Se cumple en este año el sesquicentenario del término
"socialismo", que se usó por vez primera en Francia para contraponerlo al
individualismo, entendido éste como la primacía del individuo sobre el conjunto. Con ese
amplio sentido, por el que la parte se somete voluntariamente al conjunto, por el que se
subordina a metas altruistas el egoísmo natural del hombre, se puede calificar a Martí,
con muchos pensadores del siglo XIX, de socialista. Pero ya en su tiempo se hacía la
distinción entre un "socialismo de todas las clases", que es una especie de
nacionalismo, y un "socialismo de la clase obrera", que quería poner en manos
del Estado la dirección del cuerpo social y del individuo. En esa acepción, que se
acerca al marxismo, Martí, por supuesto, no es socialista.
También en los años de Martí, los propagandistas del socialismo por evolución
natural y medios pacíficos, hacían esfuerzos por distinguirse de los que propugnaban la
violencia para el control de la sociedad. Martí estaba consciente de las diferencias, y
por eso escribió en su Cuaderno de Apuntes: "Lo primero que hay que saber es
de qué clase de socialismo se trata, si de la Icaria cristiana de Cabet, o las visiones
socráticas de Alcott, o del mutualismo de Prudhomme [sic], o el familisterio de
Guisa, o el Colinsismo de Bélgica, o el de los jóvenes hegelianos de Alemania, aunque
bien puede verse, ahondando un poco, que todos ellos convienen en una base general, el
programa de nacionalizar la tierra y los elementos de producción".
Y enseguida Martí añade entre comillas estas palabras sobre el marxismo, cita tomada
de Contemporary Socialism, el libro de John Rae, que tanto orientó sus juicios:
"The land of the country and all other instruments of production shall be made the
joint property of the community, and the conduct of all industrial operations be placed
under the direct administration of the State".
Decir que Martí no estaba informado de las corrientes socialistas de su época es
ignorar al ávido lector, al político que buscaba fórmulas para mejorar la sociedad, y
al revolucionario que no hubiera detenido su acción, por el camino correcto, para lograr
la justicia. Era, además, el socialismo, un tema de actualidad: en 1886 había en los
Estados Unidos 34 publicaciones, 5 de ellas diarias, representando varias facciones
socialistas. Es un error pensar que Martí era en asuntos sociales un "ingenio
lego", como se dijo de Cervantes, también sin fundamento, sobre la cultura de su
época.
Otro intento de los marxistas ha sido inventar una especie de evolución en Martí
respecto a sus ideas sociales, como si hubiera cambiado desde una posición conservadora
hacia otra más radical. De esta manera puede suponerse que viviendo, por ejemplo hasta
los 65 años, habría leído El Estado y la revolución, de Lenin, y así hubiera
comprendido la función del Estado tradicional como instrumento de la opresión clasista,
la necesidad del proceso revolucionario para lograr la dictadura proletaria, y la
inevitable evolución desde el capitalismo hacia el comunismo. No hay duda de que Martí,
con los años y las experiencias vividas en los Estados Unidos, agudizó su preocupación
sobre los problemas sociales, pero eso no quiere decir que haya en él un cambio en su
pensamiento, lo que cambiaba era el panorama de los Estados Unidos.
Su primera exposición ante el conflicto entre el capital y el trabajo la tuvo en
México. Al margen de su labor periodística, allí fue representante en un congreso
obrero, participó en los gremios locales, intervino en huelgas para las que procuró el
apoyo de los estudiantes y defendió la publicación conciliadora El proletario.
Los pensadores de La Reforma influyeron en Martí al analizar estos problemas. Una de
las más recias personalidades de aquella generación fue Ignacio Ramírez, y de él son
estas palabras que resumen el pensamiento de los liberales que entonces gobernaban el
país; dijo en 1874: "Tengo aversión a los sistemas comunistas que degradan la
dignidad humana; deseo un arreglo equitativo entre el capital y el trabajo, un arreglo en
que no intervenga directamente la autoridad... No se trata de sacrificar a nadie, ni al
rico ni al pobre, sino de ponerlos de acuerdo". Y es por eso que al año siguiente
Martí afirma: "El derecho obrero no puede ser nunca el odio al capital: es la
armonía, la conciliación, el acercamiento del uno al otro". Y también entonces
manifiesta su aversión ante las doctrinas importadas para resolver los conflictos, y
dice: "La imitación servil extravía en economía como en literatura y en
política... Tiene en cada país especial historia el capital y el trabajo: peculiares son
de cada país ciertos disturbios entre ellos, con naturaleza exclusiva y propia, distinta
de la que en tierra extraña por distintas causas tenga. A propia historia, soluciones
propias. A vida nuestra, leyes nuestras. No se ate servilmente el economista mexicano a la
regla, dudosa aun en el mismo país que la inspiró".
Hay un pasaje en la vida de Martí, que no se recuerda lo suficiente, y es de mayor
importancia para lo que aquí interesa. Tiene que ver con los actos que preparaban en Cayo
Hueso los obreros para celebrar el 1º de Mayo, en 1894. Dos de los mejores amigos de
Martí estaban en los preparativos: Fermín Valdés Domínguez y Serafín Sánchez. En una
carta del primero a Gonzalo de Quesada se encuentra esta información; le escribe:
"Aquí yo no soy más que un agitador político... Los obreros cubanos tendrán
fiesta y meeting en 1º de Mayo. Es en San Carlos, y yo soy el de la
bulla". Como parte de la propaganda para la celebración, Serafín Sánchez le envió
a Martí, un articulo sobre el cual también le dice a Gonzalo de Quesada: "Siento
que Martí te escamoteara mi artículo para Patria, que no se publicara porque
habla de Robespierre. Esta carta escrita con tinta roja destila sangre; así es mi credo
de antiguo revolucionario". Martí vio el peligro y le salió al paso: en respuesta a
aquella actividad que él veía impropia del espíritu del Partido Revolucionario Cubano,
escribió en su periódico: "[los miembros de este Partido] no ven la dicha del país
en el predominio de una clase sobre otra, sin el veneno y el rebajamiento voluntario que
va en la idea de clases, [puesto que] la piedad hacia los infortunados, hacia los
ignorantes y desposeídos no puede ir tan lejos que encabece o fomente sus errores. El
reconocimiento de las fuerzas sordas y malignas de la sociedad... no puede ir hasta juntar
manos con la soberbia impotente para provocar la ira segura de la libertad poderosa".
Y enseguida agrega:
Hay que deponer mucho, que atar mucho, que sacrificar mucho, que apearse de la
fantasía, que echar pie a tierra con la patria revuelta, alzando por el cuello a los
pecadores, vista el pecado palio o rusia: hay que sacar de lo profundo las virtudes:"
sin caer en el error de desconocerías porque vengan en ropaje humilde, ni negarlas
porque se acompañen de riqueza y cultura... Otro peligro social pudiera haber en Cuba:
adular, cobarde, los rencores y confusiones que en las almas heridas o menesterosas deja
la colonia arrogante tras sí, y levantar un poder infame sobre el odio o desprecio de la
sociedad democrática naciente a los que, en uso de la sagrada libertad, la desamen o se
le opongan. A quien merme un derecho, córtesele la mano, bien sea el soberbio quien se lo
merme al inculto, bien sea el inculto quien se lo merme al soberbio... Si desde la sombra
entrase en ligas, con los humildes o con los soberbios, sería criminal la revolución, e
indigna de que muriésemos por ella.
Por aquella actividad de algunos cubanos que querían celebrar en el Cayo la fiesta
obrera, Martí le escribió una carta a Valdés Domínguez. En ella se ve la misma actitud
que había manifestado públicamente. Faltaba sólo un año para su muerte, pero su
posición ante el problema social era la misma que en México, y le dice al amigo:
Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas, y tu respeto de
hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquél, un poco
más de orden cordial, y de equilibrio indispensable en la administración de las cosas
del mundo... Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas
extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y rabia disimulada de los
ambiciosos que, para ir levantándose en el mundo, empiezan por fingirse, para tener
hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados... El caso es no
comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y
siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas
de buena cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del 1º de Mayo. Ya
aguardo tu relato, ansioso.
Desde luego, después de carta tan discreta como clara, Valdés Domínguez, que fue sin
duda el amigo que más quiso y respetaba a Martí, debió retraerse de aquella
celebración pues su "relato" nunca llegó a Patria.
Para el exacto entendimiento de lo que Martí pensaba del socialismo marxista, es de
primera importancia conocer los Cuentos de hoy y mañana, de Rafael de Castro
Palomino, publicado en 1882 por la conocida e influyente Imprenta y Librería de Néstor
Ponce de León, libro totalmente olvidado y rarísimo, del cual quizás sólo hay un
ejemplar en las bibliotecas de los Estados Unidos. El "Prólogo" de Martí, por
supuesto, es bien conocido, pero la crítica no ha descubierto su verdadera significación
porque no lo ha leído con referencia al texto que lo motivó. Era Castro Palomino uno de
los muchos emigrados cubanos que vivían en Nueva York, se dedicaba a la enseñanza y fue
un cercano colaborador de Martí. En 1882 publicó esos cuentos que llevan como subtitulo Cuadros
políticos y sociales, que no tienen, por cierto, gran mérito literario. Son dos
narraciones: la primera se titula: "Un hombre, por amor de Dios", y la otra
"Del caos no saldrá la luz". Martí dice de ellas en su "Prólogo":
es "un libro sano, libro vigoroso, libro útil... Ni odios, ni intereses, ni
preocupaciones, ofuscan el juicio del sensato y modesto autor de los Cuentos de hoy y
mañana, libro que divulga en forma amena las razones en pro y en contra de las varias
soluciones sociales... [y que] populariza del modo humano conque han de irse resolviendo
estos problemas meramente humanos". Y entre otros elogios agrega:
Con tacto desusado, y con sereno juicio, ni a los ricos adula el autor de este
libro, ni a los pobres increpa: ni a aquéllos oculta la urgencia de acatar el
derecho del hombre a una vida remunerada y noble, ni a éstos esconde cuánto
tendría de adementada y sangrienta la tentativa de imponer a una masa rica y fuerte,
soluciones confusas o antihumanas, con las que se encrespa a veces..., cuanto de
volador y soberano encierra el admirable espíritu del hombre. Antes serán los árboles
dosel de la tierra, y el cielo pavimento de los hombres, que renunciará el espíritu
humano a sus placeres de creación, abarcamiento de los espíritus ajenos, pesquisa de lo
desconocido, y ejercicio permanente y altivo de sí propio. Si la tierra llegara a ser una
comunidad inmensa, no habría árbol más cuajado de frutas, que de rebeldes gloriosos el
patíbulo... Este libro que enseña todo esto, es más que un libro, es una buena acción.
Es necesario revisar los cuentos para saber qué es lo que Martí suscribe y aprueba.
El primero presenta varios personajes que simbolizan intereses y tendencias políticas
determinadas: el capital, el trabajo, el proteccionismo, el imperialismo militarista, el
anarquismo y el marxismo. Reunidos en una cervecería de Nueva York, discuten y exponen
sus programas para resolver los conflictos sociales. Como no están de acuerdo, deciden
consultar a un hombre notable que ha de decidir quién tiene la razón; éste es el
Honorable Arthur Wisdom, quien escucha los planteamientos de cada uno y luego enjuicia las
fallas y contradicciones de sus programas hasta convencerlos de sus errores. Despachados
los cuatro primeros visitantes, Mr. Wisdom se queda con Mr. Labor y Mr. Dollar. Les
explica la importancia que tiene el uno para el otro, y les advierte que la única
solución en sus desavenencias se ha de lograr con "una distribución más justa y
equitativa de la riqueza", la que se ha de producir, dice, cuando "por una
evolución natural de la sociedad, llegue el momento en que el capital y el trabajo, hoy
antagonistas, se unan y auxilien mutuamente". Y concluye Mr. Wisdom: "Con la
violencia sólo se cosechan ruinas: la fuerza podrá muchas veces vencer, pero jamás
convencer... Pretender edificar de momento será siempre locura: las sociedades nacen y no
se hacen. Si queremos de buena voluntad acortar el plazo de cualquier reforma,
perfeccionémonos individualmente y así precipitaremos el perfeccionamiento del
conjunto".
Aunque no mejor escrito, el otro cuento, "Del caos no saldrá la luz", tiene
especial valor para el tema que aquí se analiza, y evidencia en Castro Palomino buen
conocimiento de las principales corrientes socialistas del siglo XIX. Bajo la influencia
del naturalismo que entonces dominaba la literatura europea, este autor se propuso hacer
también un experimento como el que había hecho Emilio Zola en la novela: situar a sus
personajes en determinado escenario y sacar conclusiones de sus actos. Hoy nos parecen
ingenuas las pretensiones cientificistas de aquel ejercicio literario, pero en su tiempo
se consideraba válido. Castro Palomino inventa una colonia comunista y va a sacar
resultados de aquel experimento social de la misma manera que Zola destacaba el
determinismo hereditario en una familia. Hay que tener en cuenta que en aquella época no
se podía discutir sobre el marxismo más que en un plano teórico toda vez que no se
había establecido en ningún país. Hacía falta así esa especie de laboratorio para
verlo vivo.
El asunto del cuento es el siguiente: después de la Comuna de París, a fines de 1871,
llegaron a los Estados Unidos dos marxistas que habían participado en aquel alzamiento
proletario: un joven francés, el Coronel La Chimère, es decir el soñador, y un
"comunista radical" el capitán Unthunlich, que significa en alemán algo como
el que hace lo que no debe. Siguiendo el programa de la Comuna francesa crearon una
población de unas mil personas, todos comunistas, en unas minas del Estado de
Pennsylvania. Su propósito era demostrar las ventajas del sistema para que otros imitaran
el experimento. La discusión de lo que allí sucedió se produce diez años más tarde,
después de fracasar, y cuando los dos iniciadores han abandonado su antigua ideología.
Están en una comida con un abogado de Boston que se llama Mr. Truth. A éste le cuentan
la razón y el proceso del descalabro. Cuando empezaron a trabajar, según dicen, el
primer inconveniente surgió cuando los obreros más productivos protestaron por la
vagancia de algunos de sus compañeros, y hubo que poner "vigilantes" para
igualar el rendimiento. "Lo que sucedía", comenta el francés, "era
natural que sucediera: nuestro entusiasmo y el deber que nos habíamos impuesto, por
poderosos que fueran, no bastaban a apagar por completo nuestros sentimientos naturales de
hombres, y el interés empezó a manifestarse". Entonces se desarrolló lo que hoy
conocemos por Bolsa Negra: éstas son sus palabras: "Los trabajadores más
económicos iban acumulando en sus casas lo que ahorraban de lo que recibían, y fue
necesario hacer registros minuciosos a domicilio para evitar la propiedad. Esta
inspección produjo las misiones de confianza, por las cuales cada individuo quedaba
facultado, en secreto, a inspeccionar a su vecino desde el momento que, con o sin razón,
lo consideraba sospechoso". Es decir, en aquella comuna inventada hace un siglo fue
necesario crear los mismos mecanismos represivos que sufrieron tantos países de la
tierra, y que describió de m~era magistral George Orwell. Por otra parte se planteó la
cuestión de lo que hoy se conocen como incentivos morales e incentivos materiales para el
trabajador; añade el que está en uso de la palabra:
El producto del trabajo disminuía porque al fin los obreros buenos, los que podían
dar impulso a la empresa, no teniendo estimulo, decidieron graduar la fuerza de sus tareas
por la de los otros... [y así] el comunismo, tal como lo practicábamos, no sólo
suprimía la propiedad, sino también el trabajo. Era imposible, a pesar de nuestro
entusiasmo, soportar la injusticia de que todas las actividades se midieran y
recompensaran del mismo modo. El estimulo que hace al hombre excederse en el trabajo, y
perfeccionarlo alimentando la esperanza de verse remunerado, no podía existir entre
nosotros.
Más notables sucesos acaecieron en aquella comuna de Pennsylvania; sigue el mismo
narrador: "También habíamos suprimido la libertad, puesto que obedecíamos a leyes
inflexibles de uniformidad grosera... sufriendo constantemente una inquisición perpetua,
insoportable... además, la ambición de mando, el deseo de conservar las mejores
posiciones, trajo un desconcierto inexplicable". Pero por suerte para los que allí
estaban, la mina de carbón no tenía fronteras vigiladas, y, como era de esperar, empezó
el éxodo: lo resume así: "Las deserciones fueron en aumento, y en poco tiempo
quedó reducida la colonia a unos cuantos ilusos sin criterio alguno". Y concluye el
antiguo coronel de la Comuna:
"La sociedad sólo puede regenerarse por la reorganización de sus partes, y no es
posible obtener mejora alguna por sistemas que sustituyan la acción individual por la
dirección de un centro, cualquiera que éste sea. En vano se empleará la restricción
para realizar lo que sólo puede hacerse por la libertad". Y el otro comensal en
aquella reunión, Mr. Truth, resume lo que viene a ser la tesis del libro, el resultado de
aquella experiencia, con estas palabras de profunda sabiduría y visión del futuro:
La organización social no podrá soportar cambio alguno que trastorne las leyes
naturales de la humanidad: cuando éstas se desprecian, la reacción es inevitable, y si
esos cambios se imponen se necesitaría una fuerza coactiva para mantener el orden, porque
los hombres no son ángeles... [y] esta fuerza formaría al fm un gobierno mucho más
fuerte, mucho más tiránico que el que se destruyera... Los más fuertes se
constituirían, por su valor u otras causas, en jefes absolutos, y sólo imperaría la ley
de la fuerza... el principio de la tiranía. Ciegos e infructuosos serán todos los
esfuerzos: la libertad económica sólo podrá adquirirse por la libertad política.
Al terminar estas observaciones sobre el pensamiento de Martí respecto a la cuestión
social, de manera directa sobre su palabra, y en reflejo con sus comentarios sobre los Cuentos
de Castro Palomino, ante su prudente posición, se podría dudar de su crédito de
revolucionario. Con la supuesta ignorancia de las corrientes de su época cabía excusarle
su apartamiento o reserva ante las posiciones avanzadas, pero ahora, ¿habrá que
conformarse con un Martí pequeño burgués, ~individualista y timorato que alguna vez
pintaron los marxistas de Cuba? El, que vio con transida sensibilidad la miseria y el
abuso capitalista, ¿cómo pudo resistir el llamado de aquéllos que en su época
procuraban la equidad social a través de las luchas del proletariado? ¿Es que se tendrá
que abandonar su guía quien hoy mira el mundo y lo ve aún con el egoísmo entronizado a
nombre de la libertad? Y no se le podría preguntar, tú, tú que quisiste echar tu suerte
con "los pobres de la tierra", ¿cómo no echaste tu vida en la avanzada de los
que en tu época apuraban el mundo para redimirlos? ¡Ah! pero no, porque bien mirada esa
aparente tibieza se vuelve sabiduría; la ceguera, previsión; y su cautela, vaticinio. El
genio es un adivinador. Martí no necesitó un siglo y vivir el experimento para saber sus
consecuencias. En ansias de redención, en proyectos para la humanidad, Martí fue más
socialista que todos los que han enarbolado esa bandera. Martí fue más revolucionario
que todos los que han querido torcer el cauce del mundo. Pero él descubrió que una cosa
es el deseo de ver triunfar la justicia, y otra condenarla por las mismas fuerzas que la
pretenden conquistar; una cosa es la transformación de la sociedad, y otra ir disfrazado
de cambio para seguir en el desequilibrio y en el exceso. Martí no creyó en ninguna
alteración social que no estuviera garantizada por la libertad, aunque él sabia que la
libertad es también a veces amparo de la avaricia, aunque él sabía que hay una libertad
burguesa y una libertad proletaria, una ancha y otra encogida, pero, aun así, la
consideró indispensable para el progreso de la sociedad. Por eso es vano el empeño del
marxismo-leninismo de encontrar en Martí alguna raíz de su error, y no lo encuentra
porque él es el remedio del error. El propuso el mejoramiento del hombre porque no puede
haber solución al conjunto sin el perfeccionamiento de las partes. Su camino no fue
mejorar a la fuerza el Estado democrático para mejorar al hombre, sino al revés, y donde
el iluso sembraba la ira él sembró la virtud. Ante los sistemas imperfectos de su época
y de la nuestra, sólo hay esperanzas en ese "socialismo" martiano donde el
ejercicio natural de la libertad pugne, ensaye y demande, con la urgencia que lo requiere,
los cambios necesarios para lograr, en una honda transformación social, lo que él llamó
"la dignidad plena del hombre".