| JOSÉ
MARTÍ Y LA CONQUISTA DE AMÉRICA
Colón, el pequeño
La destrucción de
las Indias
El padre Las Casas
Conclusión
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Alegoría de la
Conquista de América, en un dibujo de 1814, de F. Gérard. La
diosa Minerva le ofrece a un príncipe indígena el consuelo de
la sabiduría mientras que el dios Mercurio lo ayuda a
levantarse. Son la cultura y el comercio de Europa. Destrozados
a sus pies aparecen ídolos paganos y las armas de guerrero
vencido. Al fondo, el Chimborazo.
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Y esto no lo vemos sólo los que
amamos a los indios como a un lirio roto.
José Martí
Mucha doctrina de Martí perdió Cuba al lograr la
independencia, mucho de su previsión y consejo. Y en esa pérdida no ocupa menor lugar su
juicio sobre los españoles: de un lado estaban "los buenos, los que aman la libertad
como la amamos nosotros," dijo, que así eran "otros tantos cubanos," sobre
los que advirtió: "A esos españoles los atacarán otros: yo los ampararé toda mi
vida"; y en el lado opuesto de su conteo puso al "colonizador despótico y
avieso" que mantuvo "el continente descoyuntado durante tres siglos," por
el que, con todos los males que significó para América, "la colonia siguió
viviendo en la república." Unos eran el Lanuza y el Padilla, del Aragón de sus Versos
Sencillos; otros los déspotas que mandó Madrid a gobernar a Cuba: Tacón y
O'Donnell. Uno el maestro de Felipe II, Juan Ginés de Sepúlveda, el de "los ojos de
zorra" que recomendó "dar muerte a los indios porque no eran cristianos";
otro Bartolomé de las Casas, el azote de la conquista: el "Protector de los
Indios". Con su padre valenciano y su madre canaria, junto al corazón de Martí,
encontramos lo mejor de la raza; y lejos de él, en su desprecio, la soberbia de España.
Dijo en su discurso del 10 de Octubre de 1891: "Nuestra estimación por el español
bueno sólo iguala a nuestra determinación de arrancar de raíz, aunque se queje la
tierra, los vicios y las vergüenzas con que el español malo nos pudre". Pero no
pudo su guerra "arrancar de raíz" al "español malo," lo que éste
representó de "vicios" y de "vergüenzas," en la República, por el
infortunado consorcio de los "cubanos coloniales" que en ella medraron -los
viejos autonomistas y anexionistas- y los rezagados del integrismo de España, enemigos de
la soberanía de Cuba, los cuales, por influencia del yanqui, hicieron crecer la riqueza
material del país casi siempre a escondidas de la del espíritu y en despego de lo
propio, por lo que hasta hoy nos ha durado, en diversos disfraces, el mismo pudridero.
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Cristóbal Colón en
un grabado que se conserva en Madrid. |
Con los ojos puestos en la conquista, pero con el deseo de más amplia lección,
escribió Martí pensando en los indios de Suramérica y de las Antillas: "Con
Guaicaipuro, Paramaconi, con Anacaona, con Hatuey hemos de estar, y no con las llamas que
los quemaron, ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni
con los perros que los mordieron", y hoy que tantos se disponen a celebrar como lujo
de la historia y hazaña de la humanidad el descubrimiento de América, en su Quinto
Centenario, en total olvido de las llamas, las cuerdas, los aceros y los perros que
trajeron para su empresa los españoles; hoy también que visitan Cuba en ayuda del
castrismo curiosos y turistas de España, comerciantes y autoridades, socialistas o de la
Falange, casi siempre con su pedazo de rencor por nuestra independencia, y de rabia contra
los Estados Unidos por el "desastre" del 98; ahora que ésos van por unas
pesetas de propina, a que les dé más rédito la inversión, o a holgar y comer sobre el
dolor y el hambre del cubano de allá, y la humillación y la pena del que vive en el
extranjero, ahora resulta oportuno revisar los juicios de Martí sobre la conquista y
sobre los españoles para que nos ayuden "los buenos" de hoy a lograr la
libertad de Cuba, y para bochorno y aviso de "los malos", herederos de aquellos
conquistadores a quienes los indios hicieron tragar oro derretido en castigo de su
crueldad, su indolencia y su avaricia.
Colón, el pequeño
También al enjuiciar el descubrimiento Martí se adelantó a sus días. En época
reciente se han hecho oír voces autorizadas que lo analizan por caminos que él recorrió
hace un siglo en compañía de muy pocos de sus contemporáneos. Se acercaba el IV
Centenario, y el 13 de setiembre de 1892, mientras estaba en gestiones para lograr la
ayuda de Máximo Gómez en la guerra de independencia, visitó la catedral de Santo
Domingo. A la visita lo acompañaron Federico Henríquez y Carvajal y otros ilustres
dominicanos, y en el álbum de autógrafos Martí escribió, respetuoso y discreto:
"Entre los hechos grandes, acaso lo sea tanto como el tesón que descubrió un mundo
nuevo la piedad con que Santo Domingo guarda las glorias y tradiciones de su patria":
el empeño de Colón, pues, no era mayor que el patriotismo de sus huéspedes. Hubiera
sido una falta de cortesía dejar allí, ante la urna con las cenizas del descubridor, y
en compañía de amigos del lugar (Federico Henríquez y Carvajal, Francisco G. Bellini,
Emiliano Tejera y Jaime R. Vidal) lo que en realidad pensaba de él. Sobre Cristóbal
Colón quiso Martí escribir un libro, del que sólo ha llegado hasta nosotros un breve
apunte, pero que basta para conocer su opinión sobre el marino genovés: más afortunado
que sabio, lo creía, más movido por el egoísmo que por un sentimiento altruista, por lo
tanto, pequeño; dice: "Que Colón fue más personaje casual que de mérito propio,
es cosa de prueba fácil, así como que se sirvió a sí más que a los hombres, y antes
que en éstos pensaba en sí, cuando lo que unge grande al hombre es el desamor de sí por
el beneficio ajeno".
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La
feria colombina de Chicago, por el IV Centenario del
descubrimiento de América, en tiempos de Martí, ayudó a poner
en evidencia el interés de los Estados Unidos en desarrollar el
panamericanismo (Dibujo de la época).
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Exposición colombina
de 1893, en Chicago, con los edificios dedicados a la agricultura, a la
maquinaria, a la electicidad a las artes liberales y la artesanía, y,
al centro, la estatua de la "República", del escultor Daniel
Chester French. |
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No hubo celebraciones al cumplirse el primero y el segundo centenario del
descubrimiento de América; en el siglo XVIII, el tercero, muy poco se hizo por la
ocasión, pero en el IV concurrieron varios factores que conviene recordar ahora, por los
que tuvo la fecha mayor relieve. En los Estados Unidos la figura de Colón se había
convertido en un símbolo nacional -una mezcla de perseverancia y utilitarismo, de
Robinson y Calibán, especie de precursor de los peregrinos del Mayflower-, y el
descubrimiento era como el principio de la gran epopeya que escribían entonces el
progreso industrial y la riqueza en el país. Por el IV Centenario hubo una gran
exposición colombina en Chicago, visitada por cerca de 25 millones de personas, hasta
entonces la mayor asistencia a un solo evento; se emitieron monedas de plata y sellos de
correo conmemorativos; y en Nueva York, después de cinco días de desfiles y festejos, se
develó con gran pompa la estatua de Colón, en la esquina sur y oeste del Parque Central.
Además, con los congresos de las repúblicas americanas, reunidos en Washington en 1890 y
1891, se había desatado "el carro de Juggernaut," como llamó Martí al
expansionismo de los Estados Unidos, al que convenía unir todos los países del
continente en un futuro común, como estaban unidos por la geografía y el origen: era el
panamericanismo de mala intención de James G. Blaine, el antiguo secretario de Estado del
presidente Garfield, con el que se quiso alejar a Hispanoamérica de Europa y asegurar la
hegemonía de Washington: la Conferencia Internacional Americana, reunida en esa capital,
concluyó sus sesiones el 19 de abril de 1890, y su última proposición decía: "En
homenaje a la memoria del inmortal descubridor de la América, y en gratitud de los
inmensos servicios prestados a la civilización y a la humanidad, la Conferencia se asocia
a las manifestaciones que se hagan en su honor con motivo del cuarto aniversario del
descubrimiento de la América".
Por su parte España, desde mediados del siglo, tenía creciente interés en los
mercados de sus antiguas colonias: agotadas las esperanzas de reconquistar los territorios
perdidos, los españoles que aún padecían el "síndrome de Ayacucho," cedieron
el paso a los interesados en el comercio de aquellas regiones, las cuales también
querían cortejar como protección de sus posesiones en las Antillas. La estrategia para
esos objetivos fue destacar las glorias de España, destruir la Leyenda Negra que ponía
en evidencia los horrores de la conquista, y presentar la vieja metrópoli como la madre
orgullosa que mucho había hecho por sus hijos en América. La oportunidad mejor para la
gran representación fue, por supuesto, el IV Centenario del descubrimiento, y a todo ese
empeño se le llamó panhispanismo.
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Los grabados de Théodore
de Bry, nacido en Lieja en 1598, dieron representación gráfica
a la Leyenda Negra. En el de arriba, al fondo varios soldados
españoles apalean a los indios; al frente otro estrella contra
la pared a un niño mientras que un tercero va a quemar los
cuerpos de trece indios, pues en ese número los ahorcaban, se
decía, en memoria del Redentor y de sus doce Apóstoles. Abajo,
a la izquierda, aparecen los perros devorando a los indios
acusados de sodomía; y, junto a éste, la forma que tenían los
indios de castigar la sed de oro de los españoles: cuando los
apresaban les hacían tragar el metal derretido.
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Aunque antagónicas, esas dos fuerzas mayores, el panamericanismo norteamericano y el
panhispanismo español, enarbolaban banderas similares: el común denominador eran Colón
y el descubrimiento: en los Estados Unidos la figura y su empresa les servían para
afirmarse en lo propio; para los españoles la posibilidad de recobrar su influencia en el
continente. Entre las dos fuerzas vivió Martí, sin dejarse dominar por ninguna de ellas,
oponiéndose a la labor que iban haciendo en Hispanoamérica. Para él, combatir
incondicional a España era facilitarle la penetración imperialista al yanqui;
defenderla, por otra parte, era poner en peligro la independencia de su patria y reducir
lo autóctono, precisamente lo que podía salvar nuestros países; vio el peligro y dijo:
En lo que se escribe ahora por nuestra América imperan dos modas, igualmente dañinas,
una de las cuales es presentar como la casa de las maravillas y la flor del mundo a estos
Estados Unidos, que no lo son para quien sabe ver; y otra propalar la justicia y
conveniencia de la preponderancia del espíritu español en los países hispanoamericanos,
que en eso mismo están probando precisamente que no han dejado aún de ser colonias... Y
como la literatura tiene la capa ancha y cubre más a menudo lo ligero, que no cuesta
trabajo ni fatiga mucho el pensamiento del que lee... sucede que una y otra idea, la
americana y la española, hacen más camino del que debieran entre los lectores sencillos
y la juventud impresionable.
Como en todas las épocas hay gente débil e insegura, en los días de Martí también
algunos exiliados visitaban la isla por motivos vanos, y así daban la impresión de
apoyar los abusos en su tierra. Una oportunidad en que Martí censuró dicha práctica fue
cuando el gobierno español celebró en La Habana el IV Centenario del descubrimiento de
América; Martí escribió en Patria condenando los viajes a Cuba: "Algún
bribón estará redondeando el frac para ir de lacayo, allá en las fiestas de Cuba, las
fiestas en que, so capa de centenario de Colón, se buscan polvos y perendengues para que
luzca como nueva la peluca podrida del gobierno español en Cuba y en Puerto Rico. Y a los
fracs, por supuesto, les saldrán, a la hora del baile, las manchas de sangre de Céspedes
y de Agramonte..." Y por los que fueron a aquellos festejos escribió poco después,
en el mismo periódico, su artículo "La Meschianza", muy recordado ahora al
censurar a los cubanos que sin válida justificación viajan a Cuba; fue allí donde dijo:
"Visitar la casa del opresor es sancionar la opresión... Mientras un pueblo no tenga
conquistados sus derechos, el hijo suyo que pisa en son de fiesta la casa de los que se lo
conculcan es enemigo de su pueblo..."
La destrucción de las Indias
Martí entendía, como el padre Bartolomé de las Casas, que para la evangelización de
América, para propagar la fe cristiana entre los indígenas, no había sido necesario
destruir la cultura autóctona, y criticaba a cuantos por halagar a España ocultaban la
verdad respecto a la América precolombina; al escribir sobre la Historia de la
literatura en Nueva Granada, de Joaquín M. Vergara, dijo: "Grave defecto es ése
del libro de Vergara: el airado y rencoroso empeño de enaltecer, por sobre toda gloria de
América, las glorias de España, y de España eclesiástica, con singular tendencia a
hallar bueno cuanto fue malo, o excusable lo que no tuvo excusa, o grande lo
mediano..." Y en otra ocasión, al hablar de lo que se perdió de la inteligencia
americana anterior al descubrimiento, explicó: "Se sabe poco de la literatura de los
indios de América [porque] con tan bárbaro restrillo nivelaron la tierra india, a voces
de Valverdes y Zumárragas, los conquistadores, y tan bien se juntaron el afán de éstos
de extinguir a los vencidos y el encono fiero de clérigos vulgares contra la gente
hereje, que no es maravilla que tan poco se sepa ahora de lo que expresaron y escribieron
en Yucatán los ymetes, y en el Perú los amautas, y en Nicaragua los nahuatles
sabios..."
¿Que era distinta su visión del mundo? ¿Que el indígena tenía otras costumbres y
creencias? Se debieron respetar. ¿Y los sacrificios humanos? Los hubo en Grecia, dijo
Martí, y en la Biblia, y en tiempo de la conquista los había en Madrid, en la Plaza
Mayor, "delante de los obispos y del rey, cuando la Inquisición de España quemaba a
los hombres vivos, con mucho lujo de leña y de procesión, y veían la quema las señoras
madrileñas desde los balcones"; y concluye en defensa de los indios: "La
superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los hombres en todos los pueblos; y de los
indios han dicho más de lo justo en estas cosas los españoles vencedores, que exageraban
o inventaban los defectos de la raza vencida para que la crueldad con que la trataron
pareciese justa y conveniente al mundo..." Eso dijo al hablar con los niños de La
Edad de Oro, en su descripción de "Las ruinas Indias"; y en otra
oportunidad explicó así cómo, de acuerdo con sus características, cada cultura se fue
desarrollando:
Unos pueblos buscan, como el germánico; otros construyen, como el sajón; otros
entienden, como el francés; colorean otros, como el italiano... [no] todos los pueblos
cuajan de un mismo modo, ni bastan unos cuantos siglos para cuajar un pueblo. No más que
pueblos en bulbo eran aquéllos en que con saña sutil de viejos vividores entró el
conquistador valiente, y descargó su ponderosa herrería, lo cual fue una desdicha
histórica y un crimen natural. El tallo esbelto debió dejarse erguido, para que pudiera
verse luego en toda su hermosura la obra entera y florecida de la Naturaleza. ¡Robaron
los conquistadores una página al Universo!... Los pueblos [de América] eran que no
imaginaron como los hebreos a la mujer hecha de un hueso y al hombre hecho de lodo; ¡sino
a ambos nacidos a un tiempo de la semilla de la palma!
En México, con su rica presencia indígena, es donde Martí se adentró en Nuestra
América, y aprendió a quererla, y se consagró a su defensa; luego en Guatemala y en
Venezuela confirmó el noble compromiso. Por eso una de las páginas que mejor reflejan
sus juicios sobre el continente, antes y después del descubrimiento, se refieren a
México; desde Moctezuma hasta Juárez, en una breve ojeada de la historia dijo:
Fue México primero, antes de la llegada de los arcabuces, tierra de oro y plumas,
donde el emperador, pontífice y general, salía de su palacio suntuoso, camino de la
torre mística, en hombros de caballeros naturales, de adarga de junco y cota de algodón,
por entre el pueblo de mantos largos y negros cabellos, que henchía el mercado, comprando
y vendiendo... [pero] entre el odio de las repúblicas vencidas al azteca, inseguro en el
trono militar, se entró, del brazo de la crédula Malinche, el alcalde astuto de Santiago
de Cuba: los templos y las pirámides rodaron despedazados por las gradas; sobre el
cascajo de las ruinas indias alzó sus conventos húmedos, sus audiencias rebeldes y
vanidosas, sus casucones de reja y aldaba, el español; todo era sotana y manteo en la
ciudad de México, y soldadesca y truhanería, y fulleros e hidalguetes, y balcón y
guitarra. El indio moría desnudo, al pie de los altares...
Luego vino el Grito de Dolores, la independencia, por el cura Hidalgo, y los males que
había sembrado España en su colonia, trataron de ahogar la libertad del país; agregó
Martí: "Toda la jauría de la conquista salió al paso de la bandera nueva: el
emperador criollo, el clero inmoderado, la muchedumbre fanática, el militar usurpador, la
división que aprovechó el vecino rapaz y convidó al imperio austriaco..."
-recordaba a Iturbide, Santa Anna, Taylor, Maximiliano...
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Las Nuevas Leyes y
Ordenanzas , de Carlos V, para el "buen tratamiento y
conservación de los indios"; de ellas dijo Martí: "Por
el descaro con que se burlaban fueron siempre más célebres las
leyes de España en las Indias".
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Con pinceladas semejantes, en un discurso en honor de Centroamérica, volvió Martí a
la presencia de España en este continente, ya aquí para contraponer la conducta del
conquistador, el "español malo," a la del padre Bartolomé de las Casas,
símbolo del "español bueno"; y dijo:
Vino el rubio de España, con el trueno en las manos... La calle era del oidor, de
gorra y garnacha, o del encomendero desdentado, de casco y gamuza, o del presidente que
echaba desvergüenzas al buen obispo que le venía a pedir ley para la indiada, sin más
coraza que su lanilla de dominico, ni más miedo que el de no ser bastante brioso. A
flechazos recibían aquellos cristianos a los obispos que no le firmaban los crímenes con
la religión... y era la vida candil y procesiones, cuando iban delante los atabaleros, y
luego en mulas los estudiantes e hidalgos, y los doctores y la clerecía, y luego un
señorón portaestandarte con el lema muy floreado entre pinturas, y luego criados de
librea, y luego soldados, a tiempo que entraba en la ciudad la hilera de indios, con la
frente ya hecha al mecapal de la bestia de carga, y el ministril se llevaba preso a un
criollo porque leía el Quijote...
El padre Las Casas
En pocas ocasiones se volvía Martí más elocuente que cuando se daba a elogiar la
virtud de los hombres superiores. Entre las veces que lo hizo, tiene notable lugar su
aprecio por la persona y la obra del padre Bartolomé de las Casas, el ejemplo mejor, en
todos sus escritos, del "español bueno". Había nacido este ilustre sevillano
en 1474, y ya en 1502 estaba en La Española, donde cantó su primera misa. De él dijo
nuestro Fernando Ortiz que se le debería considerar cubano puesto que entró en la
historia en nuestra tierra: pasó a Cuba como capellán de Pánfilo Narváez, tuvo a su
servicio un centenar de indios, y presenció el suplicio de Hatuey; lo contó así en su Breve
relación de la destrucción de las Indias:
Atado al palo, decíale un religioso de San Francisco, santo varón que allí estaba,
algunas cosas de Dios y de nuestra fe, el cual nunca las había jamás oído, lo que
podía bastar aquel poquillo tiempo que los verdugos le daban, y que si quería creer
aquello que le decía iría al cielo, donde había gloria y eterno descanso, y si no, que
había de irse al infierno a padecer perpetuos tormentos y penas. Él, pensando un poco,
preguntó al religioso si iban cristianos al cielo; el religioso respondió que sí, pero
que iban los que eran buenos. Dijo luego el cacique sin más pensar que no quería ir
allá, sino al infierno, por no estar donde estuviesen y por no ver tan cruel gente.
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El padre Bartolomé de
las Casas, en el grabado al que se refirió Martí en una ocasión
al hablar de él; dijo: "Era hermoso verlo escribir, con su túnica
blanca, sentado en un sillón de tachuelas, peleando con la pluma
porque no
escribía de prisa".
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Poco después el padre las Casas fue testigo de la matanza en Caonao, cerca de donde
está hoy Cienfuegos, en la que los españoles pasaron a cuchillo, "sin motivo ni
causa", aseguró él, "tres mil ánimas, hombres, mujeres y niños". Por
aquel acto de terror oficial, el primero en Cuba, las Casas renunció sus privilegios para
dedicar su vida a los indios y a denunciar la conquista y la colonización española en
América.
En la tercera salida de La Edad de Oro publicó Martí su hermosa semblanza del
padre las Casas. Con la mayor devoción y ternura evocó así al admirable dominico:
Cuatrocientos años hace que vivió el padre las Casas, y parece que está vivo
todavía, porque fue bueno. No se puede ver un lirio sin pensar en el padre las Casas,
porque con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era hermoso verlo
escribir, con su túnica blanca, sentado en su sillón de tachuelas, peleando con la pluma
de ave porque no escribía de prisa... Desde que llegó [a América] empezó a hablar
poco. La tierra, sí, era muy hermosa, y se vivía como en una flor: ¡pero aquellos
conquistadores asesinos debían de venir del infierno, no de España! Español era él
también, y su padre, y su madre; pero él no salía por las islas Lucayas a robarse a los
indios libres; ¡porque en diez años ya no quedaba indio vivo de los tres millones, o
más, que hubo en La Española!: él no los iba cazando con perros hambrientos para
matarlos a trabajo en las minas: él no les quemaba las manos y los pies cuando se
sentaban porque no podían andar, o se les caía el pico porque ya no tenían fuerzas: él
no los azotaba, hasta verlos desmayar, porque no sabían decirle a su amo dónde había
más oro: él no se gozaba con sus amigos, en la hora de comer, porque el indio de la mesa
no pudo con la carga que traía de la mina, y le mandó cortar las orejas en castigo...
Como a amigos habían recibido ellos a los hombres blancos de las barbas... y aquellos
hombres crueles los cargaban de cadenas; les quitaban sus indias y sus hijos; los metían
en lo hondo de la mina, a halar la carga de piedra con la frente; se los repartían, y los
marcaban con el hierro, como esclavos: en la carne viva los marcaban con el hierro. En
aquel país de pájaros y de frutas los hombres eran bellos y amables, pero no eran
fuertes... y caían como las plumas y las hojas. Morían de pena, de furia, de fatiga, de
hambre, de mordidas de perros... Fue a Cuba de cura con Diego Velázquez, y volvió de
puro horror, porque antes que para hacer casas derribaban los árboles para ponerlos de
leña a las quemazones de los taínos. En una isla donde había quinientos mil, "vio
con sus ojos" los indios que quedaban: once. Eran aquellos conquistadores soldados
bárbaros, que no sabían los mandamientos de la ley, ¡y tomaban a los indios de
esclavos, para enseñarles la doctrina cristiana, a latigazos y a mordidas!
Y las Casas se fue a España a convencer a los reyes de que no eran necesarias la
guerra y la violencia contra los indios, y en defensa de su tesis de la conversión
pacífica. Y volvió a América, y en 1542 pudo lograr las llamadas Leyes Nuevas, que no
llegaban hasta donde quería el buen sacerdote ni se cumplieron como era debido. Y así
vivió las Casas hasta morir en Madrid a los 92 años, luchando, implorando justicia,
escribiendo, este gigante defensor de los Derechos Humanos, el primero en América,
injustamente olvidado porque cierta crítica española ha hecho mayores esfuerzos por
desacreditarlo, y por esconder su denuncia ya que su pasión de caridad le hizo aumentar
aquí el mérito indígena y allá el crimen del conquistador.
No fue las Casas el único "español bueno" que denunció los excesos de la
conquista en el siglo XVI: para honra de España, muchos allá, y en el Nuevo Mundo,
clamaron en favor del indio. No puede hablarse de ellos sin recordar al que inició
aquella campaña acusatoria, a fray Antón de Montesinos, aquel otro dominico que no
pasados 20 años del descubrimiento, ante el hermano del Almirante y otras autoridades de
La Española, dijo en un valiente sermón en la iglesia de Santo Domingo: "Todos
estáis en pecado mortal, y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis
con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan
cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan
detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas...?
Tened por cierto que en el estado en que estáis no os podéis más salvar que los moros o
los turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo". Ni se puede olvidar entre
"los buenos españoles" de entonces al superior de las Casas, a fray Pedro de
Córdoba, de quien descubrió en el Archivo de Indias, en Sevilla, nuestro José María
Chacón y Calvo, una carta de 1517, firmada con otros 20 religiosos, dominicos y
franciscanos, publicada en 1938 por la Dirección de Cultura, de La Habana, en la que
refiriéndose a los conquistadores de La Española, les informaba a los cardenales
Cisneros y Adriano:
...Baste decir que habiéndose encontrado en el descubrimiento de estas islas
innumerables gentes y pueblos, dóciles a la fe, mansos, humildes, obedientes, muchos han
sido asolados por completo, y los que quedan están casi en el mismo trance de perecer...
Quedaron los pueblos desiertos: sus habitantes, por mano de nuestros cristianos, si es que
pueden ser llamados cristianos, fueron conducidos a las islas como esta Española y otras,
destinándolos a cavar la tierra en busca de oro, o más bien a perder la vida y sus
ánimas, consumiéndose totalmente en estos trabajos... Ni Faraón ni los egipcios nos
ofrecen ejemplo de ensañamiento en los israelitas, ni los perseguidores de los mártires
en los hijos de la Iglesia. Ni perdonaron al sexo débil femenino, como se acostumbra en
todos los pueblos. Estos cristianos, y para decir mejor, no corderos de Cristo sino
crueles enemigos, sometieron a las mujeres al trabajo lo mismo que los hombres y niños;
soportaron así la desnudez ante el fuego del sol por todo el santo día y en la
intemperie y por descanso de sus diarias labores, el dormir en la noche sobre la tierra
desnuda, y eran atormentados por el hambre y la sed, y cuando enfermaban eran abandonados,
despreciados, peor tratados que las bestias...
Y ésta es una de las 200 Cartas Censorias sobre la conquista, no sólo de religiosos,
que encontró Chacón y Calvo, a quien nadie podría acusar de antiespañol, las que lo
hicieron concluir: "Si desapareciesen súbitamente los copiosos y diversísimos
escritos de las Casas, no padecería la integridad de la Leyenda Negra". Y esa carta
de Pedro de Córdoba fue escrita en la actual República Dominicana, lo mismo que allí
fue dicho el sermón de Montesinos, donde, también de espaldas a la pobreza que hoy sufre
ese país, se va a celebrar, en carnaval fastuoso, el V Centenario del descubrimiento,
como si la llegada de Colón a América hubiera sido el advenimiento de un redentor, sin
aludir al precio que tuvo que pagar el continente por la cultura y la religión de Europa.
Conclusión
"Con el engaño de la literatura", advirtió Martí de sus días, "se
nos está entrando por América el espíritu español", de su "español
malo", por supuesto, que entonces significaba el extrañamiento de lo propio, el
culto de la fuerza, el prejuicio racial, el pragmatismo y la avaricia. Y quizás no ha
perdido del todo actualidad su advertencia.
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El suplicio de Hatuey
y la matanza de Caonao, en Cuba, de los que habló Las Casas, según
dibujos de Juan E. Hernández Giró en su Historia Gráfica de Cuba
(La Habana, 1938).
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Martí estaba muy al tanto de la polémica sobre el descubrimiento, de los extremos que
contendían: la Leyenda Negra había crecido al calor de las pugnas religiosas y del
resentimiento europeo por la fortuna de España: todo iba contra ella de manera
sistemática, en olvido de lo que a ésta debía el Nuevo Mundo, y presentando a los
indios como seres bondadosos, cultos y pacíficos en estado natural, origen del mito del
buen salvaje; y la leyenda color de rosa, en oposición, presentaba a los conquistadores
como unos esforzados misioneros, ansiosos de propagar la fe cristiana, y de rescatar al
indígena de la ignorancia, de abominables costumbres. Así, para unos, el 12 de Octubre
de 1492 había sido un día nefasto para la humanidad; y, para otros, uno de gloria: al
hacer la reseña de un libro sobre el Descubridor, dijo Martí: "De Colón es
difícil escribir, y de todo lo suyo, porque la antipatía e incuria de una parte han
dejado perder lo que la gratitud excesiva, la vanidad nacional y la necesidad humana de lo
maravilloso exageraban por la otra".
A la disposición que tuvo siempre Martí por la verdad y la justicia, en el aprecio de
la empresa española en este continente, unía su acendrado americanismo, no sólo por
impulso natural, sino porque sabía del peligro de dejarse seducir por lo extranjero, y
escribió recordando su estancia en Venezuela, y en resumen de su actitud ante lo que
aquí se ha tratado:
¿Qué importa que vengamos de padres de sangre mora y cutis blanco? El espíritu de
los hombres flota sobre la tierra en que vivieron, y se le respira. ¡Se viene de padres
de Valencia y madres de Canarias, y se siente correr por las venas la sangre enardecida de
Tamanaco y Paramaconi, y se ve como propia la que vertieron por las breñas del Calvario,
pecho a pecho, con los gonzalos de férrea armadura, los desnudos y heroicos caracas!
Bueno es abrir canales, sembrar escuelas, crear líneas de vapores, ponerse al nivel del
propio tiempo, estar del lado de la vanguardia en la hermosa marcha humana; pero es bueno,
para no desmayar en ella por falta de espíritu o alarde de espíritu falso, alimentarse
por el recuerdo y por la admiración, por el estudio justiciero y la amorosa lástima, de
ese ferviente espíritu de la naturaleza en que se nace, crecido y avivado por el de los
hombres de toda raza que de ella surgen y en ella se sepultan. Sólo cuando son directas,
prosperan la política y la literatura. La inteligencia americana es un penacho
indígena...
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