La vida íntima y secreta de
José Martí

Carlos Ripoll

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MARTÍ: PATRIA Y MUJER


Estatua de la República y mujeres relacionadas con Martí (desde arriba a la izquierda y hacia la derecha): la actriz mexicana Conchita Padilla; María García Granados, "La niña de Guatemala"; la mexicana Rosario de la Peña; Carmen Zayas Bazán, la esposa de Martí;  Micaela Nin, la esposa de Mendive; y Carmita Miyares  la amante de Martí.

"Patria y mujer" es el título de unos versos de Martí escritos a mitad de su vida, pero que reflejan el conflicto en que vivió desde la adolescencia hasta su muerte. La patria le exigió el mayor caudal del deber, y, después de ella, el amor fue el pedazo más grande de su interés en el mundo. El Martí patriota, su proceridad, se destaca en su bibliografía: se le ha llamado "santo", "apóstol", "mártir", "místico", y es difícil encontrar quien haya resistido esa vertiente de admiración. Como consecuencia, el otro Martí se posterga y aun se esconde. Curioso destino: a sus contemporáneos, el hombre les ocultó el ser superior, y a nosotros, ya en el pedestal, es el ser superior quien nos oculta al hombre. Esa martiolatría crea una imagen que resta zonas a su ejemplaridad, pues se piensa que, por privilegiado, no sirve de regla de conducta. Es algo como lo que sucede con la hagiografía cristiana, que vemos hombres y mujeres tocados de la gracia, y pierden contacto con nosotros.

Lo excepcional en Martí es que no fue excepcional, que partió de un conflicto común. El hecho de que salga tan crecido de la contienda entre el ideal y la vida es lo que le da tan alta dimensión. No vale más el milagro de un águila que el milagro de una mariposa: el volar es el triunfo, pero el hombre menor no tiene pasiones de gigante, porque sería trampa de la naturaleza, como darle inquietudes de volcán a una madriguera. Quien logra imponer el carácter sobre la carga, cualquiera que ésta sea, es el vencedor, y lo notable es la victoria. No es el agonista lo insólito en Martí, sino la hazaña.

Cuando escribió "Patria y mujer", la Guerra Grande de Cuba tenía siete años. Martí no acudió a ella por la obligación con sus padres y hermanas, a quienes mantenía en México. Siente entonces lo que llama "El convite enamorado/De un seno de mujer", y el "dolor de patria", y ante el enfrentamiento dice en sus versos:

Este cuerpo gentil rebosa vida
Y cada árbol allá cobija un muerto;
A todo goce esta mujer convida,
A toda soledad aquel desierto.
Truéquese en polvo, extíngase este brío
En fatales vergüenzas empleado;
Todo habrá muerto, mas en torno mío
Este amor inmortal no habrá acabado.

No es del "dolor de patria" que se ocupa este capítulo sino de las "fatales vergüenzas" que en Martí competían con su patriotismo, y que nos ayudan a comprenderlo.

La mejor manera de entender a un ser humano es verlo a través de sus amores. Imitando el refrán podríamos preguntarle a cualquiera, "Dime cómo amas y te diré quién eres". Con razón se quejaba Pascal de que los poetas pintaran el amor como a un ciego, creyendo fortuitas sus empresas, cuando lo cierto es que casi siempre el amor responde a la lógica del amante. Más que casualidades en el amor, hay complicidades, pero, sobre todo en los fracasos, es más fácil declinar la culpa que asumirla. Sorprende por eso que la crítica preste tan poca atención a la vida amorosa de los escritores y de los artistas, y más cuando vemos que buena parte de su quehacer está orientado hacia el amor, o por él, y que dieron más importancia a sus experiencias eróticas que a sus creaciones. Lo que en el análisis literario es el estilo, en la vida es la forma de amar. Podemos descubrir en un escritor sus preferencias de gusto revisando los epítetos, por ejemplo, la forma en que modula la adjetivación para darle al nombre peculiar significado, y así, en una biografía, el amor revela la estructura espiritual del personaje. Tan incompleto es el estudio de una obra literaria sin atender al estilo, como lo es el de una vida desatendiendo su vertiente amorosa.

El modelo clásico del conflicto entre el amor y el deber lo presenta el poema de Virgilio. En el cuarto libro de la Eneida, la pasión de Dido se enfrenta a la firmeza de Eneas, quien logra sustraerse del regalo amoroso por cumplir su destino. Los pintores, los músicos y los escritores de todos los tiempos han encontrado en esa pugna motivo de inspiración porque son dos fuerzas que, en varias proporciones, reconocemos en nuestra experiencia. Pero Martí era, al mismo tiempo, Dido y Eneas, tenía en sí entera la pasión de la reina de Cartago y toda la compulsión por el deber del príncipe troyano. La solución fue fácil en la fábula: después del idilio, cuando no pueden conjugarse los intereses opuestos, él parte hacia Italia a cumplir su deber, y ella se clava en el pecho la espada del héroe. El poeta latino redujo en el tiempo la aflicción de los personajes, pero Martí los llevó dentro de sí casi toda su vida, y en activa faena.

En más de una ocasión él reconoció como su única "flaqueza" y "enfermedad" la urgencia de sentirse amado, y la fuente preferida para aplacar su sed de ternura fue la mujer. Además de error, sería injusticia considerar a Martí como a un ser movido en desorden por el apetito de la carne. Como se ha dicho antes en estas páginas, lo que él buscaba en la mujer era el amor, que es distinto del placer, aunque ambos tengan la misma residencia. No se puede decir que repudiaba el sexo, pero no sería exagerado afirmar que algunas veces fue el precio que pagó para participar del rapto amoroso. Nunca se entenderán los apremios de Martí en el amor sin tener en cuenta la soledad a que lo llevaban sus conflictos internos. Un majadero podría reprocharle su queja ante alguno de sus triunfos o la suerte de su talento, que para una existencia vulgar hubieran sido más que suficientes, pero él no era un hombre común precisamente porque sus anhelos iban más allá de la frugal búsqueda del común de los hombres. En la vida de Martí solamente encontramos atisbos de felicidad al principio de su matrimonio, y otros de esperanza el poco tiempo que estuvo junto al hijo; no quiere esto decir que en otros momentos no tuvo compañía, que un alma puede sentirse sola aun acompañada, y hasta querida.

Como Martí encontraba en el ejercicio amoroso tantos beneficios, no es extraña su práctica frecuente. Para él, amar era a la vez el consuelo y el regalo de la vida. Por eso se pregunta: "Ni ¿cuál es la fuerza de la vida y su única raíz, sino el amor de la mujer? "Y en otra oportunidad dijo que amar era "sentirse el cráneo poblado de estrellas". Ese gustar del amor lo diferencia del donjuanismo pedestre con el que a veces se le ha censurado. De acuerdo con las teorías de Ortega y Gasset, Martí es un buen ejemplo de lo que él llama un "hombre interesante", que no es otro que aquél de quien muchas mujeres se enamoran, frente al que no lo es, cuyo inventario femenino es reducido. El interés del varón en esa categoría nada tiene que ver con su empuje erótico, pero si a la atracción natural se le suma la necesidad de ser atraído, como sucede en el caso de Martí, aumenta la fuerza del lance amatorio.

Conviene también destacar en él la comunión del acto y la palabra, que después, por el camino del deber, lo llevará a practicar exacto su programa de patria. No es extraño que los poetas canten el amor, que lo hagan el objeto de sus versos: de hecho, se tiene por la más acabada explicación del amor la que hizo Virgilio al describir sus matices en la apasionada Dido. Pero no hay en los poetas obligado parentesco entre la invención y la vida; en Martí lo hay, y se quejaba porque sus lectores creían su apología erótica un puro juego, y ante las críticas por su vida íntima, decía: "Se me reprocha que haga en prosa lo que se me tenía por bello cuando lo hacía en verso". Y es que en Martí se da la mayor legitimidad, y su poesía es muchas veces entero el poeta.

Si en su defensa del amor parece Martí un hedonista, cuando habla del goce de los sentidos parece un moralizador. Considera que el deleite "no es concebible ni excusable sin el afecto, sin cierto género de simpatía afectuosa, sin la relación espiritual"; y con imagen muy gustada por él en este asunto, dice: "Se ama el perfume, no el ánfora nueva llena de perfume: se ama por el alma y por el cuerpo, mas no por el cuerpo si no está como velado, aromado, embellecido, entibiado por las almas". Y tanto repugna el placer sexual por sí mismo, que dice en uno de sus escritos que "todo gozador es un traidor". Por esa actitud ante lo sensorial, Martí no se preocupaba mucho por la belleza femenina, y es curioso observar que todas las mujeres de su vida, de que tenemos noticia e imagen, no se distinguieron por su belleza, y rara vez lo vemos elogiar, excepto cuando es reflejo del alma, la hermosura femenina: él creía "desventurada la mujer en quien la belleza de las formas es la prenda mejor".

Nos encontramos, pues, hasta aquí, con un amante selectivo, buscador de una relación ideal que lo complemente, donde el sexo juega un papel secundario. ¿Quiere esto decir que Martí se libró de las mujeres que podría haber llamado transicionales, que le sirven de puente al enamorado que busca su mujer "estrella"? Nada más lejos de la verdad. De que tenía como remedio del mal de amores al amor mismo nos dan testimonio aquellas estrofas de sus Versos Sencillos, que dicen:

Mi amor del aire se azora;
Eva es rubia, falsa es Eva;
Viene una nube y se lleva
Mi amor que gime y que llora.

Se lleva mi amor que llora
Esa nube que se va;
Eva me ha sido traidora:
Eva me consolará.

Y a pesar de su disgusto ante lo que califica como "ilícito amor", o "amor inmoral", también dejó en su poesía testimonios de que no le fueron ajenos, como en este pasaje de sus Versos Libres:

!Oh, estas damas de muestra! ¡Oh, estas copas
De carne ¡Oh, estas siervas, ante el dueño
Que las enjoya o estremece echadas!
¡Te digo, oh verso, que los dientes
Duelen de comer de esta carne!

En muchos aspectos Martí se adelanta a su época, de ahí su vigencia, pero en algunos no se libró de la norma de sus días; incluso puede calificarse, a la luz de las aspiraciones con que finaliza el siglo, de agarrado a la tradición. Basta recordar el juicio de Sarmiento cuando leyó las crónicas de Martí censurando la libertad de la mujer americana, cuando advirtió: "Quisiera un Martí menos latino, menos español de raza y menos americano del Sud, por un poco más de yanqui, el nuevo tipo de hombre moderno". En una composición que Martí publicó en México poco antes de "Patria y mujer," dejó un resumen de lo que entonces consideraba la mujer ideal. Se trata, por supuesto, de acuerdo con las convenciones de entonces, de una virgen cuya frente no ha sido más que "del beso paternal sellada"; pero le advierte: "...cuando tu boca/Buscara enferma de deseo la mía,/Con ira de mi ser te apartaría:/Odio el amor que enciende y que provoca".

"Venus y Marte", en el cuadro de Botticelli  (1445-1510), presenta el triunfo de la diosa del amor sobre el dios de la guerra.

Aunque a primera vista Martí parece tener un claro proyecto para el amor, se le enredaba la excelencia del anhelo con la imperfección del camino. Martí nunca se dio cuenta de que él quería al amor más que a la mujer, y que el amor es una aspiración que cuando se concreta, en buena parte deja de ser esa gimnasia cordial que tanto lo complace. Puede convertirse en algo muy digno y hermoso, pero concluye aquel andar con la cabeza llena de astros.

Como todo ser es él mismo y su circunstancia, tampoco es posible entender la vida sexual de Martí fuera de su escenario, sin asomarnos a su siglo. Resulta difícil para nosotros imaginar aquel mundo en el que con notable frecuencia más se buscaba el amor desatendiendo el sexo, desde éste siglo nuestro en el que se busca más el sexo desatendiendo el amor. Habrá que recordar que Martí nace y vive dentro de la moral victoriana, de tantos pudores, que los médicos tenían en la consulta una muñeca para que las señoras indicaran sobre ella el lugar de sus dolencias, pues se consideraba falta de recato que una mujer se señalara ciertas partes del cuerpo. Era una época en la que se aceptaba a la esposa, la madre, la hija o la hermana, pero nunca a la mujer como tal, porque el menor apetito erótico la degradaba a los ojos del hombre. Se llegó al extremo, por esa opinión, de considerar que los malos partos, la esterilidad y los hijos deformes se debían al placer femenino. Era tan estricto el código moral que en las bibliotecas se tenía por mal gusto colocar a autoras y autores juntos, porque lo que se pretendía era mantener la mayor distancia posible entre los sexos; y también por ese motivo las habitaciones eran oscuras para impedir que se vieran demasiado los esposos; y las mujeres se vestían con abundantes lazos y crinolinas para esconder sus encantos, al tiempo que les impedían todo movimiento que pudiera resultar indecoroso. Hay testimonios de que la obsesión con el sexo llegó a tal punto en el siglo pasado, que en algunas casas de este país, como en inglés las patas de un mueble y las piernas de una señora se llaman "legs", se forraban las patas de los pianos para que no hubiera "legs" descubiertas en los hogares. Fue aquella sociedad artificial la que con razón inició los movimientos feministas, y en la que más proliferaron los burdeles: en el Nueva York de Martí, con poco más de un millón de habitantes, se calcula que había cerca de cuarenta mil prostitutas; y cuando Martí estaba en Madrid había aún mayor proporción que en Nueva York: era que el hombre partía su vida entre la esposa y las mujeres públicas, quienes le suplían la falta de sexo que él mismo había desterrado del hogar.

La primera vez que Martí habló de las mujeres como objeto de placer, fue cuando tenía diez y seis años: en carta desde el presidio le dijo a la madre: "Ésta es una fea escuela, porque aunque vienen mujeres decentes, no faltan algunas que no lo son. Tan no faltan que la visita de cuatro es diaria. A Dios gracias el cuerpo de las mujeres se hizo para mí de piedra. Su alma es lo inmensamente grande, y si la tienen fea, bien pueden irse a brindar a otro lado sus hermosuras. Todo lo conseguirá la cárcel menos hacerme variar de opinión". Dos años más tarde, sin embargo, llega deportado a España, y ya no le parece "de piedra" el cuerpo de las mujeres: inicia en Madrid su carrera erótica. Por algunos apuntes que dejó podemos imaginar sus actividades: con la jactancia de quien se inicia en la vida, se propone escribir un libro que va a titular "Mis mujeres. Mis conquistas. Memorias de un hombre sincero". Parece que estas aventuras fueron pagadas, pues al explicar el contenido del libro agrega: "Las conquistas amorosas de que nos envanecemos tanto, las conquistas culpables, tienen en el fondo, de parte de la mujer, la necesidad de salvarse de la miseria. Pero me resulta que, recordando con justicia, se recuerdan muchas que no tuvieron razón, aunque todas hubieran tenido que ir a parar a la tristeza del dinero". En sus cuatro años de España, según confesión propia, Martí tuvo un total de 14 aventuras: 6 en Madrid y 8 en Zaragoza, cantidades en las que habrá incluido a la madrileña "M" y a la aragonesa Blanca de Montalvo.

Y ¿cómo podría explicarse ese cambio súbito respecto a las mujeres, el paso de la indiferencia que mostró en la cárcel al desenfreno en España? No se le ha dado la importancia que merece a la herida que le produjo a Martí la cadena del presidio, y ninguna se le ha prestado, al trauma sicológico que la herida le debió traer. Ramón Luis Miranda, el médico de Martí en Nueva York, dijo hablando de su salud: "El mal fundamental que postraba a Martí frecuentemente era la lesión inguinal producida por las cadenas que le aplicaron en presidio. Varias operaciones quirúrgicas sufrió, pero jamás sanó del mal". Y Fermín Valdés Domínguez escribió en su "Ofrenda de hermano": "Martí estaba muy enfermo en julio de 1872 [cuando Valdés Domínguez llegó a Madrid]. Dos veces lo habían operado de un sarcocele producido por un golpe de la cadena de presidiario en las crueles faenas de la cantera. Nunca se curó de la que fue para él terrible dolencia, por las operaciones hechas a destiempo y en malas condiciones, y que tantas veces le obligó a guardar cama y le impedía andar". Y el impedimento le duró hasta la muerte: en su Diario de soldado, el propio Valdés Domínguez habla de una conversación en la manigua con el general Máximo Gómez sobre el asunto:

Me dijo Gómez que Martí tenía un tumor en la pierna derecha que le impedía hasta cargar el machete y el revólver. Pero a nadie se quejó y tenía que obligarlo a que dejara el trabajo para que curara. En aquellos primeros días [de desembarcar en Cuba] no se separaba Martí de la hamaca escribiendo todo el día. Me dijo también que en Santo Domingo [durante la preparación del viaje] compró un machete largo que por falta de costumbre se le metía entre las piernas y no lo dejaba andar. Pancho le compró este machete que yo uso y luego se lo quitó, y hasta lo tuvo que enseñar, por su carbunclo, a llevar atado a la silla el revólver, y no fue el que le cogieron los españoles [en Dos Ríos], el que trajo de Nueva York para venir con él, era aquel revólver grande que Pancho mi hijo se lo cambió por otro más pequeño que compró con ese objeto.

"Lesión inguinal", "sarcocele", "carbunclo": la descripción más cercana al accidente debe ser la más exacta: el "sarcocele" es un tumor del testículo, y la herida podía llegarle hasta la ingle y describirse como un "carbunclo", que también es un tumor.

El valor simbólico de la herida debió ser el de una castración fálica, lo que completaría el cuadro sicológico familiar con el castigo por la agresividad del padre y la fijación a la madre. El complejo de culpa ante el incesto puede explicar buena parte del culto de Martí por el dolor, el sufrimiento y la muerte, como formas de autocastigo; y su inquietud erótica y su necesidad obsesiva de amar y ser amado debió ser un mecanismo de defensa ante el impulso incestuoso. La herida de Martí del presidio, tal como la percibe su subconsciente, pudo tener similar trascendencia en su carácter y el curso de su vida, que la bala de cañón que en Pamplona le afectó la pierna a San Ignacio de Loyola, que también percibió como una castración, según explica el jesuita W.W. Meissner en su libro sobre "la sicología de un santo": el trauma movió a San Ignacio del libertinaje al ascetismo; a Martí de la castidad a la obsesión amatoria: los dos debieron sentirse humillados por la deformación física, y tomaron caminos distintos para superarla: uno con la renuncia, el otro con la abundancia; pero, después de muchos sacrificios, los dos lograrían la sublimación de sus conflictos en el renunciamiento de sus personas y la entrega a un ideal.

También sabemos que "a los 18 años" Martí estuvo tentado por un adulterio, que supo resistir, según confesó hablando de su drama "Adúltera". ¿Quién fue aquella mujer por la que estuvo "abocado a una grave culpa"? Puesto que no se consumó, y ella con toda probabilidad nunca supo de la pasión de Martí, creo poder revelar lo que me contó Félix Lizaso, sin decirme la fuente de su información: según él, fue Micaela Nin, la joven esposa del maestro de Martí, Rafael María de Mendive. La última vez que se vieron Micaela y Martí fue cuando él, entonces con l6 años, la acompañaba al Castillo del Príncipe, donde Mendive estaba preso, en 1869; luego, deportado a España, Mendive y la esposa se trasladaron a los Estados Unidos antes de que Martí llegara a Madrid. Pudo, quizás, Martí, para cubrir la huella de su confesión haber cambiado los 16 años que tenía en La Habana por los 18 que tenía en Madrid. Micaela Nin, ya anciana, hablaba de Martí con cariño como de "un niño triste" que se sentaba junto a ella a verla coser; pero no deja de llamar la atención que desde que se separó de Mendive no hablara más de quien fue su "padre espiritual", y esperó mucho, después de su muerte, para escribir sobre el maestro. Tienta, por supuesto, imaginar la fijación afectiva y un complejo de Edipo, que podría explicarse de la siguiente manera: Mariano Martí, inadecuado y gris, le impedía al joven Martí identificarse con el padre, lo que logra a cabalidad con su maestro, culto, poeta y liberal. En las cuatro cartas que se conservan dirigidas a Mendive, en La Habana, se descubre la transferencia: en una le dice al despedirse: "Mande a su discípulo que lo quiere como un hijo..."; y en otra: "...a cada instante daría por Vd. mi vida, que es de Vd. y sólo de Vd., y otras mil si tuviera..."; y en otra: "...si me siento con fuerzas para ser verdaderamente hombre, sólo a Vd. se lo debo, y de Vd. y sólo de Vd. es cuanto bueno y cariñoso tengo..."; y en la que menciona a su padre, antes citada, le dice a Mendive: "Éste me hace sufrir cada día más, y me ha llegado a lastimar tanto que confieso a Ud, con toda la franqueza ruda que Ud. me conoce que sólo la esperanza de volver a verle me ha impedido matarme..."

"La República" de Cuba, en la estatua que hizo en 1929 el escultor Angelo Zanelli, y que se conservaba en el Capitolio Nacional de La Habana.

En México, a donde va desde España, sus amores le invaden la poesía. Dijo en una ocasión: "Casi siempre después de hablar con una mujer, hago versos, con una mujer distinguida, alma linda o potente, con cuerpo amable". Allí sintió, como se ha visto, una gran pasión por Rosario de la Peña, pero al no ser correspondido se puso a cortejar a Eloísa Agüero. Duró también poco la aventura, y de esas relaciones efímeras sólo le quedaban algunos versos y mayores soledades: de episodios semejantes dijo: "Esos amores que se encienden de súbito y mueren de súbito, aunque no sin poesía, angustia y náusea... son como esas últimas, fugaces, débiles llamaradas de una bujía que se apaga, como esos matices de la fiebre que suelen animar por instantes breves las mejillas de los moribundos".

Para tener más exacta idea de sus actividades en México, antes del matrimonio, conviene recordar una anécdota que contó su sobrino Raúl García Martí, y es la siguiente: al principio de las relaciones entre Carmen Zayas Bazán y Martí, un día que estaba enfermo, la novia fue a verlo, y durante la visita descubrió un cofre con cartas de amor. Sin que Martí se percatara ella se lo echó en el bolso y se fue, y cuando él se dio cuenta, a pesar de que la madre lo encerró en la habitación para que no saliera, enfermo como estaba saltó por la ventana y corrió hasta alcanzar a Carmen, la que no quiso devolvérselo hasta que no le prometiera dedicarse sólo a ella. Ahora sabemos que no todas las cartas de amor que Martí conservaba se perdieron.

El matrimonio de Martí y Carmen Zayas Bazán es un ejemplo típico de esos amores que Stendhal llamaba de cristalización, en los que se proyecta sobre un ser lo que uno quisiera que fuera. Se ama entonces como a un reflejo de uno mismo que reemplaza las verdaderas cualidades del objeto amado. Decía el novelista francés en su estudio sobre el amor, que el proceso era como sumergir en agua de mar una rama en la que cristaliza la sal que luego vemos brillar a la luz; el brillo, por supuesto, no es propio de la rama y cuando desaparecen los cristales queda ésta en su pobre desnudez. Martí hubiera necesitado para su vida una mujer distinta, que tuviera un aprecio opuesto al que tuvo la Zayas Bazán del hombre que la amaba, sin esas exigencias domésticas que impiden a veces la visión de lo grande. Martí habló de esos engaños en que resultan culpables los dos: uno por imaginar lo que no existe, y el otro por hacer la comedia de lo que no es. En un momento de reflexión sobre las mujeres, anotó en su Cuaderno de Apuntes: "... sin embargo, la culpa es nuestra, porque les pedimos mucho más de lo que pueden dar. Y suya, porque lo saben, y no nos dicen a tiempo que no poseen aquello por lo cual precisamente las amamos".

Una confesión de Martí se impone cuando se analizan sus ideas sobre el amor. Fue escrita hacia 1882, ya con sospechas del fracaso de su matrimonio, y llega allí a defender el amor libre puesto que el compromiso se realiza con frecuencia basado nada más que en la atracción física; dice:

Se da por base el amor un elemento que en el matrimonio no es capaz de sostenerlo: la simpatía física. La rápida impresión externa preside, casi exclusivamente, a las vehementes expresiones y graves promesas que se han hecho condiciones indispensables del amor. Y—¡hay tanta diferencia de gustarse a amarse! Debe hacerse —salvo malicia— lo que hacen ciertos indios del Estado de Veracruz: tomarse a prueba. Vivir bajo el mismo techo. Ir juntos al arroyo. Cargar juntos leña. Oírse y conocerse. Y, si la simpatía definitiva de las almas no sanciona la atracción pasajera de los cuerpos, separarse. —Lo demás es jugar la vida a cara o cruz. ¿Sobre la mera simpatía —esa mariposa— ha de construirse cosa tan maciza como un hogar?

El hambre amorosa de Martí se refleja en un apunte que dejó escrito, en su viaje a Guatemala, sobre la Isla de Mujeres: habla allí, con simpatía, de la vida apacible del lugar, pero comenta: "Dicen que eso es vivir; y veo que viven. En mí, el fuego de la impaciencia, lanzaría roto mi cráneo al mes de aquella vida sin cielo de alma; sin líos de mujer; sin trabajo, sin gloria y sin amor". Y no parece que Martí logró con facilidad apagar "el fuego de la impaciencia" que en ese pasaje descubre: en otro de sus Cuadernos aparece este juicio revelador: "Los hombres somos como la flor macho de la Valisneria Spiralis, que andamos sueltos por entre las flores hembras, sujetas, siempre a flor de agua, por un tallo amable de estira y encoge: y el polen flota buscando el pistilo..."

El objeto de esta revisión de algunos amores de Martí, lo que el llamó en el poema que le da nombre a este capítulo "fatales vergüenzas", "el convite enamorado/De un seno de mujer", no ha sido otro que presentarlo con las cargas y fatigas que le amenazaban su obra. Más o menos activas, todos tenemos pasiones que amenazan el entendimiento y la conducta: la pasión de dominio, la pasión de la fama, la pasión de la avaricia, la pasión de la soberbia: son las que él llamaba "pasiones bajas y feroces". Su victoria en la lucha entre el ideal y la vida, entre "Patria y Mujer", no propone la anulación de las pasiones, sino su cambio de signo, hacerlas "grandiosas", que son aquéllas de las que se deriva un bien para los demás, y que Martí condensó magistralmente en su pasión por la patria. No es a un quietismo asustado de los peligros al que nos invita su biografía, sino a una participación activa y generosa en todo lo que podamos ser útiles y ayude a nuestra superación.

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