MARTÍ: político, estadista, conspirador y revolucionario

Carlos Ripoll

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MARTÍ ANTICAPITALISTA

Debieran los ricos, como los caballos de raza, tener donde todo el mundo pudiese verlo, el abolengo de su fortuna.

José Martí

El capitalismo es el sistema económico que se basa en el predominio del capital sobre los otros factores en la producción de bienes, y cuyo fin es aumentar la riqueza misma que ayudó a producirlos. Por su acendrada espiritualidad y por su interés en la justicia social, José Martí no ocultó sus reservas ante el capitalismo norteamericano ni su repugnancia ante las manifestaciones más descarnadas de dicho régimen económico. Por ese carácter predominante del capital, en tanto que reduce al hombre y lastima la sociedad, puede hablarse de Martí anticapitalista.

Martí no fue un experto en economía: en nada llegó a serlo, pero todo lo que tocó su pensamiento quedó iluminado: la ciencia política, la moral, el arte, el hombre. Su preocupación por la vida no pudo menos que llevarlo a meditar sobre los problemas económicos, y de su meditación nacieron observaciones y juicios que hoy tienen vigencia.

En los años de Martí, en Estados Unidos, el capitalismo mostraba su mayor pujanza, al tiempo que sus más repugnantes características. Aunque las protestas obreras tuvieron origen en las malas condiciones de trabajo y los salarios de miseria, las empresas siempre condenaban a los trabajadores. Entre 1880 y 1890 hubo más de 2,000 huelgas, en las que participaron unos seis millones de obreros, y casi todas fueron inútiles. Se acusaba a los huelguistas de delincuentes perturbadores del orden y de comunistas, y se quería hacer ver que cualquier cambio sería perjudicial para todos. Pero a pesar de las injusticias que se han resuelto, y de la conciencia social mucho más alerta en nuestros días, tomando en cuenta los cambios que se han producido en el mundo, resulta válida la ecuación y tienen actualidad las palabras de Martí sobre el capitalismo.

No debe confundirse el entusiasmo de Martí por la estructura política de Estados Unidos —por lo que sus ideas están en franca contradicción con el marxismo y todo sistema que atente contra la libertad individual— con lo que pensó sobre los males del sistema económico de este país. Con la misma honradez con que aplaudió aquí el amor a la libertad, el proceso democrático y las instituciones del gobierno, denunció la desigualdad de recursos, el poder corruptor de las clases privilegiadas, el culto al dinero, la indolencia de los ricos, las grandes empresas, el proteccionismo y los monopolios. En un artículo que publicó en El Partido Liberal, de México, planteaba el conflicto entre la libertad y la justicia; decía:

La libertad política, que cría sin duda y asegura la dignidad del hombre, no trajo a su establecimiento, ni crió aquí en su desarrollo, un sistema económico que garantice a lo menos una forma de distribución equitativa de la riqueza. Hay un vicio de esencia en el sistema que con los elementos más favorables de libertad, población, tierra y trabajo, trae a los que viven en él a un estado de desconfianza constante y creciente, y a la vez que permite la acumulación ilimitada en unas cuantas manos de la riqueza de carácter público, priva a la mayoría trabajadora de las condiciones de salud, fortuna y sosiego indispensables para sobrellevar la vida.

Todo lo que Martí pensó en política cabe, más o menos, dentro del liberalismo tradicional, pero en economía lo trasciende, ya que su preocupación por la justicia lo aparta del laissez faire y plantea la urgencia de combatir los excesos del capitalismo. En estas materias, Martí coincide a veces con la actual izquierda democrática americana, al suscribir las libertades políticas, los derechos civiles y las instituciones propias de la democracia, mientras pretende aumentar por etapas y medios pacíficos de participación popular la intervención del Estado en ayuda de las clases más necesitadas (el Welfare State), también para que regule y humanice la economía y cree una conciencia nacional que reduzca el individualismo posesivo.

Las conclusiones a que llega Martí en estos asuntos, como todo en él, tienen una raíz ética, y busca asegurar en el hombre la vida del espíritu. Por eso fustiga el culto a la riqueza en los Estados Unidos: "En este pueblo revuelto, suntuoso y enorme, la vida no es más que la conquista de la fortuna: ésta es la enfermedad de su grandeza. Sin razonable prosperidad, la vida, para el común de las gentes, es amarga; pero es un cáncer sin los goces del espíritu". Y señala los males que trae "el dinerismo", que así llama a la pasión por los bienes materiales: "Con sacar el oro afuera no se hace sino quedarse sin oro alguno adentro... ¡Oh, almas infelices, aquéllas exclusivamente consagradas al logro, amontonamiento y cuidado del dinero! Han de debatirse en soledad terrible, como si estuvieran encerradas en una sepultura".

Martí condenó la indolencia de los ricos preocupados por agrandar sus fortunas pero indiferentes a la miseria de los menesterosos: los que creían que eran éstos, y no ellos, los que estorbaban al verdadero progreso y estaban de más en la sociedad: "Gusanos me parecen esos despreciadores de los pobres: si se les levantan los músculos del pecho y se mira debajo, de seguro que se ve el gusano". Así describió a un millonario: "Jay Gould, gran estratégico de corporaciones y bolsas, en sus manos tiene las bridas de empresas innumerables. Por los medios tortuosos de que se vale sin escrúpulo, y por la frialdad de su corazón, atento sólo al triunfo o a la defensa propia, es reciamente odiado: una pera madura le importa más que los dolores de todos". Y Martí extiende su crítica del materialismo a las mujeres, que él siempre creyó refugio natural de la espiritualidad; fue ése uno de sus primeros descubrimientos al llegar a Nueva York: "El amor a la riqueza mueve y generalmente inspira los actos de las mujeres de este país. Las mujeres americanas parecen sólo tener un pensamiento fijo cuando conocen a un hombre: '¿Cuánto tiene ese hombre?'. Semejantes pensamientos desfiguran y endurecen las caras más hermosas, hechas por el Todopoderoso para bálsamo del infortunio, y seno de gracia y ternura".

Martí era de la opinión de que "con paciencia y trabajo asiduos puede llegarse a la fortuna honrada", y consideraba no sólo un derecho, sino un deber, "allegarse una fortuna por medios lícitos"; pero como entiende que "la miseria no es una desgracia personal, sino un delito público", trata a los responsables de ella como delincuentes, y habla de la riqueza excesiva con la aprensión natural de quien la sabe parte del crimen. Dijo en una oportunidad: "Jamás me pareció el dinero hermoso, que mueve a los hombres a tantas vilezas". Así vio los grandes capitales con reserva, pues "con el trabajo honrado jamás se cumplen esas fortunas insolentes: el robo, el abuso, la inmoralidad están debajo de esas fortunas enormes". Y como veía con similar desprecio la tolerancia de quienes conociendo los crímenes de ciertas riquezas se los disimulaban para disfrutar de ellas, planteó, para bochorno del criminal y lección del indolente, una fórmula simple que pondría en claro el origen de los capitales: "Debieran los ricos, como los caballos de raza, tener donde todo el mundo pudiese verlo el abolengo de sus fortunas".

Uno de los peligros que Martí señaló en el capitalismo es el del poder político de los más privilegiados, la amenaza que representaban para el sistema democrático, corrompiendo al funcionario público y arreglando leyes para su conveniencia. En un trabajo que tituló "La política de acometimiento" decía de ellos:

Forman sindicatos, ofrecen dividendos, compran elocuencia e influencia, cercan con lazos invisibles al Congreso, sujetan de la rienda la legislación, y, ladrones colosales, acumulan y se reparten ganancias en la sombra. Son los mismos siempre: siempre con la pechera llena de diamantes, sórdidos, cinchados, recios. Caen sobre los gobiernos como los buitres. Tienen soluciones para todo: periódicos, telégrafos, damas sociales, personajes florido y rotundos, con palabras de plata y magníficos acentos. Todo lo tienen: se les vende todo. Es un presidio ambulante, con el que bailan las damas en los saraos, y coquetean los prohombres respetuosos que esperan en su antesala. Esta camarilla, que cuando es descubierta en una mesa aparece en otra, ha estudiado todas las posibilidades de la política exterior, todas las combinaciones que pueden resultar de la política interna: un deseo absorbente les anima siempre, rueda continua de esta tremenda máquina: adquirir tierra, dinero, subvenciones.

Martí creía, desde luego, en la propiedad privada, en la libre empresa, en el "honesto lucro", en "el placer de acumular sin avaricias ni maldades", y en la iniciativa individual para producir y distribuir bienes de consumo; y también creía que los desajustes económicos eran remediables por medio del juego democrático ya que, hasta cierto punto, los consideraba accidentes, resultante más bien del descontrolado egoísmo de una minoría avara y ambiciosa.

Pero su confianza en el poder del voto, en la evolución pacífica, en el triunfo de las ideas justas y en los reductos de razón y bondad del ser humano, impidieron que se oscureciera su compromiso con las libertades fundamentales que tanto admiró en Estados Unidos. Anunciaba así las tendencias modernas del capitalismo controlado o del socialismo restringido, en que se prefieren las mejoras económicas de los más ante los privilegiados de las minorías acaudaladas.

De sus muchos elogios a los que se empeñaban en equilibrar la sociedad cabe destacar estos juicios inspirados por la candidatura del socialista agrario Henry George:

En la morada misma de la libertad se amontonan de un lado los palacios de balcones de oro, con sus aéreas mujeres y sus caballeros mofletudos y ahítos, y ruedan de otro en el albañal, como las sanguijuelas en su greda pegajosa, los hijos enclenques y deformes de los trabajadores. Y cuando parece que son leyes fatales de la especie humana la desigualdad y la servidumbre; cuando se ve gangrenado por su obra misma el pueblo donde se ha permitido con menos trabas su ejercicio al hombre, he aquí que surge, por la virtud de permanencia y triunfo del espíritu humano, y por magia de la razón, una fuerza reconstructora, un ejército de creadores, que avienta a los cuatro rumbos los hombres, los métodos y las ideas podridas, y con la luz de la piedad en el corazón y el empuje de la fe en las manos, sacuden las paredes viejas, limpian de escombros el suelo, y levantan en los umbrales de la edad futura las tiendas de la justicia. De esta tierra misma, que cría con el grandor de sus medios y la soledad espiritual de sus habitantes un egoísmo brutal y frenético se está levantando con una fuerza y armonía de himno uno de los movimientos más sanos y vivos en que ha empeñado su energía el hombre.

Aunque los planes de Henry George no repercutieron directamente en los arreglos económicos de este país, es indudable que su famoso libro Progress and Poverty conmovió, como todo pensamiento justo, la sensibilidad de muchos norteamericanos que así empezaron a tener mayor conciencia de los problemas sociales y a cuestionar la necesidad de mantener inmóvil la estructura económica.

Martí pudo vislumbrar los caminos del futuro de estos asuntos. En los Estados Unidos, la libertad le había dado alas al hombre, y éste se resistiría, por ley natural, al abuso y a la injusticia. Conocedor de lo que originaba el problema, rechazó las soluciones que conspiraban contra la democracia, y concluía:

El hombre, en verdad, no es más, cuando más es, que una fiera educada. Pero si en lo esencial no cambia el hombre, no puede ser que produzca en él igual resultado el despotismo y este otro dulcísimo sistema de la libertad racional. No me parece que haya sido en vano en los Estados Unidos el siglo de República: parece al contrario que será posible, combinando lo interesado de nuestra naturaleza y lo benéfico de la práctica de la libertad, ir acomodando sobre quicios nuevos, sin amalgama de sangre, los elementos desiguales y hostiles creados por un sistema que no resulta, después de prueba, armonioso ni grato a los hombres.

También en esto se cumplió su profecía: a pesar de la resistencia de "las fortunas insolentes" y del "individualismo excesivo", pronto se iniciaron los cambios más necesarios, y medio siglo después de Martí, forzadas por los errores y excesos del capitalismo, surgieron las justas reformas de Roosevelt ampliadas luego en los gobiernos de Truman y Lyndon Johnson: parecían haber escuchado el juicio de Martí cuando habló del sufrimiento de los niños pobres de Nueva York, lo que consideraba "un crimen público", y que lo hizo concluir que "el deber de remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado".

Hoy, que por el vaivén de la historia y por otras causas accidentales, no está de moda en este país pensar en ajustes mayores de la economía —quizás en un futuro próximo necesitada de otro New Deal—, el anticapitalismo de Martí resulta oportuno para proponer "la única igualdad verdadera", la que él defendió: aquélla en la que "la suma de desigualdades llegue al límite mínimo en que la impone y retiene la misma naturaleza humana".

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