EL POETA MARÍN
De este poeta Marín no puede hablarse de ligero, porque en su forma leve y elegante,
aunque por acá y por allá muy colgada de hipomeas, pone con fuego y moderación
artística las penas y contrastes de su agitada existencia. Amo la libertad en Puerto
Rico; en el destierro continuo, ama, incorregible, el romance. De un revés, como un
castillo de barajas, pueden echarse por tierra muchas de las que tiene él, en su ardiente
juventud, por penas graves. Lo que no puede crearse de un revés es su forma, atildada y
alada, su verso fuerte y firme, su modo propio de poner el suceso llano y personal en
poesía dramática. Lo que de él enamora es la piedad, en que todas las penas se
consumen; la piedad, aristocracia del alma.
(23 de Abril de 1892)
NUESTRO MEDICO ALBARRÁN
Cercano como está el combate definitivo donde hemos de justificar ante el mundo el
derecho de Cuba a regirse con la fuerza independiente de su nacionalidad, es una victoria
pública, y un título del país, cada victoria que en los grandes pueblos alcance un
cubano. Y como el desdén ajeno, y nuestra misma desconfianza o anhelo de progreso, van a
veces hasta negarnos el tesón, y mérito constructivo y de hecho, por donde el hombre de
las Antillas tiene menos fama que por sus dotes de mera expresión y hueca brillantez, es
mayor el servicio a la patria de aquellos cubanos que, en los certámenes reñidísimos de
nuestra época, logran distinción especial, sin la raíz del nacimiento, por el valor
sólido con que se asegura a los pueblos tanto como los trastornan y desequilibran las
meras dotes de forma y aparato.
Los que tenemos fe en la capacidad nacional de Cuba, por lo vario y profundo del
talento de sus hijos, y por sus hábitos de investigación y trabajo, saludamos
agradecidos a nuestro médico Albarrán, que a sus lauros pasados une ahora el de haber
sido electo profesor agregado de la Facultad de París.
(11 de junio de 1892)
UN NIÑO Y UN ANCIANO
Allá, en el Cayo, los cubanos del Club Guásimas de Jimaguayú emplean el
domingo de su reposo en trabajar para el decoro de la patria. ¡Es un trabajo alegre, que
se acaba de prisa! Del jornal de la semana pagan sus cuotas usuales, pero como el
sacrificio es la única señal verdadera del amor al país, ellos hacen a su país el
sacrificio del reposo: ¡otro, mañana! Cuando ya están sus ruedas de tabaco listas, el
taller, que les da a hacer de lo mejor para la patria, paga a doce el trabajo del día, y
al aprendiz según la regla, se lo paga a ocho. julio Rodríguez, que es el aprendiz, da
de su bolsillo los cuarenta centavos de la diferencia, para que entre el precio entero en
el tesoro, "para que no sufra la patria."
Del Cayo, camino de Ocala, salió en estos días, recio y erguido, un cubano a quien le
cuelga la barba blanca por el pecho. Cincuenta años hace que está batallando por la
independencia de su país: ¿qué mucho, bravo anciano, que te parece lento todo? El puso
el pecho, de los primeros, a las balas de España, no cuando el entusiasmo popular daba a
la muerte aire de fiesta, y se alzó Cuba toda, sino cuando, con sublime sacrificio, se
lanzaban unos pocos a la muerte casi cierta. ¿Somos tan justos como debíamos ser, tan
agradecidos como debíamos, con esta vanguardia gloriosa, con estos sagrados veteranos del
honor cubano? Porque ellos deben sentir que en su corazón nació su pueblo. ¿Qué
hallará, más que hijos, en Ocala el indomable Juan Arnao?
(18 de junio de 1892)
EL CAPITÁN JAMES LYNCH
A Patria visitó hace unos días un hombre alto cargado de años, pero fuerte,
de cuerpo huesudo que los años no han podido encorvar, ni quitarle la marcial apostura.
Venía del Cayo, y casi sus primeras palabras fueron para satisfacer las ansias que aquí
tenemos de saber de la salud del nobílisímo anciano, Ambrosio González, su compañero
en la expedición a Cárdenas.
¡Con qué cariño habló de este patriota que fue el primer cubano que derramó sangre
en combate, por libertar a su tierra: de este anciano que en el invierno de la vida, se
erguía en su silla de inválido, y extendiendo los brazos lleno de convicción saludaba,
con el rostro iluminado por algún presentimiento sublime, al sol naciente, a los hombres
que pondrán muy alto la bandera que desplegaron aquella mañana memorable
Lynch fue el capitán de artillería que la defendió con sus cañones; Lynch fue el
que disparó el primer tiro. Y hoy al contar Lynch cómo aquella "expedición
magnífica de más de quinientos hombres a cuya cabeza iba un hombre valerosísimo
fracasó por ser un movimiento aislado, al cual las diversas regiones no habían dado su
aprobación," siente toda la sangre que se le rejuvenece y exclama al despedirse:
"Yo quisiera disparar el último tiro." Capitán Lynch, Cuba acepta la espada de
los hombres que respetan a los hombres, que no desean ahogar las aspiraciones de un pueblo
que no quiere, ni necesita, tutelas, sean europeas o americanas. Patria saluda al
capitán de artillería James Lynch.
(3 de Septiembre de 1892)
EL GENERAL AMBROSIO JOSÉ GONZÁLEZ
Por la pluma más autorizada para narrar su existencia hermosa, por la pluma de Gonzalo
de Quesada, que ha suavizado con su cariño la ultima almohada del primer herido de la
revolución, revivió Patria, en su número pasado, el recuerdo del viejo caballero
de la libertad que alza la mano del blanco lienzo de su cama de agonía para saludar leal,
al sol naciente; que adora, en su cama postrado, la patria que lo olvida; que amó a la
patria por el amor puro de ella, y no por el provecho o la fama que pudieran venirle del
venal amor, que no desertó de la patria en cuanto el servicio de ella no le pudo traer
fama o provecho. Como el de un padre publica Patria, callada como todo gran
cariño, el retrato de su general enfermo.
(7 de Enero de 1893)
ANA OTERO, EL 3 DE FEBRERO
Por modesta, por buena, por generosa, porque ama de verdad a su pueblo y a su arte, y
da siempre a un amor los acentos del otro, tiene Patria especial cariño a Ana
Otero, la pianista afamada puertorriqueña, la que alabo como alaba pocas veces el severo
Marmontel. ¿Quién ha olvidado su música, a la vez arrulladora y vibrante, quién que la
oyó, en su primera hora de triunfo, la noche colombiana de la Sociedad Literaria
Hispanoamericana? Parecía hermana de todos; y los laureles a sus pies parecían
violetas.
Al fin, el 3 de febrero, va a oírla el gran público, y la ocasión será sin duda,
para nosotros, inolvidable. Allí recibirá, de manos de otros países, el aplauso que
todo artista debe a quien honra su arte; pero por sobre él ¿corno no sabrá la hermana
querida conocer, por su fuego y orgullo, el de sus cubanos y sus puertorriqueños?
(21 de Enero de 1893)
IGNACIO MORA
Patria no tiene espacio suficiente para publicar cuanto de interesante y noble
hay en la biografía que de este periodista y mártir de la revolución ha reunido en un
estudio imparcial Gonzalo de Quesada. Pronto verá la luz publica, en forma de folleto, la
vida del patriota que desde los veinte años, en la época de López, hasta su
insulamiento como prisionero de guerra en Chorrillo durante un cuarto de siglo, fue buen
ejemplo de la tenacidad camagüeyana.
Y no sólo es de justicia sacar del olvido en que yacen a muchos hombres que
contribuyeron de un modo u otro a nuestra dignificación, sino que hoy, cuando en los
cubanos desconocedores de su país hay el temor sincero de que sus compatriotas no se
basten para la creación del pueblo libre, es de importancia primera dar prueba viva de
los caracteres fuertes y numerosos por donde se ha revelado la capacidad de Cuba, para
adquirir en la prueba heroica las virtudes necesarias a la administración de la libertad
conseguida por el heroísmo.
Por eso se ha de celebrar, por lo justiciera y oportuna, la próxima publicación del
bosquejo de Ignacio Mora, propagandista entusiasta entre la juventud del Tínirna que
secundó a la valerosa Bayamo en la hora crítica del levantamiento; adversario enérgico
y lleno de elocuencia solo en las Minas, y con Agramonte y otros de su talla en las
Clavellinas de los proyectos cobardes e intenciones traicioneras de Napoleón Arango;
diplomático sagaz que contribuyó, más que nadie, a destruir en momentos trascendentales
los celos de comarca que con tanto interés había fomentado, y quisiera fomentar siempre
para nuestra derrota, el astuto gobierno español; político inteligente y hábil que
desempeñó puestos de importancia en la república; hombre intachable en el hogar, que
cuando el asesinato de sus hermanas, puso en frases cáusticas y de gran corazón la
sentencia de la posteridad para sus verdugos; escritor que levantaba el ánimo de sus
compañeros con artículos briosos, en el periódico que fundo en Guáimaro, El Mambí;
cubano que no manchó el honor suyo y de su patria por salvarse de la muerte; que cayó
fiel a la defensora de los derechos de la mujer cubana, a su colaboradora asidua, a su
esposa ejemplar, a su Anita, fiel a su conciencia, fiel a la causa de la libertad de Cuba.
Al recordarlo hoy, en el mes en que nació y en que fueron sacrificadas Mercedes y
Juana Mora, poniendo a la cabeza de estas líneas su rostro bello y viril, no hay nada que
mejor pruebe la rebeldía y pureza de su patriotismo, que la protesta que lanzó al mundo
y a su Camagüey, en los momentos en que los flojos o los de poca fe abandonaban el campo
que sólo se puede abandonar cuando ondea sobre él, después de la victoria definitiva,
la bandera de la estrella solitaria, y en la cuna misma del Lugareño desahogaban
su despecho, y espíritu mezquino y repugnante, que no podía ser la expresión del
Camagüey heroico.
Para que la lean los de afuera y los de adentro, flojos o pocos de fe, que no ayuden
mañana, cuando sus hermanos estén en el campo que no se abandonara hasta que nazca de
él la República de Cuba; para que el Camagüey de 1892 vea, y sea, lo que era el
Camagüey de 1872, ponemos al calce de estas líneas el documento que ratificó con su
sangre tres años después Ignacio Mora.
(28 de Enero de 1893)
DOLOR INJUSTO
No tuvo Cuba en sus días verdaderos, en los días únicos de su historia que pueden
recordarse sin rubor, hijo más fiel que el que nos vino de Colombia, y echó raíces en
Cuba por su sangre y por su matrimonio que el teniente coronel José Rogelio del
Castillo. Por su fidelidad y serena bravura, por su desinterés y juicio lo amaron sus
compañeros de batalla: por el decoro del hogar que con su trabajo levantó en el
destierro, por el tesón y pureza singulares de su vida, por el calor de su corazón, y su
abnegación de sencillez sublime, lo aman, corno a un hermano, los que lo ven vivir en
esta tregua desasosegada. Ahora, en el Cayo afligido, ha cerrado los ojos la pobre
compañera. Las hijas, casi recién nacidas, no se quedarán sin madre. El que ayudó a
hacer un pueblo es dueño de todas sus casas.
(19 de Agosto de 1893)
HILARIO CISNEROS
Un día, poco después del Zanjón, iba al vapor del destierro el primer cubano a quien
prendió España en La Habana por aquella época, el que es hoy Delegado del Partido
Revolucionario Cubano. De la Plaza Vieja, llena todavía a aquella fecha de uniformes
azules, salió un hombre de media edad, se llegó al estribo, y se quitó el sombrero: era
Hilario Cisneros, que acaba de morir.
Por su parte activa en la emigración de 1868 lo conocen otros, o como criollo tenaz de
antes, o como abogado, o como conciliador, mas benévolo que feliz, en la falsedad y
teatro de estos últimos años de Cuba. Patria lo recordará como se le vio en New
York en sus días mejores: sentado en las noches de frío, a la hora de enseñar, entre
los humildes del mundo.
(6 de Octubre de 1893)
ELECCIONES EN JAMAICA
De lo más triste en las obras que requieren conjunto de hombres, tan triste que a
veces afea toda la vida, es la turbación del servicio público o su flojedad, por las
pasiones que empequeñecen la naturaleza humana; ni hay cuadro más bello, aunque el mundo
no le calce marco de oro, que el de un hombre que pone entera y pura su persona al
servicio de su patria, que la ama por ella, y por su desdicha, y por la pureza y gloria
que en ella hay, y goza más cuando crece a su alrededor la autoridad del hombre que
cuando le premian o reconocen la natural suya. En realidad, la autoridad degrada, cuando
no es depósito y encargo de los que la han de acatar: porque toda otra especie de
autoridad indica rebajamiento o cercén de los que la soportan; y sólo el hombre de baja
o grosera naturaleza ve sin amargura la bajeza de los demás hombres. El gozo es verlos
francos, aun en el error, y con la dignidad del libre pensamiento, y la belleza y paz
natural de su ejercicio.
Lo que va dicho no es sólo la verdad que es, sino el elogio merecido del desinterés,
de la fe cubana, de la pureza pública de José Francisco Pérez, nuevo presidente del
Cuerpo de Consejo de Jamaica.
(28 de Noviembre de 1893)
ADIÓS A UNA HERMANA
En la modestia de su corazón, rodeada de fraternal respeto, querida aun por quienes
no la conocían de cerca como algo de la casa propia, ausente de todo bullicio, presente
en toda desventura, vivía en Nueva York, de años atrás, la hermana del magnánimo
puertorriqueño, Demetria Betances. Sólo la virtud sabía el camino de su casa. Ella, que
no supo nunca dónde vive la pompa, sabía siempre dónde habitaba la desdicha. Ella no
quiso vivir en su tierra esclava, ni en tierra alguna que padeciese de tirano, aunque
tuviera nombre de libre. Ella nos bordaba la bandera, compraba de su trabajo la orla de
oro, ponía un ramo de flores de su mano en la tribuna del orador o en la sepultura del
héroe, animaba con su recto consejo y su pasión de la libertad a los que parecían
cansarse o extraviarse en el camino. El trabajo era su deleite: su oficio, la piedad: el
hermano honrado, su ídolo: Borinquen, su corazón. El fuego la consumió, porque ella,
que fue en vida como llama pura, que ninguna tormenta abatía ni apagaba, quiso morir
corno una llama. El horno del crematorio recibió su cuerpo, y su memoria Cuba y Puerto
Rico. En la hoguera echaron tres ofrendas: una era la corona del fiel Juan, de
siemprevivas y de cintas blancas; otra, la de la amistad del doctor Henna, que decía:
"De tu patria Borinquen"; la otra era una estrella de flores del Club Cuerpo
de Ingenieros, de flores cubanas.
(2 de Marzo de 1894)
ISABEL FIGUEREDO DE LUFRIU *
Tiene el día un instante de ígnea claridad, en que se inundan como de un oro rojo los
campos y las montañas, y es la tierra toda, mientras dura el esplendor, limpieza y
triunfo: es la hora en que el sol rompe sobre la tierra reposada. Como con ese fuego, mas
sin nube ni noche, es el amor a Cuba en la casa errante de las hijas de Pedro Figueredo,
aquél de los primeros, de los que fe resolvieron y empujaron a los apoltronados y
cobardes, de los ricos de Bayamo que pusieron fuego a sus casas mas para saludar con digna
antorcha el nacimiento de la patria libre que para quemarle el asilo a la tropa cercana de
Valmaseda. El fue de los que oyeron, en la oscuridad indecisa, el grito misterioso que
puede mas que el interés impuro, y es la verdadera razón: ¿qué vale, ricos inútiles,
tener un potrero prospero y un hijo que ha de criarse, para que no salga nulo o vil, en la
tierra extranjera, y sólo a fuerza de cobardía y de mentira podrá vivir en la tierra
propia? ¿o vale más un potrero que un hijo? ¿y la panza en esta vida que el contento y
la luz del alma que sale honrada de ella? ¿y el vivir bien ahíto, acaudalando y riendo,
mientras los rufianes malignos y lerdos se extienden por sobre la riqueza y el honor de
nuestra patria, y nos echan de nuestra cuna, como los yankees a los últimos
californianos, poniendo fuego en torno de la casa de la gente dormida, cercando con la
deshonra diaria al pueblo dormido? No: más vale morir peleando como Perucho Figueredo,
padre de la revolución, y de la hija leal que halló imposible la vida esclava en la
tierra donde su padre, enajenado del contento, les prendió a los hombres, cuando la
primera procesión de Cuba libre, el velo azul de la libertad. ¡Con qué vida se le
iluminaban los ojos a Isabel Figueredo, a la compañera amada del leal Lufríu, cuando,
alrededor de una mesa de familia, se decía esta hazaña o aquella, de las que vio con sus
ojos, y ya no puede ver! ¡Con qué ternura servía el manjar hecho de sus manos a los
buenos defensores del honor del país! ¡Con qué magnífico desprecio, y airado ademán
de la cabeza, aludía a esos hombres de Cuba, encubridores y cómplices de su propia
infamia, que "tienen menos valor que nosotras las mujeres"! Y ella, la hija de
ricos, vivía casi feliz, corno tanto rico de ayer, en el arenal donde la virtud
majestuosa ha visto purificarse a las puertas de Cuba la esclavitud y el trabajo, donde
el cubano infeliz dice, apenas sale de la sombra de las fortalezas, la verdad imperecedera
d e su corazón. La familia es ésa, y la única familia del mundo: las almas honradas. Al
vil, se le ha de decir vil. O se pasa por su lado, en silencio compasivo. A las mujeres
fieles a la desdicha y grandeza de la libertad, a la guerra terrible y al hogar pobre, se
las quiere desde las entrañas, como a Isabel Figueredo.
* Este trabajo es parte de un "En Casa." A
continuación aparece el dedicado a "Marco Aurelio Soto" (VIII, 237), cuya fecha
de publicación se ha dado, con frecuencia, equivocada.
(15 de Septiembre de 1894)
ENRIQUE LOYNAZ DEL CASTILLO
A los brazos de los cubanos de Nueva York, ansiosos de ver fuera de peligro la vida
briosa y útil del sereno compatriota, llegó ayer, del afecto entusiasta con que le han
despedido sus numerosos amigos de Costa Rica, Enrique Loynaz del Castillo. Patria
pudiera ser tachada de parcial amiga, por conocerse en ella tan de cerca al valeroso
joven, si hiciese aquí más que asegurarle de la ternura con que los que conocen su
denuedo le ven salvo de las asechanzas a que un rasgo enérgico de su pluma acaba de
exponer su vida. Él es de los que clava la pluma al sol, y pone el pecho a mantenerla.
Del humo de la sangrienta refriega, y de muy valiosas demostraciones del cariño cubano y
costarricense, llega Loynaz del Castillo a lo mejor, a lo que ama y espera, del corazón
de sus conciudadanos.
(24 de Noviembre de 1894)