La primera noticia de las colaboraciones de Martí en The Hour la dio Gonzalo de
Quesada y Aróstegui en su libro, Cubas Great Struggle for Freedom; allí
dijo: "In the 'Hour' he wrote, in his then quaint English, delicious articles on
art."(1) Veinte años después el hijo de Quesada
publicó en Martí periodista algunos fragmentos de aquellos trabajos. Cuando
Jorge Mañach preparaba su biografía de Martí visitó la Biblioteca Pública de Nueva
York para consultar la colección de The Hour; la búsqueda, él mismo lo confiesa,
fue "rápida e incompleta."(2). A pesar de esa
limitación, con ella dejaba abierto el camino para nuevas indagaciones al señalar varios
escritos desconocidos de Martí. Esa "fuente inestimable de datos," como la
llamó entonces, fue poco después aprovechada por Félix Lizaso: con ocasión de un viaje
de Fernando Ortiz, pudo obtener copia de algunas páginas que más tarde reprodujo,
traducidas por Manuel Marsal, en el Archivo José Martí.(3) En 1946 se incluyeron en las Obras Completas, de la
Editorial Lex; y en la edición de Trópico, que se terminaron el año del centenario del
natalicio de Martí, y esos diecisiete artículos descubiertos en The Hour, se
repitieron en las últimas Obras, de la Editorial Nacional de Cuba.(4)
Después de varias semanas en España, a donde había sido deportado por sus
actividades revolucionarias, Martí fue a París, y desde allí se dirigió a Le Havre
para embarcarse, el 20 de diciembre de 1879, con destino a Nueva York, en el vapor
'France,(5) de la General Transatlantic Company, que
hacía el viaje sin escalas; allá iba a continuar los preparativos de la insurrección
que culminaron en la Guerra Chiquita.
Una curiosa coincidencia hizo que el número inicial de The Hour saliera el
mismo día que llego Martí a Nueva York. La revista se proponía interesar a un grupo de
lectores selectos que supieran apreciar el esfuerzo de una publicación de buen gusto y
bien informada. En la nota editorial aparecía su programa:(6)
"The literary character of The Hour will be as high as it is possible to make
it. It will be good-natured rather than ill-tempered; caustic rather than cynical; hopeful
rather than discouraging; but it will be the fierce enemy of shoddyism, vulgarity and
ignorance." Con esos propósitos y ambiciones no tuvieron inconveniente en aceptar
como colaborador a Martí, recomendado por el pintor cubano Tomás Collazo, quien ya
sabría de las crónicas de su compatriota en la prensa mexicana, de cinco años atrás;
si leyó las que se refieren a la Academia de Bellas Artes de México, no debió tener
reparos en presentarlo como un consumado crítico de arte.
La mayoría de los artículos que Martí escribió para The Hour tratan de las
artes plásticas: era lo que interesaba a los editores. Desde aquel primer número habían
advertido: "Its contributors will not be called upon to write of the electric light
today and on Wagner's music to-morrow. Subjects of diverse character will be treated by
men who are in the best sense specialists." Y así aparece en The Hour, como
un connaisseur de pintura y de la vida y costumbres de España, donde vivió cuatro años
y de donde acababa de llegar.
Martí había estudiado inglés en la Habana, a instancias de su padre: con ocasión de
ese trabajo en Nueva York confiesa en sus notas: "Jamás escribí inglés. Allá diez
y seis años hace, cuando tenía yo trece, revolvía con cierto desembarazo The
American Popular Lessons, e intenté la traducción de Hamlet."(7) Desde Madrid, mientras prepara su viaje, escribe a un
amigo en la Habana: "Estudio inglés con fervor tenaz" (XX, 272), y recién
llegado a los Estados Unidos, y dispuesto a abrirse camino, le dice al mismo corresponsal:
"Aquí vislumbro campo y viviré; intentaré todo lo honrado y me ayudarán de buena
voluntad" (XX, 282). Acepta el ofrecimiento de Collazo y redacta su primera
colaboración para The Hour, sobre Raimundo Madrazo, que sale el 21 de febrero de
1880. Con expresión algo primitiva y poco literaria empieza a hablar del pintor español:
"He is a delightful fellow but it is especially on canvas that he shows what he is...
" (XV, 151). Son sus primeras palabras impresas en inglés. Antes había escrito toda
esta crónica en español y en francés, pero cuando llega al periódico ha perdido buena
parte del estilo que se apaga en la lengua que no domina.
No resulta fácil determinar por dónde anda la pluma de Martí en The Hour. Con
notable rapidez el idioma, que al principio es algo incorrecto, se hace flexible para
acercarse al de los otros colaboradores. Quizás en alguna ocasión logró ayuda de un
traductor, como el que vierte al inglés, a partir de julio, los trabajos que empieza a
publicar en The Sun, otro periódico de Nueva York, de más categoría que aquel
semanario de "artes y salones," como llamaba Martí a The Hour. Hay
siempre un peligro en estas pesquisas. El que se dedica a una figura suele leer mucho de
ella, y poco, o nada, de sus contemporáneos. Entonces todo parece de quien interesa al
investigador: el tratamiento de un tema, el giro de una frase, un juicio, y se olvida que
mucho de lo que se considera particular del autor puede ser hasta un lugar común de la
época. En medio de escritores de cierto nivel literario, para dar como de Martí un
trabajo anónimo, se deben acumular pruebas suficientes para suplir la absoluta
identificación del mismo. Y hay que resignarse a abandonar todo lo que, aun pareciendo
suyo, no ofrece ulterior evidencia o no resiste el examen riguroso a que debe someterse.
|

|
Ejemplar de la
primera salida del periódico The
Hour, fechado el 3 de enero de 1880, que fue el día en que llegó Martí a Nueva York en el vapor
"France", procedente de Le Havre.
|
Sería muy tediosa esta lectura si se explicaran aquí todas las pruebas textuales,
aparte del análisis estilístico, por las que se rechazó la mayoría de ellos y sólo
seis fueron definitivamente aceptados. De las que amparan a cada uno de éstos, sin
embargo, quizás convenga dar alguna. En el primero, "Los estudiantes
españoles," por ejemplo, se habla de los guitarristas Mas, Tárrega y Arcas, y de
ellos se dice lo que Martí había anotado en su Cuaderno de Apuntes, en España, un año
antes (XXI, 111); en las "Notas de Arte" que siguen, del 6 de marzo, el juicio
de los cuadros de Murillo, y las características del pintor sevillano son los mismos que
escribe Martí en "The Old Masters at Leavitt's" (XIX, 280 y 281); la próxima
"Nota de Arte," del 13 de marzo, reproduce sobre Meissonnier y Bouguereau lo que
escribió Martí en sus notas en preparación para los trabajos en The Hour (XXII,
284), y aun emplea la expresión "uphold the honor of France" ("sostienen
el honor de Francia") que, con igual impropiedad en ese contexto, aparece en su
reseña sobre "The Metropolitan Museum" (XIII, 475); en "El salón
francés" se dice del pintor Rosales lo que Martí había señalado en su folleto
Guatemala (VII, 151), en 1878, y de Cormon, sobre "Caín," se hacen las
originalísimas consideraciones que reproduciría La Opinión Nacional, de Caracas,
a principios de 1882 (IX, 255); el conocido programa de Martí sobre el hombre y el
artista aparece en "Un pintor polaco": con el vuelo lírico a que siempre lleva
el tema, explica aquí sus ideas sobre la patria y la nacionalidad, los asuntos mejores
para el arte y su misión ética, esto último expresado cuatro años antes también por
los cuadros de una exposición, los del pintor Santiago Rebull, en México (VI, 394-400).
En ninguno de estos trabajos se reunió tan clara evidencia como en el último, los
"Artistas españoles," a pesar de que por su tardía fecha, el primero de enero
de 1881, en vísperas de su viaje a Caracas,(8) y sin nada
suyo conocido desde fines de noviembre, se podía dudar del mismo, pero las ideas que se
expresan sobre Goya, y aun las palabras, son las que Martí anotó con motivo de su visita
a la Academia de San Fernando, en Madrid, poco antes de embarcar hacia los Estados Unidos
(XV, 133 y 134); y todavía más a la letra, si cabe, es la copia de lo que se dice sobre
Pablo Gonzalvo, el amigo de Martí, también tomado de los mismos apuntes españoles (XV,
140 y 141).
Estos seis trabajos desconocidos aparecen a continuación por el orden en que se
publicaron. Al traducirlos al español se han mantenido siempre lo más cerca posible del
original, aun en casos de palabras o expresiones que con toda seguridad son producto de la
versión inglesa.(9)
LOS ESTUDIANTES ESPAÑOLES
Nadie cree que los actores que trabajan en el teatro Booth son verdaderos estudiantes
españoles. Esos no existen ya. Ni en España se encuentran, excepto en los libros de
Quevedo, en las ilustraciones de Vierge o en el Gil Blas. Ha desaparecido la
antigua capa que parecía "un jardín de flores con remiendos a todo color."
La capa del estudiante
parece un jardín de flores,
toda llena de remiendos
de diferentes colores.
Las Universidades españolas han perdido su carácter pintoresco y poético. Salamanca,
donde se enseña a los viajeros la cátedra de Fray Luis de León, lo mismo que Alcalá de
Henares, el Alma Mater de Cervantes, son ahora unos miserables y melancólicos lugares.
Sobre ellas han pasado violentas revoluciones. Los estudiantes de España, vestidos como
los de cualquier otro país, estudian Derecho Romano o Medicina en aulas modernas. Ya no
hay duelos ni espadas, ni negros sombreros de tres picos, ni cucharas tras la banda del
sombrero. Ya no esperan la sopa discutiendo y bromeando a la puerta de los viejos
conventos. Ahora comen en pensiones oscuras donde pagan una triste peseta por su escasa
ración. En tiempos de la República los conventos se convirtieron en cuarteles, y los
refectorios en establos.
Sólo sobrevive una de sus viejas costumbres. Cuando se acerca el carnaval los
estudiantes de Medicina sacuden el polvo de sus bandurrias, guitarras y violines. Las
noches son hermosas en esa época, las estrellas vierten su pálida luz sobre Madrid. Los
estudiantes desfilan todas las noches por las calles tranquilas, y tocan las suaves,
alegres y sensuales melodías que heredaron de los árabes soñadores. Tienen un gran
encanto esos fantásticos paseos. En ellos se reviven costumbres del siglo más original
de la Edad Media. Esas románticas diversiones son ensayos de los aires que tocarán
durante el carnaval. De día cantan, bailan, cortejan a las muchachas, persiguen a las
doncellas robustas y acumulan cuartos, la pieza española de cobre. Por la noche gastan
alegremente lo que reunieron durante el día. Todas las bolsas se abren para ellos. Las
ventanas se llenan de joviales mujeres que les arrojan brillantes monedas, y ellos les
devuelven, festivos y ocurrentes, palabras agradecidas. Una inquieta vanguardia cruza las
calles en toda dirección, detienen a los pasantes y les presentan el sombrero con una
mano mientras que con la otra mueven la sonora pandereta. El pedir no le resta encanto y
poesía a la costumbre. "La Jota de Aragón" y otra jota, la de "El
molinero de Subiza," son siempre las aplaudidas. Las armoniosas malagueñas se
mezclan con las jotas, y el Himno de Riego, el himno nacional de la libertad española,
conmueve y enloquece al pueblo.
Los estudiantes en carnaval y los guitarristas son las dos principales atracciones de
España. Hay muchos virtuosos de la guitarra. Mas, Tárrega y Arcas son los de mayor fama.
Cuando Tárrega toca la "Marcha Fúnebre," de Chopin, todos los ojos se llenan
de lágrimas. Cuando Arcas ejecuta sus atrevidas concepciones el corazón se turba y el
oído se encanta. Mas es célebre, y su vehemencia recuerda al gitano húngaro Bihary, el
osado cortesano de la emperatriz María Teresa. Con frecuencia hay conciertos de guitarra
en Madrid; el rey Alfonso es amante de esta clase de música.
28 de febrero de 1880
NOTAS DE ARTE
Una singular colección de cuadros se exhibe en una tienda de Broadway: el "Ecce
Horno," de Correggio, y la Virgen de Murillo. Una ansiedad gozosa lleva al artista a
ver esos cuadros; pero la alegría se desvanece ante ellos. ¿De dónde viene este
Correggio? ¿Quién puede creer en la autenticidad de esa Virgen inexpresiva y débil?
Hasta el "Ecce Horno," que por lo general se consideraba una auténtica pintura
de Correggio, no lo creen suyo los críticos mejores. Le faltan los contornos suaves, el
gesto elegante y el tinte de las carnes. Este dudoso cuadro pertenece a la "National
Gallery," de Inglaterra, que lo compró, con otro del mismo maestro, por el fabuloso
precio de once mil guineas. Ludovico Carracci le hizo una copia que se considera superior
al original. Agustín Carracci le hizo un notable grabado. Una multitud de copistas rodea
siempre el lienzo.
"El Niño Divino sentado en las piernas de la Virgen, presentando un rosario a
varios dominicos," es el tema de un supuesto Murillo. El asunto, desde luego, pudo
ser elegido por el gran maestro. El estilo en que se hubiera pintado el original también
es correcto. Pero en vano buscamos el éxtasis de los santos de Murillo, la sonrisa
encantadora de sus niños, la feliz expresión de sus Vírgenes, y ese vaporoso colorido
que envuelve sus cuadros como en una nube. A primera vista da la impresión que se han
arrojado sobre el lienzo innumerables puntos blancos. Ninguna de las pinturas de Murillo
tiene tan pobre expresión y malas proporciones.
El nombre de William Unger es bien conocido entre los amantes del grabado. Cuando
publicó su primera colección con reproducciones de las principales obras de los pintores
antiguos y modernos, fue saludado como a un maestro en su arte. Ahora tiene una nueva
colección ricamente impresa y anotada. El éxito de esta segunda parte excede al de la
primera. Unger domina a la perfección los diferentes estilos en el arte del grabado. Su
buril se mueve con suavidad en "El tren de Valak," de Schreyer, o se hunde con
firmeza en el "Retrato de Wagner," de Leubach. Él conoce el secreto de las
nubes claras y de los oscuros abismos.
Unger reúne todas las aptitudes: la dulzura en el color, la variedad de tonos en la
tinta negra, el dominio absoluto del dibujo y un asombroso poder para imitar el trabajo
ajeno. Todos los pintores alemanes están representados en la colección de Unger. El
grabador conserva el carácter del original. El hábil empleo de sombras distintas
reemplaza al color. Su buril tiene el poder de un pincel. Mackart, Munkacsy, Schreyer,
Passini, Kaulbach, Richter, Leubach, los artistas jóvenes de Alemania, aparecen tan bien
comprendidos como Rembrandt, Van Dyck y todos los viejos maestros.
6 de marzo de 1880
NOTAS DE ARTE
La galería de Abner Harper, ahora en subasta, está formada por una colección de
segunda clase de maestros de primera. Representan a Alemania Schreyer y Munkacsy; a
España, Fortuny, Madrazo, Díaz y Ferrándiz; y sostienen el honor de Francia, Fromentin,
Gérôme, Bouguereau, Corot, Neuville, Detaille y Vibert. El cuadro más sorprendente es
el "Taller del desaparecido Fortuny," de Ferrándiz, un discípulo de Fortuny.
El estilo del maestro está preservado con fidelidad; la perspectiva es admirable; los
colores, brillantes sin excesos; pero las figuras se agrupan mal en posiciones exageradas.
"La caza," de Fromentin, muestra las excelentes aptitudes de ese artista.
"El segador," de Munkacsy, revela el trazo poderoso a pesar de sus
incorrecciones y falta de acabado. Las dos deliciosas pinturas de Bouguereau son notables
por su acostumbrada suavidad en las carnes y la pureza en la expresión. Las "Escenas
cerca de Tánger" nada añaden a la fama de Fortuny. "Un paisaje," de
Díaz, es extraordinario por su perspectíva y su fidelidad a la naturaleza. Neuville y
Detaille compiten con sus militares, y gana Neuville con su cuidada "Vedette,"
donde la línea es tan perfecta como el color. Meissonnier tiene una acuarela: el dibujo,
por supuesto, es irreprochable, pero el cielo es fuerte, la hierba no está terminada y el
colorido es brusco. "Desprevenido," de Alvarez, es un maravilloso desnudo. La
acuarela sobresaliente de Worm. es "Una serenata." "Un paisaje con
ovejas" es notable a pesar de la pobre ejecución en los animales porque el bosque
está muy bien logrado. El "Retrato de Burgomaster," de Vibert, es una buena
acuarela, pero la idea del cuadro es más feliz que su realización. "Antes del
baño" es una imitación demasiado cercana de Fortuny. "Un paisaje de
Wallachia" y "La Vanguardia" merecen un buen comprador. Leserel, un
discípulo de Gérôme, está representado en la colección con un delicado y hermoso
"Cortesano."
Un artista americano, Mr. Lippincott, ha enviado recientemente de París una nueva obra
que pronto se exhibirá en la Academia. Mr. Lippincott es alumno de Bonnat. Nadie duda de
su talento, pero todavía es un aprendiz. El cuadro es un estudio de un desnudo, tema con
frecuencia olvidado. Al fondo se alzan oscuras montañas coronadas por una banda estrecha
de cielo; al pie de las montañas una alegre e intensa luz juega con la arena amarilla, y
un grupo de niños se preparan para el baño. El grupo tiene cierto encanto: las
posiciones han sido bien estudiadas, el contraste de luces es agradable, pero el colorido
está sin acabar, los tintes de los cuerpos son convencionales y las proporciones
anatómicas no se han observado con rigor. Es evidente que la poca confianza en su
técnica ha entorpecido la mano de Mr. Lippincott.
13 de marzo de 1880
SALON FRANCÉS
Un joven llamado Aimé Nicolas Morot ha sido el ganador este año del primer premio en
la exposición de pinturas de París. Tres candidatos parecían merecer la honrosa
distinción según el fallo público. Cormon, por los méritos de su "Caín";
Bastien Lepage, por su "Juana de Arco"; y el laureado Morot, cuyo cuadro
"El buen samaritano" bien merece el premio.
A la "Juana de Arco" de Bastien Lepage le falta la fuerza mística que debe
ser la base de este tema. Le falta la fe que debe animar trabajos de esta naturaleza. La
creencia cristiana ha inspirado el "Ultimo Juicio" y la "Madonna della
Sedia," pero en quien no tiene la menor creencia en visiones se ve el absurdo de
tratar de ellas. Éste es el punto débil del artista, admirable en otros aspectos, tan
consciente y con tantas aspiraciones de perfección en su trabajo. Al dedicarse con
demasiado afán a vencer las dificultades de la expresión, posiblemente ha descuidado los
accidentes de la perspectiva y los alrededores que tanta vida y movimiento dan a las
figuras. Parece que falta espacio y libertad en el tratamiento del gran tema. Pero, por
otra parte, merece todo elogio M. Lepage por la sencillez y sobriedad de su estilo, por su
desdén de lo trivial y su empeño en rescatar el arte francés de las tendencias
japonesas que hoy lo amenazan, y volverlo al estilo de David y Poussin.
El "Caín," de Cormon, es una obra poderosa que a los españoles debe
recordar la vigorosa mano de Rosales. La fuerza primitiva y la brutalidad de los más
tempranos períodos de la historia se han logrado en el tratamiento de este tema. La
expresión feroz, como de lobo, en el hombre, los pedazos de carne arrancados del animal
que sangra, el hacha de piedra, el carro tosco, todo contribuye a definir la época del
cuadro, al igual que su terrible asunto. Hay monstruosidades en la naturaleza, como las
flores carnívoras que devoran con sus rosados pétalos; hay masas vegetales que se
convierten en vistosos gusanos ante nuestros ojos, y también hay hombres que muestran la
transición de los instintos inferiores del animal a las altas aspiraciones del espíritu.
El "Caín," de Cormon, es ese hombre que aún se mantiene en los confines de la
brutalidad animal.
¿Cómo, entonces, no ha recibido el premio esa poderosa y sincera concepción
artística? Porque la imaginación del pintor, a pesar de su riqueza, no basta para
determinar la excelencia de la producción. La armonía de los efectos del dibujo y del
colorido es igualmente necesaria para el triunfo de un cuadro, y los defectos de
"Caín" son por desgracia aparentes en el defectuoso dibujo de las extremidades
y en la dureza del color.
Los méritos de "El buen samaritano" son precisamente lo que le falta al
"Caín." El tema es simple, como su tratamiento. De hecho existe el más logrado
equilibrio entre la idea y la ejecución de este hermoso cuadro. El dibujo exquisito, el
perfecto colorido y el tibio azul del cielo de Samaria, que brilla con tranquila belleza
sobre el herido abandonado en la llanura de abajo, son los detalles que más impresionan
cuando se estudia la obra. Hay un acuerdo armonioso entre la clara pureza del cielo, los
alrededores y el acto de caridad que constituye el tema del cuadro. El alma generosa del
buen hombre anima y alumbra toda la obra. Morot se aparta del tratamiento tradicional de
los temas bíblicos al colorear la tierra y los efectos generales de la atmósfera. El
tono de la naturaleza, ingrata como parece en esas tierras inhóspitas, es ardiente sin
ser seco ni en exceso quemado. Si esta pintura del samaritano se transformara en un grupo
de mármol (el herido, el samaritano y el burro) la pureza y la grandiosidad del diseño
serían las requeridas por el arte escultórico.
Los nuevos caminos de M. Morot, tan distintos de los que podían esperarse por sus
obras anteriores, han asombrado aun a sus más entusiastas admiradores.
M. Dagnan Bouveret, M. Henry Leroux y M. Paul Adolphe, por la calidad de sus trabajos,
merecían una medalla de premio.
El cuadro de M. Bouveret, titulado "Un accidente," fue adquirido por Mr.
Avery, y pronto se exhibirá en Nueva York, donde, sin duda, se apreciarán sus méritos
como no lograron serlo en el Salón.
26 de junio de 1880
UN PINTOR POLACO
El orgullo de Polonia ha sido aumentado por un gran poeta, Mickiewiez; un gran
pensador, Tornowsky; y un gran pintor, Matejko. La nacionalidad de Matejko es evidente. No
es el accidente de su nacimiento en esa tierra, donde los huesos de los mártires abundan
tanto como las hojas de los árboles, lo que confirma su lugar de nacimiento, ni el hecho
de que ponga a los pies de Polonia los fáciles laureles que han ganado sus atractivos
árabes sobre fogosos corceles, y sus mosqueteros de imponentes bigotes. Es la calidad
peculiar del genio de este artista, nacida de las injusticias y angustias que sufre su
infortunado país, alimentada con los sacrificios y la orgullosa desesperación de sus
compatriotas, lo que hace a Mateiko un verdadero hijo de Polonia.
Otros pintores han logrado por amor a sí mismos lo que Matejko logra por amor a su
patria. Pero ningún pintor llega a la posteridad sólo por su capacidad artística.
Llega, principalmente, por el interés imperecedero de los grandes temas que ilustra. Al
reducir sus asuntos a tiempos pasados, el artista se arriesga a perder el interés de sus
contemporáneos, siempre en busca de novedades, pero, como el historiador, está seguro de
perpetuarse en la memoria de los hombres.
La historia que pinta Matejko no es fría ni teatral, falta del movimiento y de la
gracia de la vida. Sus personajes no son muñecos con poses afectadas que revelan falsos
gestos. Viven una vida de sufrimiento cuyo recuerdo es un himno triste, casi un salmo
solemne, consagrado por el canto de sacerdotes. El pintar un asunto en toda su amplitud no
asegura el triunfo, pero el sentir sus aspectos más notables, vivir la vida de los
héroes llevados al lienzo, y morir sus nobles muertes, es una fuerza dada sólo a pocos y
excepcionales artistas.
Quizás con razón los polacos adoran hasta el fanatismo su historia, con su religión
mística, sus leyendas tiernas y feroces, y sus prejuicios implacables. Como la recuerda
Matejko, con gusto vería uno renacer la extinguida nacionalidad en esa tierra del norte,
de misteriosa y austera belleza, en la que las nieves del invierno ciegan con sus reflejos
agudos y ahogan en el verano el perfume de sus flores. La libertad es allí la pasión por
la que se muere, espada en mano, con una sonrisa en los labios. Los hombres se han
adentrado en la naturaleza y son espléndidos y resistentes. Las mujeres son heroicas en
su pureza y su tranquilidad. Un aliento homérico alienta la mística y viril literatura
de Polonia, y las gigantescas guerras y hazañas que ella cuenta han inspirado las obras
de Matejko.
"La batalla de Grünwald" es la obra maestra de este célebre pintor, pero en
1867 la "Dieta de Varsovia" ganó el aplauso del público y una medalla para el
joven principiante. Este último cuadro es original y nuevo, como toda la producción de
Matejko. El dibujo es atrevido a pesar de su perfección, y revela, con rasgos audaces,
las consecuencias fatales del golpe de Estado. La gran figura central -un señor de alto
rango, lucha contra la traición, roto el pecho y en ropaje harapiento- no es sólo el
cuadro vivo de aquellos días tormentosos y de agonía, sino, al mismo tiempo, el símbolo
apropiado de un pueblo moribundo. Polonia al fin ha sido partida y despedazada como los
girones de la capa que envuelven al infeliz noble del cuadro de Matejko. ¿Por qué todo
gran artista no puede dar al pensamiento creador la forma necesaria que le da vida? ¿Por
qué al colorear un rostro bañado en lágrimas no se aseguran las lágrimas de quien lo
ha de contemplar? Matejko rivaliza con Leys, el pintor flamenco, en su capacidad de
revivir temas históricos y los hombres que los representan. Pero la edad del artista
flamenco apenas le permite seguir los pasos del turbulento joven polaco.
Al escoger sus asuntos, Matejko prefiere aquéllos en que las más contrapuestas
pasiones pueden, con razón, mover las numerosas figuras que agrupa en el lienzo. Cuando
exhibió la "Rendición de Iván el Terrible," la impresión de fuerza y de
magnífico reposo que el cuadro producía, provocó asombro y admiración -efecto que
logró el cuidado y laborioso dibujo. Con mirada de agobio, el rey Esteban recibe, rodeado
de altivos magnates, a los temblorosos embajadores de Iván. Traen éstos en bandeja de
oro un pedazo de pan como símbolo de la alianza que ofrecen al vencedor. ¡Qué feroz
desconfianza muestran los ojos de Esteban, qué afligida humildad las caras de los
embajadores, y qué desgarbo insolente la postura de los magnates! El placer del vencedor
en contraste con la angustia de la derrota-una página de la historia de Polonia en que
aparecen los triunfos y las penas de la humanidad llevadas, de manera admirable y sobria,
al lienzo de brillante colorido.
En la Exposición Universal de 1878 Matejko exhibió la "Unión de Lublín."
Lituania y Polonia firman el pacto de alianza. Un senador levanta en sus manos un
crucifijo, y un patriarca encanecido recibe el juramento de la asamblea. El viejo rey
Segismundo, junto a sus cortesanos, pone la mano arrugada en la Biblia. Un joven empuña
la espada desnuda como esperando la hora del combate -ya que este tratado fue sólo un
pretexto para la guerra, y sin violentas transiciones ni efectos rebuscados el pintor
sugiere esta idea con la mayor delicadeza.
En el "Bautizo del reloj de Segismundo" una brillante corte de oro y piedras
preciosas, en un interior de armonías culturales, preside la bendición de un reloj con
inscripciones e imágenes grabadas. Es notable este cuadro por las masas primitivas e
incontroladas de color. No es ésta la suave y cariciosa luz de los climas meridionales,
sino una luz concentrada, agresiva, arrebatadora y a veces repulsiva. Una luz, en efecto,
que golpea al tiempo que hiere. "La Batalla de Grünwald" sigue siendo, más que
una obra inspirada por el genio, un milagroso esfuerzo de composición; ha logrado el
asombro del público aunque no le ha ganado sus simpatías.
Nueva York posee en el Museo Metropolitano de Arte un cuadro de ese artista
extraordinario -el estudio de los caballos negros con las narices de fuego y los ojos
encendidos, extenuados e impotentes en medio de una tempestad de nieve.
17 de julio de 1880
ARTISTAS ESPAÑOLES
Hay mucho de los antiguos galos en los más modernos franceses, pero aún hay más de
los godos en los españoles de todas las edades. El carácter de los españoles es una
curiosa combinación de muy ricos elementos. El brillo de todo lo que hace el español, es
andaluz; en todo lo que dice hay la propiedad gótica; mientras que sus amores y pasiones
son todavía de los árabes. Estas características se notan particularmente entre los
pintores de España -esos hijos de una tierra encantada que, siempre enfrentados a la
naturaleza, viven de modo más natural que el resto de la humanidad. Aman, sufren y mueren
de hambre, o de sus esperanzas arruinadas, pero son excelentes soldados en la lucha
inacabable.
Como cualquier otra capital, Madrid reserva la mejor acogida para los hombres y las
cosas que tienen la virtud de ser extranjeros. Hay que salir del país para ser un pintor
famoso de España; y para encontrar a alguien en Madrid hay que ir al Café Suizo o a la
Cervecería Inglesa. Allí es donde se reúnen los artistas, a cada lado de una larga y
estrecha mesa, para llorar con lágrimas sinceras a algún compañero muerto y, enseguida,
reír a carcajadas por las divertidas aventuras de un compañero vivo. Entre los más
notables clientes de la Cervecería está Luis Ribera, un atrevido innovador que prefiere
ser leal a la verdad que famoso sin ella; él es una extraña combinación de blasfemias y
filosofía: ríe como Mefistófeles, y cuando habla lo hace en voz alta, pero por lo
regular permanece callado. Cuando se entrega a la elocuencia, sus juramentos y maldiciones
son tan numerosos, violentos y salvajes que se alegra uno no se halle presente ninguna
mujer. La Cervecería es el lugar para los nuevos oradores, los pintores, actores y
poetas, para todos los jóvenes. Es allí donde comienzan a ganar reputación asaltando
con veneno la ajena. Por fortuna no hay ninguno de esos rencores en el corazón sano y
leal de Ribera: su única debilidad es el tabaco, con cuyo humo gusta cegar a los que
están en las mesas vecinas.
Para encontrar a Gonzalvo, el pintor de las perspectivas, cuyo único rival es cierto
barón alemán, hay que buscarlo bajo los arcos sombríos del Seo, la iglesia gótico
mudéjar de fachada brutalmente moderna y su roja y puntiaguda cúpula árabe. En el
invierno hay que buscarlo en Madrid, donde termina, con el paciente cuidado de
Meissonnier, sus estudios del pasado verano, y enseña arte a los estudiantes de la
Academia de San Fernando, o pide a sus amigos, no consejos -que no los necesita, sino
cariño y entusiasmo. Es difícil comprender cómo una naturaleza tan tierna y sensible
puede adaptarse de manera tan admirable a pintar el mármol y el granito. Todo su trabajo
es excelente, y se paga sin reservas por los expertos ingleses. Nadie como Gonzalvo puede
medir las distancias con tanta exactitud, ni sabe reproducir la severidad y dureza de una
línea recta, o recrear, casi viva, la antigua belleza ornamental. El Museo del Prado
tiene un exquisito cuadro de Gonzalvo, "El patio de las infantas." Con su
"Alhambra" está presente su genio en los Estados Unidos.
Aunque sólo fuera por los dos cuadros de Goya (el más osado y orgulloso genio de su
época) valdría la pena visitar en Madrid la Academia de San Fernando. "La
Maja," una mujer dibujada con tan fuerte originalidad que, después de algunos
minutos de contemplarla, cree uno reconocer en ella a alguna mujer amada; y el retrato de
la gran actriz de la época de Carlos IV, que mereció, por su gracia y su belleza, el
apelativo de "La tirana María Fernández." También en la Academia están el
"Cristo" de Alonso Cano, las figuras de oro de Domenichino y la más apacible
obra maestra creada por la mano del hombre, la "Santa Isabel" de Murillo. Por
fortuna el custodio que protege estos tesoros contra los dientes destructores del tiempo
es Federico Madrazo. Para cumplir. ese ingrato oficio de restauración se ha adiestrado en
todos los secretos del colorido de los maestros. Su gusto primoroso sólo rivaliza con su
asombrosa sabiduría. Nadie está tan familiarizado como él con los colores preferidos,
los rasgos característicos o la más sutil peculiaridad de cada pintor. Y es, además, un
genio del retrato. Se pagan precios fabulosos por los trabajos que realiza en su gran
estudio, sombrío y frígido como el arte clásico a que se dedica. Mientras pinta, lo
mira el retrato sonriente de su hija, la viuda de Fortuny. Cerca de él están "La
mariposa" y el "Regreso de la iglesia," de su yerno: uno, como inundación
de luz; el otro, un enérgico proyecto. También hay una oscura galería, y en un espacio
abierto, lleno de luz y de gente de la corte, brilla una escena de vida y movimiento. Este
efecto atrevido es de Raimundo Madrazo, el joven maestro que adora a su padre sin
imitarlo. Es un Carnaval sin Miércoles de Ceniza. Sólo ha heredado la paciencia
maravillosa con que gusta acabar las mejillas, las pelucas, las sayas y los pies de las
marquesas y las máscaras.
Otro renombrado español, Domingo, desde hace tiempo se dedica al estudio del color en
los interiores. Viaja por las provincias como antes aquel extraordinario pintor
humorístico, Valeriano Bécquer, que "murió de vivir," como dijo su hermano,
el poeta. En Zaragoza, donde se conservan con religioso fervor los primeros dibujos al
creyón rojo de Goya, dulces y tiernos como los bosquejos de Rafael, se han visto, en los
últimos cinco años, en talleres de aficionados, algunas obras pequeñas, pintadas con
gusto exquisito por Pradilla, un joven ahora famoso. Su principal característica, rara
hoy entre los artistas modernos, es la fuerza. Desprecia lo que ama el siglo, lo pequeño,
y se dedica a grandes temas y figuras. El pintor Rosales fue premiado en la Exposición de
1868 por un cuadro que revolucionó el arte por su poder, su pureza, su regia dignidad y
su colorido. Era un cuadro de la muerte de una reina, Isabel la Católica. Hace dos años
el primer premio lo ganó Pradilla con una obra de similar aliento, alta concepción y
técnica. Esta vez era la muerte de un rey, Felipe el Hermoso. Postrada por el dolor, la
viuda sigue a pie el féretro. Las damas de la corte tiemblan en la procesión. Las
antorchas llenan de humo el aire, y a lo lejos se divisa el convento de Burgos, donde
Juana la Loca, celosa de las monjas, se negó a pasar la noche. Así como es rival de
Rosales en los óleos, Pradilla compite con Fortuny en las acuarelas. Su "Trabajador
del mar" tiene toda la solidez y duradera apariencia de un trabajo al óleo. Un
taller de pintor, que sería repulsivo sin el humor galante del artista y sin ciertos
primorosos detalles que alegran sus lóbregas paredes, es el de Nin y Tudio. Allí sólo
se encuentran calaveras, disecciones anatómicas, rostros emblanquecidos y cuerpos
huesudos y rígidos. Es el pintor de la corte de su majestad la Muerte.
En el Café del Prado se veían con frecuencia dos hombres igualmente famosos por su
talento y el abuso que hacían de él. Uno era un músico extraño de cabeza salvaje y
fantástica, con una bolsa vacía y un violín lleno de rapsodias frenéticas. se llamaba
Fortuny. El otro era Perea, cuyo balbuceo siempre atropellaba los intentos de contar
alguna historia terrible. Pero Perea dibuja infinitamente mejor de lo que habla o juega al
ajedrez, su mayor pasión. Como el otro dibujante, Verga, Perea tiene en las páginas de
una revista ilustrada un lugar donde pinta bosquejos de corridas -los animados picadores,
las mulillas que arrastran al toro muerto, las mujeres agraciadas con sonrisas de
entusiasmo, el aire lleno de sombreros- todo el movimiento y el color de la fiesta brava.
Cuando Perea no encuentra dinero en su bolsa, va a casa de sus amigos y, por quince
monedas cada una, traza con rapidez una docena de caricaturas mordaces. Pero cuando tiene
dinero, en vano se le buscará durante meses. Sus rivales en la prensa ilustrada son
Pellicer, el pintor de las batallas; Luguc, cuyo tierno lápiz expresa con simpatía las
amorosas escenas de los soldados en los cuarteles. Pero, a pesar de todo, Perea no tiene
rival en el curioso arte de pintar la chulilla, la pobre, miserable y pintoresca vendedora
ambulante de fósforos. Ni nadie puede dibujar como él a Calderón, el gran picador,
levantándose de una caída en la arena, o la arrogante figura de Frascuelo, el matador
del día, el ídolo de las mujeres y el terror de los maridos. Sólo su lápiz puede
retratar al granuja, el ratero madrileño, o al mendigo que en las sombras de la noche
recorre con paso de fatiga las calles más frecuentadas de la capital. Todo lo que es
maligno, llamativo y grotesco encuentra su pintor en Perea.
1 de enero de 1881