LOS DETRACTORES DE JOSÉ MARTÍ
México
Guatemala
Venezuela
"La doblez y la
falsía"
El adulterio
El "capitán
Araña"
El "hombre
funesto"
El "lobo
separatista"
Borrachín y mujeriego
Martí y su
"cubanidad negativa"
"La
patria de Martí es cosa de ensueño"
El "abogado
de los poderosos"
Epílogo
No le fue ajena a la vida de Martí la envidia. Su
talento, su virtud y patriotismo la hicieron nacer en el mediocre, en el malvado y en el
egoísta. Con sus ideas sobre ese Pecado Capital se podría hacer casi un pequeño
tratado. Martí, como afirmó al hablar de "El Cristo de Munkacsy", consideraba
la envidia, con el "egoísmo", de "los poderes más temibles y activos de
la tierra". En otra ocasión volvió a unir esos dos "poderes": al
condenar, junto al que envidiaba al rico, la indiferencia del poderoso ante la pobreza;
dijo: "Nada es tan repulsivo como un hombre acaudalado que se repliega en sí y
descuida los dolores de los hombres.... Sólo hay algo tan repulsivo como él: el
envidioso disfrazado de filántropo, el denunciador sistemático de todo el que posee
alguna riqueza".
Hablando de Longfellow con motivo de su muerte, le elogió la humildad con que
trabajaba ante la animadversión de muchos: "Le graznaron los cuervos, que graznan
siempre a las águilas, le mordieron los envidiosos, que tienen dientes verdes. Pero los
dientes no hincan en la luz..." Y en medio de sus más severos ataques contra los
Estados Unidos, con el sentido de justicia que siempre lo acompañaba, Martí censuró la
crítica envidiosa que reducía los méritos de la América inglesa: "Es de gente
menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente [de los
Estados Unidos], y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero,
como quien quita una mota al Sol".
¿Y no es el protagonista de Amistad Funesta la envidia de Lucía Jerez, la que
transforma la amistad pura de Juan y Sol en una tormenta de celos? ¿Y no es también en Ismaelillo
personaje mayor, en los "Tábanos fieros", el primero de esos repugnantes
insectos, "la verde envidia", que logra vencer el "guerrero de alas de
ave"? "La desdentada envidia/irá, secas las fauces,/hambrienta, por
desiertos/y calcinados valles,/royéndose las mondas/escuálidas falanges..."
Y al final de su vida, en un artículo por "El Año
Nuevo", dolido de los cubanos cobardes y pusilánimes que no ayudaban a liberar su
tierra, vuelve sobre los envidiosos: "La tiranía no se derriba con los que la sirven
con su miedo, o su indecisión o su egoísmo... De hombres de sacrificio necesita la
libertad... Los que quieren sacrificarse, tienen por enemigos a los que no se quieren
sacrificar; que les tiran piedras por no verse obligados a seguir tras ellos, a sangrar
con ellos, a empobrecerse con ellos, a abandonar como ellos la vida deshonrosa, de
humillación y complicidad, de sanción y acatamiento, de presencia culpable y de indigna
sonrisa, a los pies de los que consumen el pan y corrompen el carácter de su
patria". Ese "tirar piedras" es el arma que prefiere siempre la envidia.
Quizás Martí tomó la expresión del viejo refrán: "Sólo se le tiran piedras al
árbol con frutas".
Dijo Tito Livio, el sabio historiador de Roma que vivió escondido para librarse de las
miserias de su época: "Invidia virtutes detrectat": la envidia detracta
las virtudes. De ahí el título de este trabajo: "Los detractores de José
Martí", tomando la palabra detractor en su correcto significado, también del
latín, de y tra hêre, traer algo fuera de uno, arrancar, quitar la fama, la
estimación, o la honra: denigrar, calumniar, maldecir.
México
Lo primero que sorprendió a los que conocieron a Martí fue su inteligencia, al llegar
a México en 1875, cuando empezó a ganarse la vida con la pluma. Su estilo fue el primer
blanco de la envidia y, por consiguiente, de ataques. Escribía para la Revista
Universal y participaba en actos culturales donde también hizo gala de sus dotes de
orador. A mediados de ese año defendía el proteccionismo para estimular la industria
nacional: "El comercio libre es bueno," dijo, "pero realizado en nuestro
país, extinguiría en su nacimiento las abandonadas industrias nacionales"; y un mes
más tarde vuelve en contra del libre cambio: "Se ciernen sobre México gravísimos
males; la escasez aprieta; las industrias no se desarrollan; los artefactos extranjeros
llenan el mercado..." Poco después, sin embargo, Martí comprendió las ventajas del
librecambismo en algunos casos, y fue entonces que sus antiguos aliados proteccionistas lo
atacaron; afirmó al referirse a la importación de papel para los periódicos:
"Entre el sistema prohibitivo [el proteccionismo] y el librecambista, será mejor,
naturalmente, el que produzca mayor suma de bienes..."
Por ese motivo, el 7 de noviembre de ese año, uno de los más importantes periódicos
de aquellos días en la capital mexicana, El Monitor Republicano, molesto por el
artículo de Martí, publicó, burlándose de su estilo, un escrito al que pertenece el
siguiente pasaje:
Yo, José Martí, idealizado en la fuente parnaseática del
Parnaso comercial de las tres veces jamás vencida América boreal en el progreso, he
cantado extramí en coro vivo, azás en las mesuras de doctrina honrada, el adelanto del
cambio libre contra nuestra protección que nace. Las aguas cantadoras del patrio Yumurí,
entre las llorosas cataratas del ante veloz y ante rústico Almendares,
unirán sus ecos que retumban en la celeste punta del Pan que vigila como
gastador la dormida frente de Matanzas, donde se bebe el cordial de las
ideas al vivo, que se abre en sabidurías brilladoras...
La parodia, aunque burda, presenta deformados algunos expedientes no extraños en la
prosa de Martí: el neologismo ("extramí"); el arcaísmo ("asaz en las
mesuras"); la adjetivación inusitada ("ante veloz y ante rústico
Almendares"); la alegoría ("la celeste punta del Pan [de Matanzas]"); el
símil ("vigila como gastador"); el pleonasmo ("fuente parnaseática del
Parnaso"); la hipérbole ("tres veces jamás vencida América boreal"); el
hipérbaton ("se bebe el cordial de las ideas al vivo"); el anacoluto ("[el
Pan] que se abre en sabidurías brilladoras"); la prosopopeya ("las aguas
cantadoras... las llorosas cataratas"); la metáfora ("la dormida frente de
Matanzas... el cordial de las ideas")... En fin, varios de los recursos estilísticos
que manejados por el arte y el genio de Martí lo llevaron a convertirse "en el
primer creador de prosa que ha tenido el mundo hispánico", según el acertado juicio
del crítico español Guillermo Díaz Plaja.
Y no escapó de la burla en México tampoco su cubanísima pronunciación. A pesar de
haber vivido en España desde principios de 1871 hasta fines de 1874, Martí no dejó de
ser cubano en su manera de hablar. En "Martí viajero" (1942) afirmaba Salvador
Massip que su estancia en España "no le hizo perder el acento cubano ni el modo de
pronunciar la lengua castellana a uso de Cuba... Durante sus tres años de vida
universitaria, si no adquirió la pronunciación de la c y la z [el ceceo]
adquirió, en cambio, el hábito de la dicción correcta y precisa..." Menos generoso
con la pronunciación de Martí era el recuerdo que de ella tenían los mexicanos. A los
pocos días de su muerte, el 28 de mayo de 1895, publicó el periódico El Tiempo
una amable evocación de cuando llegó a la capital mexicana, y allí se lee: "Su
pronunciación defectuosa y su abuso de las palabras chico y camaráa cada
vez que tenía que hablar con alguno revelaban a las claras su origen cubano..."
El mejor testimonio de cómo hablaba Martí, reduciéndole, por supuesto, la
exageración propia de la broma, se encuentra en un soneto el cual, sin la crueldad de la
parodia de su prosa, publicó en junio de 1876 La Ley Fundamental, y que se copia
aquí también del libro Martí en México (1933), de José de J. Núñez y
Domínguez; dice:
Oriente de ilujión ha dejpertao
Crepújculo de amorej arrebata,
Por el ejpacio eterno je dilata
De la luj a loj rayoj repegao.
Ejpuma, corazón, ángel alao,
Brilla ju inteligencia cual la plata;
Ej el mundo para él una ijla grata,
Por donde cruja el hombre abandonao,
Perlaj, conchaj, y florej y celagej,
Y fuentej, y sonrijaj y todico
De ju ejpiritu cabe en loj mirajej.
Rico de injpiración, de aplaujuoj rico,
La fortuna le niega jus bagajej,
Maj todoj le conceden que ej buen chico.
Lo que más destacaba el anónimo autor del soneto, llevando hasta la caricatura el
habla de Martí, fue la conversión de la letra s en j. Ese fenómeno,
frecuente en Andalucía, las islas Canarias, Cuba y otros lugares de Hispanoamérica,
quizás por influencia morisca (así el sapo o sapone del latín llevó al
actual "jabón"; y el sucus al "jugo") nos hace decir a los
cubanos, en el habla descuidada, algo como "¿qué jerá lo que ejta pajando?" en
vez de "¿qué será lo que está pasando?"; "maj o menoj" por "más
o menos"; y "ejte" por "este"; como en la irónica imitación de
Martí, "ilujión", "amorej" y "ejpacio" en vez de
"ilusión", "amores" y "espacio". Y también advierte el
sonetista la pérdida de la d intervocálica en la terminación de las palabras (ya
se vio que a Martí, en 1895, lo recordaban en el México de 1875, diciendo
"camaráa" en vez de "camarada"); y aquí en los participios
desaparece la d, y queda "dejpertao", "repegao",
"alao", "abandonao" en vez de "despertado",
"repegado", "alado" y "abandonado", lo que en conversación
familiar puede sonar a pedantería y afectación. Esta peculiaridad tan frecuente en el
sur de España le hizo decir a Ángel Ganivet de Granada, su ciudad natal: "Graná, ni chicha
ni limoná".
Quizás influyó en la manera de hablar de Martí lo que confiesa en sus apuntes de
Guatemala; parece que no le era fácil hacerse entender por los campesinos cuando se
dirigía a la capital, y escribió: "... como yo hablo de prisa, y me falta el diente
y mal me avengo a acampesinar mi lengua ciudadana, sucede que muy a menudo me interrumpen
o responden con ¡Ay! ¿Qué me manda? ¿Qué me
dice?" Es que no lo entendían. Y explica más adelante el por qué, ya en son
de burla: "Yo no taño la guitarra, ni mezclo el vos y el tú; ni digo acotate
por acuéstate..." En efecto, a Martí le faltaba un diente. En la autopsia que le
hizo en Remanganaguas el Dr. Pablo A. Valencia, consignó: "Buena dentadura, sólo
que le faltaba el segundo incinsivo de la mandíbula superior del lado derecho". Y
fue esa peculiaridad una de las pruebas que confirmó su muerte en Dos Ríos: el dentista
que lo atendía en Nueva York, el Dr. Virgilio Zayas Bazán, lo había tratado por última
vez en diciembre de 1894, y aseguró que Martí "había perdido hacía algún tiempo
el central superior izquierdo y el lateral del mismo lado".
Los que conocieron a Martí (Néstor Leonelo y Eligio Carbonell, Bernardo Figueredo,
Ernesto Mercado) decían que su acento "era normalmente castizo", según consta
en una nota sobre "La voz de Martí", publicada en, Patria (febrero de
1965), la Revista Mensual de la Fragua Martiana, donde se aseguraba que Federico
Edelmann tenía una grabación, en "un cilindro", con varias frases de Martí, y
que a la muerte de Edelmann lo conservaron durante algún tiempo sus hermanas, pero como
se había roto, "fue botado por inservible".
Guatemala
Más detractores que en México encontró Martí entre los guatemaltecos. Esta vez la
fogosidad de su oratoria fue el tema preferido de las burlas. Ya en Madrid, en 1872, en un
acto para conmemorar el aniversario del fusilamiento en La Habana de los estudiantes de
Medicina, habló frente a un mapa de Cuba, y en la fogosidad de la peroración, al decir
"¡Cuba llora!" extendiendo los brazos, tropezó con el mapa que cayó
cubriéndole la cabeza: entonces el choteo cubano le puso al orador "Cuba
llora". También por su apasionamiento en la tribuna, pero esta vez con voluntad de
herirlo, le pusieron de apodo en Guatemala "El doctor Torrente". Aún bajo el
influjo de Castelar, entonces el más grande orador de España (de él dijo Martí que su
palabra era "flamante y brilladora como la espada del ángel del paraíso", y
que uno de sus discursos había sido "como llama de colores, deslumbradora y
ondulante"), su incontenible elocuencia le ganó el hiriente apodo.
Martí no se supo explicar la envidia de quienes lo hostigaban con burlas anónimas en
los periódicos de Guatemala: "¿Qué mal les he hecho?" se preguntaba en una
carta a su amigo mexicano Manuel Mercado, "explicar filosofía con sentido a par que
nuevo, mesurado; explicar literatura; dar conferencias... publicar un libro... anunciar un
periódico". En carta a Valero Pujol, director del periódico El Progreso, que
había hablado de él, en disculpas sobre su carácter, se adivina la tormenta que se
habría de desatar:
Amo la tribuna, la amo ardientemente, no como expresión
presuntuosa de una locuacidad inútil, sino como una especie de apostolado, tenaz, humilde
y amoroso... ¿Que soy vehemente en decir todo esto?... Por ahí me han mordido unas
culebras... Si tengo sangre ardiente, no me lo reproche... Diga Ud. [de
mí]: ‘Es un corazón sincero, es un hombre ardiente...
Meses más tarde, en marzo de 1878, ya desatada la tormenta, vuelve en carta a su
Mercado, y le dice: "Donde hay muchas cabezas salientes, no llama la atención una
cabeza más, pero donde hay pocas que sobresalgan, vastas llanuras sin montes, una cabeza
saliente es un crimen... es una guerra de zapa en la que yo, soldado de la luz, estoy
vencido de antemano". Y poco después, le confiesa al mismo corresponsal: "He
despertado injustificables temores, tenacísimas oposiciones, persecución increíble...
Al volver [de su boda en México] hallé en lo que a mí toca, visible la ira ¿provocada
por qué?" No lo sabía. Su talento y entusiasmo por lo americano, y su
anticlericalismo, disgustaba a los conservadores, venidos a menos bajo el gobierno de
Justo Rufino Barrios, y aun las autoridades sintieron celos por su popularidad entre
algunos intelectuales. "Es verdad", le confiesa a Mercado, "que yo los
poetizaba ante mí mismo para poder vivir entre ellos; pero estos secretos no han salido
nunca de mi alma... Con un poco de luz en la frente no se puede vivir donde mandan
tiranos... Molestaban mi voz, mis principios, mi entereza, mi convicción..."
Uno de los periódicos, El Porvenir, publicó esta burla recogida en el Martí
en Guatemala (1953), de David Vela, que sirve de ejemplo de los ataques que recibía:
El doctor Torrente es un orador sin rival en el concierto de todos los tribunos
antiguos, modernos y de la época. Y si Guatemala no tiene el infortunio de que el doctor
Torrente la abandone para regresar a su ínsula, nada costará ser literato y enseñar
retórica y oratoria hasta a los jumentos, con otras mil ciencias y cosas que aquel titán
de la sabiduría sabe de cuerito a cuerito y maneja bajo la pierna... Parece increíble,
pero es necesario convencerse que el doctor Torrente está llamado a cambiar la faz de
Guatemala como por encanto, con sólo su elocuencia y su didáctica, pues me aseguran que
cuando en la cátedra perora a sus discípulos, es tal el timbre de su voz, que a cada
vibración cae tierra de los tapanchos, se conmueven las bóvedas, tiemblan los
vernegales, tambalean las pilastras, retumban las naves, oscilan las paredes, saltan el
pavimento, cimientos, paredes, naves, pilares, pilastras, vernegales, bóveda y tapanchos,
entran en disputas literarias en todos los idiomas y dialectos conocidos; tal es la
expresiva claridad, hilación y orden con que aquel ciceroniano se
explica...
No le faltaron, sin embargo, también en Guatemala, amigos y admiradores. Desde el
general Miguel García Granados, el padre de "la Niña", hasta valiosos
intelectuales: el diplomático Juan Ramón Uriarte, el profesor Domingo Estrada, el poeta
Francisco Lainfiesta, el filólogo Antonio Batres Jáuregui y "el joven
pensador", como lo llamó Martí, Salvador Falla, quien coincidía con él en su
previsión americanista, y de quien quizás tomó la expresión "Nuestra
América" para distinguirla de "la otra" tal como habían hecho mucho
antes el colombiano Hernando Domínguez Camargo, en el Ramillete de varias flores
poéticas ("Esta [Cartagena] de nuestra América pupila..."), que editó en
1676 el ecuatoriano, también poeta, Jacinto de Evia; Pedro de Peralta Barnuevo, del
Perú, dramaturgo, matemático y erudito, en el "Prólogo" de su Lima Fundada
(1732), cuando se disculpa de haber escrito de España y no de "Nuestra
América"; Juan Bautista Aguirre, otro poeta ecuatoriano, jesuita, como Domínguez
Camargo, en una "Oración fúnebre" del 17 de marzo de 1760 ("¿Es posible
que el mejor sol de nuestra América... se haya finalmente convertido en
pavesas...?"); y poco después el conde de Aranda en su "Memorial" de 1786
a Carlos III, anunciándole así que las colonias se iban a perder: "... Mi tema es
que no podemos sostener el total de nuestra América, ni por su extensión, ni por la
disposición de algunas partes de ella..."
Venezuela
No se redujo el asedio a Martí, de la envidia, cuando viajó a
Venezuela, cuatro años más tarde, después del fracaso de la Guerra Chiquita. Para su
desgracia gobernaba un militar pagado de escritor, un déspota que se hacía llamar
"El ilustre americano", Antonio Guzmán Blanco, quien se
mantuvo en el poder entre 1870 y 1888. En ningún otro país recibieron a
Martí mejor que en Venezuela. Su
capacidad como crítico literario y como orador habían llegado a su más alta cumbre. El
reconocimiento de sus méritos, sin embargo, se produjo primero en Colombia: Martí había
publicado en The Sun, de Nueva York, en noviembre de 1880, un estudio sobre los
poetas españoles, que tradujo al inglés Charles A. Dana y tituló "Modern Spanish
Poets"; de allí lo tomó el erudito Carlos Martínez Silva, lo volvió al español y
lo publicó en su Repertorio Colombiano en febrero de 1881; en junio lo reprodujo La
Opinión Nacional, de Caracas, donde ya trabajaba Martí, y en setiembre La Pluma,
otra vez en Bogotá, por gestión de Adriano Páez, "el primer crítico literario de
Martí", quien le habría de consagrar los más grandes elogios; de ese trabajo
opinó: "Sólo Emerson, en Boston, o Carlyle en Inglaterra, habrían podido entre los
anglosajones adornar [su prosa] con imágenes tan seductoras... ¡Si [Martí] se diera
un salto a Colombia, cuál sería nuestro contento! Lo recibiríamos al ruido de las
campanas y hasta con descargas de cañón..."
Pero no fueron su prosa y su talento solos los que provocaron la
envidia de Guzmán Blanco: lo que irritó al déspota es que no los uniera al coro de
alabanzas que recibía en todos los periódicos del país; véase este ejemplo: en La
Opinión Nacional, donde publicaron una
comunicación a "El ilustre americano", que muestra que ni el culto a la
personalidad en los gobiernos totalitarios de hoy, ni el mal gusto de sus adulones y
guatacas era distinto hace un siglo; dice un pasaje de ese escrito, del 14 de julio de
1881:
Entusiastas admiradores que somos de vuestras inmarcesible glorias, que son
las glorias de nuestra patria y del partido liberal que tan dignamente acaudilláis para
regenerar a Venezuela y llevarla a la cumbre del progreso y de su futuro bienestar,
dignaos aceptar nuestras sinceras congratulaciones por la explícita manifestación que
habéis hecho, la cual constituye un testimonio público y solemne en favor de los
intereses generales de la República..."
Y en la misma página en que apareció ese
ditirambo de tan mal gusto, el periódico publicó una carta de Martí anunciando el
segundo número de su Revista Venezolana, por supuesto, sin ningún elogio al
vanidoso gobernante.
El silencio de Martí se hizo más notable frente a su alabanza de
algunos enemigos de Guzmán Blanco, en particular del licenciado Cecilio Acosta. El día 8
de julio había muerto el singular pensador en medio de su honrada pobreza; lo enterraron
el 9, y despidió el duelo un sacerdote amigo, José León Aguilar, quien se atrevió a
decir: "Cecilio Acosta, ni doblasteis la rodilla ante el déspota, ni quemasteis
incienso a los tiranos. Injusticia e ingratitud cosechasteis en la tierra; pero vuestros
talentos y virtudes serán premiados en el cielo..." Martí hizo semejante
valoración en su Revista Venezolana, que ya circulaba el 21 de
julio, y dijo en la selva de elogios:
Negó muchas veces su defensa a los poderosos... Otros van por la vida a
caballo, entrando por el estribo de plata la fuerte bota, cargada de
ancha espuela; y él iba a pie, como llevado de alas, defendiendo a
indígenas, amparando a pobres, arropado en su virtud ... Unos van
enseñándose, para que sepan de ellos; y él escondiéndose, para que no le
vean... Era en vano volverle y revolverle; no se veían manchas de
lodo... ¡Y cuando alzó el vuelo, tenía limpias las alas!.
La comparación era obvia. Ya hoy se sabe, porque lo cuenta con
documentos a la vista Jean Lamore en su obra José Martí et lAmérique
(1988), que la policía informó sobre las palabras del cura, a quien detuvieron para
luego desterrarlo durante seis años. No era posible, pues, que Martí, un joven
extranjero recién llegado a Venezuela, se librara de castigo: por una orden del propio
déspota, se le ordenó que abandonara el país, y salió de La Guaira, hacia Nueva York,
el 28 de julio.
Y aun había ayudado a la ira de Guzmán Blanco lo que expuso la Revista
Venezolana sobre el estilo de escribir. Martí dijo en la segunda
salida de su publicación, criticando el "lenguaje de gabinete", por lo
que pudo sentirse aludido el gobernante y los cortesanos que lo
adulaban:
De esmerado y de pulcro han motejado algunos el estilo de alguna de las
sencillas producciones que vieron la luz en nuestro número anterior...
Uno es el lenguaje del gabinete: otro del agitado parlamento... Está
además cada época en el lenguaje en que ella hablaba como en los hechos
que en ella acontecieron, y no debe poner mano en una época quien no la
conozca como cosa propia...
Las pretensiones del gobernante lo hacían creerse un erudito y un
prosista consumado: dos años después de expulsar a Martí de Venezuela, el vanidoso
militar pronunció un discurso en Caracas, en la Academia de la Lengua, de la que era
Director, en la que quiso probar que el castellano provenía del vascoence, y dijo que sus
palabras iban a tener "millares de lectores en el interior de la República, muchos,
sin duda, en el exterior, y muchos más a través del tiempo..." Desde París le
enjuició el discurso el marqués de Rojas en una "Critica del discurso académico
del general Guzmán Blanco", en el que le señalaba los errores gramaticales y la
falsedad de su razonamiento; decía: "Nadie osará en nuestra patria refutar el
discurso del general Guzmán Blanco. La prensa que allí existe lo colmará de elogios.
Lógico es que esto suceda, porque el general es dueño absoluto del país, y puede con
más razón que Luis XIV repetir el famoso dicho, y decir que en Venezuela todo es
él..."
Dejó Martí en Caracas muy valiosos amigos entre otros, los
poetas Eloy Escobar, Diego Jugo Ramírez, Leopoldo Torres Abandero y Heraclio Martín de
la Guardia; los filólogos Lisandro Alvarado y el médico Arístides Rojas; los maestros
Agustín Aveledo, José Gil Fortul, Gonzalo Picón Febres y Juvenal Anzola; y Fausto
Teodoro Aldrey, el periodista gallego, director de La Opinión Nacional, a quien le
dirige la última carta antes de embarcarse: "Amigo mío" le dice,
Mañana
dejo Venezuela y me vuelvo camino de Nueva York. Con tal premura he resuelto este viaje,
que ni el tiempo me alcanza a estrechar, antes de irme, las manos nobles que en esta
ciudad se me han tendido... Ni zarzas ni guijarros distraen al viajador en su camino: los
ideales enérgicos y las consagraciones fervientes no se merman en un ánimo sincero por
las contrariedades de la vida... Ni hay para labios dulces copa amarga, ni el áspid
muerde en pechos varoniles, ni de su cuna reniegan hijos fieles. Deme Venezuela en qué
servirla: ella tiene en mí un hijo..."
"La doblez y la
falsía"
El menoscabo del detractor, la difamación, el maltrato a que somete a
su víctima, no siempre son hijos de la envidia. Aunque todo envidioso es un detractor (a
veces sólo en potencia), no todo detractor es un envidioso. Puede denigrar (manchar de
negro [nigra] la fama, el nombre), pero no para reducir el mérito que a él le
falta, sino porque entiende que la persona en verdad, por su pequeñez o malicia, merece
desprecio. Es el caso de la detracción que sufrió Martí por parte de los generales
Máximo Gómez y Antonio Maceo. Andaban éstos preparando un nuevo levantamiento en la
isla, y llegaron a Nueva York a principios de octubre de 1884. Los esperaban con
entusiasmo los emigrados de aquella ciudad: Juan Arano, Leandro Rodríguez, Martí y
otros.
Con la mala experiencia de la Guerra de los Diez Años, por cuánto
pudo contribuir a su fracaso la subordinación de lo militar a lo civil, Gómez había
redactado en Honduras un "Programa" en el cual se estipulaba que el jefe del
ejército tendría los más amplios poderes, "sin que puedan tener cabida, mientras
no estén plenamente indicadas por la fuerza de las circunstancias, ningunas instituciones
civiles..." No debió impresionar de manera favorable a Martí esa disposición,
también por los desagradables erncuentros que había tenido con los gobernantes militares
en México (Porfirio Díaz), Guatemala y Venezuela. Durante las conversaciones, mientras
se preparaba su viaje a México para recabar fondos, Martí confirmó el peligro de
convertir la guerra, como dijo por la autoridad concedida a Gómez, en "una empresa
privada". Le escribió explicándole el por qué se separaba de aquella empresa:
"Un pueblo no se funda, general, como se manda un campamento".
Meses más tarde, en carta de Gómez a Juan Arnao, el general comentó
de esta manera la acción de Martí: "Respecto a la negativa de Martí, no me
extraña. Martí desde el primer día que me conoció en New York se hubiese separado,
pero no encontraba un medio hábil, hasta que la casualidad se lo dio. Y digo se hubiera
separado, porque él no es hombre que puede girar en ninguna esfera sin la pretensión de
dominar, y al tomarme el pulso se dijo para su adentros: Con este viejo soldado es
imposible hacer eso, y lo que es peor me puedo ver al fin hasta en el compromiso de
seguirlo hasta los campos de Cuba... Este hombre hace poco caso de los oradores y los
poetas, y lo que solicita es pólvora y balas y hombres que vayan con él a los campos de
mi patria a matar tiranos. He aquí, amigo mío, ni más ni menos, que las
reflexiones de ese joven a quien es preciso dejar tranquilo, que ya iremos a luchar por
hacerle patria para él y sus hijos. No nos ocuparemos más de esas pequeñeces, esos
átomos que nada influyen en los destinos de los pueblos..." Además de ambicioso,
Gómez lo acusaba de cobarde.
La opinión de Gómez sobre Martí era común en aquellos días. Se
confirma con lo que anotó Eduardo Rosell en su Diario, en Nueva York, el 11 de
marzo de 1896, mientras se preparaba para ir a la guerra de Cuba, donde lograría el rango
de teniente coronel. Estaba con Leandro Rodríguez, muy cercano a Martí en el Nueva York
de 1880, y figura importante en la Guerra Chiquita, y allí escribió:"Estuvimos
hablando mucho de Martí; según Leandro, Calixto lo calificó de una especie de Manuel
Sanguily, por otro estilo, pues no le daba por criticar, sino por alabar. Era
indudablemente un político, pero demasiado ambicioso. En el 85 [sic] porque vio
que el Dr. [Eusebio] Hernández era preferido, no quiso contribuir con sus trabajos,
apartándose por completo de ellos, a pesar de que era el Presidente del Comité
Revolucionario de Nueva York. Tenía un don especial para halagar a todo el mundo, y por
eso hay quien se entusiasmara tanto por él... Convinimos los dos que Martí había tenido
el gran talento de morir a tiempo, y que nunca tomó mejor decisión que la de ir a
Cuba..."
No fue tampoco Maceo en aquella época ajeno a los severos juicos de
Gómez sobre Martí. Desde New Orleans le pidió también a Juan Arnao que tratara de
vencer su resistencia, pero Martí no se dejó seducir por las promesas de Maceo, quien
con cierto despecho le escribió después a Arnao:
¿Qué importa la doblez y la
falsía de unos pocos, si se cuenta con la abnegación y probado patriotismo de los
más... Sin ellos y contra ellos nuestra obra se realiza, sin que basten a impedirla sus
maquiavélicos planes que se basan en la infamia y la calumnia. Concretando especial y
determinadamente estos comentarios a un solo individuo, que lo designaremos Dr. Martí...
Conocidas son las retrógradas tendencias del amigo que nos ocupa, debe Ud.
procurar el concurso de los que, amantes de su Patria, aspiren al bien
de ella para que unidos así combatan en todos los terrenos tan fatal
elemento...
Martí con "maquiavélicos planes que se basan en la
infamia y la calumnia", actuando con "doblez y falsía", un "fatal
elemento"... No lo supieron entonces entender, ni Gómez ni Maceo, y lo
infamaron.
Hizo su obra el descrédito por aquel episodio. Poco después se
celebró un acto patriótico presidido por Gómez y Maceo. Martí estaba presente. Habló
Antonio Zambrana, y según Alberto Plochet, testigo del acontecimiento, criticó en su
discurso a los que no apoyaban a los generales; dijo "que los cubanos que no
secundaban ese movimiento debían usar sayas". Martí fue empujando al público que
llenaba el Tammany Hall para llegar hasta el orador. "Lo que salió de aquel rincón
del salón", cuenta Plochet, "no fue un hombre, fue un bólido... Cuando subió
al escenario le dijo a Máximo Gómez, interrumpiendo al orador, que había sido aludido y
que quería hablar... Y habló Martí, [y le dijo] a Antonio Zambrana, vuelto hacia él
mirándolo cara a cara, que era tan hombre que apenas si cabía en los calzones que usaba;
y eso lo pruebo yo aquí y donde quiera". Por suerte no trascendió el
encuentro. Terminado el acto pasaron una bandeja para recabar fondos. Maceo y los demás
oficiales allí presentes se despojaron de cuanta prenda y dinero llevaban encima. Cuando
le llegó el turno a Gómez, éste dijo: "Yo no tengo encima más que cobre y hueso,
pero no quiero salir abotonado de aquí," y se deshizo de los botones que le cerraban
la ropa. Al verlo Martí, miró a los generales con ternura, se arrancó los botones y
dijo: "Yo tampoco puedo salir de aquí abotonado cuando Gómez y Maceo salen
desabotonados".
El adulterio
A los pocos días de llegar Martí a Nueva York, en enero de 1880, se
hospedó en la casa de huéspedes que tenía en el número 51, Este, de la calle 29, el
matrimonio cubano Manuel Mantilla y Carmita Miyares, que allí vivían con sus tres hijos.
Martí esperaba a su mujer que vendría de La Habana con el hijo. Menos de siete meses
permanecieron en Nueva York Carmen Zayas Bazán y Pepito Martí. Con el fracaso de la
Guerra Chiquita y la falta de recursos, decidieron volver a Cuba. Martí se fue a
Venezuela para allí establecerse con la esposa y el niño cuando tuviera una posición
estable. Ya se vio la envidia a que dieron origen en Caracas, en "el ilustre
americano", su arte y su conducta. Regresó entonces a Nueva York, y allá fueron la
esposa y el niño, a fines de 1882, y vivieron en Brooklyn, en el 324 de Classon Avenue,
hasta fines de marzo de 1885. Unas semanas antes, el 2 de febrero, había muerto Manuel
Mantilla. Tiempo después se tuvo la sospecha de que Martí mantenía relaciones amorosas
con la viuda.
Es posible suponer que las calumnias y murmuraciones que surgieron por
aquella amistad tuvieran su origen en los celos de la venezolana Victoria Smith, prima de
Carmita. Cuando Martí residió en Caracas vivió en una casa por recomendación de la
hermana de Victoria, Mercedes, casada con Hamilton, cónsul de Venezuela en Nueva York, y
de familia influyente toda vez que descendía del coronel William Hamilton, inglés que
luchó por la independencia de Suramérica y que fue luego director del Banco Nacional en
tiempos de José Antonio Páez.
El contacto de Martí con las hermanas Smith se mantuvo por los
frecuentes viajes que éstas hacían a Nueva York. El 15 de octubre de 1884, aún Martí
con su esposa en Brooklyn, y antes de enviudar Carmita Miyares, Martí las fue a despedir
al barco que las llevaría a Venezuela; a bordo, "Para el álbum de la señorita
Victoria Smith", le escribió una "improvisación". La cortés galantería
del poeta pudo conmover algún secreto deseo en Victoria. Como era la costumbre, tuvo que
ser ella quien le había pedido el regalo, y tanto debió halagarla, que luego hizo
publicar el poema (de él se tuvo noticia por un recorte de periódico, sin otra
información, que apareció entre unos papeles de Martí que conservaba Juan Gualberto
Gómez, y que publicó en 1945 el Archivo Nacional de Cuba). El poema es un elogio a
Caracas, pero en un momento le dice a la mujer: "Victoria, qué bien merece/su
nombre, Victoria amada,/que donde mira ilumina/y ennoblece cuando pasa;/Victoria, cuente
mis penas/a mi ciudad, y estas ansias/de poner mis amarguras/a la sombra de sus
palmas..."
Meses más tarde, en abril de 1885, ya viuda Carmita Mantilla, Mercedes
Smith, en un viaje a Caracas, le llevó una carta de Martí a Heraclio Martín de la
Guardia agradeciéndole que le hubiera dedicado unos versos sobre el centenario de
Bolívar. Debió entonces darle Mercedes a Victoria la noticia de que la Zayas Bazán
había regresado a La Habana y que Carmita había enviudado. Por aquellos días Martí le
escribió a su amigo Mercado: "Ahora vivo solo porque Carmen y el niño están por
unos meses en Cuba, en una casa pacifica donde tal vez halle reposo para contarle a la
larga las cosas que me han ido sucediendo..."
La "casa pacífica" debía ser la de Carmita, y el que allí
viviera Martí fue lo que escandalizó a Victoria. Le escribió entonces a la prima
aconsejándole que se alejara de él. No se conserva esa carta ni la respuesta de Carmita,
pero por el borrador de la que Martí le envió a Victoria, ofendido por las sospechas de
que entre él y la viuda había un vínculo amoroso, podemos descubrir, tras la sospechosa
pudibundez de Victoria, la mujer movida por los celos. Martí le decía:
Carmita me
ha dado conocimiento de la carta que le escribe a Ud., y en la que se refiere a mí. Es
difícil, Victoria, que una persona de su tacto y bondad, haya sabido prescindir por
completo de uno y de otra... Leída por un extraño, como yo, la carta de Ud. a Carmita no
parece hecha por mano amorosa, sino muy cargada de encono... Ni Carmita ni yo hemos dado
un solo paso que no hubiera dado ella por su parte naturalmente, a no haber vivido yo...,
un amigo íntimo de la casa, que no es hoy más de lo que fue cuando vivía el esposo de
Carmita... Ud. no tiene derecho de suponer que lo que mi cariño me
obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos
huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor...
Pasaron más de seis años antes de que Carmen Zayas Bazán volviera
junto a su esposo en Nueva York. Es posible que en ese tiempo lo que fue en 1885 una
calumnia de Victoria Smith se hiciera realidad: el cariño que lo unía a la familia de
Mantilla, en particular a María, la hija menor del matrimonio, pudieron hacer su obra,
además de la soledad, pero hasta aquella fecha, si no hacemos de Martí un mentiroso y un
hipócrita, jamás tuvo nada íntimo que ver con la esposa de aquel "hombre" que
lo "estimó": Manuel Mantilla: su relación con ella no había sido "la
paga indecorosa de un favor de amor"..
El "capitán Araña"
Hacía poco que Ramón Roa había publicado en La Habana su libro A
pie y descalzo, de Trinidad a Cuba 1870-1871 (Recuerdos de campaña), cuando Martí
empezó la última etapa de su obra para iniciar la guerra. El 26 de noviembre de 1891
pronunció un discurso en el Liceo Cubano, de Tampa, donde criticaba el libro de Roa que
ponía en evidencia las penurias de la manigua; se preguntaba:
¿Nos
ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por
gente impura que está a la paga del gobierno español, el miedo a andar
descalzo, que es un modo de andar ya muy común en Cuba, porque entre los
ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en Cuba zapatos sino los
cómplices y los ladrones? Pues como yo sé que el mismo que escribe un
libro para atizar el miedo a la guerra, dijo en versos muy buenos por
cierto, que la jutía basta a todas las necesidades del campo en Cuba, y
sé que Cuba está otra vez llena de jutías, me vuelvo a los que nos
quieren asustar con el sacrificio mismo que apetecemos, y les digo:
¡Mienten!...
La mención de Martí de la jutía era por el poema que le escribió
Roa durante la Guerra Grande al animal, el que, en la escasez de la campaña, les fue de
utilidad a los mambises. En "Jutía", que así llamó su composición, había
dicho: "... Déjame entonar desde mis lares/un canto de loor a la jutía.../¡Oh
jutía que brindas al patriota/alimento y calzado, arma y canana!... Cuando triunfe Cuba/y
el ansiado laurel orle su frente,/y su pendón a las almenas suba,/la amada patria
mía/pondrá sobre su escudo: ¡Independiente/por la gracia de Dios y la
Jutía!". Dos años más tarde, cuando Martí publicó en los talleres de Patria
la colección de Los Poetas de la Guerra, con un prólogo suyo, no incluyó la
"Jutía" de Roa: en vez de aquellas silvas que no debían traerle gratos
recuerdos, Martí prefirió del poeta soldado sus alejandrinos de "A la carga",
y la más famosa composición de aquella guerra: sus seis décimas de "¡Vida
mía!" ("Cuando el patriota soldado,/así que la noche llega,/al grato sueño se
entrega/por la fatiga agobiado;/yo, de desvelo asediado,/en la noche oscura y fría,/tan
silenciosa y sombría,/alzo al cielo mi querella,/y a la luz de cada estrella/yo pienso en
ti, vida mía...").
El disgusto de Martí por A pie y descalzo estaba justificado.
No sólo Roa pintaba un cuadro desolador de la guerra sino que habían leído el
manuscrito del libro, y recomendado su publicación, figuras importantes del separatismo:
militares como Manuel Sanguily, Enrique Collazo y Félix Figueredo; e intelectuales y
escritores, como Enrique José Varona, José Ignacio Rodríguez y Manuel de la Cruz :
"¡Cuánto destrozo!" decía Roa, "¡Cuántas debilidades! ¡Cuánta
carencia de recursos! ¡Cuánta inercia en los que nos debían su apoyo dentro y fuera del
país, de quienes poco o nada recibíamos!¡Cuánta traición y cuánto mal suceso venían
a dibujar sombras en el cuadro!"
Ante la crítica de Martí, en su discurso, Enrique Collazo, a nombre
de Roa, le contestó poniendo en duda su autoridad y su moral para juzgar el libro, y lo
acusaba de cobarde y de vividor. Con fecha 6 de enero de 1892 le decía en una carta
pública que también firmaron otros militares:
... No nos extraña que usted haya
comprendido mal la índole de A pie y descalzo: el libro ha debido parecer a usted
terrorífico. El que con ofensas más que suficientes, el grillete, con edad sobrada no
cumplió con los deberes de cubano cuando Cuba clamaba por el esfuerzo de todos sus hijos;
el que prefirió continuar primero sus estudios en Madrid, casarse luego en México..., el
que prefirió servir a la madre Patria, o alejar su persona del peligro en vez de empuñar
un rifle para vengar ofensas personales aquí recibidas, ése, usted, señor Martí, no es
posible que comprenda el espíritu de A pie y descalzo. Aún le
dura el miedo de antaño... ¿Qué le hemos de hacer si usted, por más que
diga, no puede borrar su pasado? Pero si usted quiere ser cubano
póstumo, o guapo, después que ha pasado el peligro, séalo en buena hora,
pero déjenos en paz. Quien tanto miedo tuvo a sacrificar su vida cuando
Cuba lo exigía, respete y no importune a los que por Cuba expusimos la
cabeza una y mil veces. Haga usted discursos, hable cuanto quiera, viva
como mejor le acomode... pero sepa que no rebajamos nuestra condición
adulando a un pueblo incrédulo para arrancarle sus ahorros... Si de
nuevo llegase la hora del sacrificio, tal vez no podríamos estrechar la
mano de usted en la manigua de Cuba; seguramente porque entonces
continuará usted dando lecciones de patriotismo en la emigración a la
sombra de la bandera americana...
Por su parte, el propio Ramón Roa le escribió en esos días a un
amigo en Cayo Hueso, acusando a Martí y a Enrique Trujillo, aun con mayor ironía, de lo
mismo que Collazo; los llama "soberbios monopolizadores de las virtudes cívicas
cubanas... [las cuales son] para ellos inmenso capital político... nada menos que
después de transcurrida la hora del peligro... De ello se desprende que también era
elocuente y poderoso, el activo, el bravo, el heroico Capitán Araña, de
quien, refundido el tipo, han surgido apóstoles y misioneros, ilustres y eximios
varones, y sobre todo héroes..." Roa, al insultar a Martí, lo hacía, usando la
leyenda española del patrón de un barco, en el siglo XVIII, quien reclutaba hombres para
combatir las rebeldías de América, pero que siempre se quedaba en tierra; se llamaba
Arana, pero el vulgo transformó en Araña el apellido, y de ahí nació el dicho que
reza: "Se parece al Capitán Araña, que embarca a la gente y se queda en
España"; es decir, todo el que empuja a otros a correr riesgos quedándose a buen
recaudo.
No es difícil imaginar cuánto debió influir este insulto en que
Martí se empeñara en ir con Gómez a la guerra de Cuba, y que se lanzara a caballo en la
carga de Dos Ríos donde encontró la muerte.
El "hombre
funesto"
La conducta de Martí ahogó con el tiempo los reservas de los viejos
separatistas, y el propio Enrique Collazo llegó a ser uno de sus más activos
colaboradores. Años después, dijo en su libro Cuba Independiente (1900):
"Era Martí un hombre notable y de condiciones excepcionales... Su apoteosis la
harán los cubanos más tarde, conservando su efigie y su memoria entre sus grandes
hombres. Cuando todos desmayaban, Martí levantó de nuevo el pabellón; de un grupo de
cubanos dispersos en la emigración creó un pueblo entusiasta, y dio vida a la nueva
revolución..."
Otros partidarios de la independencia, también en el extranjero,
fueron activos detractores de Martí. Un buen ejemplo es el de Enrique Trujillo, quien
había sido amigo de Martí. Le envidiaba (¡otra vez la envidia!) la elocuencia y el
arraigo entre los emigrados. Ya habían tenido un disgusto los amigos porque Trujillo, a
espaldas de Martí, ayudó en la fuga de Carmen Zayas Bazán cuando ésta quiso regresar a
La Habana en 1891; pero lo que desencadenó su ira fue la amenaza para su periódico El
Porvenir por la publicación de Patria, del Partido Revolucionario Cubano. Hizo
una despiadada campaña contra Martí y su organización política, tal como se ve en sus Apuntes
históricos; propaganda y movimientos revolucionarios cubanos en los Estados Unidos (1896).
En mayo de 1892 escribió en El Porvenir: "Un Partido Revolucionario Cubano
abierto, como el que se ha creado, carece de razón de ser, y llama la atención, y nos
enajena simpatías y acercamientos. La organización creada, en lo que la parte de Nueva
York respecta, ha sido violenta y compulsoria. Y, por último, en su forma se ha creado
una dictadura civil..."
Ni se habría de librar Martí de las calumnias de los otros grupos que
se disputaban el futuro de Cuba: los autonomistas, los anexionistas y los integristas: los
que querían seguir bajo la tutela de España; los que querían unirse a los Estados
Unidos; y los que querían ser españoles. Basten estos ejemplos. Contó uno que conoció
a Martí en 1871, en el Ateneo de Madrid, que, muchos años después, cuando le preguntaba
por él a los diputados autonomistas que llegaban de La Habana a Rafael Montoro,
Miguel Figueroa, Rafael Fernández de Castro y Eduardo Dolz le respondían:
"¡Bah! Marchó de Cuba. No tenía fuerza. No le hicieron caso. Y allí en New York
publica una inofensiva hoja separatista. Pero eso es una extravagancia... Martí es un
hombre muerto..." En su artículo "Suerte singular de una carta circular",
en la revista Santiago (1980), Paul Estrade, al referirse a cómo trataba a Martí
la prensa española en Cuba, dice: "La imagen más acentuada y más constante que,
como pauta, quedó reflejada más que otras en la prensa colonial, fue la difundida por el
Diario de la Marina. Su corresponsal en Nueva York, K. Lendas (el español
Arturo Cuyás), tachaba a Martí de iluso, tenebroso,
loco, dislocado, destornillado, etc."
El resentimiento de algunos autonomistas no terminó con la derrota de
España, y aún se manifestaba a las puertas de la República: en una reunión de la
Asamblea Constituyente, en 1901, se quiso realizar una colecta para ayudar a la madre de
Martí, y el viejo autonomista Eliseo Giberga dijo: "Si la suscripción que se lleva
a cabo para esa señora, se hace como madre de José Martí, yo no podré figurar en ella,
pues para mí Martí fue un hombre funesto, y su nombre será execrado por la
Historia..."
No menos lo zahirieron los anexionistas. El más notable fue José
Ignacio Rodríguez, influyente abogado que residía en Washington, antiguo alumno de Luz y
Caballero y profesor de Filosofía en la Universidad de La Habana. En su libro Estudio
Histórico... sobre la Anexión de la isla de Cuba a los Estados Unidos de América
(1900), calificó a Martí, como lo hizo en vida de éste, de "eminentemente
socialista y anárquico", de que "predicaba el odio a España, el odio a los
autonomistas..., el odio al hombre rico, cultivado y conservador... y el odio a los
Estados Unidos de América..." Y sobre el Partido Revolucionario Cubano, siguiendo
las huellas de Trujillo, decía que "el elemento personalísimo, dictatorial e
intolerante, que se reveló en él desde el principio, le enajenó simpatías aun entre
muchos de los más antiguos revolucionarios cubanos..."
El periodista puertorriqueño Roberto Todd, quien conoció a Martí en
Nueva York en 1889, y que lo admiraba, hizo un acabado resumen de los ataques que sufrió
Martí en la emigración. En sus Estampas coloniales (1946) se lee, en el capítulo
que tituló "Recuerdos alrededor de Martí":
Los que creen que el patriota
tuvo vía franca y camino sembrado de flores sin espinas entre sus compatriotas en los
Estados Unidos, desde 1880 en que llegó a Nueva York, hasta 1895 en que marchó a Cuba a
ofrendar su vida por la independencia, están equivocados. Era natural que él esperara
recibir saetazos y hasta heridas mortales de manos de los españoles; eso le enardecía y
lo alentaba a seguir en la lucha, pues demostraban esas caricias de los enemigos de Cuba,
como una declaración palmaria, que él daba en el blanco en su propaganda revolucionaria.
Pero los alfilerazos, los mordiscos, las torturas, venían de otro sector; venían de un
grupo de cubanos que constantemente le amargaban la vida, él que la necesitaba toda para
la gran causa emprendida. Incapaces, por su falta de preparación, por sus escasas dotes
naturales, de llegar a la altura que fácilmente escalaba Martí como orador, como
escritor y como literato, trataban de desacreditarlo en todos los terrenos, llegando en
esos ataques hasta su vida privada. Es un hecho histórico que Martí vivió por mucho
tiempo separado de su esposa, la madre del único varón que tuvo, y la vida que llevaba
el patriota en Nueva York, era bien conocida de todos; vida solitaria, entregado por
completo a sus actividades múltiples, como jefe de una organización revolucionaria,
recogido familiarmente al calor de un hogar respetable compuesto de un matrimonio con una
pequeña hija, niña ésta a quien Martí adoraba como si fuera propia [se refiere al
matrimonio Mantilla, a la casa de la viuda y a María, la hija menor de Mantilla y Carmita]. Pues hasta ese hogar llegaron los enconos injustos de sus envidiosos paisanos,
hincando en el honor de la dama de la casa, a quien suponían en intimidad amorosa con el
patriota..."
Fue esa realidad la que le hizo exclamar en 1903 a Fermín Valdés
Domínguez, el más cariñoso amigo de Martí, en su "Ofrenda de hermano":
"¡Cuántos que ahora gozan de los beneficios de la República con todos y para
[el bien de] todos se burlaban entonces, en Cuba y en New York, envidiosos de la
grandeza de su genio, del soñador, del poeta y de su república! ¡Perdón, perdón para
todos!"
El "lobo
separatista"
Iniciada en Cuba la guerra se prodigaron los ataques de los españoles
contra Martí. El 8 de marzo y el 8 de mayo el conocido semanario que se publicaba
en Madrid, la Ilustración Española y Americana, decía:
Martí es la cabeza del
partido separatista cubano... Enemigo de España desde niño, ha estudiado
mucho en libros franceses e ingleses, que nos son tan desfavorables como
se sabe, y cuyas perniciosas y mentidas doctrinas han perturbado a
tantos espíritus. Vive en los Estados Unidos [Martí en esas fechas
estaba en Santo Domingo y luego en Cuba] y al amparo de la bandera de
esta nación ha conspirado y conspira contra la suya propia y contra los
intereses de su raza... Martí es sin duda hombre de entendimiento nada
común, pero no menos vanidoso que inteligente y más poseído de su papel
de Apóstol y casi de mártir de una idea... Martí tiene grandes
condiciones de conspirador, atenuadas por honda vanidad... A pesar de la
injurias que nos prodiga en sus ardientes arengas, no existe en su
corazón el odio a España... Para cabeza del separatismo no reúne Martí
todas las condiciones necesarias; le falta solidez de criterio, es
demasiado soñador, demasiado poeta y su espíritu se aleja fácilmente de
las amargas realidades. En los campos de Cuba podrá ser un insurrecto
más: no será nunca un guerrillero temible.
En Zaragoza, el primero de mayo de 1895 el historiador Gregorio García
Aristi escribió en el Diario de Avisos de aquella ciudad:
José Julián
Martí y Pérez, que estos son los nombres y apellidos del organizador del actual
movimiento separatista, es natural de La Habana. Vino a España a principios del año 71 y matriculóse en la Universidad de Madrid como alumno de la Facultad de Derecho. Pero otras
cosas debieron preocuparle más que los estudios porque de las asignaturas en que se
había matriculado, en unas quedó suspenso y de otras no se examinó [sólo lo
suspendieron en Economía Política; no se presentó en los exámenes de Derecho Civil,
Derecho Mercantil y Derecho Romano (II), pero aprobó Derecho Político y
Derecho Romano (I)]. Posible es que, a imitación de muchos malos
estudiantes, echase la culpa de todo a inquinas de los profesores,
suposición que estaría destituida de fundamento si aquellos honorables
señores vislumbraron, bajo la piel del cordero del discípulo, el lobo
separatista...
Por un artículo publicado en el Listín Diario, de Santo
Domingo, con fecha 23 julio de 1895, se tiene noticia de un trabajo de aquellos días
escrito por otro español detractor de Martí; lo reprodujo Emilio Rodríguez Demorizi en
su Martí en Santo Domingo (1953). Impugnaba al atrevido español el periodista
dominicano Rafael Abreu y Licairac; aquél había dicho:
El revolucionario Martí
juntaba en su persona funesta las artes para la conjura y el espíritu de sugestión
necesario al movimiento de gente en plena ignorancia y absoluta inconsciencia... Con su
política de perseverancia y de insinuación, con su gota de hiel siempre dispuesta para
verterla en todos los vasos, con el odio siempre vivo y la desesperada angustia de un
destino que fracasa y de una juventud próxima a desaparecer sin dejar ni nombre ni
huella, iba Martí de uno a otro lado, animaba a los tímidos, fortaleciendo a los
vacilantes... Hombre para todo, enemigo completo, frío corrosivo, con terribles
atenuaciones de conciencia... ¡Caso singular! Este hombre, como el nihilista de la novela
rusa, aprovéchase para su odio de cuanto es amor y luz en los que supone sus enemigos
[debe referirse a la novela Demonios (1870), de Dostoivesky, y a su personaje Piotr
Verjovenskii]. José Martí, como el nihilista novelesco, cobróse en ideas la cultura de
esta España que aborreciera... Su pensamiento no era español; el laborante,
el insurrecto soñaba bajo nuestro cielo generoso con enrojecer de sangre
española la manigua... Como en la novela rusa todo es humo al final de
aquel odio insaciable. Todo es humo, humo que se disipa, y que al
disiparse deja ver enhiesta y gallarda la bandera española...
Borrachín y mujeriego
El 25 de marzo de 1895, aún Martí en Santo Domingo, el semanario
integrista La Política Cómica, de La Habana, publicó una caricatura en la que
aparecen Martí y Quesada junto a una mesa con botellas de bebida y copas, y con una mujer
cada uno en las piernas. Se consagraba así, en una ilustración, la leyenda negra, que
llega hasta nuestros días: Martí borrachín y mujeriego.
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Caricatura de Martí
y de su discípulo Gonzalo de Quesada y Aróstegui. Publicada
originalmente en La Política Cómica,
de La Habana, el 25 de marzo de 1895, la restauró para este trabajo
el pintor Carmelo José González, quien la había exhibido en 1977.
Era ésta la forma en que los enemigos de Cuba los presentaban, en la
buena vida de Nueva York, mujeriegos y borrachines, mientras los
patriotas iban a la guerra.
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La falsedad de ambas acusaciones se prueba estudiando su vida. Martí
en su juventud vivió enamorado del amor. Antes de casarse tuvo varias aventuras. Le
pasaba lo que contó San Agustín en sus Confesiones, al llegar a Cartago; dijo el
santo: "En torno mío se prodigaban los amores impuros. Yo todavía no amaba, pero
amaba el amar, y en mi secreta soledad me odiaba por verme tan solo. Buscaba qué amar
amando el amor (Quaerebam quid amarem, amans amare)". Lo que le pasó al
llegar a Cartago a quien llegaría a ser el más ilustrado Padre de la Iglesia, le pasó a
Martí al llegar a Madrid, deportado de Cuba a principios de 1871. Ya casado, excepto sus
posibles relaciones con la viuda de Manuel Mantilla después de 1885, y cuando la esposa
regresó con el hijo a Cuba, no se tienen pruebas de ninguna otra mujer en su vida.
Respecto a su gusto por el alcohol, puede afirmarse que, como toda
persona culta de entonces, conocía de vinos. En El Martí que yo conocí (1945)
escribió su amiga Blanca Z. de Baralt: "Como verdadero artista, Martí tenía una
gran agudeza de los sentidos, y el paladar estaba en él desarrollado en extremo. Era gourmet
a lo Brillat Savarín... Martí no fumaba, bebía poquísimo y casi nunca alcohol..."
Tomaba el vino reconstituyente Mariani, muy de moda en sus días, pero mencionó en sus
escritos otros vinos que es posible hubiera probado: de Aragón, de Borgoña, de Burdeos,
de Falerno, de Jerez, de Madera, de Marsala, de Navarra, de Oporto y de Valladolid. En un
artículo sobre la "Plantación de la Vid" en Hispanoamérica, dijo: "Los
alcoholes abominables agobian y embrutecen. El vino sano y discreto repara las fuerzas
perdidas". Y en otra oportunidad, hablando de los hermanos Goncourt y de los peligros
de París, hizo esta observación: "El vino de Navarra, pesa; el de Burdeos, chispea;
y el de París aturde, como pócima..."
Por el diplomático y escritor argentino Carlos A. Aldao, también
amigo y compañero de trabajo de Martí, sabemos de sus visitas al bar de la Hoffman
House, en Nueva York; cuenta en A trevés del mundo (1914): "El joven [Martí]
que concurría al bar de Hoffman House cuando era moda neoyorkina ir todas las tardes para
depositar flores al pie de los cuadros de Bouguereau, se convirtió en maestro de escuela
que daba dos clases por semana a negros cubanos que habitaban en Brooklyn..." Según
se deduce por la correspondencia entre Martí y Aldao, allí se reunieron también para
tratar de la traducción de los documentos sobre el territorio de Misiones en el pleito
entre Argentina y Brasil, y alguna vez citaban a Gonzalo de Quesada quien, con otros
traductores, intervino en ese trabajo. El bar de la Hoffman House era el más famoso y
alegre de la ciudad. Estaba frente al viejo Madison Square y allí se reunían hombres de
negocios, políticos y figuras del mundo artístico. El cuadro que menciona Aldao era uno
del pintor francés Guillaume Bouguereau en el que aparecía una mujer desnuda rodeada de
sátiros; el cuadro produjo gran escándalo en los elementos conservadores de la ciudad
cuando lo colgaron sobre el bar.
En el semanario La Política Cómica, de La Habana,
apareció en 1895 esa caricatura de Martí y Quesada que aquí se comenta. La reprodujo el
pintor Carmelo José González en su artículo "Martí en la caricatura",
publicado en el Anuario Martiano (1977). En una amable carta González, hoy
residente en Miami, nos cuenta sobre el curioso documento:
En los días en que estábamos preparando en la Fragua Martiana la
exposición Martí en la caricatura, [Gonzalo de] Quesada [y Miranda] me
mostró la caricatura y su deseo de que fuera también expuesta. La caricatura [de Martí
y su padre] era un recorte de la publicación original, y estaba montada en un sencillo
cuadro de cristal con marco de madera. Así se hizo y estuvo junto a las otras [33 que se
exhibieron]".
Todas, sigue diciendo
González, fueron copiadas por él, quien las calcaba usando, según lo requería el original, un pincel o una
plumilla.
La excepción fue precisamente ésta de
Martí y Quesada [y Aróstegui], pues en este caso se exhibió la edición original.
Estaba bastante dañado el papel y Quesada le había pegado desde hacía años varias
cintas adhesivas, esas son las manchas oscuras y la columna que aparece en la
reproducción del Anuario Martiano. Que yo sepa, Quesada nunca había mostrado la
caricatura, y yo personalmente no tenía noticia de ella. Me imagino que Quesada calculó
que aquélla era la mejor ocasión para mostrarla, y así lo hizo... La caricatura está
dividida en dos secciones; en la parte superior [que casi no se distinguía en la
reproducción del Anuario] aparece un grupo de mambises sentados en el suelo,
apiñados, desarrapados, sucios, con aspecto deplorable, y al pie se lee este texto:
Los que van a la guerra. En la parte inferior es que aparecen Martí y
Quesada, y debajo: Los que mandan a los otros a la guerra. A la muerte de
Quesada [y Miranda] yo le pedí a su hijo Gonzalito (Gonzalo de Quesada y Michelsen)
la caricatura, y como él conocía de mi gran amistad con su padre, me manifestó que le
era de mucho agrado entregármela, pero después me dijo que registró todos los rincones
de la Fragua y la caricatura nunca apareció... Como se aprecia, la caricatura es
anónima, pero es muy fácil suponer (casi asegurar) que su autor fue Ricardo de la
Torriente... Podemos decir que en este momento lo único que nos queda de ella es esta
copia que he retocado...
Martí y su
"cubanidad negativa"
"En 1899 sólo 16 cubanos representativos comprendían y admiraban
a Martí". Con ese título publicó Emilio Roig de Leuchsenring, en la revista Carteles,
el 23 de enero de 1939, un artículo basado en la encuesta que había hecho el periódico El
Fígaro. Se le preguntó a un grupo de "cubanos representativos":
"¿Qué estatua debe ser colocada en nuestro Parque Central?" Respondieron 106.
Solo 16 estaban a favor de Martí: el primero fue Fermín Valdés Domínguez, el fiel
amigo de Martí, y su compañero de estudios; luego, los generales Emilio Núñez, Daniel
Gispert y Enrique Loynaz del Castillo; el médico, capitán y poeta Estaban Borrero
Echeverría; el también capitán del Ejército Libertador y dramaturgo, Félix R.
Zahonet; el poeta y sociólogo Diego Vicente Tejera; Juan Gualberto Gómez, el ilustre
periodista, cercano colaborador de Martí; Miguel F. Viondi, su compañero en el bufete de
La Habana; Leopoldo Berriel, constituyente en 1900 y luego rector de la Universidad de La
Habana; las poetas Mercedes Berriel, Nieves Xenes, Aurelia Castillo y Martina Pierra; el
constituyente de Jimaguayú y luego representante a la Cámara en 1902, Pedro Pierra; y el
profesor de historia Rodolfo Rodríguez de Armas. 13 votos tuvo Céspedes, 7 Luz y
Caballero, 5 Cristóbal Colón, y la mayor parte de los otros favorecían figuras
simbólicas, como la Libertad, Cuba Libre, la República... La estatua de Martí en el
Parque Central, en el lugar que había ocupado Isabel II, la concupiscente reina de
España, se develó el 24 de febrero de 1905 en presencia de Tomás Estrada Palma y del
generalísimo Máximo Gómez.
Ante los errores y frustraciones de la República se empezó a pensar
que Martí era el responsable de las desgracias del país. En realidad Martí era, como
dijo el literato peruano Ventura García Calderón, "un ilustre desconocido". Se
le culpaba por haber impuesto la independencia sin que estuviera Cuba lista para ella; y
de que por haber estado tanto tiempo en el extranjero, desconocía la realidad de su
patria. En un "cuento chino" con el título "Mentiras de un colibrí",
publicado en La Unión Constitucional, de La Habana, en 1894, y que cita
Paul Estrade en su artículo antes citado, se lee: "Pues señor, érase que era un
colibrí paluchero y engañador que, aprovechando la larga ausencia del suelo natal de don
José Martí, se fue a Nueva York y le contó la mar de mentiras. D. José, que es un
inocente de los de marca mayor, se las creyó todas..."
En Pasado vigente (1930) recoge Mañach la queja de una cubana
que le escribió sobre el asunto: "¿No hubiera sido muy conveniente para Cuba",
le preguntaba, "que Martí hubiese desencarnado dos años antes de la fecha en que lo
hizo? De esa duda surgen otras: Cuba, ¿ha retrocedido en cultura y en civilización por
el inoportuno y temerario impulso con que Martí llamó a la acción a su plebe más
inculta?" Y Mañach comenta: "Más de una serena cabeza cubana se ha preguntado
en secreto si no llegamos a ser libres antes de ser verdaderamente pueblo; si Martí no
estaría equivocado cuando, frente a la apariencia desganada y arisca, y contra el consejo
escéptico de muchos, creyó leer en el subsuelo una auténtica voluntad
cubana de libertad..."
La culpa del infortunio nacional no la tenía Martí, todo lo
contrario, la tenía el país que no puso en práctica su previsión ni sus doctrinas. En
manos extranjeras buena parte de la riqueza de Cuba, y en manos de los que habían
combatido la independencia buena parte de la cultura y de los privilegios, no sólo no se
practicaba su programa de gobierno sino que no se lo conocía. Al recoger el trabajo de
Arturo R. Carricarte La cubanidad negativa del apóstol Martí (1934), publicado
originalmente en 1931 en un periódico de Santiago de Cuba, advirtió en una nota,
"Al lector", Manuel I. Mesa Rodríguez, que era necesario aquel estudio a fin de
"agitar la conciencia" de los cubanos, "plasmada en todas las formas, menos
en la que Martí aspiraba que tuviera". No se puede dudar de la devoción martiana de
Carricarte, quien está en el polo opuesto de sus detractores, pero alguna de sus ideas
originó una corriente de pensamiento que mucho daño hizo al aprecio y a la cabal
comprensión de Martí. Quiso Carricarte señalarle "razonadamente, y no a impulsos
de ciego fetichismo, el lugar único que le corresponde en nuestra historia intelectual...
el lugar conspicuo entre los grandes fracasados del mundo..."
Y así explica Carricarte el insólito atributo:
Siéntese como
premisa en el ensayo que ofrecemos al lector la antítesis positiva e irreconciliable que
existe entre cuanto caracteriza al Maestro y cuanto es peculiar a nuestro pueblo, en lo
colectivo, y de las figuras más prominente del país... Ningún compatriota le ha
excedido en cubanismo y muy pocos son los que pueden ser menos
cubanos que él... Nació de padres españoles sin conexión alguna con familias
cubanas... Diez y siete años tenía al ser deportado, y con tan escaso bagaje de estudios
su cultura no podía haber sido suficientemente nutrida con pensamiento cubano. Regresó
diez años más tarde y residió en La Habana escasos meses... Vese, pues, que su
familia..., su educación y su ilustración no fueron, en lo absoluto, cubanas.
Y
agrega Carricarte unos datos impresionantes sobre el poco interés de aquella época en
Martí, otra prueba, le parece, de la falta de identificación entre el pueblo y quien
quiso representarlo. De los más de doscientos mil lectores que visitaron entre 1920 y
1929, la Biblioteca Municipal de La Habana, que dirigía el propio Carricarte, menos de
tres cientos pidieron obras de Martí; en la Biblioteca Provincial de Santa Clara, que
tenía el nombre de "José Martí", de los siete mil quinientos lectores que
allí fueron en 1927, solamente cuatro las pidieron; y en la Biblioteca Municipal de
Caibarién, en ese mismo año 1927, de los 3418 lectores sólo 36.
La "cubanidad", entendida correctamente como el carácter
genérico del pueblo cubano es también amor a lo propio y afirmación patriótica. Dijo
Martí en 1893, al hablar en Patria de "Cuatro clubs nuevos" que se
habían creado: "En Cuba tenemos gérmenes de patria. Tenemos raíz nueva que poner
donde la raíz está podrida. Amor enérgico tenemos, donde ha habido odio enérgico. Lo
excesivo se podará de sí propio, que es mucha de veras la sensatez criolla, y porque el
hombre se acomoda siempre a la verdad; pero lo nuevo surgirá de mil fuentes, y los
cubanos que desconfían hoy de su pueblo se abrazarán mañana sorprendidos".
Contó Bernardo Figueredo en sus "Cuatro anécdotas de la vida de
Martí", publicadas en la Memoria del Congreso de Escritores Martianos (1953),
las objeciones que le hizo a Martí en Cayo Hueso Serafín Sánchez. "Sánchez",
dijo Figueredo, "consideraba a Martí equivocado por juzgar al pueblo de Cuba por los
cubanos de la emigración. Ésta era una selección, una muestra superior a la
mercancía... [por lo que] él tenía dudas muy grandes de que los cubanos como pueblo
pudieran regirse ellos mismos en su propia patria sin grandes contratiempos, el pueblo no
estaba preparado..." Y Martí le contestó a aquel valiente villareño que años más
tarde dio la vida por Cuba: "Sí, tal vez haya tropiezos, pero ningún pueblo puede
aprender a ser libre siendo esclavo..."
El infortunio ahogó el generoso vaticinio porque Cuba no logró
entonces, y aún no la ha logrado, su verdadera independencia. No, no fue
"negativa" la "cubanidad" de Martí, lo fue, y lo es, la de sus
gobernantes, la negación del carácter que le correspondía por su historia y por los
méritos de sus hijos mejores. Pero en el doloroso examen de Carricarte quedó sembrado el
juicio del "fracaso" en la gestión martiana. Otros la iban a aprovechar con el
fin de introducir en el país la negación total de la "cubanidad".
"La
patria de Martí es cosa de ensueño"
Si la "cubanidad" de Martí era "negativa", si, como afirmó
Carricarte, Martí debía ocupar un "lugar conspicuo entre los grandes fracasados del
mundo"; si el cubano, por la distancia entre la realidad y su promesa no se
interesaba en él, ¿qué sentido tenía que ocupara tan alto puesto en el santoral del
país? A la sombra de una "moda martiana" que lo citaba sin entenderlo, y menos
sin poner en práctica su programa, creció en Cuba, acerada, aunque discreta y
respetuosa, un ajuste de cuentas con Martí. Otros habían ya empezado campañas de
descrédito para encaramar doctrinas que pugnaban con las suyas. Pero hubo quienes le
escatimaron el tamaño que le concedían los martiólatras. El ejemplo más notable es el
del profesor del Instituto de Santiago de Cuba, Carlos González Palacios, en su libro Revolución
y seudorevolución en Cuba (1948), cuando hace una "Valoración de Martí";
dice:
"... Estamos al borde del exceso. Se puede hablar de una martimanía y de
martimaquias más o menos ingeniosas... ¿Por qué ha cobrado [Martí] tan impetuosamente
esa categoría y es tan delirantemente adorado?... ¿Por qué se ha convertido José
Martí en el héroe supremo de Cuba?" Y González Palacios lo compara con Bolívar
para concluir: "Quien dé un vistazo rápido por la biografía del caraqueño y haga
un recorrido veloz por sus campañas y por sus proyectos de ordenación política,
justificará enseguida el título de Libertador... Pero, ¿podríamos decir lo mismo de
Martí? ¿Basta con el conocimiento de su biografía, con el repaso de sus acciones, de
sus realizaciones y proyectos políticos para percatarse de su máxima validez y de su
inmenso prestigio actual? A nosotros se nos ocurre dudarlo...
Procede entonces a
hacer lo que llama una "indagación biográfica": recorre su vida destacando sus
desventuras y tropiezos: el hogar, la escuela de Mendive, la entrada en la política, el
destierro, los estudios en España, el matrimonio, la estancia en Centro y Suramérica,
los Estados Unidos, la preparación de la guerra, la muerte; y duda que "los datos
externos de su biografía" justifiquen "la encaramada categoría" que se le
asigna. Le niega la condición de político:
"La prosa de Martí es tan extrañamente
sugestiva, que hay que leer varias veces esas Bases [del Partido Revolucionario Cubano]
para percatarse de la desesperante generalidad de sus principios programáticos... Estamos
convencidos de que ni el recorrido por lo externo de su vida, ni el valor como doctrina
política, económica o social, que resta a su programa, cuando lo despojemos de su
íntimo calor poético, pueden explicar la razón por la cual Martí ha llegado a
colocarse en el escalón más alto de nuestra historia patria".
Y añade González
Palacios: "Para Martí, la política es ética. Toda su lucha política no es tanto
para vivir mejor como para ser mejor. El hombre trabajará por su pan, vivirá para su
honra. La república es necesidad del honor, del decoro. Su lucha es también una
revolución por la libertad, pero, al cabo, para Martí la libertad no es otra cosas que
el derecho a ser honrado y a vivir sin hipocresía..." Y resume la esencia de sus
conclusiones:
La patria de Martí es maravilla y cosa de ensueño. No se parece a
nada de lo que el hombre corriente y aún el hombre culto y el ciudadano más interesado
en el destino de la comunidad, puede entender por patria. Nada tiene que ver su imagen con
la patria de que nos hablaron los creadores de la nacionalidad: un Saco, un Luz Caballero,
un Céspedes. Nada digo de Montoro, pero ni siquiera Heredia concibiera a
la patria en esos rasgos fantásticos...
Ecos de esa valoración cautelosa de Martí, avara, y hasta injusta a veces, ante la
"martiolatría" exagerada o insentida, llega hasta a nuestros días. Hay
resonancias del juicio de Carricarte y de González Palacios en El sueño y la
distancia (1968), de Luis Ortega:
Martí vivió gran parte de su
vida en el destierro... [y] su nacimiento se produjo también en un
cierto destierro. Nace súbdito español, de padres españoles, en un hogar
muy español... Martí vive 42 años. Pero 23 de ellos los pasa en el
destierro. En esos 23 años de alejamiento de la isla, rondando en torno
a ella, llega a transformarla en materia poética... Cuba se convierte en
un sueño. Martí habita en el hueco de ese sueño. En la distancia,
rumiando su angustia, va dejando caer sus piropos sobre la patria...
Según esta interpretación, el "sueño" y la "distancia"
llevaron a Martí, y a su pueblo, al delirio. "Martí sobrepuso a la
realidad de Cuba el sueño gigantesco y poético de otra Cuba imposible":
Ortega pretende explicar, con el de Martí, el despropósito de Fidel
Castro.
No hace González Palacios, ni los que con él analizaron la obra de Martí,
propiamente una detracción. El rebajamiento no pasa del impulso de "poetizar"
la realidad, como él mismo Martí reconoció haber hecho con los guatemaltecos. Pero
¿fue esa visión poética de la patria, de la república futura, la que la hundió, o fue
más bien el pragmatismo utilitario que se impuso después lo que la ancló, y la mantiene
anclada, en el fracaso? Ideal sería que el propio Martí pudiera contestarnos, pero al no
poder hacerlo, tienta darle la palabra con su análisis de la figura de un político
norteamericano hoy muy olvidado, Lucius Quintius Cincinnatus Lamar (1825-1893), quien
padeció de lo que González Palacio, y quienes le restan autoridad por su poesía,
encuentran en Martí.
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El Secretario Lamar.
Lo llamaron "soñador", y lo acusaban "de amar el
romance, de dejar correr de vez en cuando la fantasía y de mirar una
que otra vez al cielo", como luego a Martí, quien añadió sobre
este ilustre americano: "Hay grandísimos necios que se pasan la
vida proclamando que las mentes infelices por altas…son fatalmente
incapaces para entender las cosas terrenas".
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Nació Lamar en Georgia, estudió Emory College y en Macon para graduarse de Leyes. En
1855 se estableció en Mississippi donde fue profesor de matemáticas en la universidad
del Estado durante dos años y dedicarse luego a la práctica de su carrera. Salió
elegido representante por el partido Demócrata, pero renunció el cargo en Washington y
sirvió en el ejército del Sur durante la Guerra Civil. Terminada ésta volvió a la
práctica de su carrera mientras enseñaba Economía Política y Ciencias Sociales en la
Universidad de Mississippi. En el Senado estuvo hasta que en 1885 el presidente Cleveland
lo hizo Secretario del Interior. Dos años más tarde lo nombraron Juez de la Corte
Suprema de Justicia, para ser uno de los pocos norteamericanos que había servido con la
mayor distinción a su país desde el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial.
A principios de 1886 Martí escribió un artículo, para La Nación, de Buenos
Aires, sobre este americano el cual, como él lo vio, podría formar parte de la
constelación de figuras que fueron como especie de alter ego en
su vida. El motivo era la gestión del Secretario Lamar, con la que
simpatizaba Martí, en favor de los indios; dijo:
De los informes de los
secretarios, el mejor, por lo sesudo y lo práctico, no es el del
Ministro de Hacienda, ni el del Ministro de la Guerra, ni el de Marina,
sino el del ‘soñador’ del gabinete, el del ‘idealista y vagabundo’ de la
casa, el del Secretario Lamar, acusado de amar el romance, de dejar
correr de vez en cuando la fantasía y de mirar una que otra vez al
cielo. Hay grandísimos necios que se pasan la vida proclamando que las
mentes, infelices por altas, que ven bastante hondo y lejos, adentro y
encima de la tierra, son fatalmente incapaces para entender en las cosas
terrenas: y al que es capaz de entender lo más, ya lo bautizan de inepto
para entender lo menos... Pero en la tierra, según se sabe, hay más
ratones que águilas; y los ratones se juntan, y dicen entre sí: ‘¡vaya!
¡nosotros volamos mejor que las águilas!’ y, por descontado, todos lo
ratones lo creen.
Y razonaba a continuación Martí:
Lamar es de las águilas: y
su informe ha sido tan cauto, tan claro, tan apegado a lo real, tan
conforme a los problemas prácticos que estudia, que ya no se oye decir,
por esta vez, que Lamar es inhábil para el puesto porque lee versos, o
los hace, y usa el cabello largo, y sabe del hombre antiguo y de
monedas, y se suele quedar, ¡pensando precisamente en los rufianes
políticos! con las manos cruzadas, ¡mirando chisporrotear en la chimenea
los leños encendidos... Bien se ve, aunque él no lo dice, que sufre por
esta rudeza general del espíritu que aquí aflige tanto a las mentes
expansivas y delicadas. Cada cual para sí. La fortuna como único objeto
de la vida... Un hombre es un deber vivo, un depositario de fuerzas que
no debe dejar en embrutecimiento: un ala.
El "abogado de
los poderosos"
El comunismo cubano ocupa lugar preferente entre los detractores de
Martí: primero en clara condena de sus doctrinas, y luego falsificándolas. A sólo
varios meses de publicarse el trabajo de Carricarte, en enero de 1935, apareció en el Repertorio
Americano, de Costa Rica, un trabajo de Juan Marinello con el título de "Martí
y Lenin". Era su juicio tan negativo que el actual marxismo-leninismo, en su período
de falsificación de Martí, lo esconde. Allí afirmaba Marinello con el recuerdo de La
cubanidad negativa de Martí, de Carricarte:
Sí, es un gran fracasado
porque, en efecto, su sermón idealista y democrático no ha podido tener vigencia... Lo
recto y limpio es entender a Martí, y respetarlo y admirarlo mucho, cada día más, en su
rol de gran fracasado... Admirarlo así, sólo en el valor permanente de su vida de
hombre, vale tanto como dar la espalda de una vez a sus doctrinas. Eso debemos hacer...
Él quiso ser, según confesión propia, abogado de los humildes y echar
su suerte con los pobres de la tierra. Sus caminos le fueron traidores. Fue sin
saberlo y sin quererlo, abogado de los poderosos... Carecía Martí de la herramienta
marxista y tenía fe encendida e ingenua en el poder del espíritu... Las ideas de Martí,
bien lo saben los hábiles líderes, son ya ideas vencidas. Las ideas
políticas vigentes son siempre hijas de la clase dominante. La burguesía trajo el
liberalismo, el romanticismo y el espejismo democrático. La burguesía es una clase tan
vencida como las ideas que trajo. Si los jóvenes reaccionarios de Cuba abecedarios, afirmistas, nacionalistas, apristas, menocaleros, auténticos, guiteristas—
confesaran lealmente que por saberse y sentirse ubicados en la
burguesía, han de ser servidores del mundo en putrefacción... Las ideas
revolucionarias andan mientras tienen algo que hacer en el mundo. Las de
Martí nada tienen que realizar ni pueden servir más que como trampolín
del oportunista.
Otro momento digno de memoria en el tratamiento de Martí por el
comunismo criollo aparece en el libro de Ángel César Pintó Albiol, El pensamiento
filosófico de José Martí y la revolución cubana (1946). Allí se recoge la
polémica en la que intervinieron Marinello, José Antonio Portuondo, Julio Le Riverand y
el autor de ese libro. Las opiniones de Pintó Albiol son las que ahora interesan; dijo en
una de las cartas que allí se recogen:
Martí fue, tanto por el espíritu como por la clase social de donde
procedía, un pequeño burgués. Filosóficamente, toda su obra está impregnada de un
eclecticismo oportunista que lo conduce a estrepitosas contradicciones: llora con los
pobres, pero no quiere que se acaben los pobres; ama hasta el delirio al hermano negro,
por no va contra las causas que lo mantienen en su plano de inferioridad social; quiere
una República con todos y para [el bien de] todos, pero no quiere suprimir las
clases sociales. Pero no sólo no quiere suprimirlas, sino que arremete contra los que lo
pretenden...
Y en otra carta afirma:
Martí fue, fundamentalmente, anticomunista, y ser anticomunista es,
sencillamente, ser antiproletario. Cuantas veces pudo y lo creyó conveniente y necesario
para sus fines políticos arremetió contra el proletariado... De su revolución no
salió, ni podía salir, claro está una "república independiente y soberana",
ni él, nuevo David, abatiría con su onda, como nos lo ofreciera, al temible gigante
Goliat norteamericano, que al fin logró su viejo anhelo de incorporar a Cuba a su imperio
colonial...
Epílogo
Luego Fidel Castro dijo que Martí había sido "el autor
intelectual del Moncada", y desapareció, por arte de la magia dialéctica, toda
detracción de los marxistas, y Marinello tuvo que afirmar en el prólogo de las Obras
Completas de Martí, en 1963: "Por su profunda raíz democrática, la postura
martiana empalma con toda transformación igualitaria, y es un antecedente poderoso y
legítimo de nuestra etapa socialista... La patria martiana, construida por la revolución
encabezada por Fidel Castro, es la que lleva a todos los cubanos la obra del libertador
del 95..." No hay mayor detracción que la herejía, ni mayor ofensa a un pensador
que falsificar su doctrina.
Así culmina este recuento de "Los detractores de José
Martí", con la presencia de los que en la actualidad lo falsifican en Cuba, los que
lo hacen cómplice de los abusos y disparates del régimen actual. Por más conocidas sus
ofensas se ahorran estas páginas el relacionarlas, y por más conocidos se excusan de
nombrar a los culpables.
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