La vida íntima y secreta de
José Martí

Carlos Ripoll

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LA NIÑA DE GUATEMALA

REALIDAD Y FANTASÍA

"Quiero a la sombra de un ala / Contar este cuento en flor": es el trágico idilio de María García Granados y José Martí. En boca del poeta, "ala" quiere decir lo lírico; y la palabra "flor" simboliza la ternura: se han de entender, pues, los dos primeros versos de su famosa composición, como "quiero al amparo de la poesía, contar este episodio de ternura".

La mayor parte de los Versos Sencillos, entre los que está el que se comenta aquí, son recuerdos personales: en ellos aparecen los padres de Martí, la esposa, el hijo, sus amores y amigos; Aragón, Nueva York, Cuba. Cuando los estaba escribiendo, dijo: "La poesía ha de tener raíz en la tierra, y base en el hecho real". Por eso pueden considerarse autobiográficos, pues recorre momentos cruciales de su vida, y dejó testimonio de su valoración de ellos.

Anuncios de cuando Martí visitaba las montañas Catskills, donde escribió la mayor parte de sus Versos Sencillos, entre los que se encuentra "La niña de Guatemala".

Era oportuno el recuento: con esa visión típica del genio (y del poeta, adivino), Martí vio acercarse la tormenta de Cuba. Acababa de asistir a dos importantes reuniones en Washington, donde pudo confirmar el interés de los Estados Unidos en apoderarse de la isla, la complicidad de algunos países hispanoamericanos en el proyecto y la explícita colaboración de los anexionistas de Cuba que allí estuvieron presentes. Pero el infame plan fracasó, y Martí recordaba en el prólogo de los Versos Sencillos:

Fue aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos. Y la agonía en que viví, hasta que pude confirmar la cautela de nuestros pueblos; y el horror y vergüenza en que me tuvo el temor legítimo de que pudiéramos los cubanos, con manos parricidas, ayudar el plan insensato de apartar a Cuba, para bien único de un nuevo amo disimulado, de la patria americana; me quitaron las fuerzas mermadas por dolores injustos.

Hasta junio de 1890 Martí siguió en asuntos relacionados con las conferencias de Washington, pero vencido por el cansancio le escribe a un amigo: "Entre los calores y el trabajo, y los cuidados del espíritu, dieron en cama conmigo, y me voy con la cabeza seca a la montaña. Me voy a un rincón de hojas y de soledad por unos cuantos días"; lo que luego resume en el prólogo del poemario con estas palabras: "Me echó el médico al monte: corrían arroyos y se cerraban las nubes: escribí versos". Y, mientras prepara este poemario, cumple con sus correspondencias a los periódicos de la América del Sur, y dice en una crónica para La Nación, de Buenos Aires: "Van los alegres a las playas, buscando aventuras, pero el mar no acomoda con sus palacios bullangueros a la gente tranquila, ni es el aire de la costa como el de la montaña para leer a la luz blanda los libros sobre la naturaleza, para calafatear los pulmones agujereados, para calmar, con la salud del mundo, el espíritu doliente. Allí donde no pueden subir las alas de los pájaros, crecen las del hombre. El espíritu sube con el aire que sube". En las montañas Catskill, el lugar de veraneo más apreciado por el Nueva York de aquella época, escribió Martí, con sus otros Versos Sencillos, "La niña de Guatemala".

Habían pasado trece años de su visita a ese país centroamericano y aún recordaba con cariño a María García Granados, siete años más joven que él: es que, según parece, al hacer un balance de su vida, a ninguna mujer admiró tanto Martí: pudo encontrar en ella lo que quería su alma singular: honradez, inteligencia, poesía y belleza. Había probado otros amores: a uno de ellos le dijo: "Yo me arrancaré tu amor, que me duele, como un zorro cogido en una trampa se amputa con sus dientes el miembro, y me iré sangrando por el mundo, pero libre". De otra relación quiso curarse, de una mujer que gustaba exhibirse como pavo real en las tertulias que organizaba, y la recordó con disgusto en esta estrofa:

Vino el amor social: ese alevoso
Puñal de mango de oro oculto en flores
Que donde clava, infama: ese espantoso
Amor de azar preñado de colores.

Creyó Martí que Carmen Zayas Bazán era su "alma hermana", y así la llamó en una de sus cartas. Pero Martí no estaba hecho para casarse, y menos con una mujer que lo quería llevar a esa domesticidad social y hogareña que tanto disfruta el común de las gentes. Máximo Soto Hall, amigo de Martí, y compañero en sus días estudiantiles de María García Granados, explicó el obligado fracaso de aquel matrimonio: los hombres como Martí, dijo:

...aman, saben amar, son grandes amantes por lo mismo que tienen vehemente corazón, pero no se amoldan ni pueden amoldarse al amor que ha menester de los actos consagratorios de la Iglesia y del Estado. Viven fuera del mundo y no comprenden las cosas corrientes, y menos se someten a ellas. La región ideal donde moran, no se combina con las normas ineludibles, metódicas, un tanto pedestres que reclama la vida conyugal para que en ella impere la armonía. Todo esto se halla fuera de su radio de acción. Como las aves de poderosas alas que se remontan fácilmente al infinito y caminan con torpeza en el duro suelo, ellos andan a tientas y tropiezan y caen donde los demás mortales encuentran piso llano y blando. Martí, en tal concepto, cometió un error casándose con Carmen.

Cuando Martí publicó los Versos Sencillos, en el verano de 1891, la esposa y el hijo lo habían ido a ver a Nueva York. Muy pronto se produjo la última separación: Carmen, herida por lo que leyó en el libro, embarcó para La Habana a escondidas y con la ayuda de las autoridades españolas. Entonces él, agobiado por la pena y recordando su equivocación de 1877, le escribió a un amigo: "Y pensar que sacrifiqué a la pobrecita, a María, por Carmen, que ha subido las escaleras del consulado español para pedir protección de mí".

No pudo el poeta descubrir a tiempo el error de su matrimonio: quiso probar el camino de todos los hombres porque en el suyo se le anunciaba azarosa la vida: dijo sobre lo extraña y difícil que para él le resultaba la gente, y sobre lo difícil y extraño que la gente lo veía a él: "¡Qué tormento, tener los pies atados a la tierra y sentir en la frente aires divinos, y en el corazón la trova amorosa, y las alas entrándose en las nubes! La claridad del cielo, de puro viva, es ciega para la tierra. La superioridad es una especie de locura". Así, además de para olvidar a Eloísa Agüero, Martí se entregó a Carmen, le propuso matrimonio y empeñó su palabra. Al poco tiempo tuvo que abandonar México: no quiso seguir viviendo en un país en el que se había entronizado un gobierno incompatible con sus principios. Fue entonces a Guatemala.

REALIDAD Y FANTASÍA

Era allí director de la Escuela Normal un bayamés exiliado, José María Izaguirre, y enseguida nombró a Martí profesor de Literatura y de Ejercicios de Composición. Estaba la Escuela Normal en el antiguo Colegio Mayor de los Padres Paulinos, por lo que algunos miraban con cierta reserva aquel establecimiento educacional. Para ganarse el favor de la sociedad guatemalteca, a Izaguirre se le ocurrió organizar veladas artísticas y literarias. En una de ellas, el 21 de abril de 1877,según se ha dicho, Martí conoció a María. Su padre, el general García Granados, había sido presidente de la República cinco años antes, pero tuvo que renunciar para dar paso a los cambios que se hicieron necesarios a partir de la revolución de 1871. Culto y liberal (Martí lo llamó "hombre de libros y de espada"), Miguel García Granados pronto se hizo amigo del emigrado cubano; y como los dos eran aficionados al ajedrez, las visitas de Martí a casa del general eran muy frecuentes; y allí estaba siempre María, que preludiaba el encuentro de los jugadores con canciones y piezas al piano. Izaguirre dejó esta descripción de ella:

Era alta, esbelta y airosa: su cabello negro como el ébano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro, sin ser soberanamente bello, era dulce y simpático; sus ojos profundamente negros y melancólicos, velados por pestañas largas, revelaban una exquisita sensibilidad. Su voz era apacible y armoniosa, y sus maneras tan afables, que no era posible tratarla sin amarla. Tocaba el piano admirablemente, y cuando su mano resbalaba con cierto abandono por el teclado, sabía sacar de él notas que parecían salir de su alma y pasaban a impresionar el alma de sus oyentes.

Salón de la residencia del general Manuel García Granados, padre de "la Niña", tal como hoy se conserva.

Martí y María sí parece que eran "almas hermanas": se habían buscado y todo estaba hecho antes de conocerse: afinidad de ideales, vocaciones, gustos comunes e idéntica sensibilidad. Por eso sintieron esa única atracción que supera las convenciones sociales: ella supo del compromiso de Martí, y él tenía presente su decisión de cumplirlo. Pero el amor les trajo también la esperanza del milagro que sólo nace en esos puros amores. Martí confesó es sus versos:

Como una enredadera
Ha trepado este afecto por mi vida,
Díjele que de mí se desasiera,
Y se entró por mi alma adolorida
Como por el balcón la enredadera.

Siete años antes de escribir "La niña de Guatemala", Martí evocó la memoria de María al escribir su novela Amistad Funesta. El escenario es el de su estancia en Centroamérica, y los personajes están formados con recuerdos de quienes allí había conocido. El propio Martí dejó mucho de su ser en dos de ellos; el que interesa ahora es Keleffy, el pianista húngaro que se enamora de una joven, Sol del Valle, "la niña", que tiene mucho de María García Granados. Se conocieron en una reunión donde ella tocaba el piano. Fue un amor a primera vista; Martí describe el encuentro: "La miró, la miró con ojos desesperados y avarientos. Ella era como una copa de nácar en quien nadie hubiese puesto los labios. Tenía esa hermosura de la aurora, que arroba y ennoblece. Una palma de luz era". Igual que el de María y Martí, aquél era un amor imposible: él estaba casado y se vio también en la obligación de "quererla como a una hermana". Al fin Keleffy tuvo que abandonar la ciudad, pero antes tocó para ella el piano; y Martí comenta: "Sólo los que mueren de amor entienden cómo tocó aquella noche Keleffy".

A los dos meses de su llegada a Guatemala, Martí le escribió un largo poema a "María": en él se describe como un ser ajeno al mundo (al "furor de los hombres") y extraño a las miserias de la gente (a su "comercio brusco"), y recuerda el dolor de sus pasados amores:

A las veces herido
De una fiera pasión, porque hay pasiones
En que hasta el pomo su puñal hundido,
Con su acero quemante han convertido
En roto abismo bravos corazones.

Pero el poeta no se ha quemado en aquellos fracasos: la presencia de María le vuelve al amor que entonces "más lozano y vivífico renace", y agrega:

El alma resucita: yo la he visto
Clavada en cruz como el inmenso Cristo
Y luego al sol de plácidos amores,
¡Batir las alas y libar las flores!

El milagro de ese renacimiento se lo debe a ella, de quien dice:

Siento una luz que me parece estrella,
Oigo una voz que suena a melodía,
Y alzarse miro a una gentil doncella,
Tan púdica, tan bella que se llama ¡María! [...]

Amo el bello desorden, muy más bello
Desde que tú, la espléndida María,
Tendiste en tus espaldas el cabello
Como una palma al destocarse haría.

Desempolvo el laúd, beso tu mano,
Y a ti va alegre mi canción de hermano.
¡Cuán otro el canto fuera
Si en hebras de tu trenza se tañera!

No es la prudencia la virtud que más acompaña al amor, que tiene sus propias leyes, brújula y lógica. Ni María ni Martí fueron prudentes: aunque él le aclaraba que era aquella una "canción de hermano", y recordó a "la esposa arrodillada" que lo estaba esperando, no dejó de alimentar la ilusión de María ni de esconder lo que ella significaba para él. Otros versos le escribió en su álbum, junto a los de algunos poetas guatemaltecos: entre ellos, José Batres y Domingo Estrada; y otro bayamés exiliado: José Joaquín Palma; y de nuevo vuelve al juego amoroso; en las últimas estrofas dice de María y comenta sobre sus propios sentimientos:

...Sierva si sigue el tenue paso blando
De la bíblica virgen hechicera,
Y leyes dicta si la frente alzando
Echa hacia atrás la negra cabellera.

Quisiera el bardo, cuando el sol la mece,
Colgarle al cuello, esclavo, los amores:
Si se yergue de súbito, parece
Que la tierra se va a cubrir de flores.

¡Oh! Cada vez que a la mujer hermosa
Con fraternal amor habla el proscripto,
Duerme soñando en la palmera airosa,
Novia del sol en el ardiente Egipto.

María García Granados, en su foto más conocida.

Pero como el pianista de Amistad Funesta, Martí tuvo que separarse de su "niña". Fue a México a cumplir la palabra empeñada. Luego recordará el adiós a María García Granados:

Como de bronce candente
Al beso de despedida,
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!

La boda de Martí se celebró a fines de 1877, y a los pocos días los recién casados ya estaban en Guatemala. De María García Granados se conservan una líneas a Martí, que nunca antes se habían publicado, que conservaba en su poder Manuel Isidro Méndez, en las que se lee:

Guatemala, enero de 1878.

Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán.

Te suplico que vengas pronto,

Tu niña

Lo que sucedió después se sabe por José María Izaguirre:

Cuando Martí regresó con Carmen no fue más a casa del general, pero el sentimiento se había arraigado profundamente en el alma de María, y no era ella del temple de las que olvidan. Su pasión se encerraba en este dilema: verse satisfecha, o morir. No pudiendo verificarse lo primero, le quedaba el otro recurso. En efecto, su naturaleza se resintió del golpe, fue decayendo paulatinamente, un suspiro continuo la consumía y, a pesar de los cuidados de la familia y los esfuerzos de la ciencia, después de estar algunos días en cama sin exhalar una queja, su vida se extinguió como el perfume de un lirio.

Una carta, también inédita, de Manuel José Izaguirre, hermano de José María, casado con una prima de Carmen Zayas Bazán, dirigida a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, que guardaba en su archivo su hijo, Quesada y Miranda, fechada en Honduras en 1909, completa la visión del episodio guatemalteco de Martí; contó allí, quizás algo influido por la trama de la novela, desde el día en que se conocieron los enamorados hasta la muerte de la "niña":

...María García Granados, quien se enamoró apasionadamente de nuestro Martí, era hija del general don Miguel García Granados, expresidente de Guatemala, jefe del general [Justo] Rufino Barrios, quien expulsó a los jesuitas, rasgó el velo del fanatismo y pasaba largas horas conversando con Martí. María, viendo que Martí no se daba por enterado de las insinuciones, se le declaró ella misma, y él le contestaba con franqueza ruda: "No puedo, estoy comprometido con Carmen". Era una joven interesantísima. Llevé a Martí a un baile de trajes, que se daba en casa de García Granados, a los dos días de haber llegado [por primera vez] a Guatemala; estábamos los dos de pie, en uno de los hermosos salones, viendo desfilar las parejas [cuando vimos venir] del brazo dos hermanas señoritas. Me preguntó Martí, "¿Quién es esa niña vestida de egipcia?"—"Es María, hija de la casa" [le contesté]. La detuve y le presenté a mi amigo y paisano Martí, y se encendió la chispa eléctrica. Cuando murió ya su padre había muerto: sus tíos y primos dejaron el cadáver en manos de los albañiles que rompían la bóveda, pero Martí, [José] Joaquín Palma, mi hermano y yo permanecimos allí hasta que el último ladrillo y cucharada de mezcla arrojaron sus sagrados despojos en la eternidad. Entre nos, Martí sintió remordimientos: muchos años después nos vimos en Nueva York, se me quejaba del comportamiento de Carmita [Zayas Bazán], su mujer, pidiendo protección al cónsul español: entonces me habló de María: "Usted mejor que nadie conoce la triste historia [me dijo] ¡pobrecita! ¡como la sacrifiqué!"

Cocola Fernández Ledesma conservaba este recuerdo de "la niña de Guatemala", y se lo entregó a Gonzalo de Quesada y Miranda.

María murió el 10 de mayo de 1878. Martí dijo en sus versos:

Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
Él volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.
Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
Él volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.
Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.

Y sobre el entierro contó José María Izaguirre:

La muerte de María fue motivo de duelo general en la ciudad de Guatemala, por el sincero afecto de que era objeto y por los merecimientos de su familia. Una inmensa concurrencia acudió a la ceremonia fúnebre, que fue solemne y suntuosa. El ataúd que encerraba aquellas preciosas reliquias era de raso blanco, blancas eran también las coronas que lo adornaban, y fue conducida en hombros de sus amigos a la mansión eterna. Poco a poco la gente fue retirándose al llegar a la cripta, y últimamente quedamos allí sólo tres amigos: José Martí, José Joaquín Palma y yo.

Retrato dedicado a Martí de "La niña de Guatemala". Ahora sabemos que no sólo ella se enamoró de Martí, sino que el propio Martí llego a sentir por ella "un albor de amor".

Y Martí en sus Versos:

Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.

Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.

Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.

Callado, al obscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!

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