| LOS VERSOS
SENCILLOS DE JOSÉ MARTÍ
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Los invitados
"Una noche de
poesía y amistad"
Complejidad y sencillez
Estancias del recuerdo
La oscuridad decidora
Salvación y despedida
No es sólo la ocasión de su centenario lo que nos
lleva a hablar hoy de los Versos Sencillos, aunque ya fuera ése motivo suficiente
para recordarlos, sino que, de toda la poesía de Martí, de toda su literatura, es en
este librito donde encontramos, con la muestra más acabada de su arte, su retrato mejor.
Y nada más indicado, ahora al cerrar con ésta un ciclo de conferencias sobre algunos
aspectos de su obra, que detenernos en tan cabal representación suya. Cuando revisamos la
iconografía de una persona, nos parece más evocador un retrato, otro más sugestivo o
hermoso, pero hay uno que nos da la auténtica imagen del representado. En ninguna de sus
obras está más Martí que en ésta, y por eso, en el rato que vamos a comentar su libro
nos puede hasta parecer que él está con nosotros, ahí, entre ustedes, como parte del
público, quizás no con el levitón negro y el lazo fino de la corbata, sino como otro
más de los invitados; y aun en nosotros mismos estará presente porque, prescindiendo de
su singular altura, todos llevamos un poco de él, de sus vivencias, de sus inquietudes,
de sus alegrías, y de sus penas y esperanzas. Tendremos, pues, aquí, esta noche, dos
veces al poeta: en persona y en sus versos.
Con este libro entramos en la poesía lírica, que es aquélla capaz de recoger como en
un milagro a su creador: aguijoneada por la contemplación, el recuerdo o la angustia, nos
presenta la sensibilidad del poeta, su alma entera. Así se convierte el género en una
especie de confesión cordial en la que el artista desnuda su espíritu más quizás que
para contemplarse a sí mismo para mostrarse a otros. La voluntad de autocontemplación no
excluye al testigo, sino más bien lo demanda ya que, como en el cotidiano vivir, quien se
desnuda lo está más cuando tiene observador que cuando está solo.
En su remoto origen la poesía lírica tenía un compromiso, o una afición, por
decirlo de otra manera, con la música, y a eso debe su nombre. Líricas eran las
composiciones que se hacían "para cantar al son de la lyra", que era aquel
instrumento que venía en apoyo del verso, para darle a la palabra un alcance que sola
ella, escrita, no podía tener. Confesión en Martí son estos Versos Sencillos,
autorretrato que se sirve también de la melodía que tienen en su entraña. No se ha
reparado en que, antes de publicar este libro, Martí quiso recitar sus versos, darles
vida en la palabra hablada, porque su peculiar sonoridad era parte del medio expresivo,
como luego probó el feliz enlace con "La Guantanamera". Y así dijo en el
prólogo, mientras se disculpaba por no entrar en detalles de su arte: "¿Ni a qué
exhibir ahora, con ocasión de estas flores silvestres, un curso de mi poética, y decir
por qué repito un consonante de propósito, o los gradúo y agrupo de modo que vayan por
la vista y el oído al sentimiento, o salto por ellos [por "la vista y el
oído"] cuando no pide rimas ni soporta repujos la idea tumultuosa?" Además,
quiso Martí recitar sus versos porque el libro hace oportunas concesiones a la poesía
dramática y a la narrativa, que necesitan o prefieren la palabra hablada. ¿Qué son sino
núcleos de dramas su "Sueño con claustros de mármol", o "En el extraño
bazar", entre otras composiciones de este libro? Por eso pudo nuestro José Antonio
Ramos, en 1915, hacer una obra de teatro que tituló "El traidor", luego
traducida al inglés, con el verso número XXVIII, con los doce octosílabos que empiezan
así: "Por la sombra del cortijo/Donde está el padre enterrado;/Pasa el hijo de
soldado/ Del invasor: pasa el hijo". Y el propio Martí ¿no nos dice en "La
Niña de Guatemala", como si fuera él uno de aquellos juglares de la Edad Media, que
iban por castillos y plazas narrando acontecimientos dignos de memoria, no nos dice sobre
aquel pasaje de su vida en Centroamérica, "Quiero a la sombra de un ala/Contar este
cuento en flor..."? Poesía lírica, dramática y épica, pues, todas en apoyo de la
confesión: el hombre y su circunstancia: la física y la espiritual: desde el mundo de lo
inefable al de la experiencia: trovador, dramaturgo y juglar es Martí en sus Versos
Sencillos.
Los invitados
No sabemos cómo recitaba Martí, pero tenemos abundantes pruebas de su pasión por el
teatro, y no nos faltan testimonios de su capacidad de orador, que requiere su parte de
saber escénico. Podemos imaginarlo aquella noche de diciembre, en Nueva York, ante un
grupo de amigos, recitando los versos, con inflexiones en la voz, gestos, silencios,
énfasis, gradaciones de tono, ritmos...
Se creería vanidad de Martí la insistencia con que pidió a sus invitados que
fueran a la reunión en que iba a sus Versos Sencillos.
La oportunidad fue la despedida Panchito Chacón, que regresaba a Cuba. Era Francisco
Chacón (el padre de nuestro José María Chacón y Calvo, casualmente uno de los
críticos que ha estudiado este libro con mayor acierto, destacando su raíz popular
hispánica) uno de esos cubanos que, a fines del siglo pasado, iba a Nueva York por
prescripción médica, en busca del aire de las montañas Catskill, que fue donde Martí
escribió buena parte de este libro. La lectura se llevó a cabo en el apartamento de
Carmita Mantilla sobre el cual, en un piso alto, tenía habitación Martí. Era el número
361 de la 58, Oeste, de Manhattan, entre las avenidas Octava y Novena. La hora aquel
sábado 13 de diciembre de 1890: las 8 noche. Se conocen 5 invitaciones: al pintor
Federico Edelmann, para animarlo a ir, le habla de los cuadros que allí encontraría: una
"Madrugada" de Herman Norrman, el pintor sueco que poco después le iba a hacer
a Martí el único retrato al óleo que se le hizo en vida, cuya copia preside la
exposición de Documentos y Retratos que tenemos en la biblioteca de esta universidad; en
su carta Martí, ávido de público, le pidió a Edelmann que llevara dos amigos y, al
despedirse, lo conmina con estas palabras: "Lo espera sin falta su José
Martí". Otro invitado fue Néstor Ponce de León, también poeta, a quien tienta con
lo más efectivo con que se le puede tentar a un poeta, que es la oportunidad de dar a
conocer sus versos; le escribe: "No me atrevo a pedir a su musa, tan feliz y esquiva,
que le ponga en el bolsillo alguna de sus obras, aunque Ud. se lo dirá en secreto, por si
se deja ablandar y se nos aparece Ud. con ocho o diez, y no menos, composiciones
suyas..."; y lo compromete a asistir con esta advertencia: "Deseo que no tenga
Ud. ese sábado nada que hacer, ni de veras ni de excusas... Y si no va creeré que
desdeña Ud. visitar a los pobres. No le ha de decir que no, ni a Chacón, ni a su amigo
José Martí". Otra de las cartas es la le envió a Sotero Figueroa, activo
revolucionario, poeta y redactor de La Revista Ilustrada, donde días más tarde,
el 1º de enero de 1891, iba a aparecer el estupendo ensayo de Martí, "Nuestra
América"; a este noble puertorriqueño Martí le escribe: "Mi amigo y mi poeta:
De seguro nos juntamos mañana, y les he dicho a los pocos que se han de reunir que Ud.
llevará versos nuevos en el bolsillo. Leerán Chacón y Fuentes, y Palomino y Zeno, y
acaso Ponce, y este servidor de Ud...", y de nuevo se despide cariñoso amenazando:
"No le perdonaría su ausencia su amigo José Martí". Otro invitado fue Antonio
Ignacio Quintana, colombiano casado con una santiaguera, veterano de la Guerra Grande, que
había sido vecino de Martí cuando éste vivía con la esposa en Brooklyn; parece que a
Quintana no le gustaban los versos, pero Martí, para que hubiera uno más en la reunión,
interesa a este indiferente a la literatura porque aquello era como un reto a la magia de
la recitación y una esperanza de conmoverlo; y así le dice, galante: "Aunque usted
se haga el esquivo con los versos, como si no fuese poeta el que supo casarse con Clarita,
yo creo que a usted le gustaban en el fondo de su corazón..."; pero, ante la duda de
convencerlo, Martí, habilísimo, recurre a otro efugio para asegurar su presencia, y le
agrega: "Una hora de amistad y una taza de chocolate no vienen mal en una noche de
invierno..." y todos los que hemos pasado noches de invierno en Nueva York
sabemos cuánto pueden atraer, en la soledad y el frío, "una hora de amistad y una
taza de chocolate..." La última invitación que se conserva la dirigió a Miguel
Montejo, conspirador y activista desde el levantamiento de Céspedes hasta lograrse la
independencia; en aquella ocasión le escribió Martí una carta aún no recogida en sus Obras
Completas, y que tuve la suerte de dar a conocer hace algunos años cuando me la
facilitaron sus hijos Arturo y René Montejo, en la ciudad de Tampa, en la que le decía a
aquel buen patriota: "Mi señor don Miguel: Ud. es invitado natural y de privilegio a
todo lo mío, y debe saber cuándo se le espera, sin necesidad de carta. Sepa, pues, que
ha de venir mañana, a eso de las ocho de la noche, a la casa que nos prestan... a oírle
leer versos a Francisco Chacón y a otros poetas cordiales. Ud. no ha de dejarme el
asiento vacío ni la amistad sin paga. Hasta mañana, sin falta, le dice adiós su amigo
José Martí".
Esas reuniones literarias eran frecuentes en la época: además de recitar, se tocaba
el piano u otro instrumento, se cantaba y, en algunas, se representaban pasajes de obras
de teatro, y tenía, mayor importancia, como era de esperarse, la plática amiga. No hay
memoria de ningún acto sobre el que Martí haya insistido tanto en la asistencia de sus
invitados como en éste en que iba a presentar los Versos Sencillos. Se reunieron
en el apartamento de Carmen Mantilla unas 30 personas. Los "poetas cordiales"
leyeron sus versos. De las 46 composiciones que forman este libro no sabemos cuáles leyó
Martí, pero poco después las entregó a los impresores, ya con la licencia de quienes se
las habían escuchado; dijo en prólogo: "Se imprimen estos versos porque el afecto
con que los acogieron, en una noche de poesía y amistad, algunas almas buenas, los ha
hecho ya públicos..." Y nosotros, en recuerdo de aquella noche de Nueva York, para
acercarnos a la dimensión que Martí quiso para su poemario, en esta noche que también
quiere ser "de poesía y amistad", los vamos a escuchar en las voces de estas
jóvenes que podían haber estado en aquel cuarto piso de la calle 58, en
Manhattan, o que quizás, de verdad, allí estuvieron y no nos lo han dicho. Son
estudiantes de nuestro seminario sobre José Martí que se han ofrecido generosas para
leerlos: son Fidelma Leonor Cobas, Elena Freyre, Anita Velis y María Vidal, a las que
quiero que saluden con un aplauso.
Complejidad y sencillez
Puesto que hablábamos del carácter confesional de los Versos Sencillos,
resulta oportuno recordar ahora una frase que Martí escribió en ese mismo mes de
diciembre de 1890 al comentar las Poesías del cubano Francisco Sellén; destacaba los
aciertos del poeta y dijo, y éstas son sus palabras, que "se pintó, sin querer, que
es como las pinturas de sí propio salen buenas..." Obsérvese el modo que
consideraba Martí como el mejor para un fiel autorretrato: "sin querer", porque
así, creía, es "como las pinturas de sí propio salen buenas..." Vale, pues,
hacer esta aclaración, de que, cuando hablamos de lo confesional en los Versos
Sencillos, no es porque estemos en el mundo de las "confesiones" al estilo
de las de San Agustín, o de Rousseau ni siquiera las de Azorín, sino de esa involuntaria
revelación que se produce cuando el poeta se da a evocar episodios de su vida, o deja que
salga espontánea, en un temblor de inspiración, la palabra de su intimidad. Y es por ese
motivo que la poesía lírica tiene tan larga vida y gusta tanto, porque, libre de lo
accidental, que siempre envejece, maneja asuntos que no tienen época o lugar, o lo
vencen, como en las Coplas de Jorge Manrique, los Sonetos de Shakespeare, las Canciones de
Víctor Hugo, los Campos de Antonio Machado y el Hábito de esperanza de nuestro
Eugenio Florit, también crítico mayor de los Versos Sencillos, que hoy nos honra
con su presencia, por citar sólo algunos ejemplos de esas victorias del arte sobre el
tiempo y el espacio, y que llevan en parte la biografía del poeta. Cuando Martí le manda
un ejemplar de los Versos Sencillos a su madre, se lo dice todo con estas palabras:
"Lea este libro de versos... Es pequeño es mi vida".
Como en el coro de una tragedia antigua, Martí se nos presenta insistiendo en el
pronombre de primera persona, o en sus declinaciones, siempre con el verbo en tiempo
presente, como para eternizar los trazos del pincel que va delineando el retrato; nos
dice: "Yo soy un hombre sincero/De donde crece la palma", y sigue:
Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, montes soy. [...]
Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere. [...]
Cultivo una rosa blanca
En junio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni oruga cultivo:
Cultivo una rosa blanca. [...]
Con los pobres de la tierra
Quiero yo mi suerte echar:
El arroyo de la sierra
Me complace más que el mar.
Yo quiero cuando me muera
Sin patria pero sin amo,
Tener en mi losa un ramo
De flores, y una bandera.
Así se nos presenta: quién es, qué sabe, a dónde va y de dónde viene, con quién
anda, cómo reacciona; y después de ese esbozo de esencia y existencia, la resultante de
un plan para el vivir, que es siempre la muerte, y dejar de huella en la tierra sus dos
grandes contribuciones: la poesía, que es el "ramo de flores" y el amor a la
patria, que es la otra poesía suya, la mejor de todas: su patriotismo: sobre la
sepultura, como firma del gran poema de su vida, "una bandera".
La primera afirmación en este libro, su primer verso, destaca la sinceridad: es el
primer adjetivo que emplea Martí: "Yo soy un hombre sincero/De donde crece la
palma". ¿Qué significa la palabra sincero? Viene del latín sincerus,
compuesto de sinne y de cerussa, que quiere decir sin albayalde, ese polvo
blanco que se emplea en la pintura y también para blanquear el cutis o encubrir los
aspectos menos agradables de las cosas: sin máscara, sería su equivalente. Pero es que
en castellano antiguo la palabra "sincero" era sinónimo de
"sencillo", por lo que descubrimos que el adjetivo del título,
"sencillo", resulta ser intercambiable con el del primer verso: así,
prescindiendo de la sonoridad menos grata, Martí podía haber titulado su colección
"Versos Sinceros" en vez de "Versos Sencillos", y haber dicho en su
primera afirmación "Yo soy un hombre sencillo/De donde crece la palma", porque
los dos quieren decir lo mismo. Sinceridad y sencillez son las palabras básicas del
libro, hasta en su más amplio significado: sin artificio, sin trampa, puro y sin doblez.
Por eso termina el prólogo de esta colección con los términos afines: "Amo la
sencillez, y creo en la necesidad de poner el sentimiento en formas llanas y
sinceras..."
Tiempo después, al hablar de los versos de un amigo, pero con seguridad recordando
éstos suyos, dio el secreto de la composición; dijo: "A la vida se le van cayendo
los velos poco a poco, y cuando se conoce y rehuye lo de verboso e inútil que hay en
ella, vuelve como una ingenuidad al corazón que, en los hombres sensibles y adoloridos,
se refleja, a la tarde de los años, en la sencillez de la poesía"; y así él,
alejado de lo "verboso " y lleno el corazón de esa "ingenuidad", lo
encontramos en su conocidísima estrofa: "Yo pienso, cuando me alegro/Como un escolar
sencillo,/En el canario amarillo,/Que tiene el ojo tan negro".
Se ha dicho muchas veces que la sencillez a estos versos les llega del metro y
de las estrofas preferidas: el octosílabo, la redondilla tradicional y la cuarteta, todo
lo popular de la poesía española, lo más simple, porque hasta en el acto de componer se
puede usar albayalde para encubrir defectos y arrugas de la obra o del artífice; y es
verdad que en los Versos Sencillos hay como un deseo de que la forma no le robe
escenario a los asuntos y a las imágenes que generan, sino de que ella sólo los lleve
discreta de la mano como consorte humilde y respetuoso. En uno de sus Apuntes dejó Martí
otra indicación sobre la fábrica de esta poesía; allí leemos lo siguiente: "Adoro
la sencillez, pero no la que proviene de limitar mis ideas a este o aquel círculo o
escuela, sino la de decir lo que veo, siento o medito con el menor número de palabras
posibles, de palabras poderosas, gráficas, enérgicas y armoniosas..."; lo que dejó
resumido en aquella comparación al hablar de la poesía de Pérez Bonalde: "El verso
es perla. No han de ser los versos como la rosa centifolia, toda llena de hojas, sino como
el jazmín del Malabar, muy cargado de esencias..." Así lo sencillo no está reñido
con lo complejo, sino que precisamente la sencillez es la que exige la complicación. Hace
algún tiempo una cámara fotográfica, la Minolta, se anunciaba con una frase que me
pareció apropiada para los Versos Sencillos decía: "So complex it's
simple" es tan compleja que es sencilla: para alcanzar la máxima
facilidad en su manejo, en su entendimiento, aquella cámara tenía complicadísimos
mecanismos interiores, al igual que los Versos Sencillos: un prodigio de
ingeniería: "So complex it's simple".
Estancias del recuerdo
Uno de los personajes principales de esta colección es el recuerdo, la evocación del
pasado, que son los episodios que recrea el poeta para contemplarse y mostrarse en ellos.
Veamos algunas de esas memorias. Empezamos por la más antigua, de cuando tenía nueve
años. En esa época ayudaba a su padre, empleado entonces de capitán de partido en
Hanábana, un pueblecito de la península de Zapata por donde se practicaba con frecuencia
el contrabando de esclavos. Allí el niño vio un boca bajo, el azote que daban a los
negros de castigo; en un Cuaderno de Apuntes escribió años después: "¿Qué
vi yo en los albores de mi vida?", y, entre sus primeras impresiones, anota: "El
boca bajo, en el campo, en la Hanábana". En los Versos Sencillos recuerda
así el horrible espectáculo:
El rayo surca, sangriento,
El lóbrego nubarrón:
Echa el barco, ciento a ciento,
Los negros por el portón.
El viento, fiero, quebraba
Los almácigos copudos:
Andaba la hilera, andaba
De los esclavos desnudos.
El temporal sacudía
Los barracones henchidos:
Una madre con su cría
Pasaba, dando alaridos.
Rojo, como en el desierto
Salió el sol al horizonte:
Y alumbró a un esclavo muerto
Colgado a un seibo del monte.
Un niño lo vio: tembló
De pasión por los que gimen:
Y al pie del muerto juró
Lavar con su vida el crimen.
El siguiente recuerdo que hemos escogido se refiere a los sucesos del teatro
Villanueva, en La Habana. Había estallado la insurrección el 10 de Octubre de 1868, en
La Demajagua, de Carlos Manuel de Céspedes, y ya era el 22 de enero. En la capital
ardían la esperanza de los cubanos y la ira de los soldados de España. En una función
de aquel teatro, propiedad de un cuñado de Rafael María de Mendive, el maestro de
Martí, se dijo algo en la escena y en el público que se podía tomar como apoyo a los
insurrectos, y empezó una balacera que pronto se extendió por otros lugares de la
ciudad. No lejos del teatro se encontraba Martí, en el colegio de Mendive, y allá fue la
madre desesperada a buscarlo en esos días había escrito su poema dramático
"Abdala", en el que el joven protagonista muere por salvar la patria, y, con
todo juicio, doña Leonor pudo creer que la ficción había sido un augurio...; los Versos
Sencillos cuentan de esta manera el episodio:
El enemigo brutal
Nos pone fuego a la casa:
El sable la calle arrasa,
A la luna tropical.
Pocos salieron ilesos
Del sable del español:
La calle, al salir el sol,
Era un reguero de sesos.
Pasa entre balas un coche:
Entran, llorando, a una muerta:
Llama una mano a la puerta
En lo negro de la noche.
No hay bala que no taladre
El portón: y la mujer
Que llama me ha dado el ser:
Me viene a buscar mi madre.
A la boca de la muerte,
Los valientes habaneros
Se quitaron los sombreros
Ante la matrona fuerte.
Y después que nos besamos
Como dos locos, me dijo,
¡Vamos pronto, vamos, hijo:
La niña está sola: vamos!
Es por esa composición que, al enviarle el libro a la madre, Martí le pide lo empiece
a leer en la página 51, que es donde está dicha memoria.
El amor y la muerte son de las coordenadas más visibles de los Versos Sencillos,
y hay uno en que coinciden los dos en logradísimo equilibrio, y así esplenden en
aciertos poéticos inigualables. Es en "La Niña de Guatemala". Martí había
llegado a ese país centroamericano en 1877. En México acababa de comprometerse con
Carmen Zayas Bazán, con la que pronto iba a casarse. A poco de llegar, en la Escuela
Normal, donde lo contrataron, conoció en una de sus clases a María García Granados. El
cubano director de la escuela describió así a aquella jovencita: "Era alta, esbelta
y ai; su cabello, negro como el ébano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro,
sin ser soberanamente bello, era dulce y simpático; sus ojos profundamente negros y
melancólicos, velados por pestañas largas, revelaban una exquisita sensibilidad. Su voz
era apacible y armoniosa, y sus maneras tan afables, que no era posible tratarla sin
amarla. Tocaba el piano admirablemente, y cuando su mano resbalaba con cierto abandono por
el teclado, sabía sacar de él notas que parecían salir de su alma y pasaban a
impresionar el alma de sus oyentes". Por esta descripción del amigo de Martí, y la
de otros testigos de la época parece que, efectivamente "La Niña de Guatemala"
era una criatura singular: atractiva, culta, discreta. Además de en la clase, Martí la
trató en su casa, la que visitaba por su amistad con el general Miguel García Granados,
padre de la "Niña", quien había sido presidente del país cinco años antes:
los dos eran aficionados al ajedrez, y ella preludiaba los encuentros con canciones y
piezas al piano. Martí no le ocultó a María su compromiso, pero quizás fue imprudente:
en versos de aquellos días se ve un juego peligroso: la llama "hermana" y le
habla de la "esposa arrodillada" que espera por él, pero le canta con dulce
tono a su cabello, a su voz y a las gracias de su carácter. Meses después fue Martí a
México, a casarse, y regresó con la esposa a Guatemala. No sabemos si hay un paralelo
entre lo que pasó y lo que cuentan los versos, porque hay una verdad histórica y una
verdad poética que no siempre coinciden. Al narrar el suceso no podía Martí detenerse
en el accidente de los hechos redondos e inmóviles como hitos de piedra al borde del
camino: las cosas pueden pasar de una manera y el sentimiento percibirlas de otra, y, en
último análisis, el acontecer es más como uno lo siente que como en realidad fue, y
ésa es la verdad que ofrece la poesía, y, por lo mismo, de rango diferente, capaz de
recoger lo que se le escapa a la crónica reptando entre lo preciso, lo exacto y otros
inconvenientes de lo real. A los efectos de lo que nos interesa ahora, el incidente de
"La Niña de Guatemala" sucedió así:
Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
Él volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.
Ella por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
Él volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.
Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.
Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas
Todo cargado de flores.
Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!
Eran de lirios los ramos
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.
Allí en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.
Dentro de estas evocaciones de los Versos Sencillos merece también lugar de
honor por su gracia poética, otro recuerdo de Martí: es "La bailarina
española", aquel personaje que ganó la inmortalidad por estos versos. Y ésa es la
misión singular del artista: darle superior categoría a lo que no la tiene de sí.
¿Qué hubiera sido de la memoria del supuesto conde de Orgaz, sin el Greco; del mulato
Pareja, sin Velázquez; de Fray Diego, sin Zurbarán; o de la duquesa de Alba, sin Goya
por citar sólo los pintores clásicos de España que Martí prefería? Un soplo
hubieran sido sin los artistas: un soplo. Así "la bailarina española". Había
llegado esta mujer a Nueva York y bailaba en un teatro donde el empresario, por darle
autenticidad a la función, colocó a la puerta una bandera española. Martí llevaba a
España en su corazón y quiso ver a la bailarina de quien toda la ciudad hablaba, pero su
sensibilidad, movida por el amor a Cuba, se lo impedía. En una ocasión, sin embargo, por
suerte para él, y para nosotros, no pusieron la bandera, y Martí fue al teatro, y
comentó en sus Versos Sencillos: "Han hecho bien en quitar/ El banderón de
la acera;/ Porque si está la bandera,/No sé, yo no puedo entrar." Y bailó ante
Martí "La bailarina española", y baila hoy, un siglo después, ante nosotros,
y le vemos el gesto y la mantilla, y hasta la oímos taconear en su tablado:
Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.
Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiese un sombrero!
Preludian, bajan la luz,
Y sale en bata y mantón,
La Virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.
Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.
Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.
Súbito, de un salto, arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.
El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca:
Lentamente taconea.
Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro.
Resulta oportuno, ahora que hablamos de las experiencias de Martí en los Versos
Sencillos, aclarar un pasaje que tiene cierta importancia en su biografía. Se trata
del rompimiento definitivo de Martí con la esposa en ese año de 1891. Creo que la culpa
de la separación, más que otro motivo, lo tuvo este librito. Siempre se ha dicho que
Carmen Zayas Bazán se disgustó con Martí y que por eso él la atacó en alguna de sus
composiciones, pero ahora que se sabe cuándo llegó ella a Nueva York, y cuándo se fue,
y la fecha de la publicación del libro, se puede afirmar que debió ser éste el
desencadenaste del conflicto. Martí compuso buena parte de sus Versos Sencillos
durante el verano de 1890, después de la Conferencia Internacional Americana celebrada en
Washington, después de "aquel invierno de angustia", como dijo en su prólogo,
por el que estuvo enfermo, y por el cual lo "echó el médico al monte". A fines
de ese año, como dijimos, leyó sus versos en la despedida de Panchito Chacón. La esposa
no llegó a Nueva York hasta fines de junio del año siguiente, y se fue, escondida de
Martí, dos meses más tarde, en agosto de 1891, precisamente cuando vieron la luz los Versos
Sencillos. Lo que allí escribió el poeta tuvo que molestar mucho a Carmen Zayas
Bazán. Hacía 5 años que el matrimonio estaba separado, y Martí nunca pudo suponer que
resultarían tan inoportunos sus reproches y sus quejas. Para algunos podían pasar
desapercibidas las alusiones, pero no para los amigos más íntimos, y menos para ella;
veamos estos ejemplos:
Corazón que lleva rota
El ancla fiel del hogar,
Va como barca perdida
Que no sabe a dónde va. [...]
He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquélla que lo ha matado. [...]
¿Qué importa que tu puñal
Se me clave en el riñón
¡Tengo mis versos, que son
Más fuertes que tu puñal! [...]
Aquí está el pecho, mujer,
Que ya sé que lo herirás;
¡Más grande debiera ser,
Para que lo hirieses más!
Porque noto, alma torcida,
Que en mi pecho milagroso
Mientras más honda es la herida
Es mi canto más hermoso.
¡"Alma torcida"! La vergüenza debió ser mucha para la Zayas Bazán, y con
la ayuda de un mal amigo de Martí y la complicidad del consulado español en Nueva York,
logró embarcarse con el hijo hacia La Habana. Y la irritación de la esposa debió ser
aún mayor al notar el contraste entre el tratamiento que le daba a ella y el regalo y el
cariño con que Martí recordaba a otras mujeres: a la aragonesa Blanca de Montalvo, a
María García Granados "la que se murió de amor.".., y sobre todas, a Carmita
Mantilla, entonces la fiel compañera del poeta, en este libro luminosa presencia sin
nombre
Yo visitaré anhelante
Los rincones donde a solas
Estuvimos yo y mi amante
Retozando con las olas.
Solos los dos estuvimos,
Solos, con la compañía
De dos pájaros que vimos
Meterse en la gruta umbría.
Y ella, clavando los ojos,
En la pareja ligera,
Deshizo los lirios rojos
Que le dio la jardinera.
La madreselva olorosa
Cogió con sus manos ella,
Y una madama graciosa,
Y un jazmín como una estrella.
Yo quise, diestro y galán,
Abrirle su quitasol:
Y ella me dijo: "¡Qué afán!
Si hoy me gusta ver el sol!"
Después, del calor al peso,
Entramos por el camino,
Y nos dábamos un beso
En cuanto sonaba un trino.
La oscuridad decidora
Pero no todo en los Versos Sencillos es de esa claridad en la comunicación,
porque el lenguaje directo no puede decir ciertos secretos del alma, y menos de una tan
rica como la de José Martí. Para completar la confesión de que antes hablamos, su
retrato, tuvo que salirse de la anécdota, de lo descriptivo, para entrar en el mundo de
la sugerencia, del símbolo, más preocupado por las cualidades de las cosas que por su
naturaleza, ese recurso que apenas se cultivaba entonces entre los poetas de habla
española, olvidado en aquel siglo XIX de asombros por los adelantos de la ciencia, del
positivismo y de la práctica realista en el arte. Se dijo así, como respuesta a aquella
estrechez, que lo importante no era hacer las cosas claras, sino hacerlas sentir
(Mallarmé), que, ante todo, la musicalidad debía dominar la comunicación (Verlaine),
porque con la música no se entiende, sino que se siente, y hay pedazos del vivir que no
están hechos para el entendimiento sino para sentirlos. Es como un saber de las sombras,
del mundo onírico, que permite llegar a zonas donde sólo entra la intuición. El propio
Martí dijo en apoyo de esa técnica expresiva que la poesía era "un estado
vaporoso, nuboso, sumo". ¿Quién no conoce de ese universo de lo ininteligible donde
lo que en él habita es causa de tanta controversia, puesto que cada uno lo percibe de
distinta manera ya que está un pedazo fuera de nosotros y otro en nosotros mismos? Es el
reino de aquellas cosas que se pueden entender de modos diversos, que es lo ambiguo. Ya
Martí había ensayado esos caminos en su poemario anterior, Ismaelillo, con el que
se consagró, sin caer en el decadentismo de algunos de sus contemporáneos, en heraldo de
la renovación poética en español, en la que luego participaron, con bien diferente
propósito, Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva; Julián del Casal y Rubén Darío.
A fuerza de imágenes atrevidas y originales, de símbolos, de asedios a lo sensorial
colores, sonidos, y texturas y formas, pero nunca a nivel del realismo, por no
reducir su retrato, nos hace entrar en esa parte del ser, de la que todos tenemos un poco,
vaporosa, nubosa, suma, tan amiga de la poesía. Oigamos algunos de esos pasajes de
fantasmas y visiones, veámoslos, podemos decir mejor, a la luz de lo que se puede llamar
su oscuridad decidora:
Yo tengo un amigo muerto
Que suele venirme a ver:
Mi amigo se sienta, y canta:
Canta en voz que ha de doler. [...]
Por donde abunda la malva
Y da el camino un rodeo
Iba un ángel de paseo
Con una cabeza calva. [...]
Yo tengo un paje muy fiel
Que me cuida y que me gruñe,
Y al salir me limpia y bruñe
Mi corona de laurel.
Salgo y el vil se desliza
Y en mi bolsillo aparece:
Vuelvo, y el terco me ofrece
Una taza de ceniza.
Mi paje, hombre de respeto,
Al andar castañetea:
Hiela mi paje y chispea:
Mi paje es un esqueleto. [...]
Estoy en un baile extraño
De polaina y casaquín
Que dan, del año hacia el fin,
Los cazadores del año.
Una duquesa violeta
Va con un frac colorado:
Marca un vizconde pintado
El tiempo en la pandereta.
Y pasan las chupas rojas,
Pasan los tules de fuego,
Como delante de un ciego
Pasan volando las hojas.
Locura fuera preguntarle al poeta quiénes son el "amigo muerto" que le
canta, o el "ángel" y la "cabeza calva" que pasean, o el "paje
muy fiel" que le ofrece "una taza de ceniza", o aquel otro que es un
"esqueleto"; o cómo puede vestir sólo de "frac colorado" esa
"duquesa violeta", al tiempo que en "pandereta" toca un "vizconde
pintado"... ¿Qué son? ¿Quiénes son? Pues nos diría que son eso, y mucho más: un
amigo muerto, un ángel, una cabeza calva, un paje, un esqueleto, una duquesa y un
vizconde: todo lo que pasa delante de un ciego mientras estamos en ese "...baile
extraño/De polaina y casaquín/Que dan, del año hacia el fin,/Los cazadores del año...
Salvación y despedida
Una última advertencia sobre los Versos Sencillos quisiera hacer antes de
terminar. A partir de ese verano de 1891, cuando salió el libro de las prensas de Louis
Weis y Compañía, en el número 116 de la calle Fulton, en Nueva York, Martí renunció
todo para dedicarse por entero a la causa de Cuba sus corresponsalías en los
periódicos y sus representaciones consulares: sólo le quedó, por unos meses, un
puesto de profesor de español en el Central Evening High School, de la calle 63, Este, de
aquella ciudad. Así fue ese año, hace un siglo, fin y principio de mucho en la vida de
Martí: corona de dos tiempos, y este libro, los Versos Sencillos, como una
despedida, un testamento espiritual, esa marejada de recuerdos y sentimientos como dicen
que tienen los agonizantes en sus últimos minutos; despedida también de la creación
literaria, pensando en ésta un poco como delirio, un poco como escape y un poco como
juego, para entrarla toda en lo que hoy llamamos literatura comprometida, literatura de
propaganda, porque después de este libro clavó en Patria su pluma, en el
periódico que iba a llevar su mensaje revolucionario a las emigraciones y a Cuba, y no la
sacó de allí más, y de sus cartas a los conspiradores y a los patriotas. Por eso dijo
en la primera estrofa del libro: "...antes de morirme quiero/Echar mis versos del
alma", y obsérvese el verbo, "echar", "echar mis versos del
alma", como forzar su salida, despedirlos, distanciarse de ellos. Podría parecer
ingratitud del poeta: uno no echa de su lado lo que ama, pero es que Martí sintió la
urgencia de su obra: el porvenir de Cuba estaba amenazado por la soberbia de España, por
la debilidad de algunos de sus compatriotas, por la culpable indiferencia de los países
de América Latina y por el empuje imperialista de los Estados Unidos, avivado entonces
por un tratado de reciprocidad que los convertía en la metrópoli mercantil de la isla.
"Me echó el médico al monte... escribí versos", nos dice en el prólogo: él
echado por el médico, para alejarlo de su quehacer y sus ansias; y los versos llevarlos
al papel para sacárselos de sí, para entregarse a lo que entendió su deber.
Dentro de la despedida mayor que son el conjunto de los Versos Sencillos, la
última composición está dedicada a despedirse de lo que había sido su apoyo, su
confidente y su consuelo: la poesía; y le rinde uno de los homenajes más tiernos y
hermosos que se han escrito en nuestra lengua. Como resumen del libro, como coda de la
gran sinfonía que son los Versos Sencillos, a la poesía le dedica la última
página: cambia aquel pronombre de primera persona, del principio, el yo, yo, yo, propio
de la confesión, por el tú, del drama, el pronombre de segunda persona, en un parlamento
tanto más impresionante y conmovedor en cuanto que uno de los actores, el verso, como
avisado del rompimiento, permanece mohíno, inmóvil y en silencio, en un lugar oscuro del
escenario: le dice Martí:
Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.
Tú me sufres, tú aposentas
En tu regazo amoroso
Todo mi amor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.
Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto me agobia el alma.
Tú, porque yo cruce fiero
La tierra, y sin odio, y puro,
Te arrastras, pálido y duro,
Mi amoroso compañero.
Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.
¿Habré, como me aconseja
Un corazón mal nacido,
De dejar en el olvido
A aquél que nunca me deja?
¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!
Hemos venido aquí, esta noche, para repetirle al poeta y a sus versos lo que ya saben
muy bien ellos, que "los dos" se han salvado, que aún estamos en su infancia,
celebrando estos primeros cien años, y que han de venir muchas más fiestas centenarias,
porque mientras haya un bien que hacer, una pena que consolar, una justicia que cumplir, a
"los dos", al maestro y a su catecismo, los necesitará el mundo. Ellos sí se
han salvado, pero su patria no, ni nosotros, y, puesto que Cuba no tiene otra salida que
con él, con su doctrina, con su república sincera, otra vez aquí sincera, sin recortes
ni disfraces, en un empeño de salvación como el suyo en los Versos Sencillos,
montados en su última estrofa, podemos decirle cada uno de nosostros:
Maestro, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Maestro, o nos condenan juntos
O nos salvamos los dos.
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