Cuando pensaba en qué
decirles esta noche, se me ocurrió la idea de que el propio Martí iba a asistir a estos
actos. Lo imaginaba sentado en una de esas sillas, con su roído gabán, y el bombín
redondo sobre las piernas, algo hundido en el asiento para que no lo conocieran, con una
leve sonrisa de gratitud en el rostro, mirándonos con discreción y ternura, a los
niños, a las mujeres, a los jóvenes que le prepararon el homenaje, a cuantos lo llevan
en su corazón y hoy quisieron honrarlo.
No había venido porque se fuera a hablar de él, sino porque en este
lejano rincón iba a vibrar, en todos los actos, la piedad y el amor a su patria. Él
estaría aquí, y yo, entre el encogimiento y la sorpresa, tendría que hablar de acuerdo
con su augusta presencia y lo más ajustado a la ocasión. No me pareció que creería
oportuno insistir hoy en su ejemplo y su doctrina, otra vez repetir, de la riquísima
cosecha, aquel mensaje suyo lleno de promesas y de encantamiento. No me pareció que le
gustaría, en esta hora de urgencia, el regodeo a que invitan su vida y sus ideas, a la
mera contemplación fervorosa, al regalo de seguir su espíritu de privilegio. Me fue
fácil, después de la corta meditación, adivinar lo que Martí ahora habría de
considerar de obligado análisis, el objeto de su desvelo, Cuba, partida y dispersa como
nunca, en afrenta y humillación como nunca, y de lo que quiso para ella, como nunca más
ausente y viciado por el egoísmo de algunos de sus compatriotas.
Por eso vamos a hablar de lo que se está haciendo con su país, de lo
que se está haciendo allá con su nombre, de lo que se está haciendo con la historia de
Cuba, que él resume en eminencia y en virtud. Con la brevedad que impone la hora, vamos a
exponer la adulteración de la doctrina martiana, la traición del castrismo, y, luego,
reflexionar sobre nuestro deber ante la deslealtad y la apostasía.
Una de las constantes de los gobiernos comunistas es la distorsión de
la historia. Se tuerce la razón de los hechos para explicar el pasado, y luego, con las
mismas simplezas, se predice el futuro. El fanatismo les nace de esa mentira por la que se
creen arquitectos del porvenir: si ciertos factores movieron de una manera la sociedad,
otros, impuestos por la fuerza, la han de mover en la dirección apropiada, hacia aquel
paraíso en que el hombre, dejando de serlo, se convertirá en una pieza de la gran
maquinaría social. Cualquier medio para ese fin así se justifica. El común denominador
de todo dogmatismo consiste en disculpar la forma criminal de realizar su propósito. Pero
la falsificación de la historia también tiene otro objetivo: los gobiernos que la
practican, otra vez en provecho propio, buscan así disimular la negación de lo nacional,
y reducir los juicios naturales que conspiran contra ellos.
Si analizamos el manejo de la historia en Cuba, en los últimos
diez y ocho años hemos de notar que, cada vez que han doblado más las rodillas los
gobernantes, por la presión del extranjero, han echado a volar citas patrióticas y
recuerdos de nuestros héroes. El año 1968 es un buen ejemplo. Había Castro agotado todo
tipo de aventuras para ampliar su mando: contra la realidad económica, habla forzado la
industrialización de Cuba; desoyendo las esperanzas del país, había vuelto a la
factoría del monocultivo; había ensayado con Guevara, en contra de la opinión de los
partidos comunistas de la América Latina, el camino guerrillero; había buscado a Mao y
pretendido dirigir los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo; se había atrevido a
poner en tela de juicio la autoridad de la Unión Soviética, a la que consideraba
atrasada en conciencia marxista; había intentado llegar al comunismo en construcción
simultánea a la construcción socialista; y cuando sus amos se cansaron de tantos
desplantes e impertinencias, lo amenazaron, y Castro, que es cien veces más ambicioso que
insolente, para mantenerse en el poder, se plegó servil aplaudiendo la entrada de los
tanques Soviéticos en Praga y en dicha oportunidad declaró su deseo de que los
rusos, con iguales razones que en Checoslovaquia, intervinieran en Cuba si se veía
amenazado su gobierno. Desde entonces hasta hoy puede seguirse paso a paso la bochornosa
sovietización de Cuba, en las limitaciones a la sociedad, en la estructura del Estado, en
la economía, en la política internacional, en toda actividad del país.
En ese año 1968, cuando Castro decidió la entrega total de Cuba a la
Unión Soviética (año, por cierto, de sabotajes, guerrillas, fusilamientos y
persecución de intelectuales, latidos todos de la rebeldía criolla por la venta de la
nación), en ese año, aprovechando el centenario del Grito de Yara, del que casi no se
había ocupado el gobierno, se organizó, para el 10 de Octubre, una serie de campañas de
patriotismo estridente por las que se trataba de unir la revolución de Céspedes con la
revolución de Castro: la revolución que se inició para romper las cadenas del
imperialismo español, con la revolución que había encadenado la patria al imperialismo
soviético. Y cuando concluyó el proceso para rendir la soberanía, ocho años más
tarde, en 1976, con la impuesta constitución socialista, copiada de la rusa, redactada
por una camarilla del partido comunista de Cuba, donde se pierde con la independencia
cuanto se había ganado en siglo y medio de luchas y de sacrificios, para disimular la
felonía al pueblo, se le puso en el preámbulo de ese texto constitucional esta
increíble declaración: "Nosotros, ciudadanos cubanos, herederos y continuadores
de... los que despertaron la conciencia nacional... los patriotas que en 1868 iniciaron
las guerras de independencia contra el colonialismo español y los que en el último
impulso de 1895 las llevaron a la victoria..., guiados por la doctrina victoriosa del
marxismo leninismo, apoyados en el, internacionalismo proletario, en la amistad fraternal,
la ayuda y la cooperación de la Unión Soviética y otros países socialistas...,
declaramos nuestra voluntad de que la ley de leyes de la república esté presidida por
este profundo anhelo, al fin logrado, de José Martí: Yo quiero que la ley primera
de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del
hombre." Así, pues, de un plumazo, incorporaban nuestra historia mejor a esa
cartilla de indignidades; con ella el cubano sometía su albedrío y su futuro al capricho
de la Unión Soviética.
Nos quejábamos de nuestra constitución de 1901, porque los americanos
nos habían impuesto una Enmienda en la Constitución que limitaba la soberanía, y
setenta y cinco años después se nos aparece el marxismo-leninismo criollo con una
Constitución que toda ella es una Enmienda Platt: el apéndice podrido de 1901, como en
un cuento de Kafka, había crecido al calor de estos cubanos coloniales y se transformó
en la nueva ley que rige al país. Dice en uno de sus artículos: "La República de
Cuba forma parte de la comunidad socialista mundial, lo que constituye una de las premisas
fundamentales de su independencia y desarrollo en todos los órdenes". Y ya sabemos
lo que significa formar parte de la "comunidad socialista mundial", y, si no,
preguntémoselo a los húngaros y a los checos; a Bulgaria y a Polonia, y nos dirán que
Cuba así queda convertida, por el principio de la "integración socialista" y
la "división internacional del trabajo", en una colonia soviética que ha de
explotarse de acuerdo con los intereses de Moscú. Y dice otro articulo de esta
constitución: "La República de Cuba hace suyos los principios del internacionalismo
proletario... y basa sus relaciones con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y
demás países socialistas en el internacionalismo socialista, en los objetivos comunes de
la construcción de la nueva sociedad..." Y esto significa, otra vez, que, como la
madre de esa gran familia es Rusia, cuando ésta necesite de nuestra patria, allí la
tiene, por su "soberanía limitada", de sirviente, esperando la decisión del
Kremlin: basta invocar el internacionalismo, y ya se justifican todos los
desprendimientos: ahí está el ejemplo de la desbastada economía cubana y la presencia
de Cuba en los países africanos. Y así podríamos recorrer las disposiciones de esa
constitución socialista, y a cada paso señalar la negación de nuestra historia.
Ese culto infame tiene su técnica: sacan a la plaza los nombres
queridos de Céspedes, Agramonte, Maceo y Martí, y de los cubanos puros de la era
republicana, y dicen que, si vivieran hoy, se habrían arrancado las vestiduras de
mártires y de héroes para sustituirlas por las del esclavo y del verdugo. También
ellos, dicen, participarían en la destrucción de la patria que fundaron equivocada y
enferma; también ellos, en contacto con los tiempos nuevos, verían en el
marxismo-leninismo la única salida para Cuba. Es que el ladrón cree que todos son de su
misma condición. Como el movimiento revolucionario de Castro esgrimió en sus comienzos
ideas sacadas de nuestra historia, y luego, cuando le estorbaron la avaricia, las echó a
un lado con la disculpa de anticuadas e inoperantes, lo mismo habrían hecho nuestros
grandes hombres, aunque sus vidas, sus pensamientos y sus escritos nieguen con claridad
deslumbradora esa solución para Cuba. Cuando Céspedes, siguiendo la constitución de
Guáimaro, dijo: "Todos los habitantes de la República son enteramente libres... y
se declaran inviolables las libertades de culto, imprenta, reunión pacífica, enseñanza
y petición, y todos los demás derechos inalienables del pueblo", es porque
Céspedes no sabía de las ventajas que suponen los principios importados de la Unión
Soviética limitando todos los derechos; no sabía que renunciarlas en favor del partido
comunista es un motivo de honor; que, después de todo, "en cadenas vivir" no es
necesariamente "vivir en afrenta y oprobio sumido", como cantaba su amigo
Perucho Figueredo; que por la magia del marxismo-leninismo el yugo se hace estrella, y
hombría la servidumbre. Cuando Agramonte dijo en su famoso discurso de estudiante en la
Universidad de La Habana: "La centralización hace desaparecer ese individualismo
cuya conservación hemos sostenido como necesaria a la sociedad. De allí al comunismo no
hay más que un paso: se comienza por declarar impotente al individuo y se concluye...
destruyendo su libertad, sujetando a reglamentos sus deseos, sus más intimas afecciones,
sus necesidades, sus acciones todas"; cuando Agramonte dijo eso, es porque no
conocía del celo con el que un grupo de bandoleros que se hace llamar "vanguardia de
la clase obrera", maneja lo destinos de Cuba; es que tampoco sabía que esa libertad
por la que murió en Jimaguayú no era tal libertad, sino la simple "explotación del
hombre por el hombre", y nada apetece hoy más el cubano que ver regimentada su vida,
que le ordenen el pensamiento, que le formen sus creencias y lo empujen de un lado a otro
de la isla para vivir, como limón apretado, donde más jugo rinda al déspota.
Cuando Maceo explicaba sus ideas sobre el futuro de Cuba, y pedía
"inquebrantable respeto a la ley, y decidida preferencia por la forma
republicana", y añadió, "ésos han sido y serán siempre los ideales por los
que ayer luché y que mañana me verán cobijarme a su sombra si la providencia y la
patria me llaman nuevamente al cumplimiento de mi deber", cuando Maceo escribió eso,
en una carta de 1888, no conocía la utilidad del principio socialista por el que la ley
no es límite del Estado sino su instrumento; no sabia que esa forma republicana de la que
habló ya está probada inútil, que lo científico y lo correcto para su pueblo es la
"dictadura del proletariado", donde la cosa pública excluye al individuo, y lo
hace, con su prójimo, manada de animales a que laman la bota que los oprime.
Cuando Martí, precaviendo la importación de doctrinas extran-jeras en
sostén de futuras tiranías dijo: "La ciencia, en las cosas de los pueblos, no es
ahitar el cañón de la pluma de digestos extraños, y remedios de otras sociedades y
países, sino estudiar, a pecho de hombre, los elementos ásperos y lisos del país, y
acomodar al fin humano del bienestar en el decoro los elementos peculiares de la patria,
por métodos que convengan a su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él",
cuando Martí dijo eso, un año antes de su muerte, no conocía los vínculos que unen al
gran imperio socialista; no estaba enterado, o no había entendido, que los problemas son
los mismos en todas las latitudes, que ahora hay un remedio universal para los males de la
humanidad, que es el marxismo-leninismo; que esa preocupación suya por estudiar lo
propio, y de ello sacar las fórmulas del porvenir, para no forzar la realidad y trabar la
justicia, no es más que un prejuicio burgués, indigno de un revolucionario; que la
medicina socialista lo mismo ha servido para curar al feudalismo de China, el mundo
decrépito de los zares, las colonias europeas de África y los gobiernos corrompidos de
nuestra nación; cuando Martí escribió esa carta no sabía que la caridad bien
entendida, en las cosas de Cuba, empieza ahora en Angola y Etiopía, y no en la propia
casa cubana, y que lo justo no es darle a sus compatriotas el fruto de su tierra, ni
emplearlos en la construcción de su país, sino entregarlos a los rusos para que puedan
éstos empujar la balanza en el reparto del mundo.
Con esos procedimientos, prolongando las ideas de un hombre, estirando
sus juicios hasta falsificarles la postura, podría afirmarse que, de haber vivido hoy,
también hubieran denunciado la absorción imperialista de Cuba Julio Antonio Mella y
Rubén Martínez Villena: podrían ellos haber evolucionado, como otros de su generación,
salidos de las mismas filas, y haberse convencido de que el comunismo no es la solución
para Cuba. Y podrían pensarse en las cárceles cubanas, o en el exilio, a Tony Guiteras,
y a Pablo de la Torriente Brau por su preocupación por la justicia social y su lucha
contra el totalitarismo. Pero eso es pura demagogia, una falta de honradez. No hablemos
por los que ya no pueden hablar. A nosotros no nos hace falta suponerle posturas a nadie.
Nuestra historia contradice el actual camino de Cuba. Pero eso no significa, y quizás
convenga la aclaración, que hablamos de una historia estancada e inerme. Lo que traiciona
el castrismo es nuestra tradición progresista, a la que le cierra los caminos más
avanzados de la humanidad. Podemos estar seguros de que Céspedes, Agramonte, Maceo y
Martí, y todos los hombres puros que siguieron sus ideas, nada tienen que ver con la Cuba
de hoy, pero asimismo podemos estar seguros de que nada tienen que ver con esa Cuba de
ayer que a veces pinta aquí la nostalgia más que la verdad. Cambian los tiempos, y quien
se encapriche en detener el pasado, yerra. Nace el arroyo y va labrándose lecho entre las
rocas, crece y empuja a quien le impide la carrera: ni ha de volverse el río a la madre,
y limitarle en la tierra su labor, ni encerrarlo en una cueva a ver si, a fuerza de lodo,
sale de él una banda de alacranes.
Poco pueden hacer, en el terror y el despotismo, nuestros hermanos de
Cuba. El manejo del pan y del fusil tiene al pueblo sometido. No hay país bajo el dominio
de Rusia con leyes más estrictas, con mayores inhibiciones para los ciudadanos, con más
severos castigos para los disidentes. Se habla aquí, con irritación y repugnancia, de
los desmanes de Stalin, en los mismos círculos de gobierno y la prensa que buscan
apurados e hipócritas disculpas para el estalinismo cubano. Allá nada pueden decirles de
la infamia: apenas un poeta escribe sus versos en contra del régimen, y ya está en
prisión, cumpliendo larga condena. ¿Qué pueden hacer? Como en tiempos de España,
apretar de ira los puños ante el látigo del nuevo capataz, y esperar en silencio. No les
basta a los indolentes y a los ignorantes que van a Cuba de tapadura del crimen, el
trágico balance de nuestra patria, y el saldo debemos ponérselo en cifras de sus
entrañas: ¿qué pensarían de un gobierno que, en este par, para mantenerse en el poder,
tuviera en las cárceles un millón de presos políticos, hubiera asesinado cuatrocientos
mil, y obligara a vivir en el exilio a veinticinco millones de norteamericanos? Esas son
las medidas, ¿o es que nuestra desgracia es menos digna de respeto porque nacimos en una
isla que han oprimido o codiciado tantos errores?
Nosotros podemos hacer mucho por Cuba. La actual descubanización nos
obliga a afirmarnos en lo propio. El problema trasciende de lo político y llega a la
esencia misma del ser cubano. Nuestra labor no puede limitarse a cambiar el sistema de
gobierno, a lograr un estado de justicia y de libertad en una patria "con todos y
para el bien de todos"; ahora tenemos también que defender lo nuestro. Cuba no es
sólo un pedazo de tierra, campo de experimento y de explotación de los imperios, ni es
sólo motivo de recuerdo el verde y el azul de sus campos y de su cielo; Cuba es una forma
original de contemplar el universo, una voluntad de ser, plasmada en una cultura y en un
pensamiento que se resumen en sus hombre mejores, en ésos que hoy nos escamotea el
comunismo; Cuba es un proceso y una esperanza que debe llevar el futuro por los caminos a
que la llaman nuestra historia. Lo que Cuba fue, será, y lo que no fue, no lo será
nunca, y no se encuentra un minuto en esos dos siglos, ni en la peor opresión o en las
épocas del más grande conformismo, en que no hubiera rebeldías contra los tiranos y los
explotadores; y ahora se nos aparecen los mandones nuevos con la mentira de que el noventa
y nueve por ciento de los cubanos han aprobado ese texto constitucional que a todos los
hace esclavos. Cuba no es ésa,¿o es que las aguas del mar se han tragado el espíritu de Baraguá, la protesta de los constituyentes de 1901, la insubordinación estudiantil del
machadato y la revolución popular contra Batista? La historia de un país anda por dos
vertientes: en lo que pecó y en donde entronizó la virtud; si merecemos la desgracia por
lo que pecamos, se ha de cumplir la penitencia hasta redimir las faltas, pero que no se
invoque como disculpa del crimen actual aquellas cumbres de virtud.
Somos nosotros los que hoy más tenemos que hacer por Cuba. El gobierno
allá, y sus agentes aquí, quieren persuadirnos de que en el extranjero formamos una
minoría condenada al olvido y a la desintegración; que pronto seremos otro tronco de
inmigrantes sin savia ni futuro, sin amor a lo propio, confundidos por el idioma y unas
reglas en el juego de la vida que no son las nuestras; que hemos de sucumbir como aquellos
que abandonaron su tierra por el tedio del hambre o el afán del lucro; que la nueva
generación ha de vivir indiferente al destino de su patria. Eso es mentira. Llevamos casi
veinte años de peregrinación, y en toda casa cubana late la tragedia, en toda casa
cubana andan los ojos puestos en el porvenir de la isla, en toda casa cubana, entre el
desconcierto y el apuro de vivir, preside los actos nuestra bandera. ¿Cuándo la
distancia y la incomodidad del destierro ahogaron el alma de Cuba? ¿Dónde se hizo
nuestra cultura? No por cierto, toda, bajo los gobiernos despóticos de España. Nuestra
cultura se hizo en Nueva York, en París, en Madrid, en México, por los desterrados. No
se le quebró el fervor cubano al padre Varela, de párroco entre las nieves del Norte,
donde hizo publicar sus Lecciones de Filosofía y
reunió en un libro de versos los de su. compatriota Zequeira; no se le quebró el fervor
cubano a José María Heredia, quien primero en México y luego en Nueva York dio a la luz
su poesía añorando las palmas; y tras esos gigantes del pensamiento y de la poesía, a
la cabeza de la admirable procesión, podríamos traer aquí después, para que dijeran
con nosotros que el fervor cubano no se quiebra por la distancia de la patria, al
humanista José Antonio Saco, al abogado Morales Lemus. al naturalista Felipe Poey, al
músico Ignacio Cervantes. al orador Ramón Zambrana, al novelista Cirilo Villaverde, al
pintor Juan Peoli, al costumbrista Betancourt Cisneros, al historiador Pedro Guiteras, al
científico Álvaro Reynoso. al bibliófilo Bachiller y Morales, al ensayista Enrique
Piñeyro, a! médico José Joaquín Albarrán, al crítico Manuel de la Cruz, al
periodista al Juan Gualberto Gómez, al profesor Luis Felipe Mantilla y al ingeniero
Aniceto Menocal, por citar en cada profesión un solo nombre fundador. Y con ellos, un
carroza de plata, vendrían los poetas: Zenea, Teurbe Tolón, Isaac Carrillo, Federico
Orgaz, José Joaquín Palma, Mendive, Torroella, Santacilia, los hermanos Urbach y Juanita
Borrero Echeverría, y tantos otros que, mientras evocaban su tierra, iban sentando las
pautas de nuestra literatura. Todos harían suyos aquellos versos rebeldes de su
compatriota Milanés, de cuando España se empeñaba también en descubanizar la isla;
dicen en resuelta afirmación de nacionalidad:
Hijo de Cuba soy, a ella me liga
un destino potente, incontrastable,
con ella voy, forzoso es que la siga
por una senda horrible o agradable.
Por ella voy sin rémora ni traba,
ya muerda el yugo o la venganza vibre:
con ella iré mientras la llore esclava,
con ella iré cuando la cante libre.
Y presidiendo a cuantos aquí hemos traído, para enriquecer aún más
al testimonio, vendría quien a todos los suma, cuyo recuerdo hoy nos reúne, José
Martí; porque ¿dónde hizo Martí su obra? Toda lejos de Cuba. Y ¿qué asiento más
sólido de lo eterno cubano? Martí no sólo trabajó para su tiempo, pues mientras haya
una forma cubana de sentir la vida, habrá que volver a su palabra. Hay hombres pueblo; en
ellos converge el espíritu de una nación, y por el prodigio de su fe y de su genio, se
convierten en sendas del porvenir. La vigencia a Martí no le nace del impulso de
trascender, sino de la amorosa reducción de su talento al tema de Cuba, que es como
alcanza su obra universalidad. Y ese milagro no se hizo al amparo del hogar y en el calor
de su tierra, sino sobre la misma piedra inhóspita y extraña por la que nosotros
andamos.
La cultura cubana es en gran parte un quehacer de viaje, y los que
vamos en él no seremos ingratos al oficio. Con la limitación y la capacidad de cada uno,
y en el empleo que nos ocupa la vida, sigamos el camino de tantos viajeros ilustres.
Tenemos que adentramos más en lo nuestro, y exponerlo con orgullo. Que aprendan nuestros
niños, en la escuela, del patriota rico de Boston, Samuel Adams, pero que también
aprendan de nuestro Francisco Vicente Aguilera, de Bayamo; que sepan del George Washington
victorioso en Yorktown, pero que sepan también del Máximo Gómez victorioso en Mal
Tiempo; que recuerden la Betsy Ross de la bandera americana, pero que también recuerden
la Cambula Acosta de la bandera de Yara; que lean la Canción de Hiawatha, de Longfellow,
pero también que lean los Rumores del Hórmigo, de nuestro Cucalambé; que estudien los
ensayos de Emerson, pero que también estudien los Aforismos de Luz y Caballero; que
admiren el magisterio de Oliver Wendell Holmes, pero que también admiren el de Enrique
José Varona; que conozcan los aportes a la ciencia de Thomas Edison, pero que conozcan
también los de Carlos Finlay a la medicina.
Nos reunimos aquí en homenaje, y para terminar, conviene que
recordemos el origen de esa palabra, de cuando en la antigüedad prometía el vasallo
acato y entrega a su señor. Un homenaje a Martí no puede ser otra cosa que un homenaje a
la patria. Salgamos de esta sala, él entre nosotros, como antes lo vimos, más cubanos
que nunca. No nos falte el aliento por el desvío y la indolencia de algunos, ni porque en
el puñado de sus errores encuentren aquí razón para censurarnos. También en aquellos
tiempos fundadores decían que éramos débiles y viciosos, porque suena más, en la hora
triste de un pueblo, la flaqueza que el esfuerzo, y no vieron a los que iban labrando en
el silencio doloroso del destierro las bases de una nacionalidad. Salgamos de esta sala
más cubanos que nunca, y sea este año de aniversario, en todos nuestros actos de verdad
un año de homenaje a Cuba.
|