| DE LA
TOLERANCIA: JOSÉ MARTÍ |
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Martí: el primer desafío
"El
banderón de la acera"
"Con
Martí no había términos medios"
La
bandera de Yara y la bandera "de la tolerancia"
El último torneo
Tolerante es quien respeta ideas y prácticas que repugnan a las suyas; así, lo
opuesto, el intolerante, es quien impide o critica actos u opiniones ajenos a su manera de
pensar, a su gusto o a su proceder. Supone la tolerancia cierto sufrimiento por el que se
soporta, aunque no se apruebe, lo que se estima inapropiado o ilícito. Tanto una como la
otra, la tolerancia y la intolerancia, pueden ser un defecto o una virtud: ambas están
condicionadas a su entendimiento y su ejercicio. Las virtudes que en sí entrañan otras,
llamadas por eso cardinales la prudencia, la justicia, la fortaleza y la
templanza, mal manejadas, o por aplicación errónea, pueden convertirse en
defectos: la prudencia, en cobardía; la justicia, en fanatismo; en temeridad, la
fortaleza; y la templanza en la aniquilación del ser.
Ciertas actividades no pueden ser toleradas: las que se originan por discriminación
religiosa o racial. Ni se debe practicar, ni siquiera defender, la tolerancia en favor de
aquéllos que se la niegan a otros. El temor de ser intolerante puede llevar al que
presume de tolerancia a convertirse, con su silencio, en protector de lo mismo que
combate. Es cómplice de un delito el que lo ve y, a pujos de indulgencia, no lo denuncia
y trata de impedirlo: matar la libertad de disentir, limitar el derecho a pensar y a
actuar ajeno a un dogma, es un delito mayor. La tolerancia tiene razón de ser con quien a
su vez la ejerce: uno le sufre al prójimo lo que no considera justo o correcto, y el otro
le sufre al primero lo que no aprueba o le molesta. Pero es un error, si no un crimen, ser
tolerante con la intolerancia. La tolerancia es una virtud ante el tolerante; ante la
intolerancia sólo quien se opone a ella cumple su deber.
Martí: el primer desafío
El más antiguo juicio de Martí, del que se tiene noticia, respecto a la conducta de
otro que le parecía reprobable, se produjo cuando su compañero de estudios Carlos de
Castro y de Castro, después del Grito de Yara, formó filas con los españoles para
luchar contra la insurrección de Céspedes. De visita en casa de su amigo Fermín Valdés
Domínguez, el 4 de octubre de 1869, Martí le escribió una carta al cadete Castro en que
le decía: "¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú
cómo se castigaba en la antigüedad la apostasía?" Con toda seguridad Martí
pensaba en el que por antonomasia mereció el epíteto, en Juliano el Apóstata, figura de
obligada mención en los cursos de Historia que tomaron en el colegio de Rafael María
Mendive. Vale la pena recordar a este personaje del siglo IV para comprender el juicio de
Martí. Juliano se educó en el cristianismo, pero al ser declarado emperador, con gran
disgusto de la población, prefirió la idolatría pagana. Poco después, en la guerra
contra los persas fue muerto por una flecha. El pueblo consideró su desgracia como
merecido castigo de Dios, y llegaron a decir que un legionario cristiano, de su mismo
ejército, lo había matado por apóstata. La alusión de Martí a "cómo se
castigaba en la antigüedad la apostasía" es una especie de corolario de lo
anterior: muerto Juliano, Teodosio impuso el cristianismo por la fuerza, y llegó a
decretar la muerte de quien se apartara de la religión oficial. Con estos antecedentes se
concluye que Martí, entonces de 16 años, consideraba propio el mayor castigo para Castro
por estar en contra de la causa de Cuba.
Las autoridades apreciaron en la implícita amenaza la dimensión de la culpa, y
condenaron a Martí a seis años de cárcel por "infidencia", que es falta de
fidelidad al gobierno. Castro estaba por la opresión, y Martí por la libertad. Martí no
podía ser tolerante con su condiscípulo puesto que se encontraba en las filas de la
intolerancia. En esos momentos España hacía alarde de la más violenta represión en
toda la isla: poco antes los voluntarios de La Habana habían asaltado el teatro
Villanueva por una frase que les pareció ofensiva en una comedia que se representaba
a las mujeres que llevaban cintas azules, el color de la bandera insurrecta, las
arrastraron por las calles; a los hombres y a los niños los apalearon sin piedad (Martí
recordó el acontecimiento en sus Versos Sencillos: "Pocos salieron ilesos/Del
sable del español:/La calle, al salir el sol/Era un reguero de sesos..."); a Mendive
lo prendieron "por habérsele ocupado papeles sospechosos", y fue condenado al
destierro; y entre otros actos de barbarie, los voluntarios destruyeron las casas de
varios cubanos prominentes y tirotearon el café El Louvre; en marzo de 1869 salieron del
puerto de La Habana, con destino a la prisión de Fernando Poo, 250 cubanos acusados,
también como Martí, de infidencia; y en Las Villas, Camagüey y Oriente, el español
Valmaseda desataba una ola de terror contra la población por medio de fusilamientos,
torturas y atropellos: un Decreto que firmó en Bayamo el 4 de abril condenaba a muerte a
todo hombre mayor de 15 años que encontraran, "sin motivo justificado", fuera
de su finca; "sería reducido a cenizas" todo caserío en el que no ondeara
"un lienzo blanco" en señal de sumisión al gobierno; y las mujeres que no
estuvieran en sus casas irían a campos de concentración "conducidas por la
fuerza".
"El banderón de la
acera"
Es bien conocido el poema de Martí sobre la bailarina española.
No se sabe con certeza quién se lo inspiró, si Carolina Otero o la sevillana Carmencita.
La primera referencia al tema apareció en El Triunfo, de La Habana, el 21 de mayo
de 1908: Hernán de Henríquez publicó en ese día un artículo que cinco años más
tarde recogió Gonzalo de Quesada y Aróstegui en el tomo XII de las Obras del Maestro,
donde afirmaba que "la célebre Carmencita, que hizo furor en los Estados
Unidos", había sido la bailarina a la que se refirió Martí; y en apoyo de esa
tesis, lo más reciente es un escrito en Noticias de Arte, de enero de 1982, del
hace poco desaparecido Florencio García Cisneros. Blanca Zacherie de Baralt, testigo del
acontecimiento, sin embargo, afirmó en El Martí que yo conocí, que la bailarina
había sido Carolina Otero; dijo:
Trabajaba a la sazón (1890) en Nueva York, la bella Otero, artista
notable por su donaire y escultural belleza. Aunque nada despreciable, su arte era
inferior en técnica y en gracia a la célebre bailarina andaluza Carmencita, que había
arrebatado al público en general y a Martí en particular algún tiempo antes [en un
artículo publicado el 16 de julio de ese año en El Partido Liberal, de México,
Martí escribió con el mayor entusiasmo sobre "la bailarina sevillana
Carmencita"]. Muy apreciador del arte y de la hermosura, tenía él un vivo deseo de
ver bailar a la Otero; pero, por desgracia, en el teatro donde actuaba, el Eden Musée, en
la calle 23, habían puesto sobre la puerta una gran bandera roja y gualda, y Martí no
podía entrar en un edificio cobijado por el estandarte de España. Cétait plus
fort que lui. Un día, no se sabe por qué motivo, los empresarios arriaron la
bandera. El camino estaba, pues, libre, y fuimos Martí, mi marido, mi cuñada Adelaida y
yo a verla bailar.
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"Han hecho bien
en quitar /El banderón de la acera; / Porque si está la
bandera, / No sé, yo no puedo entrar". Martí vio el símbolo
que encubría la opresión de su patria, y se negó a entrar en
el teatro. Alegoría en la que aparecen la bailarina Carmencita;
un soldado español con la bandera en una mano y la espada en la
otra representando el abuso y la fuerza; y, abajo a la
izquierda, la bella Otero.
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¿Carmencita? ¿la bella Otero? Para lo que aquí interesa no importa
el personaje: sólo la resistencia de Martí ante el símbolo que representaba la
intolerancia de España. Las primeras estrofas del poema narran el episodio:
...El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile, vamos a ver
La bailarina española.
Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar...
"Con
Martí no había términos medios"
En todas las épocas se ha producido el fenómeno que Anna Freud llamó
"identificación con el agresor": son los casos en que la víctima adquiere
características de quien le ha hecho daño, o que se pone a su servicio. Anna Freud
explicaba la anomalía como un mecanismo de defensa en personas con un superyó lastimado
o débil: "El sujeto se identifica con lo que teme, con el objeto externo que le
produce angustia, y lo incorpora e imita. De alguna manera se transforma así en el
agresor, y se enfrenta a él convirtiéndose en una caricatura de lo que teme"; y
cita el caso de los niños, los cuales, ante el imaginado peligro, hacen los ruidos, las
muecas y los gestos del coco que los asusta, de la misma manera que en las religiones
primitivas, en los exorcismos, se hacía que el creyente imitara a los diablos, porque
así lograban reducir su angustia. Con esa especie de terapia, "al imitar al agresor,
al creerse con sus atributos y poderes, o al remedar la agresión, el niño se transforma
de la persona asustada en la persona que asusta". En su famoso ensayo "Más
allá del principio del placer", Sigmund Freud había advertido: "En los juegos
infantiles creemos comprender que el niño repite también el suceso desagradable porque
con ello consigue dominar la violenta impresión, experimentada mucho más completamente
desagradable de lo que fue al recibirla".
Una prueba notable de ese fenómeno se produjo con la muerte de Stalin, cuando miles de
presos, víctimas del asesino soviético, sin saber por qué, lo lloraron en las cárceles
movidos por ese impulso subconsciente de "identificación con el agresor". Y
también dentro del mismo complejo cabe el caso de Patty Hearst, la nieta del millonario
periodista, secuestrada a principios de 1974 por miembros de la Symbionese Liberation
Army, a quien tuvieron varias semanas amarrada y con los ojos tapados en un pequeño closet,
hasta que meses más tarde la joven de 20 años se identificó con sus secuestradores, se
puso a defender sus ideas terroristas y, ametralladora en mano, asaltó con ellos un
banco.
Antonio Maceo llamó "tránsfugas" a los mambises que, al terminar la Guerra
de los Diez Años, se habían aliado a los españoles: así calificó al doctor Antonio
Zambrana, quien tenía un rico historial revolucionario compañero de Ignacio
Agramonte, convencional de Guáimaro y representante en Europa de la República en
Armas, pero que apoyó al terminar la Guerra Grande un arreglo que la soberbia de
España hacía imposible. Se convirtió en un vocero del autonomismo, y andaba en viajes
de propaganda por Cuba y Centroamérica defendiendo, al amparo de una tibia oposición que
aseguraba la continuidad del mando español en la isla, a los que antes lo habían
perseguido.
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Facsímil del periódico
El Mundo, de San
Juan, Puerto Rico, donde Roberto H. Todd contó en 1926 cómo
reaccionaba su amigo Martí frente a los que creía estaban de
alguna manera sirviendo a los enemigos de su causa; dijo:
"Con Martí no había términos medios".
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Martí creyó que el general Calixto García, quien había sido su jefe en la
conspiración que llevó a la Guerra Chiquita, estaba siguiendo los pasos de Zambrana. Por
error, como otros cubanos, se hizo la idea de que Calixto García, terminada la guerra en
1880, y residiendo en Madrid, había renunciado sus ideas independentistas y servía a
España.
De ese juicio de Martí sobre Calixto García dejó testimonio el abogado, político y
escritor puertorriqueño Roberto H. Todd (1862-1955), biógrafo de Ramón Emeterio
Betances y de José Julio Henna. De un curiosísimo artículo, hoy totalmente olvidado,
que publicó en El Mundo, de San Juan, el 22 de agosto de 1926, con el título
"Lo que yo sé del patriota cubano José Martí y cómo le conocí", se
reproducen a continuación estos pasajes que convienen a lo que aquí interesa:
En el verano de 1891 celebraba el matrimonio puertorriqueño OKelly-Toro el
bautizo de su primogénito, y era yo el padrino del niño... Ésta era la primera vez que
se me presentaba la oportunidad de conocer de cerca al ya notable cubano [José Martí], a
quien ya había aplaudido como orador [en el discurso sobre "Heredia", el 30 de
noviembre de 1889]... Recuerdo que de sobremesa surgió un incidente que puso de
manifiesto el intenso y casi exagerado patriotismo de Martí... Pepe Elzaburu [uno de los
invitados] había conocido en Madrid a [Calixto] García y había sido compañero de
colegio de uno de sus hijos, y con este motivo defendía al ilustre general cubano. Martí
saltó airado diciendo que no merecía el dictado de buen cubano aquel que estaba a la
paga de España. Elzaburu replicó que el sueldo que percibía Calixto García era por su
trabajo en un banco de Madrid [el Banco de Castilla, sucursal del Banco Hispano Colonial].
"Un banco oficial del gobierno", replicó Martí. "Y cuando un cubano llega
a tener el renombre del general Calixto García, no tiene derecho a venderse al enemigo en
tiempo de paz por un miserable destino". La discusión continuó un poco acalorada,
defendiendo Elzaburu noblemente a su amigo ausente, y Martí cada vez más intransigente
con sus acusaciones a García... Con Martí no había términos medios.
Aún antes de empezar la guerra de 1895, parece que Martí había rectificado su juicio
sobre el general. A principios de 1894 llegó a Nueva York, desde el periódico La
Lucha, de La Habana, la noticia de que Calixto García se había suicidado en Madrid,
y Martí escribió en Patria un cálido elogio que terminaba diciendo: "Con la
bandera de la revolución, cubramos el cadáver del hombre desdichado. Venerémosle como a
héroe". Y días más tarde, al enterarse de que no era cierto lo del suicidio,
también en Patria, volvió al aplauso del hombre "que en las batallas de
redención encarnó un día a su pueblo".
La
bandera de Yara y la bandera "de la tolerancia"
Un capítulo del libro Apuntes históricos, de Enrique Trujillo, publicado en
Nueva York en 1896, se titula "Incidente en la Literaria". Trata de otra
discusión de Martí que interesa aquí. Se produjo en una fiesta de la Sociedad Literaria
Hispanoamericana, de la que Martí había sido presidente. Era en honor de "Las tres
Antillas", y se celebraría el 19 de marzo de 1892.
Acordados los particulares de la velada, cuenta Trujillo, "circulaban entre los
grupos de nuestra colonia las versiones más peregrinas y extravagantes. Se decía que
tendría que ser, o sería, una fiesta española, que la bandera de oro y sangre flotaría
en el salón la noche de la fiesta, que el cónsul de la República Dominicana, que había
dado su apoyo, no podría asistir si era una manifestación de rebeldía cubana..."
Se acordó por fin, a pesar de las protestas del puertorriqueño Carlos ONeill, y a
propuesta de Martí, que Puerto Rico llevara la bandera de Lares, y no la española. En la
junta que organizaba el acto Martí declaró: "Cuando entro por esa puerta vengo
envuelto en las banderas de Lares y de Yara"; a lo que contestó ONeill:
"Cuando entro por esa puerta vengo envuelto en la bandera blanca de la
tolerancia". Pero no era "la bandera blanca de la tolerancia" lo que
envolvía a ONeill, sino la española, que en ese momento era la bandera de la
intolerancia: por un discurso de Martí el 10 de octubre del año anterior, defendiendo la
independencia de Cuba, el ministro de España en Washington objetó las representaciones
consulares que Martí tenía en Nueva York, y las tuvo que renunciar. Otra vez aquí, con
el disfraz de la tolerancia, lo que se estaba defendiendo era lo contrario: desde Madrid y
La Habana llegaba hasta los Estados Unidos la intolerancia de España. El final del
"Incidente en la Literaria" lo cuenta Todd con detalles en el artículo antes
citado:
Al terminarse la reunión y hallándose Martí con un grupo de amigos, entre los cuales
estaba el que esto escribe [encabezados posiblemente por su fiel colaborador
puertorriqueño, Sotero Figueroa, también empeñado en la libertad de su patria], en la
galería de salida del salón donde se había celebrado el acto, pasó el puertorriqueño
que había contendido con Martí y, al acercarse al grupo nuestro se dirigió a Martí
extendiéndole la mano y diciendo que esperaba que por aquel incidente no habría de
entibiarse la amistad entre ellos. Martí, dando un paso atrás y rehuyendo la mano que se
le extendía, contestó que desde hacía muchos años había jurado no estrechar la mano a
ningún español o españolizado, y que en este caso no veía cómo podía hacer
excepción.
El último torneo
El hijo de Martí se había educado bajo la influencia de su abuelo
Francisco de Zayas Bazán, partidario de España. En el hogar, la tía del niño, Amalia,
estaba casada con un coronel español destacado en Cuba, y los tres hermanos de la esposa
de Martí (Francisco, José y Ramón) eran también adictos a la metrópoli. Se dijo en La
Habana que en una ocasión Zayas Bazán le regaló al nieto un reloj con el escudo de
España incrustado en la tapa, y que le advirtió al entregárselo: "¡Para que nunca
olvides que eres español!"
Fue ésa una de las penas mayores que sufrió Martí en relación con
la familia de su mujer, motivo por el cual el 1º de abril de 1895, cuando se iba a la
guerra, desde Montecristi le escribió al hijo una carta en la que le decía: "Esta
noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado..." Pero el
patriotismo de Martí era superior al mal entendido amor paterno, y en esa lucha se
encuentra la más tardía manifestación de la admirable inflexibilidad de sus principios:
en carta al general Máximo Gómez, desde Nueva York, del 3 de noviembre de 1894, como
prueba de su lealtad a la causa de Cuba, y temeroso de que la influencia de España
hubiera hecho efecto en el joven de 16 años, le confiesa: "El hijo que tengo, si me
le falla a su país, o me lo engaña u oscurece, ni es mi hijo, ni lo defiendo contra mi
patria..."
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Pepito Martí en una
foto de 1898; de él dijo su padre: "El hijo que tengo,
si me le falla a su país, o me lo engaña, ni es mi hijo ni
lo defiendo contra mi patria".
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No tuvo Martí ocasión de verlo, pero el hijo no le falló a Cuba, ni
la engañó ni la oscureció: se fue a la guerra tras la muerte de su padre, a las filas
de la noble intolerancia mambisa, y en 1898 se había ganado en la manigua el grado de
capitán de artillería.