Siempre hubo para Martí en los Estados Unidos dos
espíritus, uno bueno y otro malo, y nadie como él, de todos los extranjeros que supieron
de ellos, los estudió mejor, ni fue más justo ante los méritos y vicios del país, ante
sus virtudes y vergüenzas. El propósito de este trabajo es el de presentar algunos
aspectos menos recordados de su visión negativa de la América inglesa, en particular del
símbolo que empleó con mayor fortuna para referirse a ella: "la patria de
Cutting".
La retórica antiyanqui
Las censuras de Martí sobre los Estados Unidos, así como su prédica
antiimperialista, no son fruto de su exclusiva meditación y experiencia, sino que, al
igual que en otras manifestaciones de su pensamiento, entroncan con la más pura
tradición cubana.
Ya en el siglo XVIII se habló de la amenaza del expansionismo de Norteamérica como
producto de su codicia. En 1775 el marqués de Vergennes, Ministro de Estado de Luis XVI,
previendo lo que traería la independencia de las colonias inglesas, escribió: "Yo
estoy convencido de que no se detendrán en este punto, y que avanzarán hacia el sur, de
donde expulsarán a sus habitantes, o harán que se les sometan, sin dejar a las potencias
de Europa ocupar en América ni una pulgada de terreno. Por supuesto, que no es
mañana cuando se manifestarán estas consecuencias..." Siglo y cuarto más tarde,
con la derrota de España por los Estados Unidos en Cuba se iba cumplir la profecía del
diplomático francés.
El conde de Aranda, quien había apoyado la entrada de España en la guerra de
independencia de los norteamericanos, pudo decir: "Esta República ha nacido, por
así decirlo, pigmea, y ha necesitado del auxilio y apoyo nada menos que de dos Estados
tan poderosos como Francia y España para conquistar su independencia; pero vendrá un
día en que ella será gigante, un verdadero coloso, temible en aquellas comarcas, y
entonces, olvidando los beneficios que ha recibido, sólo pensará en su propio interés y
crecimiento..."; y añadía el asesor de Carlos III esta predicción sobre el futuro
de la América española, a la que se refiere con el término tan gustado luego por
Martí: "Mi tema es que no podemos sostener el total de nuestra América... Me
he llenado la cabeza de que la América Meridional se nos irá de las manos..."
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John Quincy Adams
(1767-1848), hizo fracasar el Congreso de Panamá que hubiera
llevado a Cuba a los libertadores de Hispanoamérica,
aplicando la Doctrina Monroe. Fue el principal teórico de la
gravitación política que enriquecería los territorios de
los Estados Unidos.
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A principios del siglo XIX el economista cubano Francisco Arango y Parreño insistía
en el mismo pronóstico, y hasta con palabras semejantes: "Vemos crecer, no a palmos,
sino a toesas, en el Septentrión de este mundo, un coloso que se ha hecho de todas las
castas y lenguas, y que amenaza ya tragarse, si no a nuestra América entera, al
menos la parte del norte [en particular] esta preciosa isla, que vale por sí un imperio,
pero que se halla expuesta a los terribles riesgos de la vecindad de los Estados
Unidos..." No por otra razón el santo cubano Félix Varela llegó a escribir ante el
peligro de la absorción americana: "Desearía ver a Cuba tan isla en lo político
como lo es en la naturaleza".
Poco después, por esos juicios, ante la gestión de algunos de sus compatriotas en
favor del anexionismo, y por la avaricia de sus vecinos del Norte, escribió el sabio
bayamés José Antonio Saco: "La desmesurada ambición de los Estados Unidos presenta
ya un obstáculo inmenso a la verdadera independencia de Cuba, pues aun suponiendo que
ésta llegase a conseguirla, muy pronto la perdería... Víctima sería de la rapacidad
americana, en cuyas garras perecerían sus tradiciones, su nacionalidad y hasta el último
vestigio de su lengua". Por su parte el camagüeyano José de Armas y Céspedes, que
colaboraba en El Americano, de París, periódico que en España leía Martí,
escribió en 1872 sobre los Estados Unidos: "Entre sus glorias y sus vergüenzas, sus
progresos y sus atrasos, sus virtudes y sus crímenes, acaso pronto se decidirá a qué
lado se inclina la balanza, si a la civilización verdadera o al refinamiento bizantino.
Prosperó favorecida por dos elementos opuestos: la libertad y la esclavitud; se
engrandeció con la generosidad y el egoísmo, y en todas materias siguió presentando en
complacido consorcio los más contrarios principios..."; y concluye que la América
del Norte bien podría reformarse "al calor de las buenas doctrinas
republicanas" o caer "de lleno en la centralización y el cesarismo".
Más cerca de la llegada de Martí a los Estados Unidos, en sus Estudios y
Conferencias de Historia y Literatura, Enrique Piñeyro, el más prestigioso crítico
literario de la emigración, incluyó un trabajo con el título de "Los Estados
Unidos en 1875", en el que presentaba juicios que luego serían lugares comunes del
aprecio negativo de la América sajona desde Martí hasta el punto culminante del
mismo, el Ariel, de 1900, del ensayista uruguayo José Enrique Rodó; decía
Piñeyro: los Estados Unidos son "el país del dinero, del dollar omnipotente.
En la lucha a brazo partido que cada individuo se prepara a empeñar, apenas desciende a
la arena de la vida, toman todos parte, el hombre, la mujer, el niño. Ni el sexo ni la
edad entibian en el pecho el ardor de esa ambición vulgar. Hay un cierto grado de
instrucción, más generalizado quizás que en otras partes, pero exclusivamente
encaminado a la práctica ordinaria de la vida y unido a una aspereza, a una ruda
educación de atleta que repugna y que lastima. Las bellas artes, o no existen, o florecen
destituidas de encanto y poesía, objeto a menudo de especulación y de almoneda..."
Con esos antecedentes no resulta difícil explicar el temprano juicio de Martí, de
cuando estudiaba en el Instituto de La Habana, en el que por vez primera habló de la
América materialista, resistente a lo espiritual, y en el que aparece su más antiguo
neologismo; escribió: "Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.
Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad", por lo que creía dañino imitar sus
leyes y sus costumbres toda vez que ellas le "han dado al Norte alto grado de
prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado
para hacerlo próspero". Tiempo después, en 1875, al ver en México el peligro
por el expansionismo norteamericano, se planteaba estas preguntas: "¿Qué va a ser
América: Roma o América? ¿César o Espartaco? ¿Qué importa que el César no sea uno,
si la nación, como tal una, es cesárea?"; y añadía: "¡Abajo el cesarismo
americano! ¡Las tierras de habla española son las que han de salvar en América la
libertad, las que han de abrir el continente nuevo a su servicio de albergue honrado. La
mesa del mundo está en los Andes!" Dos años más tarde, con el mayor pesimismo,
escribió: "La nación norteamericana morirá pronto, morirá como las avaricias,
como las exuberancia, como las riquezas inmorales... El tamaño es la única grandeza de
esa tierra..."
Años más tarde, en 1880, llegó Martí a Nueva York, donde iba a residir durante
quince años, y enseguida perfila los dos modos de la América sajona: "Estoy, al
fin", dijo, "en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Se puede
respirar libremente, por ser aquí la libertad fundamento, escudo y esencia de la vida.
Aquí uno puede estar orgulloso de la especie..."; pero advierte enseguida: "El
poder material, como el de Cartago, si crece rápidamente, rápidamente declina. Si ese
amor de riqueza [de los norteamericanos] no está temperado y dignificado por el ardiente
amor de los placeres intelectuales... [si] no alcanza parejo desenvolvimiento al de la
fervorosa y absorbente pasión del dinero, ¿a dónde irán?" Y ante el complejo
espectáculo se propone analizar los Estados Unidos; escribe: "Estudiaré el pueblo
más original, veré caras benevolentes de hombres, caras retadoras de mujeres, las
fantasías más caprichosas e irrecomendables: todas las grandezas de la libertad y todas
las miserias de los prejuicios..." Son las dos "patrias" que él distingue:
una que ha de respetar y querer, la de Lincoln, origen de "todas las grandezas de la
libertad"; y la otra, que desprecia y denuncia, la que años más tarde ha de
sintetizar en la de Cutting, origen de "todas las miserias y de los prejuicios".
"Vindicación de Cuba"
Con ese título publicó Martí, en 1889, un artículo en The Evening Post, de
Nueva York. Era su respuesta a un escrito aparecido días antes en The Manufacturer, de
Filadelfia, con el título "¿Queremos a Cuba?", el cual poco después
suscribió el periódico neoyorquino. The Manufacturer comentaba el proyecto de los
Estados Unidos de comprar a Cuba, y hacía un recuento de las ventajas y de las
desventajas que adquirir la isla le traería al país; así razonaba: "Su capacidad
productiva no es aventajada por ninguna otra porción del globo terráqueo. Su tabaco es
el mejor del mundo. Es el suelo favorito de la caña. Y su adquisición nos emanciparía
inmediatamente de todo el universo en nuestra provisión de azúcar. Allí prosperan todos
los frutos tropicales... [y] casi no habría entonces fruto alguno de cuantos da la tierra
que no se produjera dentro de nuestros dominios...". Pero The Manufacturer se
oponía a adquirir la isla; y razonaba de esta manera:
Su población se divide en tres clases: españoles, cubanos de ascendencia española, y
negros. Los españoles están probablemente menos preparados que los hombres de ninguna
otra raza blanca para ser ciudadanos americanos. Han gobernado a Cuba siglos enteros. La
gobiernan ahora con los mismos métodos que han empleado siempre, métodos en que se junta
el fanatismo a la tiranía, y la arrogancia fanfarrona a la insondable corrupción. Lo
menos que tengamos de ellos será lo mejor. Los cubanos no son mucho más deseables. A los
defectos de los hombres de la raza paterna unen el afeminamiento y una aversión a todo
esfuerzo que llega verdaderamente a enfermedad. No se saben valer, son perezosos, de moral
deficiente e incapaces por la natura y la experiencia para cumplir con las obligaciones de
la ciudadanía en una república grande y libre. Su falta de fuerza viril y de respeto
propio está demostrada por la indolencia con que por tanto tiempo se han sometido a la
opresión española, y sus mismas tentativas de rebelión han sido tan lastimosamente
ineficaces que se levantan poco de la dignidad de una farsa. En cuanto a los negros
cubanos están claramente al nivel de la barbarie. El negro más degradado de Georgia
está mejor preparado para la Presidencia [de los Estados Unidos] que el negro común de
Cuba para la ciudadanía americana...
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Caricatura de 1893
representando la idea de "la manzana madura",
expuesta por John Quincy Adamas en 1823.
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Martí respondió con indignación a los insolentes juicios del periódico de
Filadelfia. Años más tarde, ya fundado el Partido Revolucionario Cubano, ante otro
injusto ataque como ese de 1886, indicó cómo se debía proceder en tales situaciones.
Había sucedido lo siguiente: a principios de 1894 un grupo de americanos que residían en
Cayo Hueso, para proteger sus intereses y en franca violación de la ley, empezaron a
introducir en el lugar, traídos de Cuba, obreros españoles que perjudicaban a los
obreros de la emigración que estaban en huelga. Lo que escribió Martí entonces en un
artículo, traducido al inglés con el título "To Cuba!", explica su reacción
ante la falta de respeto y el atrevimiento de The Manufacturer, que debe ser la
obligada respuesta de todo exiliado a quien le infaman su patria; dijo entonces:
Ni pueblos ni hombres respetan a quien no se hace respetar. Cuando se vive en un pueblo
que por tradición nos desdeña y codicia, que en sus periódicos y libros nos befa y
achica, que, en la más justa de sus historias y en el más puro de sus hombres nos tiene
como a gente jojota y femenil que de un bufido se va a venir a tierra; cuando se vive, y
se ha de seguir viviendo, frente a frente a un país que, por sus lecturas tradicionales y
erróneas, por el robo fácil de una buena parte de México, por su preocupación contra
las razas mestizas, y por el carácter cesáreo y rapaz que en la conquista y el lujo ha
ido creando, es de deber continuo y de necesidad urgente erguirse cada vez que haya
justicia u ocasión, a fin de irle mudando el pensamiento, y mover a respeto y cariño a
los que no podremos contener ni desviar, si, aprovechando a tiempo lo poco que les queda
en el alma de república, no nos les mostramos como somos. Ellos, celosos de su libertad,
nos despreciarían si no nos mostrásemos celosos de la nuestra. Ellos, que nos creen
inermes, deben vernos a toda hora prontos y viriles. Hombres y pueblos van por este mundo
hincando el dedo en la carne ajena a ver si es blanda o si resiste, y hay que poner la
carne dura, de modo que eche afuera los dedos atrevidos. En su lengua hay que hablarles,
puesto que ellos no entienden nuestra lengua...
La respuesta de Martí ante el ataque norteamericano de 1886, su "Vindicación de
Cuba" ("A Vindication of Cuba"), empezaba reconociendo los méritos de los
Estados Unidos para luego censurarles el egoísmo y la avaricia: los cubanos, dijo,
"admiran esta nación, la más grande de cuantas erigió jamás la libertad... [y]
anhelan el éxito definitivo de la Unión Norteamericana, como la gloria mayor de la
humanidad ("the crowning glory of humanity")... pero no pueden creer
honradamente que el individualismo excesivo, la adoración de la riqueza, y el júbilo
prolongado de una victoria terrible, estén preparando a los Estados Unidos para ser la
nación típica de la libertad..." Y respecto a la valoración negativa de los
cubanos, recordando los éxitos logrados por la emigración, añadía: "Estos
'perezosos que 'no se saben valer, llegaron hace veinte años con las manos
vacías, salvo pocas excepciones; lucharon contra el clima; dominaron la lengua
extranjera; vivieron de su trabajo honrado, algunos en holgura, unos cuantos ricos, rara
vez en la miseria; gustaban del lujo y trabajaban para él; no se les veía con frecuencia
en las sendas oscuras de la vida; independientes y bastándose a sí propios, no temían
la competencia en aptitudes ni en actividad..." Y con el recuerdo de las cubanas, sin
duda con el de tantas como la esposa de Francisco Vicente Aguilera, la de Ignacio
Agramonte y la de Cirilo Villaverde, continuaba razonando: "... las mujeres de estos
'perezosos, que 'no se saben valer, de estos enemigos de 'todo esfuerzo,
llegaron aquí recién venidas de una existencia suntuosa, en lo más crudo del invierno:
sus maridos estaban en la guerra, arruinados, presos, muertos: 'la señora se puso a
trabajar; la dueña de esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás de un
mostrador; cantó en las iglesias; ribeteó ojales por cientos, cosió a jornal, rizó
plumas de sombrerería; dio su corazón al deber; marchitó su cuerpo en el
trabajo..." Y concluía su respuesta al periódico de Filadelfia con una afirmación
de la voluntad de lucha del patriotismo cubano, y con el merecido reproche a los
anexionistas que con sus aspiraciones demoraban la libertad de su país: "Sólo con
la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad. Y es la verdad triste que
nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber
sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril ("the unmanly hope")
de los anexionistas, de obtener la libertad sin pagarla por su precio..." Fue en
medio de este valiente escrito, su "Vindicación de Cuba", donde Martí acuñó
la frase que aquí se comenta, la más conocida suya al hablar de su aprecio y su repudio
de los Estados Unidos: "Amamos la patria de Lincoln tanto como tememos la patria de
Cutting" ("We love the country of Lincoln as much as we fear the country of
Cutting").
A. K. Cutting
Es conocida la admiración de Martí por Lincoln. En una oportunidad confesó:
"Por dos hombres temblé y lloré al saber de su muerte, sin conocerlos, sin conocer
un ápice de su vida: por don José de la Luz y por Lincoln". Doce años tenía
Martí cuando murió Lincoln. Aunque nunca le dedicó un estudio, al igual que hizo con
otros notables americanos, como Emerson, Grant o Whitman, su obra tiene buenos elogios del
presidente asesinado, del que en una ocasión hizo esta curiosa pintura: "Era largo,
de pies y de manos, y desgarbado todo. De la tierra tenía [en su juventud] manchas en las
manos, y de la tierra comidas las uñas. O no llevaba zapatos, o los llevaba sin medias.
Los calzones eran de piel de cabra, y tan cortos que se le veía el tobillo, huesoso y
desnudo..."; y en otra, con diestras pinceladas, lo describió "zanquilargo,
bolsicorto y labiraso, de mirada profunda y ojos tristes..." aclarando que no vino
"de negociantes, pastores ni patricios, sino de la Naturaleza y la amargura..."
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Abraham Lincoln, en el
cuadro como leñador. Dijo Martí: "Por dos hombres temblé
y lloré al saber de su muerte, sin conocerlos, sin conocer un
ápice de su vida: por don José de la Luz y por Lincoln".
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Un gesto de Lincoln que debió favorablemente impresionar a Martí fue su oposición al
expansionismo de los Estados Unidos, por lo que de él dijo que "no bien puso su pie
ancho de leñador en la casa de las leyes [la Cámara de Representantes, en Washington],
acusó con voces nobles de justicia la guerra que el presidente Polk, hombre del Sur,
movía [en 1846] interesadamente contra México..." Sólo un reproche algo oscuro, y
por eso quizás poco recordado, le hizo Martí a Lincoln, en un artículo que publicó en La
Nación, de Buenos Aires, sobre el "Congreso Internacional de Washington":
en él se lamentaba de que hubiera oído "sin ira, que un demagogo [William H.
Seward, su Secretario de Estado] le aconsejara comprar, para vertedero de los negros
armados que le ayudaron a asegurar la unión, el pueblo [Cuba] de niños fervientes [el
propio Martí entre ellos] y de entusiastas vírgenes que, en su pasión por la libertad,
habían de ostentar poco después [en 1865], sin miedo a los tenientes madrileños, el
luto [por la muerte] de Lincoln..."
Pero Cutting, ¿quién era Cutting, esa figura hoy completamente olvidada, cuyo nombre
Martí salvó para la posteridad en frase feliz? Hay que conocerlo para entender su
prevención contra lo que representaba, síntesis de lo peor de los Estados Unidos: la
arrogancia, la agresividad, los prejuicios raciales, el desdén, el fanatismo, la
intransigencia, la avaricia, el egoísmo y los pujos imperialistas. Según un despacho
enviado desde El Paso, Texas, al Baltimore Sun, el 23 de julio de 1886, A. K.
Cutting era en esos días, cuando la casualidad lo convirtió en protagonista del que
sólo fue un episodio fugaz de la historia, un hombre de 40 años, que editaba en El Paso
del Norte (hoy Ciudad Juárez), México, un periódico titulado El Centinela. A
principios de ese año un tal Emiglio Medina, concibió la idea de publicar otro
periódico que haría la competencia al de Cutting, y en un panfleto Medina dio a conocer
su proyecto entre los comerciantes de la localidad. No demoró Cutting en denunciarlo
alegando que el plan era un fraude para perjudicar El Centinela. El ataque era un
libelo infamatorio, y, a petición del ofendido, el juez mexicano le ordenó a Cutting que
realizara un acto de "reconciliación" y que se retractara públicamente de
cuanto había dicho de Medina. Cutting accedió, pero se fue a Texas e hizo publicar en el
Sunday Herald, de El Paso, el 20 de junio de ese año, un aviso, en español y en
inglés, en el que de nuevo atacaba a Medina diciendo que era un cobarde y que tenía muy
mala reputación, (un "fraud" y un "deadbeat") y que el juez de
México lo había forzado a retractarse de lo que había dicho de él, a quien retaba
arrogante con estas palabras: "I will be pleased to grant him all he may desire at
any time in any manner..."
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Toma del castillo de
Chapultepec, en 1847, por los infantes de marina dirigidos por el
general Winfield Scott. En esa acción murieron los cadetes todos
que defendían el lugar, y quedó consumada la ocupación de México
por los Estados Unidos. |
No conforme con el nuevo libelo, Cutting cruzó otra vez la frontera y repartió entre
los comerciantes de El Paso del Norte lo publicado en el Sunday Herald. Esta vez lo
arrestaron por difamación: Medina reclamaba daños alegando que no podría seguir en
negocios por las calumnias de Cutting. Por su parte, la soberbia del americano lo llevó a
no prestar fianza, a negarse a nombrar un abogado defensor y a hacer declaraciones ante el
juez: aseguraba que si no lo ponían en libertad lo harían las tropas americanas
establecidas en Texas; dijo: "I am now in the hands of my Government and ignore your
court altogether".
Con instrucciones de Washington, el cónsul americano en el lugar (un tal J. Harvey
Brigham, insolente como Cutting) demandaba que soltaran de inmediato al preso, pero las
autoridades mexicanas insistían en juzgarlo. Envalentonado Medina al ver en la cárcel a
su enemigo, armado con un revólver trató de forzar su entrada en la residencia del
cónsul, y entonces también lo arrestaron, y fue a dar a la celda contigua a Cutting.
Para humillar al mexicano trató Cutting de sobornar al jefe del penal para que
trasladaran a Medina a su celda y así poder castigarlo con sus manos. Las protestas en
Washington, del Secretario de Estado, Thomas F. Bayard, y las respuestas de México,
caldeadas por viejas enemistades y rencores, acercaron a los dos países a la guerra.
Primero se llegó a temer que el populacho asaltara la cárcel para linchar al americano;
luego, que el gobierno de Grover Cleveland ordenara invadir México. El 6 de agosto el
juzgado de El Paso del Norte condenó a Cutting a un año de cárcel y 600 dólares de
multa, pero dos semanas más tarde el Tribunal Supremo de Chihuahua, lo puso en libertad
al retirar su demanda el ofendido Medina. Pero por el caso de Cutting se siguió
discutiendo, con similar pasión, la extraterritorialidad de la ley mexicana: si un acto
punible por su Código Penal, aunque fuera del territorio, era de la competencia de los
tribunales mexicanos.
Viejas heridas mantenían vivo en la frontera el resentimiento entre los dos países.
Medio siglo antes se había establecido la república de Texas. El poeta y dramaturgo
mexicano Ignacio Rodríguez Galván había anunciado el curso de la historia: "Ya por
Tejas avanza / El invasor astuto: / Su grito de venganza / Anuncia triste luto / A la infeliz
República! / Que al abismo arrastráis. / El bárbaro ya en masa / Por nuestros campos entra, / A
fuego y sangre arrasa / Cuanto a su paso encuentra, / Deshonra nuestras vírgenes, / Nos asesina
audaz..." En 1845, tres años después de la muerte del poeta, la república formaba
parte de los Estados Unidos. El presidente Polk quiso ampliar el dominio americano hasta
el Pacífico y le pidió también a México la cesión de más territorios. Al año
siguiente empezó la guerra: por el norte invadió Zachary Taylor hasta apoderarse de
Monterrey, Matamoros y Saltillo; otras incursiones tomaron todo Chihuahua; y desde
Veracruz, donde habían desembarcado las fuerzas de Winfield Scott, avanzaron sobre la
capital hasta vencer la heroica resistencia de los cadetes en el castillo de Chapultepec.
En 1848 se firmó el tratado Guadalupe Hidalgo por el que los mexicanos cedieron Texas,
aceptando el Río Grande como frontera; Nuevo México, incluyendo Arizona; y la alta
California.
El éxito de esas aventuras imperialistas, sin embargo, no redujo las ambiciones de
muchos norteamericanos, al contrario, las exacerbó, y hubo miembros del Partido
Demócrata que iniciaron una campaña para apoderarse del resto de México. Desde que
terminó la Guerra Civil se habían multiplicado los problemas en la frontera: pérdidas
de vida y pérdidas materiales: los Estados Unidos, entre otros cargos, acusaban a los
mexicanos de ladrones de ganado, y los mexicanos se quejaban de los atropellos del
ejército del yanqui que incursionaba su territorio con la disculpa de perseguir indios
apaches.
En sus días el incidente de Cutting tuvo una gran resonancia. Los legisladores de
Washington, el presidente Cleveland y su Secretario de Estado, y la prensa, recibían
demandas en favor de declarar la guerra a México. Por su parte el presidente Porfirio
Díaz y sus consejeros respondían al clamor popular de los mexicanos pidiendo no ceder
ante las amenazas de los "gringos". Martí escribió sobre el asunto con no
menor alarma que la reflejada en los periódicos de la época. El 2 de agosto de 1886 hizo
publicar una crónica sobre el asunto en El Partido Liberal, de México: "Con
ansiedad de hijo", escribió, "he venido siguiendo los sucesos que han abierto
al fin vía a las pasiones acumuladas en los pueblos de las orillas del Río Grande: lo
perentorio e inminente de ellos me impone su narración desnuda y exacta..."; y así
la hizo, con detalles y juicios que dejan ver su agonía. Una semana más tarde volvió
sobre el tema en La Nación, de Buenos Aires; allí afirmaba: "Es inminente en
estos momentos el peligro de una guerra mexicana... El pretexto es la prisión, juicio y
sentencia por los tribunales del Estado mexicano de Chihuahua de un Cutting, un periodista
aventurero y de poca vergüenza... La razón es la insana avaricia de los cuatreros y
matones echados de todas partes de los Estados Unidos sobre las comarcas lejanas de la
frontera de Río Grande..." Y terminaba lamentándose del infortunio en acecho sobre
el México que tanto amaba: "¡De qué débiles hilos depende la fortuna de ese pobre
país mexicano, exangüe, admirable ¡Oh, no: la simpatía no puede estar con la boca del
león!". Días después insistió sobre el caso de Cutting en La República, de
Honduras; allí hablaba de "el grave riesgo de una guerra entre México y los Estados
Unidos", y añadía: "Es nuestra raza mal entendida la que está en peligro. Es
la caterva de cuatreros y matones ambiciosos de la frontera americana la que quiere forjar
un pretexto para echarse sobre el Estado minero de Chihuahua, que excita su codicia. Es
nuestro corazón americano, que allí duele. Nuestra patria es una, empieza en el Río
Grande y va a parar a los montes fangosos de la Patagonia..." El 18 de agosto
publicó el Daily News, de Nueva York, la carta de una figura prominente de Texas,
visitante de la ciudad, quien aseguraba tener 12 mil hombres armados para invadir México;
había ido a Nueva York, aclaró, para levantar fondos que costearan la empresa. En ese
mes, sobre el caso de Cutting, le confiesa Martí en carta a Manuel A. Mercado, su amigo
mexicano: "Sufro tanto de esto como si viera en peligro de muerte a mi propia
tierra..."
Para entender la inquietud de Martí también se impone el examen de la prensa
americana de esos días. The New York Times del 23 de julio hablaba de la guerra
inminente por la antigua enemistad entre mexicanos (a los que en forma peyorativa llaman
"greasers") y los americanos; éstos, decía, acababan de emplazar cañones al
borde del Río Grande amenazando bombardear El Paso del Norte si no ponían en libertad a
Cutting; y añadía este comentario sobre la mala voluntad de los americanos hacia sus
vecinos del sur: "All the native hatred of the Mexicans is aroused and the veterans
who fought against Santa Anna under Houston, and those younger ones who went to Monterrey,
Buena Vista and the city of Mexico with Scott and Taylor find interested audiences when
telling of the campaigns and the treachery of the 'greasers". Al día
siguiente, en un despacho desde Fort Worth, se lee en los titulares del mismo periódico:
"Texans Ready for War; Anxious to Avenge Insults and the Defiance of the
Mexicans"; y el 28 de julio, por un informe llegado de El Paso, dicen: "Texans
Anxious for War. Texans Itching for War": es que, para excitar los ánimos,
reproducían el rumor de que Cutting había sido asesinado. El día 29 John Ireland,
gobernador del Estado de Texas, ante la indecisión de Washington, amenazaba actuar por
cuenta propia; el titular del Times decía: "Fire-Eating Texans mad because
war isnt declared". El 9 de agosto reprodujeron en Nueva York la noticia,
llegada de la frontera, de que una alta autoridad de México había asegurado que si los
texanos cruzaban el río se le cortaría la cabeza a Cutting con el fin de "deliver
it to the Americans". Era mentira, pero lograban así presentar como salvajes a los
mexicanos, desacreditar el sistema judicial de su país y mover los ánimos en favor de la
guerra.
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El caso de Cutting
estuvo muy cerca de provocar una guerra entre México y los
Estados Unidos. El New York Times del 24 de julio de 1886 la
anunciaba en su primera página; en un titulillo se lee:
"Texans Ready for War. Anxious to Avenge Insults and the
Defiance of the Mexicans".
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Por aquel suceso Cutting se convirtió en resumen de lo que Martí llamaba
"ultragulismo" palabra formada por la partícula "ultra", como
exceso de algo; de "águila", "el águila temible" de que hablaría el
prólogo de sus Versos Sencillos, la que él vio apretando "en sus garras los
pabellones todos de América", el águila del "escudo" que humilló a
México en "Monterrey" y en "Chapultepec", "el águila de
[Narciso] López [como anexionista] y de [William] Walker [el filibustero que trató de
conquistar Centroamérica, donde fue fusilado en 1860]; y del elemento "ismo"
pospuesto al nombre de una doctrina, como su práctica: así debe entenderse en Martí el
"ultraguilismo" como el partido que propugna los excesos expansionistas de los
Estados Unidos. La experiencia de Cutting en El Paso del Norte lo consagró como un
ferviente imperialista: tres meses después de ponerlo en libertad, el 27 de noviembre The
New York Times reprodujo un despacho desde Fort Worth en el que hablaba de su
propaganda en contra de México; dice el titular: "Cutting still talking. How He and
Others Propose to Civilize a Part of Mexico". Cutting estaba organizando, con otros
tres sujetos, una gira por varias ciudades del norte de los Estados Unidos con el
propósito de levantar fondos para invadir México: "When 1 can show certain parties
in the North that I can get 8,000 men, I can get all the capital needed", declaró a
la prensa. En su campaña para lograr el capital necesario iba a aprovecharse del
sentimiento antiesclavista que aún se mantenía vivo en aquellas regiones y así librar
de su "esclavitud" a los peones mexicanos. Comentaba el periodista: "They
[Cutting y sus amigos] believe that the oíd abolition feeling is as strong as ever
against any kind of slavery, and say that peonage in Mexico is many times more galling
than slavery in the United States ever was". Aseguraban aquellos
"ultraguilistas" conocer el número exacto de soldados mexicanos, el tipo de
armas que usaban, la topografía del país y cuanto necesitaba saber un ejército invasor;
y para desacreditar a los militares de México dijeron que "the bulk of the Mexican
army is composed of criminals who have no patriotism..."
No había pasado un año del incidente mexicano de Cutting, cuando este personaje
entró de nuevo en la preocupación de Martí. Para El Partido Liberal, de México,
Martí escribió sobre cierta "Liga de Anexión Americana", reunida en Nueva
York, en junio de 1887, y dijo: "Era de noche, como conviene a estas cosas, cuando en
los salones de un buen hotel de New York se reunieron en junta solemne los directores de
la Liga de Anexión Americana.., para tributar honores al Presidente de la Compañía de
Ocupación y Desarrollo del Norte de México, al coronel Cutting..." Cutting a
quien en este escrito Martí llama "coronel", y no "editor", como
siempre lo llamó la prensa en inglés hizo en aquella oportunidad "una aleve
pintura de su prisión en México", y afirmó que el objeto de su Compañía era
"desposeer a México de los Estados del Norte" con la ayuda de sus habitantes,
"dispuestos a acogerse a los Estados Unidos..."; y agregó sobre el despreciable
sujeto y el modo de impedir su maldad: "A Cutting, para su persona, nada le falta.
Ahora urgiría que todo lo favorable a México se propalara y cundiese, para que cuando
por una u otra parte alzasen cabeza estos bandidos, no estuviera la opinión de acá
indiferente o inclinada en su pro, sino sintiera que le venía de la conciencia el
freno... Las saetas venenosas no son más que saetas, pero matan. Y es bueno conocerlas y
prevenirse contra su uso..."
En ese año de 1886 vino a aumentar la ansiedad de Martí la publicación de un libro
que defendía el imperialismo de los Estados Unidos, al que le daba una justificación
moral y religiosa. Basado en la superioridad de raza, Our Country, de Josiah
Strong, veía la voluntad divina en el crecimiento de la América del Norte, por lo que
era necesario su dominio sobre el resto del mundo. Los norteamericanos por eso tenían la
obligación de someter la humanidad a su arbitrio, y cuanto se opusiera a él debía ser
destruido. El atropello y la conquista de territorios era el alfabeto con el que Dios
señalaba el camino del futuro : "God, with infinite wisdom and skill, is training
the Anglo-Saxon race for an hour sure to come in the worlds future", decía. La
popularidad del libro de Strong, que comparó el bibliotecario del Congreso con la de La
cabaña del tío Tom, era una prueba de lo aceptables que resultaban sus ideas, una
mezcla caprichosa de religión y de las teorías económicas de Herbert Spencer y de la
selección natural de Charles Darwin. Se preguntaba con la más cínica mentalidad
racista: "Is there room for reasonable doubt that this race [la anglosajona]... is
destined to dispossess many weaker races, assimilate others, and mold the remainder until,
in a very true and important sense, it has Anglo-Saxonized mankind?" Algunos
historiadores han considerado la publicación de Our Country, en 1886, por lo que
influyó en los destinos del país, como "the birth of American imperialism".
Los acontecimientos que se produjeron después del libro de Strong, cumpliendo sus
predicciones y consejos, alarmaron a Martí, y son bien conocidos. De Cutting, sin
embargo, no se supo más, pero lo que representaba creció hasta mover a Martí a detener
el expansionismo de los Estados Unidos con la independencia de Cuba. En su última carta,
fechada el 18 de mayo de 1895, a su amigo mexicano Manuel Mercado, le decía:
"...estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber... de
impedir a tiempo con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los
Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América..."
Por desgracia aún en nuestros días quedan en muchos norteamericanos, a todos los
niveles de la población, pedazos de lo que para Martí representó el despreciable
periodista de Texas: el prejuicio racial, la brutalidad, la arrogancia. Es deber de toda
persona honrada proscribir de los Estados Unidos, a fuerza de caridad, justicia y
tolerancia, "la patria de Cutting", y de entronizar todo lo bueno que Martí vio
en "la patria de Lincoln".