Escritos Desconocidos de
José Martí
Escenas norteamericanas
Carlos Ripoll |
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XIX
[Lo que mandó Martí de este escrito a La
Nación fue fechado en Nueva York el 11 de mayo de 1889; lo publicaron el 21 de junio,
y se encuentra en las Obras Completas en el tomo 13, página 377.
Lo no conocido, publicado solamente en El Partido Liberal el 7 de junio de 1889,
es lo que sigue.]
Correspondencia Particular de "El Partido Liberal".
Las grandes fiestas del Centenario. De la jura. Sumario. Historia de
hace un siglo, y crónica amena. Washington, sus tiempos y sus compañeros. El
Washington verdadero y la Constitución de los Estados Unidos. Los cismas y miseria
de los primeros años. La jura famosa. Gobierno y costumbres de la primera
Presidencia. Las fiestas. La fiesta naval. La llegada a New York.
El "lunch" y el "camino de rosas". El baile. Los servicios
religiosos. La ceremonia oratoria. La parada militar. El banquete.
La procesión cívica. La fiesta naval. La bahía. Llega el
Presidente. Espectáculo sublime. El desembarco. Arcos y
"lunch". Las niñas de las escuelas. El baile. El adorno del
teatro. Personajes y cuentos. Cómo fue la gran cuadrilla y quiénes la
bailaron. Trajes y joyas. Mrs. Harrison y Mrs. Cleveland. La cena.
Escenas tristes. Oratorio. El obispo censura la política mercantil. El
discurso histórico de Depew. Harrison como orador. El banquete y la lección
del Centenario. Triunfo de Cleveland. Otros discursos y el de Harrison.
La parada militar. Cariño de la milicia y el pueblo. Cincuenta mil hombres en
armas. Ovación a los Gobernadores del Sur. Los soldados de la libertad.
Presencia cívica. Alegorías malogradas. Siete alegorías para la cerveza y
el vino. Los extranjeros en la procesión. Los niños de las escuelas.
El niño y la estatua.
Nueva York, Mayo 11 de 1889.
Sr. Director de "El Partido Liberal".[...]
[La mesa entera, como si asistiese a una
revelación, oye pasmada la autoridad y belleza del brindis de Cleveland, por "el
pueblo de los Estados Unidos" que estima él muy por encima de aquellos hijos suyos
que lo tienen en poco, y llevan adentro la zarpa que echa a un lado a su hora a los que
quieren sentarse sobre la libertad y la razón; pero ésta es la fuerza del discurso, que
lo oyeron de pie los oradores consumados: "Si absortos en el adelanto material, o
distraídos por el torbellino de los negocios, se ha debilitado ya en nuestros
conciudadanos aquel amor a la patria, y aquella fe sencilla en la ilustración y la
virtud, que fueron el anhelo y la esperanza de nuestros padres, todo lo que hemos
edificado, bandos y bolsas, canales y puertos, fábricas y ferrocarriles, todo se levanta
sobre cimientos enfermos y flojos".] Todos
se van a él, con las manos tendidas, [de un
palco cercano] parece que lo quieren besar unos
ojos de mujer joven que lo miran. Cada orador sacó de su oficio una lección imponente;
pero [ni Lee] que es la cabeza del Sur, cuando en nombre de los Estados
rebeldes de ayer, proclamó a la Unión triunfante desde un siglo de lucha... Ni el
general Sherman, que habla como si pelease, y acaba su encomio del civismo del soldado
mandando que se victoree el pabellón de los tres colores [ni Elliot] el presidente del colegio
antiquísimo de Harvard, cuando pedía los aplausos del corazón para [los trescientos sesenta mil maestros humildes de los Estados
Unidos] que son los que levantan perennemente el
verdadero [monumento] de Washington; ni Lowell, el poeta de elocuencia damasquina, al afirmar con
énfasis que "es una mera horda de figuras para el censo el pueblo que no halle su
contento mayor y su riqueza preferente, en las cosas del espíritu", hallaron acentos
más valerosos, ni arrancaron aplausos más vivos, aplausos de esos que saludan a las
ideas que nacen, que el párrafo de vuelo en que, con el tierno modo de regañar de los
ancianos amorosos, dijo Harrison lo que han de leer estos políticos de humos nuevos,
recién salidos de la librería, que creen que los pueblos están firmes sobre columnas de
números y que no necesitan columnas de alas.[...]
Y cuando al día siguiente, no repuesta aún del cansancio visible [vio] la multitud
apiñada [desde] la aurora [en las calles y] estrados [la procesión] alegórica que quedó como a medias, sin la pompa ni el mérito con
que debió honrar a sus padres un siglo agradecido, con una que otra industria donde
debieran ir todas en séquito nunca visto, con pasos mezquinos de historia mal hecha que
acogía la gente a carcajadas, con carros de anuncio que provocaban mejor la cólera que
el aplauso; con Franklin que iba comiendo un sandwich en las mesa de la jura de la
Constitución, y Washington, que recibía [como
pelotas las manzanas] las naranjas, las botellas
de cerveza que le tiraba de las aceras el gentío, no fueron las alegorías malogradas de
la procesión lo que movió de veras el alma pública, lo que se llevó las bendiciones y
los vítores. Los alemanes no fueron con sus siete carros en honor del vino y la cerveza,
y su carnaval y su Wagner; ni los suizos, de coraza y almete, de toca y jubón, de
alpargata y capucha, de hacer de armas y puñal de misericordia; ni los italianos con sus
blusas coloradas y sus penachos verdes; ni los franceses, de botas y morrión, de
pantalón de franja de oro y charretera; ni los irlandeses que cubrían millas, y andaban
con paso de amo, y como si el mundo estuviera allí para verlos; ni los políticos de
Tammany, que iban a caballo, con sombrero que daba luces y ropa de hombre próspero; ni
los carniceros, a caballo también, de delantal y sombrero alto, con un carro color de
sangre, y un toro negro encima, y otro con cuatro puercos, y uno arriba de plata; ni las
bombas de hace un siglo, con sus campanas y flores, y unos niños como genios en el
pescante dorado: la ovación continua, enérgica, conmovedora, el aplauso que
resonaba con el estampido de la fusilería, era de criaturas y de viejos, de extranjeros y
nacionales, de mujeres y de hombres, para las columnas marciales de los niños [de las escuelas] que
iban a paso cerrado, rodilla con rodilla, mirando adelante, sin reír y sin flaquear,
hombro a hombro. Una bandera llevaba cada uno. [Presenten
armas!" les dijo el maestro viejo. Y presentaron las banderas]. Ya la tarde caía cuando entre los figurones últimos y los
comercios viles se dispersó la procesión, seguida de los carros que se llevaban los
estrados deshechos, los barriles y cajas donde estuvo en pie la muchedumbre, las
colgaduras desgarradas, las cajas de sandwiches, a medio vender, las botellas vacías. Las
familias fatigadas, pasaban en la sombra. Al día siguiente, cuando al volver [a su trabajo interrumpido un hombre] que sabe amar la virtud, [alzó los
ojos] para saludar, en su imagen de bronce, a
aquel a quien fue natural el decoro, ley el desinterés, fácil el heroísmo [y propicia la época vio que] al pie [de la estatua de bronce] en los peldaños blancos, [leía
un niño.]
José Martí |
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