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Noche de la
inauguración del Puente de Brooklyn, el 23 de mayo de 1883.
"¡Y el vapor, que parece botecillo! ¡Y el boticillo, que
parece mosca!"
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ESCENAS NORTEAMERICANAS
Nota
El entierro del presidente
Garfield
Coney Island
Pascuas y Christmas
Capitalistas y obreros
Los barrios pobres de Nueva
York
Honores a Karl Marx
La inauguración
de la Estatua de la Libertad
La fuerza del voto
El terremoto de Charleston
Las fiestas de la Constitución
La guerra social en Chicago
Cómo se crea un pueblo
El puente de Brooklyn
Las dos banderas
Nueva York bajo la nieve
La verdad sobre los Estados
Unidos
NOTA
Al llegar Martí a Nueva York, en 1880, prometió en uno de su artículos del
periódico The Hour: "Estudiaré el pueblo más original, desde su cuna, en la
escuela; en su desarrollo, en la familia; en sus placeres, en el teatro, en los clubs, en
la calle Catorce, y en las grandes y pequeñas reuniones familiares... Veré bondadosas
caras de hombres, desafiantes caras de mujeres y los más caprichosos y poco recomendables
gustos, todas las grandezas de la libertad y todas las miserias de los prejuicios". Y
cumplió su promesa, y así complacía a sus lectores en la América española, ávidos de
noticias sobre los milagros del progreso norteamericano, y sobre las costumbres y gustos
de los hombres y mujeres que lo habían hecho posible, y del sistema político que lo
amparaba. En vísperas de iniciarse la guerra de Cuba, publicó en Patria un
artículo titulado "La verdad sobre los Estados Unidos" en el que resume la
labor que se había propuesto catorce años antes; dijo del país: "Ni se deben
exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda virtud, ni se han de
esconder sus faltas o pregonarlas como virtudes... Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea
nuestro; y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea
nuestro... Conviene, y aun urge, poner delante de nuestra América la verdad toda
americana, de lo sajón como de lo latino, a fin de que la fe excesiva en la virtud ajena
no nos debilite..."; y recomendaba para curar la "yanquimanía", como allí
califica a la exagerada admiración por la América inglesa, el conocerla de primera mano,
como él había hecho.
Los quince años que vivió Martí en Nueva York pertenecen a lo que en
una de sus novelas Mark Twain llamó, en 1874, la "Gilded Age", con el sentido
exacto del vocablo, de que la época no tenía más que un baño de oro, un barniz que la
hacía brillar, pero que en cuanto se gastaba la superficie aparecía la ruin materia que
la formaba. En 1880 Andrew Carnegie había consolidado el monopolio del acero, y
Vanderbilt el de los ferrocarriles; y Rockefeller estaba en camino de afirmar el suyo
sobre el petróleo mientras que J. P. Morgan extendía su control sobre la banca; y en la
formación de esas fortunas se habían generalizado prácticas abusivas con los obreros y
se ignoraban las necesidades del proletariado. Entre 1880 y 1890 hubo unas dos mil huelgas
en las que participaron más de seis millones de trabajadores, muy pocas de las cuales
mejoraron sus condiciones de vida. Por su parte, otros vieron en la época, como en Triumphant
Democracy Andrew Carnegie, en 1886, el más admirable progreso material, político e
intelectual en la historia de la humanidad: el oro no era una capa superficial que la
cubría, sino, toda ella, metal precioso. Lo cierto, sin embargo, es que se encontraban
juntas la riqueza y la miseria, la cultura y la ignorancia, la corrupción y la pureza, la
caridad y el crimen.
Se ha dicho, sin razón, para situar a Martí camino de doctrinas en
que nunca estuvo, ni hubiera estado de vivir más, que con sus años de residencia en los
Estados Unidos se le fue despertando la conciencia social, por lo que sus juicios se
hicieron más severos, y las soluciones que proponía más radicales; y no fue así: el
cambio fue del país, no de Martí: la sociedad americana, a medida de su crecimiento, se
hizo más injusta e insensible, y la vigilancia y el reproche de Martí se hicieron, en
consecuencia, más agudos y apremiantes; también porque, en extraña reacción a lo que
él veía, pudo comprobar que muchos hispanoamericanos estaban ciegos ante el peligro y
sordos ante las advertencias que aparecían en sus escritos. Fue testigo del conflicto
entre "Capitalistas y obreros", de la miseria en "Los barrios pobres de
Nueva York" y vio estallar "La guerra social de Chicago"; pero ninguna de
las culpas que denunciaba con noble ira le impedía el elogio de lo que creyó ejemplar
junto a ellas: el amor a la libertad, la práctica del sistema democrático, del
individualismo y de la tolerancia, como se advierte en sus crónicas sobre las fiestas de
la Constitución en Filadelfia, de la Estatua de la Libertad, y "La fuerza del
voto".
Completan esta colección de Escenas Norteamericanas otros trabajos que
muestran su entusiasmo, interés o sorpresa ante distintos acontecimientos y costumbres de
la época. Se alternan así, en las páginas que siguen, con igual vigor, el elogio y la
censura, pero lo que es constante en ellas, en el aplauso y en la condena, es la voluntad
de estilo, el logro de una prosa única, trabajada artísticamente, prosa impresionista en
cuanto que no se conforma con la realidad sino que presenta el espectáculo maravilloso
que esa realidad genera en el escritor.
EL ENTIERRO DEL
PRESIDENTE GARFIELD
Cuando se es testigo de las grandes explosiones de amor de la
humanidad, se siente orgullo de ser hombre: así como, cuando se es testigo de sus
postraciones o su furia, da vergüenza serlo. La muerte es útil: la virtud es útil: la
desgracia es necesaria y reparadora, por cuanto despierta en los corazones que la
presencian nobles impulsos de aliviarla. Y la tierra va camino de ventura, porque ya las
coronas de los reyes descansan sobre el féretro de los trabajadores. El siglo último fue
el del derrumbe del mundo antiguo: éste es el de la elaboración del mundo nuevo. He ahí
si no, trémulos y conmovidos a todos los humanos, y enlutados los tronos, y entornados
los palacios de los monarcas, y arrodillada la nación más numerosa de la tierra, ante un
ataúd humilde, en que descansan las palmas del martirio, sobre un hombre que se compró
sus libros de griego con el producto de las maderas que cepillaba, y ha muerto, dueño de
una de las famas más límpidas del orbe, bajo la rotonda del Capitolio de Washington.
Garfield ha muerto.
Murió el 19 de septiembre antes que mediase la sombría noche; y desde
entonces, no han cesado la admiración, las muestras de ternura, de veneración y de
congoja. La ciudad, las ciudades todas de la Unión están colgadas de negro; y las almas.
Un mártir es como padre y como hermano de los hombres en cuyo beneficio muere: así
están todos en esta tierra, como si hubiesen perdido a su padre o a su hermano.
A este hombre lo ha matado un elemento oculto, que obra poderosamente
contra las fuerzas de construcción, entre las fuerzas de destrucción de la humanidad: un
elemento rencoroso, inteligente e implacable: el odio a la virtud.[...]
De la orilla del mar llévanlo a Washington, la capital histórica y
dramática. De Washington, la ciudad de sus glorias, fue a Cleveland, la ciudad de sus
faenas, de sus comienzos, de sus luchas de pastor y de maestro, de sus amistades
candorosas, de su recuerdos más tristes y más dulces. Y en Cleveland, ante la nación
suspensa, recogida en sus hogares, arrodillada en los templos: ante cien mil testigos,
idos de todas partes de esta conturbada tierra; a la hora en que alzaban por él preces la
madre Inglaterra y el lejano Egipto, y Francia y Alemania oraban a una, y la reina inglesa
humillada de hinojos, rezaba por el muerto con sus hijos; en Cleveland, ante las banderas
plegadas y los tambores vestidos de negro, y las águilas nacionales abatidas, bajó a la
tierra el hombre que la ha honrado, fortalecido, amado y mejorado.
Pusiéronle en un carro todo arreado de duelo, donde doce soldados
daban guardia, y como vigilando por su mártir, artesonaban el techo en colgantes festones
las banderas. El tren, por no interrumpir aquel glorioso sueño, se movió lentamente, y
cruzó los prados, costeó el mar ancho, se perdió en el luengo espacio, en tanto que,
como familias privadas de su jefe, volvían los moradores de Long Branch a sus desiertas
casas, y en aquella que vio morir al hombre bueno, se apagaron los últimos ruidos de la
vida, se echaban sobre los aposentos vacíos las tristes llaves y, cual si llorasen la
catástrofe terrible, los parquecillos de césped del contorno, antes tan verdes,
resplandecientes y galanos, ahora azotados por tantas plantas ansiosas, quedáronse
amarillos, y como turbios, despedazados, pálidos y secos.
Corrió el tren hasta Washington entre murallas de gente: en Princeton,
donde los jóvenes de los colegios habían cubierto el camino del tren de recién cortadas
rosas, aquellas manos infantiles arrojaban guirnaldas y coronas al carro funerario. En
Filadelfia, al asomar el lúgubre cortejo, descubriéronse decenas de millares de hombres:
hacía llorar el colosal silencio. En Wilmington, avalanchas compactas impidieron el paso
de la locomotora que se movía penosamente por entre ellas. En Washington, la ciudad
estaba empedrada de gentes y colgada de ellas; avenidas y plazas, balcones y ventanas,
aceras y techos, todo, desde la estación, totalmente cubierta de paños negros, hasta el
Capitolio, aderezado con severo lujo, rebosaba seres humanos. No hubo en tres horas en
Washington una cabeza cubierta. En hombros de artilleros, y cercado de un cuerpo escogido
de tropas de la Unión, fue el féretro hasta el carruaje que lo condujo a la Casa
nacional, tirado por seis caballos arnesados de duelo. Ni un brusco ruido, ni palabras
importunas, ni un murmullo siquiera, alteraba aquella paz solemne, sino ahogados sollozos.
Y los que estaban contenidos en los pechos, por respeto o timidez, hallaron libre suelta,
y las lágrimas asomaron a todos los ojos, cuando al llegar al pie de la rotonda la vasta
procesión, al tocar aquellos peldaños resplandecientes de la escalera de triunfo, al
cruzar el féretro ante la estatua del honrado Washington, rompió la banda en sones
melancólicos, y entonó un aire hermoso, triste y caro a todo corazón americano:
"¡Más cerca, mi Dios, de ti!"
Los jardines del tránsito habían sido segados, y las ramas más
frescas de los árboles, para honrar al muerto. En las estaciones en que se detenía, se
detenía sobre rosas. Desiertos quedaban los pueblos, y sus habitantes llenaban el camino.
Iba en el tren fúnebre la esposa fidelísima; con los restos de su esposo vino de Long
Branch, en solemne hora, hurtándose a los ojos extraños; cerró tras sí las puertas de
la rotonda del Capitolio, y habló a solas con su esposo muerto; y con él iba a
Cleveland, a Cleveland, la ciudad de los funerales. ¡Largo, tristísimo e imponente
viaje! La noche, negra; el campo, vasto; fragante el aire; el tren veloz; y el hombre,
muerto. Silbaba la locomotora en la campiña; las brisas en los árboles rumoraban; y
corrían los arroyos en la naturaleza, junto a aquel en quien había cesado ya de correr
el arroyo de la vida. Sonaban en la medianoche, las campanas de iglesias y de escuelas,
grave, lúgubremente. En la pradera solitaria, y valle ameno, veíanse a la tibia luz de
la aurora, grupos de campesinos que aguardaban el paso del tren, con la cabeza
descubierta; labradorcillos con el rostro mustio; labradoras que en tributo al muerto, le
ofrecían el reposo nocturno.
En Cleveland, en tanto, era día la noche, y todo anhelo y rivalidad
por recibir al glorioso huésped. La quieta, la religiosa, la modesta Cleveland, erigía,
con singular presteza en su mejor plaza un admirable monumento. ¿Mas dónde había ella
de alojar a los cien mil espectadores? ¿Con qué provisiones había de alimentarlos ella?
Las casas privadas se trocaron en hoteles; las empresas de los ferrocarriles alquilaron
los asientos de los carros; se juzgó cama buena un montón de césped, o una silla
piadosa; resonaban por todas partes en la ciudad redobles de tambores; lucían las
diputaciones militares del país sus pintorescos uniformes; ondeaban al aire las plumas de
los cascos; las manos de las damas elaboraban hermosas coronas; de siemprevivas y laureles
estaban regadas las alfombras de las casas y las calles. Campamento era el pueblo.[...]
El dolor alimenta, el dolor purifica, el dolor nutre. El caudal de los
pueblos son sus héroes. Los hombres son pequeños maguas que chocan y se quiebran, y de
los vasos rotos surge esencia de amor que alienta al vivo. La tierra, gigantesca y
maravillosa, con sus bravos que caen, sus malvados que hieren, sus altos que asombran, sus
tenacidades que repugnan, sus fuerzas que adelantan, y sus fuerzas que resisten, sus
pasiones que vuelan, y sus apetitos que devoran; la tierra, pintoresco circo inmenso de
espléndida batalla, en que riñen con su escudo de oro los siervos de la carne, y con su
pecho abierto los siervos de la luz; la tierra es una lid tempestuosa, en que los hombres,
como ápices de brillantes y chispas fúlgidas, saltan, revolotean, lucen y perecen; la
tierra es un mortal combate cuerpo a cuerpo, ira a ira, diente a diente, entre la ley de
amor y la ley de odio. Ha vencido esta vez la ley de amor.
La Opinión Nacional, 19 de octubre de 1881.
CONEY ISLAND
En los fastos humanos, nada iguala a la prosperidad maravillosa de los
Estados Unidos del Norte. Si hay o no en ellos falta de raíces profundas; si son más
duraderos en los pueblos los lazos que ata el sacrificio y el dolor común que los que ata
el común interés; si esa nación colosal, lleva o no en sus entrañas elementos feroces
y tremendos; si la ausencia del espíritu femenil, origen del sentido artístico y
complemento del ser nacional, endurece y corrompe el corazón de ese pueblo pasmoso, eso
lo dirán los tiempos.
Hoy por hoy, es lo cierto que nunca muchedumbre más feliz, más
jocunda, más bien equipada, más compacta, más jovial y frenética ha vivido en tan
útil labor en pueblo alguno de la tierra, ni ha originado y gozado más fortuna, ni ha
cubierto los ríos y los mares de mayor número de empavesados y alegres vapores, ni se ha
extendido con más bullicioso orden e ingenua alegría por blandas costas, gigantescos
muelles y paseos brillantes y fantásticos.
Los periódicos norteamericanos vienen llenos de descripciones
hiperbólicas de las bellezas originales y singulares atractivos de uno de esos lugares de
verano, rebosante de gente, sembrado de suntuosos hoteles, cruzado de un ferrocarril
aéreo, matizado de jardines, de kioscos, de pequeños teatros, de cervecerías, de
circos, de tiendas de campaña, de masas de carruajes, de asambleas pintorescas, de
casillas ambulantes, de vendutas, de fuentes.
Los periódicos franceses se hacen eco de esta fama.
De los lugares más lejanos de la Unión Americana van legiones de
intrépidas damas y de galantes campesinos a admirar los paisajes espléndidos, la impar
riqueza, la variedad cegadora, el empuje hercúleo, el aspecto sorprendente de Coney
Island, esa isla ya famosa, montón de tierra abandonado hace cuatro años, y hoy lugar
amplio de reposo, de amparo y de recreo para un centenar de miles de neoyorquinos que
acuden a las dichosas playas diariamente.
Pero lo que asombra allí no es este modo de bañarse, ni los rostros
cadavéricos de las criaturitas, ni los tocados caprichosos y vestidos incomprensibles de
aquellas damiselas, notadas por su prodigalidad, su extravagancia, y su exagerada
disposición a la alegría; ni los coloquios de enamorados, ni las casillas de baños, ni
las óperas cantadas sobre mesas de café, vestidos de Edgardo y de Romeo, y de Lucía y
de Julieta; ni las muecas y gritos de los negros minstrels, que no deben ser ¡ay!
como los minstrels de Escocia; ni la playa majestuosa, ni el sol blando y sereno;
lo que asombra allí es, el tamaño, la cantidad, el resultado súbito de la actividad
humana, esa inmensa válvula de placer abierta a un pueblo inmenso, esos comedores que,
vistos de lejos, parecen ejércitos en alto, esos caminos que a dos millas de distancia no
son caminos, sino largas alfombras de cabezas; ese vertimiento diario de un pueblo
portentoso en una playa portentosa; esa movilidad, ese don de avance, ese acometimiento,
ese cambio de forma, esa febril rivalidad de la riqueza, ese monumental aspecto del
conjunto que hacen digno de competir aquel pueblo de baños con la majestad de la tierra
que lo soporta, del mar que lo acaricia y del cielo que lo corona, esa marea creciente,
esa expansividad anonadora e incontrastable, firme y frenética, y esa naturalidad en lo
maravilloso; eso es lo que asombra allí.
Otros pueblos, y nosotros entre ellos, vivimos devorados por un sublime
demonio interior, que nos empuja a la persecución infatigable de un ideal de amor o
gloria; y cuando asimos, con el placer con que se ase un águila, el grado del ideal que
perseguíamos, nuevo afán nos inquieta, nueva ambición nos espolea, nueva aspiración
nos lanza a nuevo vehemente anhelo, y sale del águila presa una rebelde mariposa libre,
como desafiándonos a seguirla y encadenándonos a su revuelto vuelo.
No así aquellos espíritus tranquilos, turbados sólo por el ansia de
la posesión de una fortuna. Se tienden los ojos por aquellas playas reverberantes; se
entra y sale por aquellos corredores, vastos como pampas; se asciende a los picos de
aquellas colosales casas, altas como montes; sentados en silla cómoda, al borde de la
mar, llenan los paseantes sus pulmones de aquel aire potente y benigno; mas es fama que
una melancólica tristeza se apodera de los hombres de nuestros pueblos hispanoamericanos
que allá viven, que se buscan en vano y no se hallan; que por mucho que las primeras
impresiones hayan halagado sus sentidos, enamorado sus ojos, deslumbrado y ofuscado su
razón, la angustia de la soledad les posee al fin, la nostalgia de un mundo espiritual
superior los invade y aflige; se sienten como corderos sin madre y sin pastor, extraviados
de su manada; y, salgan o no a los ojos, rompe el espíritu espantado en raudal
amarguísimo de lágrimas, porque aquella gran tierra está vacía de espíritu.
Pero ¡qué ir y venir! ¡qué correr del dinero! ¡qué facilidades
para todo goce! ¡qué absoluta ausencia de toda tristeza o pobreza visibles! Todo está
al aire libre: los grupos bulliciosos; los vastos comedores; ese original amor de los
norteamericanos, en que no entra casi ninguno de los elementos que constituyen el
pudoroso, tierno y elevado amor de nuestras tierras; el teatro, la fotografía, la casilla
de baños; todo está al aire libre. Unos se pesan, porque para los norteamericanos es
materia de gozo positivo, o de dolor real, pesar libra más o libra menos; otros, a cambio
de 50 céntimos, reciben de manos de una alemana fornida un sobre en que está escrita su
buena fortuna; otros, con incomprensible deleite, beben sendos vasos largos y estrechos
como obuses, de desagradables aguas minerales.[...]
Los menos ricos, comen cangrejos y ostras sobre la playa, o pasteles y
carnes en aquellas mesas gratis que ofrecen ciertos grandes hoteles para estas comidas;
los adinerados dilapidan sumas cuantiosas en infusiones de fucsina, que les dan por vino;
y en macizos y extraños manjares que rechazaría sin duda nuestro paladar pagado de lo
artístico y ligero.
Aquellas gentes comen cantidad; nosotros clase.
Y este dispendio, este bullicio, esta muchedumbre, este hormiguero
asombroso, duran desde junio a octubre, desde la mañana hasta la alta noche, sin
intervalo, sin interrupción, sin cambio alguno.
De noche, ¡cuánta hermosura! Es verdad que a un pensador asombra
tanta mujer casada sin marido; tanta madre que con el pequeñuelo al hombro pasea a la
margen húmeda del mar, cuidadosa de su placer, y no de que aquel aire demasiado
penetrante ha de herir la flaca naturaleza de la criatura; tanta dama que deja abandonado
en los hoteles a su chicuelo, en brazos de una áspera irlandesa, y al volver de su largo
paseo, ni coge en brazos, ni besa en los labios, ni satisface el hambre a su lloroso
niño.[...]
Las luces eléctricas que inundan de una claridad acariciadora y
mágica las plazuelas de los hoteles, los jardines ingleses, los lugares de conciertos, la
playa misma en que pudieran contarse a aquella luz vivísima los granos de arena parecen
desde lejos como espíritus superiores inquietos, como espíritus risueños y diabólicos
que traveseasen por entre las enfermizas luces de gas, los hilos de faroles rojos, el
globo chino, la lámpara veneciana. Como en día pleno, se leen por todas partes
periódicos, programas, anuncios, cartas. Es un pueblo de astros; y así las orquestas,
los bailes, el vocerío, el ruido de olas, el ruido de hombres, el coro de risas, los
halagos del aire, los altos pregones, los trenes veloces, los carruajes ligeros, hasta que
llegadas ya las horas de la vuelta, como monstruo que vaciase toda su entraña en las
fauces hambrientas de otro monstruo, aquella muchedumbre colosal, estrujada y compacta, se
agolpa a las entradas de los trenes que repletos de ella, gimen, como cansados de su peso,
en su carrera por la soledad que van salvando, y ceden luego su revuelta carga a los
vapores gigantescos, animados por arpas y violines que llevan a los muelles y riegan a los
cansados paseantes, en aquellos mil carros y mil vías que atraviesan, como venas de
hierro, la dormida Nueva York.
La Pluma, 3 de diciembre de 1881.
PASCUAS Y CHRISTMAS
Nueva York es en estos días ciudad ocupadísima: es fiesta de ricos y
de pobres, y de mayores y pequeños. Son días de finezas entre los amantes, de efusión
entre los amigos, de regocijo, susto y esperanza en los niños. La madrecita pobre ha
esperado a las Pascuas para hacer a su hija el traje nuevo de invierno, con que saldrá el
domingo pascual, como cabritillo en día de sol, y a triscar por las calles populosas.
¡Rubíes hay de alto precio en las acaudaladas joyerías, mas no vale ninguno lo que
valen esas gotas de sangre que acoralan los dedos afanados de la madrecita buena! Los
jefes de familia vuelven a sus casas sonriendo con malicia como que llevan ocultos en los
amplios bolsillos del abrigo, los presentes para la esposa y los hijuelos. La abuela
generosa vuelve toda azorada de las tiendas, porque no sabe cómo podrán entrar a la
casa, sin ser vistos de los vigilantes niños, los regalos misteriosos que vienen
estrechos al que los carga. Los lucientes carros en que los grandes bazares envían a la
vivienda de los compradores los objetos comprados, cruzan con estrépito y prisa las
calles animadas, entre racimos de pequeñuelos concupiscentes que ven absortos y
malhumorados aquellas riquezas que no son para ellos, o se agolpan a la verja de hierro,
en torno de la madre que en vano los acalla, para ver bajar del carro bienvenido la caja
de las maravillas. ¡Ay, qué tristes los que ven pasar el carro! ¡Oh, qué aurora en los
ojos de los que lo reciben! Conciértanse las vecinas para ir a las tiendas y elegir
regalos; pone el empleado del mercader aparte la soldada de la semana, para comprar con
ella presente lujoso a su prometida o amiga; dispone en su mesa el dueño de la casa los
asientos de sus amigos más queridos; cuelgan los padres en las horas de la noche, por no
ser vistos de los hijos candorosos, de bujías de colores y bolsillos de dulces, y
brillantes juguetes, el árbol de Christmas; recuentan de antemano las doncellas vanidosas
cuántos galanes vendrán a saludarlas en las alegres pascuas y cuántos saludarán a su
vecina. Doblan los periódicos sus páginas, y las acompañan de láminas hermosas, llenas
de nevadas campiñas, de revoltosos venados, de barbudos viejos, de chimeneas abiertas, de
calcetines próvidos: los símbolos de Christmas. Aderezan los pastores el órgano sonoro
de sus templos. Y dispónense a baile suntuoso los magnates de la metrópoli, y los
alegres, que son otros magnates. La alegría es collar de joyas, manto de rica púrpura,
manojo de cascabeles. Y la tristeza ¡pálida viuda! Así son en Nueva York las Pascuas de
diciembre.[...]
No son las Christmas del yanqui como las Pascuas del hidalgo. Ni es la
cena sino mero accidente de este regocijado jubileo. Las Christmas, son las fiestas del
dar y del recibir; de hacer donativos al pariente pobre; de ostentar sobra de dinero; de
buscarlo para ostentarlo; de visitar a los conocidos; de enviar, con ramos de flores,
artísticas tarjetas de dibujos pascuales, de engastar en el pie del ramillete fragante,
serpenteantes cables de oro, que se usan en este invierno como anillos. Las Christmas son
las fiestas de niñas casaderas, que acaparan en ellas presentes de relacionados y
conocidos, se dan con júbilo al placer desenfrenado de la compra, prenden flores al traje
de máscara que lucirán en el baile de la noche, y aguardan, en la cohorte de amigos que
ha de venir a desearles pascua alegre, a aquel de entre ellos con quien es más alegre la
Pascua, y la amistad más deleitosa. Las Christmas son las fiestas de los padres que ven,
como nidal de tórtolas gozosas, agruparse en torno a la mesa de los regalos, la niña
esbelta, el varón apresurado, la crianza balbuciente, y olvidan las desventuras de la
tierra en aquel gozo ingenuo y celeste compañía. Las Christmas son la fiesta amada de
los pequeñuelos, cuyos deseos de todo el año van siendo encomendados a este día
solemnísimo, en que se entrará el buen viejo Santa Claus por la chimenea de la casa, se
calentará del frío del viaje junto a las brasas rojas que se consumen en la estufa, y
dejará en el calcetín maravilloso que cada niño pone a la cabecera de su cama, su caja
de presentes. Y luego, subirá chimenea arriba, se calará su turbante recio, se mesará
la barba blanca, se echará sobre el rostro la capucha para ampararse de la nieve, tomará
la rienda de los ligeros venados que arrastran su trineo, y echará a andar por los aires,
a los alegres sones de las colleras de campanillas, hasta la chimenea del niño vecino. A
Santa Claus, que es el buen Santo Nicolás, ruegan los niños todo el mes de diciembre; y
le prometen conducirse bien, como a la Lela Marien, que es la dulcísima Virgen, ofrecen
en casos graves las gallardas moras; y le escriben cartas, y le incluyen la lista de los
presentes que desean; y piden a sus padres que le envíen un telegrama, para que la
respuesta venga pronto. Y Santa Claus es muy bueno, ¡y siempre responde! ¡Oh, calcetín
prodigiosísimo! Los niños quieren esta noche tener pies tamaños, como los de los
gigantes de Perrault. Nada despierta como el deseo, y al alba ya están despiertos. ¡Qué
resonar de clarines! ¡Qué redoblar de tambores! De aquel calcetín salen, como de un
cuerno de la abundancia: ¡vestidos completos, arreos marciales, botines de seda,
muchedumbre de confites, gorras de piel de foca, estuches de carpintería, bastones,
relojes, juguetes, hermosísimos libros! ¡Qué reír! ¡Qué vocear! ¡Qué darse celos!
¡Qué ser felices! ¡Oh, tiempos de dulce engaño, en que los padres próvidos cuidan, a
costa de ahogar los suyos, de la satisfacción de nuestros deseos! ¡Qué bueno es llorar
a mares, si podemos traer con nuestro llanto una sonrisa a los labios del hijo
pequeñuelo! No hay como vivir para los otros, lo que da suave orgullo y fortaleza.
Tiffany es poderosísimo joyero. Museo es su casa, no tienda: exhibe en
un piso maravillas de cerámica, y en otro, castos mármoles y ricos bronces, y en otro
tal cúmulo de costosa prendería, que no parecen aquellos mostradores propiedad de
mercader privado, sino tesoro de monarca persa. Ira y piedad levanta el puñado de gentes
ávidas que rodea siempre el mostrador de los diamantes. Parecen esclavas, prosternadas
ante un señor. Una esclava es más dolorosa de ver que un esclavo. ¡Cuánto deseo!
¡Cuánta sonrisa forzada! ¡Cuánta tristeza! ¡Oh, si miraran de esa manera en el alma
de sus hijos: qué hermosos diamantes hallarían![...]
¡Qué multitudes! ¡Son bosques humanos! ¡Qué tiendas! No fue más
animado, ni tuvo más compradores, un mercado de Tiro. Afluyen en las calles, como ríos,
procesiones de paseantes: el buhonero pregona sus baratijas: amparado de la lluvia, que no
detiene a los compradores, por fuertes botas, gabán fuerte y gorra de hule, el guardia de
policía alza en su brazo robusto su bastoncillo corto, a cuya señal detiene los fornidos
corceles el cochero de casa poderosa, y enfrena sus caballos pesados el carretero que
lleva su carro rojo lleno de altos cajones; y el férreo irlandés que conduce con su
montuosa mano el vagón del tranvía, para de súbito los brutos espumantes y nerviosos,
en tanto que el guardia dirige el paso de aquel núcleo de transeúntes de una acera a
otra, tras el cual, a otra señal del corto bastoncillo, emprenden su bulliciosa marcha,
vagón, carro y carruaje. Todo el día es comprar y vender. Museos son las aceras, las
manos fuentes de oro, las gentes, locos ávidos. Y de noche, entre los rizos rubios de los
niños, revuelan sobre la cándida almohada, sueñecillos azules.
¿Qué suceso ha de alcanzar importancia en estos días de tantas
lágrimas calladas de las madrecitas para cuyos hijos no entrará el buen Santa Claus por
la ruinosa chimenea, y de tantos delicados gozos para el padre que llevará a su prole una
casa en miniatura, por cuyas puertas y balcones han de verse, en salones liliputienses,
libros, juguetes y ricas prendas de vestidos? ¿En qué acontecimiento ha de ponerse mente
atenta, en estos días en que domina a los hombres ansia de hogar y goces puros, y
descansan las plumas y las malas pasiones, y como palomar en día de estío, abren las
alas las pasiones buenas?[...]
Y los hebreos celebran su Chanucka; y los hijos de los peregrinos el
desembarco de los mensajeros de la libertad, que un día once de diciembre llegaron a las
playas de la misteriosa América hace doscientos sesenta y un años. De su religión, los
hebreos como los polacos, hacen patria. ¡Otros la hacen de un amor, y muerto él, van por
la tierra como desterrados! ¡Otros la hacen de un sueño! Aquella lengua raizal, como fue
hecha y hablada en tiempos raíces, de que han venido luego estos pueblos de ahora, como
frondosísimo ramaje, es conservada con pasión, cual joya de familia, en la casa de los
judíos. Para ellos, la indiferencia religiosa, no es delito de incredulidad, sino de
traición. Dejar solo el templo en los días de fiesta, es desertar de las banderas de la
patria; y ¡de la patria puede tal vez desertarse, mas nunca en su desventura![...]
Los hijos de los peregrinos tuvieron también su fiesta: mas ¡ay! que
ya no son humildes, ni pisan las nieves del Cabo Cod con borceguíes de trabajadores, sino
que se ajustan al pie rudo la bota marcial, y ven de un lado al Canadá, y del otro a
México. Así decía, a la faz del Presidente de los Estados Unidos, que se sentaba a la
cabeza del banquete y es miembro de la asociación celebradora, un caballero senador que
dijo, por otra parte, con justicia, que le movía a cólera y desprecio, el hombre
menguado que por pereza o ignorancia se negaba a tomar parte activa en los asuntos de su
pueblo. Decía así el senador Hawley: "Y cuando hayamos tomado a Canadá y a
México, y reinemos sin rivales sobre el continente, ¿qué especie de civilización
vendremos a tener en lo futuro?" ¡Una, terrible a fe: la de Cartago!
La Opinión Nacional, 6 de enero de 1882
CAPITALISTAS Y OBREROS
Estamos en plena lucha de capitalistas y obreros. Para los primeros son
el crédito en los bancos, las esperas de los acreedores, los plazos de los vendedores,
las cuentas de fin de año. Para el obrero es la cuenta diaria, la necesidad urgente e
inaplazable, la mujer y el hijo que comen por la tarde lo que el pobre trabajó para ellos
por la mañana. Y el capitalista holgado constriñe al pobre obrero a trabajar a precio
ruin.
Los que viven suntuosamente, merced a colosales especulaciones, azuzan
al Congreso, a fin de mantener siempre repletas las arcas del Tesoro, a no mermar las
contribuciones exorbitantes que afligen los frutos y tráficos en toda la nación. De este
exceso de contribuciones, a poco que las cosechas mermen, o que algún producto escasee,
viene exceso de precios. Para el capitalista, unos cuantos céntimos en libra en las cosas
de comer, son apenas una cifra en la balanza anual. Para el obrero, esos centavos
acarrean, en su existencia de centavos, la privación inmediata de artículos elementales e imprescindibles. El obrero pide
salario que le dé modo de vestir y comer. El capitalista se lo niega.
Otras veces, movido del conocimiento del excesivo provecho que reporta
al capitalista un trabajo que mantiene al obrero en pobreza excesiva, rebélase este
último, en demanda de un salario que le permita ahorrar la suma necesaria para aplicar
por sí sus aptitudes o mantenerse en los días de su vejez.
Pero ya estas rebeliones no son hechos aislados. Las asociaciones
obreras, infructuosas en Europa y desfiguradas a manos de sus mismos creadores, por
haberse propuesto, a la vez que remedios sociales justos, remedios políticos violentos e
injustos, son fructuosas en Norteamérica, porque sólo se han propuesto remediar por
modos pacíficos y legales los males visibles y remediables de los obreros.
Ya no hay ciudad que no tenga tantas asociaciones como gremios. Ya los
trabajadores se han reunido en una colosal asociación, que llaman de Caballeros del
Trabajo. Ya, por treintenas de miles, como ahora mismo en Pittsburgh, se cruzan de brazos,
animosos y firmes, ante los fabricantes de hierro que tenazmente les niegan el aumento de
sueldo que demandan. Ya, como hoy en New York, los trenes cesan, los barcos duermen, los
frutos se enmontañan en las estaciones de embarque de los ferrocarriles, y el comercio de
toda la nación sufre extraordinaria merma, porque los cargadores piden a las empresas
ferrocarrileras un salario que les permita comer carne.
Piden 20 centavos por cada hora de faena, y que les aseguren trabajo
por dos pesos diarios, porque hombre que va y viene a leguas del lugar de su labor, y come
fuera de casa y tiene en casa mujer e hijos, y para trabajar ha de vivir en ciudad
costosa, no puede hacer con menos de dos pesos, vida de ciudad.
Las empresas de ferrocarril, teniendo en poco a sus cargadores,
negáronse a la demanda, y hace un mes que están faz a faz los dos bandos hostiles.
Toda la ciudad está del lado de los cargadores
desatendidos. ¡Con qué entereza están llevando su mes de penuria! ¡Qué
gozo da verlos, como ennoblecidos de súbito, por el ejercicio de su
dignidad, acudiendo, comedidos y limpios, ya a
grandes paradas, en que recorren las calles sigilosa y ordenadamente, ya a reuniones que
celebran en medio de las plazas, en los muelles abandonados, en humildes salones! Acá
hacen tribuna de un carro que les presta un irlandés fornido; allá, de un montón de
cajas; más allá, de una elevación del terreno. Está siendo una interesantísima
batalla.
Vese ahora como no es de desdeñar el trabajo más ruin. Esos rodadores
de baúles, esos empujadores de sacos, han conmovido y dificultado el comercio de toda la
nación. Las empresas ferrocarrileras, teniendo en cuenta la penuria excesiva de las
clases pobres, buscaron y hallaron al punto millares de cargadores nuevos. Mas eran
italianos, no hechos a esta labor ruda; eran alemanes, sobrado varoniles para siervos;
eran judíos fugitivos de Rusia, a quienes sus súbitos y tremendos males privan de ánimo
y fuerzas.
Creyóse al principio que, reemplazados los cargadores, o reentrarían
en sus puestos por el ruin salario viejo, o quedaría la labor a cargo de los nuevos.
Pero ya era que los novicios no acertaban con la ágil manera de cargar
de los rebeldes; ya que centenares de carros aguardaban en vano repletos a las puertas de
los colosales almacenes; ya que los mozos ásperos de los barrios perseguían sin descanso
a los obreros nuevos que trabajaban, y aún trabajan, como sitiados, en los almacenes, y
amparados por gruesos destacamentos de policía. Y ya es, que merced a su cordura y
paciencia, abandonan en masa los trabajadores nuevos a sus empleadores, y se unen
bravamente a la protesta de los cargadores rebeldes. Todos, hoy, italianos, alemanes y
judíos rusos, abrazados fraternalmente por las calles, y acudiendo a reuniones
entusiastas en que se hablan a la par todas las lenguas, demandan a las compañías de
ferrocarril, que ha poco aumentaron sin pretexto los precios de carga, el nuevo sueldo y
la nueva garantía.
Gran suceso es éste en esta lucha. Antes, si los trabajadores del
país se declaraban en huelga, acudíase a los italianos, puestos a trabajar por pobre
precio. Ahora, rebelados ya los italianos, que entienden que realzando las condiciones del
trabajo para otros, las realzan para sí, los empleadores habrán de ceder a las demandas
justas de los empleados. Que no es de creer que por demanda injusta se exponga un obrero,
que tiene su arca en sus brazos, a dejar en hambre y miseria su casa desolada.
Y así quedan: soberbios los del ferrocarril; confiados y ayudados con
buenas sumas de dinero por los obreros de toda la nación, y gentes ricas de buena
voluntad, los cargadores. De manera pasmosa se entrelazan e intiman los cuerpos de
obreros.
Se agrupan rápidamente, como elementos dispuestos ya al combate. No
sólo tiene cada cuerpo fondos propios, sino que se está creando extraordinario fondo
general para que sirva de arca permanente a cada cuerpo en huelga. Esto hasta ahora es
justicia. Quiera la buena fortuna que luego de satisfecha, no se trueque en celo e ira.
Porque en este pueblo de trabajadores, será tremenda una liga ofensiva de los
trabajadores. Ya están en ella. El combate será tal que conmueva y remueva el Universo.
Estas que hierven, son las leyes nuevas. Esta es en todas partes época de
reenquiciamiento y de remolde. El siglo pasado aventó, con ira siniestra y pujante, los
elementos de la vida vieja. Estorbado en su paso por las ruinas, que a cada instante, con
vida galvánica amenazan y se animan, este siglo, que es de detalle y preparación,
acumula los elementos durables de la vida nueva.
La Nación, 13 de septiembre de 1882.
LOS BARRIOS POBRES
DE NUEVA YORK
El invierno es un féretro; y las almas, con las primeras luces del
verano, se visten de amores, como los parques de ramos de lilas. En los barrios míseros
que echan sus gentes sofocadas a las grandes avenidas, trepan por las rodillas de sus
madres, como insectos por troncos de árboles, los niñuelos enfermos, esos pobres
niñuelos descarnados y exangües que en estas grandes ciudades sin fe y sin sosiego,
tienen, como flores de lodo, de mujeres brutales los trabajadores descontentos e
iracundos: esos niños, apenas se acerca el sol a la tierra, se empiezan a secar, encoger
y desvanecer, como los pantanos en los meses ardientes. Se busca a las fieras en los
bosques: buscarlas, y convertirlas, se debe, en las entrañas turbias de estas ciudades
opulentas. Los niños que en Nueva York gustan más de pelotas y pistolas que de libros,
porque en las escuelas las maestras que no ven en la enseñanza su carrera definitiva, no
les enseñan de modo que el estudio los ocupe y enamore, y de las casas, los padres
acostumbran feamente empujarlos, como para que no les enojen con sus travesuras y enredos,
a las calles; los niños, ¡válganos Dios!, o se detienen en las esquinas, lo que no es
del todo mal, a trocar coqueterías con damiselillas pizpiretas de diez o doce años que
con mirada y aire de mujer van solas; o se entran a la callada, a escondidas de la
policía, en un patio a jugar a la pelota, o salen de las cigarrerías, que por esta
maldad debieran ser tapiadas con el cigarrero adentro, ostentando en los labios sin bozo,
encendidos pitillos. Y si se va por los barrios pobres, es usual ver cómo en las barbas
del gendarme, que suele no ir muy seguro sobre sus pies, unos chicuelos descalzos empinan
por turno una botella de cerveza, y hacen burla a un Rinconete de diez años, que pasa
ebrio y tambaleando, mal sujeto del brazo por un Cortadillo balbuciente. ¡Válganos Dios,
decimos! ¿No estarían mejor los fieles de las iglesias levantando estas almas, y
calzando a estos desnudos, y apartando estas botellas de los labios, que oyendo
comentarios sobre la bestia del Apocalipsis, y regocijándose en los picotazos que se dan
los pastores de los templos rivales del distrito? ¿Quieren levantar templo? Que hagan
casas para los pobres. ¿Salvar almas quieren? Pues bájense a este infierno, no con
limosnas que envilecen, sino con las artes del ejemplo, puesto que la naturaleza humana,
esencialmente buena, apenas ve junto a sí modelo noble, se levanta hasta él.
Envíense conversadores de alma sana por esos barrios bajos;
regálenseles periódicos amenos, que no les enojen con pláticas sermoníacas de virtudes
catecismales, sino que lleven la virtud invisible envuelta en las cosas que al pueblo
interesan, de manera que no vean que está allí, y sospechen que se la quieren imponer,
porque entonces no la aceptarán. Se curan las llagas en el pecho, y no se curan esos
suburbios en las ciudades. En los Ateneos se habla mucho de progresos insignes, y en los
editoriales de los diarios; pero no se ve que se está haciendo en casi todas partes el
pan nacional con levadura de tigres. Esto sobre todo es peligroso, en países donde, como
en éste, el tigre manda. Así, las repúblicas van a los tiranos. Quien no ayuda a
levantar el espíritu de la masa ignorante y enorme, renuncia voluntariamente a su
libertad.[...]
El súbito ascenso de los hombres a la igualdad política, ha originado
un desequilibrio y trastorno económicos que en todas las partes del mundo se notan; así
como la súbita cultura, y la necesidad ardiente de ella, los han puesto en desigualdad
con los medios de darles satisfacción; que no crecen con tanta rapidez como los apetitos.
En las tierras donde toda la vida se es mozo, y se tiene en más el merecer las miradas de
una dama, o la amistad de un hombre, que el aumentar las arcas; y se vive en el amor
caluroso de la patria, en la doliente contemplación de sus desdichas, en el pago y la
solicitud de los afectos, en los arrobos y ganancias del espíritu, en el espectáculo
sano y confortante de una Naturaleza próvida y amiga, no se convierten todas las fuerzas
a un solo objeto que las absorbe e hipertrofia; sino que se distraen y balancean; y como
que se recibe placer en las amenidades del alma, no se pone toda la voluntad, y la faena,
en crearse una riqueza sin la cual es aún posible la ventura.
Pero en estas naciones donde del acumulamiento mismo de hombres vienen
soledad y abandono espantosos, donde sólo una porción escasa de los que nacen en el
país se sienten prendidos de él por sus padres y abuelos, y por esa interpenetración
misteriosa del espíritu del hombre y el del pueblo en que viene a la vida; donde los
mismos hijos del país son desterrados, y más que a una patria accidental que no puede
tener para ellos ternuras maternales, aman acaso la de sus padres extranjeros que vieron
siempre venerada en el hogar, como a una muerta adorada; o caen en el horror de no amar a
patria alguna; en este pueblo de niños educados en la regata funesta por la riqueza, en
que sin sueño y sin día de fiesta forcejea la nación; y de hombres desvalidos cuya
existencia entera, acerba como la duda e inquieta como la náusea, pasa en el combate por
asegurarse el bienestar, que para luego en el constante susto de perderlo, o en el vicio
censurable de acrecentarlo, en este pueblo revuelto, suntuoso y enorme, la vida no es más
que la conquista de la fortuna: ésta es la enfermedad de su grandeza. La lleva sobre el
hígado: se le ha entrado por todas las entrañas: lo está trastornando, afeando y
deformando todo. Los que imiten a este pueblo grandioso, cuiden de no caer en ella. Sin
razonable prosperidad, la vida, para el común de las gentes, es amarga; pero es un
cáncer sin los goces del espíritu.
Tal sería la gran tarea de los hombres previsores de este pueblo; y
tal fue, como si le hubiese vivido una estrella en el pecho, la tarea de Emerson:
espiritualizarlo. En la naturaleza espiritual, como en la física, como en la histórica,
lo grande amenaza lo esencial: se ve en los poetas verbosos, en cuyo hojerío lo ideal se
diluye, afloja y evapora; se ve en la rosa centifolia, monumental, mas sin aroma; y en
este pueblo arrebatado, que ofrece tal vez el espectáculo más admirable que hayan
presentado jamás los hombres sobre la tierra, en este pueblo rebosante se está viendo.
Naturalmente, de tanta fatiga, del deshábito del buen comercio, de la
amistad inteligente, del desconocimiento de los placeres delicados y superiores que vienen
de la posesión y ejercicios de los afectos, los hombres se van a regocijos acres y locos.
Como que con las uñas y con los dientes pelean por asir el premio de oro, tienen placer
en lucirlo, y entre el ganarlo y el ostentarlo, se les va por entre los dedos, pueril a
veces como la de un niño, la vida. No saben cautivar a la hermosura con las únicas armas
que la rinden, y la compran o la toman en alquiler, lo que es tanto como acostar una hidra
en el tálamo. La mujer, que abomina siempre a quien la paga, siente odio de sí y cae de
un lado y de otro, buscando refugio. Honradas a veces, como en algo se han de complacer,
se complacen, con arrobos de enamoramiento y ardores de pasión, en sus joyas y vestidos;
por donde en ocasiones es profunda virtud lo que parece un defecto. Se crea un ser nuevo,
triste como una llaga: la esposa manceba.
El hogar es un cuarto de hotel, cuyas paredes no son cual aquéllas de
nuestras casas, a las que se ama y conversa, como a seres vivos, y de quienes no se aparta
el alma sin desgarramiento, tal como el árbol de la tierra en que tiene sus raíces:
cuarto de hotel es el hogar, donde el proveedor va a dormir, y a que le vean su lujo, y de
donde la mujer, como de una tumba, huye. Las familias se cimientan, de parte del hombre,
en una imperfecta necesidad de compañía, o en una exigente atracción física; y del
lado de la mujer, en el goce de entrar a disponer de más amplio peculio. Como las
ganancias suelen ser extraordinarias, tanto como las pérdidas, la vida llega a ser
enfermiza y violenta como la de los jugadores. Un día es un perro que viene de regalo en
los brazos del amo ganancioso; un perro amarillo de hocico negro, con collar de plata;
otros, los días de pérdida, el perro viene dentro del amo.
La Nación,16 de julio de 1884.
HONORES A KARL MARX
Por tabernas sombrías, salas de pelear y calles obscuras se mueve ese
mocerío de espaldas anchas y manos de maza, que vacía de un hombre la vida como de un
vaso la cerveza. Mas las ciudades son como los cuerpos, que tienen vísceras nobles, e
inmundas vísceras. De otros soldados está lleno el ejército colérico de los
trabajadores. Los hay de frente ancha, melena larga y descuidada, color pajizo, y mirada
que brilla a los aires del alma en rebeldía, como hoja de Toledo, y son los que dirigen,
pululan, anatematizan, publican periódicos, mueven juntas, y hablan. Los hay de frente
estrecha, cabello hirsuto, pómulos salientes, encendido color, y mirada que ora reposa,
como quien duda, oye distintos vientos, y examina, y ora se inyecta, crece e hincha, como
de quien embiste y arremete: son los pacientes y afligidos, que oyen y esperan. Hay entre
ellos fanáticos por amor, y fanáticos por odio. De unos no se ve más que el diente.
Otros, de voz ungida y apariencia hermosa, son bellos, como los caballeros de la Justicia.
En sus campos, el francés no odia al alemán, ni éste al ruso, ni el italiano abomina
del austriaco; puesto que a todos los reúne un odio común. ¡De aquí la flaqueza de sus
instituciones, y el miedo que inspiran; de aquí que se mantengan lejos de los campos en
que se combate por ira, aquéllos que saben que la Justicia misma no dá hijos, sino es el
amor quien los engendra! La conquista del porvenir ha de hacerse con las manos blancas.
Más cauto fuera el trabajador de los Estados Unidos, si no le vertieran en el oído sus
heces de odio los más apenados y coléricos de Europa. Alemanes, franceses y rusos guían
estas jornadas. El americano tiende a resolver en sus reuniones el caso concreto: y los de
allende, a subirlo al abstracto. En los de acá, el buen sentido, y el haber nacido en
cuna libre, dificulta el paso a la cólera. En los de allá, la excita y mueve a estallar,
porque la sofoca y la concentra, la esclavitud prolongada. Mas no ha de ser ¡aunque
pudiera ser! que la manzana podrida corrompa el cesto sano. ¡No han de ser tan
poderosas las excrecencias de la monarquía, que pudran y roan como veneno, el seno de la
Libertad!
Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los
débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias
generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la
tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos
hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la
bestia cese, sin que se desborde, y espante. Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas
verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos,
y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo
hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista
enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños
sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero.
De manejar las fuerzas de la Naturaleza, les viene ser hermosos como ellas.
New York va siendo a modo de vorágine: cuanto en el mundo hierve, en
ella cae. Acá sonríen al que huye; allá, le hacen huir. De esta bondad le ha venido a
este pueblo esta fuerza. Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas
bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales
rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de
seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han
tenido gestación natural y laboriosa. Aquí están buenos amigos de Karl Marx, que no fue
sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo
en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido
del ansia de hacer bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino
a lo alto, lucha.
Aquí está un Shevitsch, hombre de diarios: vedlo cómo habla: llegan
a él reflejos de aquel tierno y radioso Bakunin: comienza a hablar en inglés; se vuelve
a otros en alemán: ¡dah! ¡dah! responden entusiasmados desde sus asientos sus
compatriotas cuando les habla en ruso. Son los rusos el látigo de la Reforma: mas no,
¡no son aún estos hombres impacientes y generosos, manchados de ira, los que han de
poner cimiento al mundo nuevo: ellos son la espuela, y vienen a punto, como la voz de la
conciencia que pudiera dormirse: pero el acero del acicate no sirve bien para martillo
fundador.
Aquí está Swinton, anciano a quien las injusticias enardecen, y vio
en Karl Marx tamaños de monte y luz de Sócrates. Aquí está el alemán John Most,
voceador insistente y poco amable, y encendedor de hogueras, que no lleva en la mano
diestra el bálsamo con que ha de curar las heridas que abra su mano siniestra. Tanta
gente ha ido a oírles hablar que rebosa en el salón, y da en la calle. Sociedades
corales, cantan. Entre tanto hombre, hay muchas mujeres. Repiten en coro, con aplauso,
frases de Karl Marx, que cuelgan en cartelones por los muros. Millot, un francés, dice
una cosa bella: "La libertad ha caído en Francia muchas veces: pero se ha levantado
más hermosa de cada caída". John Most habla palabras fanáticas: "Desde que
leí en una prisión sajona los libros de Marx he tomado la espada contra los vampiros
humanos". Dice un McGuire: "Regocija ver juntos, ya sin odios, a tantos hombres
de todos los pueblos. Todos los trabajadores de la tierra pertenecen ya a una sola
nación, y no se querellan entre sí, sino todos juntos contra los que los oprimen.
Regocija haber visto, cerca de lo que fue en París Bastilla ominosa, seis mil
trabajadores reunidos de Francia y de Inglaterra". Habla un bohemio. Leen carta de
Henry George, famoso economista nuevo, amigo de los que padecen, amado por el pueblo, y
aquí y en Inglaterra famoso. Y entre salvas de aplausos tonantes, y frenéticos hurras,
pónese en pie, en unánime movimiento, la ardiente asamblea, en tanto que leen desde la
plataforma en alemán y en inglés dos hombres de frente ancha y mirada de hoja de Toledo,
las resoluciones con que la junta magna acaba, en que Karl Marx es llamado el héroe más
noble y el pensador más poderoso del mundo del trabajo. Suenan músicas; resuenan coros,
pero se nota que no son los de la paz.
La Nación, 13 y 16 de mayo de 1883
LA
INAUGURACION DE LA ESTATUA DE LA LIBERTAD
Terrible es, libertad, hablar de ti para el que no te tiene. Una fiera
vencida por el domador no dobla la rodilla con más ira. Se conoce la hondura del
infierno, y se mira desde ella, en su arrogancia de sol, al hombre vivo. Se muerde el
aire, como muerde una hiena el hierro de su jaula. Se retuerce el espíritu en el cuerpo
como un envenenado.
Del fango de las calles quisiera hacerse el miserable que vive sin
libertad la vestidura que le asienta. Los que te tienen, oh libertad, no te conocen. Los
que no te tienen no deben hablar de ti, sino conquistarte.
Pero levántate ¡oh insecto! que toda la ciudad está llena de
águilas. Anda aunque sea a rastras: mira, aunque se te salten los ojos de vergüenza.
Escúrrete, como un lacayo abofeteado, entre ese ejército resplandeciente de señores.
¡Anda, aunque sientas que a pedazos se va cayendo la carne de tu cuerpo! ¡Ah! pero si
supieran cuánto lloras, te levantarían del suelo, como a un herido de muerte: ¡y tú
también sabrías alzar el brazo hacia la eternidad!
Levántate, oh insecto, que la ciudad es una oda. Las almas dan
sonidos, como los más acordes instrumentos. Y está oscuro, y no hay sol en el cielo,
porque toda la luz está en las almas. Florece en las entrañas de los hombres.
¡Libertad, es tu hora de llegada! El mundo entero te ha traído hasta
estas playas, tirando de tu carro de victoria. Aquí estás como el sueño del poeta,
grande como el espacio de la tierra al cielo.
Ese ruido es el del triunfo que descansa.
Esa oscuridad no es la del día lluvioso, ni del pardo octubre, sino la
del polvo, sombreado por la muerte, que tu carro ha levantado en el camino.[...]
Ayer fue, día 28 de octubre, cuando los Estados Unidos aceptaron
solemnemente la Estatua de la Libertad que les ha regalado el pueblo de Francia, en
memoria del 4 de Julio de 1776, en que declararon su independencia de Inglaterra, ganada
con ayuda de sangre francesa. Estaba áspero el día, el aire ceniciento, lodosas las
calles, la llovizna terca; pero pocas veces ha sido tan vivo el júbilo del hombre.
Sentíase un gozo apacible, como si suavizase un bálsamo las almas:
las frentes en que no es escasa la luz la enseñaban mejor, y aun de los espíritus opacos
surgía, con un arranque de ola, ese delicioso instinto del decoro humano que da esplendor
a los rostros más oscuros.
La emoción era gigante. El movimiento tenía algo de cordillera de
montañas. En las calles no se veía punto vacío. Los dos ríos parecían tierra firme.
Los vapores, vestidos de perla por la bruma, maniobraban rueda a rueda repletos de gente.
Gemía bajo su carga de transeúntes el puente de Brooklyn; Nueva York y sus suburbios,
como quien está invitado a una boda, se habían levantado temprano. Y en el gentío que a
paso alegre llenaba las calles no había cosa más bella, ni los trabajadores olvidados de
sus penas, ni las mujeres, ni los niños, que los viejos venidos del campo, con su
corbatín y su gabán flotante, a saludar en la estatua que lo conmemora el heroico
espíritu de aquel marqués de Lafayette, a quien de mozos salieron a recibir con palmas y
con ramos, porque amó a Washington y lo ayudó a hacer su pueblo libre.[...]
Sigamos, sigamos por las calles a la muchedumbre que de todas partes
acude y las llena: hoy es el día en que se descubre el monumento que consagra la amistad
de Washington y de Lafayette. Todas las lenguas asisten a la ceremonia.
La alegría viene de la gente llana. En los espíritus hay mucha
bandera: en las casas poca. Las tribunas de pino embanderadas esperan, en el camino de la
procesión, al Presidente de la República, a los delegados de Francia, al cuerpo
diplomático, a los gobernadores de Estado, a los generales del ejército.
Aceras, portadas, balcones, aleros, todo se va cuajando de gozoso
gentío. Muchos van por los muelles, a esperar la procesión naval, los buques de guerra,
la flota de vapores, los remolcadores vocingleros que llevarán a los invitados a la Isla
de Bedloe, donde, cubierto aún el rostro con el pabellón francés, espera sobre su
pedestal ciclópeo la escultura. Pero los más afluyen al camino de la gran parada.
Acá llega una banda. Allá viene un destacamento de bomberos, con su
bomba antigua, montada sobre zancos: visten de calzón negro y blusa roja. Abre paso el
gentío a un grupo de franceses, que van locos de gozo. Por allí llega otro grupo:
uniforme muy lindo, todo realzado de cordones de oro, gran pantalón de franja, chacó con
mucha pluma, mostacho fiero, cuerpo menudo, parla bullente, ojo negrísimo: es una
compañía de voluntarios italianos. Por una esquina se divisa el ferrocarril elevado:
arriba, el tren repleto: abajo, reparte sus patrullas la policía, bien cerrada en sus
levitas azules de botón dorado. A nadie quita la lluvia la sonrisa.[...]
Vedlos: ¡todos revelan una alegría de resucitados! ¿No es este
pueblo, a pesar de su rudeza, la casa hospitalaria de los oprimidos? De adentro vienen,
fuera de la voluntad, las voces que impelen y aconsejan. Reflejos de bandera hay en los
rostros: un dulce amor conmueve las entrañas: un superior sentido de soberanía saca la
paz, y aun la belleza, a las facciones; y todos estos infelices, irlandeses, polacos,
italianos, bohemios, alemanes, redimidos de la opresión o la miseria, celebran el
monumento de la libertad porque en él les parece que se levantan y recobran a sí
propios.
¡Vedlos correr, gozosos como náufragos que creen ver una vela
salvadora, hacia los muelles desde donde la estatua se divisa! Son los más infelices, los
que tienen miedo a las calles populosas y a la gente limpia: cigarreros pálidos,
cargadores gibosos, italianas con sus pañuelos de colores: no corren como en las fiestas
vulgares, con brutalidad y desorden, sino en masas amigas y sin ira: bajan del este, bajan
del oeste, bajan de los callejones apiñados en lo pobre de la ciudad: los novios parecen
casados: el marido da el brazo a su mujer: la madre arrastra a sus pequeñuelos: se
preguntan, se animan, se agolpan por donde creen que la verán más cerca.[...]
Ruedan en tanto entre los hurras de la multitud las cureñas
empavesadas por las calles suntuosas: parecen con sus lenguas de banderas, hablar y
saludar los edificios, enfrénanse, piafan y dejan en la playa a sus jinetes los
ferrocarriles elevados, que giran sumisos, como aérea y humeante caballería: los
vapores, cual cargados de un alma impaciente, ensayan el ala que los ata a la orilla; y
allá, a lo lejos, envuelta en humo, como si la saludasen a la vez todos los incensarios
de la tierra, se alza la estatua enorme, coronada de nubes como una montaña.[...]
Pequeña como una amapola lucía a los pies de la estatua la ancha
tribuna, construida para celebrar la fiesta con pinos frescos y pabellones vírgenes. Los
invitados más favorecidos ocupaban la explanada frente a la tribuna. La isla entera
parecía un solo ser humano.
¡No se concibe cómo voceó este pueblo, cuando su Presidente, nacido
como él de la mesa del trabajo, puso el pie en la lancha de honor para ir a recibir la
imagen en que cada hombre se ve como redimido y encumbrado!
Sólo los estremecimientos de la tierra dan idea de explosión
semejante.
El clamor de los hombres moría ahogado por el estampido de los
cañones: de las calderas de las fábricas y los buques se exhalaba a la vez el vapor
preso con un júbilo loco, conmovedor y salvaje: ya parecía el alma india, que pasaba a
caballo por el cielo, con su clamor de guerra: ya que, sacudiendo al encorvarse las
campanas todas, se arrodillaban las iglesias: ya eran débiles o estridentes, imitados por
las chimeneas de los vapores, los cantos del gallo con que se simboliza el triunfo.
Se hizo pueril lo enorme: traveseaba el vapor en las calderas:
jugueteaban por la neblina los remolcadores: azuzaba la concurrencia de los vapores a sus
músicas: los fogoneros vestidos de oro por el resplandor del fuego, henchían de carbón
las máquinas: por entre la nube de humo se veía a los marineros de la armada, de pie
sobre las vergas.
En vano pedía silencio desde la tribuna, moviendo su sombrero negro de
tres picos, el mayor general de los ejércitos americanos: ni la plegaria misma del
sacerdote Storrs, perdida en la confusión, acalló el vocerío: pero Lesseps, Lesseps,
con su cabeza de ochenta años desnuda, bajo la lluvia, supo domarlo. Jamás se olvidará
aquel espectáculo magnífico. Más que de un paso, de un salto se puso en pie el gran
viejo.[...]
Y antes de que se levantara el senador Evarts a ofrecer la estatua al
Presidente de los Estados Unidos en nombre de la Comisión americana, la concurrencia,
conmovida por Lesseps, quiso saludar a Bartholdi, que con feliz modestia se levantó a dar
las gracias al público desde su asiento en la tribuna. Nunca habla el senador Evarts sin
noble lenguaje y superior sentido, y es su elocuencia diestra y genuina, que va a las
almas porque nace de ellas.
Pero la voz se le apagaba, cuando leía en páginas estrechas el
discurso en que pinta, con frase llena de cintas y pompones, la generosidad de Francia.
Y después de Lesseps, parecía una caña abatida: ya en la cabeza no
tiene más que frente: apenas puede abrirse paso la inspiración por su rostro enjuto y
apergaminado: viste gabán, y lleva el cuello vuelto; le cubría la cabeza un gorro negro.
Y cuando inopinadamente, en medio de su discurso, creyeron llegada la
hora de descorrer, como estaba previsto, el pabellón que cubría el rostro de la estatua,
la escuadra, la flotilla, la ciudad, rompió en un grito unánime que parecía ir subiendo
por el cielo como un escudo de bronce resonante: ¡Pompa asombrosa y majestad sublime!;
¡nunca ante altar alguno, se postró un pueblo con tanta reverencia! ¡los hombres
pasmados de su pequeñez, se miraban al pie del pedestal, como si hubieran caído de su
propia altura: el cañón a lo lejos retemblaba: en el humo los mástiles se perdían: el
grito, fortalecido, cubría el aire: la estatua, allá en las nubes, aparecía como una
madre inmensa.
Digno de hablar ante ella pareció a todos el presidente Cleveland. El
también tiene estilo de médula, acento sincero, y voz simpática, clara y robusta.
Sugiere más que explica. Dijo esas cosas amplias y elevadas que están bien frente a los
monumentos. Con una mano tenía asido el borde de la tribuna, y la derecha la hundió en
el pecho bajo la solapa de la levita. Mira con ese amable desafío que sienta a los
vencedores honrados.[...]
Un obispo en aquel instante surgió en la tribuna, alzó la mano comida
por los años, y en el magnífico silencio, puestos en pie a su lado el genio y el poder,
bendijo en nombre de Dios la redentora estatua. Entonó la concurrencia, guiada por el
obispo, un himno lento y suave, la Doxología mística. De lo alto de la antorcha anunció
una señal que había terminado la ceremonia.
Ríos de gente, temerosa de la torva noche, se echaron precipitados,
sin respeto a la edad ni a la eminencia, sobre el angosto embarcadero. Pálidamente
resonaron las músicas, como si desmayasen la luz de la tarde.
El peso del contento, más que el de los seres humanos, hundía los
buques. El humo de los cañonazos envolvía la lancha de honor que llevaba a la ciudad al
Presidente. Las aves sorprendidas, en lo alto de la estatua, giraban como medrosas en
torno al monte nuevo. Más firmes dentro del pecho sentían los hombres las almas.
Y cuando de la isla convertida ya en altar, arrancaban en la sombra
nocturna los últimos vapores, una voz cristalina exhaló una melodía popular, que fue de
buque a buque, y mientras en la distancia se destacaban en las coronas de los edificios
guirnaldas de luces que enrojecían la bóveda del cielo, un canto a la vez tierno y
formidable se tendió al pie de la estatua por el río, y con unción fortificada por la
noche, el pueblo entero, apiñado en las popas de los barcos, cantaba con el rostro vuelto
a la isla: "¡Adiós, mi único amor!"
La Nación, 1 de enero de 1887.
LA FUERZA DEL VOTO
Se pudren las ciudades; se agrupan sus habitantes en castas
endurecidas; se oponen con la continuación del tiempo masas de intereses al
desenvolvimiento tranquilo y luminoso del hombre; en la morada misma de la libertad se
amontonan de un lado los palacios de balcones de oro, con sus aéreas mujeres y sus
caballeros mofletudos y ahítos, y ruedan de otro en el albañal, como las sanguijuelas en
su greda pegajosa, los hijos enclenques y deformes de los trabajadores, en quienes por la
prisa y el enojo de la hora violenta de la concepción, aparece sin dignidad ni hermosura
la naturaleza. Esta contradicción inicua engendra odios que ondean bajo nuestras plantas
como la fuerza misteriosa de los terremotos, vientos que caen sobre las ciudades como una
colosal ave famélica, ímpetus que arrancan a las naciones de su quicio y las vuelven del
revés, para que el aire oree sus raíces. Y cuando ya parece que son leyes fatales de la
especie humana la desigualdad y servidumbre; cuando se ve gangrenado por su obra misma el
pueblo donde se ha permitido con menos trabas su ejercicio al hombre; cuando se ve
producir a la libertad política la misma descomposición, ira y abusos que crea la
tiranía más irrespetuosa; cuando se llega a ver vendido por un ciudadano de la
República a cambio de un barril de harina o de un par de zapatos el voto con que ha de
contribuir a gobernar su pueblo y mejorar su propia condición; cuando parece que va a
venirse a tierra al peso de sus vicios, con un escándalo que resonaría por los siglos
como resuena el eco por los agujeros de las cavernas, la fábrica más limpia y ostentosa
que ha levantado el hombre a sus derechos, ¡he aquí que surge, por la virtud de
permanencia y triunfo del espíritu humano, y por la magia de la razón, una fuerza
reconstructora, un ejército de creadores, que avienta a los cuatro rumbos los hombres,
los métodos y las ideas podridas, y con la luz de la piedad en el corazón y el empuje de
la fe en las manos, sacuden las paredes viejas, limpian de escombros el suelo eternamente
bello, y levantan en los umbrales de la edad futura las tiendas de la justicia![...]
La libertad política no ha podido servir de consuelo a los que no ven
beneficio alguno inmediato en ejercerla, ni conservan siempre su independencia de los
empleadores que exigen el voto de los obreros en atención al salario que les pagan, ni
tienen en su existencia acerba tiempo para entender, ni ocasión o voluntad de gozar, el
placer viril que produce la participación en los negocios de la patria.
Pudiera haber influido suave e indirectamente la libertad política en
las masas demasiado afligidas o ignorantes para ejercitarla, si el goce de ella hubiese
creado en los Estados Unidos condiciones generales de seguridad y bienestar ignorados en
los países donde impera una libertad incompleta o un gobierno tiránico. Pero la libertad
política, considerada erróneamente, aún en nuestros días, como remate de las
aspiraciones de los pueblos y condición única para su felicidad, no es más que el medio
indispensable para procurar sin convulsiones el bienestar social: y siendo tal que sin
ella no es apreciable la vida, para asegurar la dicha pública, no basta.
La libertad política, que cría sin duda y asegura la dignidad del
hombre, no trajo a su establecimiento; ni crió aquí en su desarrollo, un sistema
económico que garantizase a lo menos una forma de distribución equitativa de la riqueza;
en que sin llegar a nivelaciones ilusorias e injustas, pudiese el trabajador vivir con
decoro y sosiego, educar en honor a su familia, y ahorrar para su ancianidad como el
legítimo interés de labor de toda su existencia, una suma bastante para librarlo del
hambre, o de ese triste trabajo de los viejos que de veras es una ignominia para cuantos
no hemos imaginado aún el modo de evitarlo: ¡los viejos son sagrados! cambiaron en
detalles de importancia las leyes civiles con el advenimiento de las libertades públicas,
pero no se alteraron las relaciones entre los medios y objetos de posesión y los que
habían de disfrutarla. Luego, hubo que tomar la selva del Oeste, que fecundar los
desiertos del Centro, que desnudar de árboles los montes para tender sobre ellos los
ferrocarriles, que emplear para el sometimiento del país medios que por la importancia
del objeto y el costo de lograrlo excluían la pequeña propiedad personal y requerían la
acumulación de los recursos y la propiedad de muchos: todo tuvo que ser gigantesco, en
acuerdo con los fines pasmosos de esta nueva epopeya, escrita por las locomotoras
triunfantes en las entrañas de los cerros, sobre criptas, abismos, llanos y abras,
escrita con las balas de los rifles sobre el testuz de los búfalos y el pecho de los
indios.[...]
¿Será la libertad inútil? ¿No hay virtud de paz, fuerza de amor,
adelanto del hombre en la libertad? ¿Produce la libertad los mismos resultados que el
despotismo? ¿Un siglo entero de ejercicio pleno de la razón no labra siquiera alguna
mejora en los métodos de progreso de nuestra naturaleza? ¿No hacen menos feroz y más
inteligente al hombre los hábitos republicanos?
El hombre, en verdad, no es más, cuando más es, que una fiera
educada. Eternamente igual a sí propio, ya siga desnudo a Caín, ya asista con casaca
galoneada, a la inauguración de la Estatua de la Libertad, si en lo esencial suyo no
cambia, cambia y mejora en el conocimiento de los objetos de la vida y de sus relaciones.
Todo el anhelo de la civilización está en volver a la sencillez y justicia de los
repartimientos primitivos. Todo el problema social consiste acaso en eliminar los defectos
y abusos de relación creados en la época rudimentaria de la acumulación de la especie,
en que todavía vivimos, y restablecer en la población acumulada las relaciones puras y
justas de las sociedades patriarcales. Pero si en lo esencial no cambia el hombre, no
puede ser que produzcan en él igual resultado el despotismo que lo retiene dentro de sí,
mordido por su actividad, abochornado por su deshonra, impaciente porque oye de su
interior la voz que le dice que falta a su deber humano con no ser por entero quien es y
ayudar a los demás a ser, y este otro dulcísimo sistema de la libertad racional del acto
y el pensamiento, que no amontona la voluntad presa, ni estruja las sienes con ideas sin
salida, sino que tiene al hombre en quietud armoniosa, en el decoro y contento de su ser
entero y en el equilibrio saludable entre su actividad y los modos de satisfacerla. No del
mismo modo emprenden a correr por el llano los potros sujetos dentro de la cerca que los
acostumbrados a pacer libremente. El espíritu desahogado no obra con tanta violencia como
el espíritu ahogado. El hombre habituado a ejercitar su fuerza no es tan impaciente,
cegable y llevadizo como el que tiene hambre de emplearla. Es esencialmente distinta la
disposición amigable y respetuosa de los hombres hechos a su soberanía, de la acción
agresiva y turbulenta de los que padecen de sed de ella. El delirio no puede obrar con la
hermosura y fecundidad de la salud.
No: no parece que haya sido vano en los Estados Unidos el siglo de
República: parece al contrario que será posible, combinando lo interesado de nuestra
naturaleza y lo benéfico de las prácticas de la libertad, ir acomodando sobre quicios
nuevos sin amalgama de sangre los elementos desiguales y hostiles creados por un sistema
que no resulta, después de la prueba, armonioso ni grato a los hombres. Parece que la
organización, aconsejada por la inteligencia y servida sin ira por la voluntad, suple con
ventaja a la revolución, producto impaciente de la razón mal educada, u ordena la
revolución, para el caso en que la provocación inicua la haga imprescindible, de modo
que construya cada uno de los actos en que derribe; y no comprometa la suerte pública con
los arrebatos de una cólera o los consejos de una venganza a que no tienen derecho los
redentores. Parece que el hábito ordenado y constante de la libertad da a los hombres una
confianza en su poder que hace innecesaria la violencia.
Obsérvese lo nuevo. Aquí se ofrece ahora un caso original en la vida
de los pueblos: están frente a frente los resultados de la educación libre de la
República en América, y los de la educación tradicional o intermitente de los pueblos
de Europa. Cada uno de estos espíritus pugna por prevalecer, y aconseja medios
radicalmente opuestos para llegar al fin que ambos anhelan. La infusión constante de
inmigrantes europeos y los violentos hábitos que importan, no ha permitido al espíritu
directo de los Estados Unidos desenvolverse en toda la entereza y extensión de su
originalidad, que hubiera hecho más patente y decisivo el conflicto, y más pura su
enseñanza histórica; mas ya se alcanza a ver que el hábito del éxito y la afirmación
de la persona que vienen del ejercicio constante de la libertad política, no bastan a
impedir las desigualdades consiguientes a una organización social imperfecta, pero
suaviza dentro de ella los espíritus, crean el miramiento y respeto comunes, inspiran
repulsión a la violencia innecesaria, y proporcionan los medios precisos para proponer y
conseguir en paz las pruebas y cambios que allí donde no hay libertad política efectiva
sólo obtienen a medias la cólera y la sangre.
¡Oh, sí! De la libertad como de la virtud, está casi vedado hablar,
por ser tantos los que las profanan que quien las ama de veras tiene miedo de ser
confundido con ellos: y hasta de mal gusto está ya pareciendo ser honrado! Pero es cierto
que la libertad favorece sin peligros la expansión y expresión de las cualidades más
nobles del hombre, y más necesarias para la grandeza y paz de los Estados: lo cual debe
decirse, por haber muchos que hacen argumento, para demostrar su ineficacia, de su
aparente fracaso allí donde no se la ha aplicado con la sinceridad y tolerante espíritu
que son su esencia; y porque en los mismos Estados Unidos, por causas nacionales ajenas a
ella, han ido endureciéndose los caracteres, y avillanándose y perdiéndose las
prácticas cívicas, a tal extremo que los que sólo miran a la superficie pueden asegurar
que las costumbres de la República engendran los mismos vicios de las monarquías
privilegiadas y ociosas, sin mantener en cambio el ímpetu heroico y la deslumbrante
brillantez que suelen éstas inspirar a sus vasallos.
Pero no. En verdad que en los Estados Unidos el afán exclusivo por la
riqueza pervierte el carácter, hace a los hombres indiferentes a las cuestiones públicas
en que no tienen interés marcado, y no les deja tiempo ni voluntad para cumplir con su
parte de deber en la elaboración y gobierno del país, que abandonan a los que hacen
oficio de la cosa pública, por ver en ella desocupación desahogada y lucrativa. Mas la
justicia irrepresible bulle en el espíritu de los hombres, de alma apostólica, y en los
caracteres sencillos, que padecen y ven padecer por la falta de ella; y donde quiera que
los hombres se juntan crecen los fariseos y se comen las ciudades, pero por encima de
todos ellos, como criatura de eterna luz que ningún suplicio agobia, surgen Jesús y su
séquito de pescadores. Aquí han brotado, se han ungido, han abandonado oficios pingües
para servir con más desembarazo a los menesterosos, han puesto en orden las razones
descompuestas de los desdichados: y ese mismo espíritu de caridad que en los países
oprimidos lleva por el calor de su fuerza divina a la batalla, aquí por la fuerza más
segura que viene al hombre del empleo constante de su razón, le conduce a buscar la
mejora de sus males, la distribución equitativa de los productos del trabajo, por la
agresión incontrastable de la palabra justa, por el uso inteligente y terco del voto,
gigante que deben criar con apasionado esmero los pueblos que acaso lo desdeñan porque no
estudian su poder y no se toman el trabajo de educarlo. Pues bien: después de verlo
surgir, temblar, dormir, comerciarse, equivocarse, violarse, venderse, corromperse;
después de ver acarnerados los votantes, sitiadas las casillas, volcadas las urnas,
falsificados los recuentos, hurtados los más altos oficios, es preciso proclamar, porque
es verdad, que el voto es un arma aterradora, incontrastable y solemne; que el voto es el
instrumento más eficaz y piadoso que han imaginado para su conducción los hombres.
El Partido Liberal, 4, 5 y 6 de noviembre de 1886.
EL TERREMOTO DE CHARLESTON
Un terremoto ha destrozado la ciudad de Charleston. Ruina es hoy lo que
ayer era flor, y por un lado se miraba en el agua arenosa de sus ríos, surgiendo entre
ellos como un cesto de frutas, y por el otro se extendía a lo interior en pueblos lindos,
rodeados de bosques de magnolias, y de naranjos Y jardines.
Serían las diez de la noche. Como abejas de oro trabajaban sobre sus
cajas de imprimir los buenos hermanos que hacen los periódicos: ponía fin a sus rezos en
las iglesias la gente devota, que en Charleston, como país de poca ciencia e imaginación
ardiente, es mucha: las puertas se cerraban, y al amor o al reposo pedían fuerzas los que
habían de reñir al otro día la batalla de la casa: el aire sofocante y lento no llevaba
bien el olor de las rosas, dormía medio Charleston: ¡ni la luz va más aprisa que la
desgracia que la esperaba!
Nunca allí se había estremecido la tierra, que en blanda pendiente se
inclina hacia el mar: sobre suelo de lluvias, que es el de la planicie de la costa, se
extiende el pueblo; jamás hubo cerca volcanes ni volcanillos, columnas de humo,
levantamientos ni solfataras: de aromas eran las únicas columnas, aromas de los naranjos
perennemente cubiertos de flores blancas. Ni del mar venían tampoco sobre sus costas de
agua baja, que amarillea con la arena de la cuenca, esas olas robustas que echa sobre la
orilla, oscuras como fauces, el Océano cuando su asiento se desequilibra, quiebra o
levanta, y sube de lo hondo la tremenda fuerza que hincha y encorva la ola y la despide
como un monte hambriento contra la playa.
En esa paz señora de las ciudades del Mediodía empezaba a irse la
noche, cuando se oyó un ruido que era apenas como el de un cuerpo pesado que empujan de
prisa.
Decirlo es verlo. Se hinchó el sonido: lámparas y ventanas
retemblaron. Rodaba ya bajo tierra pavorosa artillería: sus letras sobre las cajas
dejaron caer los impresores, con sus casullas huían los clérigos, sin ropas se lanzaban
a las calles las mujeres olvidadas de sus hijos: corrían los hombres desalados por entre
las paredes bamboleantes: ¿quién asía por el cinto a la ciudad, y la sacudía en el
aire, con mano terrible, y la descoyuntaba?
Los suelos ondulaban; los muros se partían; las casas se mecían de un
lado a otro: la gente casi desnuda besaba la tierra: ¡Oh, Señor! ¡Oh mi hermoso Señor!
decían llorando las voces sofocadas: ¡abajo, un pórtico entero!: huía el valor del
pecho y el pensamiento se turbaba: ya se apaga, ya tiembla menos, ya cesa: ¡el polvo de
las casas caídas subía por encima de los árboles y de los techos de las casas!
Los padres desesperados aprovechan la tregua para volver por sus
criaturas: con sus manos aparta las ruinas de su puerta propia una madre joven de grande
belleza: hermanos y maridos llevan a rastras, o en brazos a mujeres desmayadas: un infeliz
que se echó de una ventana anda sobre su vientre dando gritos horrendos, con los brazos y
las piernas rotas: una anciana es acometida de un temblor, y muere: otra, a quien mata el
miedo, agoniza abandonada en un espasmo: las luces de gas débiles, que apenas se
distinguen en el aire espeso, alumbran la población desatentada, que corre de un lado a
otro, orando, llamando a grandes voces a Jesús, sacudiendo los brazos en alto. Y de
pronto en la sombra se yerguen, bañando de esplendor rojo la escena, altos incendios que
mueven pesadamente sus anchas llamas.
Se nota en todas las caras, a la súbita luz, que acaban de ver la
muerte: la razón flota en jirones en torno a muchos rostros, en torno de otros se le ve
que vaga, cual buscando su asiento ciega y aturdida. Ya las llamas son palio, y el
incendio sube; pero, ¿quién cuenta en palabras lo que vio entonces? Se oye venir de
nuevo el ruido sordo: giran las gentes, como estudiando la mejor salida; rompen a huir en
todas direcciones: la ola de abajo crece y serpentea; cada cual cree que tiene encima a un
tigre.
Unos caen de rodillas: otros se echan de bruces: viejos señores pasan
en brazos de sus criados fieles: se abre en grietas la tierra: ondean los muros como un
lienzo al viento: topan en lo alto las cornisas de los edificios que se dan el frente: el
horror de las bestias aumenta el de las gentes: los caballos que no han podido desuncirse
de sus carros los vuelcan de un lado a otro con las sacudidas de sus flancos: uno dobla
las patas delanteras: otros husmean el suelo: a otro, a la luz de las llamas se le ven los
ojos rojos y el cuerpo temblante como caña en tormenta: ¿qué tambor espantoso llama en
las entrañas de la tierra a la batalla?
Entonces, cuando cesó la ola segunda, cuando ya estaban las almas
preñadas de miedo, cuando de bajo los escombros salían, como si tuvieran brazos, los
gritos ahogados de los moribundos, cuando hubo que atar a tierra como a elefantes bravíos
a los caballos trémulos, cuando los muros habían arrastrado al caer los hilos y los
postes del telégrafo, cuando los heridos se desembarazaban de los ladrillos y maderos que
les cortaron la fuga, cuando vislumbraron en la sombra con la vista maravillosa del amor
sus casas rotas las pobres mujeres, cuando el espanto dejó encendida la imaginación
tempestuosa de los negros, entonces empezó a levantarse por sobre aquella alfombra de
cuerpos postrados un clamor que parecía venir de honduras jamás explotadas, que se
alzaba temblando por el aire con alas que lo hendían como si fueran flechas. Se cernía
aquel grito sobre las cabezas, y parecía que llovían lágrimas.[...]
Grande fue la angustia de la ciudad en los dos días primeros. Nadie
volvía a las casas. No había comercio ni mercado. Un temblor sucedía a otro, aunque
cada vez menos violentos. La ciudad era un jubileo religioso; y los blancos arrogantes,
cuando arreciaba el temor, unían su voz humildemente a los himnos improvisados de los
negros frenéticos: ¡muchas pobres negritas cogían del vestido a las blancas que
pasaban, y les pedían llorando que las llevasen con ella, que así el hábito llega a
convertir en bondad y a dar poesía a los mismos crímenes, ¡así esas criaturas,
concebidas en la miseria por padres a quienes la esclavitud heló el espíritu, aún
reconocen poder sobrenatural a la casta que lo poseyó sobre sus padres!: ¡así es de
buena y humilde esa raza que sólo los malvados desfiguran o desdeñan! ¡pues su mayor
vergüenza es nuestra más grande obligación de perdonarla!
Caravanas de negros salían al campo en busca de mejoras, para volver a
poco aterrados de lo que veían. En veinte millas a lo interior el suelo estaba por todas
partes agujereado y abierto: había grietas de dos pies de ancho a que no se hallaba
fondo: de multitud de pozos nuevos salía una arena fina y blanca mezclada con agua, o
arena sólo, que se apilaba a los bordes del pozo como en los hormigueros, o agua y lodo
azulado, o montoncillos de lodo que llevaban encima otros de arena, como si bajo la capa
de la tierra estuviese el lodo primero y la arena más a lo hondo. El agua nueva sabía a
azufre y hierro.
Un tanque de cien acres se secó de súbito en el primer temblor, y
estaba lleno de peces muertos. Una esclusa se había roto, y sus aguas se lo llevaron todo
delante de sí.
Los ferrocarriles no podían llegar a Charleston, porque los rieles
habían salido de quicio, y estallado, o culebreaban sobre sus durmientes suspendidos.
Una locomotora venía en carrera triunfante a la hora del primer
temblor, y dio un salto, y sacudiendo tras de sí como un rosario a los vagones lanzados
del carril, se echó de bruces con su maquinista muerto en la hendidura en que se abrió
el camino. Otra a poca distancia seguía silbando alegremente, la alzó en peso el
terremoto, y la echó a un tanque cercano, donde está bajo cuarenta pies de agua.
¡Así, sencillamente, tragando hombres y arrebatando sus casas como
arrebata hojas el viento, cumplió su ley de formación el suelo, con la majestad que
conviene a los actos de creación y dolor de la naturaleza!
¡El hombre herido procura secarse la sangre que le cubre a torrentes
los ojos, y se busca la espada en el cinto para combatir al enemigo eterno, y sigue
danzando al viento en su camino de átomo, subiendo siempre, como guerrero que escala, por
el rayo del sol!
Ya Charleston revive, cuando aún no ha acabado su agonía, ni se ha
aquietado el suelo bajo sus casas bamboleantes.
Los parientes y amigos de los difuntos, hallan que el trabajo rehace en
el alma las raíces que le arranca la muerte. Vuelven los negros humildes, caído el fuego
que en la hora del espanto les llameó en los ojos, a sus quehaceres mansos y su larga
prole. Las jóvenes valientes sacuden en los pórticos repuestos el polvo de las rosas.
Y ríen todavía en la plaza pública, a los dos lados de su madre
alegre, los dos gemelos que en la hora misma de la desolación nacieron bajo una tienda
azul.
La Nación, 14 y 15 de octubre de 1886.
LAS FIESTAS DE LA
CONSTITUCIÓN
Los pueblos crecen en estas grandes fiestas; y aun los míseros que
aspiran a la libertad, sin hallarle sabor en tierra ajena, sentían como un grato frío de
aurora, como un dichoso temblor de héroe, cuando a la limpia luz de la mañana, fue la
ciudad saliendo de la noche, vestida de banderas. Bella es siempre, y más si se la mira
desde la torre de su nueva Casa Pública, destacando su masa alegre de edificios rojos,
ceñidos por el claro y manso río, sobre el cielo de fijo azul que cobra majestad mayor
de aquellas esmeradas y próvidas llanuras; pero la ciudad de mármol y ladrillo tenía en
estas fiestas aquel realce de gracia que da el inefable orgullo de las bodas; y los
hombres, que ni ante los muertos sofocan sus enemistades, se olvidaron de ellas para
conmemorar la forma de gobierno a que deben su ventura, lo que no han hecho acaso por
egoísmo, sino por el placer divino con que saludan los humanos, torvos aún y confusos,
cuanto adelanta y consagra su persona. Las casas hablaban: lindas cuáqueras prendían al
amanecer las últimas guirnaldas y colgaduras y los que primero se echaron a las calles,
fueron los viejos. La vida tiene horas de oro, en que parece que el sol sale en el alma y,
como ejército que asalta, escala y bulle la gloria por las venas. Se rompe en risa y
llanto, y con la fuerza del pecho se abatiría una fortaleza.
Hace cien años, vio Filadelfia, vestida entonces de calzón de pana,
vestón de seda y chupa de tirilla, las mismas iras, discordias y querellas que los
latinos ignorantes, enfermos de destemplada admiración tienen por patrimonio exclusivo de
su raza. Por cada hebilla de zapato había una opinión hostil en la junta convocada por
el Congreso inerme, a fin de reunir bajo un gobierno de poderes reales los trece Estados
distantes y celosos que por amor excesivo a su soberanía anulaban con su rebelión o
indiferencia las medidas nacionales que en vano dictaba el Congreso de la Federación, sin
fuerzas por los artículos de 1781 para hacer cumplir lo que recomendaba. Era la burla
pública el Congreso. Cada Estado, rico y populoso como Virginia o raquítico e
insignificante como Rhode Island, tenía un voto. La nación era de aire, y los Estados se
negaban, so pretexto de pobreza, a pagarle su cuota. No había modo de que los Estados
acatasen las leyes enfermizas que acordaba el Congreso para trabar por un comercio
equitativo las antiguas colonias, desunidas por los celos y los productos rivales. La
Nueva Inglaterra, que levantaba ya sus industrias, desobedecía las leyes que pudieran
favorecer la agricultura del Sur. El Sur agrícola quería el comercio libre con Europa,
con daño del Este marino, que apetecía para sí todo el tráfico de agua. No había
moneda común, que unos querían y rechazaban otros. Por sí no podía vivir ningún
Estado; pero, engolosinados con su soberanía inútil, se negaban a fijar por la ley la
unión indispensable a su existencia. La única forma visible de la nación era el
Congreso, que servía sólo para demostrar su ineficacia. Los grandes, que como siempre
eran pocos, recomendaban a sus conciudadanos con angustia la conveniencia de poner
término con un gobierno nacional vivo, a aquellas disensiones recientes que amenazaban la
Unión sin fortalecer a los Estados, ni aprovechar más que a los politicuelos criminales
que cultivan con pompa sagrada las pasiones. Cada Estado tenía un dueño de almas, a
quien importaba más ser caudillo en su conuco que figura secundaria en una gran
República. Los caracteres prominentes, deslucidos a veces por rivalidades indignas,
coincidían, por la inevitable fraternidad de la grandeza, en el deseo de fomentar un
pueblo glorioso, antes de que los intereses en apariencia hostiles se sobrepusieran a las
virtudes.[...]
Allí se habían reunido, unos en casaca de paño negro o verde, otros
de calzón de terciopelo y cuello y puños de encaje, los próceres, los letrados, los
comerciantes, los mercaderes que los Estados, descontentos del descrédito e impotencia
del gobierno federal, enviaban para discurrir el modo de robustecer la Unión sin que
perdieran la soberanía sus partes. Allí esclavistas y abolicionistas: allí criadores de
arroz, armadores y manufactureros: allí nacionalistas y provincialistas: allí oradores
típicos y organizadores prácticos. Allí el impetuoso Hamilton en quien la elegancia
contenía el valor y la gracia el genio, sagaz, incansable, de talentos múltiples; cauto
en obrar y hablar; hijo de escocés y francesa; precoz, como nacido en zona cálida;
fundador de la hacienda; hombre de arriba, de brillo y de pompa; acusado de desear la
monarquía; no limpio de culpa; muerto luego de un balazo. Allí Madison, valioso asesor;
muy metido en letras; cargado de historia; ponente preclaro y persuasivo; de juicio tan
seguro que le brillaba lo original por entre montes de retórica ridícula; capaz de odiar
a Washington. Allí Martin, de fama fugaz como su palabrería, célebre entonces y seguro
de vanos aplausos: llenaba horas, arrebataba al vulgo, remedaba la grande elocuencia:
prorrumpía en estudiados apóstrofes: era servido por las pasiones a que seguía:
después de hablar él, todos se preguntaban: "¿qué ha dicho?"
Allí Morris, Gourverneur Morris, cuya mente no tuvo niñez; conocedor
sutil de los móviles de los hombres; piloto frío y feliz en los debates; creador de
fórmulas dichosas; consejero de reyes y de repúblicas; fino en vestidos, empréstitos y
madrigales. Allí Patterson, díscolo y fecundo; defensor de Estados y pleitos pequeños;
proyectil que los enemigos natos de lo grande hallaban siempre a mano; compuesto para
dividir, como todos los que son incapaces de fundar; abogado terco del plan de New Jersey
de la soberanía absoluta de los Estados. Allí Randolph, dramático y vistoso, más
pronto a perorar que a meditar, desposeído del carácter, que hubiera dado belleza
permanente a sus bravos impulsos; defensor ágil del plan de gobierno nacional enérgico,
el plan de Virginia; desdichado ministro. Allí Gorham, riquísimo comerciante, hombre
hecho a sacar argumentos de la realidad, enemigo colérico de la esclavitud, con la que se
negó, como Rufus King, a acuerdos ni pactos: "Lo que ha de ser mañana, sea ahora.
¿Qué República es ésta, llevada en hombros de esclavos como la 'meschianza' de los
ingleses, donde iban los negros con argollas al cuello?" Allí los fraseadores
profundos, los componedores de mente judicial: Ellsworth y Rutledge, que con Gorham,
Randolph y James Wilson bosquejaron la Constitución: Roger Sherman, zapatero al principio
y luego abogado, juez, firmante de la Declaración de Derechos, de la de Independencia, de
los artículos de la Confederación: Johnson, famoso universitario, con honores de
afuera, de los ingleses mismos: James Wilson, que aprendió en Daguesseau y Montesquieu, y
en cuyo brazo se apoyaba Franklin.
Es moda nueva, de barniz, suponer que los accidentes de educación y
clima pueden alterar la esencia de los hombres, iguales en todas partes, salvo lo que les
pone o lo que no les ha puesto la vida acumulada de las generaciones. El maíz habla como
la carne. El rubio odia, engaña y cacarea como el trigueño. El norteamericano se
apasiona, se exalta, se rebela, se aturde, se corrompe lo mismo que el hispanoamericano.
¡Viérasele en la Convención! Cada cual traía un plan. Este llamaba demagogo a aquél.
Aquél llamaba monárquico a éste. De trece Estados, tres se negaron a venir. De tres
delegados de Nueva York, dos abandonaron la Convención enfurecidos. Un Estado no tenía
con qué pagar el viático a sus delegados: "¡Tiranos!" decían los Estados
pequeños a los grandes: "¡Nos rebelaremos contra la
Unión!"-"¡Rebélense!"-"¡Antes que ceder al plan de Virginia nos
someteremos a un déspota extranjero!" Los discursos se decían por centenares:
Madison solo pronunció 198. El desorden llegó a ser tal, y con tal ira terminaban las
sesiones, que Franklin, menos cordialmente respetado de lo que se debiera, propuso abrir
el día con una plegaria. Había momentos en que se temía una riña general. Evitábanla
enviando a una junta escogida las cuestiones candentes. Ante la junta, los intereses se
balanceaban; las frases se estiraban y encogían; las heridas del deseo se curaban con
halagos a la vanidad. Cuando la ira volvía a estallar: "¡Válgame Dios!"
decía Franklin; se encerraba un domingo a preparar un discurso prudente lleno de
apólogos sagaces, y lo que aquietaba y convencía no era el discurso mismo, sino que el
anciano hubiese puesto tanta alma en él que ya al leerlo le faltaba la voz, y dejándose
caer en un sillón, lo dio a leer a Wilson. Los discursos eran, después de esto,
moderados y tímidos. En vano, cansados de la justicia como los griegos, se burlaban
algunos parricidas de los "grandes nombres".
Aquel debate, natural en las condiciones políticas que lo producían,
dio fruto vivo por su misma fuerza. No ha de temerse la sinceridad; sólo es tremendo lo
oculto.[...]
Pero la fiesta mayor fue el día de la procesión de las industrias.
Nueve horas tardó en pasar. Allí se veía el Siglo, en su cuna y en su término. No todo
lo que se tiene por nuevo lo es, ni en ciencias, ni en industrias, ni en literatura, ni en
política; pero jamás, como que jamás la libertad fue tan verdadera, adelantaron tanto
los hombres en cien años. Delante, en colosal pintura, iba una imagen de la República
enseñando con una mano con qué instrumento se trabajaba hace un siglo, y con la otra los
instrumentos de ahora. Carro tras carro seguía, lleno de arados con nombres pomposos, en
que los fabricantes aprovechaban la fiesta patria como anuncio: "el rey del
Oeste", "el orgullo del Este", "el Soberano". Detrás de un
labriego, que va esparciendo las semillas que toma de un saco, pasa una sembradora,
arrancando vítores, y un caballo de vapor, orgulloso y humeante. En un carro van los
impresores juntando letras, ajustándolas en las formas, hirviendo tipos, mientras que un
duende vestido de encarnado, el diablo del impresor, el mandadero de la imprenta, a un
tiempo ayuda a todos, traspapela, empastela, sufre coscorronazos, huye y salta. En una
mula va un negro con el trigo para el molino, como se iba antes, y detrás van montes de
barriles de harina de hoy; una sierra de ayer que aserraba apenas ciento cincuenta pies al
día, trae a la zaga una silbante máquina, que va aserrando a razón de tres mil pies por
hora. Iban botes de canal, iban casas enteras, iba la casa donde se hospedó Washington,
durante la guerra, de Valley Forge. Un águila de oro llevaba en el lomo muchos caballeros
de casco y rodela, con la loriga abierta, y el casco sobre las piernas o a los pies.
Detrás de los carros de los niños indios de la escuela de Carlyle, escribiendo,
dibujando, cosiendo, ensamblando, iban, en símbolo de los indios de antes, un grupo de pawníes
pintados de guerra, montados en sus ponies. Un negro, desnudo de cintura arriba
como cuando la esclavitud, sembraba algodón delante del carruaje donde se ostentaban los
negros más prósperos de la ciudad en nobles industrias. ¡Cuarenta caballos arrastraban
una locomotora, no más bella que ellos! Y vacío, porque no hay nadie que pueda ocuparlo
con justicia, cerraba la procesión el coche dorado de Washington.
El Partido Liberal, 1887.
LA GUERRA SOCIAL EN
CHICAGO
Ni el miedo a las justicias sociales, ni la simpatía ciega por los que
las intentan, debe guiar a los pueblos en sus crisis, ni al que las narra. Sólo sirve
dignamente a la libertad el que, a riesgo de ser tomado por su enemigo, la preserva sin
temblar de los que la comprometen con sus errores. No merece el dictado de defensor de la
libertad quien excusa sus vicios y crímenes por el temor mujeril de parecer tibio en su
defensa. Ni merecen perdón los que, incapaces de domar el odio y la antipatía que el
crimen inspira, juzgan los delitos sociales sin conocer y pesar las causas históricas de
que nacieron, ni los impulsos de generosidad que los producen.
En procesión solemne, cubiertos los féretros de flores y los rostros
de sus sectarios de luto, acaban de ser llevados a la tumba los cuatro anarquistas que
sentenció Chicago a la horca, y el que por no morir en ella hizo estallar en su propio
cuerpo una bomba de dinamita que llevaba oculta en los rizos espesos de su cabello de
joven, su selvoso cabello castaño.
Acusados de autores o cómplices de la muerte espantable de uno de los
policías que intimó la dispersión del concurso reunido para protestar contra la muerte
de seis obreros, a manos de la policía, en el ataque a la única fábrica que trabajaba a
pesar de la huelga: acusados de haber compuesto y ayudado a lanzar, cuando no lanzado, la
bomba del tamaño de una naranja que tendió por tierra las filas delanteras de los
policías, dejó a uno muerto, causó después la muerte a seis más y abrió en otros
cincuenta heridas graves, el juez, conforme al veredicto del jurado, condenó a uno de los
reos a quince años de penitenciaria y a pena de horca a siete.
Jamás, desde la guerra del Sur, desde los días trágicos en que John
Brown murió como criminal por intentar solo en Harper's Ferry lo que como corona de
gloria intentó luego la nación precipitada por su bravura, hubo en los Estados Unidos
tal clamor e interés alrededor de un cadalso.
La república entera ha peleado, con rabia semejante a la del lobo,
para que los esfuerzos de un abogado benévolo, una niña enamorada de uno de los presos,
y una mestiza de india y español, mujer de otro, solas contra el país iracundo, no
arrebatasen al cadalso los siete cuerpos humanos que creía esenciales a su mantenimiento.[...]
Amedrentada la república por el poder creciente de la casta llana, por
el acuerdo súbito de las masas obreras, contenido sólo ante las rivalidades de sus
jefes, por el deslinde próximo de la población nacional en las dos clases de
privilegiados y descontentos que agitan las sociedades europeas, determinó valerse por un
convenio tácito semejante a la complicidad, de un crimen nacido de sus propios delitos
tanto como del fanatismo de los criminales, para aterrar con el ejemplo de ellos, no a la
chusma adolorida que jamás podrá triunfar en un país de razón, sino a las tremendas
capas nacientes. El horror natural del hombre libre al crimen, junto con el acerbo encono
del irlandés despótico que mira a este país como suyo y al alemán y eslavo como su
invasor, pusieron de parte de los privilegios, en este proceso que ha sido una batalla,
una batalla mal ganada e hipócrita, las simpatías y casi inhumana ayuda de los que
padecen de los mismos males, el mismo desamparo, el mismo bestial trabajo, la misma
desgarradora miseria cuyo espectáculo constante encendió en los anarquistas de Chicago
tal ansia de remediarlos que les embotó el juicio.[...]
Cegados por la generosidad, ofuscados por la vanidad, ebrios por la
popularidad, adementados por la constante ofensa, por su impotencia aparente en las luchas
del sufragio, por la esperanza de poder constituir en una comarca naciente su pueblo
ideal, las cabezas vivas de esta masa colérica, educadas en tierras donde el voto apenas
nace, no se salen de lo presente, no osan parecer débiles ante los que les siguen, no ven
que el único obstáculo en este pueblo libre para un cambio social sinceramente deseado
está en la falta de acuerdo de los que lo solicitan, no creen, cansados ya de sufrir, y
con la visión del falansterio universal en la mente, que por la paz pueda llegarse jamás
en el mundo a hacer triunfar la justicia.
Júzganse como bestias acorraladas. Todo lo que va creciendo les parece
que crece contra ellos. "Mi hija trabaja quince horas para ganar quince
centavos". "No he tenido trabajo este invierno porque pertenezco a una junta de
obreros".
El juez los sentencia.
La policía, con el orgullo de la levita de paño y la autoridad,
temible en el hombre inculto, los aporrea y asesina.
Tienen frío y hambre, viven en casas hediondas.
¡América es, pues, lo mismo que Europa!
No comprenden que ellos son mera rueda del engrane social, y hay que
cambiar, para que ellas cambien, todo el engranaje. El jabalí perseguido no oye la
música del aire alegre, ni el canto del universo, ni el andar grandioso de la fábrica
cósmica: el jabalí clava las ancas contra un tronco oscuro, hunde el colmillo en el
vientre de su perseguidor, y le vuelca el redaño.
Cree el obrero tener derecho a cierta seguridad para lo porvenir, a
cierta holgura y limpieza para su casa, a alimentar sin ansiedad los hijos que engendra, a
una parte más equitativa en los productos del trabajo de que es factor indispensable,
alguna hora de sol en que ayudar a su mujer a sembrar un rosal en el patio de la casa, a
algún rincón para vivir que no sea un tugurio fétido donde, como en las ciudades de
Nueva York, no se puede entrar sin bascas. Y cada vez que en alguna forma esto pedían en
Chicago los obreros, combinábanse los capitalistas, castigábanlos negándoles el trabajo
que para ellos es la carne, el fuego y la luz; echábanles encima la policía, ganosa
siempre de cebar sus porras en cabezas de gente mal vestida; mataba la policía a veces a
algún osado que le resistía con piedras, o a algún niño; reducíanlos al fin por
hambre a volver a su trabajo, con el alma torva, con la miseria enconada, con el decoro
ofendido, rumiando venganza.
Escuchados sólo por sus escasos sectarios, año sobre año venían
reuniéndose los anarquistas, organizados en grupos, en cada uno de los cuales había una
sección armada. En sus tres periódicos, de diverso matiz, abogaban públicamente por la
revolución social; declaraban, en nombre de la humanidad, la guerra a la sociedad
existente; decidían la ineficacia de procurar una conversión radical por medios
pacíficos, y recomendaban el uso de la dinamita, como el arma santa del desheredado, y
los modos de prepararla.[...]
Entonces vino la primavera, amiga de los pobres; y sin el miedo del
frío, con la fuerza que da la luz, con la esperanza de cubrir con los ahorros del
invierno las primeras hambres, decidió un millón de obreros, repartidos por toda la
república, demandar a las fábricas que, en cumplimiento de la ley desobedecida, no
excediese el trabajo de las ocho horas legales. ¡Quien quiera saber si lo que pedían era
justo, venga aquí; véalos volver, como bueyes tundidos, a sus moradas inmundas, ya negra
la noche; véalos venir de sus tugurios distantes, tiritando los hombres, despeinadas y
lívidas las mujeres, cuando aún no ha cesado de reposar el mismo sol!
En Chicago, adolorido y colérico, segura de la resistencia que
provocaba con sus alardes, alistado el fusil de motín, la policía, y, no con la calma de
la ley, sino con la prisa del aborrecimiento, convidaba a los obreros a duelo.
Los obreros, decididos a ayudar por el recurso legal de la huelga su
derecho, volvían la espalda a los oradores lúgubres del anarquismo y a los que
magullados por la porra o atravesados por la bala policial, resolvieron, con la mano sobre
sus heridas, oponer en el próximo ataque hierro a hierro.
Llegó marzo. Las fábricas, como quien echa perros sarnosos a la
calle, echaron a los obreros que fueron a presentarles su demanda. En masa, como la orden
de los Caballeros del Trabajo lo dispuso, abandonaron los obreros las fábricas. El cerdo
se pudría sin envasadores que lo amortajaran, mugían desatendidos en los corrales los
ganados revueltos; mudos se levantaban, en el silencio terrible, los elevadores de granos
que como hilera de gigantes vigilan el río. Pero en aquella sorda calma, como el oriflama
triunfante del poder industrial que vence al fin en todas las contiendas, salía de las
segadoras de McCormick, ocupadas por obreros a quienes la miseria fuerza a servir de
instrumentos contra sus hermanos, un hilo de humo que como negra serpiente se tendía, se
enroscaba, se acurrucaba sobre el cielo azul.[...]
Se reunieron en número de cincuenta mil, con sus mujeres y sus hijos,
a oír a los que les ofrecían dar voz a su dolor; pero no estaba la tribuna, como otras
veces, en lo abierto de la plaza, sino en uno de sus recodos, por donde daba a dos oscuras
callejas. Spies, que había borrado del convite impreso las palabras: "Trabajadores,
a las armas", habló de la injuria con cáustica elocuencia, mas no de modo que sus
oyentes perdieran el sentido, sino tratando con singular moderación de fortalecer sus
ánimos para las reformas necesarias: "¿Es esto Alemania, o Rusia, o España?"
decía Spies. Parsons, en los instantes mismos en que el corregidor presenciaba la junta
sin interrumpirla, declamó, sujeto por la ocasión grave y lo vasto del concurso, uno de
sus editoriales cien veces impunemente publicados. Y en el instante en que Fielden
preguntaba en bravo arranque si, puestos a morir, no era lo mismo acabar en un trabajo
bestial o caer defendiéndose contra el enemigo, nótase que la multitud se arremolina;
que la policía, con fuerza de ciento ochenta, viene revólver en mano, calle arriba.
Llega a la tribuna: intima la dispersión; no cejan pronto los trabajadores; "¿qué
hemos hecho contra la paz?" dice Fielden saltando del carro; rompe la policía el
fuego.
Y entonces se vio descender sobre sus cabezas, caracoleando por el
aire, un hilo rojo. Tiembla la tierra; húndese el proyectil cuatro pies en su seno; caen
rugiendo, unos sobre otros, los soldados de las dos primeras líneas; los gritos de un
moribundo desgarran el aire. Repuesta la policía, con valor sobrehumano, salta por sobre
sus compañeros a bala graneada contra los trabajadores que le resisten: "¡huimos
sin disparar un tiro!" dicen unos; "apenas intentamos resistir", dicen
otros; "nos recibieron a fuego raso", dice la policía. Y pocos instantes
después no había en el recodo funesto más que camillas, pólvora y humo. Por zaguanes y
sótanos escondían otra vez los obreros a sus muertos. De los policías, uno muere en la
plaza: otro, que lleva la mano entera metida en la herida, la saca para mandar a su mujer
su último aliento; otro, que sigue a pie, va agujereado de pies a cabeza; y los pedazos
de la bomba de dinamita, al rasar la carne, la habían rebanado como un cincel.[...]
La prensa entera, de San Francisco a Nueva York, falseando el proceso,
pinta a los siete condenados como bestias dañinas, pone todas las mañanas sobre la mesa
de almorzar, la imagen de los policías despedazados por la bomba; describe sus hogares
desiertos, sus niños rubios como el oro, sus desoladas viudas. ¿Qué hace ese viejo
gobernador, que no confirma la sentencia? ¡Quién nos defenderá mañana, cuando se alce
el monstruo obrero, si la policía ve que el perdón de sus enemigos los anima a reincidir
en el crimen! ¡Qué ingratitud para con la policía, no matar a esos hombres!
"¡No!", grita un jefe de la policía, a Nina Van Zandt, que va con su madre a
pedirle una firma de clemencia sin poder hablar del llanto. ¡Y ni una mano recoge de la
pobre criatura el memorial que uno por uno, mortalmente pálida, les va presentando![...]
Salen de sus celdas al pasadizo angosto: ¿Bien? "¡Bien!":
Se dan la mano, sonríen, crecen. "¡Vamos!" El médico les había dado
estimulantes: a Spies y a Fischer les trajeron vestidos nuevos; Engel no quiere quitarse
sus pantuflas de estambre. Les leen la sentencia, a cada uno en su celda; les sujetan las
manos por la espalda con esposas plateadas: les ciñen los brazos al cuerpo con una faja
de cuero: les echan por sobre la cabeza, como la túnica de los catecúmenos cristianos,
una mortaja blanca: ¡abajo la concurrencia sentada en hileras de sillas delante del
cadalso como en un teatro! Ya vienen por el pasadizo de las celdas, a cuyo remate se
levanta la horca; delante va el alcaide, lívido: al lado de cada reo, marcha un corchete.
Spies va a paso grave, desgarradores los ojos azules, hacia atrás el cabello bien
peinado, blanco como su misma mortaja, magnífica la frente: Fischer le sigue, robusto y
poderoso, enseñándose por el cuello la sangre pujante, realzados por el sudario los
fornidos miembros. Engel anda detrás a la manera de quien va a una casa amiga,
sacudiéndose el sayón incómodo con los talones. Parsons, como si tuviese miedo a no
morir, fiero, determinado, cierra la procesión a paso vivo. Acaba el corredor, y ponen el
pie en la trampa: las cuerdas colgantes, las cabezas erizadas, las cuatro mortajas.
Plegaria es el rostro de Spies; el de Fischer, firmeza, el de Parsons,
orgullo radioso; a Engel, que hace reír con un chiste a su corchete, se le ha hundido la
cabeza en la espalda. Les atan las piernas, al uno tras el otro, con una correa. A Spies
el primero, a Fischer, a Engel, a Parsons, les echan sobre la cabeza, como el apagavelas
sobre las bujías, las cuatro caperuzas. Y resuena la voz de Spies, mientras están
cubriendo las cabezas de sus compañeros, con un acento que a los que lo oyen les entra en
las carnes: "La voz que vais a sofocar será más poderosa en lo futuro, que cuantas
palabras pudiera yo decir ahora". Fischer dice, mientras atiende el corchete a Engel:
"¡Este es el momento más feliz de mi vida!" "¡Hurra por la
anarquía!" dice Engel, que había estado moviendo bajo el sudario hacia el alcaide
las manos amarradas. "¡Hombres y mujeres de mi querida América..." empieza a
decir Parsons. Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el
aire, dando vueltas y chocando. Parsons ha muerto al caer, gira de prisa, y cesa: Fischer
se balancea, retiembla, quiere zafar del nudo el cuello entero, estira y encoge las
piernas, muere: Engel se mece en su sayón flotante, le sube y baja el pecho como la
marejada, y se ahoga: Spies, en danza espantable, cuelga girando como un saco de muecas,
se encorva, se alza de lado, se da en la frente con las rodillas, sube una pierna,
extiende las dos, sacude los brazos, tamborinea: y al fin expira, rota la nuca hacia
adelante, saludando con la cabeza a los espectadores.[...]
De la tiniebla que a todos envolvía, cuando del estrado de pino iban
bajando los cinco ajusticiados a la fosa, salió una voz que se adivinaba ser de barba
espesa, y de corazón grave agriado: "¡Yo no vengo a acusar ni a ese verdugo a quien
llaman alcaide, ni a la nación que ha estado hoy dando gracias a Dios en sus templos
porque han muerto en la horca estos hombres, sino a los trabajadores de Chicago, que han
permitido que les asesinen a cinco de sus más nobles amigos!" La noche, y la mano
del defensor sobre aquel hombro inquieto, dispersaron los concurrentes y los hurras:
flores, banderas, muertos y afligidos, perdíanse en la misma negra sombra: como de olas
de mar venía de lejos el ruido de la muchedumbre en vuelta a sus hogares. Y decía el Arbeiter
Zeitung de la noche, que al entrar en la ciudad recibió el gentío ávido:
"¡Hemos perdido una batalla, amigos infelices, pero veremos al fin el mundo ordenado
conforme a la justicia: seamos sagaces como las serpientes, e inofensivos como las
palomas!"
La Nación, 1º de enero de 1888.
CÓMO SE CREA UN PUEBLO
De trajes vistosos era el río un día después y masa humana la Quinta
Avenida, en el paseo de Domingo de Pascuas. El millonario se deja en calma pisar los
talones por el tendero judío: leguas cubre la gente, que va toda de estreno, los hombres
de corbata lila y clavel rojo, de gabán claro y sombrero que chispea, las mujeres con
toda la gloria y pasamanería, vestidas con la chaqueta graciosa del Directorio, de
botones como ruedas y adornos de Cachemira, cuando no de oro y plata. Perla y verde son
los colores en boga, con gorros como de húsar, o sombreros a que sólo las conchas hacen
falta, para ir bien con la capa peregrina. A la una se junta con el de las aceras, el
gentío de seda y flores que cantaba los himnos en las iglesias protestantes, y oía en la
catedral la misa de Cherubini. Ya es ahogo el paseo, y los coches se llevan a las jóvenes
desmayadas. Los vestidos cargados van levantando envidias, saludando a medias a los trajes
lisos, ostentando su precio. Sobre los guantes llevan brazaletes, y a la cintura cadenas
de plata, con muchos pomos y dijes. Se ve que va desapareciendo el ojo azul, y que el ojo
hebreo invade. Abunda la mujer gruesa. Hay pocas altas.
Pero en la avenida de al lado es donde se alegra el corazón, en la
Sexta Avenida: ¿qué importa que los galanes lleven un poco exagerada la elegancia, los
botines de charol con polaina amarilla, los cuadros del pantalón como para jugar al
ajedrez, el chaqué muy ceñido por la cintura y con las solapas como hojas de flor, y el
guante sacando los dedos colorados por entre la solapa y el chaleco? ¿Qué importa que a
sus mujeres les parezca poco toda la riqueza de la tienda, y carguen túnica morada sobre
saya roja, o traje violeta y mantón negro y amarillo? Los padres de estos petimetres y
maravillosas, de estos mozos que se dan con el sombrero en la cintura para saludar y de
estas beldades de labios gruesos, de cara negra, de pelo lanudo, eran los que hace
veinticinco años, con la cotonada tinta en sangre y la piel cebreada por los latigazos,
sembraban a la vez en la tierra el arroz y las lágrimas, y llenaban temblando los cestos
de algodón. Miles de negros prósperos viven en los alrededores de la Sexta Avenida. Aman
sin miedo; levantan familias y fortunas; debaten y publican; cambian su tipo físico con
el cambio del alma: da gusto ver cómo saludan a sus viejos, cómo llevan los viejos la
barba y la levita, con qué extremos de cortesía se despiden en las esquinas las
enamoradas y los galanes: comentan el sermón de su pastor, los sucesos de la logia, las
ganancias de sus abogados, el triunfo del estudiante negro, a quien acaba de dar primer
premio la Escuela de Medicina: todos los sombreros se levantan a la vez, al aparecer un
coche rico, para saludar a uno de sus médicos que pasa.
Y a esa misma hora, en las llanuras desiertas, los colonos ávidos de
la tierra india, esperando el mediodía del lunes para invadir la nueva Canaán, la morada
antigua del pobre seminole, el país de la leche y de la miel, limpian sus rifles, oran o
alborotan, y no se oye en aquella frontera viva, sujeta sólo por la tropa vigilante, más
que el grito de saludo del miserable que empieza a ser dueño, del especulador que ve
espumas de oro, del pícaro que saca su ganancia del vicio y de la muerte. ¿Quién
llegará primero? ¿Quién pondrá la primera estaca en los solares de la calle principal?
¿Quién tomará posesión con los tacones de su bota de los rincones fértiles? Leguas de
carros; turbas de jinetes; descargas a cielo abierto; cantos y rogativas; tabernas y casas
de poliandria; un ataúd, y detrás una mujer y un niño; por los cuatro confines rodean
la tierra libre los colonos; se oye como un alarido: "¡Oklahoma! ¡Oklahoma!"[...]
Bajan de los caminos más remotos, pueblos de inmigrantes, en montones,
en hileras, en cabalgatas, en nubes. De entre cuatro masas vivas, sin más valla que las
ancas de la tropa montada, se levanta la tierra silenciosa, nueva, verde, con sus yerbales
y sus cerros. Por entre las ancas miran ojos que arden. Así se ha poblado acá la
soledad, y se ha levantado la maravilla de los Estados Unidos.
Y en los días cercanos al de la entrada libre, como cuando se muda una
nación, eran campamento en marcha las leguas del contorno, sin miedo al sol ni a la
noche, ni a la muerte, ni a la lluvia. De los bordes de la tierra famosa han ido echando
sobre ella ferrocarriles, y se han erguido en sus fronteras poblaciones rivales, última
estación de las caravanas que vienen de lejos; de las cuadrillas de jinetes que traen en
los dientes la baraja, la pistola al disparar, y la bribona a la grupa; de las romerías
de soldados licenciados, de campesinos, de viejos, de viudas.
Arkansas City ha arrancado los toldos de sus casas para hacer literas a
los inmigrantes, tiene mellados los serruchos de tanto cortar bancos y mesas de primera
hora, no encuentra leche que vender a las peregrinas que salen a buscarla del carro donde
el marido cuida los enseres de la felicidad, la tienda, la estufa, el arado, las estacas
que han de decir que ellos llegaron primero, y nadie les toque su terruño; setenta y
cinco vagones tiene Arkansas City entre cercas para llevar a Guthrie el gentío que bulle
en las calles, pide limosna, echa el licor por los ojos, hace compras para revender,
calcula la ganancia en los cambios de mano de la tierra. En otra población, en Oklahoma
City, se vende ya a dos pesos el acre que aún no se tiene, contando con que va por
delante el jinete que lo ha de ocupar, el jinete hábil y asesino. En Pureen la noche es
día, no hay hombre sin mujer, andan sueltos mil vaqueros tejanos, se oyen pistoletazos y
carcajadas roncas: ¡ah, si esos casadotes de las carretas se les ponen en el camino!
¡para el que tenga el mejor rifle ha de ser la mejor tierra! "¡Si me ponen un niño
delante, Enriqueta, te lo traigo de beefsteak!" Y duermen sobre sus náuseas.[...]
Y a las doce, al otro día, todo el mundo en pie, todo el mundo en
silencio, cuarenta mil seres humanos en silencio. Los de a caballo, tendidos sobre el
cuello. Los de carro, de pie en el pescante, cogidas las riendas. Los de animales
infelices, atrás, para que no los atropellen. Se oye el latigazo con que el caballo
espanta la mariposa que le molesta. Suena el clarín, se pliega la caballería, y por los
cuatro confines a la vez se derrama, estribo a estribo, rueda a rueda, sin injuriarse, sin
hablarse, con los ojos fijos en el cielo seco, aquel torrente de hombres. Por Tejas, los
jinetes desbocados, disparando los rifles, de pie sobre los estribos, vitoreando con
frenesí, azotando el caballo con los sombreros. De enfrente los ponies, los ponies
de Pureen, pegados anca a anca, sin ceder uno el puesto, sin sacarse una cabeza. De
Kansas, a escape, los carros poderosos, rebotados y tronando, mordiéndole la cola a los
jinetes. Páranse, desuncen los caballos, dejan el carro con la mujer, ensillan, y de un
salto le sacan a los jinetes la delantera. Riéganse por el valle.
Se pierden detrás de los cerros, reaparecen, se vuelven a perder,
echan pie a tierra tres a un tiempo sobre el mismo acre, y se encaran, con muerte en los
ojos. Otro enfrena de súbito su animal, se apea, y clava en el suelo su cuchillo. Los
carros van parándose, y vaciando en la pradera, donde el padre pone las estacas, la carga
escondida, la mujer y los hijos. No bajan, se descuelgan. Se revuelcan los hijos en el
yerbal, los caballos relinchan y enroscan la cola, la madre da voces de un lado para otro,
con los brazos en alto. No se quiere ir de un acre el que vino después; y el rival le
descarga en la cara el fusil, sigue estacando, da con el pie al muerto que cae en la
línea. No se ven los de a caballo, dispersos por el horizonte. Sigue entrando el
torrente.[...]
Llegan: se echan por las ventanas: ruedan unos sobre los otros: caen
juntos hombres y mujeres: ¡a la oficina, a tomar turno! ¡al campo, a tomar posesión!
Pero los primeros en llegar hallan con asombro la ciudad medida, trazada, ocupada, cien
inscripciones en la oficina, hombres que desbrozan la tierra, con el rifle a la espalda y
el puñal al cinto. Corre el grito de traición. ¡La tropa ha engañado! ¡La tropa ha
permitido que se escondiesen sus amigos en los matorrales! ¡Estos son los delegados del
juez, que no pueden tomar tierra, y la han tomado! "De debajo de la tierra empezó a
salir la gente a las doce en punto", dicen en la oficina. ¡A lo que queda! ¡Unos
traen un letrero que dice: "Banco de Guthrie", y lo clavan a dos millas de la
estación, cuando venían a clavarlo enfrente. Otro se echa de bruces sobre un lote, para
ocuparlo con mejor derecho que el que sólo está de pie sobre él. Uno vende en cinco
pesos un lote de esquina. ¿Pero cómo, en veinticinco minutos, hay esquinas, hay
avenidas, hay calles, hay plazas? Se susurra, se sabe: hubo traición. Los favorecidos,
los del matorral, los que "salieron de debajo de la tierra", los que entraron so
capa de delegados del juez y empleados del ferrocarril, celebraron su junta a las diez,
cuando no había por la ley tierra donde juntarse, y demarcaron la ciudad, trazaron las
calles y solares, se repartieron las primicias de los lotes, cubrieron a las dos en punto
el libro de Registros con sus inscripciones privilegiadas. Los abogados de levita y
revólver, andan solicitando pleitos. "¿Para qué, para que se queden los abogados
con la tierra?"
Los banqueros van ofreciendo anticipos a los ocupantes con hipoteca de
su posesión. Vienen los de la pradera, en el caballo que se cae de rodillas, a declarar
su título. En hilera, de dos en dos, se apiñan a la puerta los que se inscriben, antes
de salir, para que conste su demanda y sea suya una de las secciones libres. Ese es un
modo de obtener la tierra, y otros el más seguro y expuesto, es ocuparla, dar prenda de
ocupación, estacar, desbrozar, cercar, plantar el carro y la tienda. "¡Al banco de
Oklahoma!" dice en una tienda grande. "¡Al primer hotel de Guthrie!"
"¡Aquí se venden rifles!" "¡Agua, a real el vaso!" "¡Pan, a
peso la libra!" Tiendas por todas partes, con banderolas, con letreros, con mesas de
tusar, con banjos y violines a la puerta. "¡El Herald de Oklahoma con
la cita para las elecciones del Ayuntamiento!" A las cuatro es la junta, y asisten
diez mil hombres. A las cinco, el Herald de Oklahoma da un alcance, con la lista de
los electos.
Pasean por la multitud los hombres-anuncios, con nombres de
carpinteros, de ferreteros, de agrimensores a la espalda. En el piso no se ve la tierra,
de las tarjetas de anuncios. Cuando cierra la noche, la estación roja del ferrocarril es
una ciudad viva. Cuarenta mil criaturas duermen en el desierto. Un rumor, como de oleaje,
viene de la pradera.
Las sombras negras de los que pasan se dibujan, al resplandor de los
fuegos, en las tiendas. En la oficina de registrar, no se apaga la luz. Resuena toda la
noche el golpe del martillo.
La Opinión Pública, 1889.
EL PUENTE DE BROOKLYN
Es mañana de otoño, clara y alegre. El sol amable calienta y
conforta. Agólpase la gente a la puerta del tranvía del puente de Brooklyn: que ya corre
el tranvía y toda la ciudad quiere ir por él.
Suben a saltos la escalera de granito y repletan de masa humana los
andenes. ¡Parece como que se ha entrado en casa de gigantes y que se ve ir y venir por
todas parles a la dueña de la casa!
Bajo el amplio techado se canta este poema. La dama es una linda
locomotora en traje negro. Avanza, recibe, saluda, lleva a su asiento al huésped, corre a
buscar otro, déjalo en nuevo sitio, adelántase a saludar a aquel que llega. No pasa de
los dinteles de la puerta. Gira: torna: entrega: va a diestra y a siniestra: no reposa un
instante. Dan deseos, al verla venir, campaneando alegremente, de ir a darle la mano. Como
que se la ve tan avisada y diligente, tan útil y animosa, tan pizpireta y gentil, se
siente amistad humana por la linda locomotora. Viendo a tantas cabecillas menudas de
hombres asomados al borde del ancho salón donde la dama colosal deja y toma carros, y
revolotea, como rabelaisiana mariposa, entre rieles, andenes y casillas. Dijérase que los
tiempos se han trocado y que los liliputienses han venido a hacer visita a Gulliver.
Los carros que atraviesan al puente de Brooklyn vienen de New York,
traídos por la cuerda movible que entre los rieles se desliza velozmente por sobre ruedas
de hierro, y, desde las seis de la mañana hasta la una de la madrugada del día
siguiente, jamás para. Pero donde empieza la colosal estación, el carro suelta la cuerda
que ha venido arrastrándolo, y se detiene. La locomotora, que va y viene como ardilla de
hierro, parte a buscarlo. Como que mueve el andar su campana sonora, parece que habla.
Llega al carro, lo unce a su zaga; arranca con él, estación adentro, hasta el vecino
chucho; llévalo, ya sobre otros rieles, con gran son de campana vocinglera, hasta la
salida de la estación, donde abordan el carro, ganosos de contar el nuevo viaje,
centenares de pasajeros. Y allá va la coqueta de la casa en busca de otro carro, que del
lado contiguo deja su carga de transeúntes neoyorquinos.
Abre el carro los grifos complicados que salen de debajo de su
pavimento; muerde con ellos la cuerda rodante, y ésta lo arrebata a paso de tren, por
entre ambas calzadas de carruajes del puente; por junto a los millares de curiosos, que en
el camino central de a pie miran absortos; por sobre las casas altas y vastos talleres,
que como enormes juguetes se ven allá en lo hondo; arrastra la cuerda al carro por sobre
la armazón del ferrocarril elevado, que parece fábrica de niños; por sobre los largos
muelles, que parecen siempre abiertas fauces; por sobre los topes de los mástiles; por
sobre el río turbio y solemne, que corre abajo, como por cauce abierto en un abismo; por
entre las entrañas solitarias del puente magnifico, gran trenzado de hierro, bosque
extenso de barras y puntales, suspendido en longitud de media legua, de borde a borde de
las aguas. ¡Y el vapor, que parece botecillo! ¡Y el botecillo, que parece mosca! ¡Y el
silencio, cual si entrase en celestial espacio! ¡Y la palabra humana, palpitante en los
hilos numerosos de enredados telégrafos, serpeando, recodeando, hendiendo la acerada y
colgante maleza, que sustenta por encima del agua vencida sus carros volantes!
Y cuando se sale al fin al nivel de las calzadas del puente, del lado
de New York, no se siente que se llega, sino que se desciende.
Y se cierran involuntariamente los ojos, como si no quisiera dejarse de
ver la maravilla.
La América, Octubre de 1883.
LAS DOS BANDERAS
En Gettysburg hubo el 4 de Julio una procesión magna. Es necesario
verla pasar. Mojiganga parece junto a ella la del jubileo de Victoria, que aquí han
festejado escandalosamente los anglómanos, cantando, puestos en pie, himnos "a
nuestra muy amada reina", mientras en un templo vecino, colgado de luto, se
celebraban honras fúnebres por los irlandeses muertos en el destierro, en las prisiones o
en el cadalso, por recobrar de Inglaterra su ley perdida. La procesión de Gettysburg bien
pudiera escribirse, sencilla como fue, con coronas y palmas. Sólo acá ha habido hasta
ahora estas cosas, porque acá es donde hasta ahora ha lucido la razón más libre.
El hombre lleva en sí lo que lo pierde, que es el interés, y lo que
lo redime, que es el sentimiento. Trabaja inútilmente, porque será vencida, esa
generación pueril de filoclastas que anda, por esclavitud de la moda, con traje de
cinismo.
La inteligencia tiene sus petimetres, que son los que toman a pechos
cualquier novedad que sale de las sastrerías, y sus verdaderos elegantes, que son los que
llevan sus vestidos de modo que siempre están bien, porque no acatan ninguna exageración
y siguen la gracia natural del cuerpo. ¡Mal va un hombre cuando no le da un vuelco el
corazón al leer o presenciar un acto heroico!
La procesión fue al campo de batalla. Hay por sus cercanías una fonda
que apropiadamente se llama "del Águila", porque por allí fue la carga del
confederado Pickett, donde los hombres volvieron a ser dioses, y por allí dijo Lincoln
aquel discurso que parece celeste, el día de la consagración del cementerio.
En los días anteriores, los veteranos de ambos ejércitos, el del
Norte y el del Sur, habían tenido fiestas; y ahora, con la luz fresca de la mañana, iban
a visitar juntos, por última vez, el campo que se disputaron puño a puño: porque en
aquel combate, donde empezó a caer la Confederación, llegó la muerte al cielo. ¿Quién
no recuerda las esperanzas de Lee; la arrebatada carga de los grises; su encuentro con los
federales en medio de la loma, barba a barba; su desastre grandioso y melancólico, su
general, rondando solitario, con algo sobre el rostro parecido a la divinidad que da la
muerte, entre los pozos llenos de cadáveres, y los heridos, que contenían sus quejas al
verlo pasar, mientras brillaba con su piadosa luz la luna?[...]
De la fonda del Águila salió la procesión en cien carruajes: en uno
cuatro mancos, en otro los que tenían el cráneo remendado con láminas de plata; en otro
el general Webb, de porte patriarcal, a quien llevó aquel día el brazo derecho una bala
de cañón; en el primer carruaje, la viuda del general confederado, de angélica belleza,
que mandó, sobre la loma del cementerio que parecía cráter hirviente, aquella terrible
carga: iba la viuda del general Pickett en el primer carruaje, con su hijo y con la esposa
de uno de los jefes federales, del mismo que cerró su gente, más compacta que el muro, y
resistió, sin perder pie, al héroe del Sur.
Dijérase que crecía aquel escenario a la vista de los que lo han
hecho famoso. "¿Y mi brazo perdido?" "¿Y el hueso de mi barba?"
"¿Y mi hermano?"
Iban todos en silencio. De vez en cuando, reunidos los adversarios en
el mismo coche, también en silencio se daban las manos: a su vista los cerros, la cumbre
del cementerio, el pozo de Menchey, el muro de piedra, el Golpe de árboles.
¿Qué himnos podría tocar allí la banda, al bajar de los coches,
cerca del puesto donde habló Lincoln, aquellas viudas, huérfanos e inválidos? ¡Los
himnos de los dos ejércitos tocó la banda, mezclados! y cuando, al disponerse los
veteranos a recorrer el campo de pelea, la música, como recogiendo el alma de ambos
himnos, entonó el Yankee Doodle, a la vez, sin previo acuerdo, prorrumpieron en su
¡hurrah! los del Norte y los del Sur en el alarido con que entraban en batalla. Y
siguieron, brazo en brazo, al punto donde Pickett formó su infantería, para atacar con
inútil valor, la masa inmóvil de sus contrarios. Delante iba en el coche la viuda de
Pickett. Doscientos de los soldados de su esposo, que seguían tras ella, allí quisieron
tributarle honor, que recibió llorando: luego, uno a uno, cabeza descubierta, fueron
pasando ante ella los soldados vencedores.
Reconocieron sus puestos, conversando en paz en los lugares mismos
donde chocaron con espíritu de muerte: imitaron la batalla: pasaron lista, como cuando
estaban en servicio: recogió la viuda algunas margaritas y granos de trébol, que
distribuyó luego, en memoria del día, entre federales y confederados. ¿Qué impulso, al
mismo tiempo, lleva a unos y otros al muro de piedra, donde la pelea fue resplandeciente y
bárbara? Corren; suben sobre las piedras, unos de un lado y otros de otro; y a la vez se
tienden por encima del muro las dos manos: Hurra sobre hurra ondeaba por el aire. La viuda
y su hijo lloraban abrazados
¿Por qué, ese mismo día, cuando en juegos sencillos y oficios
patrióticos se regocijaban los pueblos más humildes; cuando ante el estrado improvisado
sobre el césped, se congregaban las ávidas aldeas a oír leer a su pastor la
declaración de independencia, y hablar sabiduría al viejo del lugar, rodeado de
montañas; cuando en los ríos todo era regatas, en los vapores músicas y baile, en las
iglesias la campana a vuelo, en los topes y mástiles banderas, en las ciudades humo,
ceremonias, fuegos y paradas, adelantaba cautelosamente, por el bosque rayano de un pueblo
del Sur, una procesión sombría? ¿Qué guerra hay que van armados? Llevan la carabina
calzada en el arzón, como para no perder tiempo al caer sobre el enemigo. Bandidos
parecen, pero son el alcalde y su patrulla, que vienen a matar a los negros de Oak Ridge,
en castigo de que un negro de allí vive en amor con una blanca.
¿Que han de hacer los negros, perseguidos por todas partes en el Sur
del mismo modo, expulsados hoy mismo de la orilla del mar en un poblado religioso del
Norte porque los cristianos que van allí a adorar a Dios se enojan de verlos, más que
apretar como aprietan, la línea de raza, negarse a recibir del blanco, como antes
recibían, la religión y la ciencia, levantar seminarios de negros y colegios de negros,
prepararse a vivir fuera de la comunión humana, esquivados y perseguidos en el país
donde nacieron? Harto lucen ya, en estos hijos de padres desgraciados por la esclavitud,
el carácter e inteligencia del hombre libre. ¡Se les debe, por supuesto que se les debe,
reparación por la ofensa; y en vez de levantarlos de la miseria a que se les echó, para
quitarles su apariencia antipática y mísera, válense de esta apariencia que
criminalmente les dieron para rehusarles el trato con el hombre!
Y crecen: porque los ignorantes y los pobres, privados de los goces
finos del espíritu, son padres fecundos. Compran haciendas y casas; fundan bancos;
levantan credo propio y universidad propia; se fortifican en sus pueblos: se defienden,
como los infelices de Oak Ridge, con el arma al brazo: todos los días ya hay en el Sur
esos ataques y defensas.
Llegó el alcalde al pueblo: intimó rendición a los habitantes: le
contestó la pólvora: hubo de un lado y otro muertos: se desbandaron los negros vencidos:
cuatro quedaron sobre el campo, y a ocho les dieron muerte sin proceso, en la horca. ¿Al
alcalde quién lo castigará, si él es la ley?
Para otra cacería estará limpiando el rifle.
No en balde se nota en el lenguaje de los negros cultos un dejo de
desolación que mueve a echarles los brazos: suelen hablar ásperamente, como se habla en
campaña: los hijos nacen más determinados que los padres: leen los libros del sueco
Swedenborg, que en lengua que parece red de fuego pinta el advenimiento de una nueva
cristiandad: acaudalan, como los judíos, porque la riqueza es al fin una patria, cuando
no se la tiene propia: ¡les luce ya en los ojos aquella súplica desgarradora, que ni
cesa ni duerme, por donde revelan su agonía los desterrados!
Es el albor de un problema formidable.
La Nación, 16 de agosto de 1887.
NUEVA YORK BAJO LA NIEVE
Ya se había visto colgando su nido en una araucaria del Parque Central
la primera oropéndola; ya cubría los álamos desnudos el vello primaveral, y en el
castaño tempranero, como vecinitas parlanchinas que sacan la cabeza arrebujada después
de la tormenta, asomaban las hojas; ya advertidos por el piar de los pájaros de la
llegada del sol, salían los arroyos de su capa de hielo para verlo pasar; ya el invierno,
vencido por las flores, huía bufando y desataba tras de sí, como para amparar su fuga,
el mes de los vientos; ya se veían por las calles de Nueva York los primeros sombreros de
pajilla y los trajes de Pascua, dichosos y alegres, cuando al abrir los ojos la ciudad,
sacudida por el fragor del huracán, se halló muda, desierta, amortajada, hundida bajo la
nieve.[...]
En todo el siglo no ha visto Nueva York temporal semejante al del día
trece de marzo. El domingo anterior había sido de lluvia, y el escritor insomne, el
vendedor de papeletas en las estaciones del ferrocarril, el lechero que a la madrugada
visita las casas dormidas en su carro alado, pudieron oír enroscando el látigo furioso
en las chimeneas, como sacudiéndolo con mano creciente contra techados y paredes, el
viento que había bajado sobre la ciudad, y levantaba sus techos, derribaba a su paso
persianas y balcones, envolvía y se llevaba los árboles, mugía, como cogido en
emboscada, al despeñarse por las calles estrechas. Los hilos de luz eléctrica, quebrados
a su paso, chisporroteaban y morían. Descogía de los postes del telégrafo los alambres
que lo han igualado tantas veces. Y cuando debió subir el sol no se le pudo ver: porque,
como si pasase un ejército en fuga, con sus escuadrones, con sus cureñas, con su
infantería arrollada, con sus inolvidables gritos, con su pánico, así, ante los
cristales turbios, la nieve arremolinada pasaba, pasaba sin cesar, pasó durante todo el
día, pasó durante toda la noche. El hombre no se dejó domar por ella. Salió a
desafiarla.[...]
Y ¿a qué tanta fatiga si no hay apenas tienda abierta, si se ha
rendido la ciudad, arrinconada como un topo en su cueva, si al llegar a sus fábricas y
oficinas encontrarán cerradas las puertas de hierro? Sólo la piedad del vecindario, o el
poder del dinero, o la casualidad feliz de vivir en la vía del único tren que por un
lado de la ciudad, bregando valeroso, se arrastra de hora en hora, ampararán en este día
terrible a tanto empleado fiel, a tanto anciano magnífico, a tanta obrera heroica. De
esquina a esquina avanzan, recalando en las puertas hasta que alguna se les abre, llamando
con las manos ateridas, como con el pico llaman a los cristales los gorriones. Arrecia la
ráfaga de pronto; como piedras echa contra el muro a la bandada que volaba buscando el
abrigo: unas contra otras se aprietan en medio de la calle las pobres obreras, que la
racha sacude y hostiga hasta ponerlas otra vez en fuga. Y mujeres y hombres se van
volviendo así ciudad arriba, braceando contra el vendaval, sacándose la nieve de los
ojos, amparándoselos con las manos para buscar en la borrasca su camino. ¿Hoteles? ¡Las
sillas están alquiladas para camas y los cuartos de baño para alcobas! ¿Bebidas?: ni
los hombres hallan ya qué beber, en las cervecerías que consumieron ya su provisión: ni
las mujeres, halando ciudad arriba sus pies muertos, tienen más bebida que sus lágrimas.[...]
Más que a cualesquiera otros, convienen estas embestidas de lo
desconocido a los pueblos utilitarios, en quienes como ayer se vio, las virtudes que el
trabajo nutre, bastan a compensar en las horas solemnes la falta de aquellas que se
debilitan con el egoísmo. ¡Qué bravos los niños, qué puntuales los trabajadores, que
infelices y nobles las mujeres, qué generosos los hombres! La ciudad toda se habla en
alta voz, como si tuviera miedo de quedarse sola. Los que se codean en el resto del año
brutalmente, hoy se sonríen, se cuentan sus riesgos mortales, se dan las señas de sus
casas, acompañan largo trecho a sus nuevos amigos. Las plazas son montes de nieves, donde
como recamo de plata lucen ya al primer sol los encajes de hielo prendidos a las ramas de
los árboles.
Casas de nieve se levantan sobre los techos de las casas, donde el
gorrión alegre cava nidos frágiles. Amedrenta y asombra, como si se abriese de súbito
en flores de sangre un sudario, esta ciudad de nieve, con sus casas rojas. Publican y
contemplan el estrago los postes del telégrafo, con sus alambres enroscados y caídos,
como cabezas desgreñadas. La ciudad resucita, sepulta los cadáveres, y echa atrás la
nieve, a pecho de caballo, a pecho de hombre, a pecho de locomotora, a bocanadas de agua
hirviendo, con palas, con estribos, con fogatas. Pero se siente una humildad inmensa, y
una bondad súbita, como si la mano del que se ha de temer se hubiera posado a la vez
sobre todos los hombres.
La Nación, 27 de abril de 1888.
LA VERDAD SOBRE
LOS ESTADOS UNIDOS
Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados
Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda
virtud, ni se han de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes. No hay razas: no
hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y formas que
no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que
viva. Es de hombres de prólogo y superficie, que no hayan hundido los brazos en las
entrañas humanas, que no vean desde la altura imparcial hervir en igual horno las
naciones, que en el huevo y tejido de todas ellas no hallen el mismo permanente duelo del
desinterés constructor y el odio inicuo, el entretenimiento de hallar variedad sustancial
entre el egoísta sajón y el egoísta latino, el sajón generoso o el latino generoso, el
latino burómano o el burómano sajón: de virtudes y defectos son capaces por igual
latinos y sajones. Lo que varía es la consecuencia peculiar de la distinta agrupación
histórica: en un pueblo de ingleses y holandeses y alemanes afines, cualesquiera que sean
los disturbios, mortales tal vez, que les acarree el divorcio original del señorío y la
llaneza que a un tiempo lo fundaron, y la hostilidad inevitable, y en la especie humana
indígena, de la codicia y vanidad que crean las aristocracias contra el derecho y la
abnegación que se les revelan, no puede producirse la confusión de hábitos políticos y
la revuelta hornalla de los pueblos en que la necesidad del conquistador dejó viva la
población natural, espantada y diversa, a que aún cierra el paso con parricida ceguedad
la casta privilegiada que engendró en ella el europeo. Una nación de mocetones del
Norte, hechos de siglos atrás al mar y a la nieve, y a la hombría favorecida por la
perenne defensa de las libertades locales, no puede ser como una isla del trópico, fácil
y sonriente, donde trabajan por su ajuste, bajo un gobierno que es como piratería
política, la excrecencia famélica de un pueblo europeo, soldadesco y retrasado, los
descendientes de esta tribu áspera e inculta, divididos por el odio de la docilidad
acomodaticia a la virtud rebelde, y los africanos pujantes y sencillos, o envilecidos y
rencorosos, que de una espantable esclavitud y una sublime guerra han entrado a la
conciudadanía con los que los compraron y los vendieron, y, gracias a los muertos de la
guerra sublime, saludan hoy como a igual al que hacían ayer bailar a latigazos. En lo que
se ha de ver si sajones y latinos son distintos, y en lo que únicamente se les puede
comparar, es en aquello en que les hayan rodeado condiciones comunes; y es un hecho que en
los Estados del Sur de la Unión Americana, donde hubo esclavos negros, el carácter
dominante es tan soberbio, tan perezoso, tan inclemente, tan desvalido, como pudiera ser,
en consecuencia de la esclavitud, el de los hijos de Cuba. Es de supina ignorancia, y de
ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos y de las conquistas reales o
aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de
libertad unánime y de conquistas definitivas: semejantes Estados Unidos son una ilusión
o una superchería. De las covachas de Dakota, y la nación que por allá va alzándose,
bárbara y viril, hay todo un mundo a las ciudades del Este, arrellanadas, privilegiadas,
encastadas, sensuales, injustas. Hay un mundo, con sus casas de cantería y libertad
señorial, del Norte de Shenectady a la estación zancuda y lúgubre del Sur de
Petersburg, del pueblo limpio e interesado del Norte, a la tienda de holgazanes, sentados
en el coro de barriles, de los pueblos coléricos, paupérrimos, descascarados, agrios,
grises, del Sur. Lo que ha de observar el hombre honrado es precisamente que no sólo no
han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los
elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que
la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la
federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y
de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente, y negarla en
redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al
Sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de
apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la
humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en la política nacional las localidades,
la dividen y la enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y
miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes,
el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con
el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla, ni con el deber de buen
americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y
libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América,
para que por ignorancia, o deslumbramiento, o impaciencia no caigan los pueblos de casta
española al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre
inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en
nuestra América la verdad de los Estados Unidos.
Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro; y aun cuando no lo sea.
Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro. Pero es aspiración irracional y
nula, cobarde aspiración de gente segundona e ineficaz, la de llegar a la firmeza de un
pueblo extraño por vías distintas de las que llevaron a la seguridad y al orden al
pueblo envidiado; por el esfuerzo propio y por la adaptación de la libertad humana a las
formas requeridas por la constitución peculiar del país. En unos es el excesivo amor al
Norte la expresión, explicable e imprudente, de un deseo de progreso tan vivaz y fogoso,
que no ve que las ideas, como los árboles, han de venir de larga raíz, y ser de suelo
afín, para que prendan y prosperen, y que al recién nacido no se le da la sazón de la
madurez porque se le cuelguen al rostro blando los bigotes y patillas de la edad mayor.
Monstruos se crean así, y no pueblos: hay que vivir de sí y sudar la calentura. En otros
la yanquimanía es inocente fruto de uno y otro saltito de placer, como quien juzga de las
entrañas de una casa, y de las almas que en ella ruegan o fallecen, por la sonrisa y lujo
del salón de recibir, o por la champaña y el clavel de la mesa del convite; padézcase;
carézcase; trabájese; ámese, y en vano; estúdiese, con el valor y libertad de sí;
vélese, con los pobres; llórese, con los miserables; ódiese, la brutalidad de la
riqueza; vívase, en el palacio y en la ciudadela, en el salón de la escuela y en sus
zaguanes, en el palco del teatro, de jaspes y oro, y en los bastidores, fríos y desnudos;
y así se podrá opinar, con asomos de razón, sobre la república autoritaria y
codiciosa, y la sensualidad creciente de los Estados Unidos. En otros póstumos enclenques
del dandismo literario del segundo imperio, o escépticos postizos bajo cuya máscara de
indiferencia suele latir un corazón de oro, la moda es el desdén, y más, de lo nativo;
y no les parece que haya elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones y
las ideas, e ir por el mundo erguido, como el faldero acariciado, el pompón de la cola.
En otros es como sutil aristocracia, con la que, amando en público lo rubio como propio y
natural, intentan encubrir el origen que tienen por mestizo y humilde, sin ver que fue
siempre entre hombres señal de bastardía el andar tildando de ella a los demás, y no
hay denuncia más segura del pecado de una mujer que el alardear de desprecio a las
pecadoras. Sea la causa cualquiera, impaciencia de la libertad o miedo de ella, pereza
moral o aristocracia risible, idealismo político o ingenuidad recién llegada, es cierto
que conviene, y aun urge, poner delante de nuestra América la verdad toda americana, de
lo sajón como de lo latino, a fin de que la fe excesiva en la virtud ajena no nos
debilite, en nuestra época de fundación, con la desconfianza inmotivada y funesta de lo
propio. En una sola guerra, en la de secesión, que fue más para disputarse entre Norte y
Sur el predominio en la República que para abolir la esclavitud, perdieron los Estados
Unidos, hijos de la práctica republicana de tres siglos en un país de elementos menos
hostiles que otro alguno, más hombres que los que en tiempo igual, y con igual número de
habitantes, han perdido juntas todas las repúblicas españolas de América, en la obra
naturalmente lenta, y de México a Chile vencedora, de poner a flor del mundo nuevo sin
más empuje que el apostolado retórico de una gloriosa minoría y el instinto popular,
los pueblos remotos de núcleos distantes y de razas adversas, donde dejó el mando de
España toda la rabia e hipocresía de la teocracia, y la desidia y el recelo de una
prolongada servidumbre. Y es de justicia, y de legítima ciencia social, reconocer que, en
relación con las facilidades del uno y los obstáculos del otro, el carácter
norteamericano ha descendido desde la independencia, y es hoy menos humano y viril,
mientras que el hispanoamericano, a todas luces, es superior hoy, a pesar de sus
confusiones y fatigas, a lo que era cuando empezó a surgir de la masa revuelta de
clérigos logreros, imperitos ideólogos e ignorantes o silvestres indios. Y para ayudar
al conocimiento de la realidad política de América, y acompañar o corregir, con la
fuerza serena del hecho, el encomio inconsultoy, en lo excesivo, perniciosode
la vida política y el carácter norteamericanos, Patria inaugura, en el numero de
hoy, una sección permanente de "Apuntes sobre los Estados Unidos",
donde, estrictamente traducidos de los primeros diarios del país, y sin comentario ni
mudanza de la redacción, se publiquen aquellos sucesos por donde se revelen, no el crimen
o la falta accidentaly en todos los pueblos posiblesen que sólo el espíritu
mezquino halla cebo y contento, sino aquellas calidades de constitución que, por su
constancia y autoridad, demuestran las dos verdades útiles a nuestra América: el
carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos, y la existencia, en ellos
continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa
a los pueblos hispanoamericanos.
Patria, 23 de marzo de 1894. |