NOTA
Cuando poco después de la boda se supo que la reina María Cristina estaba en estado,
los conservadores se sintieron seguros de la continuidad de la monarquía. El nacimiento
de los hijos del rey siempre había tenido en España la mayor trascendencia, y como un
acto mayor se celebraba. Basado en lo de que prescribía la tradición, Martí narró el
aparatoso ritual de la ceremonia, así como también la ansiedad que en algunos
interesados provocaba el suceso.
Por el apuro y las dificultades que agobiaban en Nueva York a Martí al escribir estas
crónicas, y porque estaban dirigidas a lectores poco interesados en detalles menores, es
natural que se le fueran algunas inexactitudes en su narración de los hechos y sobre las
figuras que en ellos intervenían. Martí, por ejemplo, llama a la hermana mayor de
Alfonso XII, la princesa de Asturias, "María Francisca Isabel", cuando en
realidad se llamaba María Isabel Francisca de Asís quizás lo único que le tocó
de su supuesto padre era el nombre, pues se la conocía como "La Aranuela" o
"La Araneja", por ser entonces el soldado Domingo José Ruiz de Arana, luego
duque de Baena, el amante de Isabel II; afirma Martí que ésta asistió a la boda de su
hijo a principios de 1878, pero lo cierto es que por razones políticas no le permitieron
viajar a Madrid; cree que Francisco Serrano el general "Bonito", como lo
llamaban, el cual como Capitán General en la isla dejó buen recuerdo entre los
cubanos fue el padre putativo de Alfonso XII, cuando parece ser que la paternidad le
corresponde a otro de los favoritos de Isabel II, quizás su gran amor, al capitán
Enrique Puig Moltó, de Valencia, el cual recibió al despedirse de la Corte, como
singular regalo, la cuna del heredero de la corona, a quien desde entonces llamaron
"El Puigmoltejo"; Martí habla en una de estas crónicas de la "charming
Creole" que paseaba por Madrid y que asistió a la boda del rey, y la llama
"Marquesa de Serrano": aunque, no lo dice, en realidad se trata de la cubana
Antonia Domínguez y Borrell, condesa de San Antonio, casada con el general Serrano, duque
de la Torre; opina que, para el rey, María Cristina fue "su verdadero amor",
cuando la opinión generalizada, aun entonces, era que el monarca jamás pudo olvidar a
María de las Mercedes: una copla que cantaba el pueblo y que sobrevivió a todos los
personajes de aquella época refleja la verdad; a la pregunta: "¿Dónde vas, Alfonso
XII?/ ¿Dónde vas, triste de ti?", respondía el monarca: "Voy en busca de
Mercedes,/ Que ayer tarde nola vi". Es posible que Martí confundiera, o que los
trastornara el traductor, algunos apellidos y títulos de nobles, y de obras y lugares, y
diera, entre otros, "Supernada" por Superunda, "Guagui" por Guaquí,
"Santona" por Santoña, "Villa y Mantilla" por Villa-Mantilla; y el
drama de Echegaray, En el puño de la espada, como "El punto de la
espada", o la novela histórica de Espronceda, Sancho Saldaña por
"Salada"; de la misma manera de que aparece aquí el famoso Café Suizo, de
Madrid, muy conocido por él ("... para encontrar a alguien en Madrid hay que ir al
Café Suizo...", dijo en su artículo "Artistas Españoles", en The
Hour, el 1º de enero de 1881) como "Café Surgo"; en la crónica sobre la
Francia republicana dan el nombre del jefe de la Bastilla, el marqués de Launay, como
"Delaunay", confundiéndolo con el apellido de Élie Delaunay, el pintor
francés de crédito notable en aquellos días; y equivocan el nombre del historiador
Hippolyte Taine, quien tanto influyó en los juicios de Martí sobre la revolución
francesa particularmente con Les Origines de la France Contemporaine (1876)
y lo dan como "Henri" Taine.
Este trabajo sobre el nacimiento del heredero real había sido anunciado por Martí en
uno de sus anteriores, en "The Court of Spain"; al terminarlo dijo: "The
recent great feast of the approaching birth of the son of the King... [is] worth a future
chapter". Al escribirse éste sobre "A Queens Baby", a mediados de
1880, por supuesto no se sabía que la reina iba a dar a luz a una niña, la cual nació
el 11 de septiembre de 1880. Le pusieron por nombre el de la primera esposa del rey,
María de las Mercedes. El futuro Alfonso XIII, no iba a nacer hasta cinco años más
tarde, el 17 de mayo de 1886, poco después de la muerte de su padre.
Martí llama a Cánovas del Castillo "the servile fanatic of royalty in Spain and
the despotic master of the monarch", el cual tiene el "hatred of the
people", como lo hará después en un artículo en francés, que nunca publicó,
sobre "Sagasta", donde dijo: "Cánovas, étant par sa politique carrément
monarchique... est le vrai soutien haï, mais sincère de la monarchie de Don
Alphonso" (14, 30). Habla ahora de la estrecha alianza de la religión y la
monarquía como lo hará en La Opinión Nacional del 27 de enero de 1882, donde
afirma: "Si alguna raíz tiene la monarquía en España... es el espíritu
católico" (14, 328); y emplea aquí también, al hablar de "the venerable
Marchioness of Santa Cruz", las mismas palabra que va a usar al mencionarla en el
periódico antes citado, en su artículo del 21 de enero de 1882, sobre la visita de los
reyes a Portugal, donde se refiere a ella otra vez como "la venerable marquesa de
Santa Cruz, de blancos cabellos y rostro apacible..." (14, 344)
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Presentación por el
rey de la infanta heredera, según un grabado de La Ilustración
Española y Americana. “Estos son tiempos tempestuosos. La
monarquía parece dar sus últimos pasos. El nacimiento, en
aquellos salones tan llenos de gente y de pasión, alegres y
nerviosos, se ha de anunciar como prueba de la sólida y
establecida monarquía. Alfonso se presentará cargando al
hijo o a la hija en una bandeja”.
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EL HIJO DEL REY
Ceremonias y ansiedades que acompañan el nacimiento del heredero de los reyes de
España.
La reina va a tener un hijo. Por el cable llegan noticias de la inquietud que hay en
Madrid y de las actividades en la Corte. Jamás se ha esperado un heredero de la corona
real con tanta ansiedad. Confiados en el progreso de la democracia, los liberales lo
esperan con sonrisas; pero ya surgen enconadas luchas entre los partidarios de la hermana
del rey y los adversarios de su fiel amigo, el primer ministro Cánovas del Castillo. En
las filas monárquicas, sin embargo, sólo se oyen expresiones de alegría: los cortesanos
no ven el peligro que amenaza, y creen que el nacimiento del hijo del rey ha de asegurar
para siempre la monarquía en España.
A los españoles les gusta la pompa majestuosa que se produce con el nacimiento del
heredero. Las mujeres, para quienes un hijo del rey es casi como su propio hijo, expresan
una alegría sin límites. En honor del infante le han de perdonar a la reina su
nacimiento en Austria. Pero el claro desdén que por el absurdo ceremonial de la Corte ha
mostrado la prensa democrática, pone en evidencia la poca importancia que se le da al
nacimiento del hijo de Alfonso XII.
No se han escatimado esfuerzos para darle al evento un cariz solemne. Se vuelve a vivir
todo el viejo ceremonial de la Corte. No se le permitirá a la madre criar a su primer
hijo; y está obligada, cuando sienta los dolores del parto, a permitir la presencia de
extraños como testigos del acontecimiento. Tres habitaciones, modestamente amuebladas
para complacer a los pobres, están listas para el heredero, y de nuevo se hará cuanto
dio el mayor brillo al nacimiento del padre. Algo, desechado entonces, tendrá lugar
ahora: el niño se ha de inscribir en el Registro Civil: los reyes son, por supuesto,
hijos de ciudadanos, igual que los demás, pero no hijos de los dioses: el rey así lo
reconoce al consentir la inscripción en el Registro. Es una señal de progreso. Como en
otras partes, demuestra la inevitable subordinación de la autoridad real a la autoridad
del pueblo, y en ese consentimiento se advierte lo esencial de la ideología
revolucionaria. Son horas de descanso para el empuje creciente de la democracia.
Ni un solo paso de la reina se ha de mantener oculto del público envidioso. Con los
primeros dolores del parto el Premier Cánovas y el Ministro de Justicia entrarán, con el
uniforme de la Corte, en las habitaciones de la reina Cristina. El médico certificará
que está próxima a dar a luz, y los ministros le comunicarán la noticia a los muchos
invitados que autorizó el gobierno por el decreto real del pasado día seis.
Una brillante asamblea ha de llenar los espléndidos salones del palacio real.
Numerosas damas con sus trajes de cola subirán majestuosas la magnífica escalera, una de
las más bellas y grandes del mundo. Mirando aquel lugar se ha de ver una procesión
histórica, pero lo antiguo ha de recibir el calor de lo nuevo. Diversas órdenes
militares estarán junto a los representantes del Congreso y del Senado, y, con ellos, los
diputados de Asturias, una provincia con privilegios desde los días del rey Pelayo y de
sus hijos, los cazadores de osos que hicieron a aquel territorio el baluarte de la
libertad española. Todos estarán engalanados con oro y plata, y han de llevar sombreros
de pluma y medias de seda. Cubiertos con sus mantos, los caballeros de Santiago marcharán
al lado de los de la orden de Carlos III y la de aquella recia mujer que se llamó Isabel
la Católica. La Roma cristiana, que ha jugado papel tan importante en la historia de
España, estará representada por el arzobispo de Toledo, por el patriarca de las Indias y
por un comité del Tribunal de la Rota: el singular tribunal que se creó especialmente
para España: una rama del papado con raíces en las entrañas mismas de la fiel nación.
La nobleza estará representada por un grupo de personajes con suntuosos y pintorescos
trajes; el ejército, por el Ministro de la Guerra y Capitán General de Castilla, cuya
capital es Madrid; y el pueblo por un comité del Ayuntamiento, elegido por él. Todo el
Cuerpo Diplomático ha sido invitado a este evento extraordinario hecho en beneficio de la
moribunda dinastía borbónica.
Cuando nazca el infante, la venerable marquesa de Santa Cruz, Camarera Mayor del
Palacio, anunciará al señor Cánovas del Castillo la grata nueva, el sexo del recién
nacido y la condición de su augusta madre. Y enseguida él, con su expresiva y áspera
voz, dará la noticia a los invitados. Éstos son tiempos tempestuosos. La monarquía
parece dar sus últimos pasos. El nacimiento, en aquellos salones tan llenos de gente y de
pasión, alegres y nerviosos, se ha de
anunciar como prueba de la sólida y establecida monarquía. Alfonso se presentará
cargando al hijo o a la hija en una bandeja; Cánovas del Castillo la alzará mostrando el
recién nacido al Cuerpo Diplomático y a los invitados, y el Ministro de Justicia hará
de notario para dar fe del acontecimiento. Enseguida se oirá el estruendo de la
artillería que le ha de decir a los madrileños que a la luz de la hermosa tierra
española ha nacido un niño: si es un varón, habrá 25 cañonazos, y sólo 15 si es una
niña; y se izará una bandera blanca si es hembra, y la roja y gualda de España si es un
varón. El bautizo será una ceremonia nueva y primorosa. Se quiere presentar al heredero
como un redentor que llega, según los monárquicos, a salvar a su padre. Al igual que
Jesús, será bautizado con aguas del Jordán la marquesa de Villa-Mantilla le ha
enviado al monarca agua del río sagrado en un magnífico vaso de cristal de Bohemia
incrustado en plata, y el rey recibió el regalo dando muestras de la más viva
complacencia. La realeza y la religión van juntas por la vida, y la religión, agradecida
por los buenos oficios del rey Alfonso, ha consentido en salir de casa para conocer al
niño que en tan buena hora llega. Las monjas del convento de Paredes han enviado al
palacio la pila donde bautizaron a Santo Domingo de Guzmán, nacido y muy venerado en
Madrid, y en esa pila recibirá el bautismo el hijo del rey.
Pero ¡cuánto ruido por este inocente niño aún sin nacer! Las ambiciones cortesanas
ya lo persiguen. La mano poderosa de la hermana del rey se ha hecho sentir en todas las
decisiones y decretos relacionados con el heredero. Desde los antiguos tiempos del débil
rey don Juan II, el primogénito de los reyes se le reconoce y proclama heredero de la
corona, y se le llama príncipe de Asturias. Su patrimonio es esa provincia, y las
maravillosas tierras de Úbeda, Baeza y Andújar en la provincia de Jaén. Tres hijas de
reyes españoles han sido proclamadas princesas: la ilegítima de don Enrique IV, la
famosa Juana, la Beltraneja; y la madre y la hermana del rey actual: la reina Isabel y su
hija María Isabel Francisca. Y como el hijo de Alfonso será por derecho propio príncipe
de Asturias, su nacimiento ha de privar a María Isabel Francisca del título de princesa,
la dignidad que la hace superior a sus hermanas. Ella no puede evitar este golpe terrible
a su orgullo si le nace un varón al rey, pero ha tratado de impedirlo y seguir siendo
princesa, sin que nadie le arrebate el título, si la que nace es una niña. Cánovas es
un fanático servil de la realeza española, y el despótico amo del monarca, ferviente
partidario de la princesa, la cual tiene sus mismos aires altaneros y el mismo odio del
pueblo: cree que por su inteligencia y fuerza es imprescindible para el prestigio de la
monarquía española, y ha querido protegerla aconsejando al rey un decreto que le
garantice el título aunque nazca una niña. Si a ésta se la hiciera princesa de
Asturias, ella perdería su rango pues el rey es joven y pudiera tener un hijo que
heredara el título. Pero habrá que ver si la reina Cristina, quien no quiere a su
cuñada, va a consentir que ésta conserve una dignidad que el partido liberal reclama
sólo para la hija del rey. El mismo Cánovas del Castillo, quien ahora, en 1880,
considera que las hijas del rey no deben de ser princesas de Asturias, defendió ese honor
en 1875 para María Isabel Francisca, a la que hoy quiere asegurar su dignidad y poder. La
nobleza reaccionaria, los soldados más influyentes y todos los que forman la oposición
liberal a la monarquía, temen y odian a esa hermana del rey, y se han unido para
protestar por el robo del título legítimo que le correspondería a la hija del monarca.
Actúan así para conmover el poder indiscutible de la princesa, y para halagar a la reina
avivando la antipatía que existe entre las dos mujeres, y de esa manera se ganan un lugar
en la Corte.
Si nace un varón, la Cruz de la Victoria la cruz de roble que fue la única
insignia de Pelayo cuando inició desde las montañas asturianas sus luchas contra los
moros le será otorgada al heredero, y también la insignia del Toisón de Oro, y
las grandes cruces de Isabel la Católica, de Carlos III y de San Juan de Jerusalén, la
que le ha de asegurar su condición de Príncipe de Asturias.
The Sun, 29 de agosto de 1880