Peregrinó por el mundo con una lira, una pluma y una espada", dijo, de Martí,
Enrique José Varona. "Cantó, habló, escribió, combatió; dejó por todas partes
chispas de su numen, rasgos de su fantasía, pedazos de su corazón; pero en cualquier
ruta, por todos los senderos, su vista estaba siempre fija en la estrella solitaria...
Aquí está la nota profunda de su alma, y esto constituye la unidad perfecta de su vida.
Martí poeta, escritor, orador, catedrático, periodista, agitador, conspirador, estadista
y soldado no fue, en el fondo y siempre, sino Martí patriota. Para ver y abarcar desde un
punto central la existencia accidentada de este grande hombre, nada es tan adecuado como
considerar su labor política..."
Para Martí "el arte político" estaba en "plegar y moldear", pero,
como parte de su definición, también advertía que era necesario, "en las ideas
esenciales de dignidad y libertad", ser "espinudo, como un erizo, y recto, como
un pino". Hay así en él dos prácticas que parecen opuestas, aunque en verdad son
complementarias en todo político honrado: por el ejercicio natural de una se llega al
acuerdo y al ajuste; en la otra la rigidez impide todo pliegue o desvío. El Martí
político ofrece ejemplos maestros de ese "arte" de avenencias y arreglos. Sin
embargo, en lo que tenía que ver con la "dignidad y libertad" fue siempre
intransigente y obstinado, fiel a su apotegma, "espinudo, como un erizo, y recto,
como un pino".
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"Esas gentes de
letras de espíritu tranquilo y pacífico no son llamadas a la
rebelión. Como saben tanto, siempre confían el mandato de
todas las cosas humanas a las ideas, y no suponen necesaria la
fuerza bruta en ningún caso". Máximo Gómez.
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La intransigencia de Martí se manifestó ante el esfuerzo de España por mantener a
Cuba como colonia y ante el peligro de su anexión a los Estados Unidos. El Martí
apóstol de la libertad y el Martí antiimperialista han sido bien estudiados, no así el
que luchó contra la otra amenaza mayor que tuvo su gestión revolucionaria: la del grupo
de cubanos que, al amparo de una tímida oposición a España, defendieron su presencia en
la isla y combatieron los trabajos para librarla de su dominio. Ese aspecto de la
actividad política de Martí es en las páginas que siguen motivo preferente de revisión
y estudio, de su intransigencia ante lo que eran sus "ideas esenciales de dignidad y
libertad", entendida la intransigencia, con su valor etimológico, como negativa a
todo trato o transacción (de la misma raíz latina) cuyo debate o término resultaba vil
o deshonroso para su patria o para su persona.
Evolución y revolución
Al terminar la presencia inglesa en La Habana, en 1763, no le fue difícil al cubano
imaginar los beneficios que le traerían ciertos cambios en la administración española.
Pero, con la independencia de los Estados Unidos y la revolución de Francia, y ante las
costumbres subversivas que aparecían en la población, los temerosos gobernantes se
aferraron al pasado e impusieron nuevas restricciones al país. Vinieron luego a aumentar
la inquietud criolla las guerras por la liberación de Hispanoamérica por las que,
desoyendo el sentido común que aconsejaba modificar su política en Cuba, las autoridades
aumentaron aún más la represión, haciendo sólo concesiones menores que casi siempre
imponían el progreso del mundo, y el crecimiento económico de la isla, y no la
sabiduría o la justicia de la metrópoli.
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El general Emilio Núñez.
Fracasada la Guerra Chiquita, Martí le aconsejó que depusiera
las armas, pero también le dijo: "Hombres como Ud. y como yo
hemos de querer para nuestra tierra una redención radical y
solemne impuesta, si es necesario, y si es posible, hoy, mañana y
siempre, por la fuerza, pero inspirada en propósitos
grandiosos"(Foto tomada de la revista Cuba
y América, de mayo de 1898). |
Tres caminos iba a tomar la inconformidad cubana: 1) el del rompimiento de todo
vínculo con los españoles para crear una nación independiente, 2) el de unirse al
impulso expansionista de los Estados Unidos y convertir la isla en parte de su territorio,
y 3) el de obtener ciertas concesiones de España sin perder su tutela: fueron el
separatismo, el anexionismo y el reformismo. El primer intento separatista se produjo en
La Habana, en 1809, por un grupo de francmasones, dirigidos por Román de la Luz, tío de
Luz y Caballero, hombre prominente y rico el cual, condenado a prisión y a destierro
perpetuos, murió en la miseria en Madrid. También en La Habana, en ese mismo año, se
llevaron a cabo una serie de conversaciones entre los primitivos anexionistas con un
representante norteamericano, el taimado general James Wilkinson, de Kentucky, a quien
envió con ese propósito el presidente Jefferson. Y en los esfuerzos de la clase
acomodada cubana para lograr derechos iguales a la metrópoli, que se venían haciendo
desde el siglo anterior inspirados por Francisco de Arango y Parreño, están las raíces
del reformismo.
A partir de aquella época, y hasta mediados del siglo XIX, los partidarios de la
independencia y los partidarios de la anexión dejaron huellas más o menos desafortunadas
o gloriosas en la historia de Cuba. La actitud reformista, que es la que aquí interesa,
mantuvo la esperanza de que las realidades económicas y sociales, junto a los cambios que
se producían en el mundo, iban a convencer a España de la necesidad de modificar la
administración de su colonia. A las gestiones de Arango y Parreño siguió, por el mismo
camino, el proyecto de Constitución que preparó José Agustín Caballero para las Cortes
de Cádiz, en 1812. Otro hilo en la historia del reformismo es la cátedra de
Constitución que creó en 1820, en el seminario de San Carlos, el obispo Espada, y que
ocupó el Padre Varela, al tiempo que también en la Universidad de La Habana empezaban
los estudios de Derecho Político. Poco después Varela presentó en las Cortes, en 1823,
otro proyecto, menos atrevido que el de su maestro Caballero, pero que también limitaba
las facultades de los representantes de España en la isla, los que allí calificaba como
"aventureros que van a hacer fortuna en corto tiempo sin considerar mucho de los
medios que emplean ni la opinión de un pueblo a quien piensan decir adiós eterno y cuyos
clamores nada temen..." Y también debe recordarse entre estos primeros pasos
constitucionales de los reformistas, las "instrucciones" que preparó Claudio
Zequeira, asimismo para los diputados cubanos de 1823, donde pedía que se incluyesen en
la Constitución de España una serie de consideraciones especiales para el gobierno de la
isla: quería que se creara una Asamblea Española Americana, un representante del monarca
y un Consejo Consultivo de 44 miembros con sólo la cuarta parte nombrados por el
gobernador con razón este atrevido proyecto de Zequeira ha sido considerado como un
anuncio de lo que después se llamaría el commonwealth.
En la década de los 60 el reformismo adquirió nuevas fuerzas: otra vez se pedían
iguales derechos, como los de los peninsulares, para los cubanos, y representación en el
Congreso español: un trato semejante al de Inglaterra con el Canadá. Bajo la
orientación de José Morales Lemus el periódico El Siglo, cuyo lema era
"Todo por la evolución, nada por la revolución", hizo inteligentes campañas
en favor de sus ideas, como las hizo el Círculo Reformista, del conde de Pozos Dulces,
como desde su destierro las pudo hacer José Antonio Saco, abogando también por Leyes
Especiales para la isla y por un Consejo Colonial.
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El Louvre, a la
derecha, donde tuvo lugar el banquete en el que Martí condenó
los acuerdos con España: "No consentiré jamás",
dijo en su discurso, "que el goce altivo de un derecho
venga a turbármelo el recuerdo amargo del excesivo acatamiento,
de la fidelidad humillante, de la promesa hipócrita que me
hubiese costado conseguirlo" (Foto de la época).
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Pero ante los continuados fracasos de la vía pacífica, la insurrección de Yara
planteó otra vez la fuerza como el medio adecuado para terminar con la opresión
española. En estricta justicia, la posteridad no puede aplaudirle al anexionismo sus
gestiones de entonces en favor de la incorporación de Cuba a los Estados Unidos, ni a los
reformistas el haber restado fuerzas a los proyectos del separatismo, y hasta, quizás,
haber demorado el levantamiento armado, pero sí tiene que agradecerles a los dos que, en
general, al comprender el primero el carácter menos patriota de sus planes (y el egoísmo
y la insolencia que movía al gobierno norteamericano), y al constatar los otros que nada
concreto y permanente se iba a conseguir de los españoles con peticiones y acuerdos, su
prestigio, y la mayor parte de sus fuerzas, se volcaran generosas en la revolución. Con
Oriente como ejemplo, ayudado por sus amigos, Morales Lemus se propuso organizar la guerra
en Las Villas y en Occidente, pero tuvo que huir por la persecución de los enfurecidos
voluntarios de España. En los Estados Unidos actuó como Enviado Extraordinario y
Ministro Plenipotenciario de la República de Cuba junto al presidente Grant, quien se
negó a reconocer la beligerancia de los insurrectos. Agobiado por la pena de su
infortunada gestión, al antiguo reformista cambiado en revolucionario se le agravó la
enfermedad que padecía, la cual ni en sus últimos momentos le impidió continuar
trabajando para procurarles armas y dinero a los rebeldes de la Isla. Poco antes le había
escrito a un amigo: "Los ancianos, como yo, sufrirán sin esperanzas de gozar el
resultado de sus sacrificios, pero morirán con la satisfacción de haber llenado sus
deberes hacia la patria y las generaciones venideras".
El Zanjón y la autonomía
La Guerra de los Diez Años terminaba. El 8 de febrero de 1878, bajo la presidencia de
Juan Bautista Spotorno, y siendo secretario Luis Victoriano Betancourt, la Cámara de
Representantes de la República en Armas quedó disuelta. Dos días más tarde, en el
Zanjón, Camagüey, se firmó la paz ante el general español Arsenio Martínez Campos.
Diez años de guerra les había costado a los cubanos salir del total vasallaje en que los
tuvo hasta entonces España. Convencido de que nunca llegarían las concesiones necesarias
para la felicidad del país, Antonio Maceo se negó a aceptar el Pacto, e hizo la famosa
protesta en los Mangos de Baraguá. La revolución se resistía a dejarse vencer, pero el
cansancio de la guerra y la imprevisión hicieron nacer vanas esperanzas. Al referirse a
ese acuerdo dijo tiempo después Martí: "La política es una resolución de
ecuaciones. Y !a solución falla cuando la ecuación ha sido mal propuesta". El
egoísmo y la soberbia de los españoles harían imposible resolver de manera permanente
los problemas del país, y las consecuencias de los abusos y del mal gobierno de España
no podían esconderse en un simple "olvido del pasado", como rezaba el acuerdo
de 1878. Sobre el mismo asunto también dijo Martí: "Son tan radicales y esenciales
las reformas que Cuba necesita, y lastiman todas ellas tan profundamente los intereses de
los peninsulares que en Cuba habitan, y los que de ella viven en España, que pudieran ser
estas benevolencias de ahora como esas brillantes hojas de estío, que nacen en los
árboles después de largo invierno, para ser a poco arrebatadas por los vientos primeros
del otoño".
Al terminar las hostilidades regresaron a Cuba o se incorporaron a la vida nacional
numerosos emigrados y perseguidos políticos. Eran miembros de dos generaciones que se
habían distinguido, o que se iban a distinguir, en la cultura o en la política. Sólo
por vía de ejemplo cabe mencionar, por orden de edades, los siguientes: entre los mayores
de 35 años en esa fecha: el historiador y bibliógrafo Antonio Bachiller y Morales; el
maestro de Martí, Rafael María de Mendive; el poeta José Fornaris, de los Cantos del
Siboney; el abogado reformista Nicolás Azcárate; el erudito de la filosofía en La
Habana, José Manuel Mestre, compañero de Morales Lemus en el reformismo y en la
emigración; José María Gálvez, agente de Céspedes en Nueva York y preso en Isla de
Pinos; el crítico literario y biógrafo Enrique Piñeyro; el escritor costumbrista y por
diez años soldado insurrecto, Luis Victoriano Betancourt; el presbítero y educador
separatista Manuel J. Dobal... Y entre los que no habían aún cumplido 35 años: Manuel
Sanguily, tribuno de la revolución, que terminó en la guerra con el grado de coronel; el
poeta Diego Vicente Tejera; el orador Rafael Montoro; el periodista Juan Gualberto Gómez;
el doctor en Filosofía y Letras Rafael Fernández de Castro; y José Martí.
No por edades, sino por ideas distintas de como resolver la limitación colonial,
además de los que siguieron comprometidos con el anexionismo, otra vez los cubanos se
dividieron en dos grupos: unos que confiaban en la libertad; y otros desconfiados de ella,
los cuales, con el argumento de que el pueblo no tenía madurez para disfrutarla, abogaban
por un período de prueba al amparo de España. Eran, de nuevo, los que defendían la
revolución y los que defendían la evolución: los separatistas y los que entonces se
llamarían "liberales" y después "autonomistas". En setiembre de
1878, con una dirigencia casi toda de intelectuales (letrados, escritores, médicos,
maestros Julián Gasié, José María Gálvez, Antonio Govín, Ricardo del Monte,
Carlos Saladrigas, Joaquín Lebredo) se constituyó en Cienfuegos el partido autonomista.
Bajo la presidencia de Gálvez, antiguo separatista, pronunció un discurso Rafael
Montoro, en el que hablaba de "la libertad de Cuba con España", de la
"unidad nacional" entre cubanos y españoles dispuestos a reconocer "por
madre común a España..." Y aquel poderoso grupo político se dio a esperar por las
buenas lo que sólo podía conseguirse con las armas. De los autonomistas dijo años más
tarde el general Máximo Gómez: "Esas gentes de letras y de espíritu tranquilo y
pacífico no son llamadas a la rebelión. Como saben tanto, siempre confían el mandato de
todas las cosas humanas a las ideas, y no suponen necesaria la fuerza bruta en ningún
caso..."
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Montoro (a la
izquierda), Gálvez y Fernández de Castro. destacados
autonomistas. Criticaron a España, pero también demoraron e
hicieron más larga y cruenta la guerra que Martí quiso
"generosa y breve", por lo que se produjo la ocupación
americana, y sembraron el pesimismo en el alma nacional.
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Podría encontrarse justificación al autonomismo, y a su temor respecto al futuro, al
contemplar las dificultades y penas que sufrió el cubano para conseguir la independencia,
y lo que padeció después en la República. Pero hasta prescindiendo de toda valoración
moral y patriótica, en vista de la realidad de la historia y de la decadencia española
que se hizo más evidente después de 1898, se concluye que el separatismo tenía razón.
La fórmula para que la metrópoli tratara su colonia como Inglaterra trató al Canadá,
partía de un silogismo falso: Cuba no era el Canadá, ni España Inglaterra, ni las
medidas inglesas podían ya curar los males cubanos. Con toda la violencia y los
sacrificios que entrañaba la revolución, y los peligros que se corrían al entronizar
después de ella la libertad, Cuba necesitaba hacerse libre sin demora y por la fuerza: el
Estado nacional no podía nacer en una libertad precaria, sino en la búsqueda misma de la
libertad. Al prolongar la tutela de España hubiera surgido una nacionalidad débil y
amorfa, aun más vulnerable a la codicia de los Estados Unidos de lo que fue a la
inauguración de la República, y también más dada a los defectos y a los vicios que se
heredaron de la colonia.
Deber y vida
En unos comentarios sobre la política europea dijo Martí: "Avergüenza la
pequeñez de los hombres en los tiempos que corren: no ven la vida como un deber, sino
como una casa de gozos". Era el 4 de febrero de 1882: unos meses antes había tenido
que irse de Venezuela por resistir el capricho de un general despótico: ya lo querían y
triunfaba con sus escritos en Caracas, y la mujer y el hijo iban a reunirse con él. No
era una conducta nueva: de México se había marchado por el golpe militar que derrocó al
gobierno liberal que él apoyaba, y comentó en una carta: "Con un poco de luz en la
frente no se puede vivir donde mandan tiranos". Y también por cuestión de
principios dejó Guatemala: un dictador arbitrario fue injusto con el amigo cubano que lo
protegía: su único empleo era una cátedra, y su mujer estaba embarazada, pero le dijo
al amigo: "Renunciaré aunque mi mujer y yo nos muramos de hambre..." Y
abandonó el país que había cantado con singular cariño y fortuna. Otra vez se le
imponía a la vida lo que creyó su deber.
Martí se acogió entonces al indulto proclamado en Cuba por el Pacto del Zanjón, y
regresó a La Habana a fines de agosto de 1878. Allí trabajó en el bufete de Nicolás
Azcárate, su compañero en la emigración de México. Las reformas prometidas por España
habían reducido a un mínimo el interés por la independencia. Todas las esperanzas
estaban cifradas en el arquitecto de la paz, el general Martínez Campos, "El
Pacificador". Un mes antes de la llegada de Martí, buen número de prestigiosos
cubanos le dieron un banquete en el teatro Tacón y, representando a los allí reunidos,
le dijo en su discurso Pedro González Llorente: "...vuestra obra quedará aquí como
sombra bienhechora.. el Pacto que habéis celebrado nos pone en condiciones normales de
nuestro destino. En él ha muerto nuestra calidad de colonos..." Recordó luego el
incumplimiento de las promesas de España en el pasado, y aludió a los derechos que
faltaban, aunque sobre ellos advirtió, prudente, que querían "obtenerlos, usarlos y
defenderlos por vías legales.. " Pero ya en la península el gobierno daba nuevas
señales de su ceguera política y de su egoísmo: en el Parlamento se le llamaba al
Zanjón "la paz maldita", y "el convenio deshonroso", y hasta se dijo
allí que el acuerdo no había sido más que "una hoja de parra arrojada a la
insurrección para tapar la vergüenza de su derrota..." Conocedor de la torpeza de
sus ministros, al mes justo de haber firmado la paz; Martínez Campos le escribía al
presidente del Consejo, Antonio Cánovas del Castillo: "... Se creía antes que el
carácter de estos habitantes no era propio para la guerra; tanto el blanco como el negro
han demostrado lo contrario. Las promesas nunca cumplidas, los abusos de todo género, el
no haber dedicado nada al ramo de Fomento, la exclusión de los naturales de todos los
ramos de la administración, y otra porción de faltas, dieron principio a la
insurrección... Deploro ciertas libertades, pero la época las exige, la fuerza no
constituye nada estable, la razón y la justicia se abren paso tarde o temprano. No bien
aprueban ustedes los artículos de la capitulación, ya empiezan a poner
cortapisas..." Ante la insistencia del general sobre la necesidad de las reformas,
los ministros lo retiraron del cargo, y en enero de 1879 se fue de Cuba.
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Facsímil de la
carta de Montoro a Pirala: "El pueblo de Cuba en su
inmensa mayoría no ha sido nunca, como no es hoy,
revolucionario. Es demasiado inteligente para no comprender
que la independencia sólo podría significar para él una
serie de turbaciones y catástrofes…
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Martí, al igual que Maceo, se dio cuenta de que, a la larga, España volvería a ser
lo que siempre había sido, y se puso a conspirar activísimo con un reducido grupo de
amigos. Fundaron el Club Central Revolucionario representando al Comité de Nueva York,
con Martí de vicepresidente. A pesar de las protestas de su mujer y de los consejos y
reproches de sus amigos, en medio de la general apatía, y hasta hostilidad, ante la
revolución, apenas le alcanzaba el tiempo para ir del trabajo a su casa, a besar al hijo
recién nacido, y volver al bufete para desde allí preparar el nuevo levantamiento. De
Martí entonces se puede decir lo que años más tarde él escribió del patriota cubano
José Cristóbal Morilla, conspirador también en aquellos días, con motivo de su muerte
en Cayo Hueso: "...No era de los que creen que se echan mundos abajo con la mera
opinión, ni que los pueblos se libertan, o mudan del vicio a la virtud, con el deseo
perdido en el pecho ocioso; él, pulcro y tenaz, estaba en la obra siempre. Cuando todo se
apagaba, allí estaba él, en su rincón de claridad. con el grupo glorioso de los
incorregibles. Cuando su pueblo, como una caña loca, se plegaba a la tormenta, él, en el
grupo de amigos, resistía como un roble. Para él, como para aquellos hombres todos, ni
había quehacer superior al de libertar a su país, ni pasión que no domasen en su
servicio. Fue siempre hermoso duelo el de España, con su isla corrompida al pie, y ese
puñado de hombres. En las citas, Morilla era de los primeros: su voto, siempre el mismo,
el de arrancar de raíz: su misa, los domingos, era la junta de los amigos que no se han
cansado de servir a su patria..." Y así, en la mejor tradición del patriotismo
cubano, Martí, también "pulcro y tenaz", que sabía que los pueblos no ganan
su libertad "con el deseo perdido en el pecho ocioso", trabajaba, y ya para
siempre, resistiendo "como un roble" en los momentos en que "su pueblo,
como una caña loca, se plegaba a la tormenta..."
El conspirador y el desterrado
Con el crédito de su conducta y de su talento, para advertir a sus compatriotas del
peligro de cualquier transacción con España, y en apoyo de sus planes revolucionarios,
Martí no perdía ocasión para hablar en reuniones sociales y de cultura: el 21 de abril
de 1879 un grupo de personajes representativos del autonomismo asistieron a un banquete
que daba a sus amigos el periodista Adolfo Márquez Sterling, director del periódico La
Libertad, que se celebraría en el piso alto de El Louvre. Aunque Martí estaba
opuesto a los arreglos con España, y manifestaba su repudio por la política que los
proponía, quizás con la esperanza de atraerlo a sus filas lo invitaron al acto. Después
de algunos discursos, un amigo suyo pidió que hablara. Con cierta discreción, por no
ofender a los presentes (Gálvez, Montoro, Govín, Saladrigas y Del Monte, entre otros
autonomistas), pero con valentía, censuró a los que aceptaban sumisos las concesiones de
España: "No consentiré jamás", dijo, "que en el goce altivo de un
derecho venga a turbármelo el recuerdo amargo del excesivo acatamiento, de la fidelidad
humillante, de la promesa hipócrita, que me hubiese costado conseguirlo... El hombre que
clama vale más que el que suplica: el que insiste hace pensar al que otorga..." Y
cuando llegó el momento de su brindis, sin mencionarla, recordó la guerra que acababa de
terminar, de la que todos los cubanos debían estar orgullosos, y concluyó:
Si al sentir, si al hablar, si al reclamar no nos arrepentimos de nuestra única gloria
y no la ocultamos como una pálida vergüenza, por soberbia, por digna, por enérgica, yo
brindo por la política cubana. Pero si entrando por senda estrecha y tortuosa no
planteamos con todos sus elementos el problema, no llegando, por tanto, a soluciones
inmediatas, definidas y concretas... Si hemos de ser más que las voces de la patria
disfraces de nosotros mismos; si con ligeras caricias en la melena, como de domador
desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi
copa: no brindo por la política cubana...
Y, ciertamente, al pronunciar estas palabras, ante el asombro de todos, rompió en el
suelo su copa...
No faltaron entre aquellos "timoratos" y "acomodaticios", como
también Martí llamó en su brindis a los autonomistas, quienes corrieron a contarle lo
sucedido al capitán general Ramón Blanco, que había sustituido en el cargo a Martínez
Campos. Seis días después, con ocasión de un concierto de Rafael Díaz Albertini en el
Liceo de Guanabacoa, el general se personó en el lugar porque Martí iba a hacer la
presentación del violinista. No se retrajo el orador. Volvió al elogio de la Guerra de
los Diez Años, condenó el Zanjón e insistió en que era la independencia el único
camino honrado y útil para Cuba. Un testigo del acontecimiento contó que, al terminar,
el gobernante les dijo a quienes lo acompañaban: "Quiero olvidar lo que he oído y
pensar en que es un loco el que en mi presencia ha dicho cosas tan censurables, pero un
loco muy peligroso..."
Martí siguió trabajando en la conspiración, entonces desde un nuevo bufete, y en el
mes de agosto se produjo el levantamiento en Holguín, Gibara y Santiago de Cuba; luego se
sumarían Baracoa, Tunas y Baire. Denunciado por los autonomistas, Martí fue preso el 17
de septiembre, frustrándose el alzamiento que desde su Centro se había preparado para
Güines y La Habana. Con la autorización del general Blanco se le ofreció quedarse en
Cuba si se comprometía a suspender sus actividades contra el gobierno; y él, aludiendo a
los que habían podido comprar los españoles con promesas y premios, les contestó a
quienes le llevaron la oferta: "¡Martí no es de la raza vendible!"
Poco después salió deportado hacia España, pero a principios de 1880 ya estaba en
Nueva York ayudando a Calixto García, jefe supremo de aquel movimiento. Allí se
preparaba una expedición para unirse a los insurrectos en la isla, ya también activos en
Sagua, Remedios y Sancti Spiritus. Otra vez castigando a los que andaban en conversaciones
con España dijo en su discurso del Steck Hall, el 24 de enero:
Adivinar es un deber de los que pretenden dirigir. Para ir delante de los demás se
necesita ver más que ellos... No debe perderse tiempo en intentar lo que hay fundamento
harto para creer que no ha de ser logrado. Aplazar no es nunca decidir... ¿Qué esperan
esos hombres que afectan esperar algo todavía? Yo no he visto mejillas más abofeteadas;
yo no he visto una ira más desafiada; yo no he visto una provocación más atrevida...
¿Qué afectan esperar, cuando con desdeñosa complacencia no perdonan sus dueños
ocasión de repetirles que no cabe pedir allí donde se ha tener por entendido que no hay
nada ya que conceder?... La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir
sin ella, o decidirse a comprarla por su precio... Los grandes derechos no se compran con
lágrimas, sino con sangre...
Y refiriéndose también a los autonomistas y a su política, añadió:
¡Qué pobres pensadores los que creen que, después de una conmoción tan honda y ruda
como la que ha sufrido nuestro pueblo, puedan ser bases duraderas para calmar su
agitación, el aplazamiento, la fuerza y el engaño! ¡Qué políticos son ésos que
intentan elevar a la categoría de soluciones... aspiraciones acomodaticias sin
precedentes y sin probabilidad de éxito; que creen que los problemas de un grupo de
rezagados, de arrepentidos y de cándidos, son los problemas del país; que en vez de
poner la mano sobre las fibras reales de la patria, para sentirlas vibrar y gemir, cierran
airados los oídos y se cubren espantados los ojos, para no ver los problemas verdaderos,
como si el débil poder de la voluntad egoísta fuera bastante para apartar de nuestras
cabezas las nubes preñadas de rayos!
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Máximo
Gómez al terminar la Guerra de los Diez Años, con (detrás,
desde la izquierda) Rafael Rodríguez,
Enrique Collazo y Enrique Canals. |
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Pero aquel empeño también fracasó. Los cubanos fueron fácilmente derrotados en la
Guerra Chiquita. Al infortunio se había sumado la propaganda y la complicidad del
autonomismo. Herminio G. Leyva, de la Junta Central de ese partido, fue comisionado por el
general Blanco para convencer al brigadier Belisario Grave de Peralta, entonces en
Holguín, y el primero que había tomado las armas, que se rindiera; y luego hizo igual
gestión, por aquellos lugares, con otro insurrecto, con el coronel Luis Feria. Aunque los
dos continuaron alzados durante algún tiempo, esas actividades conciliatorias
desmoralizaron las tropas e impidieron nuevos brotes rebeldes. Y no fue menos dañina su
campaña entre los emigrados: se les instaba a regresar, y hasta se tentó a los
propietarios con la devolución de sus bienes y de las rentas acumuladas desde 1878, al
terminar la guerra. Así fueron muy limitadas las recaudaciones en la emigración durante
ese período revolucionario, y el general Blanco pudo decir, al fin de las hostilidades,
que la ayuda de los autonomistas "había sido más eficaz que la de veinte batallones
reunidos..."
Pero aún en octubre quedaban en la isla algunos patriotas alzados. Desde Las Villas
Emilio Núñez le escribió a Martí consultándole si debía deponer las armas y Martí
le contestó: "Hombres como Ud. y como yo hemos de querer para nuestra tierra una
redención radical y solemne, impuesta, si es necesario, y si es posible, hoy, mañana y
siempre, por la fuerza, pero inspirada en propósitos grandiosos..." Y sobre lo que
él iba a hacer, y sobre lo que le recomienda a Núñez, le agrega en la misma carta:
Yo que no he de hacer acto de contrición ante el gobierno español; que veré salir de
mi lado, sereno, a mi mujer y a mi hijo, camino a Cuba; que me echaré por tierras nuevas
o me quedaré en ésta abrigando el pecho con el jirón último de la bandera de la honra;
yo, que no he de hacer jamás ante los enemigos de nuestra patria mérito de haber alejado
del combate al último soldado, yo le aconsejo como revolucionario y como hombre que
admira y envidia su energía, y como cariñoso amigo, que no permanezca inútilmente en un
campo de batalla al que aquellos a quienes Ud. hoy defiende son impotentes para hacer
llegar a Ud auxilios.
Martí no regresó a Cuba: por quedarse en Nueva York se le rompió el hogar, pero
volver constituía una traición a sus "ideas esenciales", que no es una la
dignidad cuando hay esperanza y otra cuando hay que vivir sin ella. Más fácil era ser
intransigente en la preparación real de la guerra, y en la guerra misma, que en la
derrota: más en la acción y la palabra que en la espera y en el silencio, pero no tan
noble. Y él sabía que "el verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino
de qué lado está el deber; y ése es el verdadero hombre, el único hombre práctico,
cuyo sueño de hoy será la ley de mañana".
Martí antiimperialista
Por su condición de patriota, que es el que ama su tierra y quiere para ella todo
género de bienes, y la protege contra toda posible desgracia, Martí no sólo se opuso al
gobierno de España y a los que la ayudaban, sino también a los que, para librarla de su
infortunio colonial, proponían soluciones ruines o imprudentes. Por afectar asimismo el
mundo de sus "ideas esenciales de dignidad y libertad", Martí fue siempre
"espinudo, como un erizo, y recto, como un pino", con los que proponían la
entrega de Cuba a los Estados Unidos. Hay en su biografía una bien documentada
trayectoria frente a ese peligro. Desde muy joven, y no ajeno a la más pura tradición
cubana de recelo ante la América del Norte que iba de Arango y Parreño a Varela, a
José Antonio Saco y Domingo del Monte Martí dejó constancia de semejantes
reservas. Había dicho Arango y Parreño en su mensaje a las Cortes de Cádiz, en 1811:
"...Vemos crecer, no a palmos, sino a toesas, en el Septentrión de este mundo, un
coloso que se ha hecho de todas las castas y lenguas, y que amenaza ya tragarse, sino
nuestra América entera, al menos la parte del norte; y en vez de tratar de darle [a Cuba]
fuerzas morales y físicas, y la voluntad que son precisas para resistir tal combate; en
vez de adoptar el único medio que tenemos de escapar, que es el de crecer a la par del
gigante, tomando sus mismos alimentos, seguimos en la idolatría de los errados principios
que causan nuestra languidez..."
Entre otras manifestaciones, la intención expansionista de Norteamérica se había
hecho, y se hizo después, evidente, en las palabras y manejos de los presidentes
Jefferson, Madison, Monroe y Buchanan; y de los Secretarios de Estado, John Quincy Adams,
Daniel Webster, Henry Clay y William Seward. Así Martí, aún estudiante del Instituto de
La Habana, escribió esta nota sobre la diferencia entre los norteamericanos y los
cubanos, por lo que era necesario repudiar la unión con los Estados Unidos: "... Los
norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento. Nosotros posponemos al sentimiento
la utilidad". Y enseguida advertía del peligro de imitar sus maneras y sus leyes,
las cuales le habían "dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado
también al más alto grado de corrupción: lo han metalificado para hacerlo
próspero".
La lucha de Martí contra España, y su apuro por iniciar la guerra y lograr la
independencia, sólo pueden entenderse en función de sus temores de que, con el lastre
del dominio español, Cuba sería cada vez más fácil presa del imperialismo
norteamericano, siempre alentado por los bajos o ciegos intereses de sus compatriotas
anexionistas. A éstos así los describía en su carta del 20 de julio de 1882, a Máximo
Gómez: ".... En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos,
bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no
exponer su bienestar personal en combatirla. Esta clase de hombres, ayudados por los que
quisieran gozar de los beneficios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio,
favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos... Así halagan su
conciencia de patriotas, y su miedo de serlo verdaderamente. Pero como esa es la
naturaleza humana, no hemos de ver con desdén estoico sus tentaciones, sino de
atajarlas..." Y el mismo temor lo acechaba cuando terminó la Conferencia
Internacional Americana de Washington e iba a empezar su campaña definitiva por la
libertad de Cuba, por lo que dijo en el prólogo de sus Versos Sencillos: "Mis
amigos saben cómo me salieron estos versos del corazón. Fue aquel invierno de angustia,
en que por ignorancia o fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en
Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos... y el horror y la
vergüenza en que me tuvo el temor legítimo de que pudiéramos los cubanos, con manos
parricidas, ayudar el plan insensato de apartar a Cuba, para bien único de un nuevo amo
disimulado, de la patria que la reclama y en ella se completa, de la patria
hispanoamericana..."
Luego, ya en Dos Ríos, a sólo horas de la muerte, Martí expresó bien claro su temor
ante la absorción americana, y su fórmula para impedirla, en la última carta, a Manuel
Mercado: "... Yo estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por
mi deber puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo de impedir
a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos
y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy,
y haré, será para eso... La guerra de Cuba... ha venido a su hora en América, para
evitar la anexión de Cuba a los Estados Unidos..."
"Hombre sable y hombre
leyes"
En cuanto a la capacidad de un gobernante formado en las armas y en la fuerza, dijo
Martí en una ocasión: "Pelear es una cosa, y gobernar es otra. La guerra no
inhabilita para el gobierno, pero tampoco es la escuela propia del arte de gobernar".
Hablaba del general Sheridan, de quien en otra oportunidad dijo: "... sabe de sables,
no de leyes. Es hombre sable, como hay hombre leyes". Así era Máximo Gómez, con
quien tropezó Martí algunas veces por la vocación de mando del viejo soldado. Era
"hombre sable", como lo eran, sin la altura del generalísimo, Porfirio Díaz,
Justo Rufino Barrios y Antonio Guzmán Blanco, los tres militares por los que tuvo que
irse de México, Guatemala y Venezuela.
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Como si la culpa de
los conflictos la tuvieran los cubanos, y no la tiranía española,
se ilustraban los
horrores de la guerra y las ventajas de la paz. Los dos tomos
del libro de Souléve (publicados a raíz del Zanjón), tienen
en la portada un negro insurrecto asustado y en el otro el símbolo
del progreso en un pedestal donde se lee el lema de los
autonomistas: "Paz, Unión y Fraternidad".
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Un ejemplo bastará para mostrar cómo también ante sus compañeros, en la
preparación de la guerra, fue intransigente: es el de su polémica con Gómez y Maceo en
1884. Dos años después del fracaso de la Guerra Chiquita, Martí empezó a pensar en un
nuevo levantamiento en Cuba. Desde Nueva York le escribió al general Gómez para
comprometerlo, y éste le contestó desde Honduras, donde entonces residía: "Es
tristísimo, pero necesario, dejar que aquel pueblo que se cansó la larga lucha que
terminó en el Zanjón, sufra de nuevo los ultrajes con que España castigará su
debilidad o su ceguera..."; y le recomendaba preparar el alzamiento "con calma,
sin alarde de ningún género". Tiempo después, con el fin de recaudar fondos,
Gómez se hizo acompañar del general Maceo en visitas por los centros de emigración de
los Estados Unidos: Nueva Orleans, Cayo Hueso, Nueva York. Con gran entusiasmo los
recibían. Félix Govín, en Nueva York, antiguo miembro de la delegación de Céspedes, y
uno de los pocos emigrados que ayudó a Calixto García en su expedición durante la
Guerra Chiquita, había ofrecido 100 mil pesos a los generales, y prometido otros 200 mil
de sus amigos. El 10 de octubre de 1884, para conmemorar la fecha patriótica, celebraron
los cubanos un gran mitin en Tammany Hall, en Nueva York, y ese mismo día, para dedicar
todo el tiempo a la causa de Cuba, Martí renunció su consulado del Uruguay.
El general Gómez había traído un "programa" en el que se le concedían al
jefe del ejército los más amplios poderes para dirigir la guerra, "sin que puedan
tener cabida, mientras no estén plenamente indicadas por la fuerza de las circunstancias,
ningunas instituciones civiles..." Era el recuerdo de la Guerra de los Diez Años en
la que tanto se sufrió por enfrentamiento del poder civil y el militar. Acompañado de
Maceo, quiso Gómez que Martí fuera en comisión a México, y así contó el incidente el
general:
En estos días de fatigosa espera seguía Martí visitándome y, como era natural,
hablando siempre del mismo modo y con igual calor de nuestro plan revolucionario. Ya
notaba yo que él se permitía hacerme muchas indicaciones inusitadas que no tenían
razón de ser, y que no correspondían hacerlas al que se le confía la dirección de un
asunto, mas yo, con blandura, lo contenía en los límites que he creído que él puede
llegar, para no perjudicarnos dejando el mando de la nave a muchos capitanes hasta que,
haciendo caso omiso del Gral. A. Maceo, que era el jefe designado para la comisión me
dijo, "que al llegar a México y según el resultado de la comisión..." Yo no
lo dejé concluir, con el tono áspero, mis palabras textuales: "Vea, Martí,
limítese Ud. a lo que digan las instrucciones, y lo demás el Gral. Maceo hará lo que
debe hacerse", nada más dije, y me contestó tratando de satisfacer mi
indicación...
Interrumpió aquella visita un sirviente que vino a avisarle a Gómez que ya tenía
preparado el baño que había pedido, y así terminó su narración: "... Cuando yo
regresé, aún encontré al señor Martí en mi cuarto. A poco se despidió de mí de un
modo afable y cortés. Solos yo y el Gral. Maceo, me dijo: Este hombre, Gral., va
disgustado con nosotros". Enseguida Martí le escribió a Gómez:
Salí en la mañana del sábado de la casa de Ud. con una impresión tan penosa, que he
querido dejarla reposar dos días, para que la resolución de ella, unida a otras
anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo
en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas... Pero hay algo que está
por encima de toda la simpatía personal que Ud. pueda inspirarme, y hasta razón de
oportunidad aparente; y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego
a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo
personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora
soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas
virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo. Un pueblo
no se funda, General, como se manda un campamento...
Sin hacer pública su decisión, Martí se retrajo de toda actividad política. Al año
siguiente los emigrados de Filadelfia lo invitaron para celebrar el levantamiento de
Carlos Manuel de Céspedes, y él se excusó en una carta que aclara este episodio de su
vida, tan revelador de su carácter; le escribió a José Antonio Lucena:
Por desdicha mi mismo amor a mi patria y a su independencia me impiden acudir esta vez
a conmemorar con Uds., como acá en mi propio altar conmemoro, fervientemente, los
esfuerzos de los que han perecido para asegurarla... Ni un solo instante me arrepiento de
haber estado con los vencidos desde la terminación de nuestra guerra, y de seguir entre
ellos, porque con ellos ha estado hasta ahora no sólo el sentimiento que anima a las
grandes empresas, sino la razón que justifica los sacrificios que se hacen para
lograrlas... Cuanto pude hacer he hecho por salvar a mi país de una situación ahogada y
odiosa, sin llevarlo con este pretexto a otra que pudiera ser aun más temible... Tan
ultrajados hemos vivido los cubanos, que en mí es locura el deseo, y roca la
determinación, de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera que se respete como a
persona sagrada la persona de cada cubano, y que se reconozca que en las cosas del país
no hay más voluntad que la que exprese el país, ni ha de pensarse en más interés que
en el suyo...
Pero aquella intentona revolucionaria ya entonces estaba condenada al fracaso: no se
habían podido reunir los fondos necesarios: hasta Félix Govín y sus amigos se excusaron
de cumplir el compromiso contraído por la reclamación que tenían pendiente con España
de sus bienes en la isla. Además de cobarde, Máximo Gómez dijo en aquellos días que
Martí era de "esos átomos que nada influyen en los destinos de los pueblos". Y
Maceo, también condenando su intransigencia habló de la "doblez y falsía" de
Martí, y de sus "retrógradas tendencias". Años más tarde, superado el choque
por el patriotismo en la organización de la guerra, reunidos los tres en La Mejorana, en
1895, volvió a surgir doloroso y rudo, el conflicto entre lo militar y lo civil, y se
lastimaron los tres agonistas, pero el problema pudo resolverse: ya muerto Martí, en la
asamblea de Jimaguayú, se suprimió la Cámara que podía estorbar a los militares y se
sometió a un Consejo de Gobierno al General en Jefe del ejército. Más que cuestión de
principios aquello era cuestión de forma, y Martí sabía en esos asuntos transigir: era
"el arte político" en sus mejores momentos, que había dicho estaba en
"plegar y moldear". Por eso cuando se refiere al problema en su carta a Mercado
dice que la Constitución del país iba a ser "real y estable", y el gobierno
"útil y sencillo"; y concluye: "En cuanto a formas, caben muchas formas y
las cosas de hombres, hombres son quienes las hacen..."
Prosperidad autonomista
Ante los tropiezos de los partidarios de la independencia, hacia 1886, el autonomismo
crecía. Coincidente con el fracaso de los planes insurreccionales de Gómez y Maceo, los
autonomistas desarrollaron una fructuosa campaña de propaganda en la isla. De ciudad en
ciudad fue su oratoria proclamando la fe en las rectificaciones que España prometía. Sus
medidos ataques al gobierno peninsular daban crédito a su gestión, como se lo dieron
ciertas concesiones que más se habían logrado por necesidad política y por los
intereses de la metrópoli que por los trabajos de ellos en la Corte; y, en gran parte,
también porque el autonomismo amenazaba a los españoles con un levantamiento armado por
el que perderían su colonia. En un acto de fines de 1886, en Puerto Príncipe, dijo
Rafael Montoro: "El separatismo no decae sino cuando se restauran nuestras
libertades, como no se extinguirá sino cuando estén plenamente consagradas..." Y en
una grandiosa concentración en Santiago de Cuba, el 9 de enero del siguiente año, el
mismo orador proclamó la evolución como el remedio exclusivo para satisfacer cuanto
pudiera necesitar el país; dijo: "Entendemos, sí, con una convicción absoluta, que
para todos los problemas hay soluciones eficaces, completas y efectivas, pero no las hay,
ni puede haberlas, fuera de la autonomía colonial... única y verdadera fórmula de
conciliación y de paz..." Y en el mismo lugar, y día, dijo José María Gálvez,
dejando ver el perjuicio que le hacían a los planes para la independencia: "Yo no
diré que la autonomía sea un medio eficaz de perpetuar la unión de las colonias con sus
metrópolis hasta la consumación de los siglos, porque del porvenir nadie responde, pero
sí he de sostener con el común sentimiento que la autonomía, en vez de apresurar, aleja
el instante de la emancipación de las colonias..." Poco después, en agosto, al ver
cómo se nutría su partido con antiguos separatistas seducidos por las promesas de un
futuro mejor, y de elementos conservadores que ya no veían en aquella organización una
amenaza para sus intereses económicos, o para España, en otra fiesta, en La Caridad del
Cerro, en La Habana, afirmó Montoro: "Empieza a notarse entre nuestros adversarios
mismos, es decir, en el seno de las grandes masas que cándidamente los siguen, un como
presentimiento de que la invocación de la patria cubana, lejos de envolver protesta
alguna contra España, contra su soberanía, pueden y deben hacerla todos los que aquí
viven, todos los que aquí tienen el hogar de sus hijos, el fruto de su trabajo, y cuantos
han de exhalar aquí el último suspiro, sin distinción de procedencias..."
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Joaquín Ruiz,
marcado con una flecha, en una fiesta campestre días antes de
ir al campamento de Néstor Aranguren para hacer campaña en
favor del autonomismo, por lo que fue fusilado.
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Tenían buenos motivos para sentirse satisfechos de su proselitismo: olvidando las
nobles aspiraciones del pasado, muchos revolucionarios de prestigio se unían a ellos.
Eran "los tránsfugas", como los llamaba Antonio Maceo. Uno de los mejores
ejemplos de estos desertores es el caso de Antonio Zambrana, secretario de la Asamblea de
Guáimaro y redactor de la Constitución junto a Ignacio Agramonte, que pasó los últimos
años de la Guerra Grande en viajes de propaganda por Hispanoamérica. En 1886 Zambrana
ingresó en el autonomismo, y al año siguiente fue elegido diputado al Congreso. En
Madrid, sin embargo, alegando que no era español por haber servido como diplomático de
Costa Rica, no lo dejaron ocupar su puesto. Por sus relaciones en ese país Maceo lo tuvo
allí como apoderado, pero tanto se plegó a la política de los autonomistas, que el
general le quitó su representación, En carta del 19 de mayo de 1894 le expresa el deseo
de poner "fuera de duda" su "decoro personal y la dignidad cubana,
mancillada ésta por los tránsfugas de nuestra causa..." Y tres días después, le
explica en otra carta cómo ha llegado a esa decisión; le dice:
Su conducta política justifica el juicio público que de Ud. se tiene en todas
partes... Sabía que Ud. estaba afiliado al Partido Autonomista... que el Gobierno, no
aceptando su diputación por temor a sus antecedentes le libro del eminentísimo ridículo
en que incurría Ud. con su delirio de figurar en España a la sombra de esa bandera sin
gloria y con todos los vicios e inmoralidades españolas; que se habló y escribió mucho
de sus deseos de que en la Península le aceptasen como español... que en Santiago de
Cuba le hicieron una ovación que hacía honor a sus antecedentes revolucionarios; que
cuando lo vitorearon los bravos orientales, creyéndolo separatista, contestó Ud. con un
viva España... pero con todo eso que sabía yo de Ud., y mucho más que podría
referirle, me resistía a creer, no podía concebirlo, que el Dr. Zambrana rebajase su
dignidad cubana, su nivel social, asistiendo a un banquete cuyo objeto era celebrar el
cumpleaños de un monarca y servir de escalón político a su iniciador...
Y como el "tránsfuga" censuraba la violencia y la rigidez patriótica del
separatismo, Maceo concluía con estas palabras: "Convénzase, Dr. Zambrana, la
guerra es la ocupación más lícita que ha encontrado la humanidad para resolver sus
grandes problemas; es sublime el medio y aumenta la dignidad de los que tienen verdaderos
méritos. En cuanto al cumplimiento de deberes patrióticos, tengo la seguridad de ser
infalible, y si para bien de mi patria me cupiera la honra de
monopolizar la dignidad y el patriotismo cubanos, no rehusaría el honor que
Ud. rechaza..."
Con el auge autonomista de 1887 disminuyó el entusiasmo revolucionario en las
emigraciones: todo se reducía a un ocioso discutir sobre las ventajas e inconvenientes de
la evolución y de la revolución: si era digno tratar con los que oprimían el país, que
tanto habían mentido, aun con la excusa de pretender un fin noble, o si era traición y
empeño vano mantener con ellos un diálogo que sólo prolongaría el dolor de sus
compatriotas y la vida del opresor. Algunos hombres sensatos se equivocaron cediendo en su
oposición al gobierno de España: algunos emigrados regresaban, o se disponían a
regresar atraídos por el fervor autonomista. Martí, desde 1886, se mantenía inactivo en
política, pero, fracasada la intentona de Gómez y Maceo, volvió a sus campañas en
favor de la independencia. En 1887 hizo circular un escrito invitando a los cubanos a un
acto por el 10 de Octubre; allí decía: "...Sordos a los halagos que la patria
ofrece, aun en su desdicha, preferimos la angustia y la pobreza a una vida donde padece
martirio el honor..." La fiesta se celebró en el Masonic Temple, y Martí se
refirió en su discurso a los que iban a Cuba, y a los antiguos insurrectos que formaban
filas con el autonomismo; dijo:
Allá no queremos ir: cruel como es esta vida, aquélla es más cruel. Nos trajo aquí
la guerra, y aquí nos mantiene el aborrecimiento a la tiranía... ¿A qué iríamos a
Cuba? ¿A oír chasquear el látigo en espaldas de hombre, en espaldas cubanas, y no
volar, aunque no haya más armas que ramas de árboles, a clavar en un tronco, para
ejemplo, la mano que nos castiga? ¿Ver el consorcio repugnante de los hijos de los
héroes, de los héroes mismos, empequeñecidos en la pereza?... ¿Saludar, pedir,
sonreír, como las mariposas negras y amarillas que nacen del estiércol de los
caminos?... ¿Ver a un pueblo entero, a nuestro pueblo, a quien el juicio llega hoy a
donde llegó ayer el valor, deshonrarse en la cobardía o el disimulo? Puñal es poco para
decir lo que eso nos duele. ¡Ir a tanta vergüenza! Otros pueden: ¡Nosotros no podemos!
"Cubanos coloniales"
A mediados del siguiente año se fundó, humilde y raquítico, en Brooklyn, un club
separatista de cubanos y puertorriqueños que durante un tiempo sería el único de Nueva
York: eran "Los Independientes", y contaban sólo con 19 miembros. Mientras en
tan modesta cuna nacía aquella agrupación que 4 años más tarde le sirvió a Martí de
apoyo para fundar el Partido Revolucionario Cubano, en Madrid actuaban, henchidos de
orgullo, los Diputados del autonomismo. Por el Pacto de 1878 España aprobó una ley
Electoral para que Cuba enviara representantes a las Cortes. Pero ahí surgió una de las
primeras trampas de la metrópoli: en la península se elegía un Diputado por cada 50 mil
habitantes, pero en Cuba se impuso la proporción por circunscripciones para asegurarles
la mayoría a los españoles y a los conservadores los comerciantes, industriales y
los burócratas, estaban concentrados en las ciudades. Con la ayuda de censos falsificados
se logró que un millón de cubanos eligieran solamente ocho diputados, mientras que menos
de 150 mil españoles, peninsulares e isleños, elegían diez y seis. Por otra parte, para
votar se exigía la condición de contribuyente por bienes inmuebles, mientras que a los
empleados públicos y a los miembros de cualquier consorcio mercantil se les concedía el
voto sin ningún otro requisito. Y de esos ocho "Diputados cubanos" no todos
pertenecían a la débil oposición del autonomismo: algunos estaban aliados a los
conservadores, al partido español, al de la Unión Constitucional. Más parecían los
autonomistas elegidos también representar a España que a Cuba: sus discretas denuncias
por la corrupción y la ineficiencia de la burocracia española. por las cargas
impositivas que caían sobre la isla, por las restricciones a los naturales del país por
la incoherencia en el manejo de los asuntos públicos, por el bandolerismo y los otros
males que asolaban todas las provincias, servían de manera admirable para esconder el
único origen de los infortunios, que era el dominio de España, y para canalizar por vía
de fácil control el descontento cubano.
En aquel año de 1888 fueron "representando a Cuba" los autonomistas Alberto
Ortiz, por Matanzas; Rafael Fernández de Castro y, Miguel Figueroa, por Santa Clara;
Rafael Montoro por Puerto Príncipe; y Bernardo Portuondo por Santiago de Cuba los
otros diez y nueve diputados, elegidos por los conservadores, menos dos, eran
peninsulares. Alberto Ortiz y Coffigny, periodista y abogado, se había distinguido por su
amor a España; su hermano Carlos, regidor del ayuntamiento de Matanzas durante la Guerra
de los Diez Años, organizó el más cálido homenaje que se le hizo en el país al
Pacificador, al general Arsenio Martínez Campos. Rafael Fernández de Castro, graduado en
las universidades de Sevilla y Madrid, nunca perdió su acento español, que lo cultivaba,
como su devoción a "la madre patria", por lo que hablaba de Cuba y España como
si fueran la misma tierra: en las Cortes de 1887 había dicho: "si seguimos como
vamos podemos perderlo todo, podemos comprometer todo el empeño colonial de España y
concluir por una cosa que yo he de lamentar tanto o más que el ministro de Ultramar: la
pérdida de aquellas colonias, no para la nación española, sino para la humanidad y para
la civilización..." Miguel Figueroa había también estudiado en Madrid, donde lo
hicieron socio de mérito en la Academia de Jurisprudencia, durante la guerra, y por su
amistad con Francisco Vicente Aguilera, actúo como agente de la revolución en España,
pero fue otro de los que se habían cansado de esperar por la independencia: en su
discurso de ese año 1888, en las Cortes, veló sus denuncias de la administración
española con esta disculpa: "...En el estudio de las cuestiones peninsulares, como
en las antillanas, nuestro propósito es, sin perjuicio de mantener nuestros principios y
nuestras soluciones, no crear dificultades al Gabinete, no embarazar la marcha natural,
tranquila y sosegada del gobierno..."
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Acabado de
desembarcar en Cuba, la primera orden que dictó el general Maceo
fue la de ahorcar a todo el que se presentara con proposiciones de
paz. |
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Durante los diez años de la guerra, Montoro ejerció su carrera de Leyes en Madrid;
luego fue a Cuba y se convirtió en el ideólogo del autonomismo; era, en el exacto
sentido de la expresión, lo que Martí llamó un "cubano colonial": en una
conferencia pronunciada en el Nuevo Liceo de La Habana, en 1885, que tituló "La
expansión nacional y los Estados Modernos", para justificar la de España, hizo una
ardiente. defensa del colonialismo, desde Grecia hasta los Estados Unidos, y concluía:
"Un pueblo que coloniza es un pueblo que asegura su influencia permanente en la
historia o, como si dijéramos, su inmortalidad... y si por ventura se encuentra una
comarca que razas salvajes o poderes bárbaros y primitivos quieran cerrar a la libre
comunicación con el mundo, legítimo es que los grandes Estados, a quienes incumbe la
representación eminente de la cultura humana, abran a cañonazos los puertos que
pretenden cerrarle la ignorancia y la barbarie. No caben ya en la realidad de la vida
internacional las ideas egoístas y exclusivas de otro tiempo... Si con este alto y
religioso sentido se considera la obra de la colonización, el espíritu se eleva y un
entusiasmo nobilísimo se apodera del corazón..." Y también en 1888, combatiendo en
el Congreso los presupuestos para la isla de Cuba, insistió sobre la exclusividad del
autonomismo para resolver los problemas del país sin lastimar los intereses de España;
dijo: "Nosotros no representamos aquí una política perturbadora; no representamos
unos de esos clamores ciegos e intransigentes que a menudo no responden a ningún
propósito susceptible de acomodamiento a la realidad... No extrañéis, por lo tanto, que
sin jactancia de ninguna clase nosotros, los autonomistas, digamos ante el Parlamento que
para la isla de Cuba no hay más que una bandera política: la nuestra; una solución: la
que hemos proclamado; un porvenir: la autonomía colonial..." Para conocer el último
de los Diputados del autonomismo que fue ese año al Congreso, baste saber que, Bernardo
Portuondo, aunque nacido en Santiago de Cuba, llevaba a España en su expediente militar:
profesor de la Academia Española de Ingeniería fue, en la Guerra de los Diez Años,
Coronel y Jefe del Cuerpo de Ingenieros del ejército español, a las órdenes del salvaje
general conde de Valmaseda.
Martí seguía con aprensión e interés las actividades de estos cubanos en las
Cortes, consciente de que algunos andaban confusos por la propaganda de los políticos
españoles, otros no podían ignorar que con aquellos encuentros de esgrima verbal en el
Parlamento, medidos y discretos, sólo se conseguía demorar la solución a que obligaba
la naturaleza misma de las desgracias. Dijo en su discurso del siguiente año, el 10 de
Octubre de 1889:
Honra y respeto merece el cubano que crea sinceramente que de España nos puede venir
un remedio durable y esencial... Pero al que finja, blanqueando el corazón aquella
creencia en un remedio imposible que afloja las fuerzas indispensables para el remedio
final; al que prefiere su bien inseguro, impuro, al servicio franco de la patria, o
contribuye con su silencio y su favor, o con la hábil atenuación de sus censuras
ostentosas, a prolongar, sin que el remordimiento le muerda, este descanso, ya temible,
que el gobernante aprovecha, astuto, para quebrar los últimos huesos de un pueblo
enviciado, y beberle, con anuencia de sus letrados, la última sangre; al que oculta a
sabiendas la verdad, y promete lo que no cree, con labios prostituidos, y pretende demorar
la obra sana de la indignación, como si la cólera de un pueblo fuera dócil criado de
mano, hasta que crezca su persona aspirante, o duerman las arcas a buen recaudo, a esos
enemigos de la república, a esos aliados convictos del gobierno opresor, ¡ni honra ni
respeto!
Y añadía:
Pero, ¿a qué insistir sobre el engaño, loable en algunos, y criminal en los más;
sobre la tibieza, que es culpa de carácter en unos, y en otros de juicio...? Los tiempos
se han cumplido, y cuanto les predijimos, acontece. El miedo no ha resuelto una situación
que sólo podía resolver el valor. El amo insolente ha empleado en fortificarse los años
que el siervo tímido empleaba en desunir sus huestes y en destruir sus fortalezas. Una
jefatura de policía es nuestra patria, con un sargento atrevido a la cabeza. Lo único
que ha logrado el partido autonomista de veras, porque es lo único que con tesón
procuró, ha sido el trastorno de los elementos que a haber estado unidos como debieran,
pudiesen precipitarlos, como fin natural de su política, a la guerra a que sólo tienen
derecho a resistirse cuando presenten prueba plena de su capacidad para evitarla. Ya
están, frente a frente, el amo preparado y el siervo sin preparación...
"La traición sutil"
Parte del consejo del predicador justo obra sobre él, y le crea un algo de cárcel y
un mucho de fuerza a su conducta, y así llega a sumar, a la lección de la palabra, la
lección del ejemplo. Había muerto Ramón del Valle, letrado y comerciante de La Habana
hecho obrero del tabaco en Nueva York, y Martí resumió la vida ejemplar de aquel cubano
desde que salió desterrado hasta que lo llevaron en Brooklyn al cementerio de Woodlawn:
"El español lo metió en un barco horrible, y fue, en la náusea de aquella bodega,
a Fernando Poo. Se le veía morir en el camino, no abatirse; si alzaba una mano, era para
dársela a los demás; su bocado tenía dos pedazos, y uno sólo era el suyo. Burló la
cárcel, pisó esta nieve y demostró su fortaleza con el aborrecimiento de la fea
comodidad de la limosna. No se puso de cesante a gruñir y pedir; ni creyó que padecer
por la patria excluyese al hombre del deber de honrarla por el mundo con el ejercicio
constante de la virtud. ¡El apóstol que lo sea a costa suya!" Y a su breve elegía
por Ramón del Valle, Martí le puso de título, en Patria, "Un alma de
héroe".
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El general Bartolomé
Masó y su Estado Mayor, con el que empezó la revolución el 24 de
Febrero de 1895. A su derecha el coronel Celedonio Rodríguez, a su
izquierda el teniente coronel Dimas Zamora; además: Manuel Bringues
(4), Vicente Pérez (5), Pascual Mendoza (6), Lorenzo Vega (7), José
Rodríguez Tamayo (8) y José Zamora (9).
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Quien no tuviera la rectitud cívica de Martí, o su clara visión de la historia y del
futuro, al observar algunas de sus reacciones, podría creer actos de soberbia o terquedad
su intransigencia. Empezaba el último período de propaganda revolucionaria, en 1892, y
aún no lo conocía bien el general Serafín Sánchez una de las figuras más
queridas e influyentes en Cayo Hueso cuando éste recibió una carta de su antiguo
jefe, el general Máximo Gómez, ya arrepentido de sus juicios de años antes; en ella le
decía: "Pocos conocen a Martí como yo; puede ser que ni él mismo se conozca tanto.
Martí es todo un corazón cubano; en materia de intereses me debe el concepto de que su
pureza es inmaculada; puede ir a batirse a los campos de Cuba por la redención de su
patria con igual denuedo que los Luaces y los Agramontes, todo eso es Martí; pero carece
de abnegación y es inexorable. No le perdonará a usted jamás lo que él pueda
clasificar de desdén y no son más que desacuerdos, y no será nunca capaz de marchar en
la misma fila que usted, creyéndose superior..." Luego Serafín Sánchez sería uno
de los más fieles colaboradores de Martí, y de los primeros en morir en la guerra; y
Gómez, en Dos Ríos, supo de la "abnegación" de Martí, y en la República el
motivo por el que era "inexorable".
Andaba ya Martí en los trajines y viajes para fundar el Partido Revolucionario Cubano,
cuando llegó de La Habana un libro que leían con atención y susto los emigrados: era
A pie y descalzo (1870-1871). Recuerdos de campaña, escrito por el teniente
coronel Ramón Roa. Este militar, que había sido secretario y ayudante de Ignacio
Agramonte, estuvo muy activo en las negociaciones del Pacto del Zanjón, y su libro
describía con la intencionada crudeza de la escuela realista las dificultades de la
guerra. De esta manera les hacía un gran servicio a España y al autonomismo, a los que
les convenía presentar la revolución como un medio repugnante. Así se describe el
protagonista en unas de sus "peripecias", en la manigua, donde aparecen
cadáveres degollados, sangre, sed, enfermedades y todo tipo de miserias y violencias:
"... Mis rugosos vestidos, de trecho en trecho veteados de verde y otros colores por
la vegetación estrujada, ya al acostarme descuidadamente sobre la madre tierra, ya al
rozarme con los árboles; mis pies desnudos y lacerados; el largo y desordenado cabello
emboscándome los ojos; la áspera barba con su sombra parda y mi cabeza cubierta por
descomunal hoja de malanga sombrero, gorro, parasol chinesco, todo de una vez,
de seguro que formaban en conjunto la estampa verdadera de la derrota, si no la del genio
de la desventura..." Pero, más que por el daño que producían aquellas tétricas
descripciones, repugnó el libro de Roa a cuantos querían la independencia, el que, a
doce años del Zanjón, y tras tanta mentira española, se apareciera este antiguo
militar, en el epílogo de su libro, con un elogio servil a Martínez Campos y un aplauso
a la rendición cubana de 1878.
Martí comprendió el peligro de aquella campaña solapada que hacía Roa, y le salió
al encuentro: con toda claridad aludió al libro en su discurso del 26 de noviembre de
1891, en el Liceo de Tampa; allí, preguntaba:
¿Nos ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente
impura que está a la paga del gobierno español, el miedo a andar descalzo, que es un
modo de andar ya muy común en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no
tienen en Cuba zapatos sino los cómplices y los ladrones? Pues como yo sé que el mismo
que escribe un libro para atizar el miedo a la guerra, dijo en versos, muy buenos, por
cierto, que la jutía basta a todas las necesidades del campo en Cuba, y sé que Cuba
está otra vez llena de jutías, me vuelvo a los que nos quieren asustar con el sacrificio
mismo que apetecemos, y les digo: ¡Mienten!
Llegó a La Habana impreso en hoja suelta el discurso de Martí y provocó la ira de
Roa. Éste, sin embargo, no quiso contestar directamente y se valió de Enrique Collazo y
de otros cuatro veteranos de la guerra. Publicaron en el periódico La Lucha una
extensa "carta abierta" en que acusaban a Martí de cobarde, por no haber estado
en el campo de batalla, y de vividor por usar el dinero de los emigrados. Le preguntaban,
"¿Qué le hemos de hacer si usted, por más que diga, no puede borrar su pasado?
Pero si usted quiere ser cubano póstumo, o guapo después que ha pasado el peligro,
séalo en buena hora, pero déjenos en paz. Quien tanto miedo tuvo a sacrificar la vida
cuando Cuba lo exigía, respete y no importune a los que por Cuba expusimos la cabeza una
y mil veces. Haga usted discursos, hable cuanto quiera, viva como mejor le acomode... pero
sepa al mismo tiempo que no rebajamos nuestra conciencia adulando a un pueblo crédulo
para arrancarle sus ahorros..."
Martí envió su respuesta a La Habana, a La Lucha, pero no quisieron
publicársela y la dio entonces a El Porvenir, de Nueva York; decía:
Si mi vida me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi vida me
acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi vida. Sé que ha sido útil y
meritoria, y lo puedo afirmar sin arrogancia porque es deber de todo hombre trabajar
porque su vida lo sea: responder a usted sería enumerar los que considero mis méritos.
Jamás, señor Collazo, fui el hombre que usted pinta. Jamás preferí mi bienestar a mi
obligación. Jamás dejé de cumplir en la primera guerra, niño y pobre y enfermo, todo
el deber patriótico que a mi mano estuvo, y fue a veces deber muy activo... Y en cuanto a
lo de arrancar a los cubanos sus ahorros, ¿no han contestado a usted, en juntas populares
de indignación, los emigrados de Tampa y Cayo Hueso? ¿No le han dicho que en Cayo Hueso
me regalaron las trabajadoras cubanas una cruz? Creo, señor Collazo, que he dado a mi
tierra, desde que conocí las dulzuras de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he
puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario
para morir en su defensa...
Con la ayuda y por la intervención de quienes lo conocían en la isla y en el
extranjero, Martí quedó vindicado. Luego, los que firmaron la carta con Collazo,
"por estar conformes", comprendieron la injusticia; Collazo en particular, quien
sirvió junto a él a Cuba con la mayor lealtad: en representación de los revolucionarios
de la isla, a principios de 1895, firmó en Nueva York, con el representante de Máximo
Gómez y con Martí, la Orden de Alzamiento. El caso de Ramón Roa era distinto. Amparado
por su participación en la guerra, y con el crédito de haber sido secretario de Ignacio
Agramonte, se puso al servicio del enemigo desde que se preparaba el Pacto de 1878. Martí
sentía repugnancia por él; en su respuesta a Collazo, pero pensando en Roa, dijo:
"El que hace industria de haber peleado en la revolución, o goza después de ella
entre sus enemigos de un influjo superior al que tuvo entre sus compatriotas, o usa de su
influencia para aflojar la virtud renaciente de un país que necesita de toda su virtud,
ese bajará ante mí los ojos, Sr. Collazo, aunque haya militado en la Revolución; y los
bajará ante todo hombre honrado..."
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Antonio
Cánovas y dibujos del atentado y la ejecución de Miguel Angiolillo. |
Ya había hecho Roa, con su maldad y con su pluma, dos servicios mayores a los enemigos
de la independencia. A raíz de la capitulación de 1878 publicó un folleto del que se
hicieron varias ediciones en La Habana y en Nueva York, calificándola como el "fin
más honroso" que pudo tener la revolución de Yara. Años más tarde, cuando la
intentona de 1884, también en Cuba y en la emigración circuló un opúsculo anónimo con
el título de Máximo Gómez, Maceo y proyectos revolucionarios, "Por un
venezolano" (Caracas, 1884), tratando de desacreditar el plan insurrecto al que
llamó "empresa temeraria", y amedrentando con "los horrores de la
lucha..." Era de Roa... Hace poco se descubrió en La Habana una carta de Martí en
la que habla de ese opúsculo y acusa a Roa de ser "El Venezolano": con ese
documento Luis Toledo Sande ha podido establecer la identidad del misterioso autor, que no
fue otro que el renegado ayudante de Ignacio Agramonte.
Con toda razón y energía Martí fue implacable con él. Al denunciarlo ponía en
evidencia a otros como Roa que servían al enemigo pregonando los logros de la
administración española, dividiendo las emigraciones, ocultando la debilidad y la
corrupción de la metrópoli y presentando la independencia como un imposible. Según esos
agentes, con o sin paga de España, no le quedaba a Cuba otro camino que aceptar la
realidad colonial y, dentro de ella, lograr algún acomodo con el gobierno En los días de
la polémica le escribió Martí a Ángel Peláez, en Cayo Hueso:
De lo de Collazo, o Roa, que está detrás, le he de decir que lo creo un bien del
cielo, porque mi vida transparente no me la ha de dañar, en lo que sirva a mi país, la
falsedad manifiesta... Lo personal no me importa, aunque no es bueno dejar una injuria al
aire. Pero esa carta tiene las intenciones políticas que Uds. sagazmente le han visto, y
hay que extirpar esas raíces venenosas. Mucho daño ha venido haciendo ese bribón con
otros bribones sin más arte que de teclear en la soberbia de unos y en la envidia de
otros. Hay que sacarlos al sol; que los militares buenos de antes no se dejen engañar y
guiar por este asalariado de sus enemigos, so pretexto de que fue militar con ellos...
Y a Fernando Figueredo, también en el Cayo, le cuenta del viaje que hizo a España con
Ramón Roa, en el que éste lo llamaba, burlándose de su patriotismo, "Jesús
inútil": "Todavía lo recuerdo... las noches pasaba en convencerme del error de
aspirar en Cuba a la independencia. Y desde entonces su oficio es, dentro y fuera de Cuba,
levantar, por el prestigio de sus amistades de la guerra o por la intriga, a unas fuerzas
revolucionarias contra otras... Moriría de pena si hubiera ofendido a alguien sin razón:
me acaricio la mano porque he clavado a un pícaro..."
En la carta hasta hace poco desconocida, a Manuel Sanguily, por el mismo motivo Martí
le habla de la "necesidad pública de desarmar, donde se vea por todos, a los que
tienen por oficio secreto, desde los primeros días de la paz, mantener divididas las
fuerzas posibles de la revolución, y divorciados al país y el extranjero. Ni Collazo
mismo sabe a derechas lo que hizo, ni es culpable de más que de las rencillas nimias...
Ayer, cuando la guerra parecía venir de los militares, Roa era El Venezolano
que delataba y exageraba las disensiones..." Y concluye explicándole a su
corresponsal el por qué le había contestado a Collazo: "Por ofensa no escribí,
puesto que sólo yo puedo ofenderme, ni por rencor, que no me ha sido dable aún sentir
contra hombre alguno. Ud. notará que lo que miro en todo esto es sacar a la luz esa obra
de traición sutil que desde hace años, afuera y en Cuba, nos perturba y
envuelve..."
La guerra y los agentes de España
La propaganda de Martí, su labor política, contiene numerosas advertencias y
denuncias de aquéllos que, con diversas excusas, confiaban en un arreglo con la tiranía
española. Europa toda había cambiado pero España se empeñaba en mantener a Cuba como
el último refugio del absolutismo colonial aprovechándose de aquellos cubanos enemigos
de la independencia. Desde el comienzo de la guerra anterior, el Casino Español de La
Habana había resumido la política que se seguiría en el país, en un juramento de 1870,
que terminaba con estas palabras: "¡Los españoles que están en Cuba, jamás
podrán ser vencidos, cedidos o vendidos. Cuba será española o la abandonaremos
convertida en ceniza!" Y 20 años más tarde se mantenía esa visión apocalíptica
del futuro; dijo en un discurso Antonio Cánovas del Castillo: "...ningún partido
español abandonará jamás la isla de Cuba; en la isla de Cuba emplearemos, si fuere
necesario, el último hombre y la última peseta..."
A continuación se recogen algunos juicios de Martí relacionados con el autonomismo, y
sobre las consecuencias de sus actos, por el orden en que aparecieron en el periódico Patria
desde que se fundó, en marzo de 1892, hasta la llegada de Martí a Cuba, en abril de
1895. En su primera salida, al explicar su programa en un artículo que tituló
"Nuestras ideas", y por combatir a los que predicaban contra la guerra, habló
de ella como de una necesidad frente a un enemigo como España, ciego y empecinado, y para
un país donde tanto se había sufrido por los abusos y por la falta de libertad. Todavía
el levantamiento armado no era más que una posibilidad remota y, sin embargo, dijo:
Es criminal quien promueve en un país la guerra que se le puede evitar; y quien deja
de promover la guerra inevitable. Es criminal quien ve ir al país a un conflicto que la
provocación fomenta y la desesperación favorece, y no prepara, o ayuda a preparar, el
país para el conflicto.... El que no ayuda hoy a preparar la guerra, ayuda a disolver el
país... Y no es el caso de preguntarse si la guerra es apetecible o no, puesto que
ninguna alma piadosa la puede apetecer, sino ordenarla de modo que con ella venga la paz
republicana... Cuando los componentes de un país viven en un estado de batalla sorda que
amarga las relaciones más naturales, y perturba y tiene como sin raíces la existencia,
la precipitación de ese estado de guerra indeciso en la guerra decisiva es un ahorro
recomendable de la fuerza pública... La guerra es un procedimiento político y este
procedimiento de la guerra es conveniente en Cuba, porque con ella se resolverá
definitivamente una situación que mantiene y continuará manteniendo perturbada el temor
de ella... La guerra es, allá en el fondo de los corazones, allá en las horas en que la
vida pesa menos que la ignominia en que se arrastra, la forma más bella y respetable del
sacrificio humano...
Y define la responsabilidad de los emigrados frente al conflicto de Cuba; agrega:
Por las puertas que abramos los desterrados, por más libres mucho menos meritorios,
entrarán con el alma radical de la patria nueva los cubanos que con la prolongada
servidumbre sentirán más vivamente la necesidad de sustituir a un gobierno de
preocupación y señorío por otro por donde corran francas y generosas todas las fuerzas
del país. El cambio de mera forma no merecería el sacrificio a que nos aprestamos... La
guerra no ha de ser para el exterminio de los hombres buenos, sino para el triunfo
necesario sobre los que se oponen a su dicha.
Hablando de "la agitación autonomista" hizo esta graciosa comparación para
mostrar el absurdo de los que esperaban grandes resultados de sus remedios menores:
"Rudo como es el refrán de los esclavos de Luisiana, es toda una lección de Estado
y pudiera ser el lema de una revolución: Con recortarle las orejas a un mulo no se
le hace caballo... De represa ha venido sirviendo el partido autonomista a la
revolución, y la revolución se saldrá de madre en cuanto la fuerza de las aguas rompa
la represa..." Poco después habló de "La campaña española" que hacían
espías y agentes al servicio de las autoridades de La Habana, tanto allá como en las
emigraciones; dijo:
... El gobierno de España se ha cosido a la realidad; ha señalado uno por uno a sus
enemigos; los sigue, con un hombre al talón, por dentro y fuera de la isla: desmorona con
la prisión oportuna, o la amenaza o el soborno, cada grupo que comienza a apretarse la
cintura; divide por la calumnia, y por el hábil cultivo de las pasiones humanas, a los
cubanos en quienes un reparto personal o una obligación de clase o un malentendido
compañerismo pudiesen más que el deber de la patria... Sangra la memoria de recordar la
clase de hombres a quien pudo el gobierno de España emplear para mantener, con el
crédito no sospechable de sus personas, los reparos, cuando no el odio, entre los
elementos de la revolución. Aquí han estado, clavados a nuestro hígado; viviendo en
aparente pobreza, saliendo de pronto de ella, a viajes a Cuba y por las emigraciones sin
objeto aparente, en cuanto asomaba la tendencia a unir o acometer, llevando y trayendo
entre los hombres buenos frases malas.
Viajes a Cuba; "Ciegos
y desleales"
Se acercaba el cuarto centenario del descubrimiento de América. y la administración
española en Cuba se propuso celebrar la fecha con grandes fiestas; algunos emigrados se
dejaron tentar por el acontecimiento, y algunos cubanos, y cubanas, de allá, fueron al
baile de gala que se celebró en el Casino Militar de La Habana. Martí censuró la
debilidad de sus compatriotas que viajaron a Cuba, y la actitud cómplice de los que
allá, con su participación, ocultaban la responsabilidad de España en las desgracias de
su pueblo; dijo:
No hay que tener pasión, ni dolor siquiera en un suceso que no viene a ser más que la
prueba de la singular capacidad de olvido del corazón del hombre, de la atracción
deslumbrante del deleite, y de la proximidad temible de la ligereza y la infamia... Pero
la vergüenza, como una ola, saltará al rostro de los cubanos entretenidos... El militar
español es fatalmente, cualesquiera que sean los méritos de su persona, el símbolo
visible de la opresión que esquilma y corrompe a los cubanos, y el hombre que le da al
militar de España, en su casa de oficio, la mano de amigo, y la mujer que le da en el
vals ceñido la fragancia de su hálito, fraternizan y bailan con la presión que esquilma
y corrompe su pueblo... Visitar la casa del opresor es sancionar la opresión. Cada
muestra de familiaridad de los hijos de un pueblo oprimido con las personas o sociedades
del gobierno opresor, confesas o disimuladas es un argumento más para la opresión, que
alega la alegría y amistad espontánea del pueblo sojuzgado, y es un argumento menos para
los que alegan que el pueblo oprimido, vejado envenenado quiere sacudir la opresión.
Mientras un pueblo no tenga conquistados sus derechos, el hijo suyo que pisa en son de
fiesta la casa de los que se los conculcan es enemigo de su pueblo.
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El doctor Betances,
puertorriqueño delegado en París del Partido Revolucionario Cubano. El
anarquista Angiolillo le pidió ayuda para vengar a sus compañeros de
Montjuich, puesto que la muerte de Cánovas sería también muy
beneficiosa para la causa de Cuba. |
Uno de los argumentos preferidos del autonomismo era su repudio a la violencia,
diciendo que lo que se iba a lograr con la guerra se podía lograr por vía pacífica;
Martí los consideraba "Ciegos y desleales", y así tituló el artículo en que
se refería a este asunto: "Es lícito y honroso", afirmó en aquella ocasión,
aborrecer la violencia, y predicar contra ella, mientras haya modo visible y racional
de obtener sin violencia la justicia indispensable al bienestar del hombre; pero cuando se
está convencido de que por la diferencia inevitable de los caracteres, por los intereses
irreconciliables y distintos, por la adversidad, honda como la mar, de mente política y
aspiraciones, no hay modo pacífico suficiente para obtener siquiera derechos mínimos en
un pueblo donde estalla ya, en nueva plenitud la capacidad sofocada, o es ciego el que
sostiene contra la verdad hirviente, el modo pacífico; o es desleal a su pueblo el que no
lo ve y se empeña en proclamarlo. No quiere a su pueblo el que le ahoga la capacidad. No
quiere a su pueblo el que se empeña en detenerlo en pleno mundo, a la hora en que los
pueblos émulos y semejantes le toman la delantera...
Y poco después, el 14 de marzo de 1893, condenaba a los que se oponían a los planes
de la revolución, de "los que tenemos cintura", dice, de "los que tenemos
verdad"; y exclama: "¡Nuestra misma mano ahogue, en esta hora de agonía de
nuestra patria, toda bajeza o vacilación o pensamiento indigno!" Es que, como
explicó días más tarde en un contraste entre "Autonomismo e Independencia",
él quería unir, sí, en las emigraciones y en la isla, a cuantos tenían su propósito
de libertad; los otros, los que se oponían a él, si no se les podía sacar de su error y
sumarlos a la revolución, era mejor desecharlos: "Con el autonomismo de gabinete,
que con la bandera de la evolución, se ha puesto en el camino de la evolución real del
país [la revolución] y que sólo entrará en vida cuando entre en ella, la independencia
sólo puede obrar como se obra con los obstáculos: o se le abre espacio para seguir la
pelea con más poder, o se les deja de lado..."
Martí creía que, tras tantos años de esclavitud, al cubano no le quedaba más camino
que buscar soluciones radicales para sus desgracias, y que era vana la esperanza del
autonomismo que proponía remedios inadecuados: había que ir, como dijo en otro artículo
de Patria, "A la raíz": "Los pueblos, como los hombres, no se curan
del mal que les roe el hueso con mejunjes de última hora, ni con parches que les muden el
color de la piel. A la sangre hay que ir, para que se cure la llaga. No hay que estar al
remedio de un instante, que pasa con él y deja viva y más sedienta la enfermedad. 0 se
mete la mano en lo verdadero, y se le quema al hueso el mal, o es la cura impotente, que
apenas remienda el dolor de un día, y luego deja suelta la desesperación... A la raíz
va el hombre verdadero. Radical no es más que eso: el que va a las raíces..." En
otra ocasión habló de "El lenguaje reciente de los autonomistas", quienes
habían criticado los esfuerzos por la independencia. Martí advierte sobre la inutilidad
de su política conciliadora y pronostica que, por su fracaso, las mejores fuerzas del
partido irían a la revolución:
Al desatarse este haz artificial, jamás acompañarán los hombres de honor, ni ricos
ni pobres, al partido que se quisiera valer de ellos para sofocar, en provecho de un amo
incorregible y de un grupo impotente, la conciencia del país. La masa sana, que siguió
siempre al autonomismo porque creyó que con él se iba a la independencia, se irá,
entera, a la revolución. Mientras más viva, más revolucionarios habrá. No es que se
deba caer, ni de paso siquiera, en el error de creer que el autonomismo unificase al país
más de lo que lo unificó la guerra, que organizó el alma cubana de manera que la mayor
alevosía y cautela no la han podido aflojar aún; sino que la catástrofe, anunciada
desde su híbrido nacimiento, ha dado pábulo nuevo, y generación nueva. y más firme
base a la revolución.
No quedaba, pues, otro camino, que la rebeldía, y así lo dijo Martí en su discurso,
un año exacto antes del Grito de Baire, en honor de su amigo Fermín Valdés Domínguez:
"Las etapas de los pueblos no se cuentan por sus épocas de sometimiento infructuoso,
sino por sus instantes de rebelión. Los hombres que ceden no son los que hacen a los
pueblos, sino los que se rebelan. El déspota cede a quien se le encara, con su única
manera de ceder, que es desaparecer: no cede jamás a quien se le humilla. A los que le
desafían respeta: nunca a su cómplices. Los pueblos, como las bestias, no son bellos
cuando, bien trajeados y rollizos, sirven de cabalgadura al amo burlón, sino cuando de un
vuelco altivo desensillan al amo..."
"La manzana de la
discordia"
Al verlo tan ilusionado y activo en su campaña como falto de hombres y recursos,
Máximo Gómez le preguntó a Martí en 1892, cuando fue a verlo para encomendarle la
dirección de la guerra: "¿Y con qué elementos contamos para derrotar a los
españoles?" Y dicen que le contestó: "¡Con los desatinos de España!" La
soberbia es semillero de disparates, y España tenía tanta que cometió muchos y,
cuando las circunstancias fueron favorables para la acción, se precipitaron los
acontecimientos: había dicho Martí: "Las guerras estallan cuando hay causas para
ellas, de la impaciencia de un valiente o de un grano de maíz"; y en una ocasión le
preguntó en Nueva York el autonomista Nicolás Heredia, incrédulo y burlón, cuándo se
iniciaría la guerra, y Martí le contestó: "Amigo, la ocasión no me preocupa. Un
incidente inesperado, un mal precio del azúcar, cualquier estímulo imprevisto, y ahí
tiene usted la nueva fecha..."
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Caricatura de 1897
publicada en la revista Puck,
de Nueva York. Presenta la "ley de gravitación" de la
"manzana madura", que enunció John Quincy Adams en 1823. El
Tío Sam está esperando que caigan cuatro manzanas: Hawai, Canadá,
Cuba y la América Central; en la cesta aparecen los territorios
anexados: la Florida, Alaska, California, Texas y Louisiana.
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Se acercaba el 24 de febrero y todavía muchos cubanos creían delirio la esperanza de
derrocar a España: ni veían la oportunidad ni a los hombres que supieran aprovecharla:
hacían así una "Propaganda temible" como tituló Gonzalo de Quesada su
artículo de Patria, a fines de 1894, en el que censuraba con estos juicios el
pesimismo de muchos emigrados: "Sutil, y por eso dañina, es la propaganda contra la
guerra que se hace en la intimidad del amigo, en el seno del hogar, con el fin de
disminuir el ardor brioso, la fe inquebrantable, la decisión enérgica de la juventud,
vanguardia potente de la revolución... Es a los hogares cubanos genuinos, amantes de su
tierra, donde hay que ir para encontrar a los desengañados de ayer, a los pesimistas de
hoy, a los egoístas de mañana, afanados en la labor de infundir duda, de aumentar las
faltas de sus compatriotas, de ponderar las virtudes de otros pueblos, exclamando siempre:
Ya no hay hombres como los del 68...!"
Esa falta de fe, esa "propaganda temible" que afectaba a las emigraciones,
era el resultado de la campaña autonomista, con tanta elocuencia magnificando el poder de
España, desacreditando el separatismo, y siempre dispuesta a sacarle cuenta de sus
tropiezos, de sus empeños fallidos y de los años de espera. No, no se veían aún, pero
sí había entonces "hombres como los del 68..." España contribuyó con
"los desatinos", y éstos crearon la coyuntura: había advertido Martí":
"Alma y ocasión es lo que necesitan los pueblos para redimirse, y en cuanto hay
ocasión, salen las almas: ¡del pecho más infeliz en apariencia sale tronando la
gloria...!"
La guerra del 95 fue, por supuesto, contra España, pero no se recuerda lo suficiente
que también fue contra el autonomismo. Cierto, como había previsto Martí, algunos
autonomistas se unieron a la insurrección, pero hubo muchos que siguieron sirviendo al
enemigo hasta el final de la contienda. Estaba todavía Martí en Montecristi empeñado en
acompañar a Máximo Gómez en su viaje, para dar un ejemplo, cuando dijo estas palabras
que recogió el general Collazo: "¿No se sentirán los autonomistas avergonzados, si
es que hay algo de vergüenza o de rubor en los traidores, al ver ellos, cubanos, que
todos nos disponemos a luchar...?" Ya en armas Bartolomé Masó, el general español
Emilio Callejas hizo que Herminio Leyva (el mismo que había gestionado la rendición de
los alzados al iniciarse la Guerra Chiquita), a nombre de la Junta Central del Partido
Autonomista fuera a verlo, para que se entregara. No tuvo éxito, y al día siguiente fue
con igual encargo y resultado Juan Bautista Spotorno, que había sido presidente de la
República en armas en 1875, cuando se decretó la pena de muerte "por espía" a
todo el que hiciera proposiciones de paz sin reconocer la independencia; durante la
entrevista propuso uno de los hombres del general Masó, el teniente coronel Dimas Zamora,
que allí mismo se ejecutara a Spotorno, pero lo salvó la palabra empeñada por el Jefe
de despacho del general, el coronel Celedonio Rodríguez.
Martí, Gómez y la "mano de valientes" que los acompañaban, desembarcaron
en Playitas el 11 de abril. Tres días después, desde la jurisdicción de Baracoa, en la
primera carta que escribía desde Cuba, aún sin saber que el autonomismo había iniciado
sus labores contra el levantamiento, les escribió a Gonzalo de Quesada y Benjamín
Guerra, en Nueva York: "... Ahora, de aquí a pocos instantes, emprenderemos la
marcha, al gran trabajo, a hacer frente a la campaña de desorganización que se viene
encima, o de intento de impedir la organización, con Martínez Campos de cabeza
equivocada, y los autonomistas y cubanos fáciles de voluntario instrumento..."
En La Habana, el día 4 de abril, se hizo público un manifiesto en el que se leía:
... Al partido Autonomista, depositario de las esperanzas e ideales del pueblo cubano,
encarnados en la fórmula más depurada y más persistente de su historia política, y
único partido de razonada oposición organizado en este país, le importa decir lo que
piensa... El Partido Liberal Autonomista condena todo trastorno del orden, porque es un
partido legal que tiene fe en los medios constitucionales y en la eficacia de la
propaganda... Pero además, nuestro Partido... no romperá su bandera, ni cederá el campo
a los que vienen a malograr nuestra trabajosa cosecha, a hacernos cejar en la senda del
progreso pacífico, a arruinar la tierra y a nublar las perspectivas de nuestros destinos
con horribles espectros: la miseria, la anarquía y la barbarie...
Y entre otros que no se mencionan en el presente trabajo, firmaban el Manifiesto José
María Gálvez, José Bruzón, Rafael Fernández de Castro, Antonio Govín, Eliseo
Giberga, Herminio Leyva, Ricardo del Monte, Rafael Montoro y Francisco Zayas. Al leerlo
Fermín Valdés Domínguez, ya como Jefe de Despacho del general Gómez, anotó en su Diario
de Soldado: "No se puede dar nada más infame que este escrito que debemos tener
siempre presente los que luchamos con las armas en la mano por la independencia de nuestra
patria, pues con las mismas afirmaciones que en él hacen los cubanos que lo firman, los
hemos de castigar algún día, pues seríamos muy cobardes si perdonáramos a los que de
tan traidora manera se pusieron al lado de los españoles y enfrente de nosotros usando
como armas contra nosotros la injuria y la calumnia. Contra Martí y los que con él
luchábamos hay todo el veneno de los hombres ruines y cobardes..."
Aún no había dado Patria la noticia de la muerte de Martí, y allí aparece,
el 23 de mayo de 1895, un artículo que tituló: "C'est trop tard" quien firma
como "Un autonomista desencantado" en él explica cómo el gobierno usaba al
Partido para reducir a los rebeldes: "Desde su llegada a la isla", dice,
"hasta hoy, el general Martínez Campos se ha consagrado a un trabajo exclusivo de rectificación
política [subrayado en el original]. Enmendar yerros, hacer actos de arrepentimiento,
halagos y adulaciones al pueblo para causar pasmo en la gente que alguien ha llamado
idiotas que piensan... No hay para operar milagros en política como la
pólvora, las balas y el bien afilado acero..." También en Patria, con la
firma de Manuel de la Cruz, apareció el 21 de setiembre una exposición que denunciaba
las actividades de los autonomistas, y concluía con estas palabras: "... Acaso no
esté lejos el día en que se cumpla la profecía que hombres generosos hicieron a los
cubanos de la Junta Central, cuando les aconsejaban que se disolviesen antes de que
estallase la revolución: Primero el general Martínez Campos hará de ustedes el
uso de la manzana de la discordia y si, como es lo probable, les resultan tan ineficaces
como la carabina de Ambrosio, los echará a un lado con la punta del pie, como si fueran
inmundos guiñapos".
Empecinado el autonomismo, y ciego, insistía en desconocer la aspiración cubana por
la independencia: en una carta inédita de Rafael Montoro, cuyo original se encuentra en
el Archivo Histórico, de Madrid, dirigida al historiador español Antonio Pirala, le dice
el 7 de julio de 1895 (ya con todo Oriente insurrecto, y muertos en campaña José Martí
y los generales Flor Crombet, Amador Guerra y Francisco Borrero; a una semana del combate
de Peralejo, donde por poco pierde la vida Martínez Campos, atacado por Maceo, donde
murió el general español Fidel Santocildes): "... El pueblo cubano en su inmensa
mayoría no ha sido nunca, como no es hoy, revolucionario. Es demasiado inteligente para
no comprender que la independencia sólo podría significar para él una serie de
turbaciones y de catástrofes que lo reducirían al estado de Santo Domingo o Haití... No
he sido, ni soy, ni creo que seré jamás revolucionario. Estoy seguro de que la
autonomía colonial con España colmará todas las justas aspiraciones de Cuba..."
La experiencia sufrida por los cubanos, y la prédica de Martí, les había mostrado el
camino a seguir, por lo que Martínez Campos tuvo poco éxito con sus gestiones
conciliadoras. Muy pronto "El Pacificador" se dio cuenta de que la única
posibilidad para España era establecer el terror en la isla. Aunque él no quiso hacerlo,
se lo recomendó a Cánovas del Castillo: en carta del 25 de julio de 1895 le decía:
"No puedo yo, representante de una nación culta, ser el primero que dé el ejemplo
de crueldad... Podría reconcentrar las familias de los campos en las poblaciones... tal
vez llegue a ello, pero en un caso supremo, y creo que no tengo condiciones para el caso.
Sólo Weyler las tiene en España, porque además reúne las de inteligencia, valor y
conocimiento de la guerra: reflexione usted, mi querido amigo y, si hablando con él el
sistema, lo prefiere usted, no vacile en que me reemplace". No vaciló el presidente
del Consejo de Ministros: a principios del siguiente año envió a Cuba a Valeriano
Weyler, el más cruel y sanguinario de los españoles que gobernaron a Cuba. Pero, a pesar
de sus excesos, la insurrección se mantuvo activa y con el mejor espíritu: el
sufrimiento y el abuso, que son las armas preferidas de la tiranía para someter al
pueblo, son también, por mutación maravillosa, el estímulo mejor que él tiene para
aumentar su rebeldía y fortalecer su resistencia.
"La venganza de Maceo"
Durante el mando de Weyler los emigrados intensificaron sus trabajos en los Estados
Unidos. Bien ganado tuvieron entonces el título de "ala del ejército mambí".
No solamente se pudo obtener el dinero necesario para la guerra, y enviar armas y
expediciones, sino que se desarrolló la más efectiva campaña entre los congresistas y
en la prensa denunciando las atrocidades del gobierno español. En junio de 1897 se logró
que el Secretario de Estado norteamericano entregara al Ministro de España, en
Washington, una protesta del gobierno "por el modo de hacer la guerra", en que
se leía: "... Por órdenes y proclamas sucesivas del Capitán General de la Isla de
Cuba, publicadas unas y conocidas otras por sus efectos, se ha establecido una política
de devastación en aquel territorio, que interviene en los más elementales derechos de la
existencia humana... No ha habido incidente que haya afectado tanto la sensibilidad del
pueblo americano e impresionado tan dolorosamente a su gobierno, como las proclamas del
general Weyler..."
Cánovas del Castillo había dicho que "dos balas nada más" hacían falta
para ganar la guerra: una para Máximo Gómez y otra para Antonio Maceo. El 7 de diciembre
de 1896, en el Cacahual, una rindió a Maceo. Weyler celebró la victoria en su palacio
con la asistencia de muchos españoles y cubanos enemigos de la independencia. Un mes más
tarde la Reina Regente le concedió a José María Gálvez la cruz del Mérito Militar, y
a Rafael Montoro el título de marqués. La otra bala de que habló Cánovas la desvió el
destino y fue a dar en la cabeza del propio político español...
Nunca se pudo saber si la muerte de Cánovas fue en parte también "la venganza de
Maceo", como la llamó el doctor Ramón Emeterio Betances, puertorriqueño delegado
en París del Partido Revolucionario Cubano, en carta a Gonzalo de Quesada, a raíz del
acontecimiento. Había Cánovas mandado reprimir con mano dura los disturbios y los
atentados dinamiteros de Barcelona, por lo que fueron torturados y muertos varios
anarquistas en la prisión de Montjuich. Un joven italiano, Miguel Angiolillo, se propuso
vengarlos. En París, quizás con la ayuda de algunos anarquistas cubanos, en particular
de Fernando Tarrida del Mármol, sobrino nieto del general Donato Mármol, de la Guerra de
los Diez Años, Angiolillo fue a ver al doctor Betances, le habló de su plan para
asesinar a Cánovas, y le pidió 500 francos para el viaje; a él sólo le interesaba
vengar a sus compañeros de Montjuich, donde también estuvo preso Tarrida del Mármol,
pero la causa de Cuba se beneficiaría grandemente con la muerte del responsable del
terror impuesto por Weyler. El médico se resistió a darle el dinero, pero, a los pocos
días le llegó anónima la cantidad pedida "en un sobre del doctor Betances",
según dijo el biógrafo de éste, Luis Bonafoux... Un mes antes de la muerte de Cánovas,
firmados por el médico puertorriqueño se publicaron en la Revista de Cayo Hueso
unos exaltados versos en que decía: "... El porvenir a nadie pertenece,/Los puentes
saltan, el cañón detona.../Al martirio corramos, a la gloria,/Por nuestra independencia
o por la muerte".
Angiolillo se hospedó en el balneario de Santa Águeda, cerca de San Sebastián, donde
el español estaba en "cura de aguas sulfurosas"; se hizo pasar por un escritor
y, el 8 de agosto de 1897, mientras Cánovas leía un periódico en un corredor que daba
al jardín, le disparó en la sien. En un Consejo de Guerra condenaron al asesino que fue
agarrotado enseguida. A los anarquistas cubanos los expulsaron de Francia, y por poco
también al médico puertorriqueño, ya con 70 años de edad. Weyler escribió en sus Memorias
sobre la desaparición de quien había sido su protector y amigo: "Al anochecer
recibí un telegrama de La Habana transmitiéndome otro de Madrid, en que se me noticiaba
el asesinato del Presidente del Gobierno, D. Antonio Cánovas del Castillo, consiguiendo
por este medio la victoria los Estados Unidos y los insurrectos que, hasta entonces, no
habían logrado, ni era probable que lograsen, por las armas ni por la diplomacia ante
aquella voluntad de hierro y aquel envidiable talento..."
Colonialismo, nacionalismo e
imperialismo
Como se esperaba, la muerte de Cánovas provocó el relevo de Weyler, con quien habían
colaborado los autonomistas, en particular desde la llamada Junta de Defensa. Ya en Cuba
eran bien conocidos su carácter sanguinario y su crueldad: buenas pruebas había dado en
Oriente, en 1868, como jefe del Batallón de Cazadores de Valmaseda, y en Puerto
Príncipe, cuando la muerte de Ignacio Agramonte; y era, como dijo Martínez Campos, la
persona indicada para la campaña que se iba a implantar en Cuba: su ferocidad había sido
probada contra los carlistas en España, contra los tagalos en Filipinas y contra los
anarquistas en Cataluña. Pero, a pesar de tales antecedentes, la plana mayor del
autonomismo lo fue a saludar al palacio a su llegada, el 11 de febrero de 1896; según el
periódico El País, el vocero autonomista, en aquella visita le hablaron de
"su identificación total con la política que iba a estrenar en Cuba...", y
añadía el Editorial: "Las manifestaciones del general Weyler en sus sobresalientes
alocuciones bastan para señalar hasta cierto punto el derrotero que debe seguirse, y que
seguirá la Junta sin necesidad de nuevo esfuerzo, porque así lo viene haciendo desde la
suspensión de las garantías constitucionales..."
A Weyler lo sustituyó el general Ramón Blanco. Llegó a Cuba en octubre de 1897 con
la Constitución autonómica, tan menguada como tardía. En el Repertorio Colombiano
escribió Rafael María Merchán, delegado en Bogotá del Partido Revolucionario Cubano:
"Dice un proverbio español que hace siempre el necio al fin lo que el discreto
al principio, y en ninguna circunstancia se le ha podido aplicar con tanta propiedad
como en ésta del planteamiento de la autonomía en Cuba. Algunos años atrás esa medida
hubiera, quizás, prevenido la guerra actual, pero hoy ya es muy tarde: Cuba no la quiere,
y hace bien en no quererla..."
La Constitución era un ardid de España para ganar prestigio a escala internacional, y
para confundir a los cubanos y aplacar a los insurrectos. Se aprovechaba de la mejor
tradición reformista, de principios de siglo, cuando se redactaron los proyectos
constitucionales y las instrucciones de José Agustín Caballero, de Félix Varela y de
Claudio Zequeira. Los españoles podían decir que en ese texto se renunciaba al
colonialismo que había traído la ruina del país, y que entonces, en un proceso de
rectificación, se iba a un proyecto cubano. Era aprovecharse de la aspiración de
aquellos patriotas para encubrir la trampa: no hacer cambios mayores y mantenerse el
poder. Podía parecer que el absolutismo, confesando su error, cedía para que el
espíritu nacionalista, con Varela, entrara a regir el país.
El gobierno de Madrid se sintió obligado a la farsa: el mundo miraba con espanto a
Cuba arruinada por un sistema cruel, insuficiente y obsoleto. Por sus intereses, y más
por la vieja aspiración anexionista que por sentimientos humanitarios, los Estados Unidos
le habían hecho saber a España la necesidad de cambiar su política en la colonia. A
principios de 1897, aún en la administración de Cleveland, el Secretario de Estado le
preguntaba al representante español en Washington: "¿No sería prudente modificar
esa política y acompañar la aplicación de la fuerza militar con una declaración de
cambios que se proponen en la administración de la isla, con el objeto de suprimir todo
justo motivo de queja? " Y en el Mensaje presidencial de ese año se lee: "Todo
parece indicar que si España ofreciese a Cuba una verdadera autonomía, esto es una
manera de gobierno propio... habría motivo justificado para creer que la pacificación de
la isla pudiese realizarse sobre esta base..." Dos meses después España dio a
conocer el sumario de la Constitución, la cual firmó en noviembre la Reina Regente y fue
jurada por el Consejo autonómico en La Habana el 1º de enero de 1898.
El gobierno americano pareció conformarse: en su primer Mensaje al Congreso, McKinley
se negó a reconocer la beligerancia de los insurrectos, la que consideraba
"imprudente en la actualidad, e inadmisible por lo mismo."; y añadía:
"...Honradamente debemos a España y a nuestras amistosas relaciones con esa nación
el darle una oportunidad razonable para realizar sus esperanzas y probar la pretendida
eficacia del nuevo orden de cosas..." Pero muy pronto comprendió McKinley que la
"oportunidad" no se la estaba dando a España ni al "nuevo orden de
cosas", sino a la insurrección, y el triunfo de los mambises no convenía a sus
planes imperialistas. Si durante los horrores de Weyler, cuando murieron docenas de miles
de víctimas inocentes, las autoridades americanas pudieron controlar sus impulsos
humanitarios y mantenerse lejos del conflicto, cabe preguntarse por qué quisieron entrar
en él cuando gobernaba con cierta compasión y prudencia Ramón Blanco, cuando España
estaba agotada, y los cubanos, con un respetable gobierno y, desde octubre del año
anterior, con una Constitución aún más civilista que la de Jimaguayú, estaban cerca de
la independencia. La derrota española era evidente, como afirmó el almirante Pascual
Cervera en carta al jefe de su gobierno el 26 de febrero de 1898; le decía: "...Hoy
va el oficio que le anuncié ayer; tristes y desconsoladoras son las conclusiones, pero,
¿estamos en el caso de hacernos ilusiones?.... Y todo por defender una isla que fue
nuestra; porque aun cuando no la perdiésemos de derecho con la guerra, la tenemos perdida
de hecho..."
Alegando protección de sus intereses, por un motín que produjo sólo una víctima,
hacía un mes que el presidente McKinley había hecho entrar el acorazado Maine en el
puerto de La Habana. Era una provocación, y en la noche del 15 de febrero voló con 266
marinos a bordo.
La muerte de Cánovas aceleró el fin del dominio español en Cuba. La explosión del
Maine le abrió las puertas al imperialismo americano. Martí sabía que el obstáculo
único para detenerlo era la independencia: demorada ésta por el capricho y la ceguera
política de España, y la ayuda que le prestó el autonomismo, se volvía a la pregunta
de Martí a Gonzalo de Quesada: "Y una vez en Cuba los Estados Unidos, ¿quién los
saca de ella...?"; y a la advertencia que le hizo al mismo corresponsal, también en
aquellos días, en su conocido apotegma: "Cambiar de dueño no es ser libre".
"Los réprobos"
Con la retirada de Weyler, los cubanos quisieron darle una oportunidad a España para
lograr la paz. El general Gómez, como Jefe del Ejército Libertador, le escribió una
carta al recién llegado capitán general, Ramón Blanco, en la que le decía:
El tiempo ha pasado impávido, como pasa siempre por encima de todas las catástrofes;
los hechos han justificado plenamente mis predicciones, y el general Weyler, después de
haber ensangrentado inútilmente este suelo de una manera despiadada, y reducido todo a
cenizas, dejando la guerra en pie, se retira para la Península con su espada rota por el
fracaso. Y viene Ud. a sustituir a Weyler, pero a un hombre de las condiciones de Ud., lo
mismo que lo hice con el general Campos, sí me atrevo a dirigirle las siguientes
preguntas: ¿Con qué objeto y cuáles propósitos? ¿De exterminarnos? Es imposible, y el
pretenderlo puede ser poco honroso para Ud. ¿De someternos? Es un absurdo y puede ser un
ridículo para Ud. Nuestro credo está bien conocido y claro.... Bórrese de una vez para
siempre el profundo abismo que separa a cubanos de españoles con el abrazo que implica el
reconocimiento de la República en Cuba, y entonces se habrá firmado la paz eterna.
Convencido Blanco de que el gobierno autonómico que se iba a implantar en Cuba
ahogaría la insurrección, y probando otra vez que con la tiranía española no había
arreglo posible, y que sólo por la fuerza acabaría su dominación en la isla, le
contestó al general Gómez:
España tiene de su parte el derecho y la razón; Ud. lo comprenderá sobradamente, y
estoy seguro de que no ha de pretender nada que en lo más mínimo ofenda a su decoro ni
vulnere aquel derecho; el abrazo de que Ud. habla entre cubanos y españoles está ya
dado, bien estrechamente, con la autonomía que concede a Cuba todas las libertades. Lo
que Cuba quería, la libertad ya la tiene; la independencia ni la desea ni le conviene
tenerla por razones que Ud. conoce tanto como yo. La independencia de Cuba sería la
señal de su esclavitud y de su muerte... Cuba es ya un pueblo libre, autónomo, que se
gobierna a sí mismo como el Canadá o Australia, y nada más quiere ya, puesto que goza
de todas la ventajas de la nacionalidad sin ninguno de los inconvenientes de la
soberanía.
La Constitución autonómica que se implantó en Cuba debió ser discutida libremente
por cubanos, después de un plebiscito, pero ésta que trajo el general Blanco vino hecha
para que así tuvieran plena garantía los intereses de la metrópoli. Creaba un gobierno
insular cuya autoridad máxima era el representante de Madrid, el cual tenía "el
mando superior de todas las fuerzas armadas," a quien le estaban "subordinadas
todas las demás autoridades de la isla," y vigilaba un limitado parlamento para que
no se comprometiesen los intereses de la Corona o del Estado".
En el mismo número de Patria en el que se publicó una caricatura reproducida
con el título de "El juramento; toma de posesión de las libreas", aparecen
estos comentarios que reflejan el sentir cubano ante la nueva imposición de España.
El primero de enero será conmemorado en la historia de Cuba como el día de los
réprobos. Ese día José María Gálvez, Rafael Montoro y Francisco Zayas se prestaron, motu
proprio, a hacer el papel de comparsa, actuando como protagonistas del ridículo
sainete representado en el palacio del capitán general de La Habana... Son ministros a
sueldo del general Blanco, comprados por éste en su empeño inútil de prolongar algún
tiempo más la moribunda dominación española en Cuba. Gálvez, Montoro, Zayas y
Govín... son reos de lesa patria, con plena conciencia de su nefando crimen. Esos hombres
se han tornado con cínica impudencia, por un puñado de oro, en lacayos, en serviles
instrumentos del déspota español para que estén cubiertas groseramente las apariencias,
y continúe gobernando a los cubanos con el látigo de la policía y la bayoneta del
soldado. Bien conocen ellos, como el que más, el alcance de la ley jurada, bien saben que
tras el miraje de pomposos títulos, la ley deja en esencia las cosas como estaban antes
del 95...
A pesar de que el gobierno autonómico era una burla, la insurrección tomó medidas
contra él porque sabía que, apoyados por el nuevo capitán general, y envalentonados por
la Constitución, tratarían de debilitar el entusiasmo revolucionario. Estaba vigente la
disposición para impedir las intrigas que tanto habían perjudicado los levantamientos de
1868 y de 1879: el viejo decreto de Spotorno; y la primera "Orden" de Antonio
Maceo al desembarcar en Baracoa, que tenía el mismo propósito: en carta del 23 de abril
de 1895 le decía a Bartolomé Masó: "... He juzgado conveniente manifestarle que,
según Orden que ya debe de obrar en su poder, sea ahorcado todo emisario español o
cubano que se presente con proposiciones de paz, sea cual fuere la jerarquía que tenga, y
sin debilidades de ningún género, que yo cargo y asumo toda la responsabilidad
histórica de la medida dictada..." Pero Máximo Gómez. en los días en que llegó a
Cuba la Constitución autonómica, creyó conveniente dictar un "Bando" por el
que se ordenaba la pena de muerte concretamente al que aceptara o propusiera el
autonomismo. Fue por ese motivo que, cuando se presentó ante el joven coronel Néstor
Aranguren su antiguo compañero de trabajo, el español Joaquín Ruiz y Ruiz, el 13 de
diciembre de 1897, proponiéndole que se uniera al partido autonomista, le formaron
Consejo de Guerra y lo fusilaron junto a los dos prácticos que habían ido con él al
campo insurrecto. Y, tiempo después, el capitán José Zúñiga tuvo que ejecutar a
cuatro de sus superiores dos tenientes coroneles y dos comandantes de la
Brigada Cienfuegos, porque "intentaban presentarse al enemigo acogiéndose a la
autonomía", según se lee en el Acta del 19 de abril de 1898, del Consejo de
Gobierno, reunido en Camagüey. Cuatro días más tarde firmó Calixto García una
"Circular" que por su parte ordenaba: "Cualquier comisión del Partido
Autonomista que se le presente, será reducida a prisión, y si se atreviese a iniciar
transacción de cualquier clase con España, aplicará Ud. la Ley que contra los traidores
ha dado nuestro gobierno". Así, cuando a Eliseo Giberga, diputado del Consejo
autonomista, se le ocurrió crear una comisión para invitar a los rebeldes a que
participaran con ellos en el gobierno, se le informó de la justicia mambisa y abandonó
el proyecto. Pero no conformes con esas pruebas de la rectitud del separatismo, los
autonomistas iniciaron otras gestiones, éstas desde España: en una carta de Anita
Betancourt viuda de Mora a su sobrino, Gonzalo de Quesada, le cuenta que Govín y Giberga
habían reunido 2 millones de pesos con la ayuda del político español José Canalejas
para, entre otros, sobornarlo a él y a Benjamín Guerra, en Nueva York, y a Máximo
Gómez y a Calixto García, en Cuba; le escribe: "Canalejas se propone comprar
[subrayado en el original], como suena, a algunos de los miembros de la Junta de N. York y
de otros centros revolucionarios, y a Jefes de los que están en armas. Una vez hecha la
capitulación de conciencia y dignidad, dar una falsa autonomía, y que todo siga como
estaba antes de la guerra..."
El desastre
Los españoles, que veían venir el conflicto con los Estados Unidos, utilizaban la
amenaza yanqui como maniobra política para sobrevivir. El 20 de marzo de 1898 Ramón
Blanco tuvo la osadía de escribirle al general Gómez pidiéndole ayuda para luchar
contra los norteamericanos; en esa carta le decía: "No puede ocultarse a Ud. que el
problema cubano ha cambiado radicalmente. Españoles y cubanos nos encontramos ahora
frente a un extranjero de distinta raza, de tendencia naturalmente absorbente.... Ha
llegado, por lo tanto, el momento supremo en que olvidemos nuestras pasadas diferencias y
en que unidos cubanos y españoles para nuestra propia defensa, rechacemos al invasor...
Por estas razones, general, propongo a Ud. hacer una alianza de ambos ejércitos en la
ciudad de Santa Clara. Los cubanos recibirán las armas del ejército español, y al grito
de Viva España y Viva Cuba, rechazaremos al invasor y libraremos de un yugo extranjero a
los descendientes de un mismo pueblo..." Indignado, y con toda razón, le contestó
Máximo Gómez: "Me asombra su atrevimiento al proponerme otra vez términos de paz,
cuando sabe que cubanos y españoles jamás pueden vivir en paz, en monarquía vieja y
desacreditada, y nosotros combatimos por un principio americano, el mismo de Bolívar y
Washington... Por el presente sólo tengo que repetirle que es muy tarde para
inteligencias entre su ejército y el mío..."
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Caricatura publicada
en Patria el 19 de enero de
1898. Aparecen, a la derecha, el cuadro de Alfonso XII y debajo de él,
muy pequeña, pintada en la pared, la figura de Weyler. De pie, frente
al cuadro, la reina regente y su hijo, Alfonso XIII; al fondo Bruzón.
Delante de éstos el general Blanco enarbola un sable con mella en el
que se lee: "El que corta el bacalao". De rodillas, ante la
mesa, están Montoro (con grillete de presidiario), Gálvez, Zayas,
Rodríguez, Del Monte, y junto a éste, de pie, Rivero, y, a su
derecha, Fernández de Castro, Rabell y Amblard. Rodean a estos
autonomistas soldados y figuras del partido español Unión
Constitucional armados con porras. En la pared del fondo un mapa de
Cuba indica que ya sólo la ciudad de La Habana y la Isla de Pinos están
en poder de los españoles; una tabla de los impuestos que tiene que
pagar Cuba; y, saliendo de un cuadro, "Govín (a) Judas",
quien había emigrado a Atlanta en 1895 y regresó para aceptar la
cartera de Gobernación y Justicia en el gobierno autonómico (Foto de
un microfilme por Rafael Llerena).
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Fracasada esa gestión de Blanco, al mes siguiente los autonomistas le pidieron al
gobierno norteamericano que los protegiera: José María Gálvez le escribió a McKinley
"... Si hay cubanos levantados en armas, los hay también, que aceptan la autonomía,
estando resueltos a trabajar con empeño bajo esa forma de gobierno para restablecer la
paz y la prosperidad del país... El gobierno autonómico de Cuba espera que el presidente
de los Estados Unidos, fiel a las nobles tradiciones de la gran República norteamericana,
guardará a los derechos del pueblo cubano la consideración y el respeto debidos en
justicia, oponiéndose a que la violencia prevalezca; y espera también que contribuirá
con su acción poderosa a que se restablezca la paz en Cuba bajo la soberanía de la Madre
Patria y con el Gobierno Autonómico..."
Derrotada España, el 1º de enero de 1899 retiró de La Habana sus ultimas tropas.
Entre salvas y cañonazos se izó la bandera de los Estados Unidos en el Morro y en las
demás fortalezas de la ciudad, señalando el fin de su dominación. Años después así
describió aquel día Ricardo del Monte, lamentándose aún del fracaso de su partido
autonomista: "Alegres y abigarradas muchedumbres recorrían estrepitosamente las
calles, entonando patrióticos vivas y estridentes gritos, que estremecían la atmósfera.
Y entre los gritos... se escuchó el salvaje clamoreo: ¡Montoro, a la guásima!
¡A la guásima, Gálvez!"
Epílogo
No había tenido Cuba la fortuna de salir de su condición de colonia al tiempo que sus
hermanas de América. Sólo entonces, y como medida provisional, pudo ser excusable
esperar de la metrópoli lo que luego, de una España desacreditada y caduca, no fue más
que cobardía. A los cubanos coloniales que lo defendieron debió el despotismo español
sus últimos veinte años de vida, a la farsa a que se prestaron, que disimulaba la
incapacidad y la mala fe de los gobernantes: de rémora del país pasaron a ser sus
enemigos: se empieza dialogando con el delito y se termina de cómplice del crimen. Ya
luego, como veneno, quedó en las venas de la nación el resentimiento de aquéllos que
repugnaban de la libertad, y contra los que la habían logrado para Cuba. En la Asamblea
que preparó la Constitución de 1901, al mes de aprobar la Enmienda Platt, se propuso por
su secretario, Enrique Villuendas, que los miembros de aquel cuerpo le asignaran una
modesta pensión a la "desvalida y anciana madre del heroico José Martí; al llegar
el proyecto a manos de Eliseo Giberga, que había sido uno de los más agresivos y
fervientes autonomistas, le preguntó a Villuendas: "¿Esta suscripción es para una
persona desvalida, o para la madre de José Martí?" Y, sin esperar respuesta,
añadió: "Porque si la suscripción que se lleva a cabo para esa señora se hace
como madre de José Martí, yo no podré figurar en ella, pues para mí Martí fue un
hombre funesto, y su nombre será execrado por la Historia".
La presencia de los Estados Unidos en Cuba ahogó la justicia de la revolución, que
hubiera sido necesaria, si no para castigo de los que colaboraron con la tiranía
española, porque toda victoria debe de ser siempre generosa, para escarmiento de las
futuras generaciones que pudieran extraviarse por similares caminos. La muerte de los
grandes cubanos que habían hecho posible la independencia contribuyó a que pudieran
seguir haciéndole daño sus enemigos. Martí, Maceo o Calixto García hubieran contenido
su influencia, de la misma manera que quizás hubieran limitado, o hecho innecesaria, la
ocupación del país por los americanos. No estaba aún decidido el rumbo de la nación, y
los antiguos autonomistas seguían porfiando para limitarle la soberanía: en su
periódico El Nuevo País publicaron este juicio: "Cuba no está preparada
para la independencia absoluta. Es necesario establecer la paz con procedimientos
conservadores y evolucionistas. No se debe de ir sin transición al gobierno
independiente, sino de modo lento y gradual, capaz de formar en los cubanos hábitos de
gobierno y de servirles de educación política..."
Algunos críticos e historiadores han juzgado el autonomismo sin la rigidez de que se
hizo acreedor, o han repetido juicios favorables fuera de contexto, o de dudoso origen,
sobre sus actos. Es que no apreciaron el daño que causó demorar la independencia, y,
menos aún, el daño que por esa demora sufrió la República. En ciertos momentos pudo
hasta parecer que los autonomistas habían acertado, que en verdad el país no estaba
listo para gobernarse: ahora se ve que no era la razón lo que tenían, sino la culpa.
Sí, su propaganda hizo más evidente la maldad y la torpeza del gobierno de la colonia,
pero con su desconfianza y con sus dudas sembraron el pesimismo y la apatía en el alma
nacional. No le era fácil al pueblo entender cómo aquellos hombres, algunos de los
cuales hacían sólidas contribuciones a la cultura, podían preferir a los que durante
cuatro siglos les vejaron y escarnecieron su tierra sobre los que, con el sacrificio de
sus vidas, les iban a alzar la patria al más alto nivel de las naciones civilizadas.
La severidad de Martí al enjuiciar a los autonomistas, su intransigencia ante el
pensamiento y la actuación de esos hombres, sólo podía entenderse siguiéndoles los
pasos, como aquí se ha hecho, hasta las puertas mismas de la República. El genio
político de Martí, igual que toda actividad genial, consistió en adelantarse a su
tiempo, y fue esa adivinación del futuro la que le dio solidez al juicio para convertirlo
en líder: él vio que la soberbia de España y la servidumbre en que había vivido su
país, hacían inevitable la guerra, que lo propio era ordenarla para que llevara dentro,
sana, la República; él vio al cubano no redimido en oposición a la tiranía, al que se
detuvo en sus promesas, prostituirse luego en su ayuda y servicio; él vio que, sin un
rápido triunfo de la insurrección, se convertiría en realidad el juramento español de
dejar la isla convertida en cenizas, sobre las que sería muy difícil construir un
pueblo, y que por esas cenizas podría parecer no sólo justificable sino hasta necesaria
la intervención de los Estados Unidos; él vio al imperialismo americano desde su
desmesurada cuna poner las manos en su patria, donde hacía un siglo tenía ya puestos los
ojos; él vio el consorcio de los anexionistas y de numerosos españoles y viejos
autonomistas, todos los que creían al cubano incapaz de gobierno, empujar al país hacia
un materialismo y un pragmatismo que cada vez lo alejaban más del ideal que lo había
forjado; él vio los valores revolucionarios, deslucidos e inseguros por la incautación
del triunfo, descomponerse en la impotencia o en el pecado para quedar poco más que de
reliquia en el gobierno y de liturgia en las ceremonias oficiales; él vio que de aquella
siembra infeliz iban a nacer el desengaño y la ira, y de éstos la inmoralidad y la
injusticia, y hasta el extravío de hoy: la usurpación, el colonialismo, la crueldad, la
demagogia, la mentira y el crimen: aberración de los lodos que arrastraba desde su origen
la República; él vio, por fin, quizás, también a un siglo de su prédica, que el
cubano, en funesto presagio, no había aprendido aún dónde acaba el "arte
político", con el que se puede "plegar y moldear", y dónde empiezan
"las ideas esenciales de dignidad y libertad," con las que se debe ser, como
enseñó su lección de patriotismo,"espinudo, como un erizo, y recto, como un
pino".