PUEBLOS NUEVOS*
Por nuestra América abundan, de pura flojera de carácter, de puro carácter inepto y
segundón, de pura impaciencia y carácter imitativo, los iberófilos, los galófilos, los
yankófilos, los que no conocen el placer profundo de amasar la grandeza con las propias
manos, los que no le tienen fe a la semilla del país, y se mandan a hacer el alma fuera,
corno los trajes, y como los zapatos. De memoria debieran aprenderse todos, aplicándola a
nuestra América, esta justicia del abogado norteamericano Coudert, cuando habló de
Francia en el banquete que dio la Cámara de Comercio de New York a Whitelaw Reid. Dijo
Coudert
"El experimento del gobierno libre se está allá haciendo por una nación bajo
cuyo suelo duermen cincuenta generaciones de hombres, nacidos y criados en un sistema que
hacía a un ser humano, por el accidente del nacimiento, superior a todos los demás: ¿a
quién ha de maravillar, sino a la gente ligera y miope, que no haya entrado la nación de
un salto en las excelencias del sistema en que no fue criada? Los hábitos de cincuenta
generaciones no se sacuden en un día. Y hay que advertir que democracia y república no
son términos equivalentes."
(14 de Mayo de 1892)
*Uno de los más importantes trabajos de Martí sobre el
tema de esta sección se titula "La verdad sobre los Estados Unidos." Fue
publicado en el número 104 de Patria, el 23 de marzo de 1894, y reproducida su
última parte, con el título de "Apuntes sobre los Estados Unidos," en el
número 107, el 10 de abril del mismo año. Ese artículo es quizás el que contiene los
juicios más severos de Martí sobre los Estados Unidos, y el mejor ejemplo de sus temores
y advertencias por la que entonces calificó de "república autoritaria y
codiciosa." Al igual que en este breve escrito, "Pueblos nuevos," donde
censura entre otros extrañamientos -vicio que siempre repugnó a Martí- el de los
"yankófilos," en "La verdad sobre los Estados Unidos" censura la
"yanquimanía." Por razones que no sabemos explicar, este último, de crítica
para los que prefieren en sus países doctrinas extranjeras -de los que dice aquí con
metáfora incisiva que "se mandan a hacer el alma fuera, como los trajes, y como los
zapatos" se ha omitido en la última colección de sus Obras Completas,
de la Editorial Nacional de Cuba (1963-1966), realizada, como dice el prólogo, "por
el esfuerzo unido del Consejo Nacional de Cultura, la Editorial Nacional y el Consejo
Nacional de Universidades." No se incluye en este libro dicho artículo pues no
es, ni mucho menos, desconocido: por su importancia se ha publicado varias veces en
revistas, periódicos y antologías desde su primera reproducción en 1912, incluso en las
Obras Completas de la Editorial Lex, en la edición de 1946, la de 1953 y en
reproducción que hizo de ellas en Venezuela, en 1964, Jorge Quintana.
LA REUNIÓN DE FILADELFIA
Que los cubanos, ordenados al fin para el esfuerzo decisivo de su libertad, lo celebren
y proclamen, es más natural, sin duda, que el entusiasmo, nunca tan bien dirigido corno
se pudo, de los norteamericanos por la independencia de Cuba. Y ése fue el servicio y la
significación especial, de la reunión última de Filadelfia, el 3 de octubre; servicio
grande, porque las guerras no están sólo en empezarlas, sino en seguirlas, y esta vez se
ha de mover cuanta entraña noble tenga el mundo. Abréviese el sacrificio, ya que no se
le puede evitar. Inspírese respeto y afecto a los que pudieran volver a vernos con los
brazos cruzados en la gran lucha. Muestren, sobre todo, virilidad a un pueblo viril. El
desdén temible, y ciertamente peligroso, del Norte por nuestros pueblos, viene, más que
de raza o agresión nativa, del desconocimiento en que esta el Norte de nuestros
sacrificios y méritos reales, así como la ciega y extemporánea afición a todo lo de
Norte América, y la desconfianza de lo propio nuestro que suele acompañarla, viene del
desconocimiento, total o poco menos entre los cubanos, de aquellas mismas pasiones, odios
y rivalidades que en la guerra y primeros acomodos de los Estados Unidos, amenazaran,
tenaces y sórdidos, la existencia de las trece colonias, como pudieran mañana amenazar
la de nuestra república.
Hermosa fue, en verdad, la reunión filadelfiana. El Club Silverio del Prado
tenía invitado al Delegado, su Presidente Honorario, a una recepción de cariño. Y el
Delegado no hallo solo al club, sino a los demás de Filadelfia, y al de las Hermanas
generosas, presididas por anciana nobilísima, y con ellos a gente mucha y granada de
habla inglesa; a nombres ilustres de la guerra de independencia del Norte; a héroes vivos
de la guerra del Sur, necesaria por la inhumanidad y transacción inútil de la primera
república. En la sala de los veteranos, prestada por el Puesto No. 35 a Cuba, fue la
reunión, y aquellas manos amigas habían puesto, de guardas de la tribuna, el pabellón
cubano al lado del Norte al lado del que su escuadrón sacó vencedor de la pelea, y del
negro y amarillo de la caballería yankee: flotaban, suntuosas, las cuatro
banderas. Detrás de los asientos de la presidencia, el caballo embalsamado de Sheridan,
el busto de Washington, y el retrato de John Brown. Y aquí Patria ha de callar, ya
por falta de espacio, porque, con no decir más que la verdad, pudiese parecer lisonjera.
Apenas se hablo en español en la noche memorable. El abogado Scott habló, y el general
Lieper, y el coronel Rudolph. Con el arranque de su abundante corazón, habló en inglés,
ante entusiasmo visible, el útil e impetuoso Marcos Morales. Lo que el Delegado dijo,
sobre la composición y capacidad de gobierno de su pueblo, y naturaleza de las relaciones
posibles y duraderas entre él y el Norte, sobre la caballería del Norte y la de Cuba,
sobre Henry Reeve, vibró por largo tiempo en la sala de la reuni6n, y en el banquete que
siguió en seguida, y fue hora que no olvidarán jamás los que en ella vieron palpitar
juntos corazones del Norte y del trópico, cuya amistad es posible y necesaria. jamás
olvidarán, por lo elocuentes y sustanciosas, y sus magníficas imágenes, las palabras de
Laforest Perry; jamas las de un anciano, curtido por las guerras, que anunció a Cuba la
paz que veía garantizada en el pensamiento republicano y la virtud diaria y patente de
sus hijos; jamás el elogio conmovido del comandante Paul, ni la ayuda briosa del coronel
Elliot: jamás, o raras veces, se unieron tan bien, como en la noche feliz de Silverio
del Prado, los cubanos libres, y los que deben conocerlos y amarlos.
(10 de Octubre de 1893)
LA "PRINCESA NICOTINA"
En el Casino de New York, cargado de oros, vermellones y verdes, y con columnas de
palmero como las del teatro de Apolo en Madrid, están poniendo, ahora en escena una
opereta con el nombre de "Princesa Nicotina." La escena pasa en Cuba, en una
vega, aunque la ópera no sea más que la leyenda deformada de "El Sombrero de Tres
Picos," donde el Tío Lucas se llama Chico, y la lozana Francisca responde por Rosa.
Pero no vale la pena de malgastar renglones alzándole los puntos a una opereja ruin, sin
más sentido que el de la hermosura verdadera y famosa de la actriz que se hace bautizar
en ella, de manos de un obispo de teja negra, con el nombre extravagante y vicioso de
"Princesa Nicotina." De seguro que para poder encajar en la opereta el singular
bautizo, e imponer en público la dignidad de princesa a la rubia Lillian Russell, mudaron
los autores remendones la escena del "Sombrero" a una vega de Cuba, que por
color único tiene un bailucho de chicuelos del Sur, que acá llaman
"pickaninies": bailan descalzos, vociferando, descolgándose de las caderas,
dando vueltas de carnero. Y eso es cuanto hay allí de vega cubana.
Lo que un hombre de habla española ha de notar en la opereta, es una frase donde
rebosan el desdén e ignorancia de la masa del Norte, y en la masa el frac y él
chaquetón, por los países que desde lo de Texas a acá les parecen muy fáciles de
vencer, sin tener en cuenta nuestras luchas sublimes, sin conocer las leyendas de valor y
sacrificios de nuestras tierras más míseras, sin saber de la guerra de la nueva Troya
cuando el sitio de Montevideo, ni de la guerra contra Maximiliano, ni de nuestra guerra de
Cuba. Y en México mismo, cuando lo de Texas, ¿acaso se hubiera entrado Scott tan fácil
por el país a no entrarse por la división entre el general Victoria y el general Santa
Anna? La rivalidad entre los dos generales dio el rápido triunfo al yankee: los
mexicanos de veras ¡ésos murieron, héroes de dieciséis años, sobre la lava que debió
revivir del cerro de Chapultepec! Pero queda la leyenda, que nuestros pueblos perezosos no
cuidan de desvanecer, nuestros pueblos que debieran, donde la viese todo el mundo, tener
alzada aquí, en la lengua del país, tribuna de dignidad y de defensa. Salvarse es
prever, y el que deja abierto el camino, y no le pone barras de antemano, hallará que el
mejor día se le aparece a la cabecera Scott, con su mundo de rubios. Téngase siempre
ante los ojos la novela Niñita, de una mano que se debió caer al escribir:
"Niñita" es la india enamorada, la india linda que da su flor y vida a un
maquinista vermontés; y las cosas suceden de manera que el yankee herido,
caballero en su locomotora, entra vencedor en tierra mexicana; y pasa sobre el cuerpo de
"Niñita," que se echa sollozando sobre los rieles; y que lo amó en hora
infeliz.
Lo de la "Princesa" es esto. Un alguacil, un alguacil de Cuba con chaquetilla
de seda verde y sombrero de lentejuelas, le dice a su compañero, aludiendo a miedo:
Un caballero español sabe siempre retirarse a punto.
Y esa f rase es la única que arranca, corno frase, un murmullo de aprobación
satisfecha al público: y una noche arrancó aplausos. Se siente en la concurrencia, de
frac y chaquetón, como cuando un pavo se infla. Es un rumor regocijado, contra el que hay
que alzar tribuna. ¡La mejor, para nosotros los cubanos, es mostrar que sabemos
aprovechar la libertad extranjera en constituir, por el valor independiente de nuestro
brazo, un pueblo culto y trabajador a las puertas mismas de los que nos desdeñan!
(28 de Noviembre de 1893)
LA HUELGA EN EL NORTE
A ningún observador que busque la fruta debajo de la corteza, causará asombro la
energía con que ha estallado por el Oeste el descontento, que es ya cólera, contra la
política de compra y venta que tiene ya en el Norte sin vías de satisfacción a las
libertades ahogadas. La huelga de los obreros de Pullman fue el mero pretexto, acogido con
tanta más prisa cuanto que la sedosa tiranía del inventor de ayer, que surte bibliotecas
y aplasta hombres, viene siendo de atrás el tipo del rico irrespetuoso que, en pago de un
poco de bienestar físico, de unas cuantas calles sin polvo y unas yardas de alfombra para
el comedor, exige a sus semejantes que se le aflojen y rindan en la defensa de sus
derechos. Las muchedumbres incultas y dolorosas que trajo de las tierras europeas, al
país sin mercados suficientes, el proteccionismo imprevisor, hallaron en la huelga modo
de exhalar la sorda ira con que ven año sobre año coligarse frente a ellas, con la
política venal a los pies, a la riqueza que da en las elecciones, expresión aquí de la
esperanza y la justicia, los caudales que compran los votos, y para luego el partido
electo con leyes favorables a los intereses que lo trajeron al poder. Más descompuestas
de lo usual hallo hoy la huelga a las masas, miserables en el ocio forzoso, porque el año
todo ha sido de indignación justa y creciente contra el partido que fue electo para
reducir el costo de la producción y de la vida a términos que permitiesen el empleo de
los millones de brazos desocupados, y la venta a precios viables de los artículos que a
más costo no pueden competir con sus rivales más baratos en los mercados del mundo; y el
partido que debió su elección a esta esperanza aguda del país, y azorado y hambriento,
mantiene en su tarifa nueva, sordo a la marea nacional, los derechos de entrada que
producen al fabricante aislado un beneficio pasajero, tan tentador como engañoso, e
impiden la rebaja indispensable de los artículos de vida, y la manufactura de objetos
vendibles, en el mundo ya ahíto, a precios que permitan el empleo de los brazos
desesperados. Además, de ley en ley, y por la descarada connivencia de los legisladores
pagados o interesados y las empresas y monopolios que los mantienen en sus puestos y
pueden echarlos de ellos, o compran y logran la elección de sus representantes, han
venido los ferrocarriles, que son ahora a modo de feudalismo de la república, y entraban
al presidente que no les obedece, como los señores entrababan al rey a ser objeto de
odio, a fuerza de descarada tiranía, de los que, ricos o pobres, los alimentan con el
producto primario de su trabajo.
La huelga, pues, de los obreros de Pullman no es un suceso aislado, que haya de verse
secamente como un hecho sin raíces, sino la manifestación violenta y lógica de la
actual condición revolucionaria de los Estados Unidos, provocada por la organización
monárquica, venal, egoísta, que velozmente han dado a la república.
(14 de julio de 1894)