JOSÉ
MARTÍ
Antología Mayor
Carlos Ripoll |
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Carlos Manuel de Céspedes,
"Padre de la Patria", monumento de 1954 en la Plaza de
Armas, de La Habana, con la estatua del escultor Sergio López
Mesa.
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CUBANOS
Nota
Céspedes y Agramonte
Antonio Maceo
Heredia
Julián del Casal
Bachiller y Morales
Mariana Grajales
Cirilo Villaverde
Isabel Figueredo
Carolina Rodríguez
Manuel Barranco
Azcárate
Luisa Pérez y la Avellaneda
José Cristóbal Morilla
Marcelino Valenzuela
Cayetano Soria
Piedad Zenea
Ramón del Valle
Pedro Gómez
Joaquín Tejada
Eusebio Guiteras
NOTA
"De Cuba ¿qué no habré escrito? " se preguntaba Martí en la
carta que le escribió a Gonzalo de Quesada, desde Montecristi, semanas antes de Dos
Ríos. Allí, al darle instrucciones sobre cómo ordenar sus papeles cubanos, le pidió
que "en un grupo" pusiera a los "hombres", comprendiendo en el
término, en su significado verdadero, tanto al varón como a la mujer. Le había escrito
al poeta José Joaquín Palma: "Nosotros tenemos héroes que eternizar, heroínas que
enaltecer, admirables pujanzas que encomiar: tenemos agraviada a la legión gloriosa de
nuestros mártires que nos pide, quejosa de nosotros, sus trenos y sus himnos".
Soldados, poetas, figuras ilustres junto a nombres olvidados, ofrecen,
en las páginas que siguen, la visión de Martí del alma cubana: el fulgor del guerrero
al lado de la virtud oscura del héroe anónimo, tan necesario en la formación de un
pueblo como la sangre del mártir. "Otros propagan vicios, o los disimularán",
dijo en 1892, al iniciar la última etapa de su campaña revolucionaria, "a nosotros
nos gusta propagar las virtudes", y él las encontraba en su justo lugar, donde
quiera que veía florecer el amor, el patriotismo, el desprendimiento y la honradez.
Se habla de su gestión política, de cómo aunó voluntades para la
guerra, pero con frecuencia se olvida, en el mismo empeño, la obra de su pluma,
destacando méritos, aplaudiendo el sacrificio y haciendo monumentos de palabras, eternos
como el mármol, a cuanto en otros vio al servicio de la nacionalidad y del mejoramiento
humano. Así su programa político mostraba el fundamento moral que lo sostenía: con
delicadeza suma, por ejemplo, en el artículo por la muerte de Nicolás Azcárate, su
compañero en la emigración de México, en un bufete de La Habana y en el Liceo de
Guanabacoa, le reprocha el error autonomista que confiaba en un
entendimiento con España, y "su censurable vuelta a Cuba"; en su
evocación de Pedro Gómez, condena a los anexionistas que pretendían unir
a Cuba a los Estados Unidos, "un pueblo diverso, formidable y agresivo
que no nos tiene por igual suyo y nos niega las condiciones de
igualdad"; y al hablar del negro Marcelino Valenzuela elogia su arrojo,
su amor a la patria y la armonía racial; y el "rico benévolo", Cayetano
Soria, le sirve para condenar a los "ricos sórdidos" que no ayudaban al
esfuerzo independentista ni practicaban la caridad; José Cristóbal
Morilla habla como por Martí en su dedicación a la causa revolucionaria,
porque "no era de los que creen que se echan mundos abajo con la mera
opinión, ni que los pueblos se libertan, o mudan del vicio
a la virtud, con el deseo perdido en el pecho ocioso".
Dominando esas estampas, y con el crédito de sus juicios sobre
escritores y artistas cubanos Villaverde, Heredia, la Avellaneda, Julián del Casal
y Joaquín Tejada, entre otros aparece el canto al patriotismo: la evocación
admirable de Céspedes y Agramonte, de Maceo y Mariana Grajales; y de héroes de la
emigración: Manuel Barranco, Carolina Rodríguez, Ramón del Valle, Eusebio Guiteras, y
de otros que forman esta galería de cubanos.
CÉSPEDES Y AGRAMONTE
El extraño puede escribir estos nombres sin temblar, o el pedante, o
el ambicioso: el buen cubano, no. De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud. El
uno es como el volcán, que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra; y
el otro es como el espacio azul que lo corona. De Céspedes el arrebato, y de Agramonte la
purificación. El uno desafía con autoridad como de rey; y con fuerza como de la luz, el
otro vence. Vendrá la historia, con sus pasiones y justicias; y cuando los haya mordido y
recortado a su sabor, aún quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro,
asunto para la epopeya. Las palabras pomposas son innecesarias para hablar de los hombres
sublimes. Otros hagan, y en otra ocasión, la cuenta de los yerros, que nunca será tanta
como la de las grandezas. Hoy es fiesta, y lo que queremos es volverlos a ver al uno en
pie, audaz y magnífico, dictando de un ademán, al disiparse la noche, la creación de un
pueblo libre, y al otro tendido en sus últimas ropas, cruzado del látigo el rostro
angélico, vencedor aun en la muerte. ¡Aún se puede vivir, puesto que vivieron a
nuestros ojos hombres tales!
Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para
saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de
oro, decidió, cara a cara de una nación implacable, quitarle para la libertad su
posesión más infeliz, como quien quita a una tigre su último cachorro. ¡Tal majestad
debe inundar el alma entonces, que bien puede ser que el hombre ciegue con ella! ¿Quién
no conoce nuestros días de cuna? Nuestra espalda era llagas, y nuestro rostro recreo
favorito de la mano del tirano. Ya no había paciencia para más tributos, ni mejillas
para más bofetones. Hervía la Isla. Vacilaba la Habana. Las Villas volvían los ojos a
Occidente. Piafaba Santiago indeciso. "¡Lacayos, lacayos!" escribe al Camagüey
Ignacio Agramonte desconsolado. Pero en Bayamo rebosaba la ira. La logia bayamesa juntaba
en su círculo secreto, reconocido como autoridad por Manzanillo y Holguín, y Jiguaní y
las Tunas, a los abogados y propietarios de la comarca, a Maceos y Figueredos, a Milaneses
y Céspedes, a Palmas y Estradas, a Aguilera, presidente por su caudal y su bondad, y a un
moreno albañil, al noble García. En la piedra en bruto trabajan a la vez las dos manos,
la blanca y la negra: ¡seque Dios la primera mano que se levante contra la otra! No
cabía duda, no; era preciso alzarse en guerra. Y no se sabía cómo, ni con qué ayuda,
ni cuándo se decidiría la Habana, de donde volvió descorazonado Pedro Figueredo cuando
por Manzanillo, en cuyos consejos dominaba Céspedes, lo buscan por guía los que le ven
centellear los ojos. ¡La tierra se alza en montañas, y en estos hombres los pueblos! Tal
vez Bayamo desea más tiempo; aún no se decide la junta de la logia; ¡acaso esperen a
decidirse cuando tengan al cuello al enemigo vigilante! ¿Que un alzamiento es como un
encaje, que se borda a la luz hasta que no queda una hebra suelta? ¡Si no los
arrastramos, jamás se determinarán! Y tras unos instantes de silencio, en que los
héroes bajaron la cabeza para ocultar sus lágrimas solemnes, aquel pleitista, aquel amo
de hombres, aquel negociante revoltoso, se levantó como por increíble claridad
transfigurado. Y no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando
reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos.
La voz cunde: acuden con sus siervos libres y con sus amigos los
conspiradores, que, admirados por su atrevimiento, aclaman jefe a Céspedes en el potrero
de Mabay; caen bajo Mármol Jiguaní y Holguín; con Céspedes a la cabeza adelanta
Marcano sobre Bayamo; las armas son machetes de buen filo, rifles de cazoleta, y
pistolones comidos de herrumbre, atados al cabo por tiras de majagua. Ya ciñen a Bayamo,
donde vacila el Gobernador, que los cree levantados en apoyo de su amigo Prim. Y era el
diecinueve por la mañana, en todo el brillo del sol, cuando la cabalgata libertadora pasa
en orden el río, que pareció más ancho. ¡No es batalla, sino fiesta! Los más
pacíficos salen a unírseles, y sus esclavos con ellos; viene a su encuentro la
caballería española, y de un machetazo desbarban al jefe; llévanselo en brazos al
refugio del cuartel sus soldados despavoridos. Con piedras cubiertas de algodón encendido
prenden los cubanos el techo del cuartel empapado en petróleo, a falta de bombas. La
guarnición se rinde, y con la espada a la cintura pasa por las calles entre las filas del
vencedor respetuoso. Céspedes ha organizado el Ayuntamiento, se ha titulado Capitán
General, ha decidido con su empeño que el préstamo inevitable sea voluntario y no
forzoso, ha arreglado en cuatro negociados la administración, escribe a los pueblos que
acaba de nacer la República de Cuba, escoge para miembros del Municipio a varios
españoles. Pone en paz a los celosos; con los indiferentes es magnánimo; confirma su
mando por la serenidad con que lo ejerce. Es humano y conciliador. Es firme y suave.[...]
¿Y aquél del Camagüey, aquel diamante con alma de beso? Ama a su
Amalia locamente; pero no la invita a levantar casa sino cuando vuelve de sus triunfos de
estudiante en la Habana, convencido de que tienen todavía mejilla aquellos señores para
años: "no valen para nada ¡para nada!" Y a los pocos días de llegar al
Camagüey, la Audiencia lo visita, pasmada de tanta autoridad y moderación en abogado tan
joven; y por las calles dicen: "¡ése!"; y se siente la presencia de una
majestad, pero ¡no él, no él! que hasta que su mujer no le cosió con sus manos la
guajira azul para irse a la guerra, no creyó que habían comenzado sus bodas.
Por su modestia parecía orgulloso: la frente, en que el cabello negro
encajaba como en un casco, era de seda, blanca y tersa, como para que la besase la gloria:
oía más que hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable, que es la que arranca
de la limpieza del corazón; se sonrojaba cuando le ponderaban su mérito; se le
humedecían los ojos cuando pensaba en el heroísmo, o cuando sabía de una desventura, o
cuando el amor le besaba la mano: "¡Le tengo miedo a tanta felicidad!" Leía
despacio obras serias. Era un ángel para defender, y un niño para acariciar. De cuerpo
era delgado, y más fino que recio, aunque de mucha esbeltez. Pero vino la guerra, domó
de la primera embestida la soberbia natural, y se le vio por la fuerza del cuerpo, la
exaltación de la virtud. Era como si por donde los hombres tienen corazón tuviera él
estrella. Su luz era así, como la que dan los astros; y al recordarlo, suelen sus amigos
hablar de él con unción, como se habla en las noches claras, y como si llevasen
descubierta la cabeza. [...]
¡Acaso no hay otro hombre que en grado semejante haya sometido en
horas de tumulto su autoridad natural a la de la patria! ¡Acaso no haya romance más
bello que el de aquel guerrero, que volvía de sus glorias a descansar, en la casa de
palmas, junto a su novia y su hijo! "¡Jamás, Amalia, jamás seré militar cuando
acabe la guerra! Hoy es grandeza, y mañana será crimen. ¡Yo te lo juro por él, que ha
nacido libre! Mira, Amalia: aquí colgaré mi rifle, y allí, en aquel rincón donde le di
el primer beso a mi hijo, colgaré mi sable". Y se inclinaba el héroe, sin más
tocador que los ojos de su esposa, a que con las tijeras de coserle las dos mudas de dril
en que lucía tan pulcro y hermoso, le cortase, para estar de gala en el santo de su hijo,
los cabellos largos.
¿Y aquél era el que a paso de gloria mandaba el ejercicio de su
gente, virgen y gigantesco como el monte donde escondía la casa de palmas de su
compañera, donde escondía "El Idilio"? ¿Aquél el que arengaba a sus tropas
con voz desconocida, e inflamaba su patriotismo con arranques y gestos soberanos? ¿Aquél
el que tenía por entretenimiento saltar tan alto con su alazán Mambí la cerca,
que se le veía perder el cuerpo en la copa de los árboles? ¿Aquél el que jamás
permite que en la pelea se le adelante nadie, y cuando le viene en un encuentro el Tigre
al frente, el Tigre jamás vencido brazo a brazo, pica hondo al Mambí para
que no se lo sujeten, y con la espada de Mayor, y la que le relampaguea en los ojos, tiene
el machete del Tigre a raya? ¿Aquél que cuando le profana el español su casa
nupcial, se va solo, sin más ejército que Elpidio Mola, a rondar, mano al cinto, el
campamento en que le tienen cautivos sus amores? ¿Aquél que cuando mil españoles le
llevan preso al amigo, da sobre ellos con treinta caballos, se les mete por entre las
ancas, y saca al amigo libre? ¿Aquél que, sin más ciencia militar que el genio,
organiza la caballería, rehace el Camagüey deshecho, mantiene en los bosques talleres de
guerra, combina y dirige ataques victoriosos, y se vale de su renombre para servir con él
al prestigio de la ley, cuando era el único que, acaso con beneplácito popular, pudo
siempre desafiarla?
Aquél era; el amigo de su mulato Ramón Agüero; el que enseñó a
leer a su mulato con la punta del cuchillo en las hojas de los árboles; el que despedía
en sigilo decoroso sus palabras austeras, y parecía que curaba como médico cuando
censuraba como general; el que cuando no podía repartir, por ser pocos, los buniatos
o la miel hacía cubalibre con la miel para que alcanzase a sus oficiales, o le
daba los buniatos a su caballo, antes que comérselos él solo; el que ni en sí ni
en los demás humilló nunca al hombre! Pero jamás fue tan grande, ni aun cuando
profanaron su cadáver sus enemigos, como cuando al oír la censura que hacían del
gobierno lento sus oficiales, deseosos de verlo rey por el poder como lo era por la
virtud, se puso en pie, alarmado y soberbio, con estatura que no se le había visto hasta
entonces, y dijo estas palabras: "¡Nunca permitiré que se murmure en mi presencia
del Presidente de la República!"
¡Esos son, Cuba, tus verdaderos hijos!
El Avisador Cubano, Nueva York, 10 de octubre de 1888.
ANTONIO MACEO
De la madre, más que del padre, viene el hijo, y es gran desdicha
deber el cuerpo a gente floja o nula, a quien no se puede deber el alma; pero Maceo fue
feliz, porque vino de león y de leona. Ya está yéndosele la madre, cayéndosele está
ya la viejecita gloriosa en el indiferente rincón extranjero, y todavía tiene manos de
niña para acariciar a quien le habla de la patria. Ya se le van los ojos por el mundo,
como buscando otro, y todavía le centellean, como cuando venía el español, al oír
contar un lance bueno de sus hijos. Levanta la cabeza arrugada, con un pañuelo que parece
corona. Y no se sabe por qué, pero se le besa la mano. A la cabecera de su nieto enfermo,
de un huevecillo de hombre, habla la anciana ardiente de las peleas de sus hijos, de sus
terrores, de sus alborozos, de cuando vuelva a ser. Acurrucada en un agujero de la tierra
pasó horas mortales, mientras que a su alrededor se cruzaban por el pomo sables y
machetes. Vio erguirse a su hijo, sangrando del cuerpo entero, y con diez hombres
desbandar a doscientos. Y a los que en nombre de Cuba la van aún a ver, les sirve con sus
manos y los acompaña hasta la puerta.
María, la mujer, nobilísima dama, ni en la muerte vería espantos,
porque le vio ya la sombra muchas veces, sino en un corazón de hijo de Cuba, que ésa si
es noche fiera, donde se apagase el anhelo de la independencia patria. Ingratitud
monstruosa le parece a tanta sangre vertida, y falta extraña de coraje, porque ella, que
es mujer, ha visto al cubano terco y maravilloso, y luego, con el machete de pelea, le ve
ganarse el pan. En sala no hay más culta matrona, ni hubo en la guerra mejor curandera.
De ella fue el grito aquel: "Y si ahora no va a haber mujeres, ¿quién cuidará de
los heridos?" Con las manos abiertas se adelanta a quien le lleve esperanzas de su
tierra: y con silencio altivo ofusca a quien se la desconfía u olvida. ¡Que su esposo
vea otra sangre en la pelea, y no dé la suya! De negro va siempre vestida, pero es como
si la bandera la vistiese. "¡Ah! lo más bello del mundo era ver al Presidente, con
su barba blanca y su sombrero grande de camino, apoyado en un palo, subiendo a pie la
loma: porque él siempre, cuando iba por Oriente, paraba donde Antonio!" Y es música
la sangre cuando cuenta ella "del ejército todo que se juntó por el Camagüey para
caer sobre las Villas, e iban de marcha en la mañana con la caballería, y la
infantería, y las banderas, y las esposas y madres en viaje, y aquellos clarines".
¡Fáciles son los héroes, con tales mujeres!
En Nicoya vive ahora, sitio real antes de que la conquista helase la
vida ingenua de América, el cubano que no tuvo rival en defender, con el brazo y el
respeto, la ley de su República. Calla el hombre útil, como el cañón sobre los muros,
mientras la idea incendiada no lo carga de justicia y muerte. Va al paso por los caseríos
de su colonia con el jinete astuto, el caballo que un día, de los dos cascos de atrás,
se echó de un salto, revoleando el acero, en medio de las bayonetas enemigas.
Escudriñan hoy pecadillos de colonos y quejas de vecindad, los ojos
límpidos que de una paseada se bebían un campamento. De vez en cuando sonríe, y es que
ve venir la guerra. Le aviva al animal el trote, pero pronto le acude a la brida, para
oír la hora verdadera, para castigarle a la sangre la mocedad. La lluvia le cae encima, y
el sol fuerte, sin que le desvíen el pensamiento silencioso, ni la jovial sonrisa; y
sobre la montura, como en el banquete que le dieron un día al aire libre, huirán todos,
si se empieza a cerrar el cielo, mientras que él mirará de frente a la tempestad. Todo
se puede hacer. Todo se hará a su hora. [...]
Es júbilo de novio. Y hay que poner asunto a lo que dice, porque Maceo
tiene en la mente tanta fuerza como en el brazo. No hallaría el entusiasmo pueril asidero
en su sagaz experiencia. Firme es su pensamiento y armonioso, como las líneas de su
cráneo. Su palabra es sedosa, como la de la energía constante, y de una elegancia
artística que le viene de su esmerado ajuste con la idea cauta y sobria. No se vende por
cierto su palabra, que es notable de veras, y rodea cuidadosa el asunto, mientras no esté
en razón, o insinúa, como quien vuelve de largo viaje, todos los escollos o entradas de
él. No deja frase rota, ni usa voz impura, ni vacila cuando lo parece, sino que tantea su
tema o su hombre. Ni hincha la palabra nunca ni la deja de la rienda. Pero se pone un día
el sol, y amanece al otro, y el primer fulgor da, por la ventana que mira al campo de
Marte, sobre el guerrero que no durmió en toda la noche buscándole caminos a la patria.
Su columna será él, jamás puñal suyo. Con el pensamiento la servirá, más aún que
con el valor. Le son naturales el vigor y la grandeza. El sol, después de aquella noche,
entraba a raudales por la ventana.
Patria, 6 de octubre de 1893.
HEREDIA
Señoras y señores:
Con orgullo y reverencia empiezo a hablar, desde este puesto que de
buen grado hubiera cedido, por su dificultad excesiva, a quien, con más ambición que la
mía y menos temor de su persona, hubiera querido tomarlo de mí, si no fuera por el
mandato de la patria, que en este puesto nos manda estar hoy, y por el miedo de que el que
acaso despertó en mi alma, como en la de los cubanos todos, la pasión inextinguible por
la libertad, se levante en su silla de gloria, junto al sol que él cantó frente a
frente, y me tache de ingrato.
Donde son más altas las palmas en Cuba nació Heredia: en la
infatigable Santiago. Y dicen que desde la niñez, como si el espíritu de la raza extinta
le susurrase sus quejas y le prestara su furor, como si el último oro del país saqueado
le ardiese en las venas, como si a la luz del sol del trópico se le revelasen por merced
sobrenatural las entrañas de la vida, brotaban de los labios del "niño
estupendo" el anatema viril, la palabra sentenciosa, la oda resonante. [...]
Preveía, con sus ojos de fuego, el martirio a que los hombres,
denunciados por el esplendor de la virtud, someten al genio, que osa ver claro de noche.
Sus versos eran la religión y el orgullo de la casa. La madre, para que no se los
interrumpieran, acallaba los ruidos. El padre le apuntalaba las rimas pobres. Le abrían
todas las puertas. Le ponían, para que viese bien al escribir, las mejores luces del
salón. ¡Otros han tenido que componer sus primeros versos entre azotes y burlas, a la
luz del cocuyo inquieto y de la luna cómplice!...: los de Heredia acababan en los labios
de su madre, y en los brazos de su padre y de sus amigos. La inmortalidad comenzó para
él en aquella fuerza y seguridad de sí que, como lección constante de los padres duros,
daba a Heredia el cariño de la casa.
Era su padre oidor, y persona de consejo y benevolencia, por lo que lo
escogieron, a más de la razón de su nacimiento americano, para ir a poner paz en
Venezuela. [...]
Vivió luego en México, y oyó contar de una cabeza de cura, que daba
luz de noche, en la picota donde el español la había clavado. ¡Sol salió de aquella
alma, sol devastador y magnífico, de aquel troquel de diamante.
Y volvió a Cuba. El pan le supo a villanía, la comodidad a robo, el
lujo a sangre. Su padre llevaba bastón de carey, y él también, comprado con el producto
de sus labores de juez, y de abogado nuevo en una sociedad vil. El que vive de la infamia,
o la codea en paz, es un infame. Abstenerse de ella no basta: se ha de pelear contra ella.
Ver en calma un crimen, es cometerlo. La juventud convida a Heredia a los amores: la
condición favorecida de su padre, y su fama de joven extraordinario, traen clientes a su
bufete: en las casas ricas le oyen con asombro improvisar sobre cuarenta pies diversos,
cuarenta estrofas: "¡Ese es Heredia!" dicen por las calles, y en las ventanas
de las casas, cuando pasa él, las cabezas hermosas se juntan, y dicen bajo, como el más
dulce de los premios: "¡Ese es Heredia!" Pero la gloria aumenta el infortunio
de vivir, cuando se la ha de comprar al precio de la complicidad con la vileza: no hay
más que una gloria cierta, y es la del alma que está contenta de sí. Grato es pasear
bajo los mangos, a la hora deliciosa del amanecer, cuando el mundo parece como que se
crea, y que sale de la nada el sol, con su ejército de pájaros vocingleros, como en el
primer día de la vida: ¿pero qué "mano de hierro" le oprime en los campos
cubanos el pecho? ¿Y en el cielo, qué mano de sangre? En las ventanas dan besos, y
aplausos en las casas ricas, y la abogacía mana oro; pero al salir del banquete triunfal,
de los estrados elocuentes, de la cita feliz, ¿no chasquea el látigo, y pide clemencia a
un cielo que no escucha la madre a quien quieren ahogarle con azotes los gritos con que
llama al hijo de su amor? El vil no es el esclavo, ni el que lo ha sido, sino el que vio
este crimen, y no jura, ante el tribunal certero que preside en las sombras, hasta sacar
del mundo la esclavitud y sus huellas. ¿Y la América libre, y toda Europa coronándose
con la libertad, y Grecia misma resucitando, y Cuba, tan bella como Grecia, tendida así
entre hierros, mancha del mundo, presidio rodeado de agua, rémora de América? Si entre
los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor, ¿qué hacen en la playa los
caracoles, que no llaman a guerra a los indios muertos? ¿Qué hacen las palmas, que gimen
estériles, en vez de mandar? ¿Qué hacen los montes, que no se juntan falda contra
falda, y cierran el paso a los que persiguen a los héroes? En tierra peleará, mientras
haya un palmo de tierra, y cuando no lo haya, todavía peleará, de pie en la mar.
Leónidas desde las Termópilas, desde Roma Catón, señalan el camino a los cubanos.
"¡Vamos, Hernández!" De cadalso en cadalso, de Estrampes en Agüero, de
Plácido en Benavides, erró la voz de Heredia, hasta que un día, de la tiniebla de la
noche, entre cien brazos levantados al cielo, tronó en Yara. Ha desmayado luego, y aun
hay quien cuente, donde no se anda al sol, que va a desaparecer. ¿Será tanta entre los
cubanos la perversión y la desdicha, que ahoguen, con el peso de su pueblo muerto por sus
propias manos, la voz de su Heredia? Entonces fue cuando vino a New York, a recibir la
puñalada del frío, que no sintió cuando se le entró por el costado, porque de la
pereza moral de su patria hallaba consuelo, aunque jamás olvido, en aquellas ciudades ya
pujantes, donde, si no la república universal que apetecía su alma generosa, imperaba la
libertad en una comarca digna de ella. En la historia profunda sumergió el pensamiento:
estudió maravillado los esqueletos colosales; aterido junto a su chimenea, meditaba en
los tiempos, que brillan y se apagan; agigantó en la soledad su mente sublime; y cuando,
como quien se halla a sí propio, vio despeñarse a sus pies, rotas en luz, las edades de
agua, el Niágara portentoso le reveló, sumiso, su misterio, y el poeta adolescente de un
pueblo desdeñado halló, de un vuelo, el sentido de la naturaleza que en siglos de
contemplación no habían sabido entender con tanta majestad sus propios habitantes. [...]
México es tierra de refugio, donde todo peregrino ha hallado hermano. [...]
A México va Heredia, adonde pone a la lira castellana flores de roble
el gran Quintana Roo. [...]
México lo agasaja como él sabe, le da el oro de sus corazones y de su
café, sienta a juzgar en la silla togada al forastero que sabe de historia como de leyes
y pone alma de Volney al épodo de Píndaro. [...]
Un día, un amigo piadoso, un solo amigo, entró, con los brazos
tendidos, en el cuarto de un alguacil habanero, y allí estaba, sentado en un banco,
esperando su turno, transparente ya la mano noble y pequeña, con la última luz en los
ojos, el poeta que había tenido valor para todo, menos para morir sin volver a ver a su
madre y a sus palmas. Temblando salió de allí, del brazo de su amigo; al recobrar la
libertad en el mar, reanimado con el beso de su madre, volvió a hallar, para despedirse
del universo, los acentos con que lo había asombrado en su primera juventud; y se
extinguió en silencio nocturno, como lámpara macilenta, en el valle donde vigilan
perennemente, doradas por el sol, las cumbres del Popocatepetl y el Iztaccihuatl. Allí
murió, y allí debía morir el que para ser en todo símbolo de su patria, nos ligó en
su carrera de la cuna al sepulcro, con los pueblos que la creación nos ha puesto de
compañeros y de hermanos: por su padre con Santo Domingo, semillero de héroes, donde
aún, en la caoba sangrienta, y en el cañaveral quejoso, y en las selvas invictas, está
como vivo, manando enseñanzas y decretos, el corazón de Guarocuya; por su niñez con
Venezuela, donde los montes plegados parecen, más que dobleces de la tierra, los mantos
abandonados por los héroes al ir a dar cuenta al cielo de sus batallas por la libertad; y
por su muerte, con México, templo inmenso edificado por la naturaleza para que en lo alto
de sus peldaños de montañas se consumase, como antes en sus teocalis los sacrificios, la
justicia final y terrible de la independencia de América.
Y si hasta en la desaparición de sus restos, que no se pueden hallar,
simbolízase la desaparición posible y futura de su patria, entonces ¡oh Niágara
inmortal! falta una estrofa, todavía útil, a tus soberbios versos. ¡Pídele ¡oh
Niágara! al que da y quita, que sean libres y justos todos los pueblos de la tierra; que
no emplee pueblo alguno el poder obtenido por la libertad, en arrebatarla a los que se han
mostrado dignos de ella; que si un pueblo osa poner la mano sobre otro, no lo ayuden al
robo, sin que te salgas, oh Niágara, de los bordes, los hermanos del pueblo desamparado!
Las voces del torrente, los prismas de la catarata, los penachos de
espuma de colores que brotan de su seno, y el arco que le ciñe las sienes, son el cortejo
propio, no mis palabras, del gran poeta en su tumba. Allí, frente a la maravilla vencida,
es donde se ha de ir a saludar al genio vencedor. [...]
¿Y nosotros, culpables, cómo lo saludaremos? ¡Danos, oh padre,
virtud suficiente para que nos lloren las mujeres de nuestro tiempo, como te lloraron a ti
las mujeres del tuyo; o haznos perecer en uno de los cataclismos que tú amabas, si no
hemos de saber ser dignos de ti!
Discurso en el Harman Hall, de Nueva York, el 30 de noviembre de 1889.
JULIÁN DEL CASAL
Aquel nombre tan bello que al pie de los versos tristes y joyantes
parecía invención romántica más que realidad, no es ya el nombre de un vivo. Aquel
fino espíritu, aquel cariño medroso y tierno, aquella ideal peregrinación, aquel
melancólico amor a la hermosura ausente de su tierra nativa, porque las letras sólo
pueden ser enlutadas o hetairas en un país sin libertad, ya no son hoy más que un
puñado de versos, impresos en papel infeliz, como dicen que fue la vida del poeta.
De la beldad vivía prendida su alma; del cristal tallado y de la
levedad japonesa; del color del ajenjo y de las rosas del jardín; de mujeres de perla,
con ornamentos de plata labrada; y él, como Cellini, ponía en un salero a Júpiter.
Aborrecía lo falso y pomposo. Murió, de su cuerpo endeble, o del pesar de vivir, con la
fantasía elegante y enamorada, en un pueblo servil y deforme. De él se puede decir que,
pagado del arte, por gustar del de Francia tan de cerca, le tomó la poesía nula, y de
desgano falso e innecesario, con que los orífices del verso parisiense entretuvieron
estos años últimos el vacío ideal de su época transitoria. En el mundo, si se le lleva
con dignidad, hay aún poesía para mucho; todo es el valor moral con que se encare y dome
la injusticia aparente de la vida; mientras haya un bien que hacer, un derecho que
defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un
verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo bello y ordenado
de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la
codicia. El sello de la grandeza es ese triunfo. De Antonio Pérez es esta verdad:
"Sólo los grandes estómagos digieren veneno".
Por toda nuestra América era Julián del Casal muy conocido y amado, y
ya se oirán los elogios y las tristezas. Y es que en América está ya en flor la gente
nueva, que pide peso a la prosa y condición al verso, y quiere trabajo y realidad en la
política y en la literatura. Lo hinchado cansó, y la política hueca y rudimentaria, y
aquella falsa lozanía de las letras que recuerda los perros aventados del loco de
Cervantes. Es como una familia en América esta generación literaria, que principió por
el rebusco imitado, y está ya en la elegancia suelta y concisa, y en la expresión
artística y sincera, breve y tallada, del sentimiento personal y del juicio criollo y
directo. El verso, para estos trabajadores, ha de ir sonando y volando. El verso, hijo de
la emoción, ha de ser fino y profundo, como una nota de arpa. No se ha de decir lo raro,
sino el instante raro de la emoción noble o graciosa. Y ese verso, con aplauso y cariño
de los americanos, era el que trabajaba Julián del Casal. Y luego, había otra razón
para que lo amasen; y fue que la poesía doliente y caprichosa que le vino de Francia con
la rima excelsa, paró por ser en él la expresión natural del poco apego que artista tan
delicado había de sentir por aquel país de sus entrañas, donde la conciencia oculta o
confesa de la general humillación trae a todo el mundo como acorralado, o como con
antifaz, sin gusto ni poder para la franqueza y las gracias del alma. La poesía vive de
honra.
Murió el pobre poeta, y no lo llegamos a conocer. ¡Así vamos todos,
en esa pobre tierra nuestra, partidos en dos, con nuestras energías regadas por el mundo,
viviendo sin persona en los pueblos ajenos, y con la persona extraña sentada en los
sillones de nuestro pueblo propio! Nos agriamos en vez de amarnos. Nos encelamos en vez de
abrir vía juntos. Nos queremos como por entre las rejas de una prisión. ¡En verdad que
es tiempo de acabar! Ya Julián del Casal acabó, joven y triste. Quedan sus versos. La
América lo quiere, por fino y por sincero. Las mujeres lo lloran.
Patria, 31 de octubre de 1893.
BACHILLER Y MORALES
La inteligencia es don casual que la Naturaleza, soñolienta a veces,
pone en el cráneo de un vil, como pone en un cuerpo de hetaira la hermosura: a muchos
hombres se les puede dejar la espalda descubierta de un tirón, y enseñar el letrero que
dice claro: "¡hetaira!" El don propio, y medida del mérito, es el carácter, o
sea el denuedo para obrar conforme a la virtud, que tiene como enemigos los consejos del
mundo y los afectos más poderosos en el alma.
Americano apasionado, cronista ejemplar, filólogo experto, arqueólogo
famoso, filósofo asiduo, abogado justo, maestro amable, literato diligente, era orgullo
de Cuba Bachiller y Morales, y ornato de su raza. Pero más que por aquella laboriosidad
pasmosa, clave y auxiliar de todas sus demás virtudes; más que por aquellos anaqueles de
saber que hacían de su mente capaz, una como biblioteca alejandrina; más que por aquel
candor moral que en tiempos aciagos, y con la bota del amo en la frente, le tuvo
entretenido, como en quehacer doméstico, en investigar las curiosidades más recónditas
de su Cuba, de su América, y los modos más varios de serles útil; más que por aquella
mezcla dichosa de ingenuidad y respeto en la defensa de sus juicios, y por la sencillez e
ingenio con que trataba, como a amigos de su corazón, al principiante más terco y al
niño más humilde; más que por aquella juventud perenne en que mantuvieron su
inteligencia el afán de saber y la limpieza de su vida, fue Bachiller notable porque
cuando pudo abandonar a su país o seguirlo en la crisis a que le tenían mal preparado su
carácter pacífico, su filosofía generosa, su complacencia en las dignidades, su
desconfianza en la empresa, sus hábitos de rico, dejó su casa de mármol con sus fuentes
y sus flores, y sus libros, y sin más caudal que su mujer, se vino a vivir con el honor,
donde las miradas no saludan, y el sol no calienta a los viejos, y cae la nieve.
Y vivió en estos fríos, sin que la mudanza de fortuna le agriase la
mansedumbre, con aquella sanidad ejemplar que le daba fuerza de mente, en su vida de
prócer habanero, para acabar traduciendo versos pomposos de Lefranc de Pompignan el día
que había empezado cotejando el libro de Horn sobre orígenes de América, con la
relación del pobre lego Ramón Pane, escrita por mandado de su señor el almirante; o
rematar, en el desahogo del domingo, un estudio sobre los nombres del aje, o la región de
los omaguas de casco de oro y peto de algodón, o un comentario sobre lo que dice Moke de
la raza pacífica de las Antillas en su Historia de los Pueblos Americanos.
Nueva York mismo, harto ocupada para cortesías, le daba puesto de
honor en sus academias; y no había asiento más bruñido que el del "caballero
cubano", en la biblioteca de Astor; porque de otra cosa no muestra vanidad, pero sí
de que sepan cómo estuvo en la biblioteca "por última vez en tal día". [...]
Pero lo que enamoraba de él era aquel carácter jovial y sencillo, a
que la muerte de sus hijos dio ya, al medio de la vida, la sazón de la tristeza, más no
el ceño que en almas menos bellas pone la desgracia. Con saber tanto, jamás pedanteaba;
ni se ponía como otros, donde le oyesen, así como sin querer, las novedades que acaba de
entresacar de este o aquel libro, o componer, con cierto aire que parezca desorden, en la
soledad de la alcoba literaria; ni era escritor femenil, celoso y turbulento, que va
dejando caer por donde pasa piedras envueltas en papeles de colores, de modo que llamen la
atención, sobre la fama del que con su valer le mueve a envidia; sino que fue, en la
amistad como en la cátedra, hombre natural, que decía lo que pensaba con llaneza, sin
esconder la sabiduría, que era mucha para escondida, ni ponerla a toda hora por delante;
y gozaba como si le reconocieran el suyo, cuando hallaba un mérito nuevo que admirar. Y
en las cosas del decoro, mucho más meritorias y difíciles que las de la palabra, no iba
él, que sabía harto del mundo, censurando a los caídos y a los flojos; mas no era de
los que lo creen todo permisible, hasta la vileza, si se la puede esconder bien, hasta el
crimen de los crímenes, que es disfrazar la vileza de virtud, con tal de adelantar en los
bienes del mundo y preponderar sobre sus rivales. El amaba el bienestar, y supo
procurárselo con las artes lícitas y concesiones prudentes de la vida; pero donde su
fuero de hombre podía sufrir merma, o le querían sofocar la opinión libre, o le
lastimaban en algo su corazón cubano, aquel jurista tímido tenía bravura de tribuno, y
era como los de Flandes, que antes que abjurar de su pensamiento querían que se les
pegase la lengua al paladar. El fue tipo ejemplar de aquellos próceres cubanos, que lo
eran por su amor al derecho y su pasión por el bien del infeliz; a tan de adentro
traían, como fósforo del hueso y glóbulo de la sangre, el cariño a la patria, que era
como sajarles en la carne viva, o poner manos en la madre de su corazón el atentar a
aquélla a quien, con fe de caballeros, habían jurado en pago de la vida, purísima
ternura. Con ella se iban a la desdicha: por ella se sofocaban en el pecho el ardor
generoso: por ella pedían a la naturaleza una mejilla más para ofrecérsela al tirano.
Para ella viven, y con ella resplandecen. Con ella y con América.
El Avisador Hispano-americano, Nueva York, 24 de enero de 1889.
MARIANA GRAJALES
Con su pañuelo de anciana a la cabeza, con los ojos de madre amorosa
para el cubano desconocido, con fuego inextinguible, en la mirada y en el rostro todo,
cuando se hablaba de las glorias de ayer, y de las esperanzas de hoy, vio Patria,
hace poco tiempo, a la mujer de ochenta y cinco años que su pueblo entero, de ricos y de
pobres, de arrogantes y de humildes, de hijos de amo y de hijos de siervo, ha seguido a la
tumba, a la tumba en tierra extraña. Murió en Jamaica el 27 de noviembre, Mariana Maceo.
"Los cubanos todos", dice una carta a Patria,
"acudieron al entierro, porque no hay corazón de Cuba que deje de sentir todo lo que
debe a esa viejita querida, a esa viejita que le acariciaba a usted las manos con tanta
ternura. La mente se le iba ya del mucho vivir, pero de vez en cuando se iluminaba aquel
rostro enérgico, como si diera en él un rayo de sol; ¡no era así antes, cuando nos
veía como olvidados de Cuba! Recuerdo que cuando se hablaba de la guerra en los tiempos
en que parecía que no la volveríamos a hacer, se levantaba bruscamente, y se iba a
pensar, sola: ¡y ella, tan buena, nos miraba como con rencor! Muchas veces, si me hubiera
olvidado de mi deber de hombre, habría vuelto a él con el ejemplo de aquella mujer. Su
marido y dos hijos murieron peleando por Cuba, y todos sabemos que de los pechos de ella
bebieron Antonio y José Maceo las cualidades que los colocaron a la vanguardia de los
defensores de nuestras libertades". Así escribe de Mariana Maceo, con pluma
reverente, un hombre de antiguo e ilustre apellido cubano.
Por compasión a las almas de poca virtud, que se enojan y padecen del
mérito de que no son capaces, y por el decoro de la grandeza más bella, en el silencio,
sujetaremos aquí el elogio de la admirable mujer, hasta que el corazón, turbado hoy en
la servidumbre, pueda, en la patria que ella no vio libre, dar con el relato de su vida,
una página nueva a la epopeya. ¿Su marido, cuando caía por el honor de Cuba no la tuvo
al lado? ¿No estuvo ella de pie, en la guerra entera, rodeada de sus hijos? ¿No animaba
a sus compatriotas a pelear, y luego, cubanos o españoles, curaba a los heridos? ¿No
fue, sangrándole los pies, por aquellas veredas, detrás de la camilla de su hijo
moribundo, hecha de ramas de árbol? ¡Y si alguno temblaba, cuando iba a venirle al
frente el enemigo de su país, veía a la madre de Maceo con su pañuelo a la cabeza, y se
le acababa el temblor! ¿No vio a su hijo levantarse de la camilla adonde perecía de
cinco heridas, y con una mano sobre las entrañas deshechas y la otra en la victoria,
echar monte abajo, con su escolta de agonía, a sus doscientos perseguidores? Y amaba,
como los mejores de su vida, los tiempos de hambre y sed, en que cada hombre que llegaba a
su puerta de yaguas, podía traerle la noticia de la muerte de uno de sus hijos. ¡Cómo,
la última vez que la vio Patria contaba, arrebatando las palabras, los años de la
guerra! Ella quería que la visita se llevase alguna cosa de sus manos; ella lo envolvía
con mirada sin fin; ella lo acompañaba hasta la puerta misma, premio más grato por
cierto, el del cariño de aquella madre de héroes que cuantos huecos y mentirosos pudiese
gozar en una sociedad vil o callosa la vanidad humana! Patria en la corona que deja
en la tumba de Mariana Maceo, pone una palabra: "¡Madre!"
Patria, 12 de diciembre de 1893.
CIRILO VILLAVERDE
De su vida larga y tenaz de patriota entero y escritor útil ha entrado
en la muerte, que para él ha de ser el premio merecido, el anciano que dio a Cuba su
sangre, nunca arrepentida, y una inolvidable novela. Otros hablen de aquellas pulidas
obras suyas, de idea siempre limpia y viril, donde lucía el castellano como un río
nuestro sosegado y puro, con centelleos de luz tranquila de entre el ramaje de los
árboles, y la mansa corriente recargada de flores frescas y de frutas gustosas. Otros
digan cómo aprovechó para bien de su país el don de imaginar, o compuso sus novelas
sociales en lengua literaria, antes de que de retazos de Rinconete o de copias de Francia
e Inglaterra diesen con el arte nuevo los narradores españoles. Ni cuando el amable Del
Monte saludaba en él, con aquel cultivo del mérito por donde es la crítica más útil
que por la agria censura, "al primer novelista de los cubanos"; ni cuando en el
silencio del destierro, con aquella rara mente que tiene de la miopía la menudez sin la
ceguera, compuso, al correr de sus recuerdos de criollo indignado, los últimos capítulos
de su triste y deleitosa Cecilia; ni cuando a la sombra de los nobles lienzos de
Canos o Murillos que le quedaron de la antigua fortuna, leía, con orgullo de criollo
fiel, los elogios vehementes de América, o alguno de España, de ignorancia infeliz; ni
cuando en las oscuras mañanas de invierno iba puntual, muy hundido ya el cuerpo, a su
servidumbre de trabajador, allá en la mesa penosa de El Espejo, se vio a Cirilo
Villaverde tan meritorio y fogoso y digno de verdadera admiración, como una noche de New
York, de mortal frío, en que, recién vencida, en un ensayo descompuesto, la idea de la
independencia de su patria, con sus manos de setenta años recibía afanoso, en la puerta
de un triste salón, a los hombres enteros, capaces de lealtad en la desdicha, que a su
voz iban a buscar manera de reanudar la lucha inmortal que en los yerros inevitables y
útiles aprende lo que ha de contar, o de descontar, para poner al fin, sobre la colonia
que ciega a los hombres y los pudre, la república que los desata y los levanta. ¡Y qué
manso contraste, el de la blandura de sus gestos con el azote y rebeldía de su palabra!
"¿A qué perder tiempo? ¿A qué creer que el lobo le ponga mesa a la oveja, y se
salga del festín, y se quede con hambre a la puerta, mientras la oveja adentro triunfa y
se regala? ¿A qué tener atado uno de los países nuevos del mundo a una nación caída,
hambrienta e inútil? ¿A qué confundir la necesidad histórica y humana de la
independencia de Cuba, que es ley que sólo admite la demora de la madurez, y no se puede
desviar, con la infelicidad, respetable siempre, de una de las tentativas hechas para
acelerarla? ¡Pues a otra tentativa, mejor hecha! ¡Seguir hasta llegar!" Y el
anciano hablaba a los jóvenes, rodeado de ancianos. Tenía derecho a hablar, porque en la
hora de la prueba, cuando el empuje de Narciso López, no había mostrado miedo de morir.
"Castellano, hijo" decía una vez a un amigo de Patria,
en la casa vetusta de la calle de San Ignacio, aquel tierno amigo, y maestro de la lengua,
que se llamó Anselmo Suárez y Romero "castellano no lo escribo en Cuba yo, ni
los que dicen que no lo escribo bien; si quieres castellano hermoso, lee a Cirilo
Villaverde"; y de junto al manuscrito de las "Semblanzas", que es tesoro
que ya no debiera andar oculto, y el cuaderno donde en lucida letra inglesa le habían
copiado el capítulo de Francisco que hizo llorar a José de la Luz, sacó Anselmo,
y apretó con las dos manos, el primer volumen de Cecilia Valdés, el que se
publicó por 1838. En el Norte vivía Villaverde; pero donde había letras en Cuba, o
quien hablase de ellas, su nombre era como una leyenda, y el cariño con que lo quiso y
guió Del Monte. En el Norte vivía él, con el consuelo de amar y venerar, y ver de cerca
la noble pasión, a la cubana que en el indómito corazón lleva toda la fiereza y
esperanza de Cuba, y en los ojos todo el fuego, y el mérito todo de la tierra en la
abundancia y gracia de su magnífica palabra: a su compañera célebre, Emilia Casanova
Cuba, que no olvida a quienes la aman, lo recibía, en sus visitas de salud, con orgullo y
agasajo; y él venía como muerto, si hablaba, cual no queriendo hablar, de la conformidad
vergonzosa con nuestro estéril deshonor, y como renovado, al recordar a este hombre o
aquel, y la generación que sube, y la ira sorda. Ha muerto tranquilo, al pie del estante
de las obras puras que escribió, con su compañera cariñosa al pie, que jamás le
desamó la patria que él amaba, y con el inefable gozo de no hallar en su conciencia, a
la hora de la claridad, el remordimiento de haber ayudado, con la mentira de la palabra ni
el delito del acto, a perpetuar en su país el régimen inextinguible que lo degrada y
ahoga.
Patria, 30 de octubre de 1894.
ISABEL FIGUEREDO
Tiene el día un instante de ígnea claridad, en que se inundan como de
un oro rojo los campos y las montañas, y es la tierra toda, mientras dura el esplendor,
limpieza y triunfo: es la hora en que el sol rompe sobre la tierra reposada. Como con ese
fuego, mas sin nube ni noche, es el amor a Cuba en la casa errante de las hijas de Pedro
Figueredo, aquél de los primeros, de los que se resolvieron y empujaron a los
apoltronados y cobardes, de los ricos de Bayamo que pusieron fuego a sus casas, más para
saludar con digna antorcha el nacimiento de la patria libre que para quemarle el asilo a
la tropa cercana de Valmaseda. El fue de los que oyeron, en la oscuridad indecisa, el
grito misterioso que puede más que el interés impuro, y es la verdadera razón: ¿qué
vale, ricos inútiles, tener un potrero próspero y un hijo que ha de criarse, para que no
salga nulo o vil, en la tierra extranjera, y sólo a fuerza de cobardía y de mentira
podrá vivir en la tierra propia? ¿o vale más un potrero que un hijo? ¿y la panza en
esta vida que el contento y la luz del alma que sale honrada de ella? ¿y el vivir bien
ahíto, acaudalando y riendo, mientras los rufianes malignos y lerdos se extienden por
sobre la riqueza y el honor de nuestra patria, y nos echan de nuestra cuna, como los yankees
a los últimos californianos, poniendo fuego en torno de la casa de la gente dormida,
cercando con la deshonra diaria al pueblo dormido? No: más vale morir peleando como
Perucho Figueredo, padre de la revolución, y de la hija leal que halló imposible la vida
esclava en la tierra donde su padre, enajenado del contento, les prendió a los hombres,
cuando la primera procesión de Cuba libre, el velo azul de la libertad. ¡Con qué vida
se le iluminaban los ojos a Isabel Figueredo, a la compañera amada del leal Lufríu,
cuando, alrededor de una mesa de familia, se decía esta hazaña o aquella, de las que vio
con sus ojos, y ya no puede ver! ¡Con qué ternura servía el manjar hecho de sus manos a
los buenos defensores del honor del país! ¡Con qué magnífico desprecio, y aireado
ademán de la cabeza, aludía a esos hombres de Cuba, encubridores y cómplices de su
propia infamia, que "tienen menos valor que nosotras las mujeres!" Y ella, la
hija de ricos, vivía casi feliz, como tanto rico de ayer, en el arenal donde la virtud
majestuosa ha visto purificarse a las puertas de Cuba la esclavitud y el trabajo, donde el
cubano infeliz dice, apenas sale de la sombra de las fortalezas, la verdad imperecedera de
su corazón. La familia es ésa, y la única familia del mundo: las almas honradas. Al
vil, se le ha de decir vil. O se pasa por su lado, en silencio compasivo. A las mujeres
fieles a la desdicha y grandeza de la libertad, a la guerra terrible y al hogar pobre, se
las quiere desde las entrañas, como a Isabel Figueredo.
Patria. 15 de septiembre de 1894.
CAROLINA RODRÍGUEZ
Carolina Rodríguez está enferma en Tampa; la que en los días de la
guerra, con nuestro pabellón por único novio, sirvió de confidente, a riesgo diario de
su vida, a nuestro ejército de las Villas; la que, echada de las casas tímidas y
durmiendo en botes, salió y entró por Cuba, en recados de la patria; la que de la pureza
e inexhaustos arranques de su patriotismo saca razón, y excusa si la necesitase, para la
bravura con que, allá en su fervor, condena a los que tiene por cubanos perniciosos, o
tibios; la que sufre, sola, más que del mal del cuerpo, del miedo de salir del mundo
antes de ver oreado su pueblo por el aire creador de la libertad; la que ha mandado tantas
limosnas a los hospitales y a los presidios: la "vieja de los cubanos". ¿Qué
cubano la dejará en tristeza? ¿Qué cubano amargará su enfermedad? ¿Quién no la ve,
en el frío de la mañanita, arrebujada en su manta negra, yendo de la cabecera de un
enfermo, o de la casa donde regaló el jornal de ayer, a su silla de cuero y su barril de
despalilladora?
¡De los tabaqueros, suelen hablar con desdén los que no tienen el
valor del trabajo, ni el de ganar con sus manos, sea cualquiera la labor, una vida libre y
honrada! Esta mujer que desafió la muerte durante años enteros, que conoce y juzga sus
clásicos de historia y de las letras, que habla sin temor su pensamiento en una lengua
viva a que la naturalidad y la honradez suelen dar belleza literaria, gana el jornal de
que vive, y las limosnas que acaso ya no puede hacer, en su silla de cuero, frente a su
barril de despalilladora.
Y allá en Ibor, rincón valiente de cubanos, está enferma, y rodeada
sin duda de hijos, la que expuso tantas veces la vida por nuestra patria.
Patria. 24 de marzo de 1893.
MANUEL BARRANCO
Revuelto el cabello, limpia la frente, callados los ojos, comido de la
vida el rostro triste, yacía en su ataúd de hierro el buen Manuel Barranco. A sus pies,
arrodillada, se le juraba de nuevo su esposa, se le juraba para lo que falta de esta vida,
y oían el gran dolor los ocho hijos, y los amigos reverentes. Así debía salir del
mundo, sin pompa mortuoria, como entre la familia que se reúne para despedir al viajero,
el hombre llano y real que de la niñez sana del campo subió, aún en el primer bozo, a
maestro, que de los brazos de la madre enérgica se arrancó para ir a pelear por su
país, que en la pobreza del destierro levantó, a puño diario, una fortuna que jamás
contribuyó a la opresión, sino a la libertad, ni al lujo ofensivo, sino a las
necesidades ajenas, y una familia donde no hay ley más alta que la del trabajo, y la del
amor. Algo había, en la blancura y dureza del hielo donde lo fuimos a enterrar, del
carácter tenaz y leal del niño precoz, del expedicionario valiente, del trabajador
ávido, del rico útil, del maestro original y libre.
De la vida de Manuel Barranco se saca una sana lección, y más de una;
y la más beneficiosa de todas, porque alcanza a mayor número, es la de la capacidad del
hombre cubano para crear de sí, en condiciones hostiles, un ente social, productivo y
decoroso. Otros, menguados, ahogados en la vida como una flor seca entre las páginas de
un libro, van, sin savia ni color, mendigando coléricos por el mundo, que sólo respeta a
los que fundan y batallan. Manuel Barranco, de niño, vivió con pocas letras en su
Camagüey laborioso; por su afán de saber empezó a tener fama, y por lo osado y franco
de su pensamiento, y lo enviaron a la Escuela Normal de la Habana, a aprender a enseñar,
que es lo más bello y honroso del mundo, y cría alma de padre, amorosa y augusta: no
quiso que sus discípulos aprendiesen moral servil, como la exigía un texto astuto del
gobierno despótico, y los cubanos buenos de Las Villas le pusieron una escuela libre,
adonde iban a oír al maestro hermano los padres y los hijos, y hombres de más barba que
él: surgió la guerra, y él fue a ella en un barco desgraciado, y para ella dio el
trabajo de sus manos, el calor de su corazón, el servicio de su palabra, desbordada unas
veces, y como confusa por la impaciencia del pensamiento, y muchas veces sagaz y decisiva:
vino la tregua necesaria, para que la libertad fatigada recobrase las fuerzas, y, al
erguirse de nuevo, halló fiel y enamorado como siempre a Manuel Barranco. A otros los
envilece la prosperidad, y el primer servicio a que la ponen es emanciparse, desde su
seguro inhumano e insolente, de los deberes por donde es respetable el hombre. A Barranco
le era grata la noble riqueza, porque con ella podía ir levantando como cubanos útiles a
sus hijos, y con ella podía ayudar a poner arma al brazo bravo y alas a la mar: no era
él de los cobardes y ladrones que gozarán mañana en calma, y aun con clamor de especial
privilegio, de la libertad que en su hora de agonía dejaron sin ayuda: él, que se veía
morir, servía a la patria en silencio, ya de tesoro, ya de pensador, ya de criado: ¡lo
que él quería era ver su tierra poblada de hombres! Así, escondido, iba en las noches
frías, ya visitado por la muerte, a enseñar a las almas limpias de "La Liga",
más que la gramática práctica o la geografía pintoresca, aquel arte de querer por
donde las repúblicas son fuertes, y los hombres dichosos. El vendaval soplaba afuera; y
adentro, en la escuela bella alzada a hombros del trabajo, los cubanos se preparaban,
alegres y fuertes como niños, para las luchas abiertas y benéficas de la libertad.
Negarse, y recogerse en sí, y huir de la necesidad del mundo, y adularle el poder, es el
pálido oficio de las almas inferiores: de Barranco fue el darse, el salir de sí, el
juntarse con los demás hombres, el padecer con alma ardiente por la iniquidad humana, y
el ponerse a la obra contra ella, que es el único modo viril de lamentarla.
Ámese al
hombre entusiasta y desinteresado.
Su fosa está cubierta de flores: sus amigos ven con desconsuelo la
silla vacía: sus discípulos recuerdan agradecidos aquella palabra cordial y abundosa:
sus criaturitas, prendidas a la madre, le preguntan si es verdad que de este viaje su
padre no va a volver: pero más pura, y de mayor majestad aún, es la ofrenda que deja
sobre la tumba de Manuel Barranco, la patria agradecida: ¡bien puede, y bien debe, la
patria que él amó, poner una flor, tallada en su corazón, sobre la nieve silenciosa de
la sepultura!
Patria, 2 de enero de 1895.
AZCÁRATE
Nicolás Azcárate ha muerto. Ha muerto el amigo, el periodista, el
organizador, el orador. Expira, en la silla estrecha de un empleo español, el cubano cuya
nativa majestad vino a parecer como apocada y oscura, por el vano empeño de acomodar su
carácter pródigo y rebelde a una nación rapaz, despótica y traicionera. Vive infeliz,
y como fuera de sí, el hombre que no obedece plenamente el mandato de su naturaleza, ni
emplea íntegra, sin miedo y sin demora, la suma de energía y entendimiento de que es
depositario. Son nulas, y deshonrosas a veces, las capacidades del hombre, cuando no las
usa en servicio del pueblo que se las caldea y alimenta. Ni dañinas ni nulas fueron las
de Azcárate, que con el fuego del corazón, fuente única de la grandeza, lavó cuanto
error, sincero u obligatorio, pudo nacer del desacuerdo entre su concepto teórico y
tímido de la vida cubana, y la nacionalidad de Cuba, suficiente y briosa, y en los
comienzos fea y revuelta, como las entrañas y las raíces. Lágrimas ásperas lloró
Azcárate en vida, muy a solas, y quien las vio correr, y sabe que su pasión por la
libertad nunca fue menos que la que tuvo por las pompas del mundo, ni encubrirá con
falsía inútil las deficiencias del cubano indeciso, ni le negará la rosa de oro que la
patria debe poner sobre su sepultura.
De lo saliente de su vida, no hay cubano que no sepa: de sus brillantes
estudios, de sus altivas defensas, de su indignado y magnífico abolicionismo, de su
confianza y laboriosidad inútiles en la Junta de Información en Madrid, de sus servicios
grandes y burladosen bolsa e inteligencia e influjoa la democracia española,
de la misión de España que paró en la muerte alevosa de Juan Clemente Zenea; de su
censurable vuelta a Cuba, durante los años sagrados de la revolución, por la mar misma
que se rompe contra la fortaleza donde le asesinaron al amigo, del destierro con que
España ingrata recordó al incauto cubano que jamás se amó bajo ella impunemente en
América la libertad, de su trabajo fecundo de periodista y de letrado en México, del
calor e indulgencia con que a su vuelta a la Habana congregó a todo el pensamiento del
país en el Liceo de Guanabacoa, sofocado a poco en sus manos por la Capitanía General,
del cariño literario y continua nobleza de sus años últimos, que vinieron a ser en lo
político, por soberbia postrera y dolorosa, como el tibio aunque leal acomodo del remate
de su existencia al error que se la había consumido y estancado.
El genio no puede salvarse en la tierra si no asciende a la dicha
suprema de la humildad. La personalidad individual sólo es gloriosa, y útil a su
poseedor, cuando se acomoda a la persona pública. El hombre, como hombre patrio, sólo lo
es en la suma de esperanza o de justicia que representa. Cuando la patria aspira, sólo es
posible aspirar para ella. Los hombres secundarios, que son aquellos en quienes el apetito
del bienestar ahoga los gritos del corazón del mundo y las demandas mismas de la
conciencia, pueden vivir alegres, como vasos de fango repintado, en medio de la deshonra y
la vergüenza humanas. Los hombres que vienen a la vida con la semilla de lo porvenir, y
luz para el camino, sólo vivirán dichosos en cuanto obedezcan a la actividad y
abnegación que de fuerza fatal e incontrastable traen en sí. El hombre debe realizar su
naturaleza.
Por su natural optimista, por su entrada triunfante en la existencia,
por su sincero horror a la guerra entre los que tenía por padres e hijos, y por su fe
ciega y tenaz en el poder decisivo de su persona, creyó Azcárate de poca raíz la pelea
de España y Cuba, o sin tanta que no la pudiese él al cabo reducir. Con patente error
tenía por cierto que España, que perdió su sentido y rango en el mundo moderno de su
continente, a pesar del roce de los siglos y de la semejanza de interés, puede
mantenerse, con utilidad de sus colonias superiores y del universo creciente y laborioso,
en el mundo moderno americano. Con aquella singular arrogancia que casi siempre acompaña,
y frecuentemente pierde, a las personalidades vigorosas, creía ver en sí propio, como
cubano que era, la pintura fiel de Cuba, y tenía por aberración y nulidad cuanto de su
patria fuera diverso de lo que veía en sí. Cayó en barbecho la revolución, por causas
transitorias y de resultas sanas, que la crítica ligera pudo tener por definitivas y
mortales; y el abogado terco de la unión de España y Cuba vio con triste sorpresa, cómo
su tierra, que oía con calma aparente de otros labios la defensa de esta liga irracional,
la repelía en él, su víctima y su apóstol. En las letras halló consuelo, y empleo a
su actividad voraz, aquel espíritu constructor; y los años no dejarán morira
pesar de su equivocado silencio y luctuosa intervención en la época sagrada de su
patriala memoria del cubano pujante cuya culpa mayor fue acaso la de haber malogrado
su natural grandeza en el empeño vano e imposible, con su alma de pobre y de rebelde, de
brillar por las pompas del mundo en una sociedad vejada y despótica.
Patria, 14 de julio de 1894.
LUISA PÉREZ Y LA
AVELLANEDA
Ni fueran infundadas las querellas de una poetisa de Cuba, Luisa Pérez
de Zambrana, si tuviera su alma delicada costumbre de reproches y resentimientos. Es Luisa
Pérez pura criatura, a toda pena sensible y habituada a toda delicadeza y generosidad.
Cubre el pelo negro en ondas sus abiertas sienes; hay en sus ojos grandes una inagotable
fuerza de pasión delicada y de ternura; pudor perpetuo vela sus facciones puras y
gallardas, y para sí hubiera querido Rafael el óvalo que encierra aquella cara noble,
serena y distinguida. Cautiva con hablar, y con mirar inclina al cariño y al respeto.
Mujer de un hombre ilustre, Luisa Pérez entiende que el matrimonio con el esposo muerto
dura tanto como la vida de la esposa fiel. ¡Cuán bellos versos son los suyos que Domingo
Cortés copia, inferiores, sin embargo, a muchos de los que Luisa Pérez hace! Llámanse
los del libro de Poetisas, "Dios y la mujer culpable"; pero a fe que no
es esta paráfrasis la que debió escoger Cortés para su libro: ¿no ha leído el
hablista americano "La vuelta al bosque", de Luisa? Ramón Zambrana había
muerto, y la esposa desolada pregunta a las estrellas, a las brisas, a las ramas, al
arroyo, al río, qué fue de aquella voz tranquila que le habló siempre de venturas, de
aquel espíritu austero que hizo culto de los ajenos sufrimientos, de aquel compañero
amoroso, que tuvo para todas sus horas castísimos besos, para sus amarguras, apoyo, y
para el bien de los pobres, suspendidas en los labios, consoladoras palabras de ciencia. Y
nada le responde el arroyo, que corre como quejumbroso y dolorido; lloran con ella las
brisas, conmovidas en las rumorosas pencas de las palmas; háblanle de soledad perpetua
los murmullos del bosque solitario. Murió el esposo, y el bosque, y los amores, y las
palmas, y el corazón de Luisa han muerto. ¿Por qué no copió Cortés estos versos de
una pobre alma sola que oprimen el corazón y hacen llorar?
Cortés llena, en cambio, muy buena parte de su libro con las
composiciones más conocidas de la poetisa Avellaneda. ¿Son la grandeza y la severidad
superiores en la poesía femenil a la exquisita ternura, al sufrimiento real y delicado,
sentido con tanta pureza como elegancia en el hablar? Respondiérase con esta cuestión a
la de si vale más que la Avellaneda, Luisa Pérez de Zambrana. Hay un hombre altivo, a
las veces fiero, en la poesía de la Avellaneda: hay en todos los versos de Luisa un alma
clara de mujer. Se hacen versos de la grandeza, pero sólo del sentimiento se hace
poesía. La Avellaneda es atrevidamente grande; Luisa Pérez es tiernamente tímida.
Ha de preguntarse, a más, no solamente cuál es entre las dos la mejor
poetisa, sino cuál de ellas es la mejor poetisa americana. Y en esto, nos parece que no
ha de haber vacilación.
No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda: todo anunciaba en ella
un ánimo potente y varonil; era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y
enérgica; no tuvieron las ternuras miradas para sus ojos, llenos siempre de extraño
fulgor y de dominio: era algo así como una nube amenazante. Luisa Pérez es algo como
nube de nácar y azul en tarde serena y bonancible. Sus dolores son lágrimas; los de la
Avellaneda son fierezas. Más: la Avellaneda no sintió el dolor humano: era más alta y
más potente que él; su pesar era una roca; el de Luisa Pérez, una flor. Violeta casta,
nelumbio quejumbroso, pasionaria triste.
¿A quién escogerías por tu poetisa, oh apasionada y cariñosa
naturaleza americana?
Una hace temer; otra hace llorar. De la Avellaneda han brotado estos
versos, soberbiamente graves:
Voz pavorosa en funeral lamento,
Desde los mares de mi patria vuela
A las playas de Iberia: tristemente
En son confuso lo dilata el viento:
El dulce canto en mi garganta hiela,
Y sombras de dolor viste a mi mente.
Y cuando alguien quiso pintar a Luisa Pérez ornada de atributos de
gloria y de poesía, aquella lira de diecisiete años tuvo estos acordes suaves y
modestos:
No me pintes más blanca ni más bella;
Píntame como soy; trigueña, joven,
Modesta, sin belleza, y si te place,
Puedes vestirme, pero solamente
De muselina blanca, que es el traje
Que a la tranquila sencillez del alma
Y a la escasez de la fortuna mía
Armoniza más bien. Píntame en torno
Un horizonte azul, un lago terso,
Un sol poniente cuyos rayos tibios
Acaricien mi frente sosegada.
Los años se hundirán con rauda prisa,
Y cuando ya esté muerta y olvidada
A la sombra de un árbol silencioso,
Siempre leyendo encontrarás a Luisa.
Lo plácido y lo altivo: alma de hombre y alma de mujer; rosa erguida y
nelumbio quejumbroso; ¡delicadísimo nelumbio!
Revista Universal, 28 de agosto de 1875.
JOSÉ CRISTÓBAL MORILLA
Con reverencia profunda ha de escribirse el nombre del anciano
constante y pundonoroso, limpio en el patriotismo como en su vida entera, que acaba de
morir en el asilo extraño donde batalló, sin conocérsele cansancio, por la
independencia de su patria. Fue el suyo de aquellos caracteres que no tienen paces con la
deshonra, ni buscan casos y escapes a la cobardía, ni entienden que haya conformidad con
la existencia, ni se tenga el hombre por tal, mientras en el pueblo en que nació viva el
hombre hipócrita y abyecto. Es como una luz del alma, que no se apaga jamás. Es como una
voz secreta, que no deja dormir. Es como un caballero antiguo, que se había jurado a su
dios y a su dama. La lealtad embellece estas vidas, mientras que las de otros se arrastran
limosneras y torvas, y descontentas de todo, porque lo están de sí propias.
En este amor sin tacha y sin receso por su tierra mísera vivió José
Cristóbal Morilla, que a la tentación de ir a pasar la vejez en la ciudad de sus
estudios y de sus amores, prefirió continuar viviendo, cara a cara del despotismo que
pudre a su país, entre los que se han jurado, como la mina al pie de la fortaleza, pelear
juntos con su vida hasta lograr la independencia de su pueblo: y cuando ya no estén
vivos, animar a los demás a pelear con el ejemplo de su muerte. Pero José Cristóbal
Morilla no era de los que creen que se echan mundos abajo con la mera opinión, ni que los
pueblos se libertan, o mudan del vicio a la virtud, con el deseo perdido en el pecho
ocioso. El, pulcro y tenaz, estaba a la obra siempre. Cuando todo se apagaba, allí estaba
él, en su rincón de claridad, con el grupo glorioso de los incorregibles. Cuando su
pueblo, como una caña loca, se plegaba a la tormenta, él, en el grupo de amigos,
resistía como un roble. Para él, como para aquellos hombres todos, ni había quehacer
superior al de libertar a su país, ni pasión que no domasen en su servicio. Fue siempre
hermoso duelo el de España, con su isla corrompida al pie, y ese puñado de hombres. En
las citas, Morilla era de los primeros: su voto, siempre el mismo, era el de arrancar de
raíz: su misa, los domingos, era la junta de los amigos que no se han cansado de servir a
su patria. De su leal esposa, abnegada compañera de aquel sencillo heroísmo, salía,
fuerte y cortés, a la junta imperecedera: por la sombra de los árboles viejos de la casa
de Lamadriz, pasaba, vivos los ojos y el andar, el licenciado rebelde. Su esposa murió, y
él ha muerto.
Patria, 22 de abril de 1893
MARCELINO VALENZUELA
Conversaba Patria con Raimundo Ramírez, porque de vez en cuando
es bueno conversar, y se contó la hermosa historia del cubano Marcelino Valenzuela Bondi,
"del hombre que con más dignidad llevaba la vida del presidio en Ceuta".
Ramírez lo pintaba como si se le viese: ni de mucho cuerpo, ni de pocos años, unos
treinta y cinco; un machetazo de la guerra grande le había llevado el pómulo; otro le
tenía partida, de la frente al cuello, la cabeza; y en el otro, el del hombro, le cabía
la mano. Recibía al mes Marcelino Valenzuela cuarenta pesos de Cuba, y los repartía,
íntegros, entre sus compañeros. Marcelino era negro y los cuarenta pesos se los mandaban
sus amas.
Y vale la pena saber cómo Marcelino escapó de los machetazos con
vida. De la mucha sangre no se podía enderezar, y a codo y rodilla fue arrastrándose por
el monte, hasta que dio con un güiral y se puso las hojas machacadas de tapón en las
aberturas. Tapa bien, la hoja de güiro generosa. Y cuando su coronel lo vio aparecer
vivo, se echó atrás, como si viera un fantasma. Luego cayó; cuando dijo adiós a su
mujer y a sus hijos en "la Guerra Chiquita", y salió al campo con la bandera
infortunada de Calixto García: cayó en Ceuta.
En Ceuta era donde había que verlo vivir, donde no tenía centavo
suyo, o vendía el reloj y la cadena para cubrir la estafa de un cubano pecador, y poner
lo que él había quitado, a fin de que no lo enviasen a presidio. Y en Cádiz era aún
más grato verlo, porque tenía allí casa abierta, de los cuarenta pesos que le mandaban
sus amas; y en la casa daba asilo a cuanto cubano, tinto o claro, lo hubiese menester. Uno
le preguntaba con indignación por qué amparaba a éste o aquél, que no vivían con el
decoro que debieran; y Marcelino le respondió: "Pero, ¿qué he de hacer, si son
paisanos? ¿No es más doloroso que vayan a andar por ahí, donde los gaditanos le vean la
necesidad, y quien salga perdiendo de la deshonra no sean ellos, sino Cuba? Entre, amigo:
ya sé que se lo jugó anoche todo, y que no le queda camisa; pero aquí tiene para esta
tarde el ajiaco". Y Marcelino, para entonces, no sabía leer ni escribir. Luego
lo enseñó a leer Raimundo Ramírez.
Patria, 1 de noviembre de 1892..
CAYETANO SORIA
Era un rico benévolo; era un obrero que no se envaneció con la
riqueza; era un cubano que no veía en la riqueza el pasaporte para la indiferencia o el
egoísmo: era un compañero de todos los que padecían; un hombre bueno era Cayetano
Soria. Quien nada le pidió, quien rechazó lo que le ofrecía, tiene derecho a elogiarlo.
Tiene el deber de elogiarlo quien fue un día recibido por él, en la casa levantada por
su labor, con la franqueza de su mano, y la mirada triste e inquieta de sus ojos azules.
Amable debió ser en vida aquel a quien sigue descubierto a la tumba un
pueblo entero. Así se alzan los pueblos; no apedreándose las casas de acera a acera, ni
recortándose los méritos como cortesanas envidiosas, sino reconociendo el mérito a
pleno corazón, convidando a la virtud por el estímulo del respeto con que se la premia,
juntándose los hombres en una casa sola, para venerar y amar, como los cubanos del Cayo,
para decir adiós a Soria, se juntaron en el Liceo San Carlos. Juntarse: ésta es la
palabra del mundo.
Como se apartan los ojos de las villanías, para que la piedad del
silencio ayude a hacerlas menos feas y aborrecibles, así se han de volver los ojos a los
espectáculos de la virtud, para que se mantenga o reviva la esperanza en el alma de los
hombres. El que, de pie entre sus trabajadores, más los amaba que los oprimía, y
devolvió al pobre mucho de lo que ganó con la ayuda de él; el que anhelaba ganar más
para tener más que dar a la patria de su corazón; el que aborrecía como a enemigos de
la humanidad, y como a ladrones, a los ricos sórdidos, que de las vilezas de su patria
sacaron tal vez la fortuna que arrinconan, y se niegan a purificarla y redimirse ayudando
al triunfo de la justicia en su patria; el que creyó que la posesión de mayor caudal no
daba a un hombre el derecho de negarse a aumentar la felicidad de sus semejantes, y las
condiciones públicas de su felicidad, sino que más es el deber de aumentarlas mientras
más es el caudal; el que sostuvo con su predicación y con su ejemplo que la limosna
privada, con ser santa, lo es menos que la limosna que se da al país esclavo y
vilipendiado, que es la semilla de los limosneros; el que en los últimos días de su
vida, en un sillón de Patria, padecía vehementemente del temor de que se creyese
que no amó en vida bastante a su país, cayó, joven aún, en los hombros de sus
conciudadanos. No le han cantado una misa comprada, cuyos cirios encendiera, riendo o
bostezando, el sacristán indiferente. No le han seguido al cementerio por el bien parecer
o la obligación de la familia, unos cuantos carruajes perezosos. Las mujeres le tejieron
coronas al obrero que no dejó de serlo en la prosperidad; niñas y niños fueron a pie
hasta la sepultura del que en el sigilo de la bondad verdadera, repartió mucho pan y
secó muchas lágrimas; las asociaciones a que ayudó, y por donde la patria empieza a
vivir y se ejercita, cubrieron con sus estandartes el cadáver de quien anheló ver a los
hombres asociados, y no les pidió nunca el pago de la lisonja a cambio de sus beneficios:
los que le vieron vivir, acudían a declarar, ante el sol, que había vivido bien: y lo
acompañó a la tumba un pueblo entero. ¡Allá, en el frío de la sepultura, debe arropar
al muerto el cariño de las manos que vinieron a dejarlo en la tierra!: y cuando no se ha
merecido, por la generosidad en la riqueza o por la honradez en la pobreza, el amor de los
hombres, el muerto debe sentir mucho el frío!
Patria, 28 de mayo de 1892.
PIEDAD ZENEA
Ya tiene noble compañero para el camino del mundo, siempre áspero a
quien esquiva de sus tentaciones el talento y la virtud, la ideal criatura, a la vez
candorosa y enérgica, que dejó sin padre, en la tierra cruel, la alevosía de España.
Ya, rodeada de amigos, de Piñeyro y Albarrán, de Solar y Goyeneche, de lo más valioso
de nuestra gente en París, unió su vida Piedad Zenea a la del cubano famoso por el
desembarazo de su pensamiento y el arte de su estilo: a Emilio Bobadilla. De ternura y
lucha y soledad callada y de rudo trabajo, ha sido la vida de la hija del poeta, en quien
la menor dote es la de su beldad perfecta e imperiosa. Ella, al lado de la triste viuda,
ganaba con su trabajo, duro a la edad de los encantos, el techo y la mesa: ella,
deslumbradora en el salón, era de día la penosa maestra: ella acaso, al cerrar la puerta
al mundo, lloraba a solas. Por sí no había de llorar la huérfana valiente, sino la
madre, a quien, de cuatro balazos en el muro, dejó sin compañero la nación que le usó
a mansalva el deseo de sacar con decoro de la derrota a la patria que creía vencida; por
el padre había de llorar, que la amó tanto y la cantó en sus días de muerte en versos
de augusta serenidad, donde no halla quien sabe de almas, una sola voz de confusión o
remordimiento. Hoy, la hija del poeta va del brazo hidalgo del autor de La Momia,
en que centellea, fatídica, el alma cubana: en pocas lenguas hay quien pula el
pensamiento, y lo respete y agrupe, con el brío y cuidado con que talla su castellano
franco y numeroso Emilio Bobadilla. A la casa nueva de París envían flores de amistad
cuantos, en el hospedaje de su corazón, guardan los versos de Juan Clemente Zenea, nunca
tan bellos como cuando, con la frente a las rejas de su calabozo, veía, pensando en su
mujer y en su hija, la pared a que lo habían de respaldar, para morir, las balas
españolas.
Patria, 8 de diciembre de 1894.
RAMÓN DEL VALLE
Admirados vieron un día los obreros de la fábrica de Mora, famosa
años ha, a un hombre de más letras que mecánica que, con la cara llena aún de
sufrimientos, se sentó valiente a aprender el trabajo humilde y libre; porque con
independencia, en hombres como en pueblos, la mayor humildad es corona: y sin ella, el
genio mismo va de saltimbanqui, y la virtud, de verse incapaz, se vuelve ponzoña. Aquel
letrado, aquel negociante, aquel secretario, vio que el oficio de torcer tabacos mantenía
en el destierro honrado al hombre: se subió al codo los puños petimetres, y aprendió a
torcer tabacos. Aquel rostro, decidido y sereno; aquel buen consejo y continua cortesía;
aquel trabajar desde la primera hasta la última luz: aquel alzar con el alma unida de la
asociación el corazón disperso de los cubanos, se llamaron en vida Ramón del Valle.
Murió ayer, de cincuenta y cuatro años, a la hora en que rompe el día, a la madrugada.
El español lo metió en el barco horrible, y fue, en la náusea de
aquella bodega, a Fernando Poo. Se le veía morir en el camino, no abatirse; si alzaba una
mano, era para darla a los demás: su bocado tenía dos pedazos, y uno solo era suyo.
Burló su cárcel, pisó esta nieve y demostró su fortaleza con el aborrecimiento de la
fea comodidad de la limosna. No se puso de cesante, a gruñir y pedir; ni creyó que el
padecer por la patria excluyese al hombre del deber de honrarla por el mundo con el
ejercicio constante de su virtud. ¡El apóstol, que lo sea a costa suya! ¡ni puede decir
la verdad a los hombres quien les recibe la carne y el vino! De tabaquero comenzó el
destierro quien en riqueza y secretaría vivió en la patria. De tabaquero cultivó su
lengua, y escribió documentos memorables. De tabaquero levantó a sus hijos. Y ni
descubrió él que los hombres se desposeyesen de una sola virtud, o se limpiaran de una
sola culpa, por estar en un empleo en vez de otro; ni el obrero cubano, que no ve en su
mesa una barrera que lo aparte del mundo, ni un bochorno que lo haga menos que él, cesó
de admirarle el alma bravía al culto Ramón Valle. Al caer en la tierra ajena del
cementerio de Woodlawn, con los ritos de la hermandad masónica en que vio él como la
patria misma, por ser la patria imposible sin el trato libre e indulgente de los que han
de vivir en ella como hermanos, no cayó solo, ni entre pechos fríos, sino rodeado de
cabezas descubiertas.
Patria, 3 de abril de 1892..
PEDRO GÓMEZ
Él es el firme anciano que, ya en canas, torció el camino del
caballo, y lo metió en el monte libre; él es el que, como premio o remordimiento, o como
retaguardia fraternal, está junto a los que le visitan, con recados de patria, su pueblo
tampeño, en Tampa; él fue quien echó al cielo primero, en el pino más alto que halló,
su bandera cubana: él escribe con el abandono y la fuerza de los apóstoles. Y él quiere
decir, acá mismo en Patria, que no tiene "por digna la anexión de Cuba a los
Estados Unidos, venga de donde viniere, ni después de la independencia, ni antes de
ella". Y si tal fatalidad pudiera ser, aunque sea después que yo deje de existir, le
pediré al Todopoderoso que se levante un torbellino que consuma la mar y la tierra del
seno mexicano".
¿Y ha de dejarse en pena a aquel anciano generoso? No verá él en Patria
jamás, ni el consejo de ligar a Cuba, peculiar y débil, con un pueblo diverso,
formidable y agresivo que no nos tiene por igual suyo, y nos niega las condiciones de
igualdad, ni el enojo innecesario contra los cubanos y españoles que, por credulidad
supina, o fantasmagoría de progreso, o deslumbramiento de la mera apariencia, o poco
lastre de ciencia política, opinaran en su libre buena fe, que un pueblo desdeñado, de
composición enojosa para el país con que se habría de unir, vivirá más seguro en la
dependencia de un pueblo que se tiene por su superior, y lo quiere para fuente de
azúcares y pontón estratégico que en el orden posible de sus elementos productores
propios, garantizados por su propio buen uso, que pondría de valla el respeto universal a
la codicia de los vecinos. A las estatuas de polvo, Pedro Gómez, no hay que ponerles el
dedo, sino dejarlas caer. Ni hay que empeñarse en demostrar que a un pueblo de problemas
menores, y cuya solución es de facilidad relativa, no le conviene, a la hora en que mudan
de teatro las cóleras del mundo, y se vienen al teatro más libre de América, entrar en
liga con un pueblo de problemas mayores, cuyo seno empiezan ya a desgarrar, por culpa de
su arrogancia e imprevisión, las iras todas acumuladas por los siglos en las naciones
europeas. ¿Quién, por huir de un espantapájaros, se echará en un horno encendido? Pero
en Patria, y en buena república, es justo acatar sinceramente el derecho de los
hombres a expresar y mantener su opinión y amar como a padres a los ancianos que tiemblan
de pensar que pueda caer la tierra porque sangraron en manos burdas y desdeñosas, que
hagan botones con los huesos de nuestros muertos.
Patria, 27 de agosto de 1892..
JOAQUÍN TEJADA
Pocas dichas hay como la de hallar mérito superior en un hombre que ha
nacido en nuestra tierra, porque el placer de amar el mérito es más vivo cuando nos
viene de quien padece de nuestra propia humillación, y con su valer nos la levanta y
redime. Es como si de súbito creciese la fuerza de nuestro derecho, y más cuando no es
el valer segundón o imitado de los que andan sumisos tras lo ajeno, o subiéndose por
cuanta altura hallan al paso, para que se les oiga la voz rastrera, o cepillando cualquier
faldón luciente sino poder honrado, que con eficaz realidad y entrañas de hombre,
compone obras pensadas y sentidas de belleza. El mundo es patético, y el artista mejor no
es quien lo cuelga y recama, de modo que sólo se le vea el raso y el oro, y pinta amable
el pecado oneroso, y mueve a fe inmoral en el lujo y la dicha, sino quien usa el don de
componer, con la palabra o los colores, de modo que se vea la pena del mundo, y quede el
hombre movido a su remedio. Mientras haya un antro, no hay derecho al sol. Joaquín
Tejada, el pintor nuevo de Cuba, si va a Barcelona, no pinta ocios o tentaciones, que son
sutil lisonja al vicio, pródigo con quien lo cosquillea y excusa, sino la gente triste de
la ciudad, de blusa o capa ruin, o de pañuelo y cesta, que en el azar de un sorteo busca
alivio a su vida áspera y ansiosa; de Cuba pinta a un negro, roto y avinado, o a otro de
África, cano y nudoso, y de ojos como iracundos y proféticos; y si copia un paisaje
criollo, de la naturaleza abandonada es, con la luz rica perdida en el jardín deshecho, y
la casa desierta y miserable. En New York está ahora de paso Joaquín Tejada, y quien las
ve no olvida, por lo menos, sus tres telas mayores. Uno es el cuadro, de beldad desolada.
de las Bocas del Toro; otro, el negro, de pecho abierto, rostro apretado y sombrero de
yarey; otro, es la obra mayor: "La lista de la Lotería". En él está,
humanitario y robusto, el pintor nuevo de Cuba. Y desde hoy se puede ya
decir: su nombre
será gloria.
Por el aire fresco y libre, por el color ameno y natural, por la
soltura y propósito de los detalles, con ser todos de mérito saliente, menos notable el
vasto cuadro que por la piedad y sentido de las figuras, en que el artista adivino pone la
historia toda, agitada o sumisa, y el carácter típico de cada variedad social, y por la
gracia y levedad de la obra entera y la elegancia con que, sobre una esquina cubierta de
elocuentes carteles, agrupa los personajes vulgares. El grupo curioso ve los billetes en
la lista de la pared. El mozo de cordel, con cuerdas por los muslos, nervudos y caídos
del trabajo, y el chaleco alón, y la barretina por la espalda, tiene el dedo rígido
sobre su número feliz; a la modista se le ve la lozanía por las ropas dóciles, y salud
del cabello, enroscado a la nuca; el estudiante es lampiño y de cepa catalana, que desea
y arriba; el empleado pálido empina el triste hongo; a la cadera del blusón tiene la
mano el aprendiz reverente; conversan las arrugas hondas del viejo de la blusa azul;
cuelga el cesante de capa y chistera; al mocetón de espaldas se le adivina la mano viril
que rebusca por el bolsillo el billete; la bondad del trabajo rebosa el alma madraza de la
española pobre, en la cuarentona de pañuelo y cesta que oye al vejete parlanchín; un
porfiado valenciano, de alpargata y montera, se lleva indiferente a la otra parte del
cuadro su carro de lechero. En los carteles de la pared, a medio desgarrar, como para que
no recarguen el cuadro que completan, está la vida entera barcelonesa: la junta
electoral, la cita del orfeón, la asamblea de obreros, denuncia de los crímenes
sociales; la calle silenciosa dobla, en vuelta ligera, por el fondo. Y dice el lienzo todo
que el trabajo da salud, que la mujer es hermosa y consuela, que la humanidad codicia y
hierve.
Por el dibujo pudo errar el primer cuadro de quien como Tejada sabía
poco de colores hace aún tres años, y no sólo es todo él fin juicioso en "La
Lista de la Lotería", sino que tiene el mérito sumo: que es el de enseñar, por la
sagaz percepción del laboreo de las almas en la carne, la vida interior, burda o
graciosa, del personaje a quien el suelto contorno deja pleno carácter y movimiento. En
la tentación del color pudo caer, que es siempre excesivo, en letras y pintura, durante
la juventud; pero él tiene ya la suave tristeza del hombre pensador, que ve a la vida sus
velos y nubes, y a la ciudad ese vaho turbio que atenúa el escándalo de los matices
vivos. En lo que debió pecar Tejada, por su sinceridad misma, fue en el abandono que los
artistas incompletos confunden con el vigor y el albedrío, y goza hoy de fama grande y
perecedera, que pudo tentar por el aplauso unánime, y ser la forma de expresión de los
pintores de la realidad, a quien viene el arte con el respeto y amor de ella, y el don de
ver la belleza en los desdichados y en los mansos; pero el pintor nuevo de Cuba mostró
mérito sobresaliente en la difícil moderación con que realzó por el trabajo acabado,
sus figuras intencionadas y verdaderas, y dio a una obra urbana y de asunto común el
interés triunfante de la gracia. Sacar de sí el mensaje natural es la obra del artista,
y ver con sus propios ojos, que es fuerza a que aun los hombres de sumo valer suelen
llegar tarde en la vida, por lo falso y ajeno de la educación artificial con que los
vendan, y a que Joaquín Tejada ha llegado temprano. Y de otro peligro se salvó Tejada
ya, y es el de la inmodestia, compañera segura del mérito inferior, que en él no
aparece, porque es como quien peca con vivir y tiene a la vez la fe creadora y la
saludable duda de cuanto hace. Ámese, puesto que ama al hombre, al artista nuevo de Cuba,
al que padece de la pena humana y no tiene pinceles para los vanos y culpables de la
tierra, sino para los adoloridos y creadores.
Patria, 8 de diciembre de 1894.
EUSEBIO GUITERAS
En su casa de patriarca humilde, al pie de la iglesia adonde iba a
buscar de continuo, con la fe de la imaginación, el consuelo y reposo que escasean en la
vida, ha muerto, lejos de su patria, el matancero amado, el maestro Eusebio Guiteras. En
sus libros hemos aprendido los cubanos a leer; la misma página serena de ellos, y su
letra esparcida, era como una muestra de su alma ordenada y límpida; sus versos
sencillos, de nuestros pájaros y de nuestras flores, y sus cuentos sanos, de la casa y la
niñez criollas, fueron, para mucho hijo de Cuba, la primera literatura y fantasía. En
Cuba tenía él perpetuamente el pensamiento, siempre triste; y había algo de amoroso en
sus modales, un tanto altivos en la mansedumbre, cuando recordaba los tiempos prósperos
del colegio de la Empresa, donde él ayudó a criar a tan buena juventud, o se evocaba a
los Suzartes y Peolis y Mendives, que fueron tan amigos suyos, o decía él de la amistad
piadosa de Raimundo Cabrera y de Gabriel Millet, que con la visita y los regalos criollos
pusieron en su vejez un rayo de sol, o con la mano apagada iba volviendo las hojas de
aquel álbum de autógrafos que guarda escondidas páginas de Plácido y de Milanés, y
cartas y firmas de lo mas honrado y fundador de Cuba. ¡Ah! ¡qué culpa tan grande es la
de no amar, y mimar, a nuestros ancianos!
Patria fue a ver a Eusebio Guiteras, hace pocos meses. Y era él
aún, el maestro de la leyenda, con algo de eslavo en el arrogante cuerpo, las canas de la
barba y el cabello realzando el rostro hermoso, el traje austero y fino, por corbata la
cinta de seda negra, y de calzado los zapatos bajos. Un Cristo en la pared desnuda era en
el cuarto lo que más se veía, y la Virgen de Guido. En la mesa, de caoba bruñida, todo
estaba como para empezar a trabajar, sin papel holgante ni libro vagabundo, y a la derecha
de la cartera esperaba una vieja crónica de México la mano penosa del fiel traductor;
trabajaba, en silencio, hasta los últimos días de su vida. En la severa sala, junto a su
cuarto de escribir, los dos grabados, y muy buenos, de la chimenea, eran de Quintana el
uno y el otro de Las Casas. Pero lo que como su joya enseñó él, y con las manos
trémulas levantó hasta la luz, para que se le viera mejor, fue una paleta en que estaba
pintado un paisaje de Cuba: un paisaje que le envió de regalo Raimundo Cabrera. ¡Oh,
qué bien hace el que consuela a los ancianos¡
Ya ha caído, como una ánfora de plata en que se extingue el perfume.
Se durmió, con las dos manos al pecho. Una familia ilustre, de hombres capaces y buenos,
de mujeres fieles y cultas, llora en la casa vacía. Ya no irá por las mañanas Eusebio
Guiteras, como dicen que iba, a ver a la luz del sol el paisaje cubano. Ya, al alzar la
cortina, blanca siempre, no verá las enredaderas de su portal, ni las hojas de otoño, ni
la nieve. Su pueblo le debió luz y virtud, y lo tiene en el corazón, donde no se sientan
los cansados ni los hombres de odio, donde se sientan los padres. ¡Feliz quien, antes de
que se cerrasen aquellos nobles ojos, pudo ver brillar en ellos una vez más la luz de
Cuba, y reanimó, con el agradecimiento de la patria, el corazón desterrado del anciano!
Patria, 28 de diciembre de 1893.
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