó
incansable: nadie hablaba menos ni se aplicaba más que él. Su maravillosa disposición
Lo asimilaba todo: al verle mirar ansioso, las nubes sobre la tierra o los huecos en los
zapatos de los pobres obreros de Cataluña, daba la impresión de que estaba absorbiendo
toda la naturaleza; y así era en verdad: cuando quiso reproducirla sólo tuvo que sacarla
de sí. Como, las aves, los poetas y los pintores hacen nidos con la paja que encuentran
en su camino; para ellos ver es conocer. Un hombre nace cuando, después de examinar al
prójimo, empieza a vivir por si mismo. Desgraciadamente Fortuny murió cuando se abría
esa vida nueva - impaciente e inmensa. Su talento, tan humilde corno poderoso, se había
vuelto intranquilo. El arte en sus manos honradas se preparó con ardor para la lucha del
siglo, para derrotar las sombras que impiden el progreso, y para hacer surgir, corno,
rosas sobre una tumba, el arte nuevo, y fragante. Murió de una enfermedad común que pudo
fácilmente destruir su cuerpo agobiado ya por el peso del alma. Su muerte produjo enorme
tristeza. La gente sintió, aunque no Lo supiera, que había muerto el poeta de la verdad
y el pintor del siglo.
Aunque tema valor propio, todo Lo que creó, Fortuny fue grande por las cosas
pequeñas. Obligado a ganarse la vida, Lo hizo de manera que pudo educar el gusto del
vulgo. Quiso, liberarse a si' mismo para influir en otros. Era un ser de singular
felicidad que derivaba fuerza del equilibrio de sus fuerzas; Lo exageraba todo. El
infortunio nace de la exageración de una sola cosa. Su actividad era extraordinaria: en
Roma estudió el desnudo, en la Academia Chigi; a los maestros, en las galerías; las
costumbres locales, en la campiña romana; y preparaba gran número de acuarelas y
aguafuertes todos los días. Su orgullo, que nunca fue herido, no hirió a nadie; la
humildad era en él tan natural que sus bondades conmovían; la virtud de su inteligencia
excepcional se alimentaba de la virtud excepcional de su alma. Con la sana y particular
timidez que caracteriza al hombre genial moderaba por si mismo la sabiduría del genio.
Como, todos les grandes espíritus fue benévolo después de haber sido pobre. Era feliz
porque sabía y porque había pagado el precio de su felicidad: supo oír, amar y hablar.
Indulgente con la actividad ruidosa supo mantenerse en sosiego; su repose era el
caballete, el cuaderno y las hojas de papel de dibujo. Tranquilo se sentó en Madrid, y
con la memoria llena de recuerdos de Goya -tan grande como él, más apasionado, aunque
menos activo y elegante-terminó la preciosa acuarela "Una aventura de
Carnaval". Su único descanso fue la muerte. La inactividad constante es un terrible
castigo. El día antes de morir, Fortuny bosquejaba con mano segura, para el álbum de su
esposa, la máscara del Beethoven muerto. De su actividad febril le nacía su fecundidad
creadora.
Barcelona es una ciudad egoísta. El espíritu de la Edad Media anda dormido en los
corazones de su pueblo, a pesar del fervor con que aceptan las ideas modernas. Allí,
todavía adolescente, Fortuny trabajó incansable. En la Academia, con Milá, estudió
arte histórico, y con Lorenzales, el discípulo de Overbeck, el gótico. En su casa
copiaba, devoto, a Gavarni. Vio el hombre donde querían que él viera santos; e hizo
bien, puesto que los santos han pasado y los hombres permanecen. Entonces era muy pobre:
sin una mesada de seis coronas que le daba un buen cura, no hubiera podido estudiar en la
Academia. Por el bien de su arte, si encontraba la expresión correcta no le importaban
los excesos intencionales de Gavarni. Nada le decía la gravedad de Overbeck, puesto que
era muerta. A diferencia de sus colegas, Milá prefería estimular la individualidad de
sus alumnos en vez de matarla: su gran objetivo fue guiar talentos, no reprimirlos:
dejarlos volar y medir la fuerza de sus alas, sin querer convertir en paloma al águila ni
el águila en paloma; daba las reglas para la composición, pero dejaba a sus discípulos
crear. Un día encontró en su mesa un grupo de apuntes; examinó une y quedó
sorprendido: "De aquél que haya hecho este boceto", exclamó, "puede
decirse le que Haydn dijo de Mozart: Ha de guiar a los otros". Este
reconocimiento público de talento fue tan mal recibido por los directores de la Academia
que se le obligó a renunciar su cargo.
Fortuny guió a todos los otros. Ya era maestro, porque lo merecía y no lo buscaba. No
tratar de obtener algo es a veces la mejor forma de obtenerlo. Sus compañeros Lo
aplaudían, defendían y obedecían: fue por ellos elegido para el premio de Roma. La
caricatura y la escultura le estaban absorbiendo y desviando sus facultades. No tenía
entonces el conocimiento de la luz y del cálido aire ondulante, ni la técnica. para
reducir Lo chillón de los colores brillantes sin que éstos perdieran su luminosidad -
que después que hizo esos maravillosos descubrimientos- pero ya mostraba su aguda
percepción para las líneas: la elegancia, la agilidad y la variedad extrema
identificaban sus figuras. Como dijo de Rafael Sir Joshua Reynolds, "Tuvo la poesía
del dibujo". Su gracia era correcta. Con especial habilidad manejó los temas menos
prometedores. Si un asunto estaba gastado, sus métodos eran nuevos. Debió el triunfo
final de su arte magnifico a la incesante observación, al copiar incansable y al dominio
absoluto de la preceptiva artística; su fuerza, al estudio; al ejercicio, sus fuerzas.
Como un buen soldado no dejó enmohecer las armas. sus pinceles nunca estaban secos.
Cuando preparaba su viaje a Roma fue llamado al ejército. Estaba desesperado. A sus
ojos el cielo ya no era aquel juguete cuyos encantos sabia bajar hasta el. Todos sus
brillantes sueños iban a convertirse en miserias, tan reales que las huellas de esa pena
quedarían ya para siempre impresas en su triste sonrisa, en todas sus alegrías - asta en
el juego alborozado de sus hijos- en aquella sonrisa que le dulcificaba el rostro. La
buena familia Bofarull pagó el rescate; Fortuny hizo su equipaje y fue a ver Lo que nadie
debe dejar de ver antes de morir: "La Transfiguración" de Rafael y el
"Juicio Final" de Miguel Ángel. Llevó consigo a su compañero Almet. Podemos
imaginar al joven pintor español en este tiempo, con la melena leonina, el cabello de
rizos lujosos, la valiente y desafiante nariz, sus gruesos labios y sus rápidos,
intranquilos y ávidos ojos, ancha la frente, Y su cuello desnudo y generoso rodeado de
una esclavina muy baja y corbata amplia. A Roma llevaba, para Overbeck, una carta que
nunca entregó. Su impaciente vehemencia era la del joven que, perdido entre las ruinas de
los que le precedieron, con disgusto se recrimina a sí mismo porque no encuentra pronto
la salida. Apenas llegado a Roma las más contrarias inspiraciones le estorbaron el
sueño. Libre siguió, sin embargo, su pincel. pintó "La muerte del dragón por San
Jorge", "San Pablo predicando a los atenienses", al pobre devoto San
Mariano -con su capa color de vino, orando, en el desierto; un sacrificio a Baco y ninfas
bailando alrededor de una estatua en gruta musgosa. En todas partes, en las exposiciones
publicas y privadas, estudió las líneas más nobles del arte humano. Copió las
arrogantes y admirables cabezas de mujeres del barrio pobre en la Ciudad Eterna. El sueño
le arrebataba de sus manos el pincel; el sol se lo devolvía. Vio lavar a una mujer y la
convirtió en cuadro; una pesada carroza cruzaba por su lado y la hacia un dibujo. A todos
sus visitantes les regalaba algo: para uno el borrador de un campesino, para otro un
aristócrata de Roma, y para un tercero una pared en ruinas. Un día comió con Agrassot,
Valles y Cucianello, y demoraron servir los macarrones. Su pincel salvó la cena: vio dos
ancianas decrépitas discutiendo; id a su álbum para encontrar estas hechiceras airadas
que fueron la inspiración de su maravilloso boceto "Las Brujas."
Una monarquía decadente necesitaba adornarse con el oropel de la guerra. España hacia
la guerra en África: se le antojaba que Marruecos había insultado su bandera. Los
catalanes, que mueren como héroes, corrieron al campo de batalla a renovar sus glorias
antiguas. Sólo un catalán habría de pintar a los catalanes muriendo. Fortuny dijo
adiós a los pinos y a los sauces, a la Porta del Pópolo, a las cenas raras de
Cucianello, y se fue a Marruecos. Vio una tierra nueva. Entonces el cielo, de Roma le
pareció enfermo, y el día del norte español sin colores: estaba en una tierra inundada
por un mar de luz. Invencible, feliz y lleno de vida, montó en un corcel árabe para
dibujar con atrevida mano el disparo que caía a sus pies. Perteneció a la plana mayor
del General Prim: comió y durmió en su tienda. Honrando a este joven, Prim se honraba.
Alejados un ida del campamento, Fortuny y su compañero fueron sorprendidos por unos hijos
del desierto que amenazaban darles muerte. "Ah, pero nosotros somos ingleses",
gritó el amigo del pintor. El ardid les salvó la vida. Cuando, se acabó la guerra y
Marruecos fue sometido, un caballo hermoso de montura enjaezada tomó camino hacia Roma; a
la luz del sol sacudió su nariz rosada, le clavó espuela un árabe impaciente, y
doblando, su cabeza orgullosa sobre la crin de espumas desapareció en una nube de polvo.
Era el genio de Fortuny consagrado a la luz en las tierras ardientes de África.
Otra vez en España, Barcelona le encargó a Fortuny un gran cuadro de guerra. La
ciudad le otorgó una pensión. Como todo el que quiere realizar una obra eterna, hizo una
obra de amor. La abstracción es el padre de la productividad: una idea en el cerebro debe
cuidarse como la madre protege al hijo antes de nacer: hay que dejarla desarrollar,
florecer, y dar fruto. ¿Qué le importaba a Fortuny todo lo que habla visto en Roma?
Ahora pintaba sus árabes queridos. Había olvidado, el artístico Tívoli, los bellos
árboles de Albano y los jardines presumidos de la rica villa Borghese. "El Milagro
de Bolsena", de Rafael - que ilustraba la conversión de un pecador ante la hostia
consagrada, la cual, como rosa sensible al calor, enrojecía a la vista del infiel - se
había borrado de su memoria. El "San Gerónimo", de Domenichino - más hermoso
que el de Correggio - y la "Santa Petronila", de Guercino, habían perdido su
encanto. Ya no le extasiaba la "Leyenda de Nicolás Varié", de Fra Angélico,
obra de un pintor tan devoto que los colores parecían venirle del cielo. Fortuny
prefería sin duda el colorido vaporoso del apasionado Rafael a los anudados contornos del
sombrío Buonarotti. Y cegado por la luz africana, independiente como sus árabes amados,
en presencia de una brillante realidad, desdeñó el pálido ideal de aquellos dioses
paganos.
Al regresar de Marruecos, Fortuny plasmó sus impresiones de África en el lienzo.
Ahora posaban para él los moros que lo quisieron matar y que los catalanes habían
vencido. Los caballos como sueños esfumados, como deseos y relámpagos, le obedecían
orgullosos y dóciles. Descubrió la esencia de sus mejores dibujos: "El cabila
muerto" y "El árabe mirando el cadáver de su amigo". Su codicia de
belleza se saciaba en aquellas ágiles y encantadoras criaturas que forman el más noble y
elegante pueblo de la tierra -el desierto es el único lugar del mundo donde los hombres
son más interesantes que las mujeres. Fortuny reveló el majestuoso desdén del árabe
por el mundo y su sagrado amor por la llanura y el desierto. Allí eran libres; el
desierto, vasto y solitario, parecía un hermoso cielo, y las tribus vagaban sobre la
inmensidad arenosa libres como nubes. Fue entonces que pintó "El mercader de
alfombras persas" y la "Fantasía de Marruecos" -al cielo africano le
había robado la exuberancia del color y la intensidad de la luz. Con ojos penetrantes
descubrió las bellezas físicas y espirituales de la naturaleza. En lo que eran los
hombres encontró lo que habían sido: una armadura le revelaba la época en que fue
usada, una mirada y un gesto le descubrían todo un carácter.
Desde entonces trabajó el sol - la luz. Cuando su pulgar tocaba la paleta, vela el
campo de batalla que iba a pintar. Captó la huida de los desgraciados que iban de pueblo
en pueblo, reprodujo los camellos pacientes y sabios y las mezquitas de paredes blancas
como plata pulida y de cúpulas rojas como la sangre. Nada se le ocultaba. El vio la
figura leve y el alma indiferente y generosa de aquellos árabes que mezclan el gesto de
un aristócrata con el ademán de un pordiosero.
Fortuny regresó a Roma. Ahora era más modesto y, por lo tanto, más poderoso que
nunca. Los barceloneses lo persiguieron como acreedores feroces. "¿Qué hace este
pintor?" se preguntaban; y le pedían el cuadro; le reprochaban y escriban cartas
insolentes, como si las horas divinas del genio pudieran someterse al capricho humano y
servirles de esclavas. Para realizar una gran obra hay que esperar el momento de
inspiración que transforma y crea. Fortuny se ofendió; dejó a un lado los detalles del
gran cuadro -preciosos dibujos ya terminados-: catalanes de capa roja, árabes muertos, y
caballos heridos que parecían sentir el horror de la guerra y la magnitud de la derrota.
La delegación de Barcelona revisó aquellos dibujos y quedó extasiada. Se arrepintieron
y le imploraron que reanudara la obra. Fortuny contestó devolviendo el dinero, que le
habían adelantado, y el cuadro nunca se terminó. Uno de aquellos dibujos se conserva en
el museo de Madrid; tiene todo el vigor, la elasticidad muscular y la gracia del corcel
árabe. La batalla está allí ante nosotros: la derrotada caballería africana encuentra
una muerte digna, y sus albornoces blancos ondean en el aire. Un trozo del creyón ha
formado una cabeza -masculina, expresiva, correcta; una pincelada ha hecho un pliegue
magnifico. Es una sinfonía de movimiento que nos revela la gracia, la fuerza, la
elegancia del horror y la belleza de la muerte. Hay que verlo para que se pueda creer. Un
jeque se dobla como junco quebrado por el viento: sobre el lomo del caballo, cubre con su
mano de bronce el pecho por donde se le escapa la vida. Todo viene o va, corre o cae, se
levanta o circula en una atmósfera densa y opaca por los vapores de la batalla; todo
muere en el lienzo, hasta el día; y con razón: los árabes mueren cuando cae la noche.
En la distancia se ve la llanura. Son de sangre las manchas rojas, y la línea amarilla en
el horizonte es una puesta de sol. Las sombras se escapan de la altiva montaña azul. La
luz mortecina alumbra a los árabes moribundos para honrar su muerte y dar relieve a sus
cuerpos. Este cuadro excelente no tiene un solo movimiento importuno, color molesto,
belleza artificial, cadáver repugnante, ni ser vivo que no esté lleno de vida. La
naturaleza está envuelta en el cruel y feroz espíritu de la lucha, el cual, bajo el
pincel del pintor, se convierte en un elemento de la batalla. Vale la pena verlo. Aunque
triste, conforta mientras eleva el espíritu. Es bueno encontrar en estos viejos piases
gastados, donde todo parece morir y pudrirse, una obra tan noble y quien revele tanto
poder y fuerza sobre la naturaleza humana.
Después de este trabajo Fortuny vendió a un ruso, por treinta coronas, su
"Odalisca oyendo una guitarra", y estaba contento, de haber recibido tan buen
pago. La fortuna huye de aquellos que la buscan pero toca al fin a la puerta de los que
esperan hasta merecerla. Clavó su rueda en la puerta de Fortuny: sus aguafuertes
alcanzaron altos precios. Como los de Rembrandt, Vandyke y Goya, sus grabados eran tan
vigorosos como gráciles, tan fantásticos como, correctos. En la acuarela no tuvo, rival.
Los entendidos se preguntaban con sorpresa cómo este español pocha dar tanto relieve y
fuerza a las sombras pálidas y delicadas de aquellos colores. Su arte era una verdad
evidente. Se atrevía a colocar el rojo y el amarillo juntos, y éstos seguían siendo
amigos. Sus verdes eran brillosos y suaves. Nunca quiso pintar esas horas ciegas cuando la
naturaleza, quizás en un momento de pasión enfermiza, embellece las cascadas de espuma,
los ríos de plata, y los bosques espesos con las más recias sombras. El pintó el
esplendor tranquilo y constante de la naturaleza, más difícil de lograr porque no exhibe
los particulares efectos que pudieran, por su rareza, disculparla extravagancia y el
exceso del artista. En la pintura, como en el amor, el más grande y singular mérito es
la fidelidad.
Poussin, Claude Lorraine, Corot y otros paisajistas, eran exageradamente poéticos;
mezclaban las imágenes de la naturaleza con las de su alma. La naturaleza bellamente
deformada es demasiado personal para ser verdadera. Ahí estaba la fuerza de Fortuny. El
sabía silenciar y esconder su personalidad. Nunca permitió que sus sueños se
inmiscuyeran en el lienzo; sólo al delinear los verdaderos colores y proporciones de la
naturaleza deja libre su personalidad. Hasta el aire, el primero de los elementos, casi
siempre olvidado, por los pintores, tiene dimensiones; el aire crea distancias y diluye el
brillo, agudo del color; redondea y limita las figuras y da a la tela la flexibilidad de
la vida. Esta calidad inasible la alcanzó Fortuny; el aire de sus cuadros, puro,
luminoso, y húmedo puede respirarse. Esta perfección se advierte en su "Encantador
de serpientes,- y en su "Playa de Pórtici". Tenia un método propio para
indicar la perspectiva. Los pintores expresan las distancias con grandes espacios, pero el
los confinaba dentro de estrechos límites. Otros crearon la perspectiva para los
edificios; él la aplicó al cuerpo humano.
La fama de Fortuny brotó de esconder su impaciencia por ser famoso. Unos amigos lo
invitaron a París. Allí vio, los acabados que parecían acero, de Meissonier, los
espesos bosques de Díaz y los árabes caballerescos de Fromentin. Fortuny tema toda la
exquisitez de Meissonier y ninguna de sus ásperas cualidades, sabía pintar el cielo azul
de Díaz sin arrastrar las sombras de sus robles, y los árabes de Fromentin los dibujaba
más frágiles sin restarles nobleza. En el fondo de su corazón dormitaban sueños de un
arte superior. Había aprendido que para ser maestro de otros es necesario saber servir.
Tuvo que pedir disculpas por su exceso, de genialidad - no se puede ser un genio
impunemente. Sabía que la independencia tiene que ganarse, y que nadie debe exhibir su
poder hasta ser libre; por eso murió sin poblar con personajes más duraderos el aire
milagroso de sus cuadros. Pero sus obras fueron joviales con todo, color, sonoras con todo
ruido y animadas de vida. Por su desprecio de lo convencional y el empleo, feliz del
colorido más alegre, era ya tan grande como Goya. En las calles melancólicas de
Marruecos encontró los viejos arrugados de piel seca y oscura que hicieron inmortal a
Ribera. Como Velázquez, se propuso ganar renombre al reproducir con honradez y serenidad
la naturaleza, pero no quiso idealizarla corno en "Los borrachos". Ni buscó lo
grotesco, como en "Las meninas". ni supo adular, corno Velázquez en los
retratos de la familia real. Fortuny quería pintar todo como era.
Sus maestros favoritos fueron Velázquez, el pintor de hombres en el tiempo en que
otros artistas sólo pintaban santos; Ribera, el pintor rencoroso que hizo de Nápoles un
campamento y de sus discípulos soldados para defender su escuela, que embadurnó el
cuadro de un rival con óxidos corrosivos y fue acusado de asesinar a otro, pero capaz de
dibujar sus mártires y sus monjes con fiero vigor extraído de la realidad; y Goya, el
mariscal del aguafuerte, que se propuso eliminar la guerra presentándola horrible, y
mató, a principios de este siglo, el arte marchito de España.
En Madrid, al estudiar los maestros, Fortuny se hizo siervo de la esclavitud que honra
y hace feliz: se hizo esclavo de una mujer cariñosa y honrada. Amó la mujer que debió
amar: hija, sobrina y hermana de pintores. El amor le dio su inmenso poder. Volvió a Roma
y trabajó febrilmente. Su labor infatigable le daba derecho a la felicidad. A su regreso
a España se casó con la novia escogida. Uno de sus hermanos es director de la Academia
de San Fernando, donde se conservan los cuadros de Goya; su tío lo fue del Museo de
Madrid; y sus hermanos Ricardo y Raimundo Madrazo eran pintores: el primero, de
encantadoras mujeres y jardines soleados; el otro llegó a serlo después de escultor.
Casado volvió Fortuny a Roma. Vivió en la Plaza del Monte de Oro, entre el Tíber y
el Trastevere, donde la gente todavía conserva el hermoso perfil romano. Se rodeó de
tesoros: amigos principalmente. Su estudio era un salón de recibo. Le fatigaba la
inactividad: mientras conversaba seguía pintando. De las paredes de su estudio colgaban
tapices de Esmirna y cortinajes de iglesia bordados en oro; y en gracioso desorden andaban
dispersos tesoros artísticos. El aroma de flores frescas perfumaba el lugar - siempre las
necesitaba. A las cuatro de la tarde abría las puertas de su casa. El amado Simonetti, a
quien enseñó con tanta devoción y paciencia, y su viejo amigo Moragas, que igualmente
trabajó junto al maestro, le venían a visitar. A su derecha la esposa también pintaba.
Henri Regnault llegaba con Clairin; tema un aire meditabundo, como si pensara en su
"Salomé". Luego llegaba la Princesa Colonna, discípula de Fortuny en acuarela,
de Regnault en óleo, y de Clésinger en escultura. Más tarde Ricardo Madrazo, la
Princesa Sill, d'Epernay, y otros buenos amigos de juventud, ruidosos clientes del Café
Greco. Entre éstos, los inteligentes españoles, Gisbert, pintor del "Desembarco de
los Peregrinos"; Dioscoro Puebla, de "Las hijas del Cid"; Valles, de
"Juana", la reina que enloqueció de amor; Casado, que trabaja en un gran
cuadro; y Rosales, el famoso autor de la agonía de Isabel la Católica. Todos estaban
allí. El maestro era amable, siempre sonreía. Estudiaban los tesoros del salón y
se discutían temas del arte. Hablaban con hermosura de todo lo bello. El maestro no
seguía el ejemplo de Miguel Ángel, que guardaba las llaves de su estudio; como Rafael,
trabajaba acompañado de sus amigos. Era una asamblea de nobles. Un egoísta no hubiera
tenido allí buena acogida. Los que entraron tristes salían alegres.
Todo París fue a ver "La boda española" de Fortuny. El maestro siempre fue
estudiante: pintaba lo que atraía su atención, y retenía todo lo que observaba. Mme
Cassin tiene en París "La boda española", y la "Salomé" de
Regnault. "La boda española" es un idilio de exuberantes colores y exquisito
acabado. Casi se siente el aire suave cargado del incienso que flota sobre las sombras. El
espacio está magistralmente lleno. Parece como si las sombras pesaran. El cuadro da la
impresión de un mundo artístico. Posee todas las cualidades de Meissonier y Gérome, sin
sus faltas. Ellos reconocieron el genio del pintor y fueron sus amigos. En París vivió
activo, tranquilo, amado, amante, y feliz; en su estudio, negado a toda frivolidad y
prefiriendo la compañía sincera. Sobre todas las cosas, él fue sincero. Despreciaba a
aquéllos que lastimaban la modestia del talento. No quiso visitar a la Princesa Matilde a
pesar de las ardientes quejas de Alejandro Dumas, pero alguna vez se le vio en las
recepciones de Walter Fol, quien lo apreciaba y habló siempre de él con devoción.
Llegó la guerra -la guerra que hace huir a los pájaros. Todo el mundo ama a Francia,
hasta los que la odian. Afligido por su destino, Fortuny fue a Granada. También allí
trabajó incansable, pero sin apuro ni fatiga, pues la fama le había triado el lujo y la
comodidad. Escogía sus temas. Penetró más en el seno de la naturaleza. Reunió en su
paleta los colores de la Alhambra, donde la luz brilla contra las blancas paredes y el
pulido pavimento como el mar fosforescente del trópico. En Granada pintó "El
tribunal del Cadi", un cuadro cuya luz fascina. Trabajaba al aire libre, bajo una
tienda de lona colocada en una esquina del patio del palacio moro donde vivía. Era el
patio que sirvió de escenario para su "Lección de esgrima". En este cuadro el
maestro espera el ataque de un alumno que pierde el equilibrio en la arremetida. Al lado
de una fuente que lo separa de otros discípulos, lee un anciano; tiene cara de hombre del
siglo XIX. Dos perros acostumbrados al ruido, del acero están a sus pies. En el corredor,
como en el del palacio moro, muchas pinturas decoran las paredes. Un mono enjaulado,
conversa allí cerca. La extraña luz de los edificios sombríos, tan perceptible en
"El tribunal del Cadi", no se ve ya: ésta es la obra apacible de un hombre
feliz.
En Granada Fortuny se entregó a los placeres del estudio, la amistad y la familia.
Gozaba con las antigüedades de les moros, cuyos edificios son tan elegantes que aun en
ruinas parecen nuevos. Estudió los rosetones de piedra, los encajes de mármol, y las
torretas delicadas que atraviesan el azul del cielo. Ni el ojo más sensible podría
descubrir la falta de adorno en una esquina de las paredes, en el pavimento o en los
techos de aquellos palacios encantados, ni colocarse la mano sobre una superficie no
trabajada o embellecida. Todos los colores del arco iris están bajo el mármol blanco,
como, serpientes ondulantes. Allí, en presencia de tan presumida ornamentación, el
pintor afirmó su desdén por lo uniforme y su amor por los accidentes que avivan las
masas del color. Su elegancia era inevitable: había sido elegante hasta en los horrores
de su esbozo de "La batalla de Wad-Ras" y en la miseria de "El encantador
de serpientes". Pintaba un cerdo hozando en el lodo, pero bajo un castaño en flor; o
harapos, pero, los ponía sobre el cuerpo de un niño. Sus creaciones tienen un encanto
especial; en ellas no se ven las ruinas de las escuelas antiguas, ni padecen por la lenta
elaboración y la originalidad forzada de tantas pinturas modernas. Buscó lo bello,
porque le era imposible producir lo feo. Pintó con sencillez sublime y magnifica
flexibilidad. Como no podía sufrir lo oscuro, cuando una tonalidad sombría amenazaba
extenderse en su lienzo él la desterraba. Sabía avivar el tono, de sus cuadros con un
toque admirable -con un abanico rojo o un sombrero verde. Si rompía el claro azul del
cielo, con las ruinas de un castillo, purificaba la mancha de las sombras con el color y
la fuerza vital de la hiedra sobre las peñas rotas. En Granada terminó "La
Hostería", una composición que presenta varios huéspedes alegres alrededor de una
mesa, soldados que salen de una enramada y perros que se disputan un hueso. Allí creó su
mosquetero en marcha, con el horcón y el sombrero en la mano y su fusil a la espalda.
Fortuny se cansó de la soledad. Uno a uno, sus amigos venían a verlo: un día
Clairin, al siguiente Simonetti o Tapiro -éste lo acompañó a Roma cuando murió el
custodio de su casa. Luego regresó por su esposa y sus cuadros. Vio por ultima vez la luz
del sol sobre las rosadas montañas de la Sierra Nevada y fue a morir a Roma. Vivió en la
Vía Flaminia. Su hogar era un estudio y su estudio un museo. Estaba algo triste, como
todos los hombres que empiezan a ver el cielo desde la tierra. Casi nunca conversaba.
Pintó "Los académicos y el modelo"-el cuadro que creó una escuela - y
terminó su ultima obra, "La academia de los árcades escuchando una nueva
tragedia". En éste se ve el mar al fondo; la tragedia se representa en una alfombra
al aire libre, a ambos lados hay pequeños jardines salpicados de flores; la yerba cubre
la tierra, y bajo los árboles olorosos, con trajes pintorescos y zapatos de hebilla, los
académicos comentan el drama. Es una estampa de la vida jovial y de la naturaleza
sonriente. Admira la analogía entre las emociones que animan el cuadro y los colores que
las representan. Es una obra de luz en reposo, de la vida sin espinas: un jardín de
rosas.
Llegó el verano. Era un verano de laureles, naranjales y fragantes limoneros. Fortuny
se estableció en Villa Arata, cerca de Nápoles. Meditaba mientras ola la música de un
mar resplandeciente que arrojaba sobre la playa la espuma de sus olas, y se propuso un
empeño para el que se sabía capaz. Su colorido consistía en el uso audaz de todo color;
llenaba los espacios con un aire denso que retenía el sol; la luz era la que nadie pudo
poner sobre el lienzo: el vaho de la luz. Tenia la gracia de lo variado, la riqueza de lo
ornamental, la ciencia del movimiento. Nunca violentó su poder expresivo. Cuando hay
mucho que hacer hay que cuidarse de no hacer mucho. Iba a pintar viva la naturaleza
eterna, pero, sin las cadenas de escuela, aunque el habla creado una al cambiar de estile
con sus temas; le repugnaba todo servilismo. Deseosa de rendir su víctima, la muerte
insinuó su proximidad para que Fortuny tuviera tiempo de dejar, en su última obra, las
huellas de sus sueños excelsos y de la armonía interior de su alma. Por suerte, sin
embargo, el cuadro nunca se terminó. En su forma actual nos deja ver una ejecución tan
poderosa que toda la obra ya estaba creada desde el primer trazo y el primer color. Ahora
no pueden decir que ignoran su secreto las pintores admirados. Su genio es fácil de
comprender ante un cuadro tan equilibrado, brillante sin deslumbrar, cotidiano sin ser
común, atrevido sin extravagancia, expresivo sin estar acabado, y que es, sin embargo, la
más consumada de sus creaciones. Está aquí, en la galería Stewart, al lado de "El
encantador de serpientes", y es una de las más ricas páginas que el genio europeo
ha enviado a América.
Esta obra inconclusa, "La playa de Pórtici", es admirable por su claridad y
muestra un conocimiento profundo de la perspectiva. Tiene un significado intimo que falta
en casi todos los otros cuadros de Fortuny. Representa su hogar tranquilo entre flores
iluminadas por el sol. Su esposa está cosiendo; otra mujer ha tirado la sombrilla sobre
las flores blancas y mira contra la luz mientras se protege con la mano del resplandor: es
un movimiento natural y una manera feliz de romper las líneas alargadas de la figura. En
la esquina unos niños recogen violetas, amapolas y flores amarillas de calabacera. Con el
mismo color da relieve a un niño, a una mujer y a una rosa. Para las cosas vivas tiene
una gama de colores, y para lo inanimado otra distinta que no es sombría. Al ver las
Partes no terminadas de este cuadro uno imagina al pintor cabalgando en las nubes para
estudiar el nacimiento y la acción de la luz. Hay una larga muralla blanca a la
izquierda; en este tema tan simple ha empleado todas sus facultades: la línea recta se
interrumpe, la dureza se suaviza y se disminuye la monotonía. Como la muralla es extensa,
está entrecortada con estribos, y como todavía resulta muy larga vuelve a interrumpirla
con una puerta roja: así remata plácidamente en aquella entrada por la que vemos el
costado de una casa, el extremo de un arco, una calle lejana, y, desvanecida en la
distancia, bajo el cielo que todo lo cubre, una aldea. Todavía lastima su sensibilidad
artística la línea recta del muro, y junto, a él siembra un arbusto graneado de rosas y
un árbol que estira sus ramas. En el borde del lienzo, donde la muralla asume inmensas
proporciones, le molesta un fragmento, de cielo gris, y reduce su efecto con un cuerpo
aislado de musgos. La entrada que lleva a la ciudad es tan grande como los dos dedos de un
niño o como los tallos de calabaza al pie de la mujer sentada; sin embargo, todo parece
real. A un lado espera el coche de la gira con su caballo inquieto y un cochero más
paciente; y este grupo es más pequeño que uno de los niños en el centro del lienzo; sin
embargo, la proporción es correcta. La mujer cosiendo tiene casi la misma dimensión que
los rebaños del fondo, donde se juntan el mar y la muralla. Con los dedos se puede medir
la inclinación del terreno y los pasos que separan las calabaceras de los rebaños. Las
delicadas figuras de los bañistas en la playa son de igual tamaño que las cabezas de las
mujeres centrales. La base del cuadro es una tormenta" de colores, pero una tormenta
que duerme. Un cielo de Fortuny, verde en el horizonte, se levanta sobre la superficie,
sobre los escollos de flores y sobre el mar azul. Es como si todo lo cercano a la tierra
debiera de estar protegido; y ser inmaculado, sereno y soberano en la altura.
Fortuny murió en Roma durante un pérfido otoño. Trabajaba imprudente al aire libre
después de las lluvias, y vivía en un barrio rico pero malsano. Se dijo que había
muerto, en un duelo; y hasta cierto punto era verdad: fue un desafío con el trabajo. Su
asesino fue la gastritis que se convirtió en fiebre tifoidea - los pequeños venenos que
matan a los grandes hombres. Los hombres deberían vivir en un mundo en el cual el
instrumento, de la muerte fuera digno de los que mueren. No es así este mundo.
De esta suerte vivió y murió el más sincero el más original, el más humano de los
pintores modernos, y uno de los más excelsos y elegantes de todos los tiempos. De la
naturaleza sonriente y clara es el pintor del siglo. Si no fuera por su cuadro incompleto
y sublime, "La playa de Pórtici", sólo se le hubiera conocido como el pintor
del aire y de la luz.
J.M.