¡Oh la música! ¡ésa era la hora grande! ¡es lo divino del mundo, entrar al combate
con música!" Así decía, relampagueantes los ojos, un cubano de la guerra que da la
mitad de su jornal a un amigo enfermo, que a poco pierde la vida en campaña por asilar en
mal momento a un español. Pero le preguntaban por las cosas de más necesidad en el
campo; y él, que con un boniato tiene comida para el día, dijo que, entre lo más
necesario, estaba la música. ¿Será que junta la música, a la hora en que se destruye;
que levanta, a la hora en que se cae? ¿Será augurio de la entrada triunfal en el mundo
venidero, luego de haber subido, con la virtud al hombro, el peldaño de éste? Ello es
que la música aviva la luz y duplica el valor.
En el destierro, aprieta los corazones, por lo mismo que suele entristecerlos la
música de la patria. La bienvenida ha de ser calurosa, para esos dos cubanos que saben
mover las almas con los acordes del país. ¡Ah, qué triste y terrible, el pot-pourri
cubano de ahora, cuando llega a los lúgubres ñáñigos! Y se ve avillanarse la música,
como nos han avillanado el país. Pero Angelino Horruitiner y Adolfo Huarte vienen a tocar
las canciones queridas, el sollozante vals, las danzas que parecieron bien a Verdi, y han
nacido a veces, como tema esencial, de un lamento de esclavitud, o un alarido de victoria.
El floreo es lo de menos en la danza: en la frase inicial de ellas está tal vez, aun más
que en nuestras Canciones, la originalidad de nuestra música nativa. Y Horruitiner y
Huarte merecen la celebración, porque donde tocan ellos, ha de estar la bandera cubana.
(21 de Mayo de 1892)
CLUB JOSÉ MARTÍ
El diez de julio ofrece el Club José Martí a sus miembros entusiastas, y a
todos los cubanos que se interesen en las cuestiones patrias, sean o no miembros de alguna
de las agrupaciones políticas de la localidad, la segunda conferencia que está a cargo
del señor Rafael de Castro Palomino. El Club invitará a que tomen parte en estas
lecciones de política práctica y de enseñanza republicana a cuantos por su ilustración
y servicios revolucionarios puedan servir a la causa de la independencia. Y bien hace el
Club en dirigirse, como ya se anuncia, a hombres de patriotismo tan probado, y de dotes
reconocidas corno el periodista infatigable Juan Bellido de Luna, corno el deportado
irreductible Félix Fuentes, como el guerrero médico José Miguel Párraga. Todo el que
quiera, con espíritu generoso y alma cubana, ayudar a nuestra obra de unificación,
encontrará hermanos cordiales en el Club José Martí.
(2 de julio de 1892)
GUARIONEX Y HATUEY
Con estos nombres de histórica justicia y con un cuerpo lucidísimo de
puertorriqueños y cubanos se ha formado en Port au Prince de Haití, un Club, decidido
con decisión grande, a fomentar con orden y ayudar con toda especie de fuerzas el
movimiento actual de independencia de Cuba y Puerto Rico.
Y es un Club en que no hay impedimenta; todos están jurados, primero a la prudencia
esencial a las obras grandes y durables, y después, y hasta el fin, al sacrificio
necesario, los cubanos y puertorriqueños de Haití, como los cubanos y puertorriqueños
de todas partes; acuden espontáneamente a los trabajos enérgicos de la independencia en
el Partido Revolucionario Cubano, acatan con vehemente entusiasmo su organización y
métodos actuales, y cumplen, en disciplina de idea, tributo de bolsa y sacrificio de
persona, con todos sus deberes, sin que a ellos, como a ningún otro grupo de
puertorriqueños y cubanos, se haya tenido que dirigir el Partido Revolucionario Cubano ni
de oficio ni privadamente en demanda de lo que ningún hombre entero debe esperar a que le
pidan, y cada cual debe cumplir con todos los sacrificios necesarios; y es, en el instante
de la agonía, la obligación de sacar del enemigo a la patria. Más diría, con más
libertad Patria de Guarionex y Hatuey si en honrosísimo artículo de sus
acuerdos de fundación, no hubiese nombrado a este periódico de todos, sin ira y sin
persona, órgano oficial del Club. Pero sí ha de decir, para que los virtuosos no se
cansen, que de los actos del Club, uno de los primeros ha sido, "proclamar miembro de
honor al ilustre antillano Doctor Betances."
(3 de Septiembre de 1892)
EL CONCIERTO DE ANA OTERO
No es sólo a la artista notable, toda fuego y verdad, a quien se prepara a dar prueba
ruidosa de cariño la familia de nuestra América en New York, en la noche en que exhibe
por primera vez al público del Norte sus talentos. Es a Ana Otero, la pianista generosa,
que está donde hay caridad, y a nada noble niega su concurso. Es a la querida hermana
puertorriqueña. Para pocas fiestas nuestras, en verdad, ha habido tan natural animación,
curiosidad tan afectuosa y tan tentador programa. ¿A quién sino a una artista de gran
valor y de noble corazón se ofrecería de acompañante el que es en su arte tan sincero
como en su vida, el maestro Emilio Agramonte?
(28 de Enero de 1893)
BANQUETE PATRIO DEL CLUB LAS
DOS ANTILLAS
De puertorriqueños y cubanos, como dice su nombre, esta hecho el Club Las Dos
Antillas, y como ellos conocen la razón y previsión de este movimiento
revolucionario, y lo ven más firme, por la fuerza de su sinceridad y cordialidad, a cada
asechanza, quieren dar muestra de su fe en una ocasión pública. Con el mantel del
trabajo cubrirán una mesa borinqueña, y se sentarán hombres buenos a su alrededor, como
si los presidiese Betances, como si les fuese a hablar Hostos, como si Gautier fuera a
decirles versos, como si los visitara el orador Corchado, como si hubieran vuelto de las
tumbas Baldorioty, que llevaba un pueblo en la mente, y Ruiz Belvis, que murió asesinado
cuando iba en busca de la libertad para su patria. Nos sentaremos orgullosos al mantel sin
mancha.
(21 de Noviembre de 1893)
LA CASA CUBANA. LA
REUNIÓN MENSUAL DE LOS CLUBS
¿Y con qué otro nombre que con éste de la Casa Cubana deberá ser llamada la
reunión mensual de los Clubs, a todos los cubanos abierta, a mujeres y a hombres, para
recordar en familia una vez al mes las cosas del país; para contarnos las hazañas de
nuestros héroes, y sus costumbres en la guerra, y nuestras costumbres; para oír nuestra
música y poesía, y cuanto, de los pueblos todos, anime la virtud y fortalezca el alma?
Ya está en camino la primera reunión, acordada en la sesión última del Cuerpo de
Consejo. Acá en New York vive la gente muy lejos una de otra, y el trabajo no da tiempo
ni para besar por la mañana a los hijos ni para llegar a la casa con sol; acá, los que
más se aman, apenas tienen tiempo de verse: suspiran todos por la ocasión frecuente de
verse en hermandad, de oír juntos las cosas de la tierra que juntos aman y preparan. Por
eso los Clubs deciden tener una reunión mensual, de patria amena, donde se oigan cuentos
de nuestra historia, y se lean versos de nuestros poetas, y se cante y toque nuestra
música triste, bien culta o guajira, y se represente nuestro teatro: hasta el teatro que
se escribió en la guerra están desenterrando los Clubs, y va a verse allí la comedia de
los tiempos heroicos. Por hoy nada más. Ya está en camino la reunión primera. Será en
verdad, en esta muerte del invierno, la Casa Cubana.
(21 de Noviembre de 1893)
LA SOCIEDAD CUBANA JOSÉ A.
CORTINA
Como hermanos nos queremos los hermanos de la Isla, los de adentro y los de afuera, por
más que el gobierno español, bien servido de pícaros, haya hecho, y siga haciendo
cuanto puede, con éxito nulo, para que nos entendamos mal los de acá y los de allá; lo
cual no puede ser, porque allá, por ciudades y montes, se quiere a los hermanos del
extranjero, y acá cuando los jóvenes cubanos se juntan en sociedad de recreo e
instrucción, le dan por nombre José Antonio Cortina.
El verano lo suspende aquí todo, como si la gente, en el invierno presa, se echara
alocada a la luz y la vida: con el frío vuelve la obra activa y continua, que en el
alboroto de los calores desmaya. La sociedad José Antonio Cortina va a trabajar
con brío este invierno: estudiará, tendrá reuniones, tal vez tendrá teatro, y en
cuanto a alma, será la suya la de aquel joven egregio, que estuvo siempre a punto de
abandonar los goces de Alcibíades, por el cadalso de Abasolo. Esta es su meritoria junta
directiva:
Presidente, lldefonso Rossi; Vice-presidente, Arturo Fernández; Secretario, Sebastián
Monagas; Tesorero, Francisco Santana; Director, Vicente Víllalonga; Vocales, Andrés
Armentero, Manuel Arozarena, José Losa, Benito Alfonso, Ángel Soria, Luis Fernández.
(21 de Noviembre de 1893)
JOSÉ DE LA LUZ
Ya es mitología lo de la pereza de los cubanos, y así se probó ayer, cuando unos
cuantos de ellos se juntaron en Brooklyn a poner por obra una casa gratuita de educación,
una casa de escuela de cordialidad y de patria. Conversando el sábado, se dijeron unos
cuatro amigos que estaría bien, por un rincón cómodo de Brooklyn, un cuarto de mucha
luz y estufa, abierto todas las noches de par en par, a que fueran allí los hijos todos
de Cuba, y los de España que quisieran ir, a leer y a aprender. Cundió la idea, que a
las pocas horas tenía ya doce fundadores; y ayer domingo, en una casa cariñosa y
sencilla de lo más alto de Brooklyn, en casa de Bonifacio Quintero, se juntaron, a pesar
de la mucha niebla y lluvia, los amigos de la idea, y ordenaron el programa oportuno y
viril de la inauguración, que será el sábado de esta semana. Del agradecimiento de
todos surgió el nombre: el cuarto de amistad y enseñanza, de calor en el invierno y de
preparación y fundación, se llamará José de la Luz.
La idea va a vivir, porque no se intentará sino lo que puede hacerse, y aquello de que
hay necesidad verdadera. En ostentación no se ha de gastar, sino en sillas de palo, gas y
carbón. En una esquina se pondrá un estante, y todos los generosos mandarán a él
libros. No habrá clases que mueran por falta de maestros o de alumnos. Los padres e hijos
que no sepan letras, tendrán allí un buen maestro primario en Raimundo Ramírez, que
cada día quiere ser mejor, y se pondrá de portero y cajero y secretario y alma de la
casa. La gramática por reglas es cosa nula: y Agapito Losa va a enseñar en la pizarra
viva el castellano sencillo y correcto, compuesto allí mismo de la idea natural de los
alumnos. De inglés va a haber un maestro asiduo. Y los demás conocimientos de geografía
e historia y política se englobarán en una serie de conferencias semanales, sujetas a
orden y correspondencia estricta, de modo que al fin del curso quede una idea general, de
las raíces, movimiento y tendencias del mundo, por esta serie de conferencias
históricas: el plan será uno, y los conferenciantes varios; las más veces serán
nuestros cubanos conocidos, y otras serán hermanos afamados y útiles de nuestra
América: ¡no hay como echar los corazones a rodar: y queda hecho el mundo!
La inauguración será el sábado, en el número 57 de la calle de
Concordé, en
Brooklyn, al pie mismo del puente. Ramírez, el iniciador, leerá un trabajo, de cuando
era maestro en el presidio de Ceuta. Losa, que tiene alma de evangelista, dirá algo sobre
el ansia de los cubanos por aprender. Sánchez, criollo culto e inspirado, leerá o
hablará. Gonzalo de Quesada, que será de los conferenciantes, dará allí como una
muestra de lo que las conferencias van a ser. Sotero Figueroa, que conoció en vida al
maestro Rafael, hablará de aquel negro sublime. Alguien dirá algo del dueño de nuestros
corazones, de don José de la Luz. Y así quedará el sábado establecida la casa de
aprender, con sus sillas de palo, con su estante de libros de regalo, con sus alumnos
fieles y sus maestros Útiles, con la estufa encendida en estas noches largas y viciosas
del invierno. Seguro porvenir espera a la casa, con secretario como Agapito Losa, hombre
seguro, cordial y modesto, y presidente como justo Osorio, el médico de los pobres, el
expedicionario del "Perrit" y el preso de Holguín, el laureado de las cátedras
madrileñas y parisienses, el que sacrifica las pompas del mundo por gozar, sin más freno
que la caridad, de la independencia de su carácter.
Pero es imposible decir adiós al tema sin recordar la casa de los Quintero, anoche,
cuando la organización. El padre es un cristiano militante, que se atufa de todo abuso o
servidumbre, y anda por el mundo erguido en la dignidad de su trabajo, sin más afán que
el de ver libre a su patria, libres, por su honradez y cultura, a sus conciudadanos. Los
tres hijos, ansiosos de saber, le ayudan a trabajar o inventar, a mantener su club cubano,
a abrir la casa nueva de educación: ¡ellos, de su salario, darán lo que se necesite! Y
las mujeres de la casa, bella la anciana como una joven, enamoradas las demás de la
bandera y el libro, animan, con su tierno entusiasmo, la obra de sus compañeros. Anoche,
al organizar la casa nueva, había afuera mucha niebla y lluvia, y adentro estaban los
Quintero, rodeados de amigos. Mano a mano y en hermandad verdadera estaban allí,
confiándose sus pecados y hablando de altas cosas, obreros de la mesa y del bufete,
doctos de la vida y de la humanidad, jóvenes apostólicos y calaveras arrepentidos: y el
de mirada más intensa y corazón mas caliente era un joven español, un asturiano. El
sábado se inaugura la casa nueva de José de la Luz, la casa de amistad y
enseñanza en Brooklyn, 57 Concord.
(5 de Diciembre de 1893)
EL CONSERVATORIO DE AGRAMONTE
Unas veces da vergüenza ser cubano, y otras da orgullo. Fue de orgullo legítimo la
noche del primer concierto trimestral de la Escuela de Opera y Oratorio que ha fundado en
New York Emilio Agramonte. Lo perfecto se ha de celebrar, aunque sea propio, y habría
malignidad y rareza, y forma punible de necedad, en no celebrar lo perfecto porque es
propio. De discípulos era el concierto, de los discípulos en que el alma vasta y
apasionada del maestro pone todo su fuego, elegancia y variedad; pero los mismos que han
echado canas en la buena música confesaron allí que pocas veces se oye, aun en ciudades
magnas, fiesta tan acabada y brillante, tan ordenada y múltiple, tan sincera y
artística, como este concierto primero del Conservatorio.
Ya la casa convida al arte fino, en sus salas de recibo que son como de hogar, con la
literatura toda de la música alta, y aquel ambiente de belleza que predispone a
expresarla y sentirla; con el salón privado e íntimo, de un piano que es como aire y
luz, donde los regaños del maestro no han de parecer mal, porque nadie los oye; con su
sala de ejercicios públicos, sin más adornos que los retratos, en buenas planchas
alemanas de los creadores del alto arte, de los que funden y juntan, en obras compuestas,
las emociones rebeldes del alma musical; con sus rincones de estudio arduo, sin el que no
hay éxito ni gloria. Por este encaje y armonía de artes varias es notable la escuela de
Agramonte, que en ella refleja su mérito total. Ordenar, Componer, son cosas difíciles.
El detalle es de todos, y de pocos el conjunto. Son raras, las cosas completas. Todo es
ensayo y tentativa. En la casa de arte, todo ha de hablar de arte: la alfombra, los
cuadros, el programa, cuanto se vea y respire. Y ésa fue la beldad del concierto: linda
casa, rica luz, música ferviente, discípulos elegantes, mujeres bellas. Era la
concurrencia de lo más fino de New York: manos otras veces altivas, se tendían ambas al
maestro, congratulándolo; de las discípulas artistas, parecía una, cubana por cierto,
como la griega que halló en Egipto el doctor alemán; otra era un Joshua Reynolds; otra,
con un botón en la cabecita rubia, era un pastel de Latour. Y esto se dice aquí, porque
parecía aquella beldad exterior corno parte natural de la música, dramática o delicada,
mansa o fogosa, sobria a la vez que viva.
Agramonte, por supuesto, era la escuela todo él. Con palabras como suyas, picantes e
independientes, contó el milagro de la escuela, que hace tres meses nació, en este año
en que anda a dieta todo el mundo, y ya tiene discípulas, de Norte y Sur América, en
número de ochenta y ocho. Se puso luego al piano, y era un gozo verlo. Las notas en sus
manos son cristal o tormenta, y encaje o carcajada, y lamento o regaño. A una trenodia
sigue una jácara. Los alumnos, en fila ante él, penden de su mirada vigilante, de sus
manos que desatan el canto o lo arremolinan, de su cabeza, que clava o empuja. El les pasa
su alma; canta con ellos; les salva la nota caída, o da rienda a la feliz; les va rizando
o midiendo la voz. El discípulo ayudado se abandona sin miedo. Alguno canta como si sólo
la voz fuese suya, y el alma con que canta fuese ajena: el alma del maestro. Casi nunca en
los conciertos se puede olvidar el frac de pacotilla, el traje de sarao, el libro
ridículo de los cantantes: y en este concierto se olvidó, porque estaba lleno de su tema
y pasión cada alumno, y el canto entendido daba la ilusión y el tono del teatro. Era la
romanza sentida, la canción picante, el dúo desgarrador, el trío brioso, toda el alma
humana, ligera o profunda. Era Emilio Agramonte.
Hombre tal, por supuesto, no enseña a gente nula. Si él toma discípulo, es porque
tiene mérito. Voz que él amaestre, es voz. Decir aquí el programa todo, no fuera
posible: la voz dramática y medida de Miss Atkinson; el sentimiento y finura del canto de
la añadió, sin decir su procedencia ni el autor, la primera parte de la lectura de
Martí en Steck Hall del 24 de enero de 1880, a partir de "El deber debe cumplirse
sencilla y naturalmente" (que aquí alteran a "El deber debe cumplirse natural y
sencillamente"), hasta "Y en las espaldas flageladas nacen alas.
"Primavera" de Miss Bennett; la "Suzon" franca e intencionada de Miss
Bliss; el canto altivo y rico de Miss Hills; el método abierto y seguro de Miss
Winchester; la gracia, a la vez francesa y criolla, de Josie Arias. Cada pieza tenía su
carácter: el acompañamiento sabio duraba lo que la nota: era aquello una serie de
sorpresas: nada podía borrar la anterior sino la que la seguía. El hombre mismo, que
suele ser en los conciertos mísera figura, brilló allí por su arranque y sinceridad. Un
buen bajo dio toda su bravura a la serenata de Mephisto; nuestro tenor Mazorra, cada día
más culto y desembarazado, dio a Gioconda todo su sentido, y Holt, el otro tenor, cantó
con voz intensa y precisa a Luisa Miller; Gogorza es el barítono, por su pasión, por su
drama, por su autoridad, por su fuego. Dígase en redondo, porque así es verdad, que no
hay teatro famoso donde más conmueva el dúo del viejo Duval y la señorita Vallerino,
que en esa "Traviata" de Gogorza y la Atkinson, ni el terceto de
"Fausto" que abrió el concierto pudiera ser mejor, ni el cuarteto de
"Rigoletto," con que acabó, que fue el desborde justo del entusiasmo mal
refrenado de la concurrencia: allí las pasiones varias, el ataque preciso, el duque
voluble, la valiente Gilda, la contralto ansiosa, el padre infeliz. Fue corno la hoja de
rosa en aquel vaso de hermosura el violín acabado, el violín fiel y rumoroso, de Carlos
Hasselbrink: tocó un Wagner que era como leer, con toda su intención de entraña, la
música dictatorial y pensada del de Bayreuth; y tocó una reverie tan sostenida y
melodiosa, y de pureza tal, que entre los príncipes de su arte no habrá quien la supere:
era volumen y riqueza, en un juego muy casto.
Cena fina, conversación cordial y baile íntimo acabaron la fiesta, hasta muy ida la
media noche, en los artísticos salones; pero ni el mérito de lo que se decía, que en
algunos grupos era mucho, ni la bienvenida a María Adán, más atractiva aún por la
modestia de su belleza que por su fama de pianista, ni la música de baile, afamada y
selecta, borraban del ánimo la impresión superior: el justo orgullo de ver admirado y
triunfante en tierra extraña al hombre de arte singular y sincero, que brega con la
música como un general con sus armas, a este honor de Cuba que se llama Emilio Agramonte.
(3 de Febrero de 1894)
NUESTRO CASTELLANOS
Poco importó la noche inclemente a la concurrencia grande, al éxito especial del
concierto de las discípulas de uno de los maestros más delicados y completos del arte
del piano: de Miguel Castellanos. Por su vasto conocimiento de la música y de su
literatura, como por el insuperable estudio de sus piezas favoritas, por la peculiar
honradez de su enseñanza, goza el maestro de una fama sólida entre cuantos conocen la
dificultad y abnegación del arte verdadero. Vive para su arte Castellanos, y no quiere
notoriedad violenta y pomposa, sino el culto de la música en que ha puesto lo más
delicado de su emoción, el alma humana. Por una nota general se distinguió el concierto
todo, y fue la precisión, la ejecución perlada, de las distinguidas discípulas. Se oyen
las notas vivas, desgranadas, cargadas de ideas y de sentimientos. Mazorra lució su
método elegante, y Pedro de Salazar rivalizaba en el violín inspirado y brioso, con el
piano, en verdad impecable, de nuestro joven maestro. La gloria de la noche fue, por
supuesto, la "Rapsodia húngara," que Castellanos tocó con la claridad, los
varios matices y la valentía que en su labor diaria y sincera comunica a sus discípulos.
(3 de Febrero de 1894)
CLUB BORINQUEN
Patria dedica un saludo cariñoso a este Club patriótico que no da al olvido su
historia pasada, y ratifica, activó y entusiasta, la fe jurada al ideal de la
independencia antillana.
Los manes de Ruiz Belvis y de Parrilla, no han de estremecerse avergonzados porque
vuelven, pie atrás, los que en el extranjero tienen libertad de acción para ir, juntos
con sus hermanos de Cuba, a la conquista de su nacionalidad. Los nombres, respetables y
queridos, de Betances y Hostos, revolucionarios indomables, aún son símbolos de entereza
viril y de nobles emulaciones; y ante ellos no hay puertorriqueño que no se descubra
reverente, ni nada que alcance a dividir lo que no puede dividirse: la estrecha fusión de
dos pueblos hermanos en esperanzas y dolores.
Por eso fue junta de concordia, la verificada por el Club Borinquen la noche del 5 del
corriente.
Unos doce miembros nuevos vinieron a unirse a los existentes, y entre los acuerdos
tomados fue uno nombrar socio honorario al Dr. Fermín Valdés Domínguez, como justo
tributo a sus altos merecimientos y como demostración de gratitud, ya que el valiente
vindicador de los estudiantes ha escrito un folleto de palpitante actualidad y lo regala
al Club Borinquen para aumentar con su producto los fondos de la agrupación de patriotas
fervorosos.
La Directiva del citado Club quedó formada del siguiente modo:
Presidente, Sotero Figueroa. Vice-presidente, Félix S. Yznaga. Tesorero, Juan Fraga.
Secretario, Domingo Collazo. Vocales, Isaac Delgado; Vicente Fernández; Leopoldo
Y ahora, a la labor revolucionaria, que los buenos no han de abandonar hasta que la
independencia de las Antillas no se consume.
(10 de Abril de 1894)
LAS ÓPERAS DE AGRAMONTE
Fue en uno de los teatros más bellos de New York, porque Emilio Agramonte sólo está
bien en lo vasto y en lo bello, y el canto es como un lujo del espíritu, que quiere a su
alrededor espacio y luz. Henchía la sala del Manhattan Athletic Club la más lucida
concurrencia, de norteamericanos, de hispanoamericanos, de los cubanos que ponemos por
sobre nuestra cabeza a este perfecto artista. ¿No es el artista verdadero, que ni en la
música, ni en su patria, soporta esclavitud o falsía? Del alma de Cuba indignada, presa
en él como en todo buen hijo, saca el triunfo de sus notas de guerra o de victoria, y el
fragor y remolino de la ira y tempestad, o la queja, que se entra como con las manos
abiertas por el alma. Ruge o adora. Ama la belleza con desinterés, y la fealdad, moral o
musical, lo mueve a indignación. Tiene todas las voces, y como el secreto revelado de las
pasiones todas. Su naturaleza dramática se reparte, vehemente, en sus asombrados
discípulos. Lo aman. El no busca fama inútil, ni dinero podrido, de ése que acaparan,
fáciles, por el mundo, los musicantes afeitados y sedosos. Para él la música es como
una suma de almas, y de las mejores almas, que del lenguaje incapaz se elevan y emancipan,
y ven, como por entre las nubes descogidas, las fuerzas deleitosas y armónicas del orbe.
El alma entera, donde Agramonte enseñe o aconseje, se ha de poner en cada nota, de modo
que al efecto no se llegue por el esfuerzo físico, áspero e ilógico, sino como la flor
natural de la pasión. Él, en su escuela, no engaña ni disculpa. No cante el que no
puede: y el que tenga voz, déjela de lado, si no le sale la música del alma, o entienda
el dolor y pasión de cada nota, y olvídese del mundo cuando se está exhalando en ella.
Exhalarse: eso es la música. El teatro, animadísimo, estaba lleno ya a primera hora,
como cuando se acude a solemnidad verdadera. Se quería aplaudir de nuevo, como en
"Traviata" y "Martha" y "Mefistofele" Y añadió, sin
decir su procedencia ni el autor, la primera parte de la lectura de Martí en Steck Hall
del 24 de enero de 1880, a partir de "El deber debe cumplirse sencilla y
naturalmente" (que aquí alteran a "El deber debe cumplirse natural y
sencillamente"), hasta "Y en las espaldas flageladas nacen alas.
"Fausto" los habían aplaudido ya, a los discípulos de este artista sincero.
La crónica menuda, por falta de espacio, fuera a Patria imposible. El conjunto
es lo hermoso: la pasión por la beldad musical, el espíritu del maestro, puntual y
disciplinado, en el mérito obediente de los discípulos, la admiración del público, y
el raro caso de su unión completa, y de dicha visible, con los artistas que lo conmueven
y levantan: el hombre es agradecido. Y luego, la sorpresa era grande: ¿Podrían aquellos
alumnos, en sus trajes de teatro, cantar con la pasión y el desembarazo de la escuela?
¿Sería el drama vibrante lo que se vería, la rabia del payaso "Tonio," el
amor desesperado de "Fernando," la gallardía del toreador
"Escamillo," y la abnegación de "Manrique," o sería el canto
desamado y frío, no como carne y hueso, sino como adorno que se pone y quita? Y eso es lo
que arrancó tanta salva de aplauso: la realidad, plañidera y conmovedora, con que Emilio
Gogorza, en su payaso consumado, contó su amor desoído por la "Nedda- en que lució
su voz, rica y flexible, la señora de Howells; el canto doliente de Ramiro Mazorra, en
su "Fernando" sentido, que a los consejos del concienzudo "Baltasar"
de Holt prefiere la sollozante "Leonora" de Miss Sara Carr; la plegaria de Miss
Winchester en "Aída," a los pies de la activa y bella "Amneris" de
Miss Jordan; el esplendor, no excedido en escena alguna, del coro de "Carmen,"
con aquella Miss Bliss, que era como amapola de Castilla, ebria de sol, y el añadió, sin
decir su procedencia ni el autor, la primera parte de la lectura de Martí en Steck Hall
del 24 de enero de 1880, a partir de "El deber debe cumplirse sencilla y
naturalmente" (que aquí alteran a "El deber debe cumplirse natural y
sencillamente"), hasta "Y en las espaldas flageladas nacen alas.
"Toreador" de Gogorza, ahogado en aplausos, dramático y preciso; y la
"Azucena" dolorosa de Miss Carr, que en el poder y corrección del canto lució
como igual junto al tenor venezolano, de fama y pericia, Fernando Michelena. El público,
arrebatado, aclamaba, vitoreaba, saludaba, no se cansaba de oír. Los intermedios eran un
cuchicheo de celebración ferviente. En verdad, la premura con que Patria habla de
esto es una falta de justicia: en Gogorza ha de saludarse a un caballero del arte, que lo
respeta, y se ve en él, y reveló en el payaso su nobleza, por la ternura que adivinó en
tipo tan caído y humilde: en Mazorra es muy de loar el sentimiento del canto, y el
prurito de no deslucir con la nota excesiva el romance de la expresión: Holt es
conciencia todo, y entra en la persona teatral como un creyente, cuidadoso y devoto:
Alberti fue delicado como "Silvio," airoso corno "Zúñiga," conciso
como "Luna": Michelena, seguro y desembarazado, es maestro de Manriques. ¿Y
qué cantatriz de oficio trina como la señora de Howells de misteriosa finura, cuando
imita, como "Nedda," a los pájaros enamorados? La voz va con la pasión en Miss
Sara Carr, sin ornamento fútil, y ardiente o desolada. Hubo drama veraz en el dúo de
"Aída" y "Amneris." Miss Bliss, en aquel cesto de flores de la escena
de "Carmen," era como un pájaro gorjeando travieso.
¿Y el piano de Emilio Agramonte que hacía de orquesta única? El era el canto de la
noche; él la escena; él el drama; él, suave o como despeñado, rendido y leve, a veces,
hasta parecer rumor, otras lento como un blando abrazo, era maravillosa clave de la
pasión del mundo, pálido de amor, tonante de ira, atormentado y luminoso como las horas
creadoras de la naturaleza. ¿Por qué no se ha de decir la verdad? No puede haber
organización musical, y esto no se dice por necio orgullo del terruño, más robusta,
completa y disciplinada que la de Emilio Agramonte. El tiene el genio, que es el ímpetu
regido por la moderación. Y como maestro es caritativo y enérgico: su piano reemplaza
las voces fallidas: un giro de sus ojos trae la nota a punto, o anima a la cobarde: va
guiando, generoso, el canto del discípulo, alzándolo o suavizándolo, marcando el
momento del abandono o el terror: el piano riza, descoge, arremolina, truena, cesa. No
respira el público asombrado. Agramonte, acabado cada acto, se esconde, como un culpable.
Pero otro mérito es muy de celebrar en esas óperas de alumnos, de tal modo
adiestrados que pocas veces se nota en los teatros de oficio emoción tal: en el pequeño
escenario, aderezado con limpio gusto, se movían los cantantes noveles, las actrices
tímidas, los coros numerosos, con la holgura de quien ha visto muchas tablas. Como de
consejo del instante, en aquellos actores inexpertos, parecía el ademán menor, y siempre
feliz: no hubo, en las cuatro operas, mano pesada, ni paso al revés, ni movimiento sin
gracia o sin sentido: y eso se hace sólo cuando el maestro entra en el carácter del
personaje y el corazón del músico, y con ellos por clave, acomoda a cada frase el gesto.
Honran a la señorita Anna Warren Story discípulos tales. Y Henry Lincoln Winter que los
alecciona aún más de cerca, ha de ser hombre de gran erudición literaria, de arte
natural, y de desinterés artístico.
Acabadas las óperas, el público no quería abandonar los asientos. Quería premiar al
artista extraordinario: otros, queríamos premiar al artista y al patriota. ¿de qué
sirve la gloria, cuando se la deslustra con la infidelidad o la tibieza para la patria
maltratada? De cubanos, y de damas y hombres ilustres de nuestra América, eran los
aplausos nutridos, los vivas al maestro, la ovación prolongada; pero el más grato
tributo, para quien conoce la aspereza de la tierra extranjera, era el cariño respetuoso
que resplandecía en la concurrencia norteamericana. Cuba, orgullosa, da a este buen hijo
las gracias.
(21 de Abril de 1894)
EN NEW ORLEANS. CÍRCULO
CUBANO-AMERICANO
Pocos cubanos viven tan unidos y honran a su patria como los de New Orleans, donde
palpita aún con toda su belleza y generosidad el alma de aquella emigración sensata y
querida, el alma del malogrado Dr. Juan G. Havá.
En la probidad y entusiasmo de José Echezabal se ve hoy aquel espíritu decidido: el Círculo
Cubano-Americano es como la manifestación visible de la energía y patriotismo de
nuestros hermanos. Los periódicos de New Orleans dan cuenta, con elogios merecidos, de la
linda fiesta con que celebró la Sociedad el aniversario de su organización. Los terrenos
espaciosos de la casa de Echezabal parecían fantástico recinto con las linternas
japonesas de capricho y los colores de las banderas cubanas y americanas entrelazados, y
la música fina, y la belleza y gracia incomparables de nuestras mujeres; y la cordialidad
y dicha de aquella concurrencia desbordante que hermoseaba la fiesta patriótica.
Echezabal habló desde la presidencia, con palabra elocuente, honda y sentida, como de
hombre que está en lo real de las cosas y de corazón templado al sacrificio. En el piano
y en el violín las señoras Challiot, Duvignon, las señoritas Arnold, Guisasola, Gaulios
y Caunerre realzaron la armonía de la función con sus notas dulces y correctas. Recitó,
con gusto, la señorita Anita González; Emilio González también arrancó aplausos con
su poema, y muchos fueron los que interrumpían a Campos cuando relataba en frases
sencillas y adecuadas, la historia del Círculo que con el tiempo gana en solidez
Y mérito; allí se unen los cubanos, allí es como un hogar grande donde todos vienen a
respirar el ambiente de la tierra lejana, allí es donde se piensa en ella y se trabaja
por su libertad.
De la libertad es adalid, la dama querida que brilla como poetisa y resplandece aún
mas como patriota, Belén de Miranda. Sus versos, a veces lágrimas del destierro, o
flores fragantes, que guarda su pecho leal, fueron aquella, noche de lo más gustado, y ni
aun el baile bullicioso de después pudo destruir la impresión de las estrofas de la
camagüeyana desterrada.
Corno celebraron en New Orleans los cubanos su fiesta, acordándose de la patria y
estrechándose para ayudar a salvarla, es como deben, y del único modo que tienen derecho
los cubanos, a entregarse a la diversión. No en balde esperamos el triunfo: reúnanse
nuestros compatriotas así, y pongan a la cabeza de sus directivas a patriotas como
Echezabal, Alfonso, Guisasola, Sahugue, Prat y Campos, y entonces no habrá desunión,
sino concordia; no habrá desaliento, sino victoria.
(16 de junio de 1894)
POR LA HIJA DE SACO
"Andan, aseguro a usted que andan, las dos hijas del general pidiendo en Cuba
limosna con una jaba por las calles." Así decía a Patria avergonzado, y no
por sí, un hijo de la América libre que salió de la prosperidad habanera a morir por la
isla hermosa. Y esa es, en verdad, injusticia abominable: ¿qué derecho tienen los
bribones al coche, y la miseria, como su alimento preferido, a los mártires y a los que
por su virtud se quedaron en el mundo sin la riqueza de un vista de aduana, o de un
abogado que lo encubre? Con el corazón amargo y su casquete de terciopelo, murió, por
único caudal, el autor de la Historia de la Esclavitud, y de los Papeles
sobre Cuba. Para su hija es un buen concierto, en el salón elegante del Brunswick,
el día 22. Ir a él será prueba de gratitud y patriotismo.*
(15 de Septiembre de 1894)
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