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Víctor Hugo cuando
cumplió 80 años, en 1882, en el cuadro que le hizo el pintor
Bastian Lepage. "He ahí un anciano resplandeciente, en
cuyos ojos tristes y centelleantes se adivina el noble menester del
alma humana de quitarse sus ropas de tarea y vestirse en la región
de luz serena su manto de triunfo". Martí.
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EUROPA
Nota
El centenario de Calderón
El cumpleaños de Víctor Hugo
Darwin
Herbert Spencer
Pushkin
Sarah Bernhardt
Un mes en Madrid
Artistas españoles
La corrida de toros
Lisboa y los reyes
La mujer parisiense
NOTA
Además de mantenerse informado de cuanto sucedía en los Estados Unidos,
Martí estaba al tanto del acontecer europeo. Los periódicos de Nueva York, para los que
escribió, gustaban de las novedades del viejo continente, y más aún si aparecían
descritas por un europeo, como él mismo se llamó en The Hour, en sus primeras
colaboraciones, "A Very Fresh Spaniard", aunque el adjetivo "fresh"
puede tomarse no sólo como el recién llegado sino también como el inexperto, y aun el
impertinente, por lo que se atreve a decir, en su inglés inseguro, de las costumbres y
gentes del país.
Para salvarse de la que consideraba perniciosa influencia
norteamericana, Martí se afirmaba en valores y gustos más bien europeos: a pesar del
ferviente elogio de Sarmiento al "talento descriptivo" y al "estilo de
Goya" que descubrió en la prosa del cubano, al leer su "Fiesta de la Estatua de
la Libertad", le escribe a Paul Groussac en carta que hizo pública
La Nación,
de Buenos Aires: "Quisiera un Martí que nos diera menos Martí, menos latino, menos
español de raza y menos americano del Sud, por un poco más de yankee, el nuevo
tipo de hombre moderno, hijo de aquella libertad cuya colosal estatua nos ha hecho
admirar".
No menos gustaba en los escritos en español de Martí, junto al
cronista de la América del Norte, esa simpatía por Europa, no reñida, sino más bien
apoyo de su hispanoamericanismo. A ella hay que sumar su notable facultad de hacerle creer
al lector que se estaba enterando de los acontecimientos por boca de un testigo. Sumada
esa aptitud a su estilo insuperable, se comprende mejor el aprecio en que se le tenían
sus crónicas, y la posición cimera que aún conservan éstas junto a sus otras
"Escenas". Sirva sólo un ejemplo: se celebraban en Madrid, en mayo de 1881, los
actos por el segundo centenario de la muerte de Calderón de la Barca; cuando escribe
sobre el asunto, Martí estaba en Caracas empeñado en sacar el primer número de su
Revista
Venezolana, y ya en pugna con el gobierno que lo haría salir del país semanas más
tarde; debió leer en algún diario español llegado a Venezuela lo sucedido en Madrid, y
él, para regalo de sus lectores, en momentos de su crónica, se traslada con la
imaginación al lugar de los hechos, y desde allí, como moderno locutor de radio, les
habla montado en el presente de los verbos para darle actualidad, y eternizar, la noticia:
"Las gentes andan de prisa. Como que revive el pueblo cansado... Las calles se
estrechan, la procesión entra en los barrios bajos... ¡Qué muchedumbre! ¡Qué júbilo
en las calles! ¡Qué grupos de hombres canosos, alegres como donceles! ¡Qué especial
sonrisa en labios de los militares viejos! ¡Qué andar y bullir de las mujeres, con sus
vestidos de colores, como rosas humanas!... Ya viene la cabalgata numerosa; ya se alivia
Madrid de su gran peso, porque no hay pesadumbre mayor que un deseo pueril no
satisfecho... Aquí llegan ahora, con trabajados estandartes, los que venden vino y
trabajan en tabla, y trafican en telas..."
Otras crónicas suyas de particular interés y belleza se recogen en
este capítulo: "El cumpleaños de Víctor Hugo"; tres más relacionadas con
Madrid; la visita a Lisboa de los reyes de España; la inauguración, en Moscú, del
monumento a Pushkin; "La mujer parisiense"; y, con ellas, la evocación de
algunos europeos: Darwin, Spencer y Sarah Bernardt.
EL CENTENARIO DE CALDERÓN
Honrar a los muertos es vigorizar a los vivos. Ya nos llegan noticias
de la celebración del centenario del más alto poeta que ha rimado en romance. Madrid ha
hervido en fiestas; las iglesias, en luces; los periódicos, en ingenio; las calles, en
soldados y estudiantes. Han vuelto a cortar el aire con sus arrogantes giros los manteos,
y a golpear el suelo las luengas bayosas, y a taconear por las calles de la corte,
aquellos elegantísimos chapines, presos en fortunadas virolas de lustrosa plata. Que así
como los hijos cobran fuerza con el ejemplo honesto y vida preclara de los padres, así
los pueblos, y con mayor razón cuando se sienten desmayados y confusos, acuden a reanimar
su espíritu turbado en la gloria serena de sus grandes hombres.
No ha mucho erigieron los madrileños estatua valiosa, frente al hogar
de la comedia española, al que hizo sesudos a los galanes discretos de Lope, y enfrenó
con sus sentencias a los reyes, y con la osada humanización de abstracciones soberbias
redimió de sus públicas y grandes vergüenzas aquellos tiempos menguados en que España,
como cuerpo podrido, fue perdiendo, con lúgubre presteza, sus comarcas mejores; aquellos
tiempos híbridos en que de cabellos de sus damas hacían trenzas para sus sombreros los
galanes, y en vivo añil teñían sus cartonados cuellos, y en cárceles de perfumados
untos mantenían de noche, para que lanceasen así mejor al día siguiente corazones de
damas, los rebeldes bigotes, dosel espeso de teñidos labios. Y el sol, al quebrar su luz
sobre la frente de mármol de la estatua, parece enviar desde ella rayos de oro a aquel
teatro del Príncipe, casa de tantas glorias, hoy henchida de las voces osadas y tonantes
de un poeta ingeniero.[...]
No bien asomó esta vez el alba del 25, la saludaron ruidosamente los
cañones: agitación extraordinaria, como de colosal familia en huelga, respondió a aquel
glorioso clamoreo: pobláronse de súbito las anchas vías centrales de la villa, y las
moriscas y cerrosas de los barrios bajos: el aire, más que de los saludables elementos
que en la mañana lo perfuman, cargóse de armonías: catorce bandas militares, reunidas
bajo los colosales balcones de granito, saludaron al rey, y, como poseídas de júbilo
amoroso, echáronse contentas, dando al viento sus más alegres notas, por plazas y
callejas; lucientes batallones, cuyas bayonetas relampagueaban al sol plácido como si
quisieran ser lenguas de fama, tendiéronse en fila brillantísima, desde la vieja iglesia
de San José, sobre cuya antigua puerta arde perpetuamente una luz piadosa, hasta el
convento humilde, donde, como venerada reliquia, guárdanse en pared espesa los restos
mudos que fueron un día cárcel de aquella alma elocuente. Las gentes andan de prisa.
Como que revive el pueblo cansado. No pesan a los soldados los fusiles. Ondean en los
balcones, acariciadas por el aire fresco, lujosas banderas: cuelgan de las vetustas casas
de los nobles, admirables y pálidos tapices: muros enteros de estos solares añosos, o
palacios novísimos, están ornados de muy ricas telas.[...]
Las calles se estrechan: la procesión entra en los barrios bajos:
luego de andar tres millas, menguada parte de ella, de que continúa siendo cerco vivo el
pueblo ávido, penetra en la nave del Convento de los Presbíteros. La procesión dobla de
nuevo las rodillas: a la derecha del altar está en el muro el retrato de aquel hombre de
su tiempo y de todos los tiempos, filósofo rebelde y siervo manso, rey de suyo y soldado
de reyes, gran meditabundo, gran esperador, gran triste, sacerdote más que por creencia
en lo divino, por desdén en lo humano: Calderón de la Barca. Y cántase el responso. La
procesión, como caja de joyas que se quiebra y esparce en hilos fúlgidos, dispérsase.
En palacio volverá a reunirse por la noche.
Del 25 fue la procesión pomposa: del 26 la alegre fiesta humilde.
¡Qué muchedumbre! ¡Qué júbilo en las calles! ¡Qué grupos de hombres canosos,
alegres como donceles! ¡Qué especial sonrisa en labios de los militares viejos! ¡Qué
andar y bullir de las mujeres, con sus vestidos de colores, como rosas humanas! ¡Qué
homenaje tan puro! ¡Vanguardia de hombres montados abre el paso: de Salamanca parecen
fugitivos ese centenar de estudiantes que les siguen, ataviados a la usanza antigua,
arrobando con sus guitarras cautivadoras los oídos suspensos de esa hermosa marcha que
para ellos ha compuesto el maestro Arrieta. Olas de gasa vienen luego, con su espuma de
flores, y son niñas de las escuelas de Madrid, 500 pequeñuelas vestidas de blanco,
envueltas en velos, coronadas de rosas. Gusanillos innúmeros alados les suceden, y son
los flameantes banderines que cargan rapaces incontables, alumnos de las escuelas
madrileñas. Tras ellos, los que se educan en altos colegios. Tras éstos, portando ufanos
lujosos estandartes, los matriculados en Facultad Mayor. Y los maestros, en su severo
traje, con su bata de seda, y su birrete negro, con su mota y colgantes azules los de
Filosofía, y blancos los de Teología, y los de Medicina, amarillos, y rojos los de
Derecho.
Descuajáronse las casas, quedáronse desiertas, y echaron sus
deslumbrados habitantes a las aceras y balcones que daban a las calles de la fiesta. Por
la abigarrada procesión del 27, que fue como redoma de alquimista en busca de oro,
hervidero de intentos incompletos en solicitud de fama durable no lograda, salieron de sus
cuevas del cerrillo de San Blas los míseros goripas, que hay chicuelos vendedores
de arena por Madrid que viven con sus madres y hermanillos, desnudos en invierno, en
agujeros rotos en el cerro; y las bailarinas dejaron sus balcones de la montuosa calle de
la Primavera; y las modistillas hambrientas y elegantes lucieron su vestido meritorio, que
ya cuenta tres luengos veranos, y para revolotear en el centenario fue repintado, a cambio
de un peso fuerte, en Barcelona. Y los tristes cesantes, que aún llevan capa limpia por
ser cosa reciente la cesantía, olvidan la marcial gloria de Cánovas, y la de Sagasta,
colérica y mefistofélica; y los empleados novísimos ostentan, bajo el rizado bigote que
huele a dinero nuevo, perfumado cigarro; y la familia madrileña, con su tipo confuso y
andar suelto, y traje de Francia y habla de Castilla, y aire de Andalucía, acá corre y
allí empuja, y por aquí abre brecha, y compra flores a la chiquilla de ojos rasgados que
se las ofrece, o los programas de la fiesta, que hubiesen salido mejor de las prensas de
Rasco o la de Arámbura, al chistoso granuja, de remendada chaqueta y vieja gorra, que
suele tomar visiblemente la mota que el programa vale, y, cuando no le vean, las demás
que huelguen descuidadas en el bolsillo de su dueño. ¡Qué pregonar de folletos! ¡Qué
vocear de discursos! ¡Qué revolver de los granujas vendedores, que, cruzando en
velocísima carrera de un lado a otro de la velada calle, fatigan a los guardias enojados,
y semejan, envueltos en el periódico que venden, colosales insectos, que llevan alas que
suenan y nido de carcajadas en el vientre! ¡Qué esperar con impaciencia, qué comentar
con gracia, qué hacer muros de cuerpos, y apretar contra la pared de argamasa y repello,
viva pared humana! Ya viene la cabalgata numerosa; ya se alivia Madrid de su gran peso,
porque en raza latina no hay pesadumbre mayor que un deseo pueril no satisfecho; la onda
viva, cual mar en que entrase de súbito agua nueva, hínchase, precipítase, oscila,
apriétase. Ya aparecen, caballeros en negros caballos, cincuenta guardias apuestos, a la
usanza de hoy, cruzado el pecho de bandas amarillas, apretado a la pierna el calzón
blanco, luciendo en los pies la negra bota, el triangular sombrero en la rapada testa, el
ancho sable en la enguantada mano. Los heraldos les siguen: ocho heraldos, en recios
corceles, vestidos de azul paño, como en el siglo XVII; colgante a espalda y pecho la
amarilla dalmática, realzada en ambos lados con las armas austriacas; tocados de
lujosísimo chambergo; afirmando en los fuertes estribos el banderín tirante, ricamente
bordado, con su nema y sus flecos, o el flexible oriflama de asta de oro. Vienen luego
aquellas armazones colosales con que los burgaleses de otro tiempo, y los zaragozanos, y
los del viejo Valladolid, y Santander inquieto, celebraban, vistiéndolas de gigantes
chinos, o quijotes escuálidos, o togados enanos, las alegrías de la ciudad. Cien
pajecillos, que la muchedumbre aclama, luciendo al sol sereno de Madrid trajes crujientes,
varios y vistosos; bellos como ninfas, flotando como alas de colores a sus espaldas las
vueltas de los mantos, pasan como visión dichosa, portando en sus cien altos estandartes
tantos nombres de dramas del poeta. No ven con ojos buenos los curiosos a esos caballeros
que ahora vienen, y que con sus casacas de diputado, o de comisionado de ayuntamiento de
provincial, que disuenan con los maceros, de rojos y amarillos aderezos, y los afelipados
alguaciles que les preceden; como que les hacen caer inopinadamente de sus sueños de
gloria fulgurosos a las realidades domésticas presentes. Aquí llegan ahora, con
trabajados estandartes, los que venden vino, y trabajan en tabla, y trafican en telas, y
otros tráficos. ¡Ah! ¡Qué pesada la carroza que han construido los buenos vecinos del
barrio apartado de Chamberí! Ocho caballos tiran de ella, que es la apoteosis de
Calderón, ahogado entre tributos, y lo cerca corona ondeante de motes y banderas.[...]
La muchedumbre, atenta, mira; mas como llevada del femenil espíritu
que se halla en lo que viene, y quiere verse, agítase y se empuja para ver pasar esa
ingeniosa fábrica ligera, si sostenida por hombres invisibles, al parecer tirada por
palomas, que sustenta al Genio: ésta la hicieron los maestros de obras. Mas ésta sí que
es oportuna y grave, y acusa que un poeta anda entre los cerrajeros de Madrid, o un
cerrajero entre los poetas. Vibra el martillo; resplandece la fragua; saltan chispas del
yunque; percíbense entre el hervor del entusiasmo, el buen clamor y buen olor del hierro:
ésta fue la carroza de las cerrajerías. Ese macizo carruaje que lleva una alegoría de
la alegoría del poeta sacerdote, es del Ayuntamiento. Esta, tirada de doce frisones, que
ahora sigue, es de la Diputación de Madrid. Y ¡qué suntuosa! ¡Vedle sus maceros,
tocados de sombrero de riquísimas plumas, con sus muy grandes mazas, y ese estandarte de
terciopelo, y oro en realce, con todas las cabezas de partido, y esa guardia amarilla, tan
famosa en tiempo de Olivares y de Valenzuela! De Valencia, cuyas húmedas vegas rinden
juntos el higo fresco, la naranja dorada y las crecidas rosas, han venido las flores que
de ese carro que pasa ahora vierten sobre las gentes apretadas. Súbito murmullo, como
predecesor de maravilla que se acerca, extingue el de la vocinglera competencia que por
hacerse de azucenas y lirios se había alzado; y es que a las ancas de doce gruesos
bridones, orgullosos de la carga real que portan semejando con sus blancos penachos
ambulantes palmeros, y paseando al sol escamas de oro en los vívidos arneses y echados al
ancho lomo mantos muy ricos de tejidos blancos, viene, como nación que pasa, y como grupo
de andaluzas nubes sorprendido y atado, y como monte en que el pincel y los colores
hubiesen hecho poderosa fábrica, el suntuosísimo edificio andante con que España
celebra a su poeta, y en cuya voluminosa maquinaria, realzada de amarillo terciopelo y
grana alegre, aparece aquella nación de los Felipes, ciñendo de magnífica corona las
sienes de su muerto muy amado. ¡Oh, sí! La muchedumbre como que sentía temblar sus
manos, y encogérsele el corazón, y secársele las fauces, vibró de amor y ardor de
gloria. Y pasó la carroza, y mucho tiempo hacía que era pasada, y el aire estaba aún
lleno de vítores.
La Opinión Nacional, 23 de junio de 1881.
EL CUMPLEAÑOS DE
VÍCTOR HUGO
He ahí un anciano resplandeciente, en cuyos ojos tristes y
centelleantes se adivina el noble menester del alma humana de quitarse sus ropas de tarea
y vestirse en la región de la luz serena su manto de triunfo. ¡Los que han derramado
sangre tendrán que volver a la tierra a borrarla con sus lágrimas! Sólo tienen derecho
a reposar los que restañan heridas, no los que las, abren. Y Víctor Hugo hace misión de
restañar heridas. Hombres hay que no darían limosna a un pobre por no descomponer, con
el ademán de dar limosna, su andar gracioso. Gentes hay que sofocan todos los movimientos
de su corazón, y no le dan suelta hasta no ver si cuadran a la comunidad que les rodea.
Hugo ama y tiembla, y se espanta de ver matar, y cuando ve las manos febriles del verdugo
enarbolando los maderos del cadalso, extiende hacia el juez duro los brazos generosos, y
le pide, en nombre del Dios que crea, que no niegue a Dios y no destruya. Y dirán de él
que es pedidor frecuente, y que prodiga sus clamores, y que ya va siendo uso que no haya
crimen de otro sin protesta de él. Mas no se vive para ser aplaudido por los egoístas,
sino por sí mismo. Es tal y tan inescrutable maravilla una existencia humana que bien
merece que se intente su salvación, a trueque de parecer intruso o soberbio a los
censores. No hay cosa que enoje a los hombres vulgares como las acciones extraordinarias
que les ponen ante los ojos de relieve su propia incapacidad para ellas. Por eso tiene la
verdadera capacidad tantos enemigos. Víctor Hugo acaba de publicar una vehementísima
plegaria, en que ruega al zar de Rusia poderoso, que eche abajo el cadalso que espera a
los fanáticos políticos a quienes su tribunal ha sentenciado a muerte. Si el zar
intenta, a lo que dice, darse a la cura activa de las miserias de su pueblo, ¿por qué
poner la mano de la ira sobre los que obraron erradamente, llevados del anhelo de curar
esas miserias populares? Más culpables son los delitos por la intención que los
engendra, que por el modo con que se cometen. Los crímenes no aprovechan a la libertad,
ni cuadran a estatuas blancas, manos rojas. Pero ¿no son coautores de esos crímenes
nihilistas la resistencia a conceder lo justo, y la impaciencia infructuosa que lleva, en
vez de acelerarlo, a hacer vergonzoso y tardío el triunfo de la justicia? Perdonar es
desarmar. Los patíbulos truecan en mártires a los fanáticos políticos. Su propia
sangre, derramada por el verdugo, va a borrar la sangre ajena con que mancharon sus manos.
La clemencia inesperada hará más bien al zar que la mortandad siniestra. ¡Ha de tenerse
en cuenta que los montones de cadáveres son luego el pedestal de la venganza!
Y ¡qué día tan hermoso, el día 25 de febrero, en que cumplió
Víctor Hugo ochenta años! París es como la familia del anciano. Juana y Jorge, los
nietos del poeta, tienen un padre en cada parisiense. Se sienten aquellos hombres
agradecidos como los hijos del poeta. Un año hace, bien se recuerda, que se colgaron de
banderas alegres los arcos de la villa, y en los umbrales de la casa del anciano plantaron
manos amigas un laurel de oro y ante su casa austera, señalada aquel día como lugar de
peregrinación, pasaron con flores en las manos, y vítores en los labios, y lágrimas en
los ojos, docenas de millares de hombres. El anciano, con sus dos brazos apoyados sobre
los hombros de sus trémulos nietos, lloraba silenciosamente. Sus labios temblaban como
hojas de árbol a aire bonancible. Lucía su rostro, cual luce la nieve de súbito
iluminada por el sol. Pusieron a sus pies alfombras de palma. Colgaron las paredes de su
casa de coronas. ¡Oh, qué versos debieron fraguarse ese día en el pecho del anciano!
¡Tan hermosos debieron ser, que no pudieron hallar forma en los labios! Sólo los seres
superiores saben cuánto es racional y necesaria la vida futura. Pues vivir, ¿qué es
más que ser águila, encerrada en ruin jaula, en que viven a par búhos y palomas? ¡Ha
de venir la atmósfera radiante donde puedan, camino del sol, volar las águilas!
Este año, fueron fiestas más íntimas. En los teatros, himnos de los
poetas, y del pueblo, juez y poeta. En la casa, allá en la que se llama hoy Avenida
Víctor Hugo, muchedumbre de amigos, que van a nutrirse de juventud en el espíritu de
aquel anciano, muchedumbre de colegiales, a quienes pareció mayor honor ver "al
maestro de frente poderosa", que el honor de haber sido soldado a las órdenes de
aquel "corso de cabellos lacios" de Barbier, en el sangriento día de
Austerlitz. La Comedia Francesa abrió sus puertas sacras a la multitud que se entró por
ellas a raudales, a gozar de la representación gratuita de Hernani famoso, que en
honra del que desentrabó y renovó el teatro de Francia, daba la casa de la Comedia, que
es templo del teatro. Ni a Esquilo ni a Shakespeare ha igualado Hugo, pero es Esquilo y
Shakespeare del teatro francés. Entró en la escena de godo formidable, armado de casco
poderoso y de coraza reluciente, que postró a los golpes de su hacha de armas recias, y
humilló con sus pies calzados de sandalias de oro, a la muchedumbre de regocijados
autorcillos, de cabellera empolvada, zapatos de raso, y linda chupa de seda de colores.
¡Qué vítores, cuando los concurrentes a la Comedia descubrieron en el fondo de un palco
al poeta, sentado entre la linda Juana y el pensativo Jorge, que parecen ramas endebles,
que perecerán cuando perezca el tronco, y que platicaban cariñosamente con Paul Meurice,
brillantísimo ingenio, y con Augusto Vacquerie, poeta grave, y magno caballero de la
prensa! ¡Qué vítores cuando el arrogante actor Mounet-Sully, de mirada fogosa y voz
ardiente, recitó ante el busto de Hugo unos versos amables de François Coppée, en que
celebra a la naturaleza próvida que ha dado a su poeta bondadoso, brillador y osado, la
noble edad del roble que resiste, del águila que vuela y del Sol que alumbra! Y luego
acabada ya la fiesta del teatro, la muchedumbre rodeaba enajenada el carruaje del poeta, y
gritaba ¡Viva Hugo!
En aquel mismo día, representaron los actores de la Gaité el drama
conmovedor que Paul Meurice ha hallado en aquellas páginas del "Noventa y
Tres", que es libro que parece hecho de mano de gigante, y luego del drama, Eugène
Manuel, el amigo de los débiles, celebró en versos profundos y apasionados a aquel que
ha previsto y presoñado todo lo que los hombres aman hoy y sueñan y es cada día más
grande y más bueno y lleva en sus pupilas claras cosas eternas, y abrió el siglo y debe
cerrarlo, para que diga, con sus últimas voces, cómo se ha de amar. Y en el Odeon, que
es teatro hermoso, se leían versos de Louis de Gramont que ha traducido Otelo, y
que, con acentos de hijo, loaba a aquel que, nacido en época de grandes, ha sobrevivido a
todos, porque fue más grande que todos. Y allá, en su casa hospitalaria, recibía el
poeta de manos de los que prepararon la fiesta en su honor un año ha, una copia en bronce
del "Moisés" de Miguel Ángel, aquel hombre de bronce, y les decía en pago que
aceptaba aquel presente con ternura, "y en tanto que llegaba aquel otro presente que
es el más grande que el hombre puede recibir: la muerte". Y como fatigado viajador
que ampara el cuerpo cansado de los viajes en un puerto humilde y amigo, decía que
viviría en sus nietos, y los legaba a aquellos que le oían, a que se los amasen y se los
protegiesen. Y los que le oían se agruparon en su torno, como hijos que quisiesen sacar
vida de sí, y quedar sin vida, por prolongar con ella la existencia gloriosa de su padre.
¡Horas de sol, tan gratas para el alma perturbada! ¡Espectáculo extraño, que acusa la
mejora del espíritu, el de esos hombres enamorados de su apóstol! Flagelar a los
apóstoles ha sido uso: no amarlos.
Ese goce hubo para Hugo.
La Opinión Nacional, 1º de abril de 1882.
DARWIN
Darwin era un anciano grave en quien resplandecía el orgullo de haber
visto. El cabello, cual manto blanco, le caía sobre la espalda.
La frente remataba en montículos en las cejas, como quien ha cerrado
mucho los ojos para ver mejor.
Su mirada era benévola, cual la de aquellos que viven en trato fecundo
con la Naturaleza, y su mano, blanda y afectuosa, como hecha a cuidar pájaros y plantas.
En torno suyo había consagrado un mínimo universo, el que llevaba en
su ancha mente, y acá era un cerrillo de polvo húmedo en que observaba cómo los
insectos van elaborando la capa de tierra; allá, en grupo elocuente, una familia de
plantas semejantes, en que por varios y continuos modos, había venido a parar en ser
planta florida la que al principio no lo era; bajo aquella urna, era una islilla de coral
que le había revelado la obra magna del insecto mínimo; en aquel rinconcillo del
jardín, era un grupo de plantas voraces, que se alimentan de insectillos, como aquella
terrible planta de África que acuesta sus hojas en la tierra, y atrae así, como león al
hombre, al que recoge, como con labios, con sus hojas, y estruja y desangra a manera de
boa, para dejarlo caer, ya yerto, en tierra, abriendo sus hojas anchas luego que ha
satisfecho el hambre matadora, con lo que van juntos en la vida humana, por apetecer
fascinar y estrujar, el arbusto, el árbol, el león y la serpiente; ya se le veía,
sentado junto a un copioso y pintoresco invernadero, memorando laboriosamente, y poniendo
en junto los hábitos de los cuadrumanos y los del hombre, por ver si hallaba razón nueva
que añadir, con la de originación de la mente de los simios, a su teoría de la
originación del ser humano en el cuadrúpedo velloso, de orejas y cola puntiagudas,
habitante de árboles, de quien imaginaba en sus soledades pobladas de hipótesis, que
podría venir el hombre.
Ya se le hallaba en su hermosísimo cuarto de estudiar, repleto de
huesos y de flores, y de cierta luz benigna que tienen los cuartos en que se piensa
honestamente, hojeando con respeto los libros de su padre, que fue poeta de ciencia, y
estudió con celo y ternura los amores de las plantas, y los ensayos de su abuelo, que
ardió como él en sacar respuestas vivas de la muda tierra; o ponía en junto sus obras
magnas, humildes en el estilo, fidelísimas en la observación, fantaseadoras en la
teoría que saca de ellas, y luego de dejar hueco para dos, ponía primero El origen de
las especies, en que mantiene que los seres vivos tienen la facultad de cambiar y
modificarse, y mejorar, y legar a sus sucesores su existencia mejorada, de lo cual,
examinando analogías y descendiendo de la escala de los seres vivos, en que todos son
análogos, va a parar en que todos los animales que hoy pueblan la tierra, vienen de
cuatro o cinco progenitores, y todas las plantas, con ser tan numerosas y varias, de otros
cuatro o cinco; las cuales primitivas especies, en lucha permanente por la vida con los
seres de su especie o especies distintas que quieren vivir a expensas de ellas, han venido
desarrollándose y mejorándose y reproduciéndose en vástagos perfeccionados, siempre
superiores a sus antecesores, y que legaban a sus hijos superioridades nuevas, merced a
las cuales, la creación sucesiva, mejorada y continua, ha venido a rematar, de las
móneras, que son masa albuminosa e informe, o del batibio, que es mucílago vivo, en el
magnífico hombre; cuya ley de creación, que asigna a cada ser la facultad de vencer, en
la batalla por la existencia, a los seres rivales que se oponen a su poder de modificarse
durante su vida, y reproducir en su vástago su modificación, es ésa la ley, ya famosa,
de la selección natural, que inspira hoy a los teorizantes cegables y noveles, que tienen
ojos ligeros y sólo ven la faz de las cosas, y no lo hondo, e influye en los pensadores
alemanes, que la extreman y dan por segura, e ilumina, por lo que la exagerada teoría
lleva en sí de fundamentos de hechos lealmente observados, el seno oscuro de la tierra a
todos los estudiadores nobles roídos del apetito eternador de la verdad. Y al lado de
este Origen de las especies, que fue tal fiesta y asombro para el pensamiento
humano como el Reino animal, de Cuvier, donde se cuentan cosas épicas y
novelescas, o la Historia del desarrollo, de Von Baer, que reveló, a luz de
relámpago, las maravillas de la tiniebla, o los libros de geología del caballero Carlos
Lyell, que ponen de nuevo en pie mundos caídos, la mano blanda del sereno Darwin ponía
su Originación del hombre, en que supone que ha debido existir el animal velloso
intermedio de quien cree que el animal velloso se deriva, lo cual movió a buena parte de
los hombres, no hechos a respetar la libertad del pensamiento soberano y los esfuerzos del
buscador sincero y afanoso, a cóleras injustas, que no siente nunca ante el error el que
posee la fuerza de vencerla. Por de contado que la semejanza de todos los seres vivos
prueba que son semejantes, sin que de eso sea necesario deducir que vienen los unos de los
otros; por de contado que existe semejanza de inteligencia entre el hombre y el resto de
los animales, como existe entre ellos semejanza de forma, sin que por eso pueda probarse,
con lo que no hay alarma para los que mantienen que el espíritu es una brotación de la
materia, que el espíritu ha venido ascendiendo en los animales, en desarrollo paralelo a
medida que ascendía su forma. La alarma viene de pensar que cosas tan bellas como los
afectos, y tan soberbias como los pensamientos, nazcan a modo de flor de la carne, o
evaporación del hueso, del cuerpo acabable; el espíritu humano se aíra y se aterra de
imaginar que serán vanos sus bárbaros dolores, y que es juguete ruin de magnífico loco,
que se entretiene en sajar con grandes aceros en el pecho de los hombres, heridas que
nadie ha de curar jamás, y encender en la sedienta mente, pronta siempre a incendio,
llamas que han de consumir con lengua impía el cráneo que lamen y enllagan.[...]
El genio de ese hombre dio flor en América; nuestro suelo incubó;
nuestras maravillas lo avivaron; lo crearon nuestros bosques suntuosos; lo sacudió y puso
en pie nuestra naturaleza potentísima. El vino acá de joven, como natura1ista de una
expedición inglesa que salió a correr mares de África y América; se descubrió, movido
de respeto, ante nuestras noches; se sentó, asombrado de la universal hermosura, en
nuestras cúspides; loó con altas voces a aquellos indios muertos que un pueblo
romántico y avaro segó en su primera flor; y se sentó en medio de las pampas, en medio
de nuestros animales antediluvianos. Acá recogió en las costas pedrezuelas muy ricas y
de muy fino esmalte, duras como conchas, que imitaban a maravilla plantas elementales;
allá observó pacientemente, escarbando y ahondando, cómo fue haciendo el mar los valles
de Chile, llenos aún de incrustaciones salinas; y cómo la tierra llana de las pampas se
fue, grano tras grano, acumulando en la garganta de la desembocadura primitiva del viejo
río Plata; y estudió en Santa Cruz lavas basálticas, maderas salificadas en Chiloé,
fósiles cetáceos en la Tierra del Fuego, y vio cuán lentamente se fue levantando en el
lado del orto la tierra de América; y cómo Lima, del lado del ocaso, ha subido ochenta y
cinco pies de tierra desde que puso planta en ella el hombre; y cómo toda esta tierra
americana, de un lado y del otro, ha ido ascendiendo gradual y lentamente, y no por
catástrofe, ni de súbito; y todo está sencillamente dicho, no como autócrata que
impone, sino como estudiador modesto, en su libro de Observaciones geológicas sobre
Sud América.[...]
Cargada así la mente, volvió el sabio a Europa. Ni día sin labor ni
labor sin fruto. Revolvía aquellos recuerdos. Echaba, con los ojos mentales, a andar a la
par los animales de las diversas partes del globo. Recordaba, más con desdén de inglés
que con perspicacia de penetrador, al bárbaro fueguino, al africano rudo, al ágil
zelandés, al hombre nuevo de las islas del Pacífico. Y como no ve el ser humano en lo
que tiene de compuesto, ni pone mientes cabales en que importa tanto saber de dónde viene
el efecto que le agita y el juicio que le dirige, como las duelas de su pecho o las
murallas de su cráneo, dio en pensar que había poco del fueguino a los simios, y no más
del simio al fueguino que de éste a él. Otros, con ojos desolados y llenos de
dulcísimas lágrimas, miran desesperadamente a lo alto. Y Darwin con ojos seguros y mano
escrutadora, no comido del ansia de saber a dónde se va, se encorvó sobre la tierra, con
ánimo sereno, a inquirir de dónde se viene. Y hay verdad en esto: no ha de negarse nada
que en el solemne mundo espiritual sea cierto: ni el noble enojo de vivir, que se alivia
al cabo por el placer de dar de sí en la vida; ni el coloquio inefable con lo eterno, que
deja en el espíritu fuerza solar y paz nocturna; ni la certidumbre real, puesto que da
gozo real, de una vida posterior en que sean plenos los penetrantes deleites, que con la
vislumbre de la verdad, o con la práctica de la virtud, hinchen el alma; mas en lo que
toca a construcción de mundos, no hay modo para saberla mejor que preguntársela a los
mundos. Bien vio, a pesar de sus yerros, que le vinieron de ver, en la mitad del ser, y no
en todo el ser, quien vio esto; y quien preguntó a la piedra muda, y la oyó hablar; y
penetró en los palacios del insecto, y en las alcobas de la planta, y en el vientre de la
tierra, y en los talleres de los mares. Reposa bien donde reposa: en la abadía de
Westminster, al lado de héroes.
La Opinión Nacional, julio de 1882.
HERBERT SPENCER
Por su cerrada lógica, por su espaciosa construcción, por su lenguaje
nítido, por su brillantez, trascendencia y peso, sobresale entre esos varios tratados
aquel en que Herbert Spencer quiere enseñar cómo se va, por la excesiva protección a
los pobres, a un estado socialista que sería a poco un estado corrompido, y luego un
estado tiránico. Lo seguiremos de cerca en su raciocinio, acá extractando, allá
supliendo lo que apunta; acullá, sin decirlo, arguyéndolo. Pero ¡cómo reluce este
estilo de Spencer! No es ese estilo de púrpura romana de Renán, sino cota de malla
impenetrable, llevada por robusto caballero. Muévese su lenguaje en ondas anchas, como
las que imprime en el océano solemne un imponente vapor trasatlántico. Es su frase como
hoja de Toledo noble y recia, que le sirve a la par de masa y filo, y rebana de veras, y
saca buenos tajos, y tanto brilla como tunde: derriba e ilumina. Su estilo no tiene muchas
piezas, ni las ideas le vienen de pronto y en racimo, y ya en la familia y dispuestas a
expresión, sino que las va construyendo lentamente, y con trabajoso celo leyéndolas en
los acontecimientos. Se inflama a ocasiones en generoso fuego; pero la llama, que brilla
entonces intensa, dura poco. Es un estilo de cureña de artillería, hecho como para
soportar las andanadas certeras que desde él dispara el pensamiento. Habla, como otros,
en cuadros, en lecciones; tanto, que a veces peca de pontífice. Como en una idea agrupa
hechos, en una palabra agrupa ideas. Sus adjetivos le ahorran párrafos. El funcionarismo,
que tiene intereses comunes, es "coherente"; el público, que anda suelto y se
pone raras veces al habla, es "incoherente". "Agencias" son las
fuerzas sociales. Ve el flujo y reflujo periódico de la vida en los pueblos, como un
anatómico ve en las venas el curso de la sangre. Escarda cuidadosamente, entre los hechos
diversos, los análogos; y los presenta luego bien liados y en hilera, como soldados
mudos, que van defendiendo lo que él dice. Anda sobre hechos. Puede descontar de su
raciocinio, como sin duda le acontece, un grupo de sucesos que debiera estar en él, y le
hace falta para que no manque; pero no traerá nunca a su milicia formidable revelaciones
que no recibe, ni especulaciones teóricas que con razón desdeña. De fijarse mucho en la
parte, se le han viciado los ojos de manera que ya no abarca con facilidad natural el
todo; por lo que, con tanto estudiar las armonías humanas, ha llegado como a perder
interés, y fe, por consiguiente, en las más vastas y fundamentales de la Naturaleza. Y
este aspecto le viene de su gran cordura y honradez; pues ve tanto que hacer en lo humano,
que el estudio de lo extrahumano le parece cosa de lujo, lejana e infecunda, a que podrá
entregarse el hombre cuando ya tenga conseguida su ventura; en lo que yerra, porque si no
se les alimenta en la ardiente fe espiritual que el amor, conocimiento y contemplación de
la Naturaleza originan, se vendrán los hombres a tierra, a pesar de todos los puntales
con que los refuerce la razón, como estatuas de polvo. Preocupar a los pueblos
exclusivamente en su ventura y fines terrestres, es corromperlos, con la mejor intención
de sanarlos. Los pueblos que no creen en la perpetuación y universal sentido, en el
sacerdocio y glorioso ascenso de la vida humana, se desmigajan como un mendrugo roído de
ratones.
La Futura Esclavitud se llama este tratado de Herbert Spencer.
Esa futura esclavitud, que a manera de ciudadano griego que contaba para poco con la gente
baja, estudia Spencer, es el socialismo. Todavía se conserva empinada y como en ropas de
lord la literatura inglesa; y este desdén y señorío, que le dan originalidad y
carácter, la privan, en cambio, de aquella más deseable influencia universal a que por
la profundidad de su pensamiento y melodiosa forma tuviera derecho. Quien no comulga en el
altar de los hombres, es justamente desconocido por ellos.
¿Cómo vendrá a ser el socialismo, ni cómo éste ha de ser una nueva
esclavitud? Juzga Spencer como victorias crecientes de la idea socialista, y concesiones
débiles de los buscadores de popularidad, esa nobilísima tendencia, precisamente para
hacer innecesario el socialismo, nacida de todos los pensadores generosos que ven como el
justo descontento de las clases llanas les lleva a desear mejoras radicales y violentas, y
no hallan más modo natural de curar el daño de raíz que quitar motivo al descontento.
Pero esto ha de hacerse de manera que no se trueque el alivio de los pobres en fomento de
los holgazanes; y a esto sí hay que encaminar las leyes que tratan del alivio, y no a
dejar a la gente humilde con todas sus razones de revuelta.
So pretexto de socorrer a los pobres, dice Spencer, sácanse tantos
tributos, que se convierte en pobres a los que no lo son. La ley que estableció el
socorro de los pobres por parroquias hizo mayor el número de pobres. La ley que creó
cierta prima a las madres de hijos ilegítimos, fue causa de que los hombres prefiriesen
para esposas estas mujeres a las jóvenes honestas, porque aquéllas les traían la prima
en dote. Si los pobres se habitúan a pedirlo todo al Estado, cesarán a poco de hacer
esfuerzo alguno por su subsistencia, a menos que no se los allane proporcionándoles
labores el Estado. Ya se auxilia a los pobres en mil formas. Ahora se quiere que el
gobierno les construya edificios. Se pide que así como el gobierno posee el telégrafo y
el correo, posea los ferrocarriles. El día en que el Estado se haga constructor, cree
Spencer que, como que los edificadores sacarán menos provecho de las casas, no
fabricarán, y vendrá a ser el fabricante único el Estado; el cual argumento, aunque
viene de arguyente formidable, no se tiene bien sobre sus pies. Y el día en que se
convierta el Estado en dueño de los ferrocarriles, usurpará todas las industrias
relacionadas con éstos, y se entrará a rivalizar con toda la muchedumbre diversa de
industriales; el cual raciocinio, no menos que el otro, tambalea, porque las empresas de
ferrocarriles son pocas y muy contadas, que por sí mismas elaboran los materiales que
usan. Y todas esas intervenciones del Estado las juzga Herbert Spencer como causadas por
la marea que sube, e impuestas por la gentualla que las pide, como si el loabilísimo y
sensato deseo de dar a los pobres casa limpia, que sanea a la par el cuerpo y la mente, no
hubiera nacido en los rangos mismos de la gente culta, sin la idea indigna de cortejar
voluntades populares; y como si esa otra tentativa de dar los ferrocarriles al Estado no
tuviera, con varios inconvenientes, altos fines moralizadores; tales como el de ir dando
de baja los juegos corruptores de la bolsa, y no fuese alimentada en diversos países, a
un mismo tiempo, entre gentes que no andan por cierto en tabernas ni tugurios.
Teme Spencer, no sin fundamento, que al llegar a ser tan varia, activa
y dominante la acción del Estado, habría éste de imponer considerables cargas a la
parte de la nación trabajadora en provecho de la parte páupera. Y es verdad que si
llegare la benevolencia a tal punto que los páuperos no necesitasen trabajar para vivir,
a lo cual jamás podrán llegar, se iría debilitando la acción individual, y gravando la
condición de los tenedores de alguna riqueza, sin bastar por eso a acallar las
necesidades y apetitos de los que no la tienen. Teme además el cúmulo de leyes
adicionales, y cada vez más extensas, que la regulación de las leyes anteriores de
páuperos causa; pero esto viene de que se quieren legislar las formas del mal, y curarlo
en sus manifestaciones; cuando en lo que hay que curarlo es en su base, la cual está en
el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes
poblaciones, y de cuya miseria con costo que no alejaría por cierto del mercado a
constructores de casas de más rico estilo, y sin los riesgos que Spencer exagera pueden
sin duda ayudar mucho a sacarles las casas limpias, artísticas, luminosas y aireadas que
con razón se trata de dar a los trabajadores, por cuanto el espíritu humano tiene
tendencia natural a la bondad y a la cultura, y en presencia de lo alto, se alza, y en la
de lo limpio, se limpia. A más que, con dar casas baratas a los pobres, trátase sólo de
darles habitaciones buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas.
Puesto sobre estas bases fijas, a que dan en la política inglesa
cierta mayor solidez las demandas exageradas de los radicales y de la Federación
Democrática, construye Spencer el edificio venidero, de veras tenebroso, y semejante al
de los peruanos antes de la conquista y al de la Galia cuando la decadencia de Roma, en
cuyas épocas todo lo recibía el ciudadano del Estado, en compensación del trabajo que
para el Estado hacía el ciudadano.
Henry George anda predicando la justicia de que la tierra pase a ser
propiedad de la nación; y la Federación Democrática anhela la formación de
"ejércitos industriales y agrícolas conducidos por el Estado". Gravando con
más cargas, para atender a las nuevas demandas, las tierras de poco rendimiento, vendrá
a ser nulo el de éstas, y a tener menos frutos la nación, a quien en definitiva todo
viene de la tierra, y a necesitarse que el Estado organice el cultivo forzoso. Semejantes
empresas aumentarían de terrible manera la cantidad de empleados públicos, ya excesiva.
Con cada nueva función, vendría una casta nueva de funcionarios. Ya en Inglaterra, como
en casi todas partes, se gusta demasiado de ocupar puestos públicos, tenidos como más
distinguidos que cualesquiera otros, y en los cuales se logra remuneración amplia y
cierta por un trabajo relativamente escaso; con lo cual claro está que el nervio nacional
se pierde. ¡Mal va un pueblo de gente oficinista!
Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados
por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría
perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanzas y
provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como
todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían
los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que
distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de
él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por
el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien
caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para
recabar los medios de cumplir aquéllos. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a
ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a
ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene
dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la
comunidad entregaría todo su trabajo. Y como los funcionarios son seres humanos, y por
tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder,
apoyados por todos los que aprovechasen o esperasen aprovechar de los abusos, y por
aquellas fuerzas viles que siempre compra entre los oprimidos el terror, prestigio o
habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común
llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones
que el espíritu de individualidad, la autoridad y osadía del genio, y las astucias del
vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana. "De mala
humanidad", dice Spencer," no pueden hacerse buenas instituciones". La
miseria pública será, pues, con semejante socialismo, a que todo parece tender en
Inglaterra, palpable y grande. El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada
y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre.
Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias
posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa
y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los
páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública
dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira,
desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las
mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de
un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.
Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que
consuela, nunca yerra.
La América, abril de 1884.
PUSHKIN
Moscú ha estado de fiesta con motivo de la erección de un monumento a
Pushkin, el apóstol y poeta ruso. Un tributo merecido ha sido rendido con solemne
brillantez; han hablado grandes oradores y se han leído versos memorables, pero se oyeron
voces ominosas. ¿Lo adora y lo detesta a la vez el pueblo? ¿Está el Este, sacudido en
sus propias entrañas, preparando con más firmeza y sentido común práctico que su
prototipo, su terrible 89? Si la monarquía no hace una revolución, la revolución
deshará la monarquía. Un jefe prudente se hará jefe de las fuerzas que no pueden ser
contenidas.
El festival reciente en Moscú fue una agitación política, marcado
por terribles acusaciones y acritud popular. El pueblo conocía a Pushkin de memoria, pero
deseaba castigar su falta de carácter. Fue un castigo sin piedad. Al convertirse en
historiógrafo del zar ya dejó de ser el amigo abierto del pueblo. Había besado el
látigo que había tratado de quebrar. Los rusos insisten en que las acciones del genio
deben corresponder a las promesas de sus cantos. La mano debe seguir la inspiración del
intelecto. No basta escribir una estrofa patriótica: hay que vivirla. En la política
sombría de Rusia solamente hay dos partidos: los siervos azotados y sus dueños. El que
no tiene el valor de ser honrado en la política rusa no puede ser considerado como un
hombre honrado. Después de lamentarse de las desventuras de sus compatriotas, Pushkin
finalmente acarició y elogió la mano que las causaba.
El talento del poeta era fresco, rico y poderoso. Prosper Mérimée,
quien tradujo sus obras a un francés elegante, se refiere a él como "el primer
poeta de su tiempo". Mérimée, conocedor de toda la literatura, pronunció estas
palabras en los días de Alfredo de Musset y de Víctor Hugo. Con una triste sonrisa
Alfredo había sumergido su corazón en un vaso de ajenjo, después de haber sido herido
por una mujer. Un mar de nueva poesía, fresca y efervescente, brotaba de la imaginación
sin límites de Hugo.
Byron había muerto con la espada puesta sobre su lira. Como poeta,
Pushkin le era superior, pero no como hombre. Verdad que no llegó a las alturas
magníficas que alcanzó el inglés. Byron veía la injusticia, y la azotaba. Pushkin
alzó su voz contra ella, y luego se convirtió en su chambelán e historiador. Era más
humano, más fluido, más imaginativo, más espontáneo y más nacional que Byron, pero
menos valiente y sin desear en lo absoluto morir por la causa de la libertad. Pushkin pudo
haber llegado a viejo: Byron no. La muerte es un derecho que tienen las vidas dedicadas a
los derechos del hombre, vidas llenas de pasión, resignadas y orgullosas. Se ha comparado
a Pushkin con Víctor Hugo. Esta no es una buena comparación. Ambos fueron ensayistas a
temprana edad. A los quince, el ruso escribía versos en francés de estrofas tan
encantadoras como las de La Fontaine, y tan mordaces como las de Molière. Ambos estilos
están especialmente adaptados al carácter ruso. El de La Fontaine era de buen sentido
primitivo, y el de Molière se destacaba por su odio a las clases privilegiadas. A la edad
de quince, Víctor Hugo abandonó el paseo de los estudiantes, subió las escaleras de la
Academia Francesa, y con mano temblorosa puso sobre la mesa del secretario su oda sobre
"Les plaisirs de l'étude" que ganó un accésit. Fuera de esto, no hay ninguna
similitud entre estos poetas, con la excepción de su fuerza de imaginación. Con novelas
Hugo vindicó la libertad asesinada. Pushkin despertó un pueblo, levantó una nación, y
puso vida en un cadáver. El pueblo que él despertó se ha convertido efectivamente en un
pueblo. Los partidos avanzados que le debieron su existencia, viven y crecen porque él no
realizó todo lo que él les hizo ver era capaz de hacer. La revolución francesa debe su
existencia a Mirabeau, a pesar de las manchas en su brillante carrera; la revolución rusa
que se avecina, debe su existencia a Pushkin, a pesar de sus relaciones con la corte.[...]
El poeta fue desterrado, pero al nutrirse con el amargo pan del exilio,
su sarcasmo resultó más fuerte. Sus versos chasqueaban como látigos sobre la cabeza del
príncipe Vorontzov. Fue llevado a los bosques donde podía cantar sus estrofas, lejos de
los hombres. Los monárquicos no querían que él les infiltrase vida nueva a las masas
muertas.
Las universidades eran los ayudas de cámara intelectuales del zar. La
posesión de un libro extranjero era un crimen.
¡Cuán bendecida fue la soledad obligada de Pushkin! Hermosos son los
cantos de los poetas que sufren. Hacerlos sufrir es hacerlos cantar más dulcemente. Fue
en el exilio que Pushkin escribió su El prisionero del Cáucaso. Su Fuentes de
Bajchisarai y su Freies Brigands. También escribió una soberbia y preciosa
tragedia Boris Godunov en que un genio orgulloso y libre, sin tener que halagar
ningún poder, sin tener que seguir ninguna escuela, sin tener que perseguir ningún
éxito, engrandecido por la soledad solemne, volcó de lleno las grandes pasiones y
sentimientos inmortales por los cuales estaba inspirado. Siendo la libertad la madre
absoluta del genio, el niño era saludable. El propio Pushkin dijo que Boris era su
mejor obra.
Nicolás ascendió al trono. Con la mano que abrió las universidades
al pueblo y la frontera a los libros, firmó el perdón de Pushkin. Los fieros anhelos que
atormentaban un alma poética en el exilio no tenían límites cuando llegó la hora
inesperada de felicidad. Pushkin abrazó de nuevo a sus viejos amigos. Bebió los buenos
vinos viejos, y rindió nuevamente homenaje a la belleza. Apuró febrilmente la copa del
placer. El talento, como una linda mujer, es solicitado, halagado y acariciado. Se le
aplasta cuando se rebela: se le adora cuando se somete. Nicolás elogió a su poeta, y lo
colmó de dinero, después de nombrarlo historiógrafo de la corte. Se paseó con él, y
pagó sus deudas, pero al mitigar su pena rompió su lira. Su amistad envileció al poeta.
El tiempo rompió abruptamente esta amistad degradante. Un duelo con quien se decía era
el amante de la esposa de Pushkin, tendió al poeta sin vida sobre la tierra: ¡muerto a
la edad de 37 años![...]
Los periódicos rusos han descrito el espléndido monumento y la gran
procesión en Moscú. Han reseñado las decoraciones y enumerado a los que estaban
presentes en la inauguración del monumento, pero no han mencionado el magnífico congreso
literario que honró este acontecimiento. Todo lo que no ha sido aún deportado por Rusia,
y todo lo que este país, en fermento aún, posee, entre lo famoso e ilustre, se
encontraba allí para consagrar a Pushkin como el Poeta Nacional. Debemos echar a un lado
la amargura contra los muertos, fomentada por los liberales rusos. Es como la amargura de
los polacos contra Mickiewicz. Todos los corrillos literarios, exceptuando el del
humorista Saltikov, representantes de todos los partidos políticos, y todos los hombres
de letras rusos tomaron asiento allí, como buenos hijos, para honrar a su padre. Los
restos de los corteses occidentales y de los fieros eslavófilos, que por una parte
levantaron tanto ruido, después de la muerte de Pushkin, por su simpatía con la
revolución del 48 y, por la otra, hicieron a Moscú el baluarte inexpugnable del genio de
Rusia, se encontraban entre ellos. El congreso duró dos días. Turguenev, tan bien
conocido en París, tan caro a su país, y tan famoso por su Mes Gentilhommes y su
dulce Liza, fue uno de los miembros. También estaba el conde Tolstoi, el depuesto
Ministro de Instrucción Pública. Al lado de Ostroski, el más célebre entre los tristes
dramaturgos modernos de Rusia. Potiekhine, el novelista encantador y el genial
Dostoievski, que maneja la pluma con punta acerada, y que tiene mirada de águila y
corazón de paloma, estaban sentados en el mismo banco. Yuriev Katkov, y Aksakov, de fama
histórica, todos editores de poderosos periódicos, no estaban ausentes, y la lista
incluía a Polonski, un poeta enamorado de la humanidad, y a Maikov, un poeta dedicado a
los viejos usos y costumbres rusas.
Este congreso no discutió los méritos de Pushkin. Mientras se le
rendía tributo al poeta, se discutían sus derechos de padre de la poesía rusa.
Potiekhine aseguró que por grande que fuese Pushkin él no estudió ni denunció los
males de la sociedad, como Gogol.
Su afirmación fue refutada por citas demostrando que la videncia
intuitiva de Pushkin había delineado la senda conducente a la libertad rusa. Yuriev, el
periodista, le pidió a la convención que honrase al extraordinario genio que, aunque un
ruso, era el poeta del mundo. Agregó que Pushkin personificaba la sola cosa que no
existía en Rusia: la solidaridad del pueblo. Katkov, periodista famoso por su
intelectualidad y su espíritu vindicativo, hizo un discurso conciliador. Le rogó a ambas
partes, separadas por su intervención, que se perdonaran y se uniesen. Se olvidó de que
no puede haber perdón, cuando no ha habido justicia. Aksakov, el fiero eslavófilo,
elogió a Pushkin por haber rescatado el espíritu ruso de la corriente que lo llevaba
hacia Francia. Todavía es el guerrero que dio, de 1838 a 1848, la batalla señalada por
la muerte de Pushkin. Blande el sable y enristra la lanza del pensamiento ruso, pero no
ataca a Bielinski con la furia de antaño. Es el hombre en armas así como Koniekov es el
libro y Kvojivsky la encarnación del pensamiento ruso.
Ostroski, el dramaturgo, glorificó a Pushkin por su amor a la
sinceridad y su odio a la exageración. Dijo que sus novelas eran tan diáfanas como el
cielo azul en un aire frío. Presemsky exaltó al autor muerto como el verdadero maestro
de los grandes prosistas rusos.
Turguenev habla con la nitidez de un francés. Sus frases están
adornadas, y posee el estilo de un académico, intensificado por la agudeza que tan bien
viste al talento ruso. No consideraría a Pushkin un poeta tan grande para Rusia como el
Dante para Italia, Shakespeare para Inglaterra, o Molière para Francia, porque no tuvo el
tiempo ni la oportunidad para realizar lo que estos poetas hicieron. La época
desventurada en que escribió estaba erizada de dificultades y obstáculos invencibles.
En contestación a Turguenev, otro novelista pronunció un discurso tan
elocuente y brillante que le ganó, por voto unánime, un puesto de miembro honorario en
la Socicdad Rusa de Amigos de la Literatura. Este es un honor altamente apreciado en
Rusia. Sin embargo, este orador no era un advenedizo. No vino, por lo tanto, como
Castelar, cuando hizo su primer discurso en el Teatro de Oriente, después de abrirse
tímidamente paso por la muchedumbre, absolutamente desconocido para aquellos a quienes
estaba a punto de deslumbrar y asombrar. Dostoievski vino a Moscú con laureles frescos,
ganados en la asamblea de nobles. Llegó allí cargado con sus pertenencias literarias.
Después de escribir libros tan severos como Crimen y Castigo,
tan ricos en imaginación como Demonios, tan dulces como Los hermanos Karamazov,
había adquirido el derecho de juzgar a Pushkin. Puso en alto relieve el carácter
genuino, la frescura virginal, la absoluta originalidad y el exquisito lustre literario de
las obras de este gran escritor. Se refirió a Tatiana como la mujer más completa rusa,
creada por poetas rusos, y a Eugenio Oneguin como un triste héroe, un caballero
ruso que poseía todos los gérmenes del vicio y de la virtud, odiando el mal, y sin
embargo, paseándose con él de brazo. Al referirse a aquel espléndido poema, El
Zíngaro, destacó a Alejo como un tipo ruso de buena liga. Elogió calurosamente la
tragedia de Boris Godunov en que se retrataron toda la tristeza, el orgullo, la
fuerza y toda la debilidad del carácter oriental. Terminó en medio de un torbellino de
aplausos, asegurando que Pushkin fue el creador y guardián de la nueva vida intelectual
de Rusia. Dostoievski fue el vocero de todos los que aprecian a Pushkin. El gran poeta es
tan enteramente ruso, tan verdaderamente hijo de esa tierra orgullosa tan poco conocida, y
ha surgido tan desnudo del seno de la Naturaleza, que al leer su "Oda a Dios" se
imagina uno a su autor acostado en la nieve helada, bajo el cielo norteño envuelto en una
piel de oso, elaborando sus notas silvestres, lejos de los lugares habitados por los
hombres. Su poesía es la de la Naturaleza en una tierra nueva. El transcurso de una larga
vida y el veneno de las ciudades no han manchado aún los corazones, talado los bosques, y
marchitado los campos. En esta "Oda a Dios" se oye el gemido del mar, el
estruendo del terremoto, el rugir de la tempestad, y el trueno de la rebelión del hombre.
En él se ve el Este viviente. Lo blanquea la espuma del mar, y chispea
como gemas persas.
Nadie acusó al adversario de Pushkin del crimen de haberlo matado en
duelo.
El pueblo dijo que había sido muerto previamente por la corte del zar.
Sus seducciones habían destruido la rica fuente de su inspiración. El
amor a la justicia y a la verdad eran considerados como un crimen por la sociedad que
pervirtió su ser. Su vida fue una batalla. Una batalla sigue a su apoteosis. Pero el
elogio al poeta no puede ser excesivo. No es conocido universalmente porque escribió en
ruso; pero una vez conocido no puede ser olvidado. Tenía una gran elocuencia, una
fecundidad literaria sorprendente, una intuición precisa, un amor sano a la verdad, y el
sentimiento no adulterado de la Naturaleza. Sus faltas, tanto en la vida como en la
poesía, nacían de su extrema sensibilidad femenina, que casi siempre invariablemente
debilita la energía natural del genio.
The Sun, 28 de agosto de 1880.
SARAH BERNHARDT
Es un nombre bien conocido y ya querido en Nueva York. Se sabe que
grandes damas se apasionan por ella. Es el símbolo de la energía triunfante. Una pobre
mujer que se ha abierto tanto paso en el mundo debe ser una gran mujer.
Cada siglo tiene sus estrellas: la patria de Rachel, de la señorita
Mars, de Sophie Arnould se ha enriquecido con Sarah Bernhardt, que es sin duda una
trágica, pero también lo que vale más: un carácter. No vamos a decir lo que ya se ha
dicho: nosotros tenemos nuestras propias impresiones.
Sarah es flexible, fina, esbelta. Cuando no está sacudida por el
demonio de la tragedia, su cuerpo está lleno de gracia y abandono; cuando el demonio se
apodera de él, está lleno de fuerza y de nobleza. Su cara, aunque femenina, respira una
bella fiereza: aunque bien parecida no lleva impresa la belleza, sino la resolución. Ella
hará lo que desea: tiene algo del primer Bonaparte; ella finge el desdén, aunque su alma
está llena de amistad y franqueza, porque lo cree necesario para ser respetada. ¿De
dónde viene? ¡De la pobreza! ¿Adónde va? ¡A la gloria! Se la teme, pero se la quiere,
lo que es raro: por esta razón ella es dura, pero buena; es una mujer altiva, pero al
mismo tiempo "un bon garçon". Háblale de una mujer en desgracia: ella abrirá
su bolsa. Dile que en casa de Goupil hay un pequeño cuadro de genio, o muy cerca del
Pasaje Joufroy un bello tapiz chino: Sarah, la del Théatre Français, no
retrocederá ante el precio. Si el tapiz es viejo, si el cuadro es de una mano fuerte, los
comprará: aunque muchas veces no sabe con qué los va a pagar: pero obtendrá dinero
honradamente: se pintará otro cuadro en su casa, una marina, una acuarela: hará del amor
una estatua, ya que ella no es bastante poderosa para hacerlo de verdad.
Alejandro Dumas ha llenado su casa de objetos de arte, desde los
pequeños monstruos del Japón hasta el Cristo preadamita, ese Cristo demasiado realista;
pero Sarah Bernhardt dispone más que nadie de todo lo mejor: todo lo que posee es de
primer orden. Es majestuosa hasta en sus caprichos: sus fantasías son reales: no es gran
mérito nacer reina y saber serlo; pero es una prueba muy grande de majestad nacer en un
ambiente pobre y haber sabido formarse un reino de un pueblo tan artístico y tan
inteligente como el francés.
Se le veía en aquella gran fiesta de París-Murcia, dada al beneficio
de los inundados de Murcia, de aquella ciudad española querida del sol. La Vie Moderne,
una revista ilustrada había levantado, para abrigar a Sarah, un trono magnífico de
terciopelo rojo, con cojines españoles bordados en relieve. Sarah, vestida como Doña
Sol, la heroína de Hernani, ese gran drama de Víctor Hugo estaba sobre el rico
ropaje, asistida de una muy bella dama de honor, Mlle. Croizette: es fiera, Mlle.
Croizette, pero ¡qué mujer más buena al lado de aquella soberbia Sarah! Cuando extiende
el brazo, comanda. Cuando levanta la cabeza algo asiática, con sus ojos oblicuos, su
nariz fina, su frente arrogante, sus frágiles labios, hay que obedecer, hay que admirar.
No es la belleza lo que nos deslumbra: ella no es bella; no es un
encanto voluptuoso que nos emborracha: ella sabe amar sin duda pero no se ocupa de esos
asuntos demasiado femeninos; es esa alma soberbia, soñadora de todas las alturas, alma de
águilade leona y de acero,es esa mirada penetrante como una hoja de Toledo;
es esa superioridad irresistible la que nos hace bajar la cabeza.
Ella vendía aquella noche panderetas, tamborines españoles: los
grandes pintores habían puesto todo su talento en beneficio de los pobres. Al cuero
miserable le daba valor la mano que lo iba a vendery la de Meissonier, Worms,
Detaille, Neuville, Raimundo Madrazo, Dubufe, etc. La venta comenzó tristemente, pero a
la tercera pandereta, ¡qué gentío alrededor de Sarah! Sólo se veían peinados a la
Capoul, príncipes rusos, grandes escritores, ricos ingleses, jóvenes gomosos, dandys,
obstruían el paso, obligándolo a uno a mirar desde lejos. Ella parecía orgullosa de su
triunfo: se sentía en ese momento un poco reina de España.
Todo el mundo sabe lo que ella hace: grandes papeles, artículos
encantadores, bonitos cuadros, audaces estatuicas.
Como pintora, dibuja bien, colorea sin defectos, ilumina un lienzo
corriente con un rasgo de genio:una claridad, un efecto de luna, un árbol
tumbado:eso no es bastante. Como escritora, se le ha oído un grito agudo y
magnífico, en el diario París-Murcia: ¡toda su alma está ahí! Como escultora,
Gustave Doré nos viene a la memoria cuando vemos trabajos de ella: no compone como él lo
hace, nunca esculpirá grupos como los suyos, pero es tan elegante, original y valiente.
Como trágica, dejemos hablar a M. Emile Girardin, el Gordon Bennett de la prensa
francesa: "La Rachel tenía más genio: Sarah posee más talento: ésta sabe todo lo
que hace, aquélla lo tomaba de su naturaleza sin saberlo mucho: Sarah vale más".
Verdaderamente hay que ser grande para llegar a serlo. Se ve por lo que ha sabido vencer.
Girardin tiene en su casa dos bellos retratos: el uno es de la Rachel;
el otro es de Sarah Bernhardt. Él la trata como un padre: él la elogia con pasión;
¡qué bien habla ese viejo admirable de setenta años! Su cerebro hoy es tan fuerte como
cuando matara, de mano funesta, al caballeroso Armand Carrel.
Sarah se peina muy sencillamente. Ama la talla larga, y los vestidos
que se arrastran por tierra. Sus ojos están plenos de fiebre. Viendo a algunas criaturas,
se dice: ¡músculo! Viendo a Sarah se dice: ¡nervio! La llama es una pobre chiva
encantadora del Perú: ella se yergue como una llama irritada, pero no como la llama, que
muere de dolor, mirando melancólicamente al cielo, cuando el indígena la habla o castiga
con dureza. Ella mataría al indígena.
Sarah recibe los miércoles. Una escritora, Julie Lambert, también
tiene un bello salón en París, donde se conversa bien y donde se ve la crema de los
escritores parisinos, mas en casa de Sarah, se siente de lejos el aliento de Víctor Hugo,
que la ama. Se percibe en el salón de la artista una potencia en el pensamiento, una
virilidad en el propósito, una ansiosa movilidad que refleja bien el espíritu, algo
tempestuoso de la dueña de la casa y de su siglo. No se siente a Moisés, como en casa de
Víctor Hugo: pero a veces se cree sentir a Judith.
El año pasado, ella representaba sus más importantes papeles, con el
actor Coquelin, en Londres: los ingleses no encontraron bastantes coronas para ella; todo
estaba tomado de antemano. Sus cuadros se pagaban a precios extraordinarios: sus pequeñas
esculturas tuvieron un gran éxito. Cuando la veían rodeada de todo el mundo en la fiesta
de Murcia se decía: "¡Sarah es un éxito inmenso!" ¡Ah! hoy esto es verdad
pero ¡cuánta fuerza, lágrimas, dolores e indomable energía, no tuvo que desplegar y
sufrir para llegar a esto! Ella merece ser observada como un estudio de la fuerza de
voluntad humana. La gente joven cuando no triunfa rápidamente, se levanta la tapa de los
sesos. Sarah quizás lloraba de aquellas cálidas lágrimas, que no se ven, y que no salen
a los ojos, pero ella trabajaba. Hace quince años, ella se diría, sola, tan joven, y
toda llorosa: "¿Qué va a ser de mí?" Hoy en día se debe haber preguntado
más de una vez: "¿Cómo es que no soy una reina?"
UN MES EN MADRID
Por ser usanza de hidalgos, y buena usanza, ir a pasar la Nochebuena a
la aldea de los padres, o a la pesada casa solariega, o a la humilde ciudad de provincia,
donde habla el progenitor sesudo, envuelto en ancha capa, con este platero, o aquel
vendedor de paños, o aquel que vende drogas, y las cuenta; y porque el Ministro de
Hacienda ha menester de calma y tiempo para convencer a los tenedores de bonos de la deuda
española de la utilidad que a España y a ellos reporta la conversión que proyecta; y
porque Sagasta necesita de estos meses para ver cómo ajusta las diferencias que entre sus
sectarios van surgiendo, y para organizar sus huestes de manera que reciban sin daño, y
sin venir a tierra, el mortal ataque que los ultramonárquicos y católicos les preparan,
Congreso y Senado han interrumpido sus tareas, y anuncian que no han de reanudarlas hasta
marzo. Hay diputados fieles a su provincia, que la cortejan, y son de ella, y no tienen a
menos, como hábito, y no como cortesanía, hacerse hueco entre los labriegos que
calientan su rala capa parda y su chaquetilla ruin, al amor de la lumbre, que chispea en
el ancho hogar, y conforta al anciano de rostro lampiño que cuenta de sus mieses, a la
esposa que hila en paz, y habla con los ojos a las doncellicas de la casa, a las que no
sabe mal que los mozos les recuenten las travesuras de antaño, cuando eran chicos, y
merodeaban por las eras. Pero hay otros diputados, y son los más, que tienen a la
provincia como escabel, y como pedestal; y la visitaron para hacer buena la recomendación
del potentado o del ministro, en los días de elecciones, y ya no la visitan, porque
gracias a las artes que ellos saben, aguardan, para la elección nueva, nueva
recomendación de sus caudillos, en esa provincia, o en alguna otra, que, en dando en las
Cortes, toda provincia es buena.
Para aquellos diputados caseros son la bendición de los abuelos, la
buena sombra de la casa añeja, el sol alegre del risueño patio, donde un elector
agradecido, porque le han pagado este reclamo, o dado agua a su huerto, echa a andar el
marranillo o la gallina, y en donde, en tiestos de barro rojo, ostenta sus hojas menudas
la albahaca, y las suyas felpudas el geranio, bien guardadas tras de cristales, no sea que
las marchite el cierzo, lo que es fama que debe hacerse con todas las flores. Y para el
diputado urbano, para el que fue a la provincia y no vino de ella, para el que se señaló
en ateneos, tertulias y antesalas por su actividad, ambición, elocuencia, habilidad o
brío, y se afilió en el bando de tal jefe que le place, a trueque de que el jefe, por
verse defendido de ese buen soldado se valga de sus mañas y de sus amigos campesinos y le
busque asiento en Cortes; para este gallardo madrileño, que no es fuerza haber nacido en
Madrid para ser madrileño, sino hacerse de aquel donaire y ligereza, que como el perfume
del vino generoso, son dotes de Madrid; para este vecino de las buenas casas de huéspedes
de la calle Mayor, o la de Preciados, o las lóbregas de la calle del Sordo, que es
callejuela, y va a dar a la hermosa plazuela del Congreso, por donde vive un Madrazo,
pintor excelente, y de familia de pintores; para este diputado cunero, como se dice allá
en jerga política, son los grandes y pequeños teatros, baratos y buenos; y el café
aromoso de la Cervecería Inglesa, si es que no prefiere el de la Escocesa, que está al
doblar, en la calle del Príncipe, y a un paso ambos del Teatro Español, casa de
encantos, donde las damas lucen sus hermosos ojos, y tienen puestos los suyos los poetas.
¡Qué buen mes, un mes de Madrid! Se va a la Academia de San Fernando,
y se estudia a Goya, y frente a los retratos de la duquesa de Alba, siente el poeta joven
arder en torno suyo enloquecedores pebeteros, y flotarle en la espalda manto de beduino,
con que pudiera, sobre corcel blanco, ampararla del frío, y llevar a los cálidos
desiertos a aquella maravillosísima hermosura. Y se admiran los pies breves de la tirana
María Fernández, que fue famosa cómica, señora de galanes. Y aquella santa de Murillo,
que cura a los leprosos con sus manos, y al alma triste con verla. Se va al Museo
riquísimo, a ver los Velázquez, que pasman; los Correggio, que convidan; y los árabes
de Fortuny, que deslumbran. Se va al Retiro, que fue paseo de reyes, donde al sol de oro
de Castilla, y en la clara atmósfera, limpia de impurezas por los aires de invierno
resplandecen, más que pasean, niños y damas.
Se pregunta asombrado el economista de dónde han fortuna esos lindos
señores y suntuosas damas que así, en días y horas de trabajo, huelgan. Se compran los
periódicos traviesos, que se van ya haciendo periódicos ingleses, y alardean de graves,
sin que sobre la luenga levita londonesa deje de flotar, para quien sabe ver, el manto
moro, porque los españoles empiezan a mirar mal los sueños, y bien los negocios, pero
ellos no harán nunca negocios sino en la medida en que se los dejen hacer los sueños. Y
ya entrada la noche, se valo que es desdoro para el culto Madrid a ver lidiar
un toro, sobre la escena una piececilla de un caballero Pina, que goza de fama por la
abundancia, aunque no por el género, de su chiste, porque el chiste ha de ser como el
jerez, y no como el vino grueso de Aragón; o se aplaude en Variedades, que es teatrillo
risueño, a una compañía de actores, que ha pocos años lo era de calaveras y de
obreros, y en fuerza de ser ellos criaturas de Madrid, y de verlas, y de copiarlas en los
teatros provisionales que se alzan en los barrios por Navidad y Pentecostés, han venido a
ser cómicos excelentes, que a todos sus rivales vencen en el arte de representar con
gracia tipos madrileños. O se va a Apolo, en que, con ser teatro muy lindo, ni actores ni
público hallan acomodo. O al Teatro de la Opera, que se llama el Real, y merece serlo. O
a ese Teatro Español que a cada cual parece cosa de sí mismo, porque allí se ve la dama
que le enamora, y el amigo grato; y hablan, por boca de actores familiares Alarcón y
Tirso, y vive allí el ente misterioso de la raza, y el espíritu perdurable de la lengua.
Al diputado que en Madrid se queda, aguardan esos placeres deleitosos; la entrevista
furtiva en el Teatro de la Comedia, que es el favorecido de las altas damas, y los que van
tras ellas, porque es airoso y cómodo; y allí trabajan actores en boga, que hacen gala
de no ser actores de provincia y suburbio, sino del viejo Madrid, y de sus lindas
marquesas.
La Opinión Nacional, 27 de enero de 1882.
ARTISTAS ESPAÑOLES
Hay mucho de los antiguos galos en los más modernos franceses, pero
aún hay más de los godos en los españoles de todas las edades. El carácter de los
españoles es una curiosa combinación de muy ricos elementos. El brillo de todo lo que
hace el español, es andaluz; en todo lo que dice hay la propiedad gótica; mientras que
sus amores y pasiones son todavía de los árabes. Estas características se notan
particularmente entre los pintores de Españaesos hijos de una tierra encantada que,
siempre enfrentados a la naturaleza, viven de modo más natural que el resto de la
humanidad. Aman, sufren y mueren de hambre, o de sus esperanzas arruinadas, pero son
excelentes soldados en la lucha inacabable.
Como cualquier otra capital, Madrid reserva la mejor acogida para los
hombres y las cosas que tienen la virtud de ser extranjeros. Hay que salir del país para
ser un pintor famoso de España; y para encontrar a alguien en Madrid hay que ir al Café
Suizo o a la Cervecería Inglesa. Allí es donde se reúnen los artistas, a cada lado de
una larga y estrecha mesa, para llorar con lágrimas sinceras a algún compañero muerto
y, enseguida, reír a carcajadas por las divertidas aventuras de un compañero vivo. Entre
los más notables clientes de la Cervecería está Luis Ribera, un atrevido innovador que
prefiere ser leal a la verdad que famoso sin ella; él es una extraña combinación de
blasfemias y filosofía: ríe como Mefistófeles, y cuando habla lo hace en voz alta, pero
por lo regular permanece callado. Cuando se entrega a la elocuencia, sus juramentos y
maldiciones son tan numerosos, violentos y salvajes que se alegra uno no se halle presente
ninguna mujer. La Cervecería es el lugar para los nuevos oradores, los pintores, actores
y poetaspara todos los jóvenes. Es allí donde comienzan a ganar reputación
asaltando con veneno la ajena. Por fortuna no hay ninguno de esos rencores en el corazón
sano y leal de Ribera: su única debilidad es el tabaco, con cuyo humo gusta cegar a los
que están en las mesas vecinas.
Para encontrar a Gonzalvo, el pintor de las perspectivas, cuyo único
rival es cierto barón alemán, hay que buscarlo bajo los arcos sombríos del Seo, la
iglesia gótico mudéjar de fachada brutalmente moderna y su roja y puntiaguda cúpula
árabe. En el invierno hay que buscarlo en Madrid, donde termina, con el paciente cuidado
de Meissonier, sus estudios del pasado verano, y enseña arte a los estudiantes de la
Academia de San Fernando, o pide a sus amigos, no consejosque no los necesita
élsino cariño y entusiasmo. Es difícil comprender cómo una naturaleza tan tierna
y sensible puede adaptarse de manera tan admirable a pintar el mármol y el granito. Todo
su trabajo es excelente, y se paga sin reservas por los expertos ingleses. Nadie como
Gonzalvo puede medir las distancias con tanta exactitud, ni sabe reproducir la severidad y
dureza de una línea recta, o recrear, casi viva, la antigua belleza ornamental. El Museo
del Prado tiene un exquisito cuadro de Gonzalvo, "El patio de las infantas". Con
su "Alhambra" está presente su genio en los Estados Unidos.
Aunque sólo fuera por los dos cuadros de Goyael más osado y
orgulloso genio de su épocavaldría la pena visitar en Madrid la Academia de San
Fernando. "La Maja", una mujer dibujada con tan fuerte originalidad que,
después de algunos minutos de contemplarla, cree uno reconocer en ella a alguna mujer
amada; y el retrato de la gran actriz de la época de Carlos IV, que mereció, por su
gracia y su belleza, el apelativo de "La tirana María Fernández". También en
la Academia están el "Cristo" de Alonso Cano, las figuras de oro de Domenichino
y la más apacible obra maestra creada por la mano del hombre, la "Santa Isabel"
de Murillo. Por fortuna el custodio que protege estos tesoros contra los dientes
destructores del tiempo es Federico Madrazo. Para cumplir ese ingrato oficio de
restauración se ha adiestrado en todos los secretos del colorido de los maestros. Su
gusto primoroso sólo rivaliza con su asombrosa sabiduría. Nadie está tan familiarizado
como él con los colores preferidos, los rasgos característicos o la más sutil
peculiaridad de cada pintor. Y es, además, un genio del retrato. Se pagan precios
fabulosos por los trabajos que realiza en su gran estudio, sombrío y frígido como el
arte clásico a que se dedica. Mientras pinta, lo mira el retrato sonriente de su hija, la
viuda de Fortuny. Cerca de él están "La mariposa" y el "Regreso de la
iglesia", de su yerno: uno, como inundación de luz; el otro, un enérgico proyecto.
También hay una oscura galena, y en un espacio abierto, lleno de luz y de gente de la
corte, brilla una escena de vida y movimiento. Este efecto atrevido es de Raimundo
Madrazo, el joven maestro que adora a su padre sin imitarlo. Es un Carnaval sin Miércoles
de Ceniza. Sólo ha heredado la paciencia maravillosa con que gusta acabar las mejillas,
las pelucas, las sayas y los pies de las marquesas y las máscaras.
Otro renombrado español, Domingo, desde hace tiempo se dedica al
estudio del color en los interiores. Viaja por las provincias como antes aquel
extraordinario pintor humorístico, Valeriano Bécquer, que "murió de vivir",
como dijo su hermano, el poeta. En Zaragoza, donde se conservan con religioso fervor los
primeros dibujos al creyón rojo de Goya, dulces y tiernos como los bosquejos de Rafael,
se han visto, en los últimos cinco años, en talleres de aficionados, algunas obras
pequeñas, pintadas con gusto exquisito por Pradilla, un joven ahora famoso. Su principal
característica, rara hoy entre los artistas modernos, es la fuerza. Desprecia lo que ama
el siglo, lo pequeño, y se dedica a grandes temas y figuras. El pintor Rosales fue
premiado en la Exposición de 1868 por un cuadro que revolucionó el arte por su poder, su
pureza, su regia dignidad y su colorido. Era un cuadro de la muerte de una reina, Isabel
la Católica. Hace dos años el primer premio lo ganó Pradilla con una obra de similar
aliento, alta concepción y técnica. Esta vez era la muerte de un rey, Felipe el Hermoso.
Postrada por el dolor, la viuda sigue a pie el féretro. Las damas de la corte tiemblan en
la procesión. Las antorchas llenan de humo el aire, y a lo lejos se divisa el convento de
Burgos, donde Juana la Loca, celosa de las monjas, se negó a pasar la noche. Así como es
rival de Rosales en los óleos, Pradilla compite con Fortuny en las acuarelas. Su
"Trabajador del mar" tiene toda la solidez y duradera apariencia de un trabajo
al óleo. Un taller de pintor, que sería repulsivo sin el humor galante del artista y sin
ciertos primorosos detalles que alegran sus lóbregas paredes, es el de Nin y Tudio. Allí
sólo se encuentran calaveras, disecciones anatómicas, rostros emblanquecidos y cuerpos
huesudos y rígidos. Es el pintor de la corte de su majestad la Muerte.
En el Café del Prado se veían con frecuencia a dos hombres igualmente
famosos por su talento y el abuso que hacían de él. Uno era un músico extraño de
cabeza salvaje y fantástica, con una bolsa vacía y un violín lleno de rapsodias
frenéticas: se llamaba Fortuny. El otro era Perea, cuyo balbuceo siempre atropellaba los
intentos de contar alguna historia terrible. Pero Perea dibuja infinitamente mejor de lo
que habla o juega al ajedrez, su mayor pasión. Como el otro dibujante, Verga, Perea tiene
en las páginas de una revista ilustrada un lugar donde pinta bosquejos de
corridaslos animados picadores, las mulillas que arrastran al toro muerto, las
mujeres agraciadas con sonrisas de entusiasmo, el aire lleno de sombrerostodo el
movimiento y el color de la fiesta brava. Cuando Perea no encuentra dinero en su bolsa, va
a casa de sus amigos y, por quince monedas, traza con rapidez una docena de caricaturas
mordaces. Pero cuando tiene dinero, en vano se le buscará durante meses. Sus rivales en
la prensa ilustrada son Pellicer, el pintor de las batallas; Luguc, cuyo tierno lápiz
expresa con simpatía las amorosas escenas de los soldados en los cuarteles. Pero, a pesar
de todo, Perea no tiene rival en el curioso arte de pintar la chulilla, la pobre,
miserable y pintoresca vendedora ambulante de fósforos. Ni nadie puede dibujar como él a
Calderón, el gran picador, levantándose de una caída en la arena, o la arrogante figura
de Frascuelo, el matador del día, el ídolo de las mujeres y el terror de los maridos.
Sólo su lápiz puede retratar al granuja, el ratero madrileño, o al mendigo que en las
sombras de la noche recorre con paso de fatiga las calles más frecuentadas de la capital.
Todo lo que es maligno, llamativo y grotesco encuentra su pintor en Perea.
The Hour, 1 de enero de 1881.
LA CORRIDA DE TOROS
¡Cuán espléndida y terrible es una corrida de toros en Madrid! El
anfiteatro se llena por completo tres horas antes de la corrida. Se pagan los más altos
precios por los asientos. Personas carentes de dinero lo buscan prestado para ir a la
corrida. Todo el mundo bebe, come y grita. Chistes picantes cosquillean los oídos de las
jóvenes más distinguidas. El sol brilla y quema. Hay un tumulto de pandemonio. Los
espectadores silban, aplauden, se abofetean, y los cuchillos brillan en el aire. Al fin,
el presidente de la fiesta entra en su palco. Frecuentemente asiste el rey. Está
acompañado por la reina. Agita su pañuelo. Hay un tremendo estallido de aplausos. Suena
la trompeta. Un oficial en traje de Felipe IV, sobre un corcel cabriolador, llega hasta el
palco del presidente, que deja caer en su sombrero de plumas la llave del toril, o corral
donde están encerrados los toros. Se va galopando y tira la llave al jefe de la cuadrilla
de toreros.
Terminada esta ceremonia, se presenta un panorama deslumbrante,
romántico y animado. Se llama el "despejo". Todos los toreros, burladores de la
muerte, saludan al presidente. El jefe se llama "el espada". Cada espada cuenta
con su cuadrilla. Se mueven lenta y graciosamente, brillando sus trajes a la luz del sol.
Los chulillos, cuya misión es distraer y cansar al toro por el movimiento incesante de
sus pequeñas capas, y los banderilleros, que clavan las banderillas en su piel, siguen a
Frascuelo, Lagartijo, Machio, Arjona y el viejo Sanz, los grandes matadores que son
halagados por las mujeres y saludados por los hombres. Los picadores, con anchos
pantalones de cuero amarillo, con sombreros de felpa gris de ribetes tiesos, y con las
piernas enfundadas en hierro, siguen a los que van a pie. Invariablemente pesan demasiado
para sus caballos huesudos de $10.00. El cachetero, cuyo pequeño cuchillo afilado da al
toro herido el golpe de gracia, les sigue. Cierran la procesión las mulillas, o mulas
cubiertas de frazadas multicolores, y cargadas de bulliciosas campanillas. Son las que
arrastran a los toros y caballos muertos fuera de la arena.
Se saluda al rey. Las mulillas salen de la arena. Los picadores se
despliegan junto al toril, con las picas en descanso. Los chulillos arrojan a la barrera
exterior sus capas de seda y toman sus capas de combate, todas rotas y en harapos. La
trompeta suena otra vez. Redobla el aplauso. Una puerta maciza, al final de un corredor
estrecho y oscuro, se abre y sale el toro. Para enfurecerlo, se le ha mantenido en una
oscura prisión, sin alimento ni agua, y ha sido torturado por golpes de pica. Cegado por
el torrente de luz, aterrado por los gritos que lo reciben, indeciso en cuanto a su primer
ataque, se detiene, escarba con cólera la arena, baja la cabeza y mira ferozmente a sus
enemigos.
Puede que se arroje como relámpago contra un picador. El caballo
recibe el tremendo choque y, herido o muerto, es lanzado contra la barrera. El picador
generalmente queda sepultado debajo de su pobre bestia. Puede también suceder que el toro
escoja un chulillo para su primer ataque. El diestro arrastra su capa tras sí o la echa a
un lado para distraer la atención del toro enfurecido, y al llegar a la barrera, la salta
como un rayo, como un pájaro sin alza.
Ahora lo que era juego se vuelve serio. El gentío se entusiasma,
enloquece al toro, insulta a los toreros, y reclama la muerte de más caballos infelices.
Cuando cae el picador, los chulillos provocan al toro para evitar que
magulle al hombre. Rodean al animal con sus capas, y, finalmente, al sonido de la
trompeta, el trabajo de los caballos ha terminado y comienza el de los banderilleros.
Los chulillos, alentados por los gritos de la multitud, avanzan sobre
el toro. Sacuden ante él varillas en que están pegados papeles de vivos colores. Su
revoloteo asemeja el crujido de la seda. Dardos en la punta de las varillas se clavan en
el cuello del toro. A veces el banderillero se coloca casi entre los cuernos de la bestia
enfurecida, con la nariz del animal a sus pies, y lanza los dardos sobre su carne
temblorosa. El toro ruge y brama. Embiste, retrocede, se detiene, carga y vuelve a cargar,
y finalmente se mueve alrededor de la arena, su gran lomo cubierto con los penachos de los
dardos clavados en su cuello. Hay que matar más caballos. Aunque las patas débiles del
toro apenas puedan sostenerlo, aunque los chorros de sangre corran de su cuerpo, y aunque
llene la plaza con sus bramidos de dolor, una banderilla de fuego es arrojada contra su
cuello. Al penetrar el dardo en la carne se enciende la "baqueta". El olor de
carne quemada llena el aire y un humo negro sube en espirales del cuello ensangrentado. El
bramido del infeliz animal se vuelve horrible. Algunas veces el toro se echa en la arena y
se niega a seguir luchando. Entonces se acerca un hombre con una afilada hoz, atada a un
palo, y en medio del aplauso del gentío le corta las rodillas y las piernas al animal.
Saltan lágrimas de los ojos enrojecidos. El toro caído trata de levantarse. Se arrastra
por el suelo. Quiere vivir aún. Pero lo rematan con cuchillos.
El matador generalmente sigue a los banderilleros. Esconde su espada en
una "muleta" roja. En su mano derecha lleva la "montera", una hermosa
gorra redonda, y se dirige graciosamente hacia el palco presidencial, ante el cual ofrece
su víctima. "¡Al rey!" "¡a la reina!" "¡a las hembras
andaluzas!" En este brindis se dicen las cosas más originales y extravagantes. La
multitud da rienda suelta a un sordo murmullo. El matador le señala a su cuadrilla el
lugar donde desea matar al toro. Los chulillos agitan sus capas ante el hocico del cansado
animal y lo llevan hacia el lugar escogido por el matador, que da un paso hacia adelante.
El animal ha sido aguijoneado por los picadores, debilitado por los
dardos de los banderilleros, y atontado por los gritos de la multitud y la caza de los
chulillos. El espada lo deslumbra con los rápidos movimientos de una capa carmesí; el
toro engañado se abalanza hacia el paño, y el espada le da una estocada en el corazón.
A veces el espada falla su golpe, hiere al toro en el cuello. La sangre salta de la boca
del animal. Ninguna lengua puede pronunciar palabras más feroces que los epítetos
lanzados al matador por la multitud defraudada que esperaba una diestra estocada.
Se pensaría que iban a matar al matador. Le silban, y arrancan pedazos
de lana de los asientos para arrojárselos. Pero si el pase tiene éxito, tabacos,
sombreros, capas, y hasta los abanicos de las damas oscurecen el aire. La cantidad de
obsequios que caen en la arena a veces evita que el matador pueda seguir haciendo nuevas
reverencias a los que ocupan el palco presidencial. Entonces hay música y más gritería,
mientras que las mulillas sonando sus campanillas, arrastran a los caballos muertos y al
toro todavía caliente. Dejan tras sí un gran rastro de sangre.
Suena la trompeta por tercera vez. Se abre de nuevo el toril, y aparece
otro toro. Lo aguijonean, lo queman y finalmente lo matan, a veces con diez, a veces con
veinte estocadas. En cada corrida se matan ocho toros. Si un toro magulla a un hombre y
queda sobre el suelo, dado por muerto, a nadie le importa. Se continúa la función igual
y a veces se aplaude al toro. Si da una cornada a un ayudante antes de que sus compañeros
puedan venir en su auxilio, no sale un solo grito de temor o un murmullo de piedad de la
multitud. El hombre es conducido al hospital, herido o muerto. El incidente, naturalmente,
produce alguna agitación, pero el deporte sigue y las mujeres nunca abandonan sus
puestos.
Cuando un toro hiere a dos o tres matadores y mata dieciséis o
diecisiete caballos, su fotografía está en gran demanda. Todo el mundo la compra. Su
cabeza es vendida a gran precio, y acaba por adornar la residencia de algún amante del
deporte. Tal es una corrida de toros española en toda su desnudez.
The Sun, 31 de julio de 1880.
LISBOA Y LOS REYES
Los reyes, que se sienten sacudidos en sus tronos viejos, necesitan
acercarse para defenderse: la época mitológica vio los combates de los dioses y los
hombres: ésta está viendo el combate de los reyes y los pueblos. La imaginación es
águila, y vuela: el interés es cerdo, y anda despacio: y es la lucha de los pensadores
impacientes y los pueblos perezosos una lucha entre águilas y cerdos. Pero no está
lejano el instante en que en el seno de cada cerdo nazca un águila, en que el hombre que
viene despertando desde hace cuatro siglos, despierte cabalmente, y se adueñe de sí, en
que los monarcas como los dioses de la mitología, abran paso a los hombres. Es además un
arte de la política tener a los pueblos como distraídos y aturdidos; y obligar sus ojos
a espectáculos variados y nuevos, para que teniendo siempre qué mirar, no les quede
espacio de mirar en sí, y se vean míseros y bravos y no se rebelen. Es también uso de
comerciantes en riesgo de quiebra obsequiar a cohortes de huéspedes con suntuosos
festines y mágicos bailes, para que no pueda ser sospechado de pobre quien hace así gala
de rico, aunque luego de la fiesta vaya a hundir su faz aterrada, lívida de miedo, en los
cojines de su lecho que riega su mujer con lágrimas medrosas.
El rey de España, acompañado de su esposa y su corte, ha visitado en
estos días al rey de Portugal, que puso a Lisboa para la visita sus ropas de fiesta. Los
cañones rodaron por las calles, las plumas flotaron sobre los cascos; las iglesias
exhibieron sus riquezas; la sangre de los toros enrojeció la arena; se limpió el musgo
de las piedras de los castillos, feudales; se llenaron las cárceles de presos. Los
palacios fueron ramilletes de luces. En los bailes, el seno de las damas, cubierto de
joyas, parecía nido de estrellas. Hubo fantásticos cortejos, alegres músicas,
recepciones de corte, comida regia en sala perfumada. Exposición de ricas artes viejas,
fiesta de toros, fiesta en el teatro, romería a Cintra, que es cesto de verdor, donde se
levantan aún ruinosos palacios, y caseríos derruidos, como gusanos colosales que
asomasen la cabeza entre pétalos de una inmensa rosa. Hubo fuegos de artificio, en que
pareció que Lisboa, y no sus reinas, estaban coronadas de diamantes. Hubo revista de
tropas. Y hubo gran cacería en los sotos famosos de Villaviciosa, que enferman a los
reyes. Los ojos no han tenido reposo en esos días de fiesta.
Músicas marciales, que rompieron en el hermoso himno real de España,
cañonazos lejanos, y algazaras de campanas animaron la llegada del tren real a la
estación. Preparan sus armas para el real saludo los ocho mil soldados que hacen orilla
humana al Tajo, en larga y brillante hilera, que va desde la estación del ferrocarril al
Palacio de Belem. ¡Qué lujosas iban las carrozas de los reyes! ¡Qué brillar el de las
espadas de los oficiales! ¡Qué centellear el del sol sobre los almetes! ¡Qué
caracolear el de los briosos caballos en torno a los carruajes regios a que dan escolta
soldados y peatones y caballeros! La multitud se apiña tras la compacta hilera de
soldados. En el río, de todas sus banderas están empavesados millares de mástiles.
Parece la brillante comitiva aquella procesión de Rubens, que se ve en el Museo de
Dresde: todo es penacho, gala, reflejo. Parece hoy de nuez aquella ciudad celeste que vio
Byron. Como sentada en ancho circo, a ver correr el Tajo, está la gran ciudad. En los
montecillos sobre que se empinan sus suburbios, levántanse casas mugrientas y ruinosas,
como mendigos viejos que se asomasen a ver pasar la alegre procesión. Las ventanas están
engalanadas con colgaduras, y con mujeres hermosas, y las calles del tránsito están
repletas de pescadores, curiosos y pilluelos. Álzanse a lo lejos conventos negruzcos que
parecen monjes encapuchados y huraños. Y se pierde por las callejas la muchedumbre
colérica y harapienta, en tanto que las puertas del gran Palacio de Belem se abren a los
joviales y risueños reyes.
A poco, era la fiesta en el Palacio Ajuda, morada de Pía y Luis. Entre
generales vestidos de azul y oro; prelados de túnica escarlata, y los consejeros y sus
esposas, están reyes y reinas sentados en torno de la mesa del festín, regalados con la
blanda música de diestras orquestas, ruido de hojas de palma que adornan la sala, perfume
de rosas, aroma del blanco y rojo Oporto. Don Luis y Alfonso cambiaron brindis de amistad,
que en el rey portugués tomó la forma de deseos de que se estrechasen aún más los
lazos de cariño que atan a Portugal y España, y en Alfonso fue hasta decir que así ha
de ser, porque pueblos que tienen en lo exterior las mismas garantías que defender, deben
unir sus fuerzas interiores, respetando su mutua independencia, y desarrollar de acuerdo
sus energías domésticas. El de Borbón tenía a su lado a la reina Pía. El de Braganza,
que sólo ha venido a ser rey porque sus abuelos nobles se rebelaron contra el rey de
España, tenía al lado a la reina de España. Ya se hablaba en el banquete de la carrera
de caballos con que se celebraba al día siguiente la visita de los esposos españoles, se
encomiaba el hermosísimo paisaje del lugar escogido para la fiesta hípica, y la ligereza
y buena sangre de los corceles.
Nunca estuvo más bello el Palacio de Ajuda. En cada muro una panoplia;
en cada peldaño un jarrón de camelias; por puertas y balcones haces de banderas; en el
monumental corredor plantas del trópico; en la Cámara del Trono, en vasos preciosos,
rosas grandes, o colosales hojas; sobre artísticos muebles y mesas incrustadas de marfil,
nácar y bronce, ramos de raras flores. Y lo engrandecía todo y le daba aire de poética
y mística hermosura, la tibia luz eléctrica, cargada de ternuras y misterios. No fue la
fiesta, a que, como a todas las del rey Luis, que es culto y pensador, asistieron personas
de todas las clases y todos los partidosuna de esas asiáticas recepciones con que
enamora a sus nobles el Palacio de Oriente de Madrid. Fue fiesta de rey republicano. Y
allí se veían sobre hombros de aristócratas, anticuados trajes de ceremonia, que
llevaban penosamente como si a hombros de estos tiempos no sentasen bien trajes de otros;
y mercaderes gruesos, y diputados provincianos, y periodistas montaraces, luciendo, mal de
su grado, el calzón corto, las medias de seda y el zapato de hebilla de los bailes de
corte. No esperaban a los invitados, gentiles hombres de recamada casaca, que se retirasen
luego de presentado el huésped, sin volver la espalda a los monarcas egregios, sino que
éstos platicaban con las damas y los ministros, y don Luis hablaba como con buen amigo
con Sagasta, que es caballero cortesano y sabe hablar y oír, en tanto que el alegre
Alfonso valsaba pujantemente, y los huéspedes del palacio, que no eran menos de tres mil,
entraban y salían a su placer, jugaban a las cartas; se lamentaban ante las pálidas
bellezas de Lisboa, vestidas en su mayor parte de traje alto, del rigor de la etiqueta
monárquica, que así sacaba a la vergüenza sus piernas atolondradas; o decían que
habían visto al rey Luis hablando con el duque de Sexto, ayo del rey, de no limpia fama,
y con el marqués de Vega Armijo, severo personaje; o gustaban manjares excelentes y
gratos vinos en las lucúleas mesas, rebosantes de flores, que no se vieron durante la
noche desamparadas de los caballeros y damas de la fiesta.[...]
De esa fiesta, que es toda de fieras, fueron los reyes a prepararse
para otra suntuosísima. Era noche de gala en el Teatro de la Ópera, que es gran teatro.
Brilla la sala a través del cable, de tanto como brillaba. ¿A qué contar de la ópera,
que fue Hamlet? Era el escenario el palco real, y no el escénico. No tiene teatro alguno
europeo más majestuoso teatro real que el de los reyes portugueses. Cuatro pisos de
palcos tiene el teatro y el palco del rey, que tiene su pavimento en el primero, elévase,
como nave de iglesia gótica, sobre seis columnas de mármol, que se destacan de las
paredes de estuco, hasta el piso cuarto, de donde del dorado techo bajan colosales
colgaduras de terciopelo carmesí y de oro, más que para hermosear el palco regio, para
que brillen más los árboles de luces que lo adornan. Lucía realmente, como un drama
histórico, el palco de don Luis, que parecía, a la vez, escena de gran teatro, y caja de
joyas. Allí estaban don Luis, vestido de uniforme de gala de marina, y la reina de
España que llevaba traje elegante de pálida malva, cubierto de encajes sutiles, y al
cuello un millón de pesos en diamantes: exhibición lamentable, que requiere ese modo
áspero de pintarla: el Toisón de Oro colgaba al cuello de Alfonso, sobre su traje de
Capitán General, cubierto de cruces; ceñía el cuerpo esbelto de la reina Pía traje de
seda roja, que caía sobre larga túnica de encaje, y ostentaba un collar de maravillosas
perlas y transparentes esmeraldas, que es famoso en Europa. Estaban sentados en círculo
ante la baranda del palco hermoso. El padre y el hermano de don Luis vestían de
militares, y de marino su hijo mayor. Y a par y detrás con ellos, como deslumbrador
cortejo, los ministros españoles y portugueses, el flexible Sagasta, el cortés Fontes,
veintenas de generales y almirantes, y magnates y prohombres de Portugal y España. De los
hombros de dieciséis damas de honor, vestidas de azul y blanco, colgaba el manto azul,
que es el de ceremonia en la corte portuguesa, y cruzaba el pecho de las damas de Portugal
la banda de la reina María Luisa. Tal fue la noche de gala, y no fue más, noche en que
no se vieron las joyas del alma, y fueron hombres y mujeres muestrario de joyeros.[...]
Esa noche, ¡qué hermosa estuvo Lisboa! Ardía en luces blancas.
Parecía vestida de manto negro, sembrado de guirnaldas, de coronas, de festones, de haces
de estrellas. Parecía un volcán encendido, desamparado de súbito de su corteza de
piedra. Ceñían las paredes franjas de luces. Bosque incendiado semejaba el cielo. De los
vaporcillos de recreo que atravesaban el río, se veía como una batalla de relámpagos. Y
los buques del río habían envuelto en luminarias sus cascos y sus mástiles. Se oían
músicas suaves y vocerío de pueblo.
Diez mil hombres de todas armas desfilaron en la mañana que siguió a
esa noche bella, ante la plataforma real, decorada con los pabellones de España y
Portugal, Austria e Italia. Pareció robusta la infantería, menguada la artillería,
pesada la caballería. Y tres mil personas asistieron al baile costosísimo que los
comerciantes de la ciudad ofrecieron en el Palacio Viejo, en las cercanías de Lisboa, a
don Luis y a sus huéspedes. Y en misa, que oyeron devotamente, rodeados de la corte, en
la abadía de Belem; y en toros, que lidió en honor de Alfonso un elegante de Lisboa, a
quien es fama que costó la corrida, entre flores y toros, una veintena de millares de
pesos, para que luciesen, a los ojos del rey risueño, su habilidad de toreadores los
jóvenes nobles de la ciudad; y en oír un drama clásico, de la tierra que cuenta entre
sus glorias literarias al vizconde del Castillo, Almeida Garrett, y Herculano, emplearon
los reyes españoles, del brazo de los dueños de la tierra, su último día en Lisboa.
La Opinión Nacional, 7 de febrero de 1882
LA MUJER PARISIENSE
París, como la Mimí Pinsón de Alfred de Musset, trueca en diamantes
para adornar sus dedos las lágrimas de sus ojos. Y más ocupado que de las
arterías y
mañas de Bontoux, y del espanto y pobreza de sus nobles y de los campesinos de Lyon,
empobrecidos a una, y de la majestuosa caída del hombre más brillante y previsor de la
nueva república, está ahora París en hojear, con su elegante mano nerviosa, las
páginas pulcras de un libro de Goncourt, un libro pequeño, como otras muchas cosas
admirables, y como aquellos pomillos de esencia que cuelgan en trenzas de oro del cinto
recamado de las ardientes damas persas. El vino de Navarra pesa y el de Burdeos chispea, y
el de París aturde, como pócima.
No hay extranjero que no se crea en París como en sus tierras de
familia, donde todo le es grato y conocido, y es lo cierto que todos son en París, menos
los parisienses, extranjeros. Ríe el hijo de París, como el de Atenas, de los bárbaros.
Y se sienta en su gabinete de estudio, o en su silla de curioso reídor, a ver estrujar
almas en aquel lagar de almas, como el que viaja por tierras extremeñas, se sienta en el
lagar, a ver quebrarse, mondarse y trocarse en aceite las olivas. Hay Edmundo y hay Julio
de Goncourt, y no se sacan ventajas en contar las maravillas de un mueble de Boule, de un
techo de Lebrun, o de un crucifijo de Cellini, porque saben de arte ambos hermanos, como
saben los pajarillos de sus nidos. Pero de Edmundo es el libro parisiense, el libro
lóbrego y luminoso, el libro cándido y terrible, el libro sonriente y espantable, el
libro terso, sonrosado, pulido y ameno. Edmundo de Goncourt, que ama la realidad, abomina
la fealdad; y cuando pinta lo feo, le da la belleza que le falta con la manera de
pintarlo. Así hizo en Calibán Shakespeare. Y por vencer a Calibán, así hizo en Nuestra
Señora Víctor Hugo. Eran todos amigos: Flaubert, los dos Daudet, el buen Durant, los
dos Goncourt, Zola. De Durant, maestro muerto, era el método, y él tendía a los vivos
sobre su mesa de escribir como el fisiólogo a sus liebres palpitantes sobre su mesa de
mármol. De Flaubert, que vestía como moro, y cincelaba como godo, era la solidez
maravillosa, la solidez radiante. De los Daudet, y más de Alfonso que de Ernesto, es la
precisión, una precisión científica, que les da aire de médicos distinguidos, buenos
médicos, amables, que alegran la alcoba del enfermo con sus trajes correctos, y el
espíritu apocado con las galas de su plática amena. De Zola, es la desnudez que repugna,
cuando es intencional y violenta, hecha, como los cascabeles del polichinela, para atraer
gente a la plaza; pero que se impone y asombra cuando es espontánea. Y de los Goncourt,
es la elegancia suma, el aire de salón, cargado de ámbar, el reflejo misterioso de la
luz en la ancha colgadura voluptuosa, y ese vago susurro, como de pájaros que anidan, que
se siente en los lugares en que los hombres aman. Goncourt, como Feuillet, escribe con
guante blanco: mas no imagina, como Feuillet, criaturas tremendas o nubosas, vagas como la
espuma en que las talla; no es, como Feuillet, exaltador y compasivo, no halla gozo ni
utilidad en exagerar la bondad humana, porque si no le enseña al hombre la maldad no
sabrá precaverse de ella, ni en exagerar la maldad de los hombres, porque no lleguen a
morir de espanto, de verlo todo impuro. Y es Goncourt cual aquellos artistas refinados, a
quienes disgusta como faena de aprendiz la tarea fácil. Sabe que en esta hermosa
naturaleza, donde no hay dos seres contradictorios, y es cada ser como nido de gérmenes y
suma de resúmenes de todo cuanto vive, se encrespa el alma, y ruge, y lidia, y duerme, y
murmura como un mar pujante: y sabe que es el alma en París como un mar turbio. El
cuerdo, que es domador de fieras, se sienta sobre las panteras y leones, y mira con
esperanza a la tierra, y con ternura al cielo. El loco que gusta de catar los manjares que
no conoce, vagará en aquel mar como barquilla blanca despedazada por las olas.
La mujer de París nace a espantarse; pugna por ser joven, y se halla
vieja; por ser pura, y se ve impura; por beber en la copa de la vida, que halla exhausta y
manchada. Y sedienta, muerde al cabo la copa venenosa. En su alma, como en los paisajes de
Díaz, se ve, por entre la selva negruzca el cielo azul; mas la ciudad, vasta como selva,
envuelve como en apretada maraña los caminos del cielo. Cada bocacalle es una fauce. Cada
teatro, casa de tósigos. Cada hábito una mancha. El gozo es tan bello que parece justo.
El deber es tan recio que parece azote. Tan maltratado el trabajo que mueve a rebeldía. Y
en el sofá de cada hombre ocioso se sienta Mefistófeles. No es allí la vida para las
mujeres que en aquella cuna nacen, árbol jugoso y lento, que tiene semilla, y crece a
tronco, a ramas, a pomas; sino vestidura implacable que impregna al cuerpo del recién
nacido de los jugos de la vida vieja. Se piensa con ajenos pensamientos; se goza con
deleites artificiales; se muere por ajenos ideales; se ama con el amor ajeno. A esa
criatura complicada, que muere a veces sin hallarse a sí misma, y sin haber tenido tiempo
de buscarse; a esa mísera y hermosa en quien la depravación precede a la inocencia; a
esa criatura que llama a todas las puertas de la tierra, fatigada de beber aguas salobres,
en busca de aguas puras; a esa mujer encantadora y horrible, bella como una niña, hábil
como un duende y frágil como un vaso; a esa mujer de París quiso pintar Goncourt en Madame
Gervaisais, en Renée Mauperin, en Manette Salomon. Y este libro que los
parisienses leen hoy ávidamente se llama La Foustin, que es una actriz, de alma de
llama, que va con su espíritu,triste de la tierracomo la llama del cielo.
Unos dicen que "La Foustin", que prueba las copas de la vida, sin hallar una que
ajuste a sus labios, es Sarah Bernhardt; pero dice Goncourt que esa mujer luminosa, vivaz,
sedienta, arrebatada, triste, tiene más de aquella pálida Rachel, que preparaba con sus
manecitas de hada cenas caseras para Alfred de Musset, que de ninguna otra actriz de
Francia. Porque eso es La Foustin, la vida de un alma parisiense, y la vida de una
actriz. A la vez pinta Goncourt los tormentos de un espíritu exquisito, puesto a vivir
entre gentes que lo espantan, y las escenas bulliciosas y risueñas de esa existencia de
teatro, donde todo es brillante y fugaz y ficticio como la lentejuela que ornamenta los
trajes de los actores, y para, de tanto vestirles el cuerpo, aposentarse en su alma. Hay
en el libro ensayos de Fedra; y de amores hermosos, y de amores brutales. En cenas
de actores platican poetas. En horas de victoria, vienen los hijos de sus obras, pintores,
escultores, críticos, a poner flores, y murmurar avaricias, ante la actriz bella que
triunfa. Junto a "La Foustin", que llamea y se evapora, vive su hermana, rica en
cosas de cuerpo, que engruesa, ríe y se arrastra. La doble vida, de espíritu que aspira,
y carne que ceba, se vive en el libro. Hay páginas que son de historia. Hay
conversaciones, caídas en realidad de labios célebres. Hay escenas que parecen de
Meissonier en lo exacto, de Manet en lo osado, y de Madrazo en lo vívido. Y hay, en suma,
para el que lee, ese encanto indefinible y saludable que viene de contemplar una obra
bella. Leer nutre. Ver hermosura, engrandece. Se lee o ve una obra notable, y se siente un
noble gozo, como si se fuera el autor de ella.
¡Desconfían de la humanidad los cobardes y los míseros! ¡Los
hombres serán hermanos, en tanto que los reúna la común contemplación de las obras
hermosas!Y La Foustin tiene de esa elegancia miniaturesca, de esa factura
nítida, de ese engranaje de joyero, de esa solidez de esmalte, de esa belleza plástica
que dan gozo.
La Opinión Nacional, 7 de marzo de 1882. |