Todo gobierno totalitario emplea la
falsificación de la historia para justificar su toma del poder y la imposición de un
sistema político ajeno a las tradiciones del país. Lo primero que hizo el pueblo ruso y
el de la Europa del Este para reafirmar su independencia, fue ir al rescate del pasado
destruyendo los monumentos y repudiando la mítica y perversa historiografía del
comunismo. Al producirse el colapso marxista-leninista en el mundo, los gobernantes
cubanos se vieron obligados a recurrir con fuerza mayor a lo nacional para mantenerse en
el poder, y como José Martí es la figura más alta de Cuba, la mentira sobre sus
doctrinas se ha convertido en la obligada actividad de los historiadores de la isla.
Durante los últimos treinta y cinco años el gobierno de Fidel Castro ha mantenido una
agresiva campaña a fin de presentar a Martí como su mentor y su guía. Al describirlo
como el arquitecto de la revolución de 1959, los comunistas en la isla encuentran en el
héroe nacional de Cuba un disfraz para sus abusos del poder y para sus violaciones de los
derechos humanos. La confusión creada por manipular las enseñanzas de Martí se descubre
en un estudio realizado por la Universidad de La Habana, en el que se concluye lo
siguiente: "En general, los conocimientos de los jóvenes acerca de la figura de
José Martí son muy pobres, superficiales y muchas veces esquemáticos... Hemos oído a
maestros de primaria enseñar como de Martí textos que no son de él... Muchos jóvenes
conocen a Martí como el Autor Intelectual del Moncada, pero no lo ubican en su momento
histórico... como se ha visto en pruebas diagnóstico realizadas, donde plantean que
Fidel sacó del Presidio Modelo a Martí..."
Carlos Marx describió las ventajas de alterar la historia para darle validez a los
cambios políticos: en El diez y ocho del Brumario de Luis Bonaparte, en 1852,
escribió: "El hombre hace su propia historia, pero no la hace de acuerdo con sus
deseos... y en los períodos de crisis revolucionaria conjura ansioso los espíritus del
pasado para servirse de ellos, para que le presten nombres, gritos de guerra y costumbres
con el fin de presentar el nuevo escenario de la historia con un disfraz y un lenguaje que
el tiempo ha enaltecido". Y el pensador alemán explicaba su juicio al comparar el
proceso de falsificación de la historia con el aprendizaje de un idioma, por el cual, al
principio, el estudiante no logra entender la nueva lengua sin recurrir a los expedientes
que conoce de la propia.
En su famosa novela 1984, el inglés George Orwell
mostró cuánto el estalinismo era una fatal consecuencia de la práctica descrita por
Marx; dijo: "Quien controla el presente, controla el pasado; quien controla el
pasado, controla el futuro", y tenía toda la razón puesto que quien controla lo que
se dice, lo que se lee y lo que se piensa, logra adaptar el pasado a lo que conviene a su
presente, y así secuestra el futuro, al que convierte en esclavo para llegar de esa
manera a esclavizar la población.
En Cuba el Centro de Estudios Martianos, una dependencia del Ministerio de Cultura,
coordina y dirige los varios aspectos de la falsificación de Martí, alegando siempre una
"base científica" en sus actividades. Pero esa manipulación no es exclusiva de
los intelectuales que colaboran con el régimen. El historiador alemán Ottmar Ette cuenta
en un libro reciente que un guía de turistas en La Habana le aseguró ante el monumento a
Martí, en la Plaza de la Revolución, la antigua Plaza Cívica, era producto del
castrismo. El Dr. Ette se aventuró a decirle al guía: "Mi impresión era de que ese
monumento se había construido antes", a lo que el guía le contestó enseguida:
"No crea lo que dice la propaganda imperialista..." Lo cierto es que el
monumento a Martí se terminó antes de 1959, como lo prueba el hecho de que muchos de los
primeros discursos de Castro, al poco tiempo de su llegada a La Habana, los dijo frente
ante dicho monumento.
Pero muy pocos de los turistas que van a Cuba tienen tan buena información como el
profesor Ette, o se disponen a discutir con los que diseminan ese tipo de mentiras. En un
viaje a La Habana, dos periodistas del New York Times, Robin Chotzinoff y Eric
Dexheimer, visitaron el viejo Palacio Presidencial, hoy Museo de la Revolución, y con
todo candor lo describen como "un adornado palacio construido originalmente para el
títere mocoso Fulgencio Batista". A pesar de la condena que Batista merece por
abrirle las puertas con sus criminales excesos a Fidel Castro, debe decirse siempre la
verdad: el Palacio Presidencial fue inaugurado hace setenta y cinco años por el entonces
presidente Mario García Menocal, quien fue su primer ocupante.
Pero la falsedad de mayor calibre en el artículo de los periodistas del New York
Times, cuyo título puede traducirse como "Los últimos rojos del rojo
ardiente" ("The Last of the Red-Hot Reds"), publicado el pasado domingo 11
de agosto, está relacionada con Martí. En el pie de grabado que acompaña la única
ilustración del artículo se lee: "Héroes de cera: esculturas de José Martí y del
Che Guevara". Pero el "héroe" de la figura de cera, en el traje verde
olivo del guerrillero junto a Guevara, no es José Martí, sino Camilo Cienfuegos, uno de
los más cercanos colaboradores de Castro, muerto un en misterioso accidente de aviación
a fines de 1959. Estos imperdonables errores de los dos periodistas del New York Times
ponen de nuevo en evidencia los resultados de la efectiva y abyecta campaña de la
falsificación de la historia en Cuba.