| José Martí: notas
y estudios
Carlos Ripoll |
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Yo no sé de otra manera mejor de honrar a un
hombre que murió por sus ideas que honrar las ideas por las que dio su vida ese hombre. Y
no hay homenaje posible a una doctrina sin sacar a la luz todo su alcance, sin darle
entrada a que ocupe entero nuestro espíritu. Yo no sé hoy de otra manera de honrar a
Martí que con la evocación de su programa, el que normó su conducta, y sobre el que
quiso ordenar el destino de Cuba. Pero como se trata de una doctrina exigente, bueno
sería excluir ahora cuantas reservas pudieran embargarnos. Por complacer al egoísta,
para que no vea amenazada su comodidad, no ha sido infrecuente el recorrido parcial del
ideario martiano, ir por sus pensamientos prefiriendo unos y otros, o disimular tras
meliflua beatería, entre incienso y ademanes, lo que no conviene del precepto. Los
grandes hombres, como todo lo magnífico, llaman más al asombro que a la reflexión, y en
el vértigo escapa buena parte de su altura. Mejor que con los ojos se han de conocer al
tacto, para no detenerse en el transporte y el encantamiento; no porque dañe la ceremonia
misma, sino que a fuerza de repetirla, ella, que sólo es símbolo de la entrega, roba
presencia al objeto del culto. Yo quisiera aprovechar la voluntad de homenaje para soltar
en esta sala sus ideas, a que volaran como águilas libres; ver sin atadura aquellos
principios por los que un pueblo dominado por la indolencia triunfó con la abnegación,
porque también parece hoy por todas partes en precario la virtud, y, entre nosotros,
débil la fe y el amor a la patria. Sólo así tendría sentido este acto, volviendo a su
palabra, sin suprimir la fatiga de la norma, sin restarle imperio al mandamiento: venimos
aquí no en profanación, sino en reverencia; no como detractores, sino como hijos.
La empresa es urgente y necesaria. En Cuba la tiranía no puede menos que torcer la
prédica de Martí. Su obra toda es un látigo contra la demagogia, y quieren ahogarla en
mezcla infame con normas de vivir que niegan su pensamiento, o le buscan con lupa la
intransigencia y el odio que podría acercarlo al régimen. Si pudieran le arrancarían al
pueblo la veneración a Martí, y lo harán en cuanto se crean seguros, porque en desafío
de coacciones, él es una amenaza para el sistema. El totalitarismo tiende a deformar al
hombre, y Martí, que se propuso formarlo en su dimensión más pura y natural, se
convierte en su enemigo. ¿Qué papel puede jugar la dignidad en el reino del terror?
¿Cómo conciliar con el programa rencoroso su programa de ternura? De Martí no interesa
hoy en Cuba más que su denuncia contra la política imperialista de los Estados Unidos,
su queja contra este país que él no supo querer por lo que tenía, y tiene aún, de
soberbia y materialismo inmedido. Ni siquiera se consiente ahora sin disgusto el
pasatiempo de literatos que hurgaban el secreto de sus versos. Es el Martí airado contra
algunos de los que le acechaban su meta el único que ampara la tiranía; pero aún ése
solo es un reto mayor: su denuncia no puede entenderse sino contra todos los
imperialismos: no fue por antipatía o prejuicio antisajón que Martí escogió este país
para condenar el delito. Hoy la Unión Soviética no sólo en productos y monedas, sino en
vidas le arranca hijos, su riqueza, a la patria, y allá va a arrojarlos, al conflicto de
África, como a los siervos vencidos de los déspotas orientales; todo pueblo a quien se
impone esclavitud encuentra causa en el desvarío del amo. ¿Qué no dijera Martí hoy
ante la humillación? Un nuevo tipo de preso aparece en las cárceles de Cuba, los que se
resisten al reclutamiento para la invasión militar de Angola. Al impulso del amor,
quizás confundiendo los intereses del país con los intereses de quien se lo oprime,
muchos cubanos dieron en las armas, luego más para perseguir a sus hermanos que para
combatir adversarios, pero ha ido demasiado lejos la mentira: aún en el encono se sabe
cuando obliga el honor y dónde empieza la injuria. No hay cubano que no sienta ahora
compasión por las madres que ven marchar a sus hijos a la aventura más servil y
caprichosa que conoce nuestra historia. ¿Cómo podrá sobrevivir la imagen de Martí
denunciando a sólo un imperio frente al que ha venido a emularlo? ¿No parecerán
débiles los desplantes de Cutting, en el siglo pasado, y la rapiña de todos los carpetbaggers,
durante la República, ante los ojos espantados de los cubanos, al compararlos con la
insolencia de los que hoy le cobran al tirano el petróleo en sangre que irá a abonar en
el mundo las ambiciones de Rusia? Y dicen que honran a, Martí. Mueven la historia a su
provecho, barajan a Céspedes, Agramonte y Maceo, como el tahúr sus naipes, y sale Judas
en la misma mano que los apóstoles. No, como tantos de sus compatriotas, Martí está en
Cuba perseguido y en silencio, encogidos sus actos para acomodarlos al ritmo de la
dialéctica. Nadie lo muestra completo; su programa lo convierte en reo de muerte. Lo
agravian, no lo honran.
Y ¿cómo vive entre nosotros Martí? Tampoco aquí abrazamos toda su doctrina. Nos
complace su mensaje de justicia, su defensa de la libertad, y es que en ellos vemos lo que
apoya nuestra posición e intereses. pero lo que rebasa, lo echamos a un lado. A fuerza de
tanto adaptar su pensamiento al gusto de hablistas y escritores de todos los tempos,
pensamos que la justicia y la libertad de que nos habla Martí es sólo nuestra justicia y
nuestra libertad, o la que a nuestro grupo conviene: la que ampara a quien en el miedo
llevamos de rival, ésa es exceso; la que condena al cómplice que llevamos en el error,
ésa es delirio. También sólo un pedazo del programa. Frente a situaciones concretas de
nuestros días, Martí hubiera censurado toda reducción de libertad, aun cuando
pretendiera justificarse en un fin noble. cualquier forma de dictadura. Sí, él repudió
la fórmula imperfecta que le proponían para lograr la independencia, ¿cómo iba a
transigir, sin tan nobles objetivos, con otros métodos ilegítimos? y ¿cómo habría de
ver con indiferencia una sociedad altiva que apura la justicia mientras esconde su pecado
en protestas de albedrío? Para Martí no bastaría ser anticomunista para ser honrado, ni
en sola esa rúbrica hubiera visto segura la dignidad humana; ni con el crédito de la
requisa marxista hubiera concedido patente al equilibrio social.
Es siempre un riesgo trasladar su pensamiento de circunstancia en circunstancia, de
suceso en suceso, y hacerlo operar como en el aire entre suposiciones e hipótesis; pero
¿cómo no descubrir el aliento universal de caridad en su obra? Hay principios sin
tiempo: quien disimule cualquier afrenta al ser humano, aunque vaya en detrimento de
enemigos, niega, a Martí. Otros por achicarle el programa le quitan vida: dicen que las
fuerzas del mal que se han desatado en nuestro siglo no se conocieron en sus días; hoy,
al hierro, hierro; crimen al crimen. Carguemos entonces con Martí al museo, como
curiosidad inerte, a que ilumine asuntos que nada tienen que ver con nosotros, pero no lo
busquemos de aliado para combatir lo que nos hiere: si en su nombre hemos de clamar por la
libertad, si en su nombre hemos de desmentir la tiranía, si en su nombre hemos de invocar
a la justicia, hablemos de la libertad, de la tiranía y de la justicia en todos y cada
uno de los rincones de la tierra.
La fuerza de sus planes está en la equidad; por eso rechazó medios que lograban sólo
el triunfo de la causa y no con ella el triunfo de la doctrina: más fácil que recorrer
los centros cubanos para recaudar fondos para la guerra le hubiera sido aceptar la ayuda
de extranjeros interesados en el Caribe. La derrota de España no fue el único objetivo
de Martí, sino el establecimiento en la isla de un gobierno que respondiera a su idea de
una república de igualdad y equilibrio. ¿A qué sustituir un mal con otro? Martí no es
sólo el apóstol de la independencia de Cuba, sino también el apóstol de todas las
causas que busquen la redención del hombre por los caminos de la libertad y de la
justicia, de todos los hombres. Otra cosa es buscar la solución incierta, sólo amable a
nuestra pena, y posponer la solución de Cuba. No siempre lo que significa mi felicidad
significa la felicidad de mi tierra. ¿A quién no se le va el afán a cualquier extremo
donde se ve término a la peregrinación? Arrebata el sediento podrida el agua que le
ofrece el charco del camino; que no hable el que no conoce la sed, quien no sabe la
vergüenza de no tener patria. Pero por legítimos que sean los deseos, no se trata aquí
de medir nuestras posibilidades. Si queremos honrar a Martí, hemos de hablar de lo que
conviene al país más de lo que nos conviene a nosotros, porque su doctrina no se hizo
para nuestra salvación, sino para la salvación de Cuba. Y el empeño ha de estar en
someter nuestros intereses a los suyos, y aún más, que no quepa en nosotros felicidad ni
alegría que no signifique la felicidad y la alegría de la patria.
Yo sé que quien no lo entiende ve con sospecha el programa de Martí: tanto mal se ha
hecho en su nombre que no se sabe si fue ineficaz la doctrina o fue corta su aplicación;
o dicen que era sólo un anhelo irrealizable, y de ahí van a echarle la culpa por los
fallos de la República. No recuerdan que la quiebra de la nacionalidad coincide con la
muerte de su programa, porque a partir de l895 entran en la escena política la substancia
del anexionismo y de los autonomistas, hombres de gabinete y pluma empujando lo material
sobre lo verdadero, y otros males que él impedía crecer. Al año de su muerte. Rafael
Serra, discípulo de Martí, tuvo que salir en defensa de la prédica del maestro y fundó
un periódico cuyo título se le ha dado a esta conferencia, en memoria de aquel negro
magnífico, el primer cubano en advertir el desvío de sus compatriotas. Allí escribió:
Venimos de una escuela nueva. De una escuela revolucionaria creada por el patriotismo
más excelso, encarnado en la existencia de ese cubano para nosotros y para el mundo
ilustre: de esa alma grande de sabiduría real y depositaria de todas las virtudes; de ese
maestro ejemplar que nos enseñara a ver como desgracia, que se debe combatir, la
sabiduría sin grandeza de alma... Por haber puesto todas y cada una de sus virtudes al
servicio de la humanidad, es inmortal ese insigne cubano que consagró su existencia toda
no a elevar una clase, sino a todas las clases; que no abogara por la redención de un
pueblo, sino por la de todos los pueblos; que no fue de aquellos esclavos de conciencia
que, en sus esfuerzos por redimir un pueblo, enseñara a los hombres a cambiar de postura
en el banquillo de la servidumbre, sino que predicara con la práctica por ejemplo la
redención del mundo, pues él no podía reposar ni encontrarse feliz, mientras hubiese un
sólo ser sin libertad sobre la tierra. Ésta era La doctrina de Martí, ésa es la que
seguimos.
Así terminaba ese alegato Rafael Serra, pero su voz fue inútil y el error se
acentuaba. ¿Cómo explicar entonces el desgano, y a veces la hostilidad, frente a Martí
ya en los primeros años de la República? Hasta entre los separatistas había cundido el
espíritu utilitario, y quienes nunca debieron olvidar el plan clarísimo, intentaron uno
nuevo a espaldas de las necesidades del país. De esa manera se perdió buena parte del
esfuerzo. No, Martí no fue un iluso; ilusos fueron los que dejaron al viento los destinos
de Cuba, a los que no podían descubrir con ternura y saber el camino apropiado; iluso no
fue el poeta, sino los hombres prácticos que confiaron a mano extraña el hogar,
encumbraron el pragmatismo y sentaron a esperar en las escaleras de la nación a un pueblo
desengañado y triste. ¿A dónde había ido a parar aquel plan de República abierta al
concurso y para la felicidad de todos?
Luego, extraviados los gobiernos, cuando se intentó el rescate de Martí, más pronto
que sus maneras en la vida pública creció el culto de máscara y carnaval. Y la
revolución de 1959, con todos sus excesos, hija de aquellos extravíos, ¿no lleva entre
sus mayores culpas la negación de lo que ofrecía a nombre de Martí, y ese indeciso
correr tras las pisadas del amo, porque también ha impuesto sobre la solución real el
gusto de un grupo por asegurarse el mando? La Cuba que pecó de ala yo no la conozco, pero
todos sufrimos la que pecó de garra.
Siempre fue más fácil tildar a Martí de soñador. Ya en sus días mejores lo
consideraban un visionario. ¿Que disparate es ése, una guerra sin odios, un gobierno sin
mandones, una patria de agonía y la unión de todos los hombres en el trabajo y la
virtud? ¿Quién es el insensato que ve en el cubano hedonista y comodón, y en su tierra
de naturaleza trebejera hombre firme y pueblo fuerte? Recordaba Julio Burell, el amigo
español de Martí, que cuando preguntaba por él a los autonomistas de Madrid, le
respondían: "Allá en Nueva York publica una inofensiva hoja separatista, pero eso
es una extravagancia, ese pobre Martí es un hombre muerto". Y no eran solamente sus
adversarios los que dudaban de la gestión que se había impuesto; aun los más fieles
ponían en juicio su confianza en las emigraciones. Yo les voy a leer algunos pasajes de
una olvidada carta de Serafín Sánchez, de 1893, en la que advierte a Gonzalo de Quesada
sobre el error que cometía Martí al esperar tanto de los cubanos. Se los voy a leer no
sólo porque muestran esa duda sobre sus actos, sino porque creo, además, que pueden algo
curarnos de esa dañina ilusión por la que suponemos a los cubanos de entonces mejores
que los de ahora; y digo dañina porque esa creencia más de una vez es la excusa del
derrotismo y la desesperanza. Desde Cayo Hueso, el centro de mayor concentración de
cubanos antes de la Guerra de Independencia, decía Serafín Sánchez:
Mi querido Gonzalito. Te escribo porque deseo hablar un rato contigo y, más que todo,
porque es necesario que te diga algo sobre esta emigración, para que tú, a su vez, lo
hagas a Martí cuando sea oportuno. Hace tiempo que yo, con la penetración y sagacidad
que me ha dado la experiencia sobre las cosas y los hombres, he observado que esta
emigración del Cayo... es incapaz y absolutamente nula para nada que no sea música,
juegos y toda clase de crápula y libertinajes. Para nada que sea grande, serio,
respetuoso y honrado sirve este conjunto abigarrado de gente viciosa y abyecta...Con
semejante gente nada puede intentarse, y todo empeño que en su esfuerzo se base puede
darse por fracasado. Aquí, como tú sabes, se organizaron más de cuarenta clubs
políticos, y en el transcurso de un año todo lo práctico que han hecho ha sido decaer y
disolverse gran número de ellos, y en cuanto a levantar fondos de guerra y preparaciones,
mezquinos han sido ésos, pues para cotizar los veinticinco centavos semanales que se
impusieron reglamentariamente ha costado ansias de muerte, cuando han pagado, que las más
de las
veces no lo han hecho, y si lo han hecho ha
sido a regañadientes. Ya ves, por lo expuesto, que es gráfico, que con esta gente u otra
parecida no hay que contar para levantar el augusto templo de la patria. Yo no sé si
nuestro común amigo Martí conoce esto tan bien como yo lo conozco; si lo conoce, mejor
entonces, y le resultará ventaja por cuanto que puede recurrir a otros medios más
adecuados a la alta empresa que lo ocupa.
Hasta aquí la carta del general villareño. "Recurrir a otros medios",
recomendaba a Martí, pero ¿a qué medios iba a recurrir si era la patria de aquellos
mismos, perdidos en el oprobio de su tierra y en la pena del destierro, la que él quería
levantar? Con ansias y sangre de sus hijos, y sólo con las ansias y con la sangre de sus
hijos, se hace patria segura. Martí lo sabía, y por eso prefirió lo propio, aun en el
error, y se dedicó a redimir aquella grita de logros y avaricias; y también por eso
aquella prisa en estorbar la espada ajena que él supo un día iba a clavarse en el
corazón de su tierra. Se hace con esa gente "incapaz y absolutamente nula para nada
que no sea música, juegos y toda clase de crápula y libertinajes", como calificaba
a los cubanos Serafín Sánchez, esa gente convertida por la doctrina y el ejemplo en
almas graves y generosas, o nada se hace. Y ya nuestra historia es rica en advertencias
sobre esos extravíos: cada vez que la ambición o el engaño nos llevó a aceptar en hilo
de oro lo que sólo es legítimo y firme al sudor de la tierra y del esfuerzo común,
hemos desembocado en la aberración o en la tiranía.
Desde las columnas de su periódico Patria se fue abriendo mundo el programa de
Martí. Cada salida llevaba en la primera página las Bases de su Partido. ¿Para qué se
fundaba aquella organización revolucionaria? Para lograr la independencia de Cuba y,
desde ella, asegurar la independencia de Puerto Rico. Y ¿cuáles eran los propósitos de
aquel movimiento? Lograr la felicidad y el respeto de los cubanos en una vida activa y
útil, basada en la armonía de todos los factores del país. Y ¿cómo habrían de
lograrse aquellos objetivos? Sin admitir ayudas que pudieran amenazar la razón misma de
la guerra, servirse de todas las fuerzas, tanto en la isla como en el extranjero, para que
en ese ejercicio común se hiciera permanente en la República su funcionamiento de
integración y de equidad. Era una hermosa promesa. De la pesa-dumbre del yerro pasó el
cubano al trabajo altruista. Cuanto más envilecido un pueblo, más prisa se da en huir de
la abyección, cuando halla motivo. Cundió la buena nueva: la indiferencia se volvió
vigilia; la queja, júbilo; el vicio, desprendimiento; y de aquella partida de canijos
salió una tropa de ángeles. Dos años nada más habían transcurrido desde la carta que
leímos, y ya se hacía el milagro: el propio Serafín Sánchez lo reconoce con honradez:
al mismo corresponsal le dice a principios de 1895: "Yo sé que moralmente hemos
ganado mucho en todas partes y que Martí, el alma de toda esa espléndida labor, ha
crecido cien codos en el concepto general, haciendo rendir por la evidencia de las cosas a
todos aquellos descreídos o morosos que obstaculizaban de cierta manera el rodar de
nuestro carro revolucionario. Más que todo me alegro de ese triunfo por Martí, por
Martí que tan combatido ha sido por los malos y por los envidiosos de su virtud y de su
fe patriótica".
Esta vez sí tenía razón Serafín Sánchez: además de los medios necesarios para
organizar la guerra, aquella emigración que no servía para nada "grande, serio,
respetuoso y honrado," hizo lo único grande, serio, respetuoso y honrado que puede
hacer un hombre: vivir y morir por su patria hasta verla libre. No, no fueron unos seres
superiores los que le rompieron su imperio a España, especie de Tritones nacidos de
divinidades legendarias; eran, como nosotros, débiles y mezquinos, de barro humano.
Pero aún vamos mas lejos. No sólo no se hizo el prodigio por la calidad de excepción
de aquellos hombres: yo me atrevería a decir, a pesar de su innata grandeza, que ni el
mismo Martí es el protagonista de la hazaña. Si pudiéramos entrar el cuchillo en el
espíritu, veríamos que no fue la talla lo que hizo grande a la doctrina, sino al revés:
aquel evangelio de amor es en verdad quien engendra al héroe. Quizás en ningún momento
de la vida de Martí se nos presenta con mayor claridad la doble vertiente de acción y
pensamiento, y su conflicto, como en los días de 1884 cuando su polémica con Gómez y
Maceo. Desde el fracaso de la Guerra Chiquita buscaba una ocasión para reanudar los
trabajos revolucionarios. Los generales iniciaron la campaña entre las emigraciones con
visitas a Nueva Orleans, Cayo Hueso y Filadelfia, y fueron a Nueva York, donde se
entrevistaron con Martí. Todo auguraba el mayor éxito: la guerra parecí inminente y,
con el mando unido de los militares, cercanos el triunfo y la libertad de Cuba. Martí se
dispuso a participar en la cruzada que con tanto anhelo había esperado. Renunció su
cargo de más prestigio y se entregó a la causa. Pero no sólo quería la derrota de
España lo que para él hubiera significado volver a Cuba y reunirse con la familia,
y, sin duda, un gran porvenir en el ejercicio de su carrera sino una solución
permanente y decorosa para el país. Más diestros en las artes del campamento que en
preparar el futuro de una nación, y aún con las llagas del fracaso de la Guerra de los
Diez Años, que ellos creían exceso civil, Gómez y Maceo proponían un sistema
dictatorial en el manejo de la insurrección que por necesidad habría de trascender en la
República. Martí saltó herido. Escribió una carta a Gómez retirándose del intento:
no podía arriesgar al propósito la pureza del objetivo, porque sabía que con el tiempo
aquel camino tortuoso sería lodazal para el oportunismo y la codicia.
El interés del desterrado se rendía al superior de la doctrina. Cuba hubiera quedado
al final de aquella aventura como andaban tantos países de América, en botín de
caudillo, con el futuro en manos del capricho y de la osadía. No, ni aunque a la cabeza
estuviera un hombre del carácter de Gómez, de la integridad de Maceo. Sólo el que se ha
desvelado en quietismo ante los problemas de su patria puede comprender la magnitud del
renunciamiento. Aquellas agonías de servir se concretaban en hermosa realidad; las voces
todas que urgían a la acción se hicieron coro apuntando la vía. Mucho se ha meditado
sobre el Martí apostólico de sus últimos años, romero de limosna, misionando el
programa, desasido del mundo, y no nos damos cuenta que fueron ésos sus días felices,
sus únicos días verdaderamente enteros. Allá, en Dos Ríos, iba a la unción, no al
sacrificio; aquí, después de la vivísima apetencia, al aniquilamiento. El Martí
heroico es ése que carga sobre el hombro el programa; luego no, luego va como asido a la
cruz. sostenido en ella, entre los fulgores de la ascensión. Sin el deslumbre del
milagro, el mártir es aquél de 1884, que se clava al silencio y se aleja del banquete
que se le preparaba a la patria. Se echó a la calle a llorar ¿Qué sino le imponía
aquella penitencia? ¿Por qué él sólo vio el gusarapo en la escudilla de plata? Lo
llamaron soberbio e intrigante, y en un acto público, quien no le conocía el temple,
dijo que los que no apoyaban a los militares debían usar sayas.
En ese año de 1884, cuando Martí rechazó para el futuro de Cuba el gobierno
dictatorial que se proponía, se celebraban en los Estados Unidos elecciones
presidenciales. A poco de la polémica, Martí escribió un trabajo donde se ven las
huellas de su amargura. Vio redimidas las tendencias más bajas del hombre en la justa
electoral, ese proceso que abate la insolencia y levanta la potestad del humilde: las
pasiones sueltas, mas sobre ellas, y con igual atrevimiento, y por la misma ley que las
protege, libre el derecho, eficaz y robusto. ¿Cómo Cuba, ni en su noble apuro, se
habría de privar de aquella fórmula, estrecha aún y viciada en su uso, pero en la que
al menos cabía la posibilidad de destrabar la justicia y asolar al soberbio? Entonces
fortificó la doctrina.
Tampoco busquemos, así, en impotencia y desconsuelo, la llegada de aquel iluminado, a
lomo de mula, como Mesías de nuestra desventura, para que de nuevo siembre la semilla de
la patria. Ahí está su plan. En él radica nuestra fortaleza. Pero no vayamos romándole
tajo a la espada. sino en cura de filo. Entero el programa . Denunciemos el tanque brutal
en el centro de Europa, pero también el empuje de tropas en las Antillas hermanas.
Denunciemos la galera cruel de Siberia, pero también el calabozo de las tierras de
América. Todos los oprobios, todos los tiranos, no importa a qué lado del sol, se
inclinen en servidumbre. Nadie tenga entre nosotros el monopolio de la verdad, y si
alguien lo tiene, sea aquel que ponga al hombre en el centro del mundo, y sin importarle
la clase o el juicio, lo deje actuar, como majestad soberana, y ponga a sus pies todos los
recursos de la naturaliza. En la cosa pública, no tengamos otro amparo que la virtud. Y
en esa terquedad de conciencia, aclamando la causa justa, aún a riesgo de escándalo de
quien se resista a ver el camino del mundo, podremos interceder en el futuro de la patria.
Digamos su error al hostelero tenemos una obligación mayor por nuestra experiencia
única; nosotros sabemos por dónde se quiebra el orden, cómo el odio y la
traición se crecen en la intolerancia y en el atropello. Digámoslo: si es genuina su
amistad, nos ha de agradecer el regalo; si no lo es, ¿qué nos importa la sospecha? De
momento nos quedaremos más solos, pero pronto ganaremos la atención de quienes debe
importarnos, los que en Cuba ven hoy, a la misma luz que nosotros, y con repugnancia
igual, el estrago del sistema que los ahoga, incapaz en su manía de venganza de organizar
el país, y han de encontrar en la postura honrada casa amiga. ¿ O hay una Cuba allá y
otra aquí que tampoco conocemos, y no una sola doblada en el infortunio? Estamos en
cárceles distintas, pero somos iguales, y quien no tiene esclava la palabra debe hablar.
Pero, ¿qué ha de decirse a quien ha aprendido en su carne la lección de la infamia y el
poder de la mentira? ¿Hemos de irles a los cubanos de allá tapando astros con los dedos,
como jaque insolente para continuar el diálogo tantas veces interrumpido? Ni Cuba se
completa sin nosotros, ni nosotros sin ella, y un pueblo no es feliz hasta que no reúne
en igual asiento a todos sus hijos.
Al abrigo de esta noche de honras, por sobre el mar y el aire que nos separa de la
patria, yo extiendo la mano a quienes en Cuba, con similar acatamiento, abrazan sin miedo
ni avaricia el programa de Martí, porque un día, vencida la cólera, el cubano de allá
y el cubano de aquí se han de reconocer hermanos, se mirarán en los ojos ensombrecidos
por el rato tristísimo, magra el alma por los ayunos del espíritu, rotos los poyos del
hogar, para hacer la familia nueva y pujante del porvenir; cuando sepa el mundo la trampa
de los métodos estrechos y parciales, cuando de la vejación y el desafío pase el
hombre, partido e inútil, a ensayar la tolerancia y la piedad, cuando de los cuellos
pasen las manos a las manos, y la doctrina de Martí sea norma para todos, y sobre el
pecho escrita la palabra de paso de mañana: "prohibido odiar."
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