Las cartas que aquí se transcriben están dirigidas
a Miguel A. Montejo. La primera es de cuando Martí ocupaba la presidencia del Comité
Revolucionario Cubano, en Nueva York, en los momentos más difíciles de la Guerra
Chiquita; en la otra lo invita a una reunión donde iba a leer el manuscrito de sus Versos
Sencillos. Por tratarse de asunto y de circunstancias tan disímiles, se ofrecen aquí
separadas y con la información que mejor puede explicarlas.(1)
"Amarguras, decepciones
y desvelos"
Desde que Calixto García salió de New Jersey para dirigir la insurrección de Cuba,
el 26 de marzo de 1880, Martí quedó de presidente del Comité que operaba en Nueva York.
Entre su primera carta, ya ocupando el cargo, en la que le pide a los emigrados de Jamaica
que faciliten la expedición de Carlos Roloff,(2) hasta
la muy conocida a Emilio Núñez, aconsejándole que depusiera las armas (I, 161), sólo
se han publicado, en relación con sus labores revolucionarias, las dos proclamas que
firmó Calixto García, dos circulares, unos quince recibos y cuatro cartas(3) No es exagerado pensar que Martí escribió muchas
páginas en aquellos meses de constante actividad, en los que tuvo que hacer, como le
confesó a Manuel Mercado, "la tarea más útil, elevada y difícil" que hasta
entonces se le había ofrecido (XX, 60). Pero no sólo por eso tiene importancia el
documento que aquí se presenta; su interés también radica en lo que revela: la
preocupación de los revolucionarios, y el cuidado que debían de tener por la vigilancia
de España y por el empleo de antiguos oficiales del ejército cubano para conocer las
conspiraciones que surgieron en Cuba y en el extranjero a partir de la Protesta de
Baraguá, y aun antes de ella.
La vida de Miguel Antonio Montejo y Mercier es un ejemplo de dedicación y generosidad
a la causa de Cuba. Había nacido en Camagüey, en 1839. Sus padres, de holgada posición
económica, lo enviaron a un colegio religioso con la esperanza de que siguiera la carrera
eclesiástica, pero Miguel Antonio se interesó más en los problemas políticos y a los
once años sirvió de vigía en la conspiración de Joaquín de Agüero. Terminados sus
estudios de segunda enseñanza, se trasladó a La Habana, donde se hizo representante de
casas extranjeras para poder importar armas y municiones en los barriles de mercancía.
Iniciada la Guerra de los Diez Años, a principios de 1869, tuvo que huir de Cuba al
descubrirse uno de sus embarques clandestinos. Fue a residir a Filadelfia y allí
organizó con fines patrióticos una Asociación Cubana, la que presidió hasta 1878.
Como otros centros de emigrados, el de Filadelfia no aceptó el Pacto del Zanjón, y
empezaron a recaudar fondos para de nuevo iniciar las hostilidades. El 10 de noviembre de
ese mismo año, Montejo fundó un Club Revolucionario, del que también fue presidente, y
en carta a Calixto García, en Nueva York, le ofrece ayuda económica aunque le
advierte: "La emigración en ésta, compuesta casi en su totalidad de artesanos
pobres, no promete gran cantidad de recursos, pero se le recaudará cuanto pueda en
beneficio de la patria"(4). Poco después, sin
embargo, reconoce las dificultades de su gestión, y le escribe al mismo corresponsal:
"Por aquí están rehacios los cubanos, al extremo de que, hasta la fecha, no hemos
podido allegar sino dos nuevos prosélitos", y lamenta que, de los fondos recaudados
en años anteriores, algunos pedían la devolución de sus donaciones toda vez que la
guerra había terminado(5). Pero no se desanimó el
valioso camagüeyano: mantuvo el Club contribuyendo con lo que podía hasta que, ya Martí
de presidente interino del Comité de Nueva York, recibe una larga carta de Montejo en
respuesta a una suya, que no se conoce, donde le decía: "Bien comprendo las
amarguras, decepciones y desvelos que está Ud. cosechando, pues una experiencia de once
años en esta batalla diaria me permiten graduar lo que por Ud. pasa; pero si no separamos
la vista del cuadro que hoy nuestra adorada patria representa, encontraremos fuerzas
bastantes para seguir batallando hasta el fin de la contienda; toda mi fe está
concentrada en esta idea".(6)
Es a esta carta a la que Martí se refiere en la que ahora se publica por vez primera;
pero otro asunto urgente requería su atención inmediata: la llegada a Nueva York del
brigadier Ángel Maestre, de quien con insistencia se rumoreaba en la isla y en las
emigraciones que era un espía de España; dice así:
Sr. Miguel A. Montejo.
Amigo mío:
Debo a Vd. larga carta en respuesta a la extensa y sensata suya. Pero no es éste
hoy mi objeto. Sin tiempo para más, le aviso que ha salido ayer para Filadelfia el Jefe
Ángel Maestre, llegado de Cuba de una manera misteriosa e inexplicable. En tanto el
Comité inquiere cuanto se relaciona con esta extraña venida, que por mi parte me explico
perfectamente, ni se reivindica el Jefe Maestre de los cargos que ahora pudieran
hacérsele lo cual sería de desear, por cuanto al honor de un hombre nacido en Cuba
toca, ruego a Vd. que con toda discreción y reserva, y callando en lo posible las
causas, impida que los cubanos leales se mezclen en las operaciones que tal vez intente, o
afecte intentar Maestre con medios cuyo origen, caso de que existan, no tienen aún
natural explicación, como no la tiene su rápido viaje a Filadelfia, explicable sólo por
razones de interés de nuestros adversarios, que no le serían honrosas.
Espera respuesta suya su amigo afmo.
Martí(7)
Montejo, hombre prudente y conocedor de sus muchas responsabilidades, aún no había
recibido el aviso de Martí cuando ya inquiere sobre las credenciales del visitante, y
escribe: "Hoy se me ha presentado en ésta el brigadier Ángel Maestre y un teniente
Martínez, aquél es de regular estatura, muy trigueño, grueso, y deseo saber por
telegrama si éste es el verdadero individuo y si no se rindió últimamente".(8)
Las reservas de ambos estaban justificadas. A pesar del historial insurrecto de
Maestre, muchos patriotas lo creían al servicio de los españoles. Había nacido en
Manzanillo y, antes del 10 de Octubre, tenía un contingente de hombres armados para hacer
un levantamiento en su ciudad natal(9), pero a
instancias de Céspedes renunció a sus planes y fue a unirse a los treinta y cinco
patriotas que estuvieron en La Demajagua.(10)
Después del Zanjón Maestre empezó de nuevo a conspirar con los cubanos que no
creyeron en las promesas de España. Eran días de incertidumbre y grandes disensiones: en
una carta de Francisco Cabrera, desde La Habana, a Carlos Roloff, en Nueva York, le
decía: "Creo que el brigadier Maestre, Serafín Sánchez, Catalá, Rioentero y
comparsa, no tan sólo no trabajan con honradez, sino que se asegura están comprados por
Martínez Campos... Solamente están viviendo y gastando de lo que el incauto patriota da
para la independencia de una patria que tiene tantos hijos cobardes y traidores como
Maestre y demás que Ud. ya conoce".(11) Y más
tarde repite: "Según todos los informes que he recibido, el Br. A[ngel] M[aestre]
nos está haciendo traición, o por lo menos está dilapidando el dinero que recoge,
sosteniendo queridas y haciendo otros gastos superfluos. Todos dudan de su comportamiento
y está desacreditando nuestra causa con esto".(12)
Otra, del presidente del Club Revolucionario de Guanabacoa, de mediados de 1878, a Calixto
García, repite la acusación y envuelve al mismo Martí: "Referente a lo que me dice
de los que en ésta especulan, dándose por autorizados por ese centro... hay un gran
número de individuos que, bajo las órdenes de Maestre y de Frías, recolectan fondos,
parque y utensilios de medicina; ...los individuos que más figuran son el licenciado
Martí, un comandante graduado coronel de milicia de caballería llamado Rosa, un tal
Octavio Santos y un joven llamado Suárez..."(13)
El mismo Julio Funes Díez, quien por lo que se sabe parece haber sido quien delató a
Martí, lo que produjo su arresto el 17 de setiembre de 1879 y su inmediata deportación a
España, quince días antes de su supuesta traición se une al grupo de acusadores y
escribe a Nueva York: "Maestre es Jefe de la Policía Secreta española en
Villaclara. Catalá no se separa de Maestre. Mucho espía y nada entre dos platos".(14) Pero a pesar de estas denuncias, y de otras
semejantes, a fines de ese año Carlos Roloff le concede a Maestre el grado de "Mayor
General del Ejército Libertador por los servicios prestados en el movimiento
revolucionario de Las Villas",(15) nombramiento
que, con igual fecha, ratifica Calixto García.(16)
Al llegar Martí a Nueva York, en los primeros días de 1880, pudo informar al Comité
sobre las figuras que actuaban en Cuba. Manuel Suárez Delgado, quien era un valioso
conspirador y colaboró con él en La Habana,(17) se
había convertido en uno de los más tenaces acusadores de Maestre. No había sido aún
deportado Martí cuando escribía Suárez a Nueva York: "Él [Maestre] está dando
viajes junto con Catalá, a cada momento, de Sancti Spiritus a La Habana, ninguno de los
dos se separan. Catalá está de mucho reloj y botones de brillantes, no tienen
colocación ninguna... Si se va mirando todo, [Maestre] es más culpable de lo que parece,
cuanto que quiere tener astucia para engañarnos a nosotros, y no la ha tenido para
engañar a los españoles".(18) Pero lo que más
hace dudar a Martí sobre la conducta del brigadier, es el abandono del campo de batalla:
se había alzado con Francisco Carrillo en Remedios, en noviembre de 1879,(19) y ya en marzo del siguiente año pedía
autorización para salir al extranjero si no se le asignaba "un puesto
determinado" por el Comité de Nueva York(20) Dos
meses más tarde, y sin el permiso pedido, se le presentó a Martí, lo que justificaba la
sospecha en su carta a Montejo.
El tiempo demostró que Ángel Maestre no era más que un espíritu inquieto y rebelde.
Terminada la Guerra Chiquita se fue a México, y cuando Máximo Gómez y Antonio Maceo
organizaban el levantamiento de 1884, contaron con él: al separarse Martí de aquellos
planes revolucionarios, Maceo tuvo que viajar solo para desde allí preparar una
expedición que dejó encargada a Maestre.(21) Al
cumplirse el veinticinco aniversario del 10 de Octubre, los emigrados cubanos en México
organizaron un acto patriótico, que se celebró en Veracruz, donde estuvo presente el
antiguo abanderado de Yara;(22) y al publicar Patria,
en 1894, un número especial recordando el alzamiento en La Demajagua, apareció un
trabajo suyo titulado "Apuntes históricos; los comienzos de la revolución",
donde salvó para la historia la conocida anécdota sobre el arrojo de Céspedes; allí se
lee "... permanecimos en el lugar [Yara] doce hombres, y la bandera en mi poder, mas
parece que alguno exclamó: ¡Todo está perdido! y Céspedes le contestó en
el acto: Aún quedamos doce hombres, bastan para hacer la independencia de
Cuba".(23) Martí, pues, llegó a
convencerse de la integridad de Maestre, al dar cabida en su periódico al artículo.
Un día antes de Dos Ríos, Patria recordaba su labor revolucionaria con esta
sentida nota: "Los que saben que este patriota cubano fue uno de los compañeros
inolvidables que con Céspedes lanzaron el grito de independencia en La Demajagua; los que
saben que tomó parte en el movimiento revolucionario de 1879, y que no cesó en el
destierro de combatir la dominación española en Cuba, han de sentir profundamente su
muerte, ocurrida el 24 de marzo en Himanguillo, Tabasco, República de México. No logró
ver redimida la tierra natal, pero pudo columbrar los destellos radiantes del sol de la
independencia, que asoma por Oriente para perpetuarse en la patria querida. Honra a su
memoria".(24)
"Una noche de poesía y
amistad"
Cuando Martí regresó de las montañas Catskill, en 1890, donde escribió los Versos
Sencillos, y quizás cuando aún trabajaba en ellos, dijo: "La poesía ha de
tener la raíz en la tierra, y base en el hecho real" (V, 191). Es por eso que en las
palabras que presentan el libro narra el proceso de la creación. Muchos trabajos de
mérito han tratado de la calidad, la trascendencia y las fuentes literarias de esas
"flores silvestres," pero, aparte de las aclaraciones marginales sobre su
origen, basadas casi siempre en los breves datos del prólogo, poco se ha detenido la
crítica en el "hecho real" que fundamenta el poemario. Con motivo de la otra
carta a Montejo, se estudia aquí, desde el "invierno de angustia" que hizo
necesario el descanso en que lo compuso, hasta su impresión en 1891, para luego explicar
su reserva ante el libro publicado.
La prevención de Martí frente a los Estados Unidos aparece muy temprano en sus
escritos, y responde, como ya se ha apuntado en otro lugar, a una corriente del
pensamiento cubano del siglo XIX, que va desde Francisco de Arango y Parreño hasta
Enrique Piñeyro.(25) Pero su alarma ante la
Conferencia Internacional Americana, que se celebró en Washington entre el 2 de octubre
de 1889 y el 19 de abril del siguiente año, estaba muy justificada. El congreso de los
países de Hispanoamérica en los Estados Unidos había sido, desde 1881, un proyecto del
Secretario de Estado James G. Blaine, frustrado por el asesinato del presidente Garfield.
Siete años más tarde se iniciaron de nuevo las gestiones para la reunión, que se
realizó bajo la peligrosa influencia del mismo Blaine. Los temas a tratar por las
delegaciones eran, en su mayoría, de conveniencia para todos los países: el
establecimiento de un sistema uniforme de pesas y medidas, de leyes bancarias y de
nomenclatura para las mercancías; el estudio de leyes para la extradición, para regular
las marcas y patentes y para el comercio, la construcción de un ferrocarril
interamericano y el mejoramiento del transporte marítimo. Otros, sin embargo, podían
resultar en perjuicio para los países de habla española: la unión aduanera, los
tratados de reciprocidad comercial, la creación de un banco interamericano y la unión
monetaria. Con toda astucia, y para mayor preocupación de Martí, la Secretaría de
Estado organizó un lujoso viaje para los delegados. Antes de comenzar los debates, y
durante siete semanas, los llevaron en un "tren palacio", como lo calificó
Martí, con siete coches, "uno con baño y barbería y biblioteca y salón de beber,
y otro con comedor y cocina francesa y cinco criados, y otro con la prensa y la
electricidad, y cinco para habitaciones de los viajeros, con el criado al pie, y el
colchón de plumas y la luz eléctrica a la cabecera" (VI, 45). Entre agasajos y
deslumbres recorrieron más de cinco mil millas, desde Washington a West Point, a Nueva
York, a Boston, Ohio, Michigan, Illinois, Indiana, Wisconsin, Minnesota, Missouri y
Kentucky, para terminar en Filadelfia y regresar a la capital. Les mostraron así el
poderío comercial, industrial y agrícola de los Estados Unidos, junto a las
instituciones militares, culturales y cívicas. Eran en verdad sospechosos el regalo y la
ostentación. Martí se sintió inquieto al no saber cómo iban a reaccionar los invitados
ante aquella gira suntuosa donde empezaron a conocerse las verdaderas intenciones de los
norteamericanos. Pero lo que más preocupaba a Martí era el destino de su patria, por el
propósito de los anexionistas cubanos, algunos presentes en la Conferencia, de convertir
la isla en otro estado de la América del Norte. Allí estaba José Ignacio Rodríguez, de
Secretario de la Comisión de Derecho Internacional, y de la de Extradición, además de
intérprete; Juan Bellido de Luna y Manuel Moreno, "anexionistas confesos", como
los llama Martí (I, 252); y Ambrosio José González, de quien entonces sospechaba por
haber sido el lugarteniente de Narciso López en el Créole. El primero, testigo de mayor
excepción, escribió años más tarde refiriéndose a esta época: "Desde 1889 hasta
después de comenzada la revolución de 1895, aquella idea que parecía tan relegada al
olvido [la anexión de Cuba a los Estados Unidos] y tan desprovista de vitalidad, surge de
nuevo ante los ojos del patriotismo cubano y americano".(26)
Martí vio nacer el peligro, y todas sus campañas anti-imperialistas se han de
estudiar también, como nunca se ha hecho, a la luz de los "cubanos coloniales"
y de las figuras prominentes de Hispanoamérica, quienes, de buena o mala fe, conspiraban
contra la independencia de Cuba. El 16 de noviembre de 1889 le escribía a Serafín Bello
sobre los "métodos sutiles" que empleaban los Estados Unidos para "hacer
estragos hasta en los más fieles", basados, le dice, en "la esperanza funesta y
enteramente secundada por los mismos nuestros, por interés o fanatismo", de que a
Cuba le convenía la Conferencia. Y a continuación se lamentaba de que las naciones allí
presentes eran "tal vez más" las que se disponían a ayudar a los americanos a
apoderarse de Cuba, que las que comprendían que les iba "su tranquilidad, y acaso lo
real de su independencia", en consentir que se quedara "la llave de la otra
América" en aquellas "manos extrañas". Y concluía: "La corriente es
mucha, y nunca han estado tan al converger los anexionistas ciegos de la Isla, y los
anexionistas yanquis."(I, 255)
Martí sabía que en el "tren palacio" se habló, "entre los mismos
delegados de la posibilidad y conveniencia de anexar a Cuba a los Estados Unidos"
(VI, 121). Y vio la necesidad de contrarrestar los manejos de Blaine y la torpeza de las
delegaciones. Su condición de observador, como corresponsal de La Nación, de
Buenos Aires, no le era suficiente para enterarse de lo esencial y poder así influir en
los acontecimientos. Se procuró entonces un agente de confianza. Martí era amigo de
Vicente G. Quesada, representante de la Argentina en Washington, pues eran contemporáneos
y tenían puntos de coincidencia en sus juicios sobre los Estados Unidos: desde 1886, en
viajes de éste a Nueva York, se visitaban regularmente.(27)
Con motivo de la Conferencia, Vicente G. Quesada fue nombrado para la delegación de su
país con Manuel Quintana y Roque Sáenz Peña, y, por petición de Martí a su amigo
argentino, nombró a Gonzalo de Quesada su secretario particular. No se conocen los
informes que envió a Martí su recomendado al que quizás sólo por su juventud lo
previene en una extensa carta de cómo debe de proceder en defensa de Cuba y de
Hispanoamérica, y cuidarse "de personas que llevan el veneno donde no se les
ve" (I, 247), pero por las respuestas de Martí se adivina la obra que iba
realizando: "Me es muy valioso lo que me dice, y le he de agradecer mucho que me
tenga al tanto de cuantas opiniones sobre Cuba lleguen a su noticia, salvo las que por su
carácter privado, y de la delegación de Ud., no le pertenezcan" (VI, 123); y un mes
más tarde, el 13 de diciembre de 1889: "Útil, y bajo tres llaves, lo que me mandó.
De nada privado se puede usar en público jamás. Pero vale para darnos valor para
adelantar juicios, que se sabe están confirmados por los hechos de que no se usa. Dígame
de esto cuanto yo mismo en Washington habría de saber naturalmente"(VI, 127).
Eran aquellos días de fiebre expansionista en los Estados Unidos, y Martí, sobre los
peligros que corrían los pueblos hispanoamericanos, hizo en La Nación esta
advertencia de tanta actualidad ante las dictaduras de América hoy y los imperialismos
modernos: "El que muestra rodillas flacas, ya está en tierra. Ni hay que traer sobre
sí a un enemigo a quien no se puede derribar, ni que invitarlo a que se eche encima, con
lo flojo de la oposición. Ni mayordomos de raza ajena, ni mayordomos de nuestra raza. No
es cuestión de razas, sino de independencia o servidumbre" (VI, 91). Y sobre Cuba,
ante la idea de sacar a España de la isla permitiendo la entrada de los norteamericanos,
hacía esta pregunta en el mismo periódico, que hoy por motivos semejantes tiene exacta
aplicación en su patria: "¿Se ha de invocar el dogma contra un extranjero para
traer a otros?" (VI, 61); y luego, en una carta, esta afirmación concreta:
"Cambiar de dueño no es ser libre" (VI, 120). Pero la reunión en Washington
terminó con un fracaso para Blaine. Martí vio con alegría el desenlace, al que no
había sido él ajeno. Son quizás sus gestiones, sus escritos y discursos, que influyeron
entre los delegados, lo que en una de sus crónicas llama "levadura de afuera":
"La conferencia de naciones pudo ser, a valer los pueblos de América menos de lo que
valen, la sumisión humillante y definitiva de una familia de repúblicas libres, más o
menos desenvueltas, a un poder temible e indiferente, de apetitos gigantescos y objetos
distintos. Pero ha sido, ya por el clamor del corazón, ya por el aviso del juicio, ya por
alguna levadura de afuera, la antesala de una gran concordia" (VI, 80).
Fue por aquel vivir de temor en temor, de viajes, y de trabajo continuo, que Martí se
enfermó. Dice en el prólogo de los Versos Sencillos. "Fue aquel invierno de
angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se
reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos... Y la
agonía en que viví, hasta que pude confirmar la cautela y el brío de nuestros pueblos;
y el horror y vergüenza en que me tuvo el temor legítimo de que pudiéramos los cubanos,
con manos parricidas, ayudar el plan insensato de apartar a Cuba, para bien único de un
nuevo amo disimulado, de la patria hispano-americana, [me] quitaron las fuerzas mermadas
por dolores injustos" (XVI, 61).(28)
Hasta fines de junio de 1890 Martí siguió en cuestiones que se relacionaban con la
Conferencia, pero vencido por el cansancio le escribe a Rafael Serra: "Entre los
calores y el trabajo, y los cuidados del espíritu, dieron en cama conmigo, y me voy con
la cabeza seca a la montaña... Me voy a un rincón de hojas y de soledad por unos cuantos
días" (XX, 370), lo que resume así en el prólogo de los Versos Sencillos:
"Me echó el médico al monte: corrían arroyos, y se cerraban las nubes" (XVI,
61). El periódico El Porvenir publica el 6 de agosto la noticia de que Martí se
había ido a los Catskill,(29) y desde allá contesta
una carta de Juan Bonilla: "Ayer 7 recibí en uno de los picos más altos de estas
montañas su carta de Ud.", y le explica que tuvo que salir de Nueva York porque no
le quedaba "nervio quieto"; y le añadía: "Yo me voy muriendo, mi querido
Juan. Los pulmones se me quejan y el corazón salta más de lo que debe"; y le cuenta
de sus actividades: "Yo, para entender mejor a los hombres, estoy estudiando los
insectos: que no son tan malos como parecen, y saben tanto como nosotros" (XX,
260-261). Mientras prepara la colección de poesías, cumple con las correspondencias a La
Nación. Una la titula "En las montañas", donde dice: "Van los alegres
a las playas, buscando aventuras, pero el mar no acomoda con sus palacios bullangueros a
la gente tranquila, ni es el aire de la costa como el de la montaña... para leer a la luz
blanda los libros sobre la naturaleza, para calafatear los pulmones agujereados, para
calmar, con la salud del mundo, el espíritu doliente. Allí donde no pueden subir las
alas de los pájaros, crecen las del hombre. El espíritu sube con el aire que sube"
(XII, 441). Como tantos otros poetas románticos, Martí vio crecer sus alas y subir su
espíritu con la altura: escribió los Versos Sencillos.
Además de en estrofas se trajo en el alma la naturaleza, al regresar a Nueva York,
a mediados de septiembre. El día 13 le cuenta a Miguel Tedín sus paseos por el Parque
Central después del viaje, y le confiesa: "Tengo ganas de meterme en lo hondo del
monte, hasta que salga con las barbas verdes" (VII, 398). Dos meses después da a
conocer sus versos. La ocasión se la ofrece una velada para despedir a Francisco Chacón,
que sale hacia La Habana.(30) Contrasta con su
habitual modestia, y más aún con la reserva que luego ha de mostrar ante el libro
publicado, la insistencia a sus amigos para que vayan a escucharlo. Sólo se conocían
cuatro cartas de invitación: A Federico Edelmann, a Néstor Ponce de León, a Sotero
Figueroa y a Antonio I. Quintana. A éstas se suma ahora la dirigida a Montejo. Al
primero, pintor, le dice para entusiasmarlo: "Habrá uno que otro cuadro colgado en
la pared... No quiero que deje de venir. Verá un cuadro verde, un cuadro de la madrugada
de Norrman", y le ruega que consulte con otros dos posibles asistentes para también
escribirles, si no se han de cansar "de tanta redondilla y sonetos" (XX, 375 y
376). Al otro le pide que lleve algunas composiciones, que allí se leerían con las de
otros poetas, y le advierte: "Deseo que no tenga Ud. ese sábado nada que hacer, ni
de veras ni de excusas, y suba sin murmurar al piso más alto de la casa 361 Oeste, calle
58. Y si no va, creeré que desdeña Ud. visitar a los pobres. No le ha de decir que no,
ni a Chacón, ni a su amigo José Martí" (XX, 376). También el siguiente debe
llevar poesías, y le anuncia que allí estará el médico, poeta y compatriota de
Figueroa, el puertorriqueño Manuel Zeno Gandía, y agrega para obligarlo: "Zeno
sabe, por supuesto, que Ud. va: Es hombre de mérito