Hay momentos en que la historia parece someterse al
designio de un hombre; luego ya es un elegido y nos explicamos su imperio sobre el suceso.
Otras veces el fenómeno aparenta actuar al revés: aquélla se encrespa y avanza con un
ritmo que obliga a quien luego llamamos su profeta. Martí y la historia de Cuba logran
esa comunión desde 1891 y, hasta su muerte, es muy difícil distinguir entre las cosas
que le pasan a Martí y lo que por Martí les pasa a las cosas. A veces cabe preguntarse
si la revolución lo hizo a él, mejor que él a la revolución, como sus Versos Libres,
que decía Unamuno no eran creación suya, sino "que se le hacían ellos y le
llevaban de la mano sin ser por ella llevados". En los años de Patria hay una
tan acabada unión entre agente y obra, que se confunden en solo un impulso el hecho y el
héroe. Habrá pues, para entender la época, que seguir juntos las páginas del
acontecimiento y los pasos del agonista.
Hasta 1886, desde su llegada a Nueva York, Martí vio fracasar entre otros empeños
militares la Guerra Chiquita, las expediciones de Carlos Agüero, Bonachea y Limbano
Sánchez, y por último, los proyectos de Gómez y Maceo. En esos seis años aparecen
sucesos en que la historia ensaya el drama donde Martí será gran figura, en particular
durante el movimiento entre 1884 y 1886: la actividad de los clubs; el entusiasmo de los
emigrados en Nueva York, Filadelfia, Cayo Hueso y Nueva Orleans; los preparativos y viajes
de Gómez, Crombet y del doctor Eusebio Hernández, que anuncian la etapa revolucionaria
de Martí entre 1892 y 1895. Además de El Yara, patriarca de la prensa
separatista, la conspiración de 1884 contó con El Avisador Hispanoamericano y el
llamado "órgano de la revolución", La República, donde, todavía
distante, iba insinuándose Patria. También hubo un plan, como el que años
después intentaría Martí, para desembarcar tropas por distintos lugares de la isla; y
se envió un comisionado a Cuba en gestión semejante a la que después habría de
realizar Gerardo Castellanos; y, así mismo, aquel proyecto tuvo su
"Fernandina", en el embargo de armas a Gómez, en Santo Domingo. Pero faltó a
la guía la previsión del genio; Martí intervino en algún momento, aunque la historia
le reservaba mejor papel. Después de aquellas tentativas todo parece descansar: la
autonomía, no la independencia, se presenta como la única solución.
Mientras tanto, el líder de la guerra se prepara: salta sobre el acontecimiento inmediato
y busca impulso en la gesta del 68: Martí anda de Diez de Octubre en Diez de Octubre. En
la velada conmemorativa que organiza en 1887, advierte a un público que de nuevo empieza
a tener fe, sobre la inactividad del separatismo: "Si el reposo, que es también
necesario en la historia, favorece el desarrollo del juicio, no maldigamos del
reposo." ¿Y cómo ha vivido Martí esa etapa de frustraciones y de silencio?
"Entre sombras", dice, "con las manos tendidas, con la señal del cuchillo
en la garganta, con los vestidos sirviendo de últimos manteles a los ladrones"; y
agrega en el mismo discurso, de su agonía: "La patria nos persigue, con las manos
suplicantes: su dolor interrumpe el trabajo, enfría la sonrisa, prohíbe el beso de
amor... Dicen que es bello vivir..., que la noche es algo más que una procesión de
fantasmas que piden justicia.... Nosotros no sabemos si es bella la vida. Nosotros no
sabemos si el sueño es tranquilo." Pocas semanas después dirige a Máximo Gómez
una carta en la que solicita su concurso para un nuevo empeño: "La hora parece
llegada", le escribe, "...la revolución surge, y nosotros podemos organizarla
con nuestra honradez y prudencia... Urgen los tiempos". Y esboza en cinco puntos un
proyecto que habría de cristalizar en las Bases del Partido: acreditar en el país la
guerra, disponer la parte militar de la revolución, unir los grupos de emigrados, impedir
las disensiones y debilitar el anexionismo. Sigue sembrando. Un año después vuelve a
organizar la velada del 10 de Octubre y escribe, como siempre en esa fecha, la invitación
para el acto; puesto que nunca ha sido recogida en sus Obras Completas, la copiamos
en su totalidad del libro de Enrique Trujillo, Apuntes históricos (Nueva York,
1896):
A los cubanos:
Varios cubanos, sin más autoridad que la que les viene de amar fervientemente a su
país, invitan como hermanos a sus compatriotas a recordar juntos el día santo: el 10 de
Octubre.
Nos juntamos a celebrarlo el miércoles 10, a las ocho de la noche, donde lo celebramos
el año pasado, en Masonic Hall, calle 23, esquina a la Sexta Avenida.
Allí no habrá orgullos, ni pasión de grupo, ni gente alta o baja, ni ninguna de las
odiosas divisiones y punibles desdenes que suelen deslucir la obra sublime de los grandes
del Diez, de los que cambiaron en un día el bastón del abogado por el machete del
redentor y la blusa del esclavo por la chamarreta del insurrecto libre.
Allí no habrá más que cubanos, francos y generosos, con un solo objeto: la
independencia; con una sola aristocracia: la del trabajo; con un solo color: el que da al
rostro de los hombres honrados el amor a la libertad.
Allí iremos todos, no sólo para cumplir con el deber agradecido del recuerdo, no con
la ceremonia inútil de poner un lauro más en las fosas donde no se seca el lauro: sino
para declarar que estamos aquí, y que preparamos, y que pensamos de lo que en nuestro
país se hace, y qué creemos nosotros que se debe hacer, a fin de impedir que los
caracteres se corrompan y los odios crezcan en una tierra en la que tenemos, puesto que
sufrimos más por ella, tanto voto y tanto derecho como los que sufren menos.
Allí iremos a demostrar que no vivimos en vano en el destierro; sino que en nuestra
calma aparente preparamos los elementos de una sociedad reparadora, sin demagogias de
arriba ni de abajo, y el triunfo de una República sincera y justa. ¡Todos juntos, el
Diez de Octubre!
Y luego, en el discurso conmemorativo, más breve porque algún envidioso impuso otro
orador, insiste sobre los temas que anunciaba en la invitación.
Poco después se empieza a montar en Cayo Hueso el gran escenario donde Martí habría
de triunfar. Ya en los próximos meses comienza sus trabajos la Convención Cubana en
empeños similares a los que se concretarían bajo la nueva organización; Figueredo,
Poyo, Teodoro Pérez, Martín Herrera, Gerardo Castellanos, muchos de sus grandes
auxiliares figuraban en aquella Liga de Cubanos Independientes. El Diez de Octubre
de 1890 Martí vislumbra el futuro, y confiesa: "Un himno siento en mi alma, tan
bello que sólo pudiera ser el de la muerte, si no fuese el que me anuncia, con hermosura
inefable y deleitosa, que ya vuelven los tiempos de sacrificio grato y de dolor
fecundo." Y al año siguiente, en igual ocasión: "No es la hora todavía de
soltarle el freno a la cabalgadura, pero que la cincha se la hemos puesto ya, y la venda
se la hemos quitado ya, y la silla se la vamos a poner, y los jinetes... los corazones
están llenos de jinetes."
Para Martí 1891 es un año decisivo. No hay emigrado cubano que tenga más prestigio,
ni hombre de la América hispana que haya ascendido tanto en el extranjero. Y todo lo va a
renunciar para dedicarse a la campaña revolucionaria: las representaciones consulares, la
dirección de una sociedad artística, las corresponsalías de los grandes periódicos, su
cátedra de profesor, lo que le hacía de hogar. Ni un minuto lo habrá de distraer del
empeño: ése es su ejemplo; pedía ayuda y colaboración porque proclamaba: "El
apóstol que lo sea a costa suya" y lo fue, a su costa. En Nueva York, durante ese
año, casi toda actividad política se concentraba en el Club Los Independientes,
bajo la dirección de Juan Fraga, quien primero iba a aprobar en esa ciudad los Estatutos
del Partido Revolucionario Cubano, a principios del año siguiente. En Tampa había mayor
entusiasmo: en mayo se constituyó el Club Revolucionario Ignacio Agramonte, y para
una velada invitaron a Martí. El 26 de noviembre habló en el Liceo Cubano de su pasión
por redimir a Cuba: "¡Es el sueño mío, es el sueño de todos; las palmas son
novias que esperan: y hemos de poner la justicia tan alta como las palmas!" El fervor
no tiene límite. Al día siguiente, en el aniversario de los estudiantes de medicina, ve
"en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos
nuevos". El 28 se aprueban las Resoluciones que preludian las Bases del Partido.
Martí recordará aquella visita en un discurso del 17 de febrero de 1892, como "tres
días de belleza moral inmaculada". Los emigrados del Cayo sintieron la necesidad de
emular a sus compatriotas de Tampa. Martí aceptó la invitación; en el mismo discurso de
febrero describió así su llegada: "La tarde era -bien lo recuerdo- cuando un vapor,
engalanado por el respeto extranjero, que sabe a veces más del porvenir que el respeto
propio, iba serenando sobre la mar azul la marcha que lo acercaba a un muelle rebosante.
De oro era el aire, y chispeaban, como combatiéndose, los rayos del sol". Y dice de
su encuentro con José Francisco Lamadriz, Fernando Figueredo y José Dolores Poyo, en el
Hotel de Madame Duval:
Y al día siguiente, entraron por la puerta del viajero enfermo un patriarca ya al
caer, a quien no podía verse sin deseos de llorar, y un guerrero que se distingue en la
paz por su civismo como en la guerra brilló por el valor, y un periodista que no sabe lo
que es quebrar, ni desviar, la pluma que juró a la patria: y en nombre de los patriotas
veteranos del lugar, ni a discordias ni a recelos ni a reparos dijeron que venían, sino a
declarar, por la boca sentenciosa del anciano, que no hay más que un alma entre los
cubanos que anhelan la felicidad de su país.
Habla después en San Carlos, y visita las tabaquerías en medio de aclamaciones y
homenajes. La noche del 5 de enero de 1892 se aprueban las Bases del Partido
Revolucionario Cubano; expone su artículo primero que "se constituye para lograr con
los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta
de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico"; y siguen ocho y los
trece epígrafes de los Estatutos Secretos.
Aun el desagradable intercambio de cartas con Enrique Collazo viene a aumentar el
ascendiente de Martí: había éste aludido en su primer discurso de Tampa al libro A
pie y descalzo, escrito por Roa "para atizar el miedo a la guerra", dijo.
Collazo publicó una carta cruel: "¿Qué le hemos de hacer", preguntaba a
Martí, "si usted, por más que diga, no puede borrar su pasado? Pero si usted quiere
ser cubano póstumo, o guapo después que ha pasado el peligro, séalo en buena hora; pero
déjenos en paz". Sin embargo, sobre el agravio triunfó la virtud: "Si mi vida
me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi vida me acusa, nada
podré decir que la abone. Defiéndame mi vida."
En La Liga, la sociedad de instrucción para obreros de color, se celebró el 21
de enero una reunión en desagravio a Martí. Los Ensayos Políticos, de Rafael
Serra (Nueva York, 1892), reproducen el discurso de aquel negro bondadoso:
"...ofender a Martí es ofender a la Idea; ofenderle es ofender a la Palabra
elocuente que nos guía, a la Palabra generosa que nos une; ofender a ese apóstol, es
ofender al Porvenir y matar a la Patria". En ese acto se discutió la necesidad de un
periódico: los acontecimientos exigían una publicación que divulgase el ideario nuevo y
acendrara el patriotismo. El propio Serra recordó desde La Doctrina de Martí, el
15 de enero de 1897, el nacimiento de Patria, y dice de aquellos días y del
periódico:
Desde una junta de protesta acerca de una lamentada equivocación política de nuestro
valeroso brigadier Enrique Collazo contra nuestro ilustre José Martí, celebrada en los
salones históricos de "La Liga", 74 W. 3rd St., nos avisamos un corto número
de amigos de Martí para buscar ocasión a fin de que éste aceptase publicar y dirigir un
periódico político, que tan deseado era por todos. Pero siempre que le hablábamos a
Martí de la necesidad de fundar un periódico nos decía: "Sí, hace falta un
periódico, pero no para ser vendido, sino regalado a propios y extraños, a todo el
mundo, a fin de que haga fácil la propaganda revolucionaria."
Sin recursos para tanta generosidad salíamos siempre derrotados. Pero en una ocasión
que habíamos de reunirnos para hablar de Cuba, en casa de Martí, nos hallábamos
presentes Juan Fraga, Emilio Leal, Abelardo Agramonte, Federico Sánchez, Gonzalo de
Quesada, Rafael Serra, y no recordamos si algún otro.
Aquí copamos al Maestro. Federico Sánchez rompió el fuego, que fue robustecido por
los restantes, y el Maestro cedió.
De allí salimos para volvernos a reunir a los tres o cuatro días, que fueron de
placer, porque todos llegamos repletos de dinero de los elaboradores de tabaco en su mayor
parte, y no hubo la más ligera dificultad para que la publicación de Patria fuese
un hecho.
Éstos fueron los primeros recursos para inaugurar un periódico doctrinal, de alta
escuela política, sin utilitarismo particular.
Y ahora hemos de hacer constar, pues ya es tiempo de que lo digamos, que el más
decidido auxiliar que encontró Martí al publicar Patria, fue nuestro Figueroa.
Él, desde el primer momento, contribuyó con recursos pecuniarios, y no obstante la labor
diurna que realizaba en la empresa de La Revista Ilustrada, de Lozada & Co., el
primer periódico hispano-americano que ha habido en este país de significación y
valimento, colaboraba en Patria, hasta tal punto que en los primeros años de
propaganda admirable, cuando Martí tenía que hacer aquellos viajes asombrosos a través
de esta república y de algunas otras nacionalidades de la América libre, suyos son, y de
Gonzalo de Quesada, los mejores artículos publicados. ¡Y qué cordialidad, qué
emulación entre todos los que formaban la plana mayor de Patria! Martí, Figueroa,
Gonzalo de Quesada, Benjamín Guerra, Abelardo Agramonte, y, a las veces, el Dr. Miranda,
después del trabajo regular del día, iban a confeccionar Patria, y no levantaban
mano ni desertaban de su puesto por más que fuesen las altas horas de la noche, hasta que
no dejaban el periódico no sólo impreso, sino depositado en el correo. ¡Y en esta
faena, todos, Martí inclusive, cargaban su fardo de periódicos, a pesar de la nieve y la
ventisca, y aunque el frío horrible les quemase las manos sin guantes en el camino! Eran
aquéllos los tiempos de la abnegación y el sacrificio. No había plaza retribuida, ni
jefe que mandase cual burócrata español, haciendo por su parte el menor trabajo posible,
sin entusiasmo y sin amor.
El primer número de Patria vio la luz el 14 de marzo de 1892; el último, ya
terminada la guerra, salió el 31 de diciembre de 1898. Se distinguen en la publicación
dos etapas bien definidas: la primera, bajo la estrecha vigilancia de Martí, llega hasta
su muerte; luego ya es otra la tónica y el espíritu, son distintas las circunstancias:
su segunda etapa se enfrenta a la realidad de la guerra. Hombres nobilísimos
contribuyeron en la obra, pero no estaba el ángel. Su primer período tiene como
administrador a J. A. Agramonte, F. L. Peña, D. Rosell y Gonzalo de Quesada; después se
sucedieron S. Figueroa, E. J. Varona, E. Hernández Miyares, L. Garzón Duany, E. Yero
Baduén y Manuel Moré. En la etapa inicial dominan los colaboradores que destaca este
Registro; en la segunda, además de los anteriores, aparecen escritos de Varona, M.
Sanguily, M. de la Cruz, Nicolás Heredia, Francisco de Paula Coronado, Rafael M. Merchán
y Francisco Chacón.
De acuerdo con nuestro primer propósito este índice llega hasta el número 173, del 3
de agosto de 1895, cuando ya se ha confirmado, el 17 de junio, la muerte de Martí y
aparecen los primeros homenajes a su memoria; luego el periódico aumenta su precio de
venta a diez centavos y muda sus oficinas (10 de agosto), cambia a bisemanal (5 de
octubre) y entra a dirigirlo Enrique José Varona (23 de octubre). Hasta su último
número, el 522, se acumulan en sus páginas "un riquísimo arsenal de datos y
noticias para la historia de Cuba", como observó Joaquín Llaverías en el único
estudio documentado que se ha hecho sobre Patria ("Los periódicos de
Martí", Boletín del Archivo Nacional, XXVII [1928]). Ya en 1949, el 13 de
diciembre, desde su columna en el periódico El Mundo, pedía Félix Lizaso
recopilar todo lo publicado en Patria, no sólo por la iluminación de Martí sino
por la importancia para entender numerosos aspectos de la lucha en Cuba y, sobre todo, de
las emigraciones cubanas, la bien llamada "ala del ejército mambí", de sus
sacrificios y trabajos. Siguiendo esa publicación, y sólo así, puede hablarse con
propiedad sobre la vida y la obra de Martí entre 1892 y 1895; este Registro pretende
orientar la lectura de tan importante publicación al tiempo que ofrece numerosas
rectificaciones sobre sus actividades y escritos de ese período.
Los números de lo que llamamos primera etapa no dejaron nunca de responder al
propósito expuesto desde su nacimiento, en el artículo titulado "Nuestras
ideas": "Nace este periódico, por la voluntad y con los recursos de los cubanos
y puertorriqueños independientes de New York, para contribuir sin premura y sin descanso,
a la organización de los hombres libres de Cuba y Puerto Rico." Éstos, añade,
dedicarán sus esfuerzos a la emancipación del país y al estudio de sus posibilidades
reales en la república. Y propone su ley primera: "Para juntar y amar, y para vivir
en la pasión de la verdad, nace este periódico." Aún salen en ese primer número
otros dos artículos que lo explican: en uno, "Patria es un soldado"
("A nuestra prensa"); y en el que lleva el título de la publicación se
justifica el nombre: "Reunidos en un mismo espíritu los batalladores de siempre, los
de la guerra y los de la emigración, los recién llegados y los infatigables, los de una
y otra comarca, los de una y otra edad, los de una ocupación y otra, buscamos lema para
este periódico de todos -y le llamamos Patria". Y resume: "Sus ideas van
expuestas en las Bases del Partido Revolucionario Cubano que acata y mantiene." Por
eso han de aparecer siempre en la primera plana, seguidas del Directorio y relación de
Clubs que apoyan al Partido.
En el entusiasmo de los primeros tiempos sale sin firma, en el número 27, un artículo
titulado "Los viernes de Patria", que explica la preparación del periódico.
Dicen los párrafos que seleccionamos:
Patria
... tiene su momento de expansión cariñosa, en que el ánimo se dilata, las
fuerzas se robustecen, la fe redentora se vigoriza Y hasta parece que se respira el aire
libre de los campos antillanos, por la comunidad de sentimientos y de aspiraciones de que
todos los devotos de Patria se encuentran poseídos....
Por regla general, en la mañana del viernes aún no están todos los originales de Patria
en las cajas.... En el escritorio de la redacción todos están en su puesto. Martí se
multiplica: combina, arregla, corta... es el Deus ex machina. Tiene para cada
dificultad una salida; para cada percance, un remedio; para cada claro, una cuña; para
cualquier vacilación, una rápida medida. Gonzalo de Quesada no cesa en el movimiento del
escritorio a las cajas, ya entregando pruebas, ya explicando correcciones, sin que por
esto deje de bromear con los cajistas que encuentra al paso. Benjamín Guerra revisa las
pruebas corregidas, hace observaciones, inspecciona la compaginación, dice cómo han de
ir colocados los artículos, y, de vez en cuando, echa su cuarto a espadas, o mejor dicho,
su cuarto a palabras con Frugone. Figueroa hace de cada prueba un mapa, y desespera con la
ausencia de acentos donde son necesarios, y con la prodigalidad donde no hacen falta, y se
rebela con las arbitrariedades de puntuación; pero afortunadamente el cajista Sellaroli,
que tiene más paciencia que Job bajo el peso de todas las calamidades, se cuida de
estudiar los mapas y de meter todo el orden posible entre la acentuación y la
puntuación. Peña hace las fajas con las direcciones correspondientes, y desliza cartas
muy amables a los agentes rezagados para que remesen las cantidades que puedan tener en su
poder. Agramonte, el antiguo administrador de Patria, por no perder la costumbre de
meter el hombro a la hora del penoso trabajo, se presenta cuando lo deja libre su habitual
ocupación, y hace lo que se le indica.
Por fin el periódico entra en prensa, y bien pronto ese verbo de la libertad irá a
decir por todas partes cómo siente y cómo piensa el pueblo antillano en la emigración
decorosa. Todos respiran con la satisfacción del deber cumplido....
Patria debió tener una tirada de unos mil ejemplares en sus primeros números.
En el mes de abril de 1892, Martí cuenta satisfecho a Serafín Sánchez: "Por todo
lo del periódico, hosana y aleluya. Ya Agramonte sabe, y tira 1.500 ejemplares." Y
casi un año más tarde, en febrero de 1893, vuelve sobre el tema: "Ya Patria
salió de la cuna de los primeros números de fusión y tanteo." No sólo el
periódico circulaba en las emigraciones sino que era enviado a Cuba donde entraba y se
leía como prensa clandestina. El 6 de junio de 1892 el mismo Serafín Sánchez escribe a
Gonzalo de Quesada: "Leo Patria -todos los números me llegan con puntualidad,
gracias por ello- y luego, enseguida los envío a La Habana y a otras poblaciones de Cuba.
De allá me escriben pidiéndome otros números más, que yo les dirijo complaciente,
porque deseo que Patria llegue hasta el corazón de la Patria y hable en él el
lenguaje de la verdad que sintetiza toda su lectura." Aun desde Madrid salía el
periódico para Cuba: en una carta de Ana Betancourt, del 24 de mayo de 1894, dice la
viuda de Ignacio Mora a Gonzalo de Quesada: "Los periódicos que mando llegan siempre
porque los mando envueltos en La Correspondencia Española, que es el periódico
más monárquico que se publica en España." Y en otra, del 29 de diciembre de ese
mismo año: "Patria llegó hoy; mañana lo empaquetaré e irán para
Cuba." Y en la conocida carta de Martí a Gerardo Castellanos, del 4 de agosto de
1892, cuando lo instruye sobre la situación en Cuba y le habla del espíritu
revolucionario que ha de encontrar, le dice: "... a mí me consta, por otros, que en
el campo hay mucha y franca disposición; que a Patria se la arrancan de las manos,
y la leen como un oráculo".
Blanca Z. de Baralt, en su evocación de Martí, ya había dicho que el periódico Patria
fue "redactado muchas veces por él en su totalidad". La más superficial
revisión de lo que se publicó hasta su muerte pone en evidencia que, excepto durante sus
viajes, casi todo lo escribía Martí. Aparte de algunas colaboraciones en cada número y
brevísimas notas, todo lo demás es suyo. Aún más que en sus otros empeños
periodísticos puede aplicarse aquí la afirmación de Juan de Dios Peza, cuando decía:
"Si hubieran faltado anuncios, Martí los hubiera inventado." Carlos A. Aldao lo
describía redactando solo "en horas y agitado el periódico revolucionario Patria".
Y poco después de su muerte, en 1896, desde La República Cubana, recordaba su
director, Domingo Figarola Caneda: "Mientras los escépticos, los indiferentes y los
egoístas, fingían menospreciarlo, él solo, sin ajeno auxilio, como un apóstol,
organizó el club, fundó el periódico, constituyó la junta, escribió el artículo,
redactó la proclama, arengó en la plaza, discutió en la calle, convenció en el hogar,
recabó el dinero, compró el arma, fletó el barco y designó la hora para caer en tierra
cubana."
El desvelo de Martí por el periódico era obsesivo. Decía Sotero Figueroa:
"Martí, que era de índole dulce y reposada, únicamente se tornaba severo cuando
creía no se le prestaba a Patria todo el empeño que él demostraba, en momentos
decisivos, para que no se retrasase." Pero aún mayor angustia sentía ante el temor
de que en su ausencia, por imprevisión o desidia, declinara en calidad o mérito: en su
segundo viaje a Santo Domingo, desde Haití, escribe al propio Figueroa: "Patria
en manos de Vd. está segura, y en su corazón limpio, y en su alto juicio"; y a
Gonzalo de Quesada, para cuidar aquella altura que quiso en su publicación "sin
ira", le pide el 8 de setiembre de 1892: "Ni una frase, aunque le hierva la
sangre generosa, que dé derecho de herida a los egoístas o tibios, o cierre a los
pecadores el camino del arrepentimiento."
Pero no siempre logra de sus colaboradores la ayuda necesaria: el 2 de febrero de 1893,
cuando vuelve a Nueva York le confiesa a José Dolores Poyo: "Rehago el periódico
que hallé deshecho: los clubs al garete en mi ausencia.... Rodaré por el suelo, sin
cuerpo y sin premio, sin el premio siquiera de que mis amigos me entiendan y acompañen en
hora de verdadera agonía." Y describe así su vida: "Yo, a la cama, a la
consulta perpetua, a halar el periódico, a agenciar lo preciso para llevar tanta
pequeñez adelante, a un club reorganizarlo cada noche, esta noche al Borinquen y a
escribir la arenga, mañana a las ocho a la imprenta, a todo el día, y a la noche a dos
clubs más." Parece que Poyo le había recomendado que procurara asistencia:
responde: "¿Que me ayuden? ¿Que dicte? ¡Ah, Poyo! ¡Viniérase por acá, que
algún día ha de venir, y entenderá cómo se levanta de puro bravo un muerto! ... En
escrituras le diré al paso, no me ha podido Gonzalo ayudar porque entre fríos y bodas,
se ha puesto cañengo", aunque, más adelante reconoce que de él ha recibido ayuda
en "cosas mayores". Y en otra carta, también a Poyo, semanas más tarde,
reitera: "...pero hombres, Poyo; hombres que vuelen conmigo y a mi voz; qué falta me
hacen dos o tres hombres". Es que Martí sufría por errores que no tenían disculpa:
cuando Serafín Sánchez envió su trabajo sobre José Antonio Legón, publicado en el
número 99, no se incluyó la firma de su autor, y Martí se ve obligado a excusarse con
justificada queja: "Mucho, Serafín, tengo que morder -mucho que contener y
disimular-, y todo no es como debía ser, y como la abnegación de usted desearía.
Valientes, hay muchos: hombres desinteresados, pocos. Pero ¡adelante, con todas las
tristezas!" Y enseguida le aclara: "Legón, que es cosa magna, salió sin firma,
por el descuido imperdonable de la imprenta. Todo lo tengo que hacer, como un mulo de
noria. Y no me importaría, si me alcanzase el cuerpo deshecho para todo." También a
Serafín Sánchez, y sobre las colaboraciones de éste a Patria, nos deja ver en
otra carta la diligencia con que las atendía al vigilar el estilo, corregir las pruebas,
y hasta darle título, muy acertado por cierto, a la colección: "De sus
biografías", le dice, "nada más que puntos o comas les he puesto, y he mimado
las pruebas, más que si fuesen mías.... No sé si el título le habrá gustado"; es
el de "Héroes humildes", y todavía le pregunta tímido, "¿No le ha
gustado el título?',
Tenía razón Sotero Figueroa al decir que Martí "se tornaba severo" cuando
los asuntos de Patria no iban como él quería. En el número 56 salió, con la
firma de Gonzalo de Quesada, un artículo titulado "Mariano E. Polhamus",
bastante pobre y de no muy buen gusto; Martí, desde Atlanta, también quizás por un
"En Casa" del 6 de marzo, casi tan deficiente como el anterior, le escribe a
Quesada: "Sobre Patria. Más le escribiré. Ahora no puedo. Patria es
su carga de Ud., y su crédito. Es bella oportunidad, y el único trabajo que ahora le
dejo. Su influjo es real y sus columnas son leídas con estudio, y por muchos con anhelo.
Imposible llenarla de ligerezas." Y como ejemplo lo refiere al número 59, casi todo
de Martí, y le recomienda: "Amenícela, como yo hago en este número, para facilitar
su redacción, que pesa cuando todo es idea." Y más adelante, preocupado por el
mismo asunto, añade: "Vuelvo a Patria. Ayúdese de Benjamín y Figueroa para
cada número. ...yo siempre le mandaré unas dos columnas de editoriales. Pero el estilo,
Gonzalo, púlamelo, y los En Casa, que pueden volver, para la circulación local, límelos
como desearía limarlos yo, a fin de que las semillas se salven por el arte con que se
dicen". Podrían multiplicarse los testimonios de cómo lo desvelaba el periódico:
en febrero del 93 le escribe a Félix Iznaga: "Sálveme a Patria. Corra de un
lado a otro, de Gonzalo a Figueroa"; y en setiembre, en carta a Quesada:
"Muéstreme su cariño atendiendo absolutamente a Patria ahora que se le muere
la hija a Figueroa." Y en otra, del 15 de diciembre, sobre las pruebas: "Vea por
su honra, aunque lea y relea"; y en una nota de los mismos días: "Échese Patria
al hombro"; y aún insiste con tan precisas recomendaciones como las de esta carta,
también de aquellos momentos: "De las pruebas, Gonzalo, véalas muy bien, por mí: y
por el crédito cubano. Que no quede una frase sin sentido gramatical. Las comas lo
ayudan, cultive las comas. Relea el original, haga las correcciones de mayúsculas con
arreglo a lo anterior y entrecome bien las oraciones incidentales, que no se le escapen
letras". Y como estaba al salir su hermoso artículo por la muerte de Mariana
Grajales, escrito en un tren, y le interesaba quedara sin erratas, le encomienda en
particular: "Véame bien, para que quede claro, lo de Mariana Maceo."
Además de todas las ocupaciones, entre las que Patria mantuvo lugar preferente,
Martí se veía obligado, sin tiempo para nada, a contemporizar y acallar
susceptibilidades y apremios hasta de los que él tenía más cerca de su afecto:
Figueredo se le disgusta porque no le publican a tiempo alguno de sus trabajos y se le
pone, como dice Martí con cariño el 14 de junio de 1893, "enfuruñado", y con
"los labios en morriña". ¿Qué le habría hecho al buen Figueroa cuando en una
nota Martí tiene que decirle: "Por supuesto, que lo he ofendido mortalmente con
quererlo tan bien que lo quiero -y usted me marca mi culpa con su ausencia, tan severa y
mantenida que ya era cosa de ir a preguntarle ¿qué le hice?" Y al fiel Serra, que
se molesta porque no lo visita todo lo que él deseaba: "Ya sé lo que me quiere, y
lo ofendido que está conmigo. ¿Qué sabe Ud. de las angustias, y de las tormentas de
este amigo suyo, que no es más que criatura humana, y del peso que lleva sobre los
hombros? Cae un roble y seca el mar; y no quiere Ud. que en la desigualdad de mis intentos
con mis medios, y en soledades como la tiniebla, que no son para dichas, demore de un día
a otro, hasta echarme en sus brazos, el ver -con un poco más de sonrisa- a aquéllos que
tienen, créalo Ud. o no lo crea, los asientos mejores en mi corazón". Y ni aun los
más cercanos daban todo lo que Martí esperaba, ni acudían siempre a su pedir
incansable. Véase esta queja de 1893, a Quesada: "Usted se me ha escondido"; y
en otra oportunidad, en el mismo año, porque no le envió un trabajo: "Anda
esquivándome. Mañana desde las 8 estaré en la imprenta. P[er]o mi esfuerzo será
inútil si no reciben temprano el sumario de Ud." Y hasta en julio de 1894, desde
Nueva Orleáns, donde andaba con el hijo de Gómez, vuelve a decirle: "Gonzalo
escondido: ... No quiso saber de mí el viernes, y esperar por este hombre tan culpable y
desocupado, ni decirme una palabra de su vida, y yo se lo perdonaré en un buen abrazo a
mi vuelta. ¿Me va a dejar solo en la hora mortal y feliz?" Y aquí cabe preguntarse
si Martí sabía que este "hijo" a quien tanto amó, y aún amaría más hasta
sus últimos momentos, había tenido la debilidad de escribirle poco antes a Máximo
Gómez, el 11 de mayo de 1894, quizás en un arranque impremeditado, para manifestarle su
deseo -de trabajar al lado del prestigioso general. Decía en aquella carta, después de
una visita de Gómez a Nueva York: "Sentí mucho que durante su estancia de Vd. aquí
no hubiésemos podido conversar acerca de mi deseo de servir, a Cuba, a su lado de Vd. en
el campo de batalla; Vd. es mi Jefe y me manda, y obedezco.... Yo espero que usted me
ordene, si he de acompañarle a Vd. eso sería mi ambición -o si he de penar en el
extranjero- aunque ayudándolo a triunfar."
A esa carta contestó Máximo Gómez, con toda prudencia, el 29 de mayo: "En
cuanto a lo demás que ha de venir ya recibirás órdenes, pues eso es necesario someterlo
a consulta con tu Maestro. Todos quizás no sea conveniente que marchemos, porque es
preciso repartirnos el trabajo." ¿Habría llegado a Martí noticia de que su
"discípulo predilecto", a un año de Dos Ríos, a otro decía "Vd. es mi
Jefe y me manda, y obedezco"? Con razón advirtió a principios de ese año, en la
carta a Serafín Sánchez que antes citamos, "valientes, hay muchos"; pero no
era tan fácil seguirlo en el trabajo arduo y muchas veces anónimo, en ese "penar en
el extranjero", como dice el lamento de Quesada. Para la labor que se había
propuesto, Martí necesitaba a su lado hombres excepcionales: acabado de fundar el
periódico, en carta del 20 de abril, le confiesa a José Dolores Poyo: "Quisiera
relámpagos a mi lado" y por esos mismos días, a Serafín Sánchez: "Quisiera
ser relámpago y cubrirlo todo: -todo el deber- luego vendrán otros a la gloria. Pero no
hay impaciencia, Serafín, que se parezca a la mía." Esa divina
"impaciencia" no le permite descanso en la dirección del periódico ni cuando
anda de viaje. A fines de setiembre de 1894, y con seguridad refiriéndose al número que
habría de salir en pocos días, el 131, escribe a Sotero Figueroa: "Mi ausencia, y
el atraso de Patria, le darán idea de mí labor." Y pide que lo mejore,
"a fin de que el periódico resulte ameno, con algún artículo de cabeza de alma
pública y popular, de respeto revolucionario a las realidades todas del país, a sus
mismas enfermedades coloniales, que trata como médico a enfermo, sin ira jamás Y ordena
el número de la siguiente manera: "Algo que ponga en la verdad los ánimos, y los
incline, sin decirlo, al 10 de Octubre. - Y la citación o invitación al 10. - Y unas
líneas muy sencillas sobre el 10. ¿Y algo de Puerto Rico? Y las notas que mañana le
escribiré en el tren. Y acaso una nota de la reunión de Filadelfia." Tiene entonces
que disculparse de tanto pedir y agrega enseguida: "La fatiga en que vivo me da
derecho a pedir su tanto de fatiga a Vds." Las "notas" prometidas llegaron;
son las que tituló "Dos justicias" y las que aparecen en la sección "En
Casa", escritas, como siempre, en el apuro de gestiones y en la agonía de la mayor
actividad. "A gritos y en un temporal de dolores, estoy escribiendo el artículo que
le ofrecí", le dice a Figueroa en 1894. "Lo vasto del asunto, lo corto del
espacio; y el respeto a la discreción necesaria del periódico, ayuda a la
dificultad." Y explica sobre sus males: "Mi cuerpo es flojo; pero esta vez,
estoy vencido. Ayer pude levantar la cabeza. Termino, de seguida, las veinte o treinta
cuartillas de letra ancha que faltaron. Si he llegado tarde, autorice al señor Lozada
para que deje sin empacho en la cesta el articulote." Y en otra ocasión, al salir de
Nueva York, a Figueroa: "Salgo de la Ciudad, en mucho quehacer y sólo tengo tiempo
pa.[ra] enviarle estas líneas, rogarle que las eche adelante a fin de q.[ue] el viernes
por la noche salga Patria con el fondo qu.[e] del camino hoy mismo le mandaré y le
llegará mañana." A esa producción increíble habrá que añadir que Martí se
ocupaba, también muchas veces, como ya dijo Serra, de la misma distribución del
periódico: a mediados de agosto del 92 le escribe a Serafín Bello: "Los dedos se me
quejan, y la oficina está llena de peregrinos que no quieren ver que el sábado es mi
mayor día de atareo." Es que el sábado se terminaba el envío de Patria:
"El sábado aun me ocupa, con exceso indebido e indispensable, el arreglo de la
distribución mejor del periódico", le escribe a Poyo el 2 de febrero de 1893. Por
eso recordaba Fermín Valdés Domínguez, en su "Ofrenda de hermano":
"...los sábados se hacían allí [en la redacción de Patria], por la tarde,
los paquetes, que llevaban sobre sus hombros a las oficinas de correo, Martí, Gonzalo de
Quesada, Loynaz y Valdés Domínguez, y a veces el noble Benjamín Guerra."
En resumen, de lo que significó Patria para Martí, al revisar su obra y la
época, hay que volver a las palabras de uno de los testigos de aquellos años, de Rafael
Spíndola en su libro Artículos y Discursos donde decía: "Ahí en Patria
puede leerse y estudiarse la historia de la enfermedad moral que lo condujo al sepulcro...
¿Queréis saber todas las esperanzas, todas las dudas, todos los entusiasmos que pueden
asaltar a un corazón que sueña y delira con la libertad de su patria? Leed ese
periódico de José Martí. Más que un periódico, parece esa hoja la disección de un
alma viva."
En este índice aparecen los trabajos de Martí referidos a sus últimas Obras
Completas (La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963-1966) y al volumen que
publicamos con el título Escritos desconocidos de José Martí (Nueva York: E.
Torres & Sons, 1971). A continuación de cada uno de ellos damos, entre paréntesis,
el tomo y la página si se encuentran en la primera colección, y después de las letras
"ED", solamente la página, si se recogieron en la segunda. En un Apéndice, al
final del libro, la relación de títulos por orden alfabético facilita la ubicación en Patria
de sus colaboraciones.
Quiso su fundador que el periódico fuera una publicación "sin persona" y
dio el ejemplo manteniendo anónimos sus escritos. Si prescindimos de las cartas y
documentos oficiales, sólo lleva su firma un artículo, y esta excepción debe ser por
error del cajista, pues sucede en la tercera salida y no vuelve a repetirse. En todo, sin
embargo, dejó inconfundible la huella de su estilo. Los otros colaboradores de Patria
van aquí con su nombre o seudónimo, cuando lo consignaron, después de sus trabajos. En
un índice onomástico relacionamos autores, firmantes de cartas o circulares, miembros de
organizaciones y los nombres que aparecen en los títulos; y en un segundo Apéndice los
Clubs Revolucionarios de la emigración, por ciudades, tal como se publicaron en el
número 173 del periódico.
Este Registro de Patria ha sido preparado mientras su autor disfrutaba de una
beca de la National Endowment for the Humanities y de la ayuda del Departamento de Lenguas
Romances de Oueens College. Para ambas instituciones quede aquí constancia de su
gratitud.