En 1776 se firmó la Declaración de Independencia Americana: decía en el
preámbulo: "Sostenemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son
creados iguales, que a todos les ha dado el Creador ciertos derechos que son inalienables,
entre los que están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". Nunca en
la formación de un pueblo se habían invocado principios tan provocadores y novedosos.
Dos años antes de esta Declaración los miembros del Primer Congreso Continental, en
Filadelfia, aún buscaban un acuerdo con Inglaterra: sólo se atrevieron entonces a
limitar el comercio con la metrópoli y a reclamar ciertos derechos. Pero cuando en mayo
de 1776 se reunieron en la misma ciudad, ya los colonos de Massachusetts habían disparado
en Lexington y Concord contra las tropas británicas, y se acababa de publicar un folleto
que iba a decidir a los que aún vacilaban ante la independencia: era el Common Sense,
de Thomas Paine, donde se explicaba el origen de los gobiernos, se ridiculizaba la
monarquía y se instaba a los colonos a separarse de Inglaterra: "It's time to
part", decía. Fue entonces cuando el Segundo Congreso comisionó a cinco de sus
miembros para que prepararan la Declaración: Thomas Jefferson, Benjamín Franklin, John
Adams, Roger Sherman y Robert Livingston; y este comité encargó al primero su
redacción.
Jefferson había estudiado en el William and Mary College y, a los 33 años que
entonces tenía, se le consideraba uno de los abogados más prominentes de Virginia;
lector asiduo y fino escritor, su biblioteca era una de las más ricas en las colonias
inglesas. En quince días tenía listo el documento. Tan influido estaba por la reflexión
crítica y el liberalismo de John Locke, que allí le salieron no sólo las ideas del
filósofo inglés del siglo anterior sino también su estilo. Los congresistas discutieron
la Declaración y después de algunas enmiendas la aprobaron al anochecer del 4 de julio.
El día 8 se leyó desde el balcón del Independence Hall y luego se circuló por las
colonias, y poco después fue firmada por el mismo Congreso. La Declaración de
Independencia cundió como la pólvora comprometiendo voluntades y enardeciendo los
ánimos. George Washington, en Nueva York, ordenó que se leyera a las tropas ("...
this important event will serve as a fresh incentive to every officer and soldier to act
with fidelity and courage"), y una multitud derribó en Bowling Green la estatua de
Jorge III, el despótico rey inglés, y con el metal de la estatua las hermanas Marvin, en
Connecticut, prepararon 30 mil balas para los rebeldes.
La fiesta de la patria
En aquellos días de euforia, en 1776, John Adams le escribió a su esposa: "Estoy
seguro de que esta fecha ha de ser celebrada por las generaciones futuras como un gran
aniversario. Debe conmemorarse con actos religiosos y con desfiles, espectáculos, juegos,
campanas, fogatas, cañonazos y luces, de un extremo a otro de este continente, desde hoy
en adelante, y para siempre." No se equivocó en esta predicción el que luego sería
el segundo presidente de los Estados Unidos, porque el 4 de Julio, hasta hoy, es la más
importante fiesta patriótica y se celebra entre los norteamericanos como él quiso: con
orgullo, alegría y bullicio.
No se conocían bien las colonias de España y las inglesas antes de la independencia
americana. Cuba, de toda Hispanoamérica, por su geografía, fue la de contactos mayores.
El contrabando era el motivo: los del norte vendían harina, tejidos y herramientas; de la
isla se llevaban cueros, azúcar y alcohol. Luego, cuando en el siglo XVIII empezó en
Europa la moda de desacreditar a América, nació una ligera conciencia continental:
Jefferson escribió sus Notes on Virginia (1785), el jesuita Francisco Javier
Clavigero publicó en Italia la Historia antigua de México (Storia antica de
Messico; 1781) y el cubano José Martín Félix de Arrate terminó el manuscrito de su
"Llave del Nuevo Mundo; antemural de las Indias Occidentales" (1761), publicada
en 1830. Luego, en la guerra de independencia, las tropas de George Washington y de sus
aliados franceses encontraron en Cuba la ayuda económica que necesitaban: puede decirse
que en la batalla última de la guerra, en Yorktown, las joyas que habían donado para
ayudar a los americanos las mujeres de La Habana, tuvieron decisiva importancia. Y el
santiaguero Juan Manuel Cagigal, al mando de españoles y cubanos, derrotó a Inglaterra
en Pensacola y Nassau, en 1781, y se hizo amigo de Washington, a quien le encargó
atendiera durante un viaje a Filadelfia a su ayudante el venezolano Francisco Miranda.
El liberalismo criollo vio al principio con simpatía y esperanzas la independencia de
los Estados Unidos, pero pronto los intereses de la América inglesa iban a sembrar
reservas y prejuicios. El propio Jefferson dijo en 1786: "No debemos presionar ahora
a España. Los países de Hispanoamérica no pueden estar en mejores manos. Lo que temo es
que los españoles sean demasiado débiles para tenerlos bajo su dominio hasta que
nosotros seamos lo suficientemente fuertes para ganárnoslos uno a uno". Esas ideas
rigieron la política exterior de los Estados Unidos: por su indiferencia ante las
aspiraciones de la América Latina dijo Simón Bolívar: "No solamente los europeos,
sino también nuestros hermanos del norte, se han mantenido como simples espectadores ante
nuestras luchas".
Así nacieron las dos corrientes de pensamiento, una de admiración y otra de
desconfianza. Martí pertenece a esta segunda. De él dijo Enrique José Varona:
"Martí admiraba la poderosa democracia que aplicaba tan felizmente ante sus ojos las
teorías que le eran más caras; pero no la amaba. Todo su amor iba desbordado hacia los
pueblos del Sur, hacia lo que llamaba, con mimo espontáneo, Nuestra América".
El 4 de Julio de 1886
"El cuatro es acá siempre día del corazón", dijo Martí de la fecha, y
porque ella se escogía para inauguraciones, principio o término de actividades, o
nacimiento de empresas, añadió: "Para el cuatro se guarda lo nuevo". Es que en
esa ocasión se iniciaban los Estados de Montana, Washington y las dos Dakotas.
Pero la más rica crónica que escribió sobre el 4 de Julio era desconocida hasta hace
poco; por eso no se encuentra en ninguna de las colecciones de sus obras completas. Es la
de 1886, y la publicó en El Partido Liberal, de México, donde la encontró, junto
a otras también olvidadas, Ernesto Mejía Sánchez. Con su típico arte de mezclar
asuntos diversos, y analizarlos, Martí habla en ese escrito del peligro de "los
nuevos americanos", los hijos de los inmigrantes que no sienten el fervor de la
fiesta, que no tienen por "su patria casual aquella herencia de afectos y orgullo,
aquella insensata y admirable pasión por el país donde se viene al mundo, que parece que
sujeta con raíces a los que ven la luz en él". Y también habla en esa crónica
fechada el 6 de julio del revolucionario irlandés Carlos Parnell y de su madre, que
estuvo en el estrado de la presidencia en los desfiles y dijo un discurso en favor de la
libertad de su pueblo, y comentó de ella: "No perora, pero dice cosas que abofetean
y queman: parecen sus palabras manojos de guantes que echa al rostro inglés..."
El New York Herald del día 5 traía un resumen de las fiestas; dicen los
titulares: "The Restful Fourth. A Day when only the Sun and the Firecracker were
Busy. Hoisting the Nation's Flag. Festive Scenes in the City and by the Crowded
Seashore". Y el estilo de la descripción recuerda el de Martí: "The sun was in
high old mood yesterday. He arose smiling and at the touch of his ardent lips the whole
sky blushed. Then as in flame he entered the portals of the day he saw the other
celebrators were up as early as he. The old flag was fluttering in the air at the Battery,
sent up the pole by the son of a veteran warrior. There, over all the wilderness of roofs
and steeples and chimney pots, were the Stars and Stripes flying above a hundred
houses..."
Por su parte Martí destaca la oportunidad de esas celebraciones para descubrir la
idiosincrasia del país: "Como los pueblos se revelan en sus fiestas, y la alegría y
la libertad desnudan las almas, es bueno observar las ciudades en los días en que el
regocijo, expansivo de naturaleza, saca de ellas lo que tienen de tierno, de indiferente o
de bárbaro". Y a continuación aplaude la observancia de ese deber cívico:
Los días patrios no han de ser descuidados. Está en ellos el espíritu público.
Están en ellos las victorias futuras. Están en ellos las artes y las letras que levantan
a los pueblos por sobre las sombras cuando se han podrido los huesos de sus hijos, y
cubierto de capas de tierra sus bronces y mármoles. El día patrio reanima el santo
fuego, en las aras manchadas por las pasiones, empolvadas por la indiferencia, o
pervertidas por el ocio y el lujo. ¡Se necesita de vez en cuando respirar juntos, al
ruido marcial de los tambores y al reflejo de las banderas, ese aire sobrehumano que
embriaga, y que pone en los que viven, para que anden y triunfen, la voluntad y el brazo
de los muertos! De sí debe tener vergüenza el que se avergüence de fortalecer, con
estas juntas brillantes de espíritus, esa alma compacta y robusta sin la que, al embate
de los avariciosos, caerá como un montón de polvo la patria.
Y, sobre toda otra digresión, la reseña del día, y en ella, también como fiesta de
luces, el latiguear de su prosa: el símil, la personificación, la metáfora: siempre el
recurso impresionista:
Todavía está el aire rojo, y penetrado del olor de los fuegos con que se celebró
ayer el 4 de Julio. Anoche, al sonar las doce, cuando a los reflejos carmesíes y violetas
de las últimas luces de Bengala, pasaban cual fantásticas figuras los paseantes cansados
de las playas y pueblos vecinos, parecía New York como un cesto de duendes, que se
acostaban entre chispazos y volteretas, saltando por sobre torres y techumbres, a la luz
cárdena del cielo encendido. Camino de la eternidad parecían ir los trenes del
ferrocarril elevado, como serpientes aéreas por cuya piel agujereada se escapase su
espíritu de luz... La fiesta era ayer en todas partes: carreras de caballos, carreras de
todo paso, apuestas entre caminadores, juegos escoceses, excursiones por los ríos,
regatas de remadores, partidos de pelota. Pululaban los alrededores y las playas. La
ciudad se iba vaciando desde por la mañana, sobre las arboledas y campos vecinos. Sobre
cada adoquín estuvo estallando del alba a la media noche un cohete. Caían las
muchedumbres sobre los ferrocarriles y vapores como los potros sobre el portillo abierto
de la dehesa. Cada vapor lleva un ejército a las playas serenas de Coney Island, al mar
fresco y a la arena blanca como la plata sin bruñir...
Los años que vivió Martí en los Estados Unidos fueron de cambios y de grandes
acontecimientos y recuerdos: la reconciliación completa del Norte y del Sur, el
crecimiento económico e industrial, la conquista del Oeste, la inmigración europea, el
nacer de una conciencia laboral, los pujos expansionistas. Se había completado el
desarrollo que quería Jefferson para apoderarse de Hispanoamérica. Martí sintió como
obligación avisar del "ultraguilismo", pero también advirtió que la garantía
contra la amenaza estaba en la raíz del sistema conspirador, en los derechos de que
hablaron los patriarcas de Filadelfia, y que sólo con esos derechos podían salvarse las
Repúblicas de los peligros que de dentro y fuera acechaban: también dijo la Declaración
de Independencia que "los gobiernos sirven para asegurar los derechos del hombre y
derivan su poder del consentimiento de los gobernados, y que el pueblo puede alterar o
destruir cualquier gobierno, y crear uno nuevo, cuando el gobernante se los niega".
Ahora que en tierras que han tenido como dogma la negación de esos principios de 1776
crecidos éstos, y ya más limpios por la labor de dos siglos, y todavía en espera
de cambios, ahora que tras el velo del progreso y de la tecnología quiere un
socialismo fallido y culpable corregir la estancación de la sociedad y la ineficiencia
del trabajador que pugna con las armas del desgano y del fingimiento contra el
gobierno que lo reduce; ahora que se habla con nombres nuevos, como para esconder el
pudor, de lo que no es más que el producto de los "derechos inalienables" de
los hombres libres; ahora es tiempo de volver a Filadelfia y, junto al púlpito en que se
leyó la Declaración de Independencia, meditar sobre el milagro inacabado del 4 de Julio;
y sobre la promesa.