NOTA
Aunque el reinado de Isabel II duró desde 1833, cuando era una niña, hasta 1868,
cuando fue destronada, en la historia de España se le da mayor amplitud a la que se
conoce como "era isabelina". Su influencia se mantuvo después de la
Restauración de la monarquía, durante el reinado de su hijo Alfonso XII. Martí, que se
interesa en el personaje la describe en detalle aunque con disgusto por lo que
representaba; dice en un pasaje del trabajo que sigue: "She is a royal creature,
absolutely saturated with the monarchical spirit of olden times. To the solemn and
rebellious voice of modern existence she turns a deaf ear. Her royal airs, her proud and
condescending gestures, her complimentary salutes, and the graceful manner in which she
proffers her hand to the lips of visitors, all come from her belief that she is of a
nature altogether different from that of her vassals".
Isabel II era hija de Fernando VII, y desde que tenía tres años, a la muerte de su
padre, se convirtió en reina. Durante un tiempo actuó como regenta su madre, pero a los
trece la declararon mayor de edad y poco después, contra sus deseos, la casaron con
Francisco de Asís de Borbón, duque de Cádiz. Más interesado el rey consorte en su
secretario, a quien logró hacer duque de Baños, que en su joven esposa; y más en el
arte y la literatura que en asuntos de Estado, la vida privada de Isabel II se redujo a
poco más que a una serie de adulterios. En vano trató que el papa Pío IX le anulara el
matrimonio, por lo que nunca interrumpió sus aventuras e infidelidades. "Ninguna
mujer en el mundo" dijo, "ha sido tan engañada como yo en su matrimonio. Yo
busqué un hombre y sólo encontré un Infante".
De nuevo la boda de Alfonso XII y María Cristina le sirve a Martí para analizar
algunas figuras que en ese momento se movían en la escena política del país: además de
la familia real, Abelardo López de Ayala, quien había contribuido al destierro de la
reina y que se negó a ir al palacio a besarle la mano, y Práxedes Mateo Sagasta, astuto
aspirante a la cartera de primer ministro. Pasa entonces el cronista a describir la
ceremonia del besamanos, en la que señala las miserias de la Corte, y luego sigue la
procesión que lleva a los novios a la iglesia, y comenta las reacciones del pueblo ante
el acontecimiento y la actitud de los personajes principales que actuaban en él.
Como se ha visto, Martí terminó la crónica anterior con la promesa de una nueva
sobre lo que acontecía en esos momentos en España. Tiempo después, en Caracas, al
escribir sobre "El centenario de Calderón", se aprovecha de cuanto presenció
en estos días de la boda de Alfonso XII: la multitud, las calles, la procesión, y vuelve
al elogio de la reina Victoria, la esposa de Amadeo "prudentísima porque se
colgaba los hijos del pecho, y las llaves de palacio de su cintura" (15, 119)
recordando, como aquí, el juicio de la condesa de Vega Armijo, quien la comparaba a la
"ventera de Alcorcón" casi con las mismas palabras: "with the key of the
pantry in her belt and a baby at her breast" ("con la llave de la despensa al
cinto y un niño al pecho"). La visita a Cristino Martos, y la evocación de su
discurso sobre Cuba, vuelven a aparecer muchos años más tarde, en Patria, el 14 de
febrero de 1893, con motivo de la muerte del diputado: "Era otoño hace años, y
llegó a Madrid después del Zanjón un cubano...": era Martí: lo visitó, hablaron
de Cuba, y sigue con lo que se describe en esta crónica: "Al día siguiente fue día
famoso en Cortes: el día en que se suspendían las sesiones en homenaje a María Cristina
que se venía a casar..." (4, 130)
Los augurios del festín de Baltasar como aviso de calamidades, al igual que en el
Libro de Daniel, en la Biblia, tal como aquí aparecen, los empleó también Martí al
referirse al "Movimiento social y político de los Estados Unidos", en La
Nación, de Buenos Aires, el 4 de mayo de 1887, cuando dijo, muy de acuerdo con su saber y
su intuición política: "Los pensadores, los veedores, los escuchas del pensamiento,
observan el cambio y lo anuncian; pero los pueblos son como los convidados de Baltasar,
que no se deciden a abandonar el festín hasta que la cólera flamea en el muro" (11,
172). Y con el mismo espíritu de aquella profecía que hizo al hablar de Rusia, en The
Sun, el 28 de agosto del año siguiente, "Si la monarquía no hace una revolución,
la revolución deshará la monarquía" (15, 416), advierte ahora, en semejante
construcción aforística: "Sovereigns must be people, or the people will be
sovereigns" ("los soberanos deben ser pueblo, si no el pueblo será el
soberano").
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Isabel
II(1830-1904), de muy joven, en un óleo anónimo que se
conserva en la Universidad de Barcelona. “Aunque es española
a cabalidad, y ama a su gente, hicieron bien en desterrarla.
Tiene las peores cualidades del carácter español sumadas a
torpes arranques nerviosos. Sabe querer, perdonar, gemir y dar
limosnas, y ya eso es suficiente para una mujer, pero no
entiende el problema que ahora se presenta al adelantar un
paso en el cambio de la bestia al hombre; no entiende los
deseos de un pueblo cuyo corazón ha sido devorado por una
revuelta, un pueblo cansado de la deshonra y de la pereza, que
ya exige unir su voz al concierto de un mundo en
progreso".
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TRAYECTORIA DE UNA REINA
Isabel II: su carácter y sus debilidades. La política y los vasallos. Alfonso XII y
María Cristina de Austria. El besamanos. Las Cortes: López de Ayala, Sagasta y Cristino
Martos. La boda y el pueblo.
El invierno en Madrid es ligero, limpio y primaveral. Uno cree que los rosales van a
florecer, a dar esas rosas encarnadas con las que las mujeres de Sevilla se adornan con
gracia su negra cabellera. A excepción de la mujer árabe, a nadie le brillan los ojos
como a las españolas. Las abnegadas obreras madrileñas, que mueren de pobreza y de amor,
tienen ojos de deslumbrante brillo en sus pálidos rostros, y son como estrellas en un
cielo enfermo. Los ojos de las robustas españolas del norte reflejan mejor la ira que el
amor; pero la mirada amorosa de las mujeres del sur sean de la indolente Granada, de
la blanca Sevilla o de la tumultuosa Málaga, donde la pasión quema como un horno, mata
como un puñal y consume como un incendio , amarra para siempre a un hombre a
Andalucía: sus miradas entran en la carne y se alojan en el corazón, y allí se enroscan
como serpientes.
*
Los ojos de Isabel, la madre de Alfonso, que vimos el pasado invierno, no son
andaluces. Ya está un poco entrada en años, pero los ojos españoles nunca envejecen. La
reina Isabel tiene un alma joven, quizás demasiado joven. El fuego de su naturaleza
apasionada y mezquina se revela en sus ojos persuasivos, osados y brillantes dentro de la
gruesa cavidad en que se encuentran. Sólo la inteligencia rápida y flexible de la gran
señora nos hace olvidar la pesada humanidad en que se aloja. Aunque es española a
cabalidad, y ama a su gente, hicieron bien en desterrarla. Tiene las peores cualidades del
carácter español sumadas a torpes arranques nerviosos. Sabe querer, perdonar, gemir y
dar limosnas, y ya eso es suficiente para una mujer, pero no entiende el problema que
ahora se presenta al adelantar un paso en el cambio de la bestia al hombre; no entiende
los deseos de un pueblo cuyo corazón ha sido devorado por una revuelta, un pueblo cansado
de la deshonra y de la pereza, que ya exige unir su voz al concierto de un mundo en
progreso; y sabe ser ingeniosa y saludar elegante por las mañanas a los capitanes de su
guardia personal. No obstante su corpulencia, lleva con auténtica majestad su vestidura
real, y disfruta de una buena cena en el hotel Chardy donde la gente es discreta y hay
puerta privada. Pero todo eso no es hoy suficiente: para dar una impresión favorable en
un pueblo guiado por la razón y movido por la prensa, una reina debe vivir como una mujer
del pueblo, con la llave de la despensa al cinto y un niño al pecho, como vivía la
encantadora María Victoria, la esposa del rey Amadeo, a quien la marquesa de Vega Armijo,
de la alta nobleza, llamaba "la ventera de Alcorcón". La joven reina de Grecia
ha dado un buen ejemplo, y se ha hecho popular en Europa: con pluma elegante y atrevida
defiende su corona y a sus amigas: los soberanos deben ser pueblo, si no el pueblo será
el soberano.
Isabel tiene cierta grandeza de espíritu, pero carece de esa rara virtud que aleja los
deberes de los ardientes deseos del alma, aunque con valor confronta los infortunios y sabe
adaptarse a las circunstancias lo que debe ser fácil para una mujer con un ingreso
anual de 200.000 duros, un puñado de bellas marquesas como damas de compañía, un joven
favorito (Ramiro de la Puente, ahora marqués de Altavilla, como poderoso secretario) y
una pequeña corte en el exilio. Es cierto que ha dejado de ser reina y que no puede
regresar a Madrid, al Palacio de Oriente, desde cuyas ventanas de granito veía morir de
frío, en el Campo del Moro, a sus infelices guardias. En París es con frecuencia
elogiada como representante de la simplicidad y de la buena naturaleza real, y la prensa
monárquica se refiere a ella con esa gran palabra, "Majestad", feliz de
encontrar una reina en tan buen estado de salud. Y cuando se anuncia que ha de llevar a la
pila de bautismo a un hijo de Popaul, como la plebe de París llama al señor Paul
de Cabsagnac, se forman largas filas de curiosos a la entrada de la iglesia.
*
La reina Isabel está envuelta en la política. Al conspirar en favor de la corona
conspira contra la libertad. Sin fruncir el ceño y en buena compañía come el pan amargo
del proscrito, pero siente deseos de desterrar a los que la desterraron a ella. Es una
criatura real ungida con el espíritu monárquico del pasado, y no tiene oídos para el
clamor rebelde y solemne de la vida moderna. Sus aires de realeza, sus gestos
condescendientes y orgullosos, sus saludos amables y la manera elegante con que extiende
la mano hasta los labios de sus invitados, proviene de la convicción de que es de
naturaleza distinta de la de sus vasallos. ¿Vasallos? La palabra lo dice todo. Isabel
aún cree en el vasallaje: al dirigirse a los nobles de España los trata de tú, como
allá se le habla a los sirvientes, y no se inmuta cuando los más guapos militares, los
más viejos soldados y las damas de mayor alcurnia se arrodillan ante ella, y los mira
como si no fueran otra cosa que criaturas nacidas para servirla. Esa invariable
convicción la suaviza, sin embargo, y casi la hace desaparecer, su corazón simple y
sincero que tiene el mérito de amar y la debilidad del odio.
En vano la echaron del trono para que le hiciera compañía al desempleado rey de
Nápoles y, también por razones políticas, en vano la mantienen alejada de la Corte de
España con el pretexto de que no la quieren en el país. Si algún día regresa ha de ser
como señora, y nadie se atreverá a competir con ella por el primer lugar: hasta su
altiva hija, esa robusta viuda que recorre ahora los palacios de Austria en busca de un
marido católico para su hermana, sería del todo eclipsada por ella. El joven rey no es
más que su hijo: la reina es ella. Educados como toda otra persona al paso febril del
siglo XIX, los jóvenes monarcas de hoy saben muy bien que ellos no son reyes: sentados en
tronos frágiles e inestables sólo piensan en la hora en que han de caer.
Mimada en su niñez por gente leal y fanática, la reina Isabel cree con firmeza en su
propia majestad, se abriga en ella y la proclama libremente: así lo hizo al casarse
Alfonso con la princesa María Cristina: la corte se dividió en dos bandos: los
monárquicos rindieron primero homenaje al rey, y después a la madre. Ante el rey
sintieron el aliento del desdén y la sospecha que debió congelar la frente de María
Antonieta, pero, ante la madre, ¡qué adulación! ¡qué ostensible respeto! ¡qué
alegría!: de nuevo disfrutaban de los mejores momentos de la vieja monarquía, cuando era
poderosa e indiscutible. Esa victoria de la reina madre fue sólo un tributo a la mujer,
pero un grupo de fieles nobles en realidad veía en ella su verdadero monarca, y la
costumbre de rendirle homenaje provocó tanta ansiedad que hizo más urgente su vuelta a
Francia. ¡Qué cobardes, aunque tenaces, son las rodillas de los cortesanos! Sólo
esperan la oportunidad de doblarse. ¿Puede tener esperanzas un pueblo con esa levadura
propia de un lacayo?
*
El besamanos es una antigua ceremonia. La reina, sentada en trono de oro tapizado en
seda roja, recibe a la Corte. Los cortesanos pasan ante ella en fila india y le besan la
mano. Los momentos más felices de Isabel son los besamanos. A cada cortesano le echa una
mirada breve y arrogante: la belleza, el valor y la lealtad siempre logran sus amables
comentarios, pero a veces se da el gusto de ser sarcástica y de hacer agudas y mordaces
observaciones: es el talento de una mujer que da rienda suelta a sus sentimientos. Los
besamanos fueron típicos de una época de conspiraciones del soberano contra la
población: el espectáculo era deplorable: muchos ojos honrados se resistían a mirar
aquellas manos manchadas por tantos labios serviles, y a ver a tantos apóstatas, nacidos
en la pobreza, saliendo de los salones de una reina contra la cual habían conspirado. Y
todos estaban, como los caballos de la carroza real, cubiertos de oro. En el salón del
rey los saludos eran fríos; ése era el recinto enfermo, pero en el de la reina se oían
cálidos murmullos de aprobación mientras en los ojos de sus admiradores brillaban
relámpagos. Era como una fiesta de bautismo una fiesta de resurrección con toda la
felicidad y las alegrías del vivir.
En el gran patio del palacio había multitud de coches moviéndose con dificultad hasta
salir y alejarse del lugar. Era una batalla en la que en vez de humo había perfumes, y en
la que relucían al sol los brillantes uniformes. Los hombres permanecían tiesos, pero
las mujeres enfrentaban con calma la tempestad de luces y ruidos. Un joven con mirada
despectiva nos llamó la atención. Tenía sombrero de tres picos y elegantes bigotes. Esa
curiosa figura política era Romero Robledo, un parvenu que en la tormenta
revolucionaria había salido a flote sobre la espuma que se produjo al caer el trono.
Acababa de besar la misma mano que él y sus amigos en múltiples ocasiones habían
declarado deshonrada e innoble.
Y también estaba López de Ayala, el elegante poeta que redactó el manifiesto de la
revolución de 1868 y que supo barrer la podrida Corte española. Se anunció que
asistiría en calidad de presidente del Congreso de Diputados, y que allí iría a
rendirle homenaje a la mujer que antes cubrió de vergüenza. ¡Qué espectáculo!
¡López de Ayala de rodillas ante Isabel! Pero a riesgo de arruinar su carrera política,
el poeta decidió ser hombre: se negó a someterse a esa última humillación y tuvo el
valor de alejarse. Poco después murió dejando algunas finas comedias y varios sonetos
hermosos, y la esposa joven, una actriz llena de energía, viuda del amor poético. Al
igual que Gambetta, la silla presidencial lo engordó enormemente, pero, distinto a él,
López de Ayala no había nacido para sembrar el terror. Fue en esa silla donde hizo un
acto de imperdonable debilidad política, que no puede remediarse. Luego murió, y murió
bien, porque cuando un hombre no tiene ya la fuerza de cumplir sus obligaciones, debe
morir. Los cortesanos repetían la frase terrible que la reina había preparado para
López de Ayala cuando lo viera a sus pies. Hizo bien en no ir. Isabel, como su madre,
sabe matar con una sola palabra.
*
Fue en la calle, sin embargo, donde Isabel recibió la más espontánea ovación. La
gente no creía lo que se murmuraba de ella. Es verdad que apenas le permitieron estar
presente en la primera boda de su hijo: circulaban rumores de ciertas debilidades
sentimentales de la reina que tuvieron una fea resonancia cuando volvió para estar
presente en la boda de Mercedes. Y para reducir el efecto de esos rumores se le obligó a
prescindir de cierta persona en sus habitaciones: por muy cercano que él estuviera de la
reina en París, su presencia en España no iba a ser tolerada.
Alfonso XII contrajo matrimonio por segunda vez un sábado. El tiempo estaba húmedo
pero él había pronosticado que no llovería, y es cierto que no llovió, pero también
lo es que poco antes de su predicción había recibido un breve parte del observatorio.
Madrid se conmovió con fría curiosidad. Era fácil sentir que el corazón de la gente no
latía. Un extranjero hubiera pensado que los españoles asistían a un acontecimiento que
no les interesaba. Antes de la boda, las Cortes habían suspendido sus sesiones después
de animado debate en el que Cristino Martos, un demócrata hábil y orador sarcástico,
trató de vencer al general Martínez Campos, o de volcar contra él la mayoría leal a
Cánovas. Lo que sucedió fue muy curioso: un centenar de diputados se prestó de la misma
manera que un granjero presta cien ovejas durante la temporada. Para ganar su victoria,
Cánovas simuló apoyar con sus fuerzas al pobre general, el que pronunció un torpe y
prolijo discurso la tarde en que se cerraba el parlamento. Dentro y fuera el ambiente se
sentía cargado. El fuego de la elocuencia iluminaba la Cámara, y los rayos iluminaban la
negra noche. Allí estaban los personajes misteriosos que asistieron al festín de
Baltasar. "¡Cuidado con la tormenta!", dijo Martos con voz aguda. Luego don
Práxedes Sagasta, uno de los que ayudó a conmover el trono, creyó haber visto en la
joven reina la razón para formar un partido en medio de la Corte. Él olvidaba que el
amor no es el único motivo de aquel matrimonio. Su verdadero objetivo era unir a España
y Austria, la unión que podría fortalecer una monarquía que se esfuma y al clero que
cuida de su existencia. El astuto Sagasta le envió a la princesa austriaca un ramo de
violetas. Quizás pensó que su aroma le ganaría la cartera de primer ministro, pero el
ramo nunca llegó al palacio: todavía está en camino y Sagasta comienza a dar muestras
de impaciencia. Él hizo la revolución y ayudó a deshacerla, y ahora amenaza con otra
revolución: no está mal para un prestidigitador de la política. "Señores",
dijo, "no hagamos ruidos mundanos en estos días celestes; ocultemos nuestras penas
de los ojos de la encantadora princesa que viene a hacer feliz a nuestro monarca.
Saludémosla". Y pronunció esas palabras con elegancia, y una sonrisa en los labios,
y guantes en las manos, y los pulgares enganchados en el chaleco. La gente acostumbrada al
reino de una mujer galante pensaba que Sagasta sería llamado al gobierno al día
siguiente. Pero no, ni Fausto ni Margarita tuvieron confianza en ese Mefistófeles de
guantes blancos.
A pesar de los presagios de los demócratas, el día de la boda fue brillante: la
tormenta se escondió bajo la superficie. Las calles y balcones de Madrid estaban bañados
de luz. La española, como toda mujer, es una flor, pero no como las flores de un
ramillete que pierden el color entre sus hojas marchitas. Sentadas en sus pequeños y
ventilados balcones son testigos de muchos dramas de amor, y parecen esas flores que se
doblan en el borde de una jarra de cristal con el fin de alegrar las miradas y de perfumar
el ambiente.
*
No se vieron en Madrid, como en la boda de Mercedes, muchos visitantes de las
provincias. La gente pasaba por las calles sin ruido, sin alegría y sin prisa.
"¡Ah, la pequeña reina!", decían, "¡Qué hermosa es ella, pero es de
Austria!" Y miraban el acontecimiento real como una enfermedad que habría de acabar.
Uno podía pensar que era el regreso a Francia de María Antonieta. Se oían curiosos
comentarios en las calles: "¿Cómo se verá López de Ayala encerrado en su gran
carroza oficial que parece una jaula amarilla?" Y otro preguntaba: "¿Y no
querían que viniera la pobre reina?" "¿Y cómo serán los austriacos?",
añadía un tercero. Al escucharlos se pensaba que los días de Felipe el Hermoso y de
Carlos V habían vuelto. Se oían expresiones como éstas: "¿Se atreverá el viejo
Serrano a sentarse junto a la misma reina a quien engañó?" "¿Y cómo puede
ser guapa Cristina si no es española?" Y en los más refinados grupos se hablaba con
amargura del asunto. Nadie mostró simpatía por la princesa que iba a casarse. Los
corazones femeninos sentían rencor por la ingratitud del rey: recordaban a la pobre
Mercedes y criticaban el cortejo real antes de que se moviera. Hacía un año que
festejaron a la otra novia: los caballos y sus penachos eran los mismos, como las carrozas
doradas y los cortesanos sonrientes. La curiosidad, no el afecto, reunía aquella
multitud.
Al fin apareció el cortejo con toda su pompa y esplendor. Casi hasta el piso llegaban
los magníficos paños con los escudos reales bordados en oro que cubrían los caballos
blancos. Los viejos heraldos que dirigían el cortejo llevaban tambores a seis pulgadas
sobre las monturas. Era un espectáculo grandioso, un esfuerzo, una prueba, un reto, pero
daba sensación de pobreza. Los cincuenta caballos del monarca trotaban orgullosos, y una
multitud de jinetes afeminados, empolvados, enguantados y pintados, con calzones estrechos
en sus piernas delgadas parecían eunucos sobre los caballos de las carrozas, y se notaba
que las pelucas no habían sido hechas para ellos.
Las casas de los grandes tienen débiles cimientos. En esta fría y medida procesión
se pudo descubrir su agonía y su muerte, en esos vetustos coches de ébano apolillado, de
flecos encubridores y de oro sin brillo. Los corceles, con sus plumas, parecían adornos
alegres en una misa de difuntos. El pueblo estaba ansioso de ver a la familia real. Vio a
la Infanta Boba, como llama a la hermana de la reina, cuya cara de idiota muestra el rasgo
epicúreo de los Borbones; vio a los mariscales traidores, y movido por la curiosidad
seguía la procesión como si fuera un pueblo de borrachos. Aquello era de verse. No se
podía creer que hombres de verdad se sentaran en tales ataúdes. Las costumbres antiguas
y enfermas del pasado no se acomodan a las instituciones nuevas.
Las mujeres vestidas por Worth y los hombres de etiqueta se exhibían en las
ventanillas de los coches de grandes ruedas. Parecían gente de este mundo que miraba por
las ventanas de otro. Alfonso sentía que la frialdad del pueblo era un asunto grave. La
princesa llevaba la corona con gracia. Se había transformado: era como una paloma
resplandeciente, lánguida y tierna. Su atractiva madre miraba con recelo a la
muchedumbre, y los austriacos rubios y corpulentos iban recostados en cojines como si
fueran seres superiores.
Al pasar la carroza de Isabel, la multitud se mostró nerviosa e inquieta. Un murmullo
afectuoso saludó a la reina desterrada. Un triste sentimiento de lealtad llenaba todos
los corazones. En presencia de la mujer se perdonaba a la reina. Junto a sus hijas
vestidas de blanco, la llorosa madre evocaba las acusaciones que le hicieron de esposa
infiel. ¡Qué bien sabe llorar! Sus sollozos contenidos eran la respuesta al monótono
clamor de la gente, orgullosa de haberla desterrado, y lista para de nuevo hacerlo si
fuera necesario. La compasión alejó el resentimiento contra la mujer que saludaba con el
pañuelo lleno de lágrimas. Además, en realidad, ella había sido buena con el pueblo.
Con el dinero que había acumulado sin esfuerzo era tan generosa como lo es un jugador con
el suyo. De naturaleza franca, ella quería a los que visten harapos y duermen en el suelo
pero que aún aman. Es una mujer de gran corazón y no puede evitar quererlos.
La gente de Madrid adora a dos Vírgenes. La Virgen de la Paloma es la favorita de las
lavanderas, que tienen su propio barrio en el centro de la gran ciudad. La Virgen de
Almudena es una figura de piedra que hallaron en un granero cuando hace siglos fue tomado
Madrid. Es la favorita de las modistillas, las bailarinas y los matadores. Un grupo de
lavanderas le ofreció flores a la reina, y sucedió algo notable, ella les prometió ir a
misa a la capilla de la Virgen de la Paloma.
El murmullo de simpatía y la silenciosa ovación que recibió la reina el día del
cortejo fue motivo de sorpresa para todos en el palacio. "¡La gente es loca!",
decían los consejeros del rey, "No sabe qué hacer"; y añadían: "Su
majestad debe desterrarla antes que una vez más tenga el pueblo de su lado". Ése
era el lenguaje de los consejeros. Y se siguió el consejo. La reina cumplió su promesa y
fue a la misa prometida. La gente quería pedazos de su ajuar: besó la mantilla real y le
mojó con lágrimas las manos. La capilla estaba tan llena que era difícil respirar. Y
hubo una extraña ovación que surgió de todos los corazones.
Pero ella se fue de Madrid aún antes del día señalado para su partida.
The Sun, 25 de julio de 1880