AMISTAD FUNESTA
Notas
En "edición
patrocinada por Manuel Pedro González" (50 páginas del profesor González y 140 de
Martí) aparece de nuevo Amistad Funesta, la novela que publicó por primera vez,
en varias entregas, El Latino Americano, periódico bimensual de Nueva York, en
1885. Esta obra que Martí firmó con un seudónimo no volvió a publicarse hasta que la
reprodujo Gonzalo de Quesada y Aróstegui en el tomo X de sus Obras del Maestro
(Leipzig: Breitkopf & Haertel, 1911). A la información que sobre ella dio Quesada se
sumaron los datos ofrecidos por Blanca Z. de Baralt en su artículo "Martí,
caballero", reproducido más tarde en El Martí que yo conocí (La Habana:
Editorial Trópico, 1945). Por ella sabemos los detalles de cómo escribió Martí su
novela y por qué no la firmó con su nombre. Puesto que no se menciona en la edición que
comentamos a la señora de Baralt, a quien se debe el mayor número de datos, reproducimos
este pasaje del artículo antes citado:
Un conocido de mi marido y de su hermana, Adelaida Baralt,
soltera a la sazón, era el director del periódico El Latino Americano. Varias
veces este señor había pedido el auxilio de ambos en su deseo de conseguir
colaboraciones para su revista... El amigo se empeñó en que ella le escribiera una
pequeña novela original. En vano protestó que no había nunca hecho esa clase de
trabajos; el hombre insistió ofreciéndole una cantidad, si no crecida, apreciable.
Adelaida, acordándose de Martí, íntimo amigo de la casa, que andaba siempre en busca de
cualquier trabajo que le proporcionase un decoroso pasar, le propuso que escribiese él el
cuento, y si tenía reparo en firmarlo, que lo enviara con un seudónimo. Él se hizo
cargo del trabajo bajo la condición de que la señorita Baralt consintiera en aceptar una
parte del importe... Se había convenido en que se firmaría el cuento con tres estrellas;
pero Martí puso al pie el nombre y casi el apellido de mi cuñada, Adelaida Ral. De
seguro que nunca pensó que Amistad Funesta se publicaría como obra suya, ni que
por ella la crítica iba a juzgarlo. Y, sin embargo, es bien suya; en cada página ha
puesto algo de su propio ser.
El texto de Gredos es el único que conocemos, el del tomo
X de las obras recopiladas por Quesada reproducido luego en otras colecciones,
y es lamentable que no se hayan ahora incluido, en forma de notas, las correcciones que
hizo su autor, según testimonio del propio Gonzalo de Quesada.(1) Con ellas hubiéramos visto lo que Martí alteró, o
quiso alterar, en la reimpresión de que nos habla un borrador de prólogo inconcluso
datos valiosos por ser los únicos preparados por Martí para la segunda edición de
uno de sus libros y en la que quizá habría corregido algunos de los descuidos que
aún aparecen en la obra.(2) En vez de esa edición
anotada, que además de facilitar su estudio podría arrojar nueva luz sobre el estilo de
Martí, nos llega Amistad Funesta con un extenso prólogo que muy poco añade a lo
que ya sabíamos sobre la única novela de Martí, en cuanto a su historia y su valor
literario. En este último aspecto nada ha podido superar el valioso trabajo de Enrique
Anderson Imbert, que no es sólo, como dice el prefacio del profesor González, "un
estudio técnico", ni está "dedicado especialmente al análisis de los valores
impresionistas que contiene".(3)
El cambio de título de Amistad Funesta a
"Lucía Jerez" no tiene ninguna razón de ser; quizá estuvo justificado para la
edición que se pensó en vida de Martí, toda vez que la novela había aparecido pocos
años antes y hubiera podido molestar a los editores de la Compañía Hecktograph que
pagaron por la obra. Se afirma aquí, sin embargo, que "la voluntad del propio autor
autoriza y justifica... el cambio de título". Lo único que dijo Martí sobre ese
asunto fueron las palabras del prólogo incompleto, donde se lee: "El autor... dejó
rasguear la péñola, durante siete días, interrumpido a cada instante por otros
quehaceres, tras de los cuales estaba lista con el nombre de Amistad Funesta
la que hoy con el nombre de Lucía Jerez sale nuevamente al mundo." ¿Cómo sabemos
que fue "la voluntad del propio autor" la que decidió este cambio? Ni aun nos
consta si la reimpresión iba a ir firmada por él. Es más lógico pensar que quien se
propuso editarla recomendó el cambio por intereses puramente comerciales puesto que, muy
en contra de lo que se afirma ahora para justificar la alteración, ésta no habla en
favor del "buen olfato crítico" de Martí; aunque Lucía es el personaje más
complejo de la novela y en el que el autor se detiene para pintar su conflicto, no llega
muy por encima de Juan Jerez y Sol del Valle, los que sí completan el triángulo trágico
de la obra, la "amistad funesta", titulo del original, muy apropiado, que debe
respetarse.
Dice el profesor González al hablar del personaje Lucía:
"Es casi seguro que a esta figura de ficción transfiere Martí parte por lo menos de
la idiosincrasia de su propia esposa, Carmen Zayas Bazán, de la cual estaba
definitivamente separado". Desde luego, esto no es exacto, pues la señora de Martí
volvió a Nueva York para ver a su marido en 1890, pero lo que nos interesa destacar es
que el personaje mismo mal coincide con Carmen Zayas Bazán; por lo pronto no parece
venirle bien la primera descripción que de ella leemos: "Robusta y profunda".
Sin embargo, mucho de ella hay en la mujer del pianista Keleffy, pues éste también se
había casado "con una mujer a quien creyó amar, y la halló luego como una copa
sorda, en que las armonías de su alma no encontraban eco". En Ana descubre el
crítico español la imagen de Mariana Matilde (Ana) Martí, pero sobre ella no hay
suficientes datos para afirmar que "la criatura de ficción y el modelo se
identifican totalmente". Poco sabemos de Ana Martí para hacer tan categórica
afirmación: sólo que, como la otra, se interesaba en la pintura, por su amistad con
Manuel Ocaranza, y que murió joven, pero no tuberculosa, como se afirma en la página 43,
sino por una lesión cardiaca. Sol-Leonor es María García Granados, de acuerdo con esta
identificación de los personajes femeninos. Martí le dijo a Máximo Soto Hall que María
"física, moral e intelectualmente, era una criatura perfecta". Así aparece en
la novela la hija de doña Andrea, además de tocar el piano como la niña de Guatemala,
pero ¡qué lejos de la opulencia del ex presidente guatemalteco la miseria de la viuda y
huérfanas del Valle! y, por lo tanto, en nada deben recordar las angustias y aspiraciones
de Sol las de María García Granados. Sobre la novela de Martí no puede asegurarse más
que lo dicho por Quesada y Aróstegui (que tiene "algo de su propia
existencia"), o la señora de Baralt (que "en cada página ha puesto [Martí]
algo de su propio ser"); toda otra afirmación obliga a ocultar rasgos para que
brillen más los que convienen.
Respecto a Juan Jerez, en este prefacio se sigue la
tradición de los biógrafos de Martí que lo identifican con su creador, pero Martí no
está sólo en Juan Jerez. De él hay algo en Manuelillo, el estudiante emigrado que
"desde niño empezó a dar señales de ser alma de pro", y "tenía en la
sangre el microbio sedicioso" porque andaba, como decía doña Andrea, "comido
de aquellas ansias de redención y evangélica quijotería que le había enfermado el
corazón al padre". De él hay algo en el pianista húngaro, que también padecía
"aquel dolor de vivir sin cariño, y sin derecho para inspirarlo ni aceptarlo, puesto
que estaba ligado a una mujer a quien no amaba... y le hacía parecer a las veces
extravagante y huraño... aunque por la suavidad de su mirada y el ardor de su discurso se
atrajese desde el primer instante, como un domador de oficio, la voluntad de los que le
veían. "De él hay algo en don Manuel, el abogado "de ideas liberales" que
sentía en sí la maldad de sus semejantes, "por ser hombre él, como un pecado
propio", y que llegó a América donde se dedicó al periodismo escribiendo
"himnos encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad", para luego
dedicarse a la enseñanza. Aun hay algo de él en Sol, por el fervor con que ama a su
madre y porque mereció la protección de la directora del colegio para que la pobreza no
tronchara sus estudios. ¿No hace pensar en Mendive y en la madre de Martí el diálogo
final del capitulo segundo, cuando aquella maestra que tenía "un tierno afecto"
por la niña, recomendó a doña Andrea que permitiera a su hija quedarse en el colegio
para completar la educación que merecían sus dotes? También tiene ella trece años como
Martí en 1866, cuando Mendive pide permiso a don Mariano y a su esposa para que su alumno
pueda continuar los estudios en el Instituto.(4) De él
hay algo en Ana, porque como Martí en sus escritos, siente pudor de descubrir su
espíritu ya que pone en sus cuadros todo lo visto y lo vivido; por eso dice de sus obras
a Juan: "...desde que los imagino hasta que los acabo voy poniendo en ellos tanto de
mi alma, que al fin ya no llegan a ser telas, sino mi alma misma, y me da vergüenza que
me la vean, y me parece que he pecado con atreverme a asuntos que están mejor para nube
que para colores". Y más adelante le aclara al referirse a sus cuadros: "¡Como
si no supiera yo que cada flor de aquéllas es una persona que yo conozco, y no hubiera yo
estudiado tres o cuatro personas de un mismo carácter, antes de simbolizar el carácter
de una flor..." Martí también se siente culpable y dice que ha pecado al escribir Amistad
Funesta. ¿Será nada más porque en la ficción no le era posible "tender a nada
serio", como aclara en el prólogo, o es que, como Ana, teme haber puesto en ella
muchos "asuntos que están mejor para nube que para colores"? Había dicho,
pensando en Cecilio Acosta: "No todas nuestras penas y placeres, ni nuestras
opiniones interesan... Se tiene más interés en ver al que se oculta, que al que a todo
paso nos sale a los ojos". Y en cuanto al proceso de la creación artística sigue la
inteligente pintora la técnica de Martí, quien dejó escrito en uno de sus Cuadernos de
Apuntes (el número 7): "Pasa en poesía como en pintura: se debe copiar del natural,
y no hacer las figuras de memoria"; y en la introducción de los "Versos
libres": "Lo que aquí doy a ver lo he visto antes (yo lo he visto, yo), y he
visto mucho más que huyó sin darme tiempo a que copiara sus rasgos", todo lo cual
se resume en aquel principio que apuntó en 1881: "Necesito ver antes lo que he de
escribir". Por todo lo que se ha dicho hasta aquí parece un poco arriesgado precisar
los modelos de Martí para sus personajes, pues como Ana con sus flores, al crearlos,
debió estar pensando el novelista en "tres o cuatro personas de un mismo
carácter".
Hay en el prefacio de esta edición de Amistad Funesta
otras opiniones que también merecen comentario; seguimos el orden del editor. En la
página 10, al hablar de los críticos españoles que se han ocupado de Martí, dice el
profesor González: "En años más recientes y con más cabal información han
escrito Rafael Marquina, Ángel Lázaro, Ricardo Gullón. Guillermo Díaz Plaja y en estos
días Andrés Sorel... La generación que en pos de ellos llegó [Federico de Onís,
Fernando de los Ríos, Manuel Isidro Méndez y Herminio Almendros] ha contribuido muy poco
a la exegética martiana. La excepción más notable es Andrés Sorel". De este
último debemos ocuparnos. Sólo conocemos de él dos antologías: José Martí sobre
España (Madrid: Editorial Ciencia Nueva, 1967), y José Martí: En los Estados
Unidos (Madrid: Alianza Editorial, 1968), las que presenta con una breve introducción
y algunas notas. Si los aportes del señor Sorel a la bibliografía martiana se limitan a
esos dos libros, no es muy acertado mencionarlo junto a otros españoles cuyos estudios
sí han contribuido al mejor conocimiento de la obra y la vida de Martí. Cierto, el
señor Sorel califica al apóstol de la independencia cubana como "luchador y
escritor anti-imperialista", aunque Martí fue mucho más que eso, pero se equivoca
al decir que en 1889, cuando la Conferencia Internacional Americana, "las
penetraciones imperialistas ...comenzaban a perfilarse", pues es bien sabido que
mucho antes de que naciera Martí ya estaban más que "perfiladas" las
incursiones de los Estados Unidos en Hispanoamérica.
Es también poco exacto cuando afirma que "la acción
en Martí, suplió la típica incapacidad del intelectual lúcido para escapar a su
condición burguesa. Halló la muerte combatiendo por sus ideas revolucionarias",
porque Martí no actuó para escapar de nada ni sacrificó su vida por otro motivo que la
total independencia de su patria, a lo que se oponía, desde luego, en primer lugar,
España. Pero no son estas opiniones ni otras por el estilo las que alejan al señor Sorel
de alguno de los críticos que menciona el prefacio. Son afirmaciones como éstas:
"Siempre he considerado que la mejor manera de conocer a un escritor es a través de
su obra" [!]; "... su ubicación, política y estética [de Martí], donde mejor
puede verse es en su propia obra" [!]; y el gracioso manejo del idioma, como cuando
dice que Martí había "accedido a Nueva York, al final del mandato presidencial de
Hayes"; le descubre "posos influenciadores [sic] de Hegel y Santa Teresa" y
señala que "su pensamiento y sus escritos habían sido influenciados [sic]
por las diversas corrientes que encontró en sus lecturas"; o habla de "las
visitas enfebrecidas [de Martí] a los museos", de cómo "se cohesiona con los
revolucionarios" mientras sus artículos "van goteándose a lo largo de los
periódicos, bibliotecas, lugares varios de América..."
En la página 13 del prefacio que estamos comentando, para
demostrar la "permanente vigencia" de Martí se pregunta el profesor González:
"¿No es revelador y prueba inconcusa de lo dicho el hecho de que siendo el más
denodado paladín de la libertad, la democracia, y sobre todo, de la dignidad y decoro del
individuo que en nuestro idioma se haya producido, lo hayan traducido a tantas lenguas de
países comunistas mucho antes de que en Cuba se produjera la revolución marxista?"
La vigencia de Martí, desde luego, no necesita de esa prueba. y no dejaría de ser
"revelador" que a un hombre como Martí, que es todo lo que dice la cita, se le
traduzca en los países donde falta toda libertad y se mantienen gobiernos para los que
nada significan "la dignidad y decoro del individuo"; pero no es completamente
cierta la afirmación puesto que antes de 1959, si exceptuamos una breve selección china
y la traducción de algunos Versos Sencillos al checo, la más extensa versión de
los países comunistas fue hecha en Rusia, y de la antología en que aparecieron algunos
de sus poemas y veinticinco selecciones en prosa dice Eugene Chester Sneary, que la
estudió en su tesis doctoral en Tulane University, en 1959, "José Martí in
Translation":
In the two articles from Martis writings on the
United States "Jesse James, gran bandido" and "Cómo se crea un pueblo
nuevo en los Estados Unidos" Martí has written somewhat bitingly against what he saw
as injustice in each case. As might be expected, the Russians have been quick to seize
every opportunity to present the United States in a bad light, hence their translation of
these two unimportant articles alongside such others as "La verdad sobre los Estados
Unidos", "México y los Estados Unidos", "Congreso Internacional de
Washington" and "Un gran escándalo" in which Martí objectively criticizes
this nation for its shortcomings, particularly in its dealings with its weaker neighbors.
On the contrary, articles that tend to praise the United States "Inauguración
de un presidente", "Fiestas de la Estatua de la Libertad", "Fiestas de
la Constitución en Fladelfia" or to eulogize its great men "El
poeta Walt Whitman", "Emerson", "El general Grant",
"Longfellow" and "El Presidente Garfield" have all been omitted
from the Russian volume.
Y concluye, después de comentar la ausencia en la
selección rusa de los ensayos sobre Bolívar, San Martín, Cecilio Acosta, José Antonio
Páez y los discursos políticos del 10 de Octubre: "It becomes obvious, therefore,
that the Russians have been guided more by political reasons than by literary values in
their choice of prose selections from José Martí". La "permanente
vigencia" de su obra donde se ve, pues, no es en las traducciones de "los
países comunistas" antes de 1959, sino en lo que no quisieron o no se atrevieron a
traducir.
La dedicación del profesor Manuel P. González a Martí, y
su extensa bibliografía, merecen el reconocimiento de todos los que se interesan en la
vida y la obra del gran cubano, pero como destaca los valores de Martí a fuerza de
reducir los méritos de los que nunca se lo hubieran discutido, o se vale de comparaciones
que como dice el refrán siempre son odiosas, o recurre con tanta frecuencia al insulto,
nos parece que le hace muy pobre servicio a la figura que quiere defender. Decir que
"la verdad indiscutible es que Darío no inició nada", y que "el principal
responsable de este embrollo [sobre la paternidad del modernismo], lo mismo que de la
absurda y mendaz identificación de modernismo con el rubendarismo, fue el
propio Rubén Darío... quien sabía mejor que nadie, y por eso insistió tanto y tan
embusteramente en mantener el doble infundio", para concluir que el infeliz poeta
nicaragüense "tuvo buen cuidado de no adjudicarse una primogenitura a la que no
tenía derecho" hasta que murieron Martí, Gutiérrez Nájera, Silva y Casal, no es
sólo una distorsión de la verdad histórica sino también una gran injusticia y la
negación de toda seriedad crítica.
Bien puede en ese empeño de situar a Martí como iniciador
del modernismo (¡Cómo entristecería al Apóstol ver tanta pasión pueril para
asegurarle la hegemonía de un movimiento literario, más aún hoy ante la crisis de sus
más queridos ideales!), hacerlo nacer en fecha u obra determinada, bifurcarlo y
presentarnos esa curiosa martificación de Darío a partir de 1900, para sustentar sus
opiniones, pero no tiene derecho a decir, entre otras ofensas, que "la incuria, la
ignorancia y la inercia mental" hace que algunos críticos no piensen como él, o no
se hayan dado cuenta de lo que para él parece tan evidente. A Martí no hace falta
empujarlo, menos en esos caminos, menos con esas manos. "Mi verso crecerá, bajo la
yerba yo también creceré", dijo en profecía, y si no fuera "iniciador y
máximo representante" del modernismo, como quiere el profesor González, no pierde
nada su gloria de hombre ni de escritor. Por otra parte, el valor literario de Martí no
resalta más porque se califique de "lengua mostrenca carente de valores poéticos y
de elegancia" la prosa de la novelística española e hispanoamericana anterior a
1885; ni porque la naturaleza tenga "mucha mayor importancia en Martí que en ningún
otro escritor en nuestra lengua", ni porque "nadie en español durante el siglo
pasado haya prodigado tanto la sinestesia como Martí desde 1875", ni las haya usado
"tan atrevidas, poéticas y renovadoras"; ni vale más Amistad Funesta
porque, con las condiciones que impusieron a su autor, "ni Balzac ni Tolstoi hubieran
podido escribir una narración siquiera mediana".
Todas esas comparaciones son innecesarias. Tal parece que
el critico y profesor español tiene que recurrir a ellas, como también a rebuscadas
expresiones ("general nesciencia", "actitud troglodítica",
"prosistas galos coevos", "carácter insenescente", "Martí es
ínsito, abrumador y permea su verso", y tienden al perfeccionamiento del hombre sus
"cogitaciones de pronunciado acento deontológico") por haber prodigado, durante
tanto tiempo, lo mismo el insulto gratuito como el elogio exagerado. Hace poco que,
perdiendo toda perspectiva crítica, calificó a Raúl Roa como "el prosista más
vigoroso y original que en Cuba se ha producido en el presente siglo", mientras
consideraba la publicación de un volumen de artículos periodísticos del mismo autor
"el acontecimiento literario de mayor significación que en Cuba se ha dado en los
últimos ocho años". Y entre otras hipérboles de no muy buen gusto, supone que la
"inteligencia... demasiado aguda" del actual ministro de Relaciones
Exteriores
de Cuba le hizo abandonar el apellido de su madre, García, para quedarse con ese
"nombre breve, enérgico y vivaz", Raúl Roa, en que "el ríspido y
reiterado sonido de la erre es un elemento fonético predominante en esta lacónica gracia
y el que mejor define el temperamento y las peculiaridades estilísticas del autor".(5)
También por el tono violento y desagradable con que está
escrito el prefacio de la edición de Gredos no sólo es inútil sino inconveniente: llega
a parecer como si el calificativo del título original de la novela, que aquí se
suprimió a capricho, se hubiera apoderado de esas páginas que ahora la presentan, porque
nada es más ajeno a la obra y al espíritu de Martí que esa brusquedad en la expresión
y esa ira en asuntos y extremos que merecen siempre el lenguaje y el tratamiento de una
crítica más seria.
|