|
SI
MARTÍ LEVANTARA LA CABEZA
(por
Jorge Mañach)
Se acerca otro aniversario de la
muerte de José Martí, el 19 de Mayo, y pronto cumple 50 años este
escrito de Mañach que publicó la revista Bohemia, en La Habana, el
30 de enero de 1949. Era un momento de crisis nacional. La corrupción
política y el gangsterismo, junto a la escasez de valores morales y
cierta desaprensión cívica en buena parte de la sociedad, parecían
males imposibles de superar. Terminado el período presidencial de
Grau San Martín, el 10 de Octubre de 1948 se iniciaba el de Carlos
Prío, quien solo logró aumentar las calamidades que asolaban el país.
Nadie hubiera creído que aún le esperaban al cubano infortunios
mayores, pero en 1952 se produjo el golpe de Estado del 10 de marzo
y, siete años más tarde se destruiría otra esperanza de
salvamento en la que sucumbió el propio Mañach. Adentradas en la
conciencia nacional el latrocinio, la inmoralidad y la violencia, lo
que se anunciaba como remedio vino a ser la más grave enfermedad
que ha padecido la República.
¿Qué
diría hoy, ante nuestras desgracias, “si Mañach levantara la
cabeza”?
¿Qué le hubiera oído decir
a Martí en un sueño como el de 1949, que aquí nos cuenta? ¿Qué
diría, en verdad, “si Martí levantara la cabeza” al
ver la ruina material y del espíritu en su patria, por el inútil y
sangrante experimento marxista-leninista que impuso una pandilla que
ha hecho menores en comparación, y en muchos corazones débiles y
derrotistas hasta deseables, aquellos ruines días del pasado? ¿Qué
diría “si Martí levantara la cabeza” y viera, no ya como antes
ineficaz por ignorada su doctrina, sino pervertida y falseada para
encubrir los crímenes y abusos de los actuales gobernantes a fin de
mantenerse en el poder? Es una sana experiencia, aunque triste y
dolorida, dejarnos llevar de la mano de Mañach ante las
adversidades de ayer mientras pensamos en las que hoy padecemos.
A
principios de este año se celebró el centenario del natalicio de
Jorge Mañach, y no es vano el homenaje que se le rinde a un
pensador al servirnos de sus reflexiones ante una situación que le
fue propia a fin de meditar sobre otra que le fue ajena. Esa virtud
de transcender su circunstancia le da la intemporalidad codiciada
por todo pensador a sus cavilaciones y a sus juicios. Imaginemos
pues, al leer este hermoso trabajo de Mañach, lo que diría hoy
"si Martí levantara la cabeza”..
*
* *
Me
acosté el domingo, anoche, pensando en la tarea del lunes, de toda
la semana. Era la semana del natalicio de Martí. Había que
escribir para Bohemia, el
martes se reunirían los Leones para honrar la memoria del Apóstol.
El jueves habría aún, por toda la República, vísperas de amor
desolado, “nochebuenas” de los malos días sin vigencia
martiana. El viernes 28, el aire estaría lleno de discursos, toda
clase de discursos: mentirosos e hipócritas unos, otros lacerados y
nostálgicos: los que toman a Martí de pretexto y los que aún
quisieran tenerle de lábaro. Los pobres niños volverían a
desfilar, la cabeza al sol, frente a la estatua del que dijo que
ellos eran la esperanza del mundo, y le pondrían flores que el sol
quemaría enseguida hasta dejarlas reducidas a mísero polvo de
homenaje. La estatua seguiría allá, alta, blanca y callada en su
pedestal, con su inútil pero incansable índice en alto, mientras
en el cementerio de Santiago de Cuba los mármoles no dejarán
siquiera florecer ya el polvo de sus huesos.
Me acosté pensando en eso, pensando qué pensaría
Martí si levantara la cabeza, si pudiera ver esta tierra nuestra de
hoy. El pobre, murió con la ilusión a cuestas, como se lleva a
cuestas un ala: “Lo que tengo que decir, antes de que se me apague
la voz y mi corazón cese de latir en este mundo, es que mi patria
posee todas las virtudes necesarias para la conquista y el
mantenimiento de la libertad”. “Tengo una fe absoluta en mi
pueblo, y mejor mientras más pobre. A ver si me falla. Esa sí que
sería una puñalada mortal”.
¿Qué pensaría si levantara la cabeza, si pudiese
contemplar el espectáculo de esta patria corrompida, esos turnos
sucesivos de gobernantes ineptos, o disolventes, o superficiales o
ladrones, esta politicada de aventureros y negociantes, esos
farsantes de virtud que se le titulan herederos para mejor defraudar
otra vez la esperanza rediviva de su pueblo y se fueron cargados de
millones y cinismo? ¿Qué diría el profesor de ternuras si viese
esta violencia rampante y logrera, que una siniestra complicidad
pone a cundir por las calles, y ese tesoro de la República
desvalijada, y ese Congreso vendido, y esas clases que miran sólo a
su propio interés de utilidades y jornales? ¿Qué diría el
Maestro si viese las aulas compradas, el magisterio comodón,
analfabeto todavía el campesino, los institutos hechos criaderos de
revueltas, la Universidad distraída de sus tareas grandes por el
menester externo, los jóvenes de porvenir estable yéndose a aguar
el sentimiento patrio en el Norte, y toda la juventud que se queda
en casa, o casi toda, minada por el descreimiento que el descrédito
engendra, por la frivolidad que la irresponsabilidad autoriza, por
el utilitarismo a que la venalidad da ejemplo? ¿Qué diría si
viese que nuestra economía, mal afirmada aún en la tierra, está
todavía a merced de guerras y de indulgencias de fuera; que nuestra
libertad se parece demasiado al libertinaje, sin que muchos cubanos
puedan aun “pensar y hablar sin hipocresía”; que la ciudadanía
encallecida y apática, se encoge de hombros y no acaba de ver por
ninguna parte un hombre de talla creadora? ¿Pensaría aún el
Maestro que Cuba estaba no más que “sudando la calentura”, o,
por el contrario, la vería ya enferma hasta la misma entraña?
Con
estos angustiosos pensamientos nacidos de la perspectiva de esta
semana martiana tardé mucho en dormirme. Era esa penumbra borrosa,
entre la vigilia y el sueño, donde la última imagen, la última
idea, se queda insistiendo en la conciencia con una constante
percusión. “¿Qué diría Martí? ¿Qué diría Martí?”
Perezosamente se dibujaban a veces las alternativas, pero siempre
como suspensas en el gancho de la interrogación. ¿Doblaría el
Maestro la cabeza para sumirse otra vez en el sueño de su gloria
personal? ¿O apelaría a los caracoles de las playas para llamar a
rebato a los indios muertos? Hasta que al fin vino el sueño, un sueño
incoherente, como todos, y, sin embargo, curiosamente razonador a
trechos. Si, yo creo que haría eso todavía, que lo haría otra
vez, que volvería a dar aldabonazos en la conciencia del cubano.
Porque a aquel hombre no se le agotaba la fe, y era además de los
que pensaban que la queja era una prostitución del carácter.
En ese desmedido narcisismo de los sueños, donde
parece que se nos ensancha el propio ámbito hasta hacerse capaz de
darle cabida a voces ilustres, escuchaba a Martí repetir, con voz
sorda y ahogada por la ira, aquellos versos suyos: “¡Oh, qué
visión tremenda! ¡Qué procesión de culpables!” Pero enseguida
lo veía como renacer en su propia fe y ternura para decirnos, con
una seguridad maravillosa, que no era verdad que todo su pueblo
estuviera enfermo, sino que el pueblo sano se había dejado caer en
manos con garras. Férvidamente hablaba de los muchos hogares, de
las incontables oficinas y talleres, de los coloquios innúmeros en
que todavía se escucha la voz dolorida de los cubanos de
conciencia. A veces parece que se resignan desesperadamente y hasta
que sonríen de la común vergüenza, pero es la manera que el
cubano tiene de disimularse a sí mismo su bochorno y su ira. Lo que
pasa es que se le ha vuelto pasiva la indignación. Se han olvidado
de que “cuando hay muchos hombres sin decoro”, es necesario que
otros tengan, y que lo tengan en activo, el decoro que a muchos
hombres le falta.
En el sueño, vagamente, me parecía que alguien se
permitía hasta interpelar a Martí. ¿Qué haría él si viviese?
¿Qué haría se le hubiera tocado, no aquella hora grande, de netas
alternativas históricas, sino esta hora crítica, confusa, en que
se tienen que debatir contra el denso aprovechamiento los ideales
dispersos, en que unos van por el catolicismo, otros por el
comunismo, otros se aferran a un democratismo casi desesperado,
otros todavía piensan en dictaduras salvadoras? ¿Qué haría él
para unir todo ese idealismo, o ideísmo, nacido de la misma ansia,
pero incapaz de articularse para una acción remediadora y creadora?
¿Qué haría él con hombres de esta pequeña talla que al
idealismo le han ido quedando? ¿Y con éstos que prometían tanto,
pero que al llegar al poder hicieron lo mismo o peor que los otros?
El mal de Cuba no es que esté toda ella corrompida, sino que ha caído
en manos corrompidas.
Ni
aún en sueños, me atrevo a poner palabras en aquella boca
inimitable. Pero, al cabo, uno no es responsable de sus delirios.
Otros soñarán distinto, pero a mí lo que me pareció oír es que
Martí se estaba en su fe inconmovible, la que le había alimentado
todo el ansia de su vida. Si los buenos cubanos son todavía los más
y, sin embargo, los políticos que se eligen son los malos políticos,
la causa de ellos tiene que ser que la mayoría de los cubanos no
cuenta para nada en las elecciones. En realidad están ausentes del
ejercicio de su primer deber público. Porque éste no consiste
solamente en votar por los candidatos que les presenten, sino, antes
de eso, en intervenir en la vida de los partidos para que éstos
presenten los candidatos que deben. Si todos los buenos actuasen en
los partidos, serían ellos quienes los dominaran.
Pero, Maestro, es que ya no creen que valga la pena
actuar hasta ese punto. Es que eso ocasiona muchas incomodidades, da
muchos disgustos, representa una pérdida tremenda de tiempo. Los
buenos se han vuelto egoístas. Saben, además, que si no lo fueran,
si se decidiesen a actuar y efectivamente llegasen alguna vez al
poder, la cura que tendrían que hacer en nuestra vida pública
exigiría procedimientos que los aterran: autoritarismo férreo,
sanciones implacables, supresión de muchos abusos disfrazados de
derechos, meter en cintura mucho espíritu oligárquico que invoca
el orden para su provecho, y mucho espíritu demagógico que en
nombre de la justicia fomenta la anarquía. El Apóstol meneaba
negativamente la cabeza. “¡No, no, bastaría que los buenos
estuviesen en el poder, que actuasen con evidente limpieza y buena
fe, aunque a veces se equivocaran! ¡Bastaría que apelasen a la voz
de su conciencia, a la conciencia del pueblo. Éste respondería!”
Respondería, Maestro, si esa voz fuera tu voz, si estuviese otra
vez encarnada en ti. ¡Pero ya no tenemos gente de tu
talla!
Sufría yo, entre la sombras del sueño, por apresar
aquella voz, de sombra ella misma. A veces me parecía que se
levantaba con el texto de sus propios escritos. “El mayor mérito
propio pasa como una vergüenza cuando se descubre, por el
contraste, la escasez del mismo mérito en su pueblo”. Aun en su
trasmundo el Apóstol evadía esa vergüenza adornando generosamente
de virtudes a su propio pueblo. “Sólo desdeña a los demás quien
en el conocimiento de sí halla razón para desdeñarse a sí
propio”. “¡Pongan el ideal a guerrear, nada más que el ideal,
con sólo huestes de cubanos conscientes detrás! Ya surgirán los
hombres: siempre los dan de sí los pueblos en sus horas de
crisis”. “Lo que tengo que decir antes de que se me apague la
voz, es que mi patria posee todas las virtudes necesarias para la
conquista y el mantenimiento de la libertad”.
La voz, en efecto, se apagó de nuevo. Desperté yo
en mi sueño, que a veces fue pesadilla. Pero a la mañana, me
pareció que se me había vuelto a encender en el espíritu luz
bastante para celebrar, sin demasiada melancolía, la semana de Martí.
Bien se está él en su sombra iluminadora. No es él, sino este
pueblo nuestro, quien debe levantar la cabeza.
*
* *
A pesar del tiempo transcurrido
tiene validez esta recomendación de Mañach. No, no es Martí,
“sino este pueblo nuestro quien debe levantar la cabeza”. Pero
como "este pueblo nuestro” anda hoy partido en dos, y los de
allá no pueden “levantar la cabeza” ni
decir o hacer lo necesario para cambiar su suerte, es el exilio
quien tiene que levantarla por ellos y por nosotros, y proclamar,
ante las claudicaciones y quebrantamientos que nos asolan en estos días,
que Martí tiene razón, que Cuba “posee todas las virtudes
necesarias para la conquista y el mantenimiento de la libertad”.
No
se debe esconder más nuestra humillación por no tener patria echándole
la culpa a los rencores izquierdizantes dispersos por el mundo; a la
prensa de este país que nos juzga por unos pocos que sólo tienen
como honra el bolsillo lleno de monedas y de huecos el sentimiento
de la justicia; a los inversionistas enfebrecidos por los
despilfarros de esos jineteros del dólar que son los infames
gobernantes en la isla; a la Iglesia indulgente y cobarde al pie de
la mesa tras el mendrugo que espera le toque en el festín. La culpa
de nuestra desgracia no es sólo de esos, es de nosotros, porque
entretenidos, y hasta deslumbrados por la ilusión del triunfo
material, con muy contadas excepciones, le hemos vuelto la espalda
al patriotismo desinteresado que tanto se necesita. Y aun hay
algunos insensatos que esperan a que sean los de allá quienes
levanten por nosotros la cabeza —los que en Cuba la tienen
aplastada por la bota totalitaria, por el terror y por las
necesidades de todo tipo, que es otra forma de terror, y no el menos
efectivo— como si el ejemplo que le damos a las almas buenas que
allá quedan, los que vivimos en el extranjero, pudiera moverlos a
algo más que al egoísmo o la indiferencia.
No culpemos de lo que
nos pasa a una jugarreta del destino. En buena parte somos nosotros
los culpables, de nuevo con la noble excepción unos pocos. Ya
sabemos lo que diría “si Martí levantara la cabeza”.
¡Levantémosla nosotros con el orgullo de ser cubanos, pero
con lo firmeza de no transigir con el delito, dondequiera que se le
encuentre! ¡Levantemos la cabeza no por vanidad, ni para ofendernos
unos a otros, ni para el llorar inútil de nuestra amargura! ¡Levantemos
la cabeza para ver si de pura vergüenza asimismo la alzan los
cansados y los tímidos que andan por ahí con ella baja y la
rodilla floja, otra vez dispuestos a transigir con el abuso y con el
crimen! Para que de nuevo suenen los caracoles de las playas
llamando a rebato a los indios muertos, como anunció Martí al
recordar los infortunados tiempos del poeta Heredia (C .R.)
|